Viena, 22 de mayo de 1867. El crepúsculo bañaba de tonos dorados el Palacio Hetzendorf, la elegante residencia vienesa de la familia imperial austríaca. En una de sus estancias, la archiduquesa Mathilde de Austria-Teschen, de apenas 18 años, se preparaba para una gala en el teatro. Su vestido de gasa, ligero y etéreo, reflejaba la moda de la época, pero también ocultaba un peligro mortal. Mientras conversaba con su primo, el archiduque Friedrich, en una ventana abierta al bullicio de la ciudad, Mathilde encendió un cigarrillo en secreto. Nadie podría haber previsto que ese acto, un pequeño desafío a las estrictas normas de su padre, el archiduque Albrecht, desencadenaría una tragedia que conmocionaría a la corte de los Habsburgo y a Europa entera.
Mathilde, nacida el 25 de enero de 1849, era la segunda hija del archiduque Albrecht, duque de Teschen, y de la princesa Hildegarda de Baviera. Su linaje era imponente: bisnieta del emperador del Sacro Imperio Romano Leopoldo II por parte paterna y nieta del rey Luis I de Baviera por parte materna. Criada entre los palacios de Viena y las residencias veraniegas de Baden bei Wien, Mathilde creció en un ambiente de lujo y estricta etiqueta, pero también de cercanía con la familia imperial. Su madre, conocida como “Engelsherz” (Corazón de Ángel) por su caridad, inculcó en ella y en su hermana mayor, María Teresa, un sentido de deber y compasión. Sin embargo, la vida de Mathilde no estuvo exenta de pérdidas tempranas: su hermano, Carlos Alberto, murió de viruela a los 18 meses, y su madre falleció en 1864, dejando a la joven archiduquesa, de solo 15 años, bajo la sombra protectora de su padre.

Aquel 22 de mayo, Mathilde estaba destinada a brillar en el teatro, un escenario que amaba y que reflejaba su interés por las artes. Según un relato contemporáneo publicado en Harper’s Weekly, la joven se encontraba en su habitación, mirando hacia la calle desde una ventana, cuando encendió un cigarrillo. Su padre, un militar estricto que desaprobaba el hábito de fumar, especialmente en las mujeres, se acercaba. En un instante de pánico, Mathilde escondió el cigarrillo tras su espalda, un gesto que resultó fatal. La gasa de su vestido, altamente inflamable, entró en contacto con la llama. “De repente sintió un calor abrasador y gritó”, relata Harper’s Weekly. “Sus asistentes corrieron hacia ella y vieron que la desafortunada joven estaba envuelta en llamas”.
El fuego se propagó con una rapidez devastadora. Mathilde, envuelta en una bola de fuego, corrió por el pasillo, gritando de dolor, mientras las llamas consumían su vestido. Los sirvientes, desesperados, intentaron sofocar el incendio. Un lacayo arrojó un manto sobre ella, pero el fuego, alimentado por el aire, se reavivó. Finalmente, otro criado logró extinguir las llamas con agua y mantas, pero el daño ya estaba hecho. Mathilde sufrió quemaduras de segundo y tercer grado en la espalda, brazos, cuello y piernas. Su familia, incluyendo a su primo Friedrich, presenció el horror. El incidente ocurrió en una habitación sin llamas abiertas, dejando a los presentes desconcertados hasta que Friedrich confesó que el cigarrillo de Mathilde había sido la causa.

Durante 16 días, Mathilde luchó por su vida en el Palacio Hetzendorf. Las quemaduras, extensas y profundas, eran imposibles de tratar con los métodos médicos de la época. Según European Royal History, la joven soportó un sufrimiento inimaginable, atendida por médicos que poco podían hacer ante la gravedad de sus heridas. El 6 de junio de 1867, a las seis de la tarde, Mathilde falleció, dejando a la corte en estado de shock. “Es imposible comprender cómo ocurrió esta desgracia, pues no había fuego ni luz en la habitación”, escribió la princesa Marie zu Erbach-Schönberg en su diario el 25 de mayo de 1867. “Probablemente pisó un fósforo en el suelo”, especuló, aunque la confesión de Friedrich aclaró más tarde la verdadera causa.
La archiduquesa Mathilde estaba destinada a ser reina de Italia

El funeral de Mathilde fue un espectáculo de duelo imperial. El 9 de junio, su corazón fue enterrado en la Capilla de Loreto de la Iglesia de los Agustinos en Viena, siguiendo la tradición de los Habsburgo. Al día siguiente, su cuerpo fue trasladado a la Cripta Imperial bajo la Iglesia de los Capuchinos, el lugar de descanso de la familia imperial. La procesión fúnebre, iluminada por antorchas en la noche del 10 de junio, atrajo a una multitud de espectadores, según el Harper’s Weekly. Su sarcófago fue colocado en la Tumba Toscana, junto a los restos de su madre y su hermano, el 11 de junio a mediodía.
La muerte de Mathilde no solo fue una tragedia personal, sino también un revés diplomático. La joven estaba destinada a casarse con el príncipe Umberto de Saboya, futuro rey de Italia, un matrimonio planeado para suavizar las tensas relaciones entre Austria-Hungría e Italia, según History of Royal Women. De haber vivido, Mathilde habría sido reina de Italia, un papel que podría haber cambiado el rumbo de las alianzas políticas europeas. En cambio, su muerte dejó un vacío en la corte y en los planes de los Habsburgo. El archiduque Ludwig Salvator, un primo lejano que la amaba, nunca llegó a comprometerse con ella, y la pérdida afectó profundamente a la emperatriz Isabel, amiga cercana de la madre de Mathilde.
Artículo original de Monarquias.com