Se dice que no hay una costumbre más inglesa que el té. Pero es curioso que esta tradición haya llegado a las islas británicas de la mano de una reina consorte portuguesa…
Se trata de la infanta Catalina de Braganza, la hija del rey Juan IV de Portugal, quien gracias a la cuantiosa dote que su familia ofrecía consiguió comprometerse con el rey más brillante, estrafalario y mujeriego que tuvo Inglaterra: Carlos II.
No había amor en ese compromiso: Inglaterra y Portugal lo habían pactado mediante el Tratado de La Haya. Aunque no hablaba inglés y era católica, cuando llegó a Inglaterra, Catalina se adaptó a su nuevo país y a la idea de tener un marido con multitud de favoritas e hijos ilegítimos.

Catalina llegó a Portsmouth el 13 de mayo de 1662 tras una travesía larga y tormentosa, y bastante enferma. La infanta desembarcó en Inglaterra con enormes sumas de dinero, especias, tesoros artísticos y la propiedad de los lucrativas puertos de Tánger, en África, y Bombay, en India. Los ingleses la recibieron con los brazos abiertos y no les importó mucho que fuera católica.
Una leyenda muy difundida dice que Catalina de Braganza llegó a Londres acompañada de un gran cargamento de té en hojas sueldas como parte de sus pertenencias personales. Las cajas, según la versión más difundida, estaban marcadas en portugués “Transporte de Ervas Aromáticas” (Transporte de Hierbas Aromáticas), más tarde abreviado como “TEA”.
Aunque esta historia no pudo ser comprobada por los investigadores, lo cierto es que el reino natal de Catalina poseía el monopolio mundial del té gracias a sus tratados de comercio directo con China surgidos en el siglo XVI. De esta forma, la corte portuguesa podía disfrutar de las hierbas aromáticas asiáticas y de otras exóticas delicias que Portugal comerciaba con los países de Europa.

La historiadora Agnes Strickland describió así el primer encuentro de Catalina de Braganza con la familia real inglesa: “… la duquesa de York vino desde Londres en su barcaza para ofrecer homenaje a su cuñada real. Cuando desembarcó, el rey Carlos la recibió en la puerta del jardín junto al agua y, llevándola de la mano, la condujo ante la reina, quien la recibió en su cámara. La duquesa se ofreció a besarle la mano, pero la reina se lo impidió, levantándola en brazos y saludándola. Luego, la familia real se sentó cerca del lecho de la reina y conversó con ella. Es probable que entonces tomaran la bebida favorita de Catalina, el té, que se convirtió en un refresco de moda en Inglaterra poco después de su matrimonio con Carlos II, aunque no fue exactamente introducido por ella”.
El rey Carlos II y la reina Catalina se casaron el 21 de mayo de 1662. Al principio, a ella, una católica profundamente piadosa que había sido educada en un convento, le resultó difícil encajar en una corte tan obscena y amante de la diversión. No por nada a su esposo, que creció en la lujuriosa corte de Luis XIV de Francia, se lo apodaba “El Monarca Alegre”.

Con el tiempo Catalina se estableció y, como mujer preeminente del reino, se convirtió en algo así como una creadora de tendencias, lo que hoy en día se conoce como una “influencer”. Aunque adoptó la moda inglesa, siguió prefiriendo la cocina de su Portugal natal y continuó bebiendo las amadas infusiones que llevó desde Portugal. En Inglaterra, el té solo consumía con objetivos medicinales y era extraordinariamente caro (estaba sujeto a impuestos muy elevados), mientras el café, llegado de las colonias de América, era la bebida favorita de las clases altas.
En la corte sorprendió que la reina bebiera el té como parte de su rutina diaria, y la práctica comenzó a ser imitada primero por sus amigas y los cortesanos. ¿Y qué pasa con los famosos? La gente no famosa los imita. “Cuando la reina hace algo, todo el mundo quiere hacer lo mismo, así que muy, muy gradualmente, a finales del siglo XVII, la aristocracia había empezado a beber pequeñas cantidades de té”, dijo la historiadora Jane Pettigrew.

Sarah-Beth Watkins, autora de una biografía de Catalina, escribió: “Cuando Catalina se casó con Carlos, ella fue el centro de atención: todo, desde su ropa hasta sus muebles, se convirtió en fuente de conversación en la corte. Su consumo regular de té animó a otros a beberlo. Las mujeres acudieron en masa para copiarla y ser parte de su círculo”.
La ‘ceremonia del té’ chino comenzó a cobrar vida en Inglaterra gracias a la reina Catalina: se impuso el uso de la cuchara, de las tazas de porcelana china, de las teteras y de los dulces. “Ella comenzó a hacerlo como un hábito aristocrático en sus palacios: muy elegante, de clase muy alta, por lo que la ceremonia que llegó de China se asoció inmediatamente con la buena vida”, relató Pettigrew.
“Tan pronto como llegó el té, tuvo conexiones muy fuertes con mujeres femeninas y casas muy grandes, supongo que a través de Catalina, porque la porcelana costaba enormes cantidades de dinero. Los pobres tenían que arreglárselas con loza de barro. Entonces todo lo que era caro tenía que ver con la aristocracia. Es lo mismo que hoy: compras cosas caras para demostrar lo importante que eres”.
Catalina de Braganza sabía exactamente qué tés eran los mejores y enseñó a las damas de la corte a preparar un té que fuera bastante placentero de beber.
La adopción de la costumbre del té fue tal que, siete décadas después de la muerte de la reina Catalina un francés llegó a Portugal como espía y, para demostrar que el país estaba completamente bajo la influencia británica, escribió: “Los portugueses copian a los ingleses hasta tal punto que incluso beben té varias veces al día”.
Quién fue Catalina de Braganza

La reina Catalina de Braganza, nacida el 25 de noviembre de 1638, fue una infanta portuguesa que se convirtió en reina consorte del rey Carlos II de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Era hija del rey Juan IV de Portugal y de Luisa de Guzmán.
Durante su matrimonio, la reina Catalina enfrentó muchos desafíos, incluido lidiar con las numerosas aventuras extramatrimoniales de su marido y la desconfianza del público hacia su fe católica. Mantuvo una relación cordial con Carlos II pero no tuvo hijos con él, lo que provocó una crisis de sucesión. Aunque nunca fue fiel a su esposa, Carlos II le fue siempre leal y se negó a obedecer al Parlamento cuando se le recomendó repudiarla.
A pesar de estas dificultades, Catalina tuvo un impacto significativo en la cultura británica. Trajo consigo a Inglaterra la tradición de beber té, que con el tiempo se convirtió en una parte integral de la sociedad británica. Además, introdujo el uso del tenedor y la práctica de llevar el anillo de bodas en el dedo anular de la mano izquierda.
Tras la muerte de Carlos II en 1685, Catalina continuó desempeñando un papel destacado en la corte y apoyó a su cuñado, el rey Jacobo II. Sin embargo, tras la Revolución Gloriosa de 1688, Jacobo II fue derrocado y Guillermo III y María II asumieron el poder. Catalina fue marginada y se retiró a un convento en Lisboa, Portugal, donde vivió hasta su muerte el 31 de diciembre de 1705.
La reina Catalina de Braganza es recordada como una reina consorte resistente e influyente que dejó un impacto cultural duradero en Inglaterra. Su legado incluye la introducción del consumo de té y la popularización de diversas costumbres que todavía se practican en Gran Bretaña en la actualidad.
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