El indigno final de Guillermo el Conquistador, el primer rey de Inglaterra

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Veinte años después de vencer al rey Harold en la batalla de Hastings y convertirse en el primer rey de Inglaterra, en 1066, Guillermo el Conquistador ya no era el mismo. Era un personaje obeso, desagradable, aquejado por las enfermedades. Una caricatura de sí mismo.

Murió en 1087 mientras combatía en Francia por las heridas causadas al caer de su caballo y su cadáver fue sometido a una serie de indignidades impensables mientras estuvo vivo. Aquel accidente le produjo la perforación del intestino con la consiguiente filtración del contenido intestinal hacia la cavidad abdominal, ocasionando una peritonitis.

El rey malherido fue llevado a la Abadía de San Gervais donde murió semanas más tarde. Después, sus leales seguidores abandonaron su cuerpo, que quedó a cargo de unos criados. Su cuerpo fue robado; aprovechando la ocasión que les habían brindado, los ambiciosos criados le despojaron de todo, inclusos de sus ropas, y el cadáver quedó tirado en el suelo, desnudo.

El cronista normando Oreric Vitalis describió este episodio cien años más tarde: “Contemplad a este poderoso príncipe al que obedecían más de cien mil soldados y ante el que temblaban todas las naciones, que yació despojado de sus propios criados, en una casa que no era suya, desnudo en el suelo…”

El cadáver fue finalmente homenajeado dignamente en una ceremonia fúnebre hecha por unos monjes. Sin embargo, cuando iban a colocarlo en el ataúd, se dieron cuenta de que no entraba porque había engordado mucho.

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