La dramática vida de la princesa Antonia, que sobrevivió a las torturas de los nazis en los campos de concentración

Cuando en 1940 las tropas nazis invadieron el gran ducado de Luxemburgo por orden de Adolf Hitler, la gran duquesa Carlota y su familia lograron huir a salvo para instalarse en el Reino Unido y Estados Unidos, donde se formó el gobierno en el exilio. Frecuentemente, la soberana emitió por radio mensajes de esperanza a sus súbditos antes de retornar al país, casi como una heroína de la resistencia. Diferente fue la historia de su hermana, la princesa Antonia, que quedó profundamente afectada de por vida por haber sido encarcelada junto a sus hijas en varios campos de concentración nazis y en las más aterradoras circunstancias.

La princesa Antonia de Luxemburgo -bautizada como Antoinette Roberte Sophie Wilhelmine- nació el 7 de octubre de 1899 como la cuarta hija del futuro gran duque Guillermo IV y de su esposa la infanta portuguesa María Ana de Braganza. A los diecinueve años, Antonia se comprometió con el príncipe heredero de Baviera, Ruperto, en un enlace que levantó las cejas de muchos en Luxemburgo: en plena guerra contra los alemanes, no fue bien recibido que una de sus princesas se casara con el heredero de un trono alemán que había sido mariscal del ejército del káiser durante la contienda. Por otra parte, Ruperto (hijo del rey Luis III de Baviera) tenía treinta años más que Antonia y era viudo.

El compromiso fue cancelado al finalizar la Primera Guerra Mundial, cuando Ruperto no era muy apreciado en el gran ducado, donde la gente lo apodó “el verdugo de Luxemburgo”. El rey Luis III abdicó al trono poco antes de que el káiser Guillermo II se exiliara y la monarquía alemana cayera. Baviera se convirtió en una república y por primera vez en 800 años no estaría gobernada por la prestigiosa dinastía Wittlesbach, que había dado a la historia personajes tan célebres y trágicos como el “rey loco” Luis II, gran constructor de castillos, y la emperatriz “Sissi” de Austria. Ruperto siguió siendo el “kronprinz” de un reino que ya no existía.

A principios de 1921, Antonia volvió a comprometerse con el príncipe Ruperto pese al desagrado internacional. La boda se celebró en el Castillo Hohenberg, la casa de verano de la familia gran ducal en Baviera, y lugar de nacimiento de Antonia. En defensa de Ruperto y su matrimonio, la princesa Antonia dijo: “Lo amo más que a mi vida”, mientras que el príncipe afirmó que su amor por ella lo hizo sentir como un hombre joven nuevamente.

En los años siguientes la princesa fue madre de seis hijos (Heinrich, Irminggard, Editha, Hilda, Gabrielle y Sophie) y la familia vivió en Baviera, el lugar de nacimiento de Hitler y origen del nacionalsocialismo. Ruperto, que decía estar “convencido de que el Führer estaba loco” se estableció como opositor del líder en auge y mantuvo conversaciones con figuras europeas de alto nivel para analizar la situación a la que llevaría a Alemania.

Negándose a adornar las residencias de la dinastía Wittelsbach con la cruz esvástica, como exigía Hitler a todas las familias nobles y reales alemanas que, en un principio, se mostraron serviles al fuhrer, el príncipe Ruperto también anhelaba la restauración de la monarquía en Baviera como y continuó siendo respetado por muchos de sus antiguos súbditos. Cuando en 1939 la familia real bávara participó de un complot contra Hitler, y la poderosa Gestapo se apoderó de todas sus propiedades de Wittelsbach y la familia debió escapar a Italia.

Después de la “Operación Valquiria”, en la que un aristócrata alemán, con el apoyo de personales poderosos, atentó sin éxito contra la vida de Hitler en 1944, Ruperto y su hijo mayor, el príncipe Heinrich, fueron señalados como opositores al régimen nazi y una orden de captura pesó sobre ellos. Se alejaron de la princesa Antonia y del resto de la familia y pasaron a la clandestinidad en Italia.

Los nazis emplearon el “Sippenhaft”, la noción de responsabilidad familiar y de que toda una familia es responsable de las acciones de uno de los miembros de la familia, para perseguir a todos los Wittenbach. De esta forma, a mediados de 1944 la Gestapo capturó a la princesa Antonia y a sus tres hijas menores en Italia. Algunos relatos dicen que la princesa, que estaba muy enferma, fue abandonada en un hospital de Innsbruck, mientras que sus hijas fueron llevadas al campo de concentración de Sachsenhausen-Oranienburg, a las afueras de Berlín. La princesa Irmingard, su hija mayor, también estaba enferma y fue capturada y llevada al mismo hospital que su madre.

Existen diferentes versiones sobre lo que sucedió con la familia después, pero lo cierto es que Antonia y sus hijos fueron detenidos por los nazis y recluidos en distintos campos de concentración, como Sachsenhausen, Flossenburg y Dachau, donde fueron torturados cruelmente, hasta 1945. Durante su estancia en Flossenburg, Antonia sufrió torturas a manos de los nazis, que la presionaban para que revelara el paradero de su marido, sin que ella hablara. Según algunas versiones, la princesa Antonia fue encontrada y liberada por los aliados en abril de 1945 en un hospital de Jena, a 30 kilómetros del campo de Buchenwald. Su estado era deplorable y pesaba menos de 40 kilos.

Los siguientes años fueron difíciles para la princesa luxemburguesa, que nunca recuperó totalmente su salud física y mental después del encierro. La princesa fue llevada por su hermana, la gran duquesa Carlota, a Luxemburgo, donde pasó varios meses antes de marcharse a Italia y luego a Suiza. La última princesa heredera de Baviera juró nunca regresar a suelo alemán, rara vez volvió a hablar con alguien sobre su dolorosa experiencia y murió nueve años después, el 31 de julio de 1954 en la ciudad suiza de Lenzerheide.

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