Carlos III se convertirá este 7 de noviembre en el primer rey británico que lee el discurso de apertura del Parlamento desde que su abuelo, el rey Jorge VI, lo hizo por última vez hace 72 años.
La ceremonia en la que el monarca debe leer el discurso oficial es famosa por su magnífica pompa y coreografía precisa de los elementos participantes.

La última apertura del Parlamento tuvo lugar el 10 de mayo de 2022 y fue presidida por el entonces príncipe de Gales y el duque de Cambridge como Consejeros de Estado en nombre de la reina Isabel II.
A lo largo de sus 70 años de reinado, Isabel II presidió esta ceremonia en 67 ocasiones y se ausentó solo en tres: en 1959 y 1963 -estando embarazada de sus dos hijos menores- y en 2022, con motivo de su frágil salud.
¿Qué sucede durante la Apertura Estatal del Parlamento?

Las tradiciones en torno a la Apertura del Estado y la pronunciación del discurso real se remontan al siglo XVI, aunque la ceremonia actual data de la inauguración del reconstruido Palacio de Westminster en 1852 tras el incendio de 1834.
Las líneas generales de la ceremonia se han mantenido prácticamente sin cambios durante siglos: una procesión del Soberano hasta el Palacio de Westminster es seguida por la reunión de los miembros de ambas Cámaras y la lectura del discurso.
Dentro de estos esquemas, sin embargo, hubo adaptaciones e innovaciones. Por ejemplo, desde sus orígenes hasta 1679, la ceremonia solía ir precedida de una misa en la Abadía de Westminster, pero esta se suspendió durante el reinado del rey Carlos II por temor a complots de asesinato.

Por poner otro ejemplo, los soberanos de los siglos XVI y XVII solían acudir al Parlamento a bordo de la Barcaza Real a través del río Támesis.
Siguiendo una tradición de cuatrocientos años, horas antes de la ceremonia la Guardia controla los sótanos de las Casas del Parlamento para evitar la repetición de la conocida “Conspiración de Pólvora” de 1605, cuando se intentó asesinar al rey Jacobo I.
En la fallida conspiración, Guy Fawkes y otros 12 conspiradores intentaron explotar el Parlamento con 36 barriles de pólvora ubicados en el sótano debajo de la Cámara de los Lores.

Según el ceremonial actual, el monarca viaja al Palacio de Westminster escoltado por la Caballería Real en el Carruaje del Jubileo de Diamante, que cubre la misma ruta utilizada por la reina Victoria por primera vez en 1852.
Fabricado en Australia y utilizado por primera vez por Isabel II en la apertura del Parlamento de 2014, el carruaje es el más moderno de las caballerizas reales y fue utilizado por Carlos III para dirigirse a su coronación en mayo de 2023.
El carruaje, que mide sin embargo más de cinco metros, pesa más de tres toneladas y necesita seis caballos para tirar de él- dispone de aire acondicionado, elevalunas eléctricos y seis estabilizadores hidráulicos que impiden que se balancee.

La Corona del Estado Imperial, que se conserva en la Torre de Londres junto a las demás Regalías de la monarquía, viajan frente al rey en un carruaje propio.
Las Fuerzas Armadas disparan una salva de 41 cañonazos en The Green Park para marcar la llegada del monarca al Palacio de Westminster y otros 41 cañonazos son disparados desde la Torre de Londres en el momento exacto en que abandona el Parlamento después de haber pronunciado el discurso.
A su llegada al Parlamento, el rey se dirige a la Sala del Guardarropas, donde se viste con la Túnica de Estado de terciopelo carmesí y la corona. Si la tradición se sigue al pie de la letra, este 7 de noviembre Carlos III leerá el discurso investido con la Túnica de Estado que lució al finalizar su coronación.

La túnica fue usada por su abuelo, el rey Jorge VI, para su coronación en 1937. Está hecha de terciopelo de seda púrpura con encaje dorado y fue conservada por los fabricantes de túnicas Ede & Ravenscroft.
Tradicionalmente, el monarca pronuncia el discurso luciendo la Corona Imperial del Estado, una de las piezas de orfebrería cubiertas de piedras preciosas más famosas del mundo y un símbolo del poder real.
Montada sobre un marco en oro y ornada en su interior con un birrete de terciopelo púrpura, la corona imperial está decorada con 2.868 diamantes y numerosas piedras preciosas, incluidos 17 zafiros, 11 esmeraldas y 269 perlas.

Fabricada en 1937 por el joyero de la corona Garrad & Co para el rey Jorge VI, retoma el modelo de la que llevaba la reina Victoria, creada en 1838, con una base en piel de armiño.
Símbolo de la monarquía y del poder divino del soberano, fue llevada por el rey Carlos III a su salida de la Abadía de Westminster justo después de su coronación.
Luego, el rey y la reina encabezan la Procesión Real a través de la Royal Gallery, donde toman asiento 600 invitados especiales, hasta la sala de la Cámara de los Lores.

Durante la ceremonia, los miembros de la Cámara de los Lores visten túnicas ceremoniales apropiadas y los jueces del Tribunal Superior de Justicia usan pelucas.
Luego, se envía al funcionario de la Cámara de los Lores conocido como “Black Rod” (llamado así por el color negro de su vara ceremonial) para convocar a la Cámara de los Comunes. Primero se le cierra simbólicamente la puerta de la Cámara de los Comunes en la cara, lo que simboliza la independencia de la Cámara de los Comunes de la monarquía.
El Black Rod luego golpea la puerta ruidosamente tres veces con su vara antes de que se abra, y los 250 miembros de la Cámara de los Comunes lo siguen de regreso a la Cámara de los Lores, para pararse en el extremo opuesto del Trono Real y escuchar el discurso.

El discurso del rey
Antes de que cualquiera de las Cámaras pueda proceder a asuntos públicos, el rey debe abrir oficialmente el Parlamento dirigiéndose a ambas Cámaras en el “Discurso del Rey“.
El discurso contiene un resumen de sus políticas y la legislación propuesta para la nueva sesión parlamentaria, pero no lo redacta el monarca, sino el Gobierno. El texto lo lleva el Lord Canciller en una bolsa de seda especial y lo presenta al rey de rodillas.
Una vez que el rey y la reina se retiran de la Cámara, los miembros de ambas Cámaras debaten el contenido del discurso y acuerdan un “Discurso en respuesta al amable discurso de Su Majestad“.

Curiosidades históricas de la Apertura Estatal del Parlamento británico
La ceremonia de inauguración estatal moderna data de 1852, cuando se inauguró el nuevo Palacio de Westminster. Se estableció la ruta contemporánea desde el Palacio de Buckingham a Westminster, al igual que uso del Carruaje Estatal Irlandés, que había sido comprado por la reina Victoria y utilizado por primera vez ese año.
Como ha observado el historiador parlamentario Steven Franklin: “La manera coreografiada en la que la historia, la ceremonia, el ritual y el drama se combinan a la perfección es, por lo tanto, una invención de los victorianos. En una época en la que el futuro de la monarquía era incierto, se emprendió un programa sistemático de rejuvenecimiento del ceremonial de Estado con el fin de aumentar el atractivo más amplio de la realeza”.
El diario The Times escribió al día siguiente: “Por primera vez durante medio siglo podría decirse que fuimos testigos […] de la apertura del último Parlamento superviviente, de la solemnidad del último Gobierno constitucional superviviente en el Viejo Mundo”.

Entre 1837 y la muerte del príncipe Alberto en 1861, la reina Victoria faltó a la ceremonia sólo en cuatro ocasiones, cada vez debido a un embarazo. De 1840 a 1861 estuvo acompañada regularmente por el príncipe Alberto y después de una breve disputa, se decidió que el consorte tenía derecho a viajar en el carruaje de la reina al Parlamento y a sentarse a su lado en la Cámara de los Lores en una Silla de Estado construida especialmente para él. La Silla estaba adornada con su lema “Ich Dien” y el escudo de su familia, los Sajonia-Coburgo-Gotha.
Cuando el príncipe Alberto murió de fiebre tifoidea en 1861, Victoria se negó a presidir la ceremonia. En 1863 citó su “total incapacidad (…) para desempeñar las funciones propias de su alto cargo, que van acompañadas de ceremonias estatales y que exigen aparecer en público vestida de gala”.
Victoria volvió a asistir a la ceremonia en 1866, pero no utilizó la Túnica de Estado, que fue colocada sobre la parte posterior del Trono, sino un extenso velo de luto y un vestido negro. No tuvo fuerzas para leer el discurso y ese rol tuvo que se cumplido por el Lord Canciller.

Al describir el momento, la reina escribió: “Cuando entré en la Cámara, que estaba muy llena, sentí como si me fuera a desmayar. Todo estaba en silencio y todos los ojos estaban fijos en mí, y allí me senté solo. Me sentí muy aliviada cuando todo terminó y bajé del trono“.
La reina Victoria no volvió a abrir el Parlamento hasta 1876, y sólo en otras cinco ocasiones entre entonces y 1886. En 1895, seis años antes de su fallecimiento, “ya estaba demasiado renga para subir las escaleras que conducían al Salón del Trono“, explicó la anciana reina.
Uno de los primeros actos del rey Eduardo VII como monarca (sucedió a al trono en 1901) fue revivir la Apertura Estatal del Parlamento como una ocasión ceremonial de gala, con una procesión en el carruaje estatal por las calles de Londres junto a la reina Alejandra.

La ceremonia tuvo lugar el 14 de febrero de 1901 y fue la primera vez que una reina consorte acompañaba al rey “en igualdad de condiciones para la apertura del Parlamento”, aunque su presencia no quedó registrada oficcialmente.
El diario The Times señaló que en la ceremonia de febrero de 1901, la Cámara de los Lores “estaba abarrotada por una vasta asamblea de pares con sus túnicas y nobles vestidas de luto” [por la muerte de la reina Victoria, menos de un mes antes], mientras que en la ruta procesional desde el Palacio de Buckingham “se habían reunido inmensas multitudes de personas, mucho antes de la hora fijada para el inicio de la procesión“.
En febrero de 1911, después de la primera apertura del Parlamento a la que asistió como rey, rey Jorge V le dijo a su madre: “Estaba terriblemente nervioso, además de sentirme tan triste al pensar en las muchas veces que te habíamos visto a ti y a nuestro amado papá hacerlo, que casi me derrumbo. La Cámara de los Lores estaba repleta de gente y conocía a tanta gente, lo que lo hizo peor“.

Para la Apertura Estatal del Parlamento de 1913, Jorge V usó la corona por primera vez desde que la reina Victoria lo hiciera antes de la muerte de su esposo en 1861. Consultó con el Gabinete antes de hacerlo y le respondieron: “Como a ninguno de nosotros nos importa lo que viste, aceptamos la corona”.
En la ceremonia de 1914, el Lord Canciller entregó al rey el discurso en una letra pequeña, dificultando la lectura a Jorge V, que necesitaba anteojos pero el protocolo de la corte le prohibía usarlos.
Según su biógrafa, Jane Ridley: “El rey afirmó que necesitaba letras grandes porque el nerviosismo hacía que le temblara la mano, pero la letra se hizo cada vez más grande a medida que crecía, y al final de su reinado los tipos eran enormes“.

El rey Eduardo VIII, que reinó desde enero de 1936 hasta su abdicación diez meses después, leyó el discurso de apertura del parlamento sin corona, puesto que su coronación estaba programada para mayo de 1937.
Debido a las restricciones en la Segunda Guerra Mundial, The Times describió la apertura del Parlamento de 1939, señalando que el rey Jorge VI vestía el uniforme de almirante de la flota, mientras que la reina Isabel “llevaba un sencillo vestido de terciopelo negro“.
Los escalones del Trono estaban ocupados en su mayoría por “hombres con uniforme de los Servicios”, mientras que los nobles presentes “llevaban traje de mañana en lugar de túnica, excepto algunos pocos que iban de uniforme”.

Durante los restantes años de la guerra, sólo asistieron funcionarios y obispos vistiendo su atuendo ceremonial habitual; el rey vistió uniforme naval y la reina un vestido de día y sombrero, mientras que la Corona fue llevada sobre un cojín y colocada frente al monarca durante el discurso.
El ceremonial completo regresó en 1948, después de una década de protocolo reducido. Después de que la reina Isabel II ascendiera al trono en febrero de 1952, su consorte, el duque de Edimburgo, se sentó en una Silla de Estado a su lado cada vez que abrió el Parlamento. El príncipe Felipe no ocuparía el “Trono de la Consorte” sino hasta 1967.
En 1958, el discurso fue transmitido por TV a todo el reino por primera vez y la reina Isabel II hizo primera referencia explícita a este hito: “Hoy, por primera vez, esta ceremonia está siendo vista no sólo por aquellos que están presentes en esta Cámara, sino por muchos millones de Mis súbditos. Los pueblos de otros países también podrán ser testigos de esta renovación de la vida del Parlamento. Exteriormente verán el boato y los símbolos de autoridad y estado; pero en sus corazones seguramente responderán al espíritu de esperanza y propósito que inspira nuestra tradición parlamentaria”.
Los dos hijos mayores de Isabel II, Carlos y Ana, asistieron a la ceremonia por primera vez en octubre de 1967. El príncipe y la princesa caminaron detrás de los pajes mientras la reina y el príncipe Felipe procedían a través de la Galería Real, y posteriormente se sentaron en sus “Sillas de Estado” a ambos lados de sus padres.
En la inauguración de noviembre de 1981, los recientes atentados con bombas del Ejército Republicano Irlandés en Londres, las medidas de seguridad fueron muy estrictas y obligaron a la princesa de Gales (Diana), que asistía por primera vez a la ceremonia, a viajar en un carruaje distinto al de su esposo, el príncipe Carlos.
LA CORONA IMPERIAL DEL ESTADO. Fabricada en 1937 por el joyero de la corona Garrad & Co para el rey Jorge VI, retoma el modelo de la que llevaba la reina Victoria, creada en 1838, con una base en pelo de armiño. Entre sus numerosas gemas destaca, en la parte delantera, un gigantesco diamante de 317 kilates, conocido como Cullinan II o “segunda estrella de África”. Está unido al “zafiro de Estuardo”, situado en la parte trasera, por una cenefa delimitada por una fila de perlas y ornada con ocho esmeraldas y ocho zafiros rodeados de diamantes. Dos arcos formados por diamantes y más perlas, cuya base delantera acoge el “rubí del príncipe negro” -en realidad una espinela-, rodean el birrete. En lo alto de la corona, cuatro perlas en forma de pera en esgarces de diamantes rosas forman los conocidos como “pendientes de la reina Isabel”. Sobre ellos se elevan una esfera cubierta de brillantes y una cruz cuadrada portando en su centro el “zafiro de San Eduardo” que, según se afirma, habría pertenecido a Eduardo el Conquistador, llegado al trono de Inglaterra en 1042.
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