Esta es la impensable historia de María Luisa, la “princesa de ninguna parte”

Nació en 1872 como la princesa Marie Louise Franziska Josepha Augusta Christina Helena de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Augustenburg y murió en 1956 como María Luisa, “la princesa de ninguna parte”. En el medio, la princesa protagonizó un sonado divorcio que escandalizó a la sociedad, perdió los títulos de sus ancestros y su apellido, atravesó las penurias de las dos guerras mundiales y fue la primera “royal” que vivió en un apartamento, que condujo un automóvil, viajó en autobús, voló en avión y se puso un casco para hundirse en las profundidades de una mina de carbón. Pero lo más importante, durante sus 84 años de vida fue testigo excepcional de seis reinados: desde el de su abuela, la reina Victoria, hasta el de Isabel II.

Nieta de la reina Victoria de Inglaterra, la princesa María Luisa fue la cuarta hija de la princesa Helena de Inglaterra y de su esposo alemán, el príncipe Christian de Schleswig-Holstein: aunque pertenecía a una casa ducal alemana, su vida estuvo desde el principio asociada a la familia real británica y siendo adulta decidió que el Reino Unido, y no Alemania, era su patria. 

Apodada “Louie”, la princesa fue bautizada en el Castillo de Windsor, donde creció modestamente con sus hermanos Christian Victor, Alberto y Helena Victoria (el príncipe Harald murió ocho días después de su nacimiento en 1876). La reina Victoria era especialmente cercana y cariñosa con los niños de Helena, aunque una vez escribió en una carta: “Los niños están muy bien, pero la pobre Luisa es muy fea”. Años más tarde, cuando la princesa le preguntó sobre esto, su abuela respondió simplemente que era la verdad.

Aunque Luisa recibió clases particulares en el castillo, su padre animó a ella y a sus hermanos a dedicar su tiempo a la jardinería y al estudio de la horticultura, mientras la princesa Helena llevaba a las niñas a hospitales y organizaciones benéficas donde aprendían a servir a los necesitados. La familia solía acompañar a la reina Victoria en sus vacaciones en Escocia o Francia y sobraba tiempo para viajar por las distintas cortes de Alemania, donde tenían muchos parientes. 

En noviembre de 1890, Luisa conoció al príncipe alemán Aribert de Anhalt durante la boda de su prima, la princesa Carlota de Prusia, y ambos entablaron un romance fugaz: en un mes se habían comprometido. El káiser Guillermo II, apoyó firmemente la decisión de su prima hermana de casarse con uno de sus amigos más cercanos. La pareja se casó el 6 de julio de 1891 en la Capilla de San Jorge de Windsor, con la reina Victoria como invitada de honor. 

Me siento muy aliviada al pensar que las perspectivas de la pobre Luisa Holstein no se verán arruinadas”, escribió la reina. “Creo que sería un matrimonio muy bonito. Aribert es un joven simpático y afable y uno puede esperar que sea para la felicidad de ambos”. Pero la felicidad del cuento se esfumó de inmediato.

Una vez que la pareja se estableció en Dessau, capital del principado de Anhalt, en Alemania, la relación cambió dramáticamente. Se dice que el príncipe, avocado a su carrera militar en el ejército prusiano, dejaba sola a su esposa durante semanas, incluso cuando estaban bajo el mismo techo. En su lugar, Aribert pasaba la mayor parte del tiempo en compañía de otros hombres, un que generó rumores sobre su posible homosexualidad. Con un protocolo prusiano rigiendo todas sus acciones y limitando sus interacciones sociales, la princesa María Luisa cayó en la depresión. Muchos la acusaron de ser la culpable de la crisis matrimonial y la duquesa de Sajonia-Coburgo-Gotha escribió diciendo que su sobrina era “una chiflada de la que todo el mundo se ríe”.

Con el paso del tiempo, la infelicidad de los príncipes de Anhalt creció y pasó factura a la salud de Luisa. En 1898 visitó Gran Bretaña donde se reencontró con su abuela, quien notó describió que “Luisa no ha estado muy bien, pero no de mal humor. Está muy débil y se cansa por todo”. La infelicidad de la pareja ya era palpable en toda Europa y una de las primas de Luisa, María de Rumania, escribió: “Me pregunto cómo terminará la historia de Louise Aribert, pero creo que era un hombre terrible para vivir con él y dicen que él y su hermano mayor… ¡tienen un vicio horrible!”

Algunos historiadores creen que Luisa pudo haber estado luchando contra la anorexia, lo que explica su cansancio inusualmente extremo y su susceptibilidad a enfermedades respiratorias, como la bronquitis y la neumonía. En sus memorias, María Luisa escribió que “no la querían” y agregó que él y su esposo “eran dos completos extraños que vivían bajo el mismo techo”.

Un divorcio que escandalizó a la alta sociedad

En octubre de 1900, el hermano mayor de Luisa, el príncipe Christian Víctor, murió de fiebre entérica mientras se encontraba en Sudáfrica y la princesa quedó devastada, temiéndose por el impacto que la tragedia tendría en su ya frágil salud física y mental. Pidió permiso a su marido para realizar un viaje por el mundo. Visitó Nápoles, Roma y Túnez, y luego cruzó el Atlántico rumbo a América: estuvo en Nueva York y Washington antes de viajar a Ottawa, donde permaneció con el gobernador de Canadá, Lord Minton. 

Después de unas semanas, el príncipe Aribert se cansó de no tener a su esposa encerrada en casa y exigió su regreso. La princesa Luisa recibió un telegrama de su madre en el que le enviaba un mensaje de su suegro pidiéndole que regresara a Alemania. Más tarde, Lord Minton recibió un segundo telegrama, esta vez de la reina Victoria que decía: “Dígale a mi nieta que vuelva a casa conmigo”. Luisa obedeció a su abuela más que a su marido y regresó al Castillo de Windsor.

En el Reino Unido le esperaba otra tormenta: Aribert le había pedido a su padre, el duque de Anhalt, que arreglara la anulación del matrimonio afirmando que su mujer le había hecho su vida “intolerable” al descuidar sus “deberes maritales”. Queriendo evitar el mayor escándalo posible, la reina Victoria aceptó discretamente la anulación, que se hizo oficial en diciembre de 1900. En sus memorias, Luisa escribió: “Él había escrito que vivir conmigo como compañero era intolerable (me abstengo de usar la expresión mucho más fuerte escrita por él), y por eso había pedido a su padre que ejerciera su derecho soberano. y declarar nulo el matrimonio… afirmó que era un hombre joven y tenía derecho a vivir su vida a su manera”.

Hija de su época, Luisa siempre consideró sus votos en el altar como un compromiso de por vida y continuó usando su anillo de bodas por el resto de su vida y nunca se casó con otro hombre. Se cree que el tío de Luisa, el príncipe de Gales, mostró su compasión diciendo: “¡Pobre María Luisa, volvió tal como se fue!” Pero otros, como la duquesa de Sajonia-Coburgo-Gotha, no fueron tan misericordiosos y escribió desde Inglaterra a sus hijas sobre todo lo que pasó con “la loca Luisa”: “He tenido que escuchar horas tras hora las lamentaciones de tía Helena y el viejo Christian se ha ido a Alemania a atacar a todo el mundo. Naturalmente, ella es la víctima más inocente y, sin embargo, la tía Helena no quiere que vuelva a vivir con ellos por nada del mundo. Qué gente tan rara y poco práctica son”.

Libre de un marido y lejos de la opresiva Alemania, la princesa se estableció en Londres y tras un acuerdo con el Palacio de Buckingham pasó a ser conocida como “María Luisa de Schleswig-Holstein” para que la no la confundieran con su tía la princesa Luisa, duquesa de Argyll (hija de Victoria), ni con su sobrina Luisa, princesa real y duquesa de Fife (hija de Eduardo VII). Demostrando que no le interesaban los títulos reales, se dedicó por completo a la beneficencia y compró un estudio en Londres, donde fabricaba joyas para donarlas a diferentes organizaciones benéficas.

De María Luisa de Schleswig-Holstein a “María Luisa de ninguna parte”

Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, la princesa María Luisa se mudó al Palacio de Kensington y continuó su labor benéfica, convirtiendo su “club de princesas” (que anteriormente brindaba apoyo de enfermería prenatal y de distrito a los trabajadores de Rotherhithe y Bermondsey) en un hospital de 100 camas para los soldados británicos heridos en la batalla. Queriendo mantener el ánimo alto, se negó a usar cualquier tipo de uniforme e insistió en usar sus mejores vestidos, joyas y sombreros para atenderlos.

El siguiente cambio en la vida de María Luisa llegó casi al final de la guerra, en 1917, cuando el rey Jorge V, presionado por el sentimiento antigermánico de los británicos, decidió renunciar a todos los títulos alemanes utilizados y rebautizar a la familia real británica . Se invitó a todos los parientes con apellidos y títulos alemanes que adoptaran sus versiones británicas: los príncipes de Battenberg pasaron a ser los Mountbatten, mientras los Sajonia-Coburgo-Gotha se convirtieron en los Windsor.

Pero este no fue el caso de la princesa María Luisa y su familia, quienes simplemente abandonaron renunciaron a sus títulos de “Schleswig-Holstein-Sondenburg-Augustenburg”. Ahora conocida simplemente como la “Princesa María Luisa”, ella y su hermana, la princesa Helena Victoria, pronto se ganaron el apodo de las “princesas de ninguna parte”.

Al año siguiente, mientras almorzaba con Jorge V y la reina María, María Luisa conoció la noticia de que los bolcheviques habían ejecutado al zar de Rusia, Nicolás II, a la zarina Alejandra y a sus cinco hijos. La zarina era su prima hermana y había sido una de las más cercanas durante su niñez. María Luisa se ofreció a darle la noticia a Victoria, marquesa de Milford-Haven, hermana de Alejandra: “A menudo he tenido que enfrentar situaciones difíciles que necesitaban tanto tacto como coraje, pero nunca nada tan terrible como informar a alguien que una hermana y un cuñado muy queridos y sus cinco hijos niños, todos habían sido asesinados”, escribió en sus memorias.

Testigo de seis reinados y un legado: la Casa de Muñecas de la reina María

Al finalizar la guerra, la princesa se mudó a Cumberland Lodge, una casa de campo catalogada del siglo XVII a poca distancia del Castillo de Windsor, y pronto inició uno de sus proyectos más conocidos, la Casa de Muñecas, que comenzó después de que María Luisa se enterara de que su amiga de la infancia, reina María, estaba coleccionando artículos en miniatura. 

María Luisa creía que la reina, que amaba todo lo pequeño y decorativo, disfrutaría de la casita. El arquitecto fue Sir Edwin Lutyens, amigo de la princesa, que también se encargó de reunir a 250 artesanos y fabricantes, 60 decoradores, 700 artistas, 600 escritores y 500 donantes británicos para crear una réplica a escala del palacio. Entre todos ellos crearon un comité que decidió el estilo de la casa y se aseguró de que todo su contenido fuera de la mayor calidad posible y estuviera perfectamente a escala. Hoy en día, miles de visitantes admiran la casa de muñecas cada año en el Castillo de Windsor.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el gobierno británico les dijo a María Luisa y Helena Victoria que abandonaran su mansión Schomberg House, que estaba cerca del Parlamento, un blanco fácil para los nazis, y se fueran de Londres por su seguridad. Así lo hicieron, pero durante toda la contienda, las dos ancianas se negaron a utilizar un refugio antiaéreo de su casa, en Ascot: “¡Llegamos a la conclusión de que preferiríamos bajar sobre los restos de la casa, en lugar de que la casa cayera sobre nuestros restos!”

Con la llegada de la victoria, María Luisa y Helena Victoria se mudaron a Berkeley Square, Londres, donde permanecieron hasta la muerte de ambas. María Luisa asistió al funeral de su sobrino nieto, el rey Jorge VI, en 1952, y al año siguiente ocupó un sitio especial en la coronación de la reina Isabel II en la Abadía de Westminster. Para entonces, ya estaba desapareciendo de a poco de la vida social, pero era un personaje reconocido por todos. En la coronación la princesa, que según el autor Kenneth Rose, en sus últimos años “fumaba y bebía con evidente gusto”, estaba desesperadamente sedienta tras la extensa ceremonia y se sirvió un generoso vaso de agua y lo bebió justo antes de salir de la abadía sin darse cuenta de que era ginebra pura. Al llegar al palacio, casi se cayó del carruaje.

La princesa continuó desempeñando un papel activo en eventos benéficos y reales durante sus últimos años y una de sus principales organizaciones benéficas fue el asilo de ancianos “Princess Christian” en Windsor, que había sido fundado y dirigido por su madre. La reina Isabel II le sugirió que escribiera un libro sobre su vida. A pesar de su deteriorada salud y su artritis, la princesa estaba decidida a terminar sus memorias, que se publicaron en 1956. “Mis recuerdos de seis reinados” ofrece a los historiadores una visión fascinante de su vida, junto con los reinados de Victoria, Eduardo, VII, Jorge V, Eduardo VIII Jorge VI e Isabel II. 
Lamentablemente María Luisa murió en Berkeley Square el 8 de diciembre de 1956, a los 54 años, pocos meses después de la publicación del libro. Su funeral se celebró el 14 de diciembre en la Capilla de San Jorge. Tres meses después, el 3 de abril de 1957, su cuerpo fue trasladado al cementerio real en Frogmore, Windsor, donde fue sepultada junto a su amada hermana, que había muerto en 1948. “La vida es una aventura, llena de sucesos inesperados. Incluso yo, a mi edad, estoy emocionada por todo lo que está sucediendo y los acontecimientos de estos tiempos modernos”, había escrito.