En 1656, la reina Cristina de Suecia (1626–1689) viajó desde Roma hacia París. Se cuenta que, paseando a orillas del río Saona, la reina y un reducido séquito se encontraron con la bella Marquesa de Ganges, quien se bañaba casi desnuda.
Sorprendida, Cristina no pudo reprimirse y salió tras la joven: “la besó en todas partes, en el cuello, en los ojos, la frente, muy amorosamente, y quiso incluso besarle la boca y acostarse con ella, a lo que la dama se opuso”. [1]
De aquel flechazo nos queda una apasionada carta de Cristina a la marquesa, donde, entre otras cosas, le dice:
“¡Ah! Si fuera hombre caería rendido a vuestros pies, languideciendo de amor, pasaría así el resto de mis días […] mis noches, contemplando vuestros divinos encantos, ofreciéndoos mi corazón apasionado y fiel.
“Dado que es imposible, conformémonos, marquesa inigualable, con la amistad más pura y más firme. […] Confiando en que una agradable metamorfosis cambie mi sexo, quiero veros, adoraros y decíroslo a cada instante. He buscado hasta ahora el placer sin encontrarlo, no he podido nunca sentirlo.
“Si vuestro corazón generoso quiere apiadarse del mío, a mi llegada al otro mundo lo acariciaré con renovada voluptuosidad, lo saborearé en vuestros brazos vencedores”.
[1] Cristina Morató, Reinas malditas






