La muerte del duque de Kent: una tragedia de la guerra que sigue en la oscuridad

El 25 de agosto de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, el príncipe Jorge, duque de Kent, hermano del rey Jorge VI y tío de la futura reina Isabel II, perdió la vida en un trágico accidente aéreo que ha generado interrogantes y especulaciones durante décadas. Este evento, ocurrido en las remotas tierras altas de Escocia, no solo representó una pérdida personal para la familia real británica, sino que también alimentó una serie de teorías conspirativas que cuestionan la versión oficial de un simple error humano en condiciones climáticas adversas.

Nacido en 1902 como el cuarto hijo del rey Jorge V y la reina María, el príncipe Jorge era una figura carismática y popular, conocido por su servicio en la Marina Real, donde alcanzó el rango de contraalmirante, y por su matrimonio en 1934 con la princesa Marina de Grecia y Dinamarca, un enlace que atrajo a un millón de espectadores en las calles de Londres. Durante la crisis de abdicación de su hermano mayor, Eduardo VIII, en 1936, Jorge fue considerado brevemente como un posible sucesor al trono, dada la preferencia por una línea sucesoria masculina directa. 

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En el contexto de la guerra, el duque se unió a la Real Fuerza Aérea (RAF) en un rol mayormente ceremonial, aunque expresaba frustración por no tener mayor influencia en las operaciones estratégicas. Su vida personal, sin embargo, estaba marcada por controversias, incluyendo adicciones a la cocaína y la morfina en su juventud, así como múltiples affaires con hombres y mujeres, lo que lo convertía en un potencial riesgo para la imagen de la monarquía en tiempos de conflicto.

El fatídico vuelo partió de Invergordon, en el norte de Escocia, con destino a Islandia, una isla estratégica anexada por Gran Bretaña en 1940 para prevenir una invasión alemana y posteriormente transferida al control estadounidense. 

El duque viajaba en un hidroavión Short Sunderland W4026, con la misión oficial de inspeccionar bases militares y posiblemente reunirse con el general estadounidense Carl “Tooey” Spaatz, tras una cena organizada por Lady Astor en Mayfair. A bordo iban 15 personas, incluyendo al duque, su ayudante Michael Strutt y tripulación de la RAF, aunque algunas fuentes sugieren que podría haber un pasajero adicional no registrado. 

Apenas 30 minutos después del despegue, a las 13:10 horas, el avión se estrelló contra Eagle’s Rock, una colina rocosa cerca de Dunbeath, en Caithness, en medio de una densa niebla. 

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El impacto provocó una bola de fuego debido a los 2.400 galones de combustible a bordo, matando instantáneamente a 14 personas; solo sobrevivió el artillero de cola, el sargento de vuelo Andy Jack, quien sufrió graves quemaduras y fue promovido a oficial tras firmar la Ley de Secretos Oficiales. El cuerpo del duque fue encontrado a 50 yardas del lugar del impacto, aún sosteniendo cartas de juego, en un escenario descrito como un “terrible desastre” con cuerpos dispersos.

La investigación oficial de la RAF, realizada apenas tres días después del accidente, concluyó en una semana y atribuyó la causa a un error del piloto australiano Frank Goyen, agravado por el mal tiempo. Sin embargo, el informe desapareció poco después, y no se ha encontrado en archivos como los de los Archivos Nacionales o el Museo Imperial de la Guerra. 

Recientes descubrimientos, como documentos encontrados en los papeles del tercer piloto Sydney Wood Smith por el ex inspector jefe de detectives Michael Morgan, sugieren graves irregularidades: el compás del avión no estaba configurado correctamente, el plan de vuelo llevó el hidroavión sobre tierra en violación de regulaciones, y el navegante Jorge Saunders carecía de experiencia adecuada. 

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Morgan argumenta que el comandante Thomas Moseley, no Goyen, podría haber estado a los controles, basado en entradas de diarios del parlamentario Henry “Chips” Channon, quien vio un informe del Ministerio del Aire. Además, testigos clave como campesinos locales y el marqués de Titchfield no fueron llamados, y la investigación fue dirigida por oficiales de rango inadecuado.

Estas inconsistencias han dado pie a numerosas teorías conspirativas. Una de las más persistentes es la presencia de un pasajero extra no autorizado, posiblemente una mujer amante del duque, ya que se encontraron ropa femenina, zapatos y un fuerte olor a perfume en el sitio del accidente, a pesar de que las mujeres estaban prohibidas en vuelos operativos. Un miembro del equipo de rescate, Arthur Baker, afirmó haber descubierto el cuerpo de una mujer, pero fue ordenado guardar silencio. 

Otras especulaciones incluyen que Rudolf Hess, el subjefe nazi, estaba a bordo como parte de negociaciones secretas de paz, o que se encontraron billetes suecos en el lugar, sugiriendo una misión a Suecia para mediar con el alto mando nazi. Teorías más oscuras proponen que el duque fue eliminado por la inteligencia británica debido a sus supuestas simpatías nazis o su vida privada escandalosa, que podría haber sido explotada por el enemigo. 

Algunos sugieren que el propio duque pilotaba el avión, estaba ebrio, o que el vuelo fue derribado por error por fuerzas británicas o un caza alemán extraviado. El rápido limpieza del sitio, con replantación de brezo y dispersión de la tripulación de limpieza bajo órdenes de silencio “por mandato del rey“, junto con el retraso en informar a Jorge VI hasta las 20:30 horas, alimentan sospechas de encubrimiento.

El impacto en la familia real fue profundo. Isabel II, entonces princesa de 16 años, lo consideraba su “tío favorito” y había sido dama de honor en su boda; su última interacción fue en un bautizo en el Castillo de Windsor, donde prometió visitarla en Balmoral, promesa que no cumplió. 

El funeral se realizó apresuradamente cuatro días después en la Capilla de San Jorge, Windsor, con Jorge VI visiblemente conmovido. Veintiséis años más tarde, en 1968, sus restos fueron trasladados a Frogmore House. A pesar de su perfil alto, no existe un monumento público, biografía oficial ni caridad en su nombre, lo que ha llevado a llamados para un memorial adecuado en Caithness, respaldados por autores como Deborah Cadbury, quien accedió a archivos reales y concluye que no hay evidencia de conspiraciones como un acuerdo secreto con Hitler, sino un error de navegación por baja visibilidad.

Ochenta años después, la muerte del duque de Kent permanece envuelta en misterio, con expertos como Michael Morgan afirmando que las teorías conspirativas podrían haber servido como desinformación para ocultar fallos de gestión en la RAF. Fuentes periodísticas inglesas coinciden en que, aunque la versión oficial apunta a un accidente, la ausencia de documentos clave y las anomalías en la investigación mantienen vivas las especulaciones, recordando un capítulo oscuro de la historia real británica en tiempos de guerra.

Artículo original de Monarquias.com