En 1533, el papa Clemente VII pactó con el rey de Francia el matrimonio de su hermosa sobrina, Catalina de Médici (1519–1589), con el príncipe heredero francés, Enrique de Valois. Catalina era la hija del príncipe italiano Lorenzo II de Médici, señor de Florencia, y la francesa Madeleine de la Tour d’Auvergne, condesa de Boulogne, perteneciente a una de las familias más grandes de la nobleza francesa, y como había quedado viuda pasó al cuidado de su tío Clemente VII.
Aunque algunos cortesanos se opusieron, por considerar que el matrimonio de un príncipe francés con la hija de una familia de mercaderes era desigual y humillante para el honor de la dinastía, el rey aceptó y el Papa dio su bendición. ¡Estaba encantado de emparentar con la dinastía francesa!
Para evitar un escándalo como el provocado por Enrique VIII de Inglaterra y Catalina de Aragón, Clemente VII en persona viajó a Francia y ofició la boda el 28 de octubre, cinco días después del primer encuentro entre los novios. Catalina se había sentido maravillada con el príncipe francés pero en pocos días ya había quedado desencantada: se enteró que su flamante esposo mantenía una fogosa relación con la bella cortesana Diana de Poitiers, veinte años mayor que el príncipe.
El novio, lamentablemente, no estaba para nada entusiasmado con su esposa: era tan fea como el papa. Aunque le habían prometido que su esposa italiana era sensual y voluptuosa, encontró en Catalina a una jovencita bajita, gordita, pálida y muy aficionada a los dules. Tras la celebración, el papa Clemente VII acompañó a los novios hasta su alcoba y presenció, junto al rey francés, la consumación del matrimonio. Para estar más seguro, a la mañana siguiente su santidad volvió a los aposentos de los recién casados para comprobar por sí mismo (mediante el tacto) que su sobrina en verdad había perdido la virginidad. Enrique ya no podría devolverla.
¿Qué habrá sentido la niña Catalina al ser penetrada manualmente por su tío?
