La monarquía de Noruega, históricamente un bastión de estabilidad y buena conducta, contempla hoy al desmoronamiento público de la figura de la princesa Mette-Marit, esposa del futuro rey Haakon.
La detención y posterior juicio de su hijo primogénito, Marius Borg Høiby, acusado de 38 cargos que incluyen cuatro violaciones, coincidió fatalmente con la desclasificación de documentos del Departamento de Justicia de los Estados Unidos que la vinculan directamente con el pedófilo Jeffrey Epstein.
La princesa heredera mantuvo contactos con el magnate mucho después de lo que admitió inicialmente, una revelación que dinamitó su ya frágil reputación. La fuente principal de este malestar, una encuesta de la firma Norstat para NRK, confirmó que solo el 60% de los noruegos apoya hoy a la monarquía, el porcentaje más bajo desde que se tienen registros.
La situación procesal de Marius Borg Høiby es el catalizador de una furia social que no distingue entre la madre y el hijo. El joven de 29 años, que no posee título real pero creció bajo el ala de la familia de Haakon Magnus, se sentó en el banquillo de los acusados en el tribunal de distrito de Oslo enfrentando una posible pena de 16 años de prisión.
Mientras el país observa las pruebas de abusos y violencia doméstica, la mirada se posó sobre la falta de transparencia de la Casa Real. Como bien señaló la experta en corrupción Eva Joly en declaraciones recogidas por medios europeos, resulta difícil imaginar cómo la princesa “podría ser aceptada como reina después de haber permanecido en la casa donde dos mil niñas fueron abusadas sexualmente“.
El fantasma de Jeffrey Epstein y los correos del escándalo
La narrativa oficial de la Casa Real Noruega intentó, durante años, minimizar la relación entre la futura reina y el depredador sexual estadounidense. Sin embargo, la reciente liberación de tres millones de documentos judiciales reveló un intercambio de correos electrónicos que la prensa calificó como de una “profundidad inquietante”.
En los mensajes, la princesa llegó a comentar con Epstein detalles sobre la vida de su hijo y bromeó sobre la idoneidad de París para el adulterio. Mette-Marit se vio obligada a emitir un comunicado en el que pidió una “profunda disculpa por mi amistad con Jeffrey Epstein”, admitiendo que el contenido de sus mensajes no representaba a la persona que deseaba ser.
A pesar de las disculpas, la sociedad noruega no parece dispuesta a perdonar. El primer ministro, Jonas Gahr Støre, se unió a las críticas afirmando que la princesa demostró una “falta de juicio” alarmante. La desconfianza creció al descubrirse que Mette-Marit buscó a Epstein en Google en 2011, lo que invalida su defensa de que desconocía su pasado criminal.
La experta en realeza Trond Norén Isaksen argumentó que la princesa le otorgó “legitimidad real” a un criminal convicto, un pecado que, en la moralista sociedad nórdica, se paga con el ostracismo institucional. La respuesta del pueblo fue tajante: según las últimas encuestas, su valoración personal cayó a un estrepitoso 3,7 sobre diez.
Un futuro incierto en medio de graves problemas de salud

La situación procesal de Marius Borg Høiby es el catalizador de una furia social que no distingue entre la madre y el hijo.
La defensa de la Casa Real se atrincheró detrás de un muro sanitario. Mette-Marit padece una fibrosis pulmonar crónica, una enfermedad degenerativa que, según informes recientes del palacio, se agravó drásticamente hasta el punto de requerir un trasplante de pulmón.
Esta condición sirvió de escudo para evitar que la princesa deba comparecer o dar explicaciones extensas ante la prensa o el parlamento. “Desea contar lo que ocurrió y explicarse de forma más completa, pero no puede ahora mismo”, comunicó la oficina real. Este hermetismo, lejos de generar empatía, provocó que organizaciones como la Cruz Roja Noruega y la Asociación de Bibliotecas de Noruega comenzaran a desvincularse de sus patronazgos.
El impacto es tal que sectores de la opinión pública ya no cuestionan solo a Mette-Marit, sino la viabilidad del sistema mismo. Mientras el rey Harald, de 89 años, mantiene una imagen respetable, la sombra del juicio de Høiby y los secretos de su madre amenazan con arrastrar al príncipe Haakon hacia un reinado fallido antes de empezar.
El abogado de las víctimas de Marius, Andreas Kruszewski, fue implacable al señalar que nadie está por encima de la ley, una frase que resuena con fuerza en un Oslo que observa cómo su futura reina se apaga entre escándalos judiciales y una salud que ya no le permite sostener el peso de la corona.







