
Categoría: SECRETOS CORTESANOS
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Bufones, enanos y otras diversiones de la corte zarista (Parte 2)
Fue la enorme y opulenta emperatriz Ana Ivanovna (1693–1740), dueña de un muy particular sentido de la diversión, quien volvió a abrir las puertas de su palacio a los enanos. La fea y bruta emperatriz era una experta en diversión. Odiaba la lectura, el ballet o la música, pero amaba las luchas y juegos violentos. Todas las mañanas, al despertarse, contemplaba en sus aposentos un espectáculo compuesto por enanos, bufones, mimos, retrasados mentales y paralíticos que divertían a lo grande a la soberana. Debían disfrazarse, bailar, cantar, hacerse zancadillas y golpearse unos años. Cuando alguno caía al suelo a causa del agotamiento, Ana ordenaba que fueran apaleados brutalmente para que recuperaran el aliento. Todo aquello provocaba en la emperatriz estrepitosas carcajadas. (más…)
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Cuando los Papas también eran ginecólogos…
En 1533, el papa Clemente VII pactó con el rey de Francia el matrimonio de su hermosa sobrina, Catalina de Médici (1519–1589), con el príncipe heredero francés, Enrique de Valois. Catalina era la hija del príncipe italiano Lorenzo II de Médici, señor de Florencia, y la francesa Madeleine de la Tour d’Auvergne, condesa de Boulogne, perteneciente a una de las familias más grandes de la nobleza francesa, y como había quedado viuda pasó al cuidado de su tío Clemente VII.
Aunque algunos cortesanos se opusieron, por considerar que el matrimonio de un príncipe francés con la hija de una familia de mercaderes era desigual y humillante para el honor de la dinastía, el rey aceptó y el Papa dio su bendición. ¡Estaba encantado de emparentar con la dinastía francesa! (más…)
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¿Fue Catalina la Grande la inventora de las Montañas Rusas?

La primera “montaña rusa” de la historia fue construida en la segunda mitad del siglo XVIII por encargo de la zarina Catalina II de Rusia, en su residencia de verano Oranienbaum, en San Petersburgo. Con una altura de 33 metros, era de madera y fue diseñada por el arquitecto italiano Antonio Rinaldi. Los aristócratas disfrutaban de ella en verano, deslizándose hacia abajo en carros especiales.
Aunque la propia Catalina II no se atrevió a subir invitaba activamente a los embajadores e invitados extranjeros a probarla. Madame de Stael escribió en su libro de memorias: “Organizaron algo parecido a un paseo de invierno en trineos con la rapidez que divierte tanto a los rusos: bajamos de una alta montaña de madera en barcos a la velocidad del rayo”.
(Infografía: Pictoline.com)
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¡Flatulencias en Versalles!

Esta es una anécdota sobre una cena familiar apuntada en una carta escrita por Madame de Orleáns (1652-1722), cuñada del rey Luis XIV de Francia: “Tras cenar nos sentamos los cuatro en un cuarto. Después de un largo silencio, Monsieur [el duque de Orleáns], que jamás nos ha considerado una compañía suficientemente agradable para conversar, soltó un pedo grande y sonoro. Con toda tranquilidad se volvió hacia mí y preguntó: «¿Qué ha sido eso, Madame?». Yo me volví hacia él, solté otro de similar tono y dije: «Eso es lo que ha sido, Monsieur». Mi hijo entonces pronunció: «Si eso ha sido todo, entonces yo me siento capaz de hacerlo igual de bien que Monsieur y Madame», dicho lo cual despidió uno gordo también. ¡Todos nos echamos a reír y abandonamos la habitación!”
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Bufones, enanos y otras diversiones de la corte zarista (Parte 1)
Pedro el Grande, zar de Rusia (1672–1725), fue muy cuidadoso a la hora de recopilar toda clase de curiosidades, desde los dientes de sus sirvientes hasta la cabeza de una de las damas de su esposa, la condesa María Pawlowna Hamilton, acusada de infanticidio.
Pero la colección más divertida de Pedro el Grande era la de enanos, a los que quería mucho y consideraba muy graciosos, y a los cuales de vez en cuando hacía conservar en formol o embalsamar para engrosar su colección de rarezas. Estos diminutos hombres constituían una verdadera institución dentro de la corte zarista desde hacía muchas décadas.
Según el historiador Sebag Montefiore, “los enanos y los fenómenos eran considerados mascotas de buena suerte” en Rusia. En las demás cortes reales de los siglos XVI y XVII, los enanos eran una presencia corriente. Los monarcas y príncipes de Europa apreciaban el ingenio y la franqueza de los enanos, que contrastaba con la actitud servil y aduladora de los cortesanos, y especialmente las princesas, reducidas a una vida de soledad y aburrimiento, derrocaban afecto hacia sus enanos y se divertían con sus extravagancias.
El emperador Miguel de Rusia, un gran amante del entretenimiento, solía pasar sus horas libres admirando el espectáculo que cada día le ofrecía su grupo personal de acróbatas, payasos y enanos en su Palacio Potesgny, y su amigo favorito era un enano llamado Mosiaga. Su hijo y sucesor, el zar Alexis, decidió dar un aspecto más sobrio y aburrido a la corte rusa, prohibiendo el uso de instrumentos musicales, del tabaco, de las bebidas alcohólicas, jubiló a todos los enanos que su padre mantenía y los sustituyó por una servidumbre de respetables monjes y lisiados. Sin embargo, los enanos continuaron teniendo un papel preponderante a la hora de entretener a los monarcas. Estos hombrecitos formaron parte de la vida de Pedro el Grande desde que era muy pequeño y las crónicas cuentan que un numeroso grupo de enanos escoltaba la carroza del príncipe en las ceremonias oficiales montando caballos en miniatura.
Después de su coronación, en 1682, Pedro I convirtió a los enanos en su más grande fuente de diversión: “Hasta el final de sus días se deleita contemplando a enanos y tarados a los que hace vestirse con ropaje en exceso grande y chillón, a los que obliga a arrastrarle sobre cualquier objeto que se deslice — alfombra, trineo o pequeño carruaje — , mientras ladran, relinchan, rebuznan, cacarean o ventosean (el Zar encuentra especialmente divertido esto último). No hay banquete en el que no pida que un enano aparezca del interior de una tarta, lo que le hace llorar de risa”. Pero también los quería mucho y solía recompensarlo de formas que asombraban a la nobleza moscovita.
En 1710, días después de oficial como anfitrión en la boda de su sobrina, la gran duquesa Ana, Pedro el Grande se deleitó celebrando la boda de su enano favorito, Iakim Volkov, con el mismo esplendor y la misma elegancia. Para lograr su cometido, Pedro ordenó que “enanos y enanas que residieran en las casas de los boyardos de Moscú fueran congregados y enviados a San Petersburgo”. Cuando llegaron, los enanos, que “tenían jorobas gigantescas y piernas diminutas, otros grandes barrigas y piernas cortas y retorcidas como las patas de un tejón”, fueron encerrados “como si fueran cabezas de ganado”, antes de ser repartidos entre los nobles que debían engalanarlos para la boda. El embajador holandés dejó constancia de este gran espectáculo:
Un enano muy pequeño marchaba a la cabeza de la procesión, asumiendo el papel de mariscal (…) guía y maestro de ceremonias. Le seguían la novia y el novio, vestidos pulcramente. Luego venía el Zar y sus ministros, príncipes, boyardos, oficiales y demás; por último desfilaban todos los enanos en parejas de ambos sexos. Entre todos eran setenta y dos. El Zar, en señal de respeto, sujetaba la cola de la novia como es tradición en Rusia. Cuando terminó la ceremonia la comitiva fue (…) hasta el palacio del príncipe Menshilkov (…) Varias mesas diminutas se colocaron en medio del recibidor para los recién casados y el resto de los enanos, a quienes se les vistió espléndidamente según los dictados de la moda alemana (…) Tras la cena, los enanos bailaron al modo ruso, lo que duró hasta las once de la noche. Es de imaginar lo que el Zar y el resto de su compañía se divertían con las travesuras, gestos y extrañas posturas de los pigmeos, la mayoría de los cuales eran de tal tamaño que sólo de verlo producía risa (…) Cuando se acabaron estas diversiones, el nuevo matrimonio fue transportado a la casa del Zar y acostado en sus propios aposentos”.
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El apasionado amor a primera vista de la reina Cristina
En 1656, la reina Cristina de Suecia (1626–1689) viajó desde Roma hacia París. Se cuenta que, paseando a orillas del río Saona, la reina y un reducido séquito se encontraron con la bella Marquesa de Ganges, quien se bañaba casi desnuda.
Sorprendida, Cristina no pudo reprimirse y salió tras la joven: “la besó en todas partes, en el cuello, en los ojos, la frente, muy amorosamente, y quiso incluso besarle la boca y acostarse con ella, a lo que la dama se opuso”. [1] (más…)


