El enigmático destino de las joyas de Juana de Bulgaria: exilio, ocultamiento y subastas modernas

La caída de la monarquía búlgara en septiembre de 1946 marcó el fin turbulento de una era, obligando a la reina Juana —nacida princesa Juana de Saboya y consorte del zar Boris III— a exiliarse con sus hijos, el joven zar Simeón II y la princesa María Luisa. Mientras las fuerzas comunistas consolidaban el poder bajo la influencia soviética, los bienes de la familia real, incluidas sus opulentas joyas, se convirtieron en blancos de confiscación, simbolizando el borrado general de los legados monárquicos en Europa del Este.

Juana, convertida en reina consorte en 1930, poseía una colección de joyas personales y heredadas que encarnaban su herencia italiana y su estatus real búlgaro. Entre estas destacaban piezas como un collar de perlas de tres hilos engastado con topacios rosas y diamantes, heredado de su abuela, la reina Margarita de Saboya. Otras piezas incluían tiaras que combinaban la elegancia del Art Déco con un significado familiar, reflejando las conexiones entre las casas reales europeas.

La salvación en medio del caos político

El destino de las joyas era incierto incluso antes de la abolición oficial de la monarquía. En 1944, cuando el Ejército Rojo avanzaba y Bulgaria se alineaba con la esfera soviética, la princesa Eudoxia —hermana mayor del fallecido zar Boris III— tomó medidas decisivas para proteger las reliquias familiares. Temiendo la confiscación por parte del régimen comunista emergente, cosió cuidadosamente las piezas en bolsas de tela y las enterró en una caja de hierro en su jardín de Sofía. Este acto de desafío tuvo lugar en un contexto de arrestos, ejecuciones y arrestos domiciliarios que afectaron a la familia real, incluida la ejecución del príncipe Cirilo, hermano de Boris III, en 1945.

Para mediados de 1946, con la monarquía disuelta mediante un referéndum manipulado, se permitió a los miembros restantes de la familia abandonar Bulgaria. A la reina Juana se le permitió llevar sus pertenencias personales, pero las joyas familiares seguían en riesgo. En una audaz operación nocturna, la princesa Eudoxia desenterró la caja, la ocultó en una carretilla bajo libros destinados a la biblioteca de la reina y la trasladó al palacio sin ser detectada.

El exilio y la odisea del contrabando

El 16 de septiembre de 1946, los exiliados partieron de Sofía en tren hacia Estambul, luego navegaron a Alejandría, Egipto, donde se reunieron con el padre de Juana, el depuesto rey Víctor Manuel III. La princesa Eudoxia, llevando las joyas en una modesta maleta junto con algo de ropa de Juana, desembarcó en Port Said y abordó un barco de carga hacia Europa. 

Su viaje continuó por tierra a través de Suiza en un camión de mudanzas, culminando en la mansión de Coburgo en Alemania, sede ancestral de la dinastía Sajonia-Coburgo-Gotha. Allí, las joyas fueron depositadas en una caja fuerte bancaria, donde permanecieron olvidadas durante casi ocho décadas.

Mientras tanto, la reina Juana conservó sus joyas personales durante el exilio, que abarcó Egipto, España y Portugal. Piezas como la Tiara de Perlas y Diamantes —un regalo de bodas de 1930 de sus padres— la acompañaron y fueron usadas en retratos y eventos familiares. Asimismo, la Tiara de Hiedra de Diamantes, posiblemente elaborada en la década de 1950 con elementos de las joyas de su madre, apareció en fotografías del exilio, subrayando el papel de las joyas en mantener una apariencia de dignidad real en medio del desplazamiento.

La Tiara Flor de Lis, un pieza más grandiosa regalada en 1893 a la princesa María Luisa (predecesora de Juana como consorte), presentaba diamantes, rubíes y esmeraldas que simbolizaban los colores nacionales de Bulgaria. Aunque su trayectoria inmediata tras 1946 no está clara, evitó la confiscación y eventualmente pasó a colecciones privadas.

En el exilio, las joyas tuvieron propósitos tanto sentimentales como prácticos. Juana usó algunas piezas con moderación, luciendo la Tiara Flor de Lis hasta 1955. La familia, enfrentando dificultades económicas, ocasionalmente prestó o exhibió las joyas en bodas y galas. Por ejemplo, la Tiara de Perlas adornó a novias en la década de 1990, incluyendo la boda de Kubrat, príncipe de Panagyurishte, en 1993, y la de Kardam, príncipe de Tarnovo, en 1996. La Tiara de Hiedra de Diamantes también se usó en bodas reales en las décadas de 1960 y 1989.

Sin embargo, no todas las piezas permanecieron intactas o con la familia. Algunas, como la Tiara de Perlas, desaparecieron de la vista pública tras la muerte de Juana en 2000 a los 92 años en Portugal, con especulaciones de que fue vendida o pasó fuera de la línea principal por preocupaciones de seguridad.

El colapso del comunismo en Bulgaria en 1989 abrió caminos para la restitución, pero el proceso resultó arduo. La familia real, liderada por Simeón II —quien fue primer ministro entre 2001 y 2005— reclamó propiedades confiscadas en 1946. Aunque algunos activos fueron devueltos, las joyas en gran parte escaparon a los debates formales de restitución, ya que muchas habían sido sacadas clandestinamente antes. Las batallas legales en curso sobre palacios y tierras influyeron indirectamente en las decisiones de liquidar activos portátiles como tiaras para financiar litigios.

En 2023, el alijo protegido por la princesa Eudoxia reapareció desde la caja fuerte alemana, aún en sus bolsas de guerra. Esta colección, que incluía el collar de perlas heredado de Juana, fue subastada en Sotheby’s en Ginebra bajo el título “Viena 1900: Una colección imperial y real”, alcanzando sumas significativas y destacando el valor histórico de las joyas. Anteriormente, la Tiara de Hiedra de Diamantes fue vendida en 2017 en la Feria de Arte de Bessel en Londres, en medio de los desafíos de restitución de la familia. La Tiara Flor de Lis ahora reside en la colección Albion Art, preservada para estudios académicos.

Estas ventas subrayan una realidad conmovedora: aunque las joyas perduraron como símbolos de resiliencia, las necesidades económicas y los enredos legales obligaron a su dispersión. El legado de la reina Juana, a través de estos artefactos, continúa iluminando las dimensiones humanas de la desposesión real en el siglo XX.

Artículo original de Monarquias.com