De campesina a emperatriz: el improbable ascenso de Catalina I al trono de Rusia hace 300 años

Era una noche fresca en San Petersburgo, el reloj marcaba las 11:17 de la noche del sábado 26 de julio de 2025, cuando los vientos del río Neva susurraban historias de una mujer que desafió sus orígenes. Catalina I de Rusia, nacida Marta Skowrońska en 1684, emergió desde los humildes inicios de una campesina para convertirse en la primera mujer en gobernar el vasto Imperio Ruso, un viaje marcado por la resiliencia, la intriga y una alianza inesperada con la imponente figura de Pedro el Grande. Mientras la ciudad que ayudó a moldear brilla bajo las luces modernas, su historia—forjada a la sombra de la guerra y coronada tras una revolución—permanece como un testimonio de los impredecibles flujos del poder.

Marta Skowrońska nació en la pobreza, probablemente en Livonia (hoy Letonia o Estonia), hija de una familia campesina, posiblemente lituana o polaca. Huérfana desde joven, trabajó como sirvienta antes de ser capturada durante la Gran Guerra del Norte, un conflicto que cambiaría su destino. Tomada por las fuerzas rusas en 1702, entró al servicio del príncipe Alexander Menshikov, aliado cercano de Pedro el Grande, donde su belleza y astucia captaron atención. El historiador Jean des Cars, en The Romanovs: The Rise and Fall of a Dynasty (2018), escribe: “De criada cautiva a consorte de un emperador, la transformación de Marta fue menos un cuento de hadas que un ascenso calculado, impulsado por su adaptabilidad.” Renombrada como Catalina, se convirtió al cristianismo ortodoxo y conquistó el interés de Pedro, quien la tomó como amante y luego la desposó en una ceremonia secreta alrededor de 1707, formalizada públicamente en 1712.

Su vida con Pedro fue un torbellino de guerra y reforma. Catalina lo acompañó en campañas militares, ganándose su admiración por su valentía. Durante la campaña del río Pruth de 1711 contra los otomanos, se dice que salvó a Pedro de una derrota al negociar con el comandante turco, ofreciendo sus joyas para asegurar su liberación. Una crónica contemporánea de The Present State of the Russian Empire (1723) de John Perry, un ingeniero inglés al servicio de Pedro, relata: “La zarina, con una audacia poco común en su sexo, intercedió ante el turco, sus lágrimas y tesoros alejando el desastre.” Este acto consolidó su estatus, y Pedro, en un gesto raro, la adornó con la Orden de San Andrés, el más alto honor de Rusia.

El ascenso de Catalina no estuvo exento de sombras. La primera esposa de Pedro, Eudoxia Lopukhina, había sido exiliada, y su corte estaba llena de intrigas. Sin embargo, la lealtad de Catalina y su capacidad para manejar el temperamento volátil de Pedro la hicieron indispensable. Dio a luz a once hijos, aunque solo dos hijas, Anna y Elizabeth, sobrevivieron a la edad adulta. Su influencia creció a medida que la salud de Pedro decayó, y el 8 de febrero de 1725, cuando él murió sin nombrar sucesor, Catalina ascendió al trono con el respaldo de Menshikov y los regimientos de guardias. El London Gazette (febrero de 1725) informó: “Su Majestad Catalina, por la gracia de la voluntad del difunto zar y el acatamiento del ejército, es ahora Autócrata de todas las Rusias.”

Su reinado, de 1725 a 1727, fue breve pero significativo. A los 40 años, gobernó con la guía del Consejo Privado Supremo, dominado por Menshikov, quien efectivamente dirigía mientras ella se enfocaba en el patrocinio y la caridad. Estableció la Orden de Santa Catalina en 1727, honrando a las mujeres, y apoyó la visión de Pedro de modernizar Rusia, aunque su falta de educación formal limitó su impacto directo. El historiador Henry Troyat, en Peter the Great (1987), destaca: “Catalina reinó como un eco de Pedro, su poder derivado de la devoción que él le profesó, más que de su propia ambición.” Su corte, sin embargo, fue animada, llena de bailes y festines, un contraste marcado con sus raíces campesinas.

Problemas de salud marcaron sus últimos años. Afectada por una infección pulmonar, probablemente neumonía, agravada por años de privaciones, murió el 17 de mayo de 1727 a los 43 años. Su lecho de muerte, rodeada de cortesanos, marcó el fin de un reinado que conectó la vieja Rusia con las reformas de Pedro. El Gentleman’s Magazine (junio de 1727) lamentó: “La emperatriz, una vez una sirvienta, parte, dejando un trono inestable pero un recuerdo perdurable.” Enterrada junto a Pedro en la Fortaleza de Pedro y Pablo, su legado perduró a través de su hija Elizabeth, quien reinó de 1741 a 1762.

Artículo original de Monarquias.com

Fuentes: The Romanovs: The Rise and Fall of a Dynasty de Jean des Cars (2018), Peter the Great de Henry Troyat (1987), The Romanovs: 1613-1918 de Simon Sebag Montefiore (2016), The Present State of the Russian Empire de John Perry (1723), London Gazette (febrero de 1725), Gentleman’s Magazine (junio de 1727).