“Aunque las noticias que llegaban desde el castillo de Hohenburg desde hacía varios días eran malas, no nos atrevíamos a creer en un desenlace fatal”, escribió el Luxemburger Wort en su edición del viernes 25 de enero de 1924. El periódico dedicaba su portada a la gran duquesa María Adelaida, fallecida el día anterior a la edad de 29 años. A pesar de las oraciones de los luxemburgueses, “la divina Providencia ha decidido otra cosa. El cielo también exigió a María Adelaida el último sacrificio, el de su vida, en el corazón de la adolescencia, donde el sacrificio es más difícil”.
Quién fue María Adelaida, la primera soberana mujer de Luxemburgo
El 14 de junio de 1894 nació en el Castillo de Berg la princesa María Adelaida, nieta del gran duque Adolfo I de Luxemburgo, hija del futuro gran duque Guillermo IV y primera soberana nacida en suelo luxemburgués desde Juan el Ciego, en 1296.
Guillermo IV (1852-1912), sucedió a su padre en 1905 pero pocos años después sus problemas de salud lo obligaron a nombrar regente a su esposa, la infanta portuguesa doña María Ana de Braganza. Muerto en 1912 sin descendencia masculina, se recurrió a un estatuto familia en virtud del cual se declaraba monarca a María Adelaida como la sucesora.

María Adelaida era, desde la muerte de la emperatriz María Teresa en 1780, la primera mujer en ocupar el trono de Luxemburgo. El discurso de la joven Gran Duquesa durante su ceremonia de juramento reflejó una concepción del papel de Jefa de Estado muy diferente a la de su padre y declaró su interés por los asuntos políticos y sociales.
Inspirada en el lema ‘Judicate Juste!’ del emperador Enrique VII de la Casa de Luxemburgo, declaró: “Es el deseo de juzgar de acuerdo con los requisitos de la justicia y la equidad lo que inspirará todas mis acciones. ¡Solo la ley y el interés general me guiarán!”

“Juzgar con justicia, ¿no es justicia igual para todos, pero también justicia que protege a los humildes ya los débiles? La creciente desigualdad económica entre los hombres es la grave preocupación de nuestro tiempo. La paz social, tan ardientemente deseada, ha sido hasta ahora un ideal elusivo. ¿No es necesario trabajar por el acercamiento y la solidaridad?”
Sin embargo, este discurso muy social también indicó que Marie-Adélaïde quería tener voz en la dirección política que estaba tomando el país. La gran duquesa, devota católica, estaba convencida, ante nada, de ser soberana “por la gracia de Dios”.

Aunque los historiadores coinciden en que en ningún momento María Adelaida excedió sus derechos constitucionales, la mayoría parlamentaria de izquierda (socialdemócratas y liberales) consideró desde el principio del reinado que su intervención activa en la política era contraria al espíritu de la Constitución.
En 1914, las tropas alemanas invadieron el pequeño país, y tanto el Gobierno como la gran duquesa María Adelaida, impotentes, se vieron obligados a aceptar la violación de la neutralidad luxemburguesa.
Los ocupantes alemanes no intervinieron excesivamente en la política interior luxemburguesa, pero María Adelaida decidió participar más directamente en los asuntos políticos, pero, mal aconsejada, quiso imponer un Gobierno de derechas minoritario y se enemistó con la oposición, que la acusó de violar el espíritu de la Constitución.

La gran duquesa recibiendo al káiser de Alemania en palacio en plena guerra se convirtió en un símbolo de la cercanía de la clase política luxemburguesa a las fuerzas invasoras, y los Aliados criticaron duramente la actitud complaciente de Luxemburgo hacia Alemania.
“Este país no ha cumplido con su deber y no merece ser mantenido en su estado actual”, protestó el ministro francés Poincaré, mientras el gobierno de Bélgica, a su vez, vio la oportunidad de reiterar sus reclamos sobre el territorio de Luxemburgo.
La tormenta política arreció Luxemburgo tras la guerra. Las fuerzas antimonárquicas y anexionistas se unieron, mientras los socialistas y liberales exigieron que la gran duquesa y su familia fueran despojados de su poder.

María Adelaida fue acusada de haber adoptado una actitud pro-alemana y, tras violentos disturbios antidinásticos, fue sometida a la presión de abdicar. El 9 de enero de 1919 estallaron disturbios revolucionarios en la capital donde la pequeña Compagnie des Volontaires (Compañía de Voluntarios) se amotinó, mientras los liberales y socialistas proclamaban la república. Francia envió tropas a Luxemburgo para restaurar la calma y el orden.
Para apaciguar los llamamientos a la abolición de la Monarquía, la gran duquesa María Adelaida, que estaba soltera y no tenía hijos, decidió abdicar en favor de su hermana menor, la princesa Carlota. El 28 de septiembre de 1919, el 80% de los luxemburgueses votaron en referéndum a favor del mantenimiento de la Monarquía.
Después de abdicar, María Adelaida ingresó en un convento en Módena, Italia, donde adoptó el nombre de “María de los Pobres”, aunque finalmente lo abandonó por motivos de salud. La ex soberana comenzó entonces a estudiar medicina en Múnich, pero murió el 24 de enero de 1924 de una forma de gripe en el Castillo de Hohenburg, residencia de la familia gran ducal en Baviera donde también vivía su madre, María Ana. María Adelaida tenía entonces sólo 29 años.

En su biografía “Marie-Adelheid. Eine politische Biographie” (publicada en 2019) Josiane Weber relata la muerte de la joven soberana: “…hacia el mediodía, su madre María Ana, su tía, la condesa Bardi, sus hermanas Hilda, Antonia y Sofía y otros miembros de la casa se arrodillaron alrededor de la cama de María Adelaida. Notaron un cambio inesperado en su rostro, que se volvió blanco y brillante. De repente, apretó las extremidades, juntó las manos sobre el pecho, los miró a todos y susurró: ‘No lloren por mí. Sean felices conmigo’. Sus ojos se cerraron y luego vinieron las palabras, como si las hubiera pronunciado sola: ‘Alegría, alegría. ¡Oh felicidad de ser feliz!’. Murió en horas de la tarde, alrededor de las 13.30 horas”.
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