Tras la prematura muerte del zar Alejandro III de Rusia, se comenzó a preparar la coronación de su hijo, Nicolás II (1868-1918) como Zar de Rusia, Rey de Polonia y Gran Duque de Finlandia. Esto tendría lugar el 26 de mayo de 1896 –según el calendario gregoriano; el 14 de mayo según el juliano, que hasta 1918 utilizó el pueblo ruso–
La zona escogida para la coronación de Nicolás era el campo de Jodynka, nombre que recibe del pequeño río homónimo, situado al noroeste de Moscú. En este amplio terreno tuvieron lugar episodios de la historia rusa, como la batalla del ejército del rey Basilio IV contra Dimitri II “El Falso”, a principios del siglo XVII. También, Catalina II en 1775 celebró una gran fiesta en Jodynka por el final de la guerra con Turquía.
Alejandro II y Alejandro III habían sido coronados en Jodynka, por lo que nada impedía que el descendiente continuase con la tradición. Nicolás II fue coronado formalmente en la Catedral de la Dormición de Moscú, en el Kremlin el 26 de mayo, y se anunció que la celebración tendría lugar el 30 de mayo con una gran fiesta en el campo de Jodynka a la que estaba invitado todo el pueblo de Moscú.
Ya desde la tarde del 29 de mayo, el día anterior a las festividades, algunos moscovitas comenzaron a escuchar los regalos que el zar entregaría al pueblo ruso. Principalmente comida y vasijas. Desde las cinco de la mañana del día de la celebración ya había un importante número de congregados en el sitio, pese a que la hora de comienzo de la fiesta era a las diez de la mañana.
A medida que iba avanzando el día, y la espera, entre la multitud corrió el rumor de que no había suficientes regalos del zar para todos los allí presentes, por lo que los reunidos avanzaron para tratar de recoger cuanto antes su parte.

Los prados de Jodynka eran el mejor lugar para reunir a tan inmensa cantidad de personas, pero el terreno no era lo suficientemente regular debido a las trincheras y otros elementos propios de una base de entrenamiento militar que había sobre el firme y que no habían sido eliminados.
Las fuentes que presenciaron el suceso se hicieron eco de la gran multitud de ciudadanos que estuvieron esperando horas antes del comienzo. El escritor Vladímir Gilyarovski señaló que allí había “varios cientos de miles” que avanzaban en masa, prácticamente “sin poder mover sus brazos”. El historiador estadounidense del cine soviético Jay Leyda aseguró, en su libro de 1960 A History Of The Russian And Soviet Film, que había medio millón de moscovitas en Jodynka.
Los desesperados ciudadanos avanzaban, casi obligados ya, hacia el lugar donde el zar Nicolás II daría los regalos, pero, sin saberlo, fueron conducidos ellos mismos hacia una zanja que acabó cediendo ante semejante peso.

Los relatos de Gilyarovski sobre lo que vio en la zanja son sobrecogedores, ya que el agujero estaba lleno de gente pidiendo auxilio –niños entre ellos– que algunos podían escapar, pero otros caían. Todo ello, según el escritor y periodista ruso, durante cerca de una hora.
Además, tras ocurrir el desplome de la zanja se inició la estampida humana que elevó la cantidad de muertos a 1.389, según las autoridades oficiales, y alrededor de 1.300 personas resultaron heridas pese a los 1.800 policías que se encontraban allí. Militares y bomberos ayudaron a evacuar a las víctimas a los hospitales, pero la fiesta continuó ajena a la tragedia, como puede leerse en el diario del militar Alexéi Kuropatkin.
Al amanecer unos 3.000 cadáveres cubrían el prado, con las caras “amoratadas, ennegrecidas o totalmente rojas, con los agujeros de la nariz llenos de sangre reseca“. La policía apiló parte de los cuerpos en carretas, que «avanzando penosamente con su bamboleante carga de muerte, un montón de campesinos pobres aplastados, vestidos todavía con sus llamativos trajes de fiesta, recorrieron las calles de la ciudad». El resto de los cadáveres fueron metidos de cualquier manera debajo del entoldado. [Simon Sebag Montefiore]
Alexéi Vólkov, criado en la corte junto a Nicolás II, relató en sus memorias lo que experimentó el fatídico día de la festividad y declaró, sorprendido, que de todas las personas que se encontró regresando de Jodynka con sus regalos, “ninguna mencionaba la catástrofe y sólo me enteré de ello al día siguiente”.

Esa misma mañana, a las diez en punto, el gran duque Sergio se presentó ante su sobrino, Nicolás II, para informarle de lo sucedido. El zar anotó en su diario: “Hoy se ha cometido un gran pecado”. Acto seguido, se siguió el consejo de su tío de que “no se debía permitir que la tragedia arrojara una sombra funesta sobre aquella ocasión alegre”.
Mientras la familia imperial se dirigía a Khodynka, la gran duquesa Olga, la hermana del zar, vio unas carretas llenas de campesinos que se bamboleaban y movían los brazos vigorosamente: “Al principio pensé que era gente que nos saludaba moviendo los brazos. Luego la sangre se me heló en las venas. Me descompuse. Aquellas carretas iban cargadas de cadáveres, destrozados de mala manera y totalmente irreconocibles”.
Aconsejado por sus tíos y otros funcionarios, Nicolás II asistió al baile programado en la embajada de Francia e inauguró el baile con la condesa de Montebello, mientras que la zarina Alejandra bailó con el conde de Montebello, el embajador francés. Para entonces, el pueblo ruso ya sabía que el mal augurio acompañaría al reinado del nuevo zar hasta el final.-








