En el tranquilo castillo de Fischbach, rodeado de los verdes bosques de Luxemburgo, Félix de Borbón-Parma cerró los ojos por última vez el 8 de abril de 1970. Había vivido una vida marcada por el deber y un amor profundo por su esposa, la gran duquesa Carlota, y por el pequeño gran ducado que lo acogió como su primer príncipe consorte. Aunque su nombre no resonó con la misma fuerza que el de consortes reales europeos de su tiempo, como el duque de Edimburgo o Enrique de Dinamarca, la vida de este príncipe nacido en el exilio encontró su lugar en la historia de un país que lo abrazó como propio.
Félix de Borbón-Parma, una infancia en el exilio
Félix Marie Vincent nació el 28 de septiembre de 1893 en Schwarzau am Steinfeld, un rincón austrohúngaro donde su familia, los Borbón-Parma, vivía en el exilio. Su padre, Roberto I, el último duque reinante de Parma, había perdido su ducado en 1860, y su madre, María Antonia de Braganza, infanta de Portugal, trajo consigo una herencia real portuguesa. Félix fue el sexto de los doce hijos de esta unión, y uno de los 24 que Roberto tuvo en total, incluyendo los doce de su primer matrimonio con María Pía de las Dos Sicilias. Según el sitio oficial de la Corte Gran Ducal de Luxemburgo, la familia vivía entre propiedades en Austria, Francia e Italia, criando a sus hijos en un ambiente cosmopolita donde se hablaba italiano, francés, portugués, inglés, alemán y español.
La infancia de Félix estuvo marcada por una educación rigurosa y multilingüe. A los diez años, fue enviado al colegio jesuita Stella Matutina en Feldkirch, Austria, y continuó sus estudios en Brixen y Viena, culminando con su certificado de Matura en Mödling, Baja Austria, en 1913. Tras la muerte de su padre en 1907, Félix creció bajo la influencia de su madre y sus numerosos hermanos, entre ellos Zita, quien más tarde se convertiría en la última emperatriz de Austria. Esta conexión con la realeza europea lo situó en el centro de un complejo entramado dinástico, aunque su familia carecía de un trono propio.
Juventud en tiempos de guerra y un matrimonio muy conveniente

La juventud de Félix coincidió con la agitación de la Primera Guerra Mundial. Mientras sus hermanos se dividían entre los ejércitos austrohúngaro y belga, Félix sirvió como teniente en el ejército austrohúngaro. Sin embargo, su lealtad a Luxemburgo, el país de su futura esposa, ya estaba en su horizonte. Su relación con Carlota, su prima hermana e hija de la gran duquesa María Ana, comenzó a fraguarse en 1911, durante la boda de su hermana Zita con el archiduque Carlos de Austria. Aunque las tensiones políticas de la guerra complicaron su compromiso —Luxemburgo estaba resentido por las simpatías proalemanas de la hermana de Carlota, María Adelaida—, Félix y Carlota se mantuvieron firmes. Su negativa a combatir contra las tropas francesas ayudó a mitigar las críticas hacia su matrimonio, que algunos veían con recelo por sus lazos con las potencias del Eje.
El 6 de noviembre de 1919, Félix y Carlota se casaron en Luxemburgo, un día después de que él fuera naturalizado luxemburgués y recibiera el título de príncipe de Luxemburgo por decreto gran ducal. La boda tuvo lugar en la catedral de Notre-Dame, oficiada por el nuncio papal Sebastiano Nicotra, con los hermanos de Félix, Sixto y Xavier, como testigos. Aunque la recepción en el Palacio Gran Ducal fue cálida, con la pareja saludando desde el balcón a una multitud de simpatizantes, el ambiente estaba cargado por los recuerdos de la ocupación alemana. Sin embargo, el matrimonio no solo fue un asunto de Estado, sino también de amor, que destacan la cercanía entre Félix y Carlota, consolidada tras años de conocerse como primos y aliados.
Un príncipe consorte leal y activo, pero discreto

Como príncipe consorte, Félix se convirtió en un pilar de apoyo para Carlota durante su reinado, que abarcó desde 1919 hasta su abdicación en 1964. Su papel no se limitó a ser la sombra de la gran duquesa; Félix asumió responsabilidades significativas. Fue presidente de la Cruz Roja de Luxemburgo entre 1923 y 1932, y nuevamente de 1947 a 1969, demostrando un compromiso constante con el bienestar de su país adoptivo. También sirvió como coronel de la Compañía de Voluntarios de Luxemburgo desde 1920 y como inspector general del ejército luxemburgués entre 1945 y 1967.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Félix demostró su valentía y dedicación. Cuando la familia gran ducal huyó de Luxemburgo ante la invasión nazi en mayo de 1940, Félix acompañó a Carlota y sus seis hijos —Juan, Isabel, María Adelaida, María Gabriela, Carlos y Alix— a través de Francia, España y Portugal, hasta refugiarse en Canadá y luego en Londres. En 1942, se unió al ejército británico como voluntario, sirviendo en el Comando Norte, y en 1944 lideró la misión militar luxemburguesa en el Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas. Su participación en la liberación de Luxemburgo el 10 de septiembre de 1944 y su apoyo durante la Batalla de las Ardenas lo convirtieron en un símbolo de resistencia, según el sitio oficial de la monarquía luxemburguesa.

Félix y Carlota tuvieron seis hijos, incluyendo a Juan (1921-2019), quien sucedería a su madre como gran duque en 1964. La familia, descrita por la Corte Gran Ducal como unida y comprometida, se instaló en el castillo de Fischbach tras la abdicación de Carlota. En 1969, la pareja celebró sus bodas de oro, un evento que, según la monarquía, movilizó a todo Luxemburgo en un homenaje a dos figuras emblemáticas. Félix, siempre discreto, fue recordado como un servidor fiel del país y de la dinastía.
Tras su muerte en 1970, Félix fue sepultado en la cripta real de la catedral de Notre-Dame. Su vida, marcada por el exilio, la guerra y el deber, refleja la de un hombre que, sin buscar el protagonismo, dejó una huella imborrable en Luxemburgo. Félix no solo fue el primer consorte masculino del Gran Ducado, sino también el más longevo, sirviendo durante 45 años junto a Carlota.
Artículo original de Monarquias.com








