La corona de la reina María de Rumania representa uno de los tesoros más emblemáticos de la historia rumana del siglo XX, fusionando elementos medievales con el arte moderno y simbolizando la unificación nacional tras la Gran Unión de 1918. Esta pieza, considerada una de las joyas más bellas de Europa en su época, fue creada específicamente para la coronación de la reina María y su esposo, el rey Fernando, en un momento histórico para la nación.
Una corona inspirada en el pasado medieval rumano

Los orígenes de la corona se remontan a la visión personal de la reina María, nacida como princesa María de Edimburgo en 1875, nieta de la reina Victoria de Gran Bretaña. Al ascender al trono rumano en 1914 junto a su esposo Fernando, María buscó una corona que reflejara la herencia histórica de Rumania, en lugar de un diseño contemporáneo. Insistió en que fuera “enteramente medieval”, rechazando estilos modernos que cualquier otra reina pudiera poseer. Esta exigencia se inspiró directamente en la representación de la corona de Doamna Milița Despina, esposa del príncipe valaco Neagoe Basarab (1512-1521), tal como aparece en un fresco de la iglesia del Monasterio de Curtea de Argeș. El diseño evocaba la continuidad entre el pasado medieval rumano y la nueva nación unificada, incorporando símbolos de fertilidad y heráldica que subrayaban la riqueza del suelo transilvano y la identidad nacional.
La corona surgió en el contexto de la coronación de 1922, que marcó simbólicamente la Gran Unión de 1918, cuando Transilvania, Besarabia y Bucovina se integraron al Reino Antiguo. Este evento no solo celebraba la expansión territorial de Rumania —de 7-8 millones de habitantes a 16-17 millones—, sino que también reforzaba la monarquía como pilar de la nueva identidad estatal.

La creación de la corona fue un proyecto meticuloso iniciado en 1921, bajo la supervisión del Parlamento rumano y una comisión presidida por el general Constantin Coandă.
El diseño fue obra del pintor rumano Costin Petrescu, quien también concibió la escenografía general de la coronación, incluyendo vestuarios, el baldaquino y las mantas reales. Petrescu, profesor y director de la Escuela de Bellas Artes de Bucarest desde 1899, incorporó elementos art nouveau con influencias bizantinas, adaptando la base elipsoidal para ajustarse perfectamente a la forma dolicocránea del cráneo de la reina, permitiendo su uso prolongado durante las ceremonias.

El proyecto se publicó en la revista România Nouă el 4 de agosto de 1921 y fue enviado a la prestigiosa casa de orfebres franceses Falize Frères en París, junto con oro extraído de minas transilvanas. El coronel Drosso, del Palacio Real, entregó los materiales y detalles. La fabricación empleó técnicas como el au repoussé y grabados, con motivos vegetales como granos de trigo (símbolo de fertilidad). La corona incluye ocho grandes florones en forma de lirios heráldicos y ocho pequeños en trébol, un globo y una cruz superior, así como dos pendientes laterales: uno con el escudo de armas del Reino de Rumania (modelo post-1919) y otro con el de la Casa de Edimburgo, reflejando los orígenes británicos de María. Cada pendiente tiene tres cadenas terminadas en cruces gamadas (símbolo cósmico antiguo en el folclore rumano). La base lleva la inscripción en francés: “LES FRERES FALIZE //ORFEVRES// ANCIENS JOAILLIERS//DE LA COURONNE”.
El costo ascendió a 65.000 francos, pagados en cuotas, superando ligeramente el presupuesto inicial. La pieza se completó en septiembre de 1922, justo a tiempo para la coronación. Los materiales incluyen oro macizo (peso aproximado de 1,8 kg), turquesas (16), amatistas (12), ópalos (68), crisoprasas (32), granates (16), esmeraldas, rubíes y perlas de oro. El interior está forrado con terciopelo burdeos y borde de cuero. La corona ha sido valorada en alrededor de 25 millones de euros, según la póliza de seguro emitida en 2008 durante su exposición en Suceava. Este monto refleja no solo su composición material —oro transilvano y piedras semipreciosas—, sino también su importancia histórica y artística como capodopera de la orfebrería europea de los siglos XIX-XX.
Durante su reinado (1914-1927), la corona se utilizó principalmente en la coronación del 15 de octubre de 1922 en Alba Iulia, antigua sede principesca rumana, y en eventos subsiguientes en Bucarest los días 16 y 17. María la lució en recepciones y retratos, como los del pintor Philip de László, donde combinaba con joyas como el zafiro de la reina María (comprado por Fernando en 1921). Esta pieza no solo adornaba a la reina, sino que representaba la “nueva Rumania” unificada, evocando una aureola bizantina o medieval que realzaba su imagen teatral y carismática. Fue la “joya más brillante” de las ceremonias, reforzando la imagen de María como figura diplomática, quien influyó en la adhesión de Rumania a la Entente durante la Primera Guerra Mundial y en las negociaciones de paz en París.

La corona se exhibió públicamente en contadas ocasiones, como en el Ateneo Rumano en 1938. Tras la abolición de la monarquía en 1947, la corona se mantuvo en el Castillo de Peleș hasta 1970. En 1972, pasó al Museo Nacional de Historia de Rumania en Bucarest, donde reside en la sala Tezaur Istoric del antiguo Palacio de Correos (desde 1989). Su importancia artística limita sus movimientos, pero ha sido expuesta en eventos especiales: en Francia (Reims y Louvre, 2019, junto al estandarte litúrgico de Esteban el Grande), Suceava (2008), Piatra Neamț (2022, por el centenario de la coronación), Iași (2024, en la exposición “María de Rumania, Reina y Artista”) y otros sitios rumanos. Siempre bajo estricta seguridad, como el transporte por la Gendarmería Rumana. Una copia de 1923, realizada en plata dorada con variaciones (rubíes en lugar de granates, peridotos en lugar de calcedonias), se exhibe en el Museo Maryhill de Estados Unidos.
Artículo original de Monarquias.com