Manuel Filiberto de Sabyoa y Aimón de Saboya-aosta
Europa

Discordia en la Casa de Saboya: el duque de Aosta tiende la mano, pero su primo no la toma

Aimón de Saboya emitió un comunicado en el que propone “congelar” los títulos en disputa y repartir las prerrogativas dinásticas, pero su primo Manuel Filiberto volvió a rechazarlo. La rencilla familiar por la jefatura de una monarquía inexistente lleva ochenta años encendida.

Hay disputas dinásticas que se alimentan de ambición desmedida, de fortunas en juego, de tronos que todavía pueden recuperarse. La que mantiene viva la Casa de Saboya desde 1946 no tiene ninguna de esas urgencias concretas. Italia es una república desde hace casi ocho décadas, no hay corona que coronar ni palacio real que ocupar por la fuerza.

Y sin embargo, la querella entre las dos ramas de la estirpe saboya —la línea directa representada hoy por Manuel Filiberto y la rama de los Aosta encabezada por el príncipe Aimón— sigue produciendo comunicados, desmentidos, entrevistas en el Corriere della Sera y, en el capítulo más recordado de esta historia, un episodio de puñetazos en el Palacio de la Zarzuela de Madrid durante la boda de los reyes de España en 2004. E

l 10 de abril de 2026, el príncipe Aimón de Saboya, duque de Aosta, publicó en el sitio oficial de la Casa Real de Saboya una larga declaración que, en su superficie, sonaba como un gesto de pacificación. En su fondo, sin embargo, era también una reafirmación de derechos, una impugnación implícita a su primo y un recordatorio de que la disputa no ha terminado.

El comunicado del duque de Aosta: un paso atrás para dos

Aimón de Saboya. El duque de Aosta reafirmó sus derechos dinásticos mediante un comunicado oficial, proponiendo un "congelamiento" de títulos ante la falta de árbitros que resuelvan la histórica disputa familiar.
Aimón de Saboya. El duque de Aosta reafirmó sus derechos dinásticos mediante un comunicado oficial, proponiendo un “congelamiento” de títulos ante la falta de árbitros que resuelvan la histórica disputa familiar. (Foto: Archivo Monarquias.blog)

El texto de Aimón arranca con un tono historicista y casi solemne. “Ser un príncipe de la Casa de Saboya es ciertamente un gran honor y, al mismo tiempo, una gran responsabilidad en mantener alto su prestigio, transmitir su historia y los valores sobre los cuales se fundó la Monarquía”, escribe, y pasa a trazar una genealogía de más de mil años —veinte condes, diez duques, ocho reyes de Cerdeña, cuatro reyes de Italia— antes de llegar al punto que importa. El punto es este: la disputa entre él y Manuel Filiberto existe, es real, y viene de antes de que ellos nacieran.

“La denominada ‘disputa’ sobre las normas dinásticas nació a la muerte de S.M. el rey Umberto II y caracterizó en fases alternas las relaciones entre mi padre Amadeo y el padre de Manuel Filiberto, Vittorio Emanuele”, reconoce sin ambages.

Pero Aimón propone salir del atolladero con un mecanismo singular. “En más de una ocasión, y recientemente también, he propuesto y tratado de convencer a mi primo a suspender recíprocamente toda reivindicación, mientras el contexto siga siendo el actual, ‘congelando’ pro tempore los títulos de Duque de Saboya, Príncipe de Piamonte y Jefe de la Real Casa de Saboya”, que son parte del objeto de la contienda, dividiéndonos paritariamente sus prerrogativas, los encargos de representación y la gestión de las Instituciones vinculadas a la Casa. La propuesta es, en el fondo, la de un empate técnico administrado.

“Un paso atrás de ambos para un paso adelante de la Casa”, la llama él mismo, con fórmula que tiene algo de buen sentido y algo de eslogan. Pero la respuesta de su primo fue la de siempre. “Por desgracia, mi primo siempre se ha negado a compartir este proyecto.”

Una rencilla heredada con intereses

Para entender por qué Manuel Filiberto no acepta la mano extendida, hace falta retroceder al punto de origen del conflicto. La disputa tiene su nudo central en la interpretación de las leyes dinásticas de la Casa de Saboya, y en particular en si Vittorio Emanuele —padre de Manuel Filiberto y único hijo varón del último rey de Italia, Umberto II— perdió o no sus derechos dinásticos al casarse en 1971 sin la autorización de su padre con Marina Doria, una ciudadana suiza sin título nobiliario.

La Unión Monárquica Italiana y la Consulta de Senadores del Reino no perdonaron esa “traición” y destituyeron a Víctor Manuel como jefe de la Casa Real, nombrando en su lugar a su primo Amadeo de Aosta. Desde entonces, el conflicto entre las dos ramas fue el eje de la política interna de la dinastía: los Aosta consideraban que la ley era la ley y que una boda no autorizada implicaba la pérdida de los derechos; los descendientes directos de Umberto II respondían que el rey, en tanto soberano, podía interpretar sus propias normas.

La guerra alcanzó su momento más visible durante la boda de los entonces príncipes de Asturias en 2004. Durante una cena en el Palacio de la Zarzuela, Víctor Manuel de Saboya dio dos puñetazos a Amadeo de Aosta delante de otros invitados. El rey Juan Carlos I, padrino de bautismo de Aimón, hizo un solo comentario: “Nunca más”. La anécdota es ya parte del folclore monárquico europeo, pero también sintetiza con precisión brutal el tenor de las relaciones entre las dos familias. Poco antes de la boda, Amadeo convocó una rueda de prensa para presentar a su hijo Aimón como sucesor en la pretensión al trono. El gesto trasladó la disputa dinástica a la siguiente generación. Lo que los padres comenzaron, los hijos lo heredaron.

La muerte de Víctor Manuel y el nuevo frente

El nieto de Umberto II. Manuel Filiberto sostiene su jefatura como heredero directo, rechazando pactos con su primo y habiendo modificado la ley sálica para asegurar que su hija Victoria sea la futura jefa de la Casa. (Foto: Archivo Monarquias.blog)
El nieto de Umberto II. Manuel Filiberto sostiene su jefatura como heredero directo, rechazando pactos con su primo y habiendo modificado la ley sálica para asegurar que su hija Victoria sea la futura jefa de la Casa. (Foto: Archivo Monarquias.blog)

El 3 de febrero de 2024, Víctor Manuel de Saboya murió a los 86 años. Seis días después de su muerte tuvo lugar su capilla ardiente en el Palacio Real de Venaria, y a la jornada siguiente se celebró su funeral en la Catedral de Turín. Su cuerpo fue enterrado en la cripta de la Basílica de Superga. El momento pareció, brevemente, propicio para algún tipo de reconciliación: Aimón y su esposa Olga de Grecia estuvieron presentes en el funeral, lo que fue leído como una señal de que las relaciones mejoraban. La tregua duró poco.

A los nueve días del fallecimiento, Manuel Filiberto emitió un comunicado firmado como S.A.R. Manuel Filiberto, Duque de Saboya y Príncipe de Venecia, en el que se proclamó heredero de los derechos dinásticos transmitidos por su padre y, por tanto, jefe de la Casa de Saboya. El tono era el de alguien que no tenía intención de ceder.

El nuevo frente abierto recientemente involucra el patrimonio material de la dinastía. Una contundente declaración de Aimón al Corriere della Sera en marzo de 2025 sobre las joyas de los Saboya custodiadas en el Banco de Italia avivó el fuego entre ambas ramas. La colección, que habría sido depositada en la bóveda de la Via Nazionale en 1946, incluye según las crónicas 6.732 brillantes y 2.000 perlas, con un valor estimado de alrededor de 300 millones de euros.

Manuel Filiberto reclamó esas joyas como propiedad privada de los herederos de Umberto II; Aimón respondió que pertenecen al Estado, y que el propio hecho de que Umberto II las dejara a disposición del Banco de Italia demuestra que no las consideraba propiedad personal. El comunicado del bando de Manuel Filiberto fue expedito: “Cabe recordar que Aimón de Saboya-Aosta no es descendiente directo de S.M. el rey de Italia Humberto II.”

Lo que dice y lo que no dice el comunicado de Aimón

El texto del 10 de abril es notable tanto por lo que afirma como por lo que insinúa. Aimón tiene cuidado en subrayar que con su primo mantiene un “buenísimo vínculo personal”, y que su actitud diverge de la de Manuel Filiberto “sustancialmente en el respeto de estas normas”, no en el afecto. Es la distinción clásica de quien quiere escalar el conflicto institucional sin destruir el vínculo familiar. Si lo logra es otra cuestión.

En materia de títulos, el comunicado es explícito. Ante el fracaso de su propuesta de congelamiento compartido, Aimón declara que se siente “en el deber de reiterar y confirmar su estatus dinástico y su papel de Jefe de la Casa con todas sus prerrogativas”, tal como lo hizo su padre “comunicándoselo a las otras Casas Reales Europeas”. Pero al mismo tiempo anuncia que “limitará pro tempore el ejercicio de sus prerrogativas al mínimo necesario para mantener activa la legitimidad y la continuidad histórica, a la espera de un contexto más oportuno.”

En lo que respecta al Gran Magisterio de las Órdenes Dinásticas, el príncipe señala que continuará haciendo los nombramientos “circunscriptos a un número reducidísimo, sobre todo en el ámbito familiar.” Hay también un reconocimiento que suena a concesión pero que en realidad es otra impugnación velada: “Apreciando las publicaciones y las actividades de mi primo Manuel Filiberto a favor de la cultura histórica de la Casa de Saboya, desconozco y tomo las debidas distancias de sus arbitrarias actividades dinásticas y de su igualmente arbitraria gestión de las Órdenes Dinásticas y confirmo la absoluta nulidad de todo intento de manipular, con abrogaciones o modificaciones, las intocables leyes y normas de la Casa.” Traduccido: haces bien en hablar de historia, haces mal en actuar como si fueras el jefe.

El argumento de las leyes dinásticas

En el núcleo del diferendo está la cuestión de qué normas rigen a una casa real que dejó de reinar hace casi ochenta años. Aimón lo plantea con claridad conceptual en su comunicado: “La memoria de la que debe ser custodio la Casa de Saboya es también la relativa a las normas que durante siglos han regulado su funcionamiento, garantizando una ordenada sucesión durante 32 generaciones. Normas que siguen siendo tales y que por tanto no pueden ser ignoradas ni mucho menos manipuladas, no siendo ya la Casa de Saboya reinante con el poder de legislar o ratificar. Nadie puede arrogarse el derecho de abrogarlas o modificarlas. Las propias normas lo excluyen.”

El argumento es formalmente sólido: si las leyes dinásticas son lo que son, nadie puede cambiarlas de manera unilateral. Y justamente eso es lo que, según Aimón, hizo Víctor Manuel cuando en 2020 modificó la ley sálica para permitir que su nieta Victoria —hija de Manuel Filiberto— pudiera heredar la jefatura de la Casa. De no haberse hecho ese cambio, Vittoria habría quedado excluida en favor del duque de Aosta. Para la rama de los Aosta, esa modificación fue ilegítima en su origen y nula en sus efectos. Para Manuel Filiberto, en cambio, la modernización de las normas sucesorias era no solo posible sino necesaria para adaptar la Casa a los estándares europeos contemporáneos de igualdad de género. El problema es que ambas posiciones tienen cierta coherencia interna, y ninguna tiene árbitro.

Una disputa sin tribunal

Ahí está, en última instancia, el problema irresoluble de todo este asunto. Las casas reales sin reino que se disputan la jefatura de una institución puramente simbólica no tienen a quién apelar. No hay tribunal dinástico, no hay Constitución que aplique, no hay ningún mecanismo externo que pueda laudar entre los Aosta y la línea directa. Las instituciones monárquicas italianas —la Unión Monárquica Italiana, la Consulta de Senadores del Reino— respaldan a Aimón.

El sentimiento popular y la visibilidad mediática, históricamente, han acompañado más a la familia de Manuel Filiberto, que apareció en programas de televisión italianos y cultivó una presencia pública que Aimón, ejecutivo de Pirelli en Moscú y más inclinado al bajo perfil, nunca quiso tener.

Aimón reconoce esta asimetría en su comunicado con una honestidad llamativa: “Me pesa decepcionar a todos aquellos que quisieran que estuviese más presente, tanto en persona como mediáticamente, y que quisieran que ejerciera el Gran Magisterio de manera más abierta. Estoy seguro de que comprenderán las razones de esta elección contingente. En cualquier caso, aunque lo quisiera, mis compromisos profesionales que hoy tienen para mí una importancia fundamental no me permitirían tener el tiempo necesario para poder llevar adelante tales actividades.” Es, en pocas palabras, un príncipe que trabaja de ejecutivo y que no puede dedicarse a tiempo completo a disputar una corona que no existe.

Lo que el comunicado del 10 de abril confirma, en definitiva, es que la disputa sigue en pie, que la propuesta de congelamiento de títulos fue rechazada una vez más, y que Aimón ha elegido una estrategia de mínima expresión: mantener encendida la llama de su legitimidad con el menor gasto de energía posible, a la espera de un “contexto más oportuno” que nadie sabe exactamente cuándo llegará ni qué forma tendrá.

La Casa de Saboya lleva mil años como protagonista de la historia europea. Hoy disputa un trono que no existe, en un país que es una república, con normas que nadie puede hacer cumplir, entre dos primos que se tienen “buenísimo vínculo personal” y no se ponen de acuerdo en nada que importe. Hay en eso, quizás, una cierta elegía de la institución monárquica: sobrevive en el gesto, en el título, en el orgullo de linaje. Pero cuando llega el momento de definir quién manda, no hay rey que lo decida.