La “elegante pobreza” de la glamorosa princesa Marina de Grecia, duquesa de Kent

Durante toda su vida, especialmente en su juventud y en el momento de su boda, la princesa Marina de Grecia fue elogiada y envidiada por su elegancia y su distinción. Llevaba en sus genes lo mejor de la realeza: había heredado la belleza de su familia danesa y la majestuosidad de la dinastía imperial rusa, a las que pertenecieron sus abuelos. 

Nacida en 1906 en Atenas, Marina pasó más de treinta años sirviendo como princesa británica. Al fallecer en 1968, un religioso recordó “su gracia y belleza, su espíritu de espontaneidad, su valentía en la adversidad, su inquebrantable servicio a esta tierra de su adopción, su fidelidad en la amistad… y el afecto mutuo que se estableció entre ella y nuestro pueblo”.

La princesa fue una de las tres hijas del príncipe Nicolás de Grecia y de la gran duquesa Elena Vladimirovna de Rusia. Experimentó el exilio y los padecimientos económicos a los once años y pasó gran parte de su infancia en París, debido a la inestabilidad política en Grecia (su abuelo Jorge I había sido asesinado en 1913) y su familia debió vivir modestamente.

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Como los otros miembros de la familia real griega (entre ellos el príncipe Felipe, futuro esposo de la reina Isabel II), Marina debió vivir de la generosidad de sus parientes europeos. El príncipe Nicolás se dedicó a la venta de productos artesanales griegos en París para poder solventar el estilo de vida de su mujer y costear la crianza de sus tres hijas, las princesas Olga, Marina e Isabel. Las niñas dedicaban su tiempo a obras de caridad, a pintar y a coser.

La suerte de la princesa Marina cambió en los años 30, cuando la reina María de Inglaterra se fijó en ella como posible esposa de su hijo mayor Eduardo, el heredero del trono, que estaba soltero. Pero el príncipe de Gales no estaba dispuesto a un matrimonio “dinástico”, prefería la compañía de sus amantes aristócratas casadas con hombres poderosos, como Freda Dudley-Ward, y estaba enamorándose de Wallis Simpson.

Según el secretario de Jorge V, el rey le dijo a su heredero que “los días en que los príncipes reales tenían amantes conocidas y formaban familias con ellas se han ido para siempre” y que el pueblo quería que su futuro soberano llevara una vida “decente”. Pero el príncipe dijo que la idea de un matrimonio orquestado con una princesa le “repugnaba profundamente”.

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El parlamentario Sir Henry Channon escribió: “Le sugerí a Eduardo casarse con la princesa Marina. A él le gustaba bastante y durante cinco noches la sacó a bailar. Ella se enamoró un poco del entonces príncipe de Gales y nuestras esperanzas aumentaron y luego, de repente, él la abandonó por completo, y nunca se despidió ni nunca la volvió a ver (…)”

Freda Dudley-Ward, la amante de Eduardo, había intervenido, según Channon: “Freda, siempre reina de las perras, de alguna manera había detenido el matrimonio. Entonces él estaba completamente bajo su control y permaneció así durante años hasta que Wallis la desterró de su vida y rompió el hechizo fatal. Si tan solo Freda hubiera estado fuera, o hubiera sido menos egoísta y entrometida, la princesa Marina ahora sería la reina de Inglaterra, felizmente casada con Eduardo VIII”.

Siguiendo la premisa victoriana que tan bien había funcionado con ella cuando quedó viuda de su prometido, la reina María pensó que si la princesa Marina era buena esposa para un hijo, lo sería para el otro. De esta forma, la varita mágica de la reina orquestó el encuentro con su hijo favorito, el príncipe Jorge (duque de Kent) con la joven griega. El príncipe aceptó, porque las órdenes de su amada madre eran sacrosantas. 

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La pareja de oro de los años ‘30

Para la época del compromiso, Marina de Grecia también era una de las mujeres mejor vestidas de su época, de carácter dulce, muy inteligente y con una sonrisa seductora y algo torcida. La princesa asumió con seriedad su futuro papel y además era un matrimonio altamente conveniente para su familia: emparentar con la familia real más poderosa de Europa (los Windsor) era tremendamente ventajoso para la dinastía más pobre (Grecia).

El príncipe Jorge, por su parte, era quizás el hijo más cercano a su madre, pero Jorge V no podía entender la naturaleza emocional, artística y poco convencional de su hijo. Fuera del palacio, el atractivo “Georgie” era uno de los príncipes más populares de su tiempo.  

Pero se temía por su amor por la última moda, su pasión por las fiestas de la alta sociedad, por sus romances, por su presunto abuso de drogas y su participación en escándalos amorosos de alto perfil. La alta sociedad inglesa hablaba con mucha seriedad de los intensos romances del príncipe con el dramaturgo británico Noël Coward, el escritor Cecil Roberts o con José Evaristo Uriburu, hijo del embajador argentino en Londres.

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La boda real se celebró en 1934 y se dijo que “emocionó al mundo”. La prensa lo llamó “uno de los mayores romances reales de los tiempos modernos”, pero estaban muy lejos de la realidad. La ceremonia, en la Abadía de Westminster, fue la primera boda real retransmitida por radio, y millones de personas de todo el Imperio Británico la sintonizaron. Además, por primera vez en mucho tiempo, miles pudieron ver en las calles a los novios, sus familias y sus invitados en un imponente cortejo de carruajes. Una sobrina de Jorge, la princesa Isabel, de ocho años, fue dama de honor en el servicio. Y entre los invitados estaba su futuro esposo, el príncipe Felipe de Grecia.

El duque y la duquesa de Kent, como se convirtieron tras su matrimonio, eran la pareja de oro de su generación. Afortunadamente, fue un matrimonio feliz: no se sabe si alguna vez se amaron, pero Jorge y Marina se consagraron a la familia y se convirtieron en una de las parejas reales más glamurosas de la época. Si bien la princesa griega no era ciega ante las historias que corrían sobre el pasado de su esposo, existía un profundo respeto mutuo. 

Sofisticados y con estilo, tenían verdadero estatus de “estrellas de cine”. La alta y elegante Marina era verdaderamente una princesa cosmopolita; hablaba inglés, francés, alemán y ruso. Heredó el talento artístico de su padre y se convirtió en una pintora consumada. El Australian Women’s Weekly la llamó “la más inteligente de las mujeres reales” en términos de vestimenta. El príncipe Jorge compartía la pasión de su madre por las joyas y las obras de arte. Patrocinó a joyeros en Londres y París y asesoraba a su esposa sobre la elección de la ropa y las joyas que usaría.

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Dos años después de la boda real Marina era una figura enormemente popular en el Reino Unido: glamorosa, elegante y sexy. En el momento de la abdicación de su cuñado Eduardo VIII, en 1936, en los círculos de la corte se pensaba que el príncipe Jorge podría ascender al trono porque era más popular que el heredero natural, su hermano mayor Bertie (Jorge VI). Además, Marina había tenido dos hijos varones que favorecían una línea sucesoria masculina que Bertie, con sólo dos hijas, no podía proporcionar.

Una tragedia que puso fin al cuento de hadas

Como piloto experimentado, el príncipe Jorge fue el primer miembro de la realeza en volar a través del Atlántico y había volado miles de millas con la Royal Air Force durante la Segunda Guerra Mundial. Tristemente, fue también el primer miembro de la monarquía británica en morir en un accidente aéreo y el último en encontrar su fin en el servicio activo: tenía 39 años el 25 de agosto de 1942, cuando de camino a Islandia el avión en el que volaba, un hidroavión “Sunderland”, se estrelló en el norte de Escocia

Su muerte fue un golpe a la moral en un momento en que Gran Bretaña y los Aliados todavía estaban a la defensiva frente a la Alemania nazi y las potencias del Eje. Pero además, la desgracia del duque de Kent dejó a la princesa Marina viuda a la edad de 36 años y con tres hijos, el menor de los cuales solo tenía cuatro meses de vida. Poco se sabe sobre los motivos del accidente, pero se reconoce que fue una tragedia que afectó profundamente a Marina y a sus hijos.

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La familia real británica no trataba bien a las viudas y Marina debió abandonar la lujosa mansión del selecto barrio de Belgravia para vivir en una casa más modesta en el campo con sus hijos. La generosa asignación oficial que el matrimonio recibía por sus labores oficiales murió con el duque y Marina, con un salario infinitamente menor, tuvo que arreglárselas y vender pinturas, joyas y otros tesoros familiares para solventar la educación de sus tres hijos con grandes sacrificios.

El asesor financiero de la duquesa, Lord Herbert, escribió: “Será absolutamente imposible para ella tener una residencia en Londres, que debería tener para poder ver a la gran cantidad de personas que un miembro de la Familia Real tiene que ver y entretener. Es una persona muy económica y no tiene gustos ni hábitos costosos, pero se sentiría profundamente herida si supiera que en el momento en que murió el duque, el Parlamento ya no se interesó por ella”.

La duquesa de Kent se convirtió en “la única viuda de guerra en Gran Bretaña cuyo patrimonio se vio obligado a pagar derechos de sucesión” por decisión de la familia real, según el biógrafo real Hugo Vickers. Los documentos de los Archivos Nacionales de Kew muestran que el Palacio de Buckingham prefirió mantener en la pobreza a la duquesa viuda en lugar de respaldar el plan del primer ministro Winston Churchill de apoyarla con fondos públicos. Lejos de rendirse, Marina siguió adelante y prestó servicio como enfermera civil de reserva para atender a los soldados heridos.

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Los funcionarios del rey Jorge VI temían que la opinión pública criticara los ingresos de la familia real. Después de un largo debate entre el gobierno y el parlamento se decidió que mantener “pobre” a la duquesa era lo más conveniente. De esta forma, durante años la duquesa pudo llegar a fin de mes vendiendo, con gran dolor, obras de arte que habían pertenecido a su marido, y debió depender de la generosidad de su suegra, la reina María, que le enviaba una pequeña suma de dinero de sus propios ahorros. 

No fue sino hasta el final de la guerra que se hicieron cambios en la Lista Civil para remediar la situación de la duquesa y para que no se produjera una situación similar en el futuro. El hijo mayor de Marina, el actual duque de Kent, afirmó que su madre vivió en una “pobreza elegante” en los años posteriores a la muerte de su marido y contó que él y sus hermanos tuvieron que ir a la escuela en bicicleta y vestir ropa usada hasta que pudieron contar con la herencia.

La princesa Marina murió en 1968 pero su elegancia y sofisticación se recuerdan con nostalgia. Fue enterrada en los terrenos de Frogmore un día después de que los restos de su marido fueran sacados de la cripta de Windsor y llevados al mismo sitio para que pudieran descansar juntos. Su bisnieta Lady Marina Windsor, una joven y famosa influencer de la moda y heredera de la gran belleza de Marina y Jorge, dijo hace poco que su abuela “era la mujer más elegante que conozco, y una que yo hice muchos intentos fallidos de imitar”.

Darío Silva D’Andrea