La emperatriz Isabel I de Rusia no solo coleccionó miles de vestidos, sino que desafió las normas de su tiempo al institucionalizar el travestismo como el protocolo supremo de sus exclusivas “Fiestas de Metamorfosis”.
Isabel Petrovna (1709-1762), hija de Pedro el Grande, gobernó el Imperio Ruso con una mano de hierro envuelta en guantes de encaje. Ascendió al trono tras un golpe de Estado en 1741, y desde el inicio de su mandato, la moda fue su principal herramienta de distinción. A diferencia de su padre, que impuso la moda occidental por decreto, Isabel la abrazó por placer y narcisismo. Se dice que tras el incendio de uno de sus palacios, se perdieron más de 4.000 vestidos, pero al momento de su muerte, su inventario personal ascendía a 15.000 atuendos. Ningún vestido era usado dos veces, y la zarina cambiaba de indumentaria hasta tres veces por noche. Para asegurar su supremacía estética, Isabel ejercía un control absoluto sobre el comercio textil. Los mercaderes que llegaban a San Petersburgo tenían prohibido vender sus telas a otras damas hasta que la Emperatriz hubiera seleccionado sus piezas favoritas.
Según el historiador de la moda Alexander Vasiliev en su obra Beauty in Exile (1998), Isabel llegó a prohibir ciertos peinados o adornos en otras mujeres para que nadie pudiera eclipsarla. Un edicto de la corte de 1752 reflejaba esta vigilancia: “Se ordena que ninguna dama de la corte se atreva a lucir la misma combinación de colores o el mismo diseño de bordado que Su Majestad Imperial haya elegido para la gran gala, bajo pena de ser retirada de la presencia real” (Archivos del Palacio de Verano, 1752).
Su estilo era el culmen del Rococó: faldas con aros monumentales (paniers), corsés que afinaban la cintura hasta límites agónicos y un despliegue de joyas que incluía diamantes, esmeraldas y perlas de los Urales. Sin embargo, su mayor innovación no fue lo que vestía como mujer, sino su fascinación por el armario masculino.
Metamorfosis y travestismo: el teatro de género en San Petersburgo
El aspecto más transgresor y fascinante de su reinado fueron las llamadas “Fiestas de Metamorfosis” (Metamorfozy). En estos bailes de máscaras, Isabel dictaba un código de vestimenta obligatorio y estrictamente invertido: los hombres debían asistir con vestidos de corte franceses, corsés y faldones, mientras que las mujeres debían vestir uniformes militares o trajes de caballero. Isabel no solo disfrutaba de la confusión visual, sino que tenía un motivo estético personal. Poseía una figura alta y unas piernas que consideraba su mejor atributo, las cuales quedaban ocultas bajo los voluminosos vestidos femeninos de la época. Al vestir de hombre, con calzas ajustadas y botas, podía lucir su fisonomía con libertad.
La Gran Duquesa Catalina la Grande (1729-1796), quien detestaba estas fiestas por la incomodidad de los uniformes masculinos, dejó testimonio en sus memorias: “El único que lucía bien con este disfraz era la propia Emperatriz. Su alta estatura y su porte robusto se adaptaban perfectamente a la ropa de hombre. En cambio, los caballeros eran un espectáculo lamentable, tropezando con sus faldas y luciendo ridículos en sus corsés” (Catalina II, Memorias, 1794).
Estas celebraciones no eran opcionales. La nobleza rusa, a menudo tosca y militarizada, se veía obligada a someterse a rituales de belleza femenina. Los hombres debían aprender a manejar el abanico y a moverse con la gracia que exigían los miriñaques. Para Isabel, esto era una muestra de poder absoluto: podía obligar a sus generales más feroces a empolvarse el rostro y lucir encajes. Un despacho del embajador francés de la época describe la atmósfera: “Es una escena digna de una comedia de errores. He visto al Conde Razumovsky luciendo sedas rosadas y moviéndose con una torpeza que hace las delicias de la Zarina, quien lo observa desde su trono vestida como un capitán de la guardia“.
La relajación para Isabel consistía en este juego de espejos. En el encierro de sus palacios, como el Palacio de Invierno o Tsárskoye Seló, la Emperatriz encontraba su placer en la transformación constante. Sus rituales de belleza incluían el uso de baños de vapor seguidos de aplicaciones de aguas perfumadas traídas de París, y pasaba horas frente a espejos de cuerpo entero que traía de Venecia para supervisar cada detalle de su “metamorfosis”. Como destaca Robert K. Massie en su biografía Catherine the Great: Portrait of a Woman (2011), Isabel Petrovna utilizó la moda para crear una corte que fuera un espejismo de su propia voluntad.
Isabel fue la gran directora de escena de la Rusia del siglo XVIII. Su legado textil, aunque a menudo calificado de frívolo, revela a una soberana que entendió la moda como una extensión de la soberanía. Las “Fiestas de Metamorfosis” no fueron solo una excentricidad, sino un audaz experimento social donde el género se convirtió en un disfraz bajo el control de la corona. Al morir, dejó tras de sí un imperio más refinado y una colección de vestidos que, hasta hoy, simbolizan la era más opulenta y teatral de la historia rusa, recordándonos que en el trono de los Romanov, la identidad era la prenda más maleable de todas.
Bibliografía
- Catherine II. (1794). The Memoirs of Catherine the Great. (Traducción moderna).
- Massie, R. K. (2011). Catherine the Great: Portrait of a Woman. Random House.
- Pavlov, E. (2005). The Court of the Empress Elizabeth Petrovna. St. Petersburg State University.
- Ribeiro, A. (2002). The Art of Dress: Fashion in England and France 1750-1820. Yale University Press.
- Vasiliev, A. (1998). Beauty in Exile: The Artists, Models, and Nobility who Fled the Russian Revolution and Influenced the World of Fashion. Harry N. Abrams.











