El Oxford Dictionary of National Biography, que publica su entrada sobre la reina fallecida semanas antes del que habría sido su centésimo cumpleaños, concluye que el Reino Unido “dejó de ser una gran potencia mundial” durante sus setenta años en el trono. La evaluación incomoda a los custodios del relato oficial.
El Oxford Dictionary of National Biography —la enciclopedia de referencia de figuras notables de la historia británica— acaba de incorporar la entrada correspondiente a la reina Isabel II (1926-2022), parte de una actualización que añadió 229 biografías de personas fallecidas en 2022. La entrada llega pocas semanas antes de lo que habría sido el centésimo cumpleaños de la reina, el 21 de abril.
El texto no es encomiástico. Dice que Isabel se adaptó al mundo cambiante “lenta y no siempre con entusiasmo”, que el Reino Unido “dejó de ser una gran potencia mundial” bajo su reinado, y que la soberana “cometió algunos errores, particularmente en relación con su familia”. Para una institución acostumbrada a controlar su propia narrativa, la frase tiene el peso específico de un veredicto.
El texto completo de la entrada es más matizado que sus titulares. Dice: “Durante su reinado, el Reino Unido dejó de ser una gran potencia mundial y evolucionó hacia una sociedad multicultural, multiconfesional y multiétnica; el país en el que murió era muy diferente del que la vio nacer. A todo eso se adaptó, lenta y no siempre con entusiasmo, pero en general con prudencia y acierto. Aunque cometió algunos errores —particularmente en relación con su familia—, ofreció seguridad a un país en rápida transformación, gestionó con habilidad la retirada y reinvención internacional, ajustó gradualmente la monarquía británica al mundo posvictoriano y posimperial, y todo eso sin revelar jamás en público que era exactamente eso lo que estaba haciendo.”
La frase final del artículo equilibra el veredicto: “No había nacido para reinar, pero por su ejemplo, su autodisciplina, su espíritu cívico y su longevidad, lo logró de más de una manera, llevando quizás la vida más extraordinaria de su tiempo.”

El autor de la entrada es sir David Cannadine, historiador y profesor emérito de Princeton, que desde 2014 ejerce como editor general del propio Oxford DNB —cargo del que se retirará el 31 de julio de 2026 en favor de William Whyte. Cannadine es también el autor de una reciente biografía concisa de la reina publicada por Oxford University Press, cuya descripción replica casi con exactitud el lenguaje del artículo del DNB. En esa obra, traza el recorrido de la reina a través de setenta años, quince primeros ministros —de Winston Churchill a Liz Truss— y nueve secretarios privados.
Los “errores relacionados con la familia” que menciona el DNB no se especifican en el texto, pero el contexto editorial es difícilmente ambiguo. El biógrafo real Robert Hardman, en declaraciones al podcast Queens, Kings and Dastardly Things, señaló que la cuestión del trato preferencial de la reina hacia su hijo el príncipe Andrés —a quien ella consideraba “vulnerable”— figura en “la lista relativamente corta de las cosas que hizo mal”. “Creo que hizo muchas más cosas bien”, añadió.
En su nueva biografía Queen Elizabeth II: A Concise Biography of an Exceptional Sovereign, Cannadine escribe que la reina frecuentemente miraba para otro lado cuando Andrés incurría en conductas inapropiadas, y que esa actitud tuvo consecuencias directas: “el ex-príncipe Andrés desarrolló un sentido excesivo del privilegio y una opinión exagerada de sus propias capacidades, lo que lo llevó a errores graves que eventualmente lo obligaron a retirarse de la vida pública.”
La complicidad del ex-duque de York con el traficante sexual Jeffrey Epstein, revelada en toda su magnitud tras la publicación de los archivos Epstein, y su retirada forzosa de las funciones reales en 2019 tras una entrevista catastrófica con la BBC, constituyeron una crisis institucional que la reina no pudo contener del todo.
Pero la entrada del DNB apunta también, más ampliamente, a los divorcios que sacudieron a la familia durante los años noventa. En noviembre de 1992, la propia reina llamó a ese año su annus horribilis: tres de sus cuatro hijos se separaron de sus respectivos cónyuges, el fuego destruyó parte del castillo de Windsor y la publicación de la biografía de Diana por Andrew Morton abrió una grieta irreparable entre la monarquía y parte de la opinión pública.
La demora de la reina en regresar a Londres tras la muerte de Diana en 1997, y en ordenar que la bandera en Buckingham Palace ondease a media asta, fue otro momento que el DNB evoca implícitamente cuando habla de adaptación tardía. Esa vacilación casi le costó a la institución el capital de simpatía acumulado durante décadas.
Joe Little, director editorial de la revista Majesty, reaccionó a la entrada con incomodidad: “Aunque no esperaba que fuera elogiosa, resulta bastante mezquina y poco generosa. No hay nada inexacto en ella, pero en mi opinión podría —y debería— haber sido más positiva.”
La observación revela la tensión de fondo: el DNB no escribe para conmemorar sino para analizar, y su mandato institucional es precisamente no ceder a las presiones del momento. Un portavoz del DNB fue explícito: “En el Oxford DNB, pedimos a nuestros autores que escriban un relato equilibrado de la vida privada y pública de una persona que sirva como guía de la Gran Bretaña moderna durante décadas. En abril de 2026, el diccionario contiene más de 63.000 biografías escritas por más de 14.000 colaboradores.”
El hecho de que la entrada se publique en este momento —semanas antes del centenario— acentúa la incomodidad. La monarquía tiene previstas varias conmemoraciones del 21 de abril, y el nombre de Isabel II sigue siendo el de la reina más fotografiada, más representada y más longeva de la historia del país.
Aunque su popularidad registró un mínimo histórico en los noventa —cuando el escrutinio público se cebó con las vidas personales de sus hijos—, Isabel mantuvo índices de aprobación elevados de manera casi constante hasta su muerte, y el apoyo general a la monarquía repuntó después de su discurso televisado tras la muerte de Diana. Ese discurso, en el que expresó admiración por Diana y habló “como abuela” por los príncipes Guillermo y Harry, es considerado por muchos biógrafos el momento en que la reina demostró ser capaz, en última instancia, de ceder.
El balance que propone el DNB no es, en rigor, negativo: reconoce que Isabel encarnó la identidad nacional, la continuidad histórica y la estabilidad política durante setenta años, que creó un nuevo rol global para el Commonwealth y que fue quien más hizo por mantener unida esa comunidad de naciones. Lo que hace, en cambio, es negarse a la hagiografía que la cercanía del centenario podría haber tentado.
Cannadine, que ha dedicado gran parte de su carrera académica a estudiar la decadencia de la aristocracia británica y la transformación del Imperio, es perfectamente consciente de estar escribiendo historia, no laudatoria. La última frase que le atribuye a la reina lo resume todo: “Puedes hacer mucho si estás bien entrenada. Y espero haberlo estado.” El Oxford DNB sugiere que sí, con matices.
