Categoría: SECRETOS CORTESANOS

  • De campesina a emperatriz: el improbable ascenso de Catalina I al trono de Rusia hace 300 años

    Era una noche fresca en San Petersburgo, el reloj marcaba las 11:17 de la noche del sábado 26 de julio de 2025, cuando los vientos del río Neva susurraban historias de una mujer que desafió sus orígenes. Catalina I de Rusia, nacida Marta Skowrońska en 1684, emergió desde los humildes inicios de una campesina para convertirse en la primera mujer en gobernar el vasto Imperio Ruso, un viaje marcado por la resiliencia, la intriga y una alianza inesperada con la imponente figura de Pedro el Grande. Mientras la ciudad que ayudó a moldear brilla bajo las luces modernas, su historia—forjada a la sombra de la guerra y coronada tras una revolución—permanece como un testimonio de los impredecibles flujos del poder.

    Marta Skowrońska nació en la pobreza, probablemente en Livonia (hoy Letonia o Estonia), hija de una familia campesina, posiblemente lituana o polaca. Huérfana desde joven, trabajó como sirvienta antes de ser capturada durante la Gran Guerra del Norte, un conflicto que cambiaría su destino. Tomada por las fuerzas rusas en 1702, entró al servicio del príncipe Alexander Menshikov, aliado cercano de Pedro el Grande, donde su belleza y astucia captaron atención. El historiador Jean des Cars, en The Romanovs: The Rise and Fall of a Dynasty (2018), escribe: “De criada cautiva a consorte de un emperador, la transformación de Marta fue menos un cuento de hadas que un ascenso calculado, impulsado por su adaptabilidad.” Renombrada como Catalina, se convirtió al cristianismo ortodoxo y conquistó el interés de Pedro, quien la tomó como amante y luego la desposó en una ceremonia secreta alrededor de 1707, formalizada públicamente en 1712.

    Su vida con Pedro fue un torbellino de guerra y reforma. Catalina lo acompañó en campañas militares, ganándose su admiración por su valentía. Durante la campaña del río Pruth de 1711 contra los otomanos, se dice que salvó a Pedro de una derrota al negociar con el comandante turco, ofreciendo sus joyas para asegurar su liberación. Una crónica contemporánea de The Present State of the Russian Empire (1723) de John Perry, un ingeniero inglés al servicio de Pedro, relata: “La zarina, con una audacia poco común en su sexo, intercedió ante el turco, sus lágrimas y tesoros alejando el desastre.” Este acto consolidó su estatus, y Pedro, en un gesto raro, la adornó con la Orden de San Andrés, el más alto honor de Rusia.

    El ascenso de Catalina no estuvo exento de sombras. La primera esposa de Pedro, Eudoxia Lopukhina, había sido exiliada, y su corte estaba llena de intrigas. Sin embargo, la lealtad de Catalina y su capacidad para manejar el temperamento volátil de Pedro la hicieron indispensable. Dio a luz a once hijos, aunque solo dos hijas, Anna y Elizabeth, sobrevivieron a la edad adulta. Su influencia creció a medida que la salud de Pedro decayó, y el 8 de febrero de 1725, cuando él murió sin nombrar sucesor, Catalina ascendió al trono con el respaldo de Menshikov y los regimientos de guardias. El London Gazette (febrero de 1725) informó: “Su Majestad Catalina, por la gracia de la voluntad del difunto zar y el acatamiento del ejército, es ahora Autócrata de todas las Rusias.”

    Su reinado, de 1725 a 1727, fue breve pero significativo. A los 40 años, gobernó con la guía del Consejo Privado Supremo, dominado por Menshikov, quien efectivamente dirigía mientras ella se enfocaba en el patrocinio y la caridad. Estableció la Orden de Santa Catalina en 1727, honrando a las mujeres, y apoyó la visión de Pedro de modernizar Rusia, aunque su falta de educación formal limitó su impacto directo. El historiador Henry Troyat, en Peter the Great (1987), destaca: “Catalina reinó como un eco de Pedro, su poder derivado de la devoción que él le profesó, más que de su propia ambición.” Su corte, sin embargo, fue animada, llena de bailes y festines, un contraste marcado con sus raíces campesinas.

    Problemas de salud marcaron sus últimos años. Afectada por una infección pulmonar, probablemente neumonía, agravada por años de privaciones, murió el 17 de mayo de 1727 a los 43 años. Su lecho de muerte, rodeada de cortesanos, marcó el fin de un reinado que conectó la vieja Rusia con las reformas de Pedro. El Gentleman’s Magazine (junio de 1727) lamentó: “La emperatriz, una vez una sirvienta, parte, dejando un trono inestable pero un recuerdo perdurable.” Enterrada junto a Pedro en la Fortaleza de Pedro y Pablo, su legado perduró a través de su hija Elizabeth, quien reinó de 1741 a 1762.

    Artículo original de Monarquias.com

    Fuentes: The Romanovs: The Rise and Fall of a Dynasty de Jean des Cars (2018), Peter the Great de Henry Troyat (1987), The Romanovs: 1613-1918 de Simon Sebag Montefiore (2016), The Present State of the Russian Empire de John Perry (1723), London Gazette (febrero de 1725), Gentleman’s Magazine (junio de 1727).

  • La horrible muerte de Sofía de Baviera en el Bazar de la Caridad de París: la hermana de Sissi y la novia despreciada del “Rey Loco”

    El rey Maximiliano I de Baviera autorizó el matrimonio de su hija, la princesa Ludovica, con el duque Maximiliano, miembro de la misma dinastía. De esta unión nacieron ocho hijos, de los cuales cuatro fueron mujeres: Helena (“Nené”), Isabel (la futura emperatriz “Sissi” de Austria), María Sofía, Matilde (“Spatz”) y Sofía Carlota. Lejos de imaginarse las desgracias que deberían atravesar en su adultez, las niñas crecieron en el campo, con costumbres sencillas, en los bosques que rodeaban el castillo de Possenhoffen, y usualmente lejos de la fulgurosa corte real de Múnich. Pese a la diferencia de edad que la separaba, las cinco hijas de Max y Ludovica crecieron muy unidas, pero su felicidad fue corta.

    Sophie pasó sus primeros años en el castillo de Possenhofen, un refugio campestre junto al lago Starnberg, donde los Wittelsbach vivían con una libertad inusual para la realeza. “Éramos una familia alegre, casi bohemia, corriendo por los prados y trepando árboles”, escribió una de sus hermanas, María, en una carta personal. Junto a sus hermanos, incluida Sissi, Sophie se deleitaba en paseos a caballo, juegos al aire libre y noches de poesía bajo la guía de su excéntrico padre, Maximiliano, un noble que prefería la música folclórica y las bromas a las ceremonias de la corte. Su madre, Ludovika, recordada por un contemporáneo como “una mujer práctica que enseñó a sus hijos a amar la naturaleza antes que los títulos”, fomentó en Sophie un amor por la música y la literatura que la acompañaría toda su vida.

    El 27 de enero de 1867, se celebró en Múnich el compromiso de la hija menor de Ludovica y Maximiliano, la duquesa Sofía Carlota (1847-1897), nada más y nada menos que con su primo, el rey Luis II de Baviera. El anuncio de compromiso, largamente esperado, fue celebrado por toda la población ya que el monarca era muy popular. La boda se planeó para el 12 de octubre del mismo año, pero para cuando ya estaba casi todo preparado para la gran ceremonia (entre ellos, la construcción de un carruaje real y la acuñación de monedas conmemorativas) de repente, sorprendentemente, Luis II canceló los planes apenas dos días antes. Ante el estupor general, el desencanto de Sofía y la indignación de la familia de Max y Ludovica, Luis II jamás volvió a pensar en casarse y nadie supo bien por qué.

    A los 20 años, el idilio de Possenhofen dio paso a las exigencias de la realeza. En 1867, Sofía fue comprometida con Fernando Felipe María, duque de Alençon, de la casa de Orleans, una familia que había perdido el trono francés pero conservaba su prestigio. “Era una unión de conveniencia, pero Sofía llevó consigo una chispa de calidez que conquistó a la corte francesa”, escribió el historiador Andrew Wheatcroft en The Habsburgs: Embodying Empire (1995). La boda, celebrada el 28 de septiembre de 1868, marcó el inicio de una nueva vida para Sophie en Francia, donde se convirtió en duquesa de Alençon. La pareja tuvo dos hijos, Luisa (1869) y Felipe Emmanuel (1872), y aunque el matrimonio no fue apasionado, un amigo cercano de la familia Orleans comentó: “Sofía era el alma de la casa; su risa llenaba los salones, aunque a veces parecía añorar los bosques de su infancia”.

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    Sofía Carlota de Baviera (1847-1897) fue la hermana menor de la emperatriz Sissi de Austria

    La vida en Francia no fue sencilla. La caída de Napoleón III en 1870 y la agitación política colocaron a los Orleans en una posición vulnerable. Sophie, sin embargo, se dedicó a causas benéficas, organizando eventos para los necesitados y apoyando las artes. “Tenía una sensibilidad que la hacía distinta; no buscaba gloria, sino aliviar el sufrimiento”, escribió la condesa Marie Larisch, una amiga cercana, en sus memorias. Su empatía, similar a la de Sissi, la convirtió en una figura querida, aunque siempre en segundo plano frente al carisma de su hermana.

    El de Sofía y el duque de Alençon no era un matrimonio por amor. Por el contrario, el compromiso fue acelerado por los padres de la duquesa, según se cuenta, porque ella había iniciado un romance con un fotógrafo llamado Edgar Hansftaengl. Los recién casados se instalaron en Londres, donde la familia real francesa vivía bajo la protección de la reina Victoria de Inglaterra. La flamante duquesa de Alençon comenzó a ser víctima de frecuentes períodos depresivos que se fueron agravando con el pasar de los años. Tuvo dos hijos, la princesa Luisa Victoria y el príncipe Emanuel, duque de Vendôme.

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    Las llamas consumieron todo a su paso.

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    La zona donde estuvo emplazado el Bazar tras su incendio.

    En busca de calmar el espíritu de su esposa, el duque de Alençon decidió mudarse a Palermo, a orillas del Mediterráneo, y luego en Merano. En esta última ciudad, Sofía Carlota se enamoró de su médico, Hans Glaser, con tanta pasión que quiso abandonar a su familia y fugarse con este hombre que le aliviaba sus dolores físicos y espirituales. Cuando el plan fue descubierto, a Alençon no le quedó más remedio que internar a su esposa en un hospital psiquiátrico. Sofía Carlota no salió de allí sino hasta dos años después. Sintiéndose recuperada, se dedicó a las obras de caridad y vivió casi todo el tiempo en un convento de París.

    Sissi: “Perder a Sophie fue como perder una parte de mi alma; ella era mi refugio”

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    Búsqueda de restos y objetos de valor en las ruinas del bazar.

    El 4 de mayo de 1897, la vida de Sofía se apagó en una tragedia que conmocionó al mundo. En París, participaba en el Bazar de la Charité, una feria benéfica organizada por la aristocracia para recaudar fondos para los pobres. El evento, instalado en una estructura temporal en la rue Jean-Goujon, estaba decorado con telas y madera, un escenario propicio para la catástrofe. Alrededor de las cuatro de la tarde, un proyector de cine, alimentado por éter inflamable, desató un incendio que devoró el lugar en minutos.

    Vi a la duquesa de Alençon, serena en medio del caos, empujando a las mujeres hacia las salidas mientras el humo la envolvía”, relató un superviviente, el barón de Mackau, en una crónica publicada en el periódico Le Figaro el 5 de mayo de 1897. Sofía, fiel a su carácter, se negó a huir de inmediato, ayudando a otros a escapar. “No me iré hasta que todos estén a salvo”, se le oyó decir, según el testimonio de una monja presente en el bazar (recogido en Simply Munich, 2024). Las llamas, sin embargo, no dieron tregua. Sofía, de 50 años, murió asfixiada y quemada, junto a más de 120 personas, en su mayoría mujeres. Su cuerpo, irreconocible, fue identificado por un anillo y restos de su vestido, un detalle que partió el corazón de quienes la conocían.

    La muerte de Sophie devastó a su familia, especialmente a Sissi, que ya cargaba con el peso de otras tragedias, como la muerte de su hija en 1857 y el suicidio de su hijo Rodolfo en 1889. “Perder a Sophie fue como perder una parte de mi alma; ella era mi refugio”, escribió Sissi en una carta privada a su hija Valeria (citada en History Extra, 2022). La emperatriz, sumida en un luto perpetuo, se alejó aún más de la corte vienesa, consumida por el dolor.

    El incendio del Bazar de la Charité no solo segó la vida de Sophie, sino que también marcó un punto de inflexión en la historia de la seguridad pública. “La tragedia expuso la fragilidad de las normas de seguridad de la época y obligó a Francia a reformar sus regulaciones”, señaló la historiadora Nancy Mitford en The Pursuit of Love (1945, citado en History.com, 2018). Sophie, con su sacrificio, se convirtió en un símbolo de abnegación. “Su muerte no fue en vano; su valentía inspiró cambios que salvaron vidas en el futuro”, escribió el historiador Jean des Cars en Sissi, Empress of Austria (2000).

    Sofía de Baviera no tuvo el brillo de Sissi, pero su vida fue un testimonio de bondad y coraje. Mientras su hermana se convirtió en un mito, Sophie permaneció como una figura más humana, definida por su amor a la familia, su dedicación a los demás y su trágico final. “Sofía no buscaba ser recordada, pero su sacrificio la hizo inolvidable”, afirmó el historiador Greg King en The Assassination of the Archduke (2013). En los anales de la realeza, su nombre brilla como un recordatorio de que incluso en las sombras de los grandes, hay historias de heroísmo que merecen ser contadas.

  • ¿Dónde está enterrado el rey Enrique VIII y por qué no tiene una tumba?

    El rey Enrique VIII de Inglaterra murió el 28 de enero de 1547. Fue el final de una era. Su testamento ordenaba que lo enterraran con su amada esposa Jane Seymour, la única esposa que dio a luz a un heredero varón legítimo sobreviviente. Enrique le había ofrecido un funeral magnífico, después del cual la enterraron en una bóveda bajo el coro de la Capilla de San Jorge en Windsor. Esta bóveda estaba destinada a ser su lugar de descanso temporal.

    El cuerpo de Enrique VIII fue bañado, embalsamado con especias y envuelto en plomo. Permaneció en el salón del trono del palacio de Whitehall rodeado de velas encendidas durante unos días y luego fue trasladado a la capilla. El 14 de febrero, el cadáver inició su viaje de Londres a Windsor. La procesión tenía cuatro millas de largo. Un alto y elaborado coche fúnebre llevaba el ataúd mientras retumbaba por la carretera. Encima del coche fúnebre había una efigie de cera realista vestida de terciopelo carmesí con forro de miniver y zapatos de terciopelo. Tenía un gorro de satén negro engastado con piedras preciosas que estaba cubierto con una corona. La efigie estaba adornada con joyas y las manos enguantadas tenían anillos.

    Los restos pasaron la noche en Syon Abbey y al día siguiente llegaron a Windsor. Dieciséis miembros de la Guarida del Rey (Yeomen of the Guard) llevaron el ataúd hasta la capilla cubierta de negro. Se bajó a la bóveda del coro.

    Stephen Gardiner, obispo de Winchester pronunció el elogio y celebró la misa de réquiem mientras Katherine Parr, la reina viuda, observaba la ceremonia desde la ventana del mirador de Catalina de Aragón. Después de la misa, mientras sonaban las trompetas, los principales oficiales de la casa del rey rompieron sus varas de oficio y las arrojaron a la bóveda, señalando el final de su servicio.

    El rey había dejado dinero para las misas diarias que se rezarían por su alma por el resto de los tiempos. Pero los gobernantes protestantes del gobierno de Eduardo VI, hijo y sucesor de Enrique VIII, detuvieron las misas después de un año. El testamento de Enrique dejó instrucciones para la construcción de una magnífica tumba.

    Historia de la tumba de Enrique VIII

    Ya en 1518, Enrique había elaborado planes para una tumba para él y su primera esposa, Catalina de Aragón. Los planos iniciales fueron realizados por el escultor italiano Pietro Torrigiano, el mismo hombre que diseñó la tumba para los padres de Enrique, Enrique VII e Isabel de York. Esta tumba se puede ver en la Lady Chapel en la Abadía de Westminster hasta el día de hoy. Torrigiano planeó que el sarcófago de Enrique VIII estuviera hecho del mismo mármol blanco y piedra de toque negra que el de su padre, solo que sería un veinticinco por ciento más grande. Se produjo una discusión sobre la compensación por el diseño de los planos que hizo que Torrigiano regresara a Italia en algún momento antes de junio de 1519. Hay evidencia de que Enrique consideró darle a otro italiano, Jacopo Sansovino, una comisión de setenta y cinco mil ducados para trabajar en un diseño en 1527.

    Durante el siglo XVII, el anticuario John Speed ​​estaba haciendo una investigación histórica y desenterró un manuscrito ahora desaparecido que daba detalles de la tumba de Enrique VIII. Se basó en el diseño de Sansovino de 1527. Los planos requerían un gran edificio decorado con finas piedras orientales, pilares de mármol blanco, ángeles de bronce dorado e imágenes de tamaño natural de Enrique y su Reina. Incluso iba a incluir una magnífica estatua del rey a caballo bajo un arco triunfal. Ciento cuarenta y cuatro figuras de bronce dorado iban a adornar la tumba, incluidos San Jorge, San Juan Bautista, los Apóstoles y los Evangelistas.

    Da la casualidad de que el cardenal Thomas Wolsey, el primer ministro de Enrique en los primeros años de su reinado, tenía planes para una tumba resplandeciente para él. Benedetto da Rovezzano, un empleado de Wolsey de 1524 a 1529, mantuvo un inventario completo de las estatuas y la ornamentación de esta tumba. Cuando Wolsey murió, Enrique VIII adoptó algunos componentes de la tumba de Wolsey para los suyos. Rovezzano y su asistente Giovanni de Maiano trabajaron en la tumba de Enrique desde 1530 hasta 1536.

    Los deseos de Enrique VIII nunca fueron respetados

    Después de la muerte de Wolsey, Enrique VIII se apropió del sarcófago de su tumba. Planeaba tener una figura dorada de tamaño natural de sí mismo encima. Debía haber un podio elevado con frisos de bronce incrustados en las paredes junto con diez pilares altos coronados con estatuas de los Apóstoles que rodeaban la tumba. Entre cada uno de los pilares habría candelabros de bronce de nueve pies de alto.

    El diseño requería un altar en el extremo este de la tumba, coronado con un dosel sostenido en alto por cuatro pilares elaborados. Esto también incluiría dieciséis efigies de ángeles en la base con candelabros. La tumba y el altar debían estar encerrados por una capilla de mármol negro y bronce donde se podían decir misas por el alma del rey. Si este diseño hubiera sido finalizado, habría sido mucho más grandioso que la tumba de los padres de Enrique VIII, Enrique VII e Isabel de York.

    La efigie del rey fue en realidad fundida y pulida mientras Enrique todavía estaba vivo y otros artículos se fabricaron en talleres en Westminster. El trabajo progresó durante los últimos años del reinado de Enrique, pero las guerras en Francia y Escocia estaban agotando el tesoro real y el trabajo se ralentizó. Rovezzano regresó a Italia por mala salud. Parte del trabajo en el monumento continuó durante el reinado de Eduardo VI, pero su tesoro siempre estuvo corto de fondos. El testamento de Eduardo pidió que se terminara la tumba, pero su hermanastra la reina María Tudor no hizo nada en la tumba.

    Carlos I y un hijo de la reina Ana, sepultados junto a Enrique VIII

    La reina Isabel I, también hija de Enrique VIII, tuvo cierto interés en el proyecto. Su ministro William Cecil encargó un estudio del trabajo necesario para completar la tumba y se prepararon nuevos planos en 1565. Los elementos terminados que había en Westminster se trasladaron a Windsor, pero después de 1572, el trabajo se detuvo. Los componentes languidecieron en Windsor hasta 1646 cuando la Commonwealth necesitó fondos y vendió la efigie de Enrique para fundirla por dinero. Cuatro de los candelabros de bronce llegaron a la Catedral de San Bavón en Gante, Bélgica.

    Después de la ejecución del rey Carlos I en 1649 (o 1648 en el antiguo esquema de datación), sus restos fueron colocados apresuradamente en la misma bóveda de la Capilla. Se consideró apropiado enterrarlo allí porque era más tranquilo y menos accesible que en algún lugar de Londres en un esfuerzo por reducir el número de peregrinos a la tumba del rey mártir. Durante el reinado de la reina Ana, uno de sus muchos bebés murió y fue enterrado en la misma bóveda en un pequeño ataúd. En 1805, el sarcófago que había sido de Wolsey y Enrique fue tomado y utilizado como base de la tumba de Lord Nelson en la Catedral de St. Paul.

    La tumba fue luego olvidada hasta que fue redescubierta cuando se inició la excavación en 1813 para un paso a una nueva bóveda real. La antigua bóveda se abrió en presencia del regente, Jorge, Príncipe de Gales y futuro rey Jorge IV. Varias reliquias del rey Carlos I fueron retiradas para su identificación. Cuando fueron reemplazados en 1888, A.Y. Nutt, topógrafo del College of St. George hizo un dibujo de acuarela de la bóveda y su contenido. El ataúd de Enrique VIII parece muy dañado. El de Jane Seymour estaba intacto.

    El ataúd de Enrique podría haberse roto de varias formas. El caballete que lo sostenía podría haberse derrumbado. Es posible que cuando entraron en la bóveda para poner el ataúd de Carlos I, el de Enrique VIII estuviera dañado. Podría haberse derrumbado debido a la presión desde adentro. O también es posible que el ataúd se cayera en el camino y que se abriera.

    El príncipe regente solicitó que se insertara una losa de mármol para marcar la tumba, pero esto no se materializó hasta el reinado del rey Guillermo IV en 1837. La inscripción en la losa dice: En una bóveda debajo de esta losa de mármol se depositan los restos de Jane Seymour, Enrique VIII, Carlos I y el niño de la reina Ana. Este monumento fue colocado aquí por orden del rey Guillermo IV. 1837.

    La leyenda de los perros lamiendo

    Debido al tema de esta publicación, tenemos que abordar la leyenda de los perros lamiendo la sangre de Enrique VIII mientras su cuerpo pasaba la noche en Syon. La historia comienza con el sermón de un fraile franciscano llamado William Petow, quien predicó en la capilla de Greenwich el domingo de Pascua, 31 de marzo de 1532. Era el momento del “Gran asunto” del rey, el nombre del esfuerzo de Enrique por conseguir el divorcio o la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón para poder casarse con Ana Bolena.

    Petow no solo desafió a Enrique sobre tratar de dejar de lado a Catalina de Aragón, sino que también objetó los esfuerzos de Ana Bolena para promover la Nueva Religión. Lo dejó muy claro en el sermón cuando el rey se sentó ante él en la capilla. En lugar de pontificar sobre la resurrección de Cristo, predicó sobre el versículo de la Biblia, 1 Reyes 22, sobre el rey Acab. El rey Acab muere a causa de las heridas que sufrió en una batalla. El versículo dice: “Entonces el Rey murió y fue llevado a Samaria, y allí lo enterraron. Lavaron el carro en un estanque en Samaria (donde se bañaban las prostitutas), y los perros lamieron su sangre, como había dicho la palabra del Señor”.

    Petow comparó a Enrique con el rey Acab y a Ana Bolena con la esposa de Acab, Jezabel. Jezabel había reemplazado a los profetas de Dios con paganos, ya que Petow dijo que Anne apoyaba y animaba a los hombres de la Nueva Religión. Petow dijo que Enrique terminaría como Ahab con perros lamiendo su sangre. Sorprendentemente, Enrique solo encarceló a Petow por un corto tiempo y escapó de Inglaterra y terminó en el continente.

    Esta historia fue retomada y repetida por Gilbert Burnet (1643-1715). Era historiador y obispo de Salisbury y escribió la Historia de la Reforma en la que afirmaba que esto le sucedió al cuerpo de Enrique mientras pasaba la noche en Syon Abbey camino a Windsor. El propio Burnet admitió que tenía prisa cuando escribió este libro y que no lo investigó lo suficiente y que el volumen estaba lleno de errores.

    Esto no impidió que Agnes Strickland embelleciera la historia cuando escribió La vida de las reinas de Inglaterra a mediados del siglo XIX. Ella escribe que la carcasa de plomo que rodeaba el cuerpo de Enrique estalló y derramó sangre y otros líquidos. Se llamó a un plomero para que arreglara el ataúd y fue testigo de cómo un perro lamía la sangre. Todo esto es un ejercicio único de ficción histórica por lo que tenemos que tomar la historia como apócrifa.

    (*) Susan Abernethy es historiadora y autora del blog The Freelance History Writer.

  • El dramático final de la princesa Margarita de Inglaterra: de qué murió la hermana de Isabel II

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    Cuando superó los 50 años de edad, Margarita era apenas una sombra de la princesa esplendorosa de hermosos ojos azules que había encantado al mundo con su tragedia romántica.

    Pero como muestra la serie, los años 90 la vieron ocultarse entre los dramas de la familia Windsor y finalmente falleció en el silencio de un hospital. Pero, ¿cuál fue exactamente la causa de su muerte?

    La princesa Margarita de Inglaterra (1930-2002)La princesa Margarita de Inglaterra (1930-2002)
    Hija menor del rey Jorge VI y hermana de Isabel II, la princesa Margarita de Inglaterra (1930-2002) es recordada por su belleza y su espíritu rebelde.
    La princesa Margarita de Inglaterra murió en 2002.
    La princesa Margarita sufrió muchos problemas de salud en sus últimos años de vida, agravados por su afición al tabaco y el alcohol. Murió el 9 de febrero de 2002 en un hospital de Londres.

    Quién fue la princesa Margarita de Inglaterra

    Nacida el 10 de agosto de 1930, la princesa Margarita era la hija menor del rey Jorge VI y la reina madre Isabel.

    Ella era la única hermana de la reina Isabel II y, pese a ser toda su vida un personaje secundario de la monarquía, increíblemente la segunda en la línea del trono después de que su padre se convirtiera en rey y durante toda la Segunda Guerra Mundial.

    El mundo habló de ella en 1955, cuando anunció dramáticamente que no se casaría con el amor de su vida, Peter Townsend, porque deseaba obedecer la llamada del deber y por fidelidad a su hermana.

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    La princesa Margaret Rose fue el primer miembro de la familia real británica que nació en Escocia durante más de 300 años.

    En el momento en que nació, el 21 de agosto de 1930 en el Castillo de Glamis, hogar ancestral de su familia materna, era la cuarta en la línea de sucesión al trono como nieta del rey Jorge V.

    Pero después de que su tío Eduardo VIII abdicó, a los 6 años Margarita pasó a ser la segunda en la fila del trono, quien tendría que hacerse cargo de la corona si algo imprevisto ocurría con su padre y su hermana mayor.

    La princesa Margarita de Inglaterra murió en 2002.
    Última aparición pública de Margarita (der.) en el centenario de su tía la duquesa de Gloucester.

    Margarita creyó haber encontrado el amor cuando conoció al fotógrafo de sociedad Antony Armstrong-Jones en 1959, después de enterarse que el Capitán Townsend se había casado con otra mujer.

    Su esposo fue nombrado conde de Snowdon y vizconde Linley más tarde ese año, y posteriormente nacieron sus dos hijos: Lord Linley, actual Conde Snowdon, nacido en 1961, y Lady Sarah Frances Elizabeth, nacida en 1964.

    La pareja permaneció casada durante varios años, pero su matrimonio se disolvió en mayo de 1978.

    De qué murió la princesa Margarita: el dramático final de la hermana de Isabel II

    La princesa Margarita de Inglaterra murió en 2002.
    La princesa Margarita murió a los 71 años en 2002. solo dos meses antes de que su madre, la Reina Madre, falleciera a los 101 años.

    En sus últimos años, la princesa Margarita, víctima de una depresión que la acompañó toda su vida adulta, sufrió graves problemas de salud.

    Sufrió un derrame cerebral en febrero de 1998 mientras estaba en su casa de vacaciones en la caribeña isla de Mustique y graves quemaduras en los pies durante un accidente en el baño 12 meses después, lo que afectó drásticamente su movilidad.

    Más tarde requirió apoyo para caminar y en ocasiones apareció públicamente en una silla de ruedas. La princesa tuvo nuevos accidentes cerebrovasculares en 2000 y 2001.

    Capilla ardiente de la princesa Margarita en la Capilla de la Reina del palacio de St. James
    Capilla ardiente de la princesa Margarita en la Capilla de la Reina del palacio de St. James
    Las cenizas de la princesa Margarita fueron enterradas en la Capilla Conmemorativa del Castillo de Windsor, junto a las tumbas de sus padres, el rey Jorge VI y la reina Isabel.
    Las cenizas de la princesa Margarita fueron enterradas en la Capilla Conmemorativa del Castillo de Windsor, junto a las tumbas de sus padres, el rey Jorge VI y la reina Isabel. En 2022, se agregaron los restos de la reina Isabel II y el príncipe Felipe.

    La salud de Margarita se deterioró rápidamente a medida que el público británica se olvidó de ella.

    Esto, sin embargo, no le impidió poder emprender algunos compromisos públicos en estos últimos años y continuó apoyando el trabajo de muchas de sus organizaciones benéficas.

    Lectura recomendada: La “elegante pobreza” de la glamorosa princesa Marina de Grecia, duquesa de Kent

    Sus últimos compromisos públicos fueron una visita al Chelsea Flower Show el 21 de mayo de 2001 y el 80 cumpleaños del príncipe Felipe semanas más tarde.

    La última aparición pública de la princesa fue en el centésimo cumpleaños de su tía, la princesa Alice, duquesa de Gloucester, en diciembre de 2001.

    Funeral de la princesa Margarita de Inglaterra
    Funeral de la princesa Margarita el 15 de febrero de 2002.

    La princesa era conocida por por su amor por el tabaco y el alcohol, lo que provocó especulaciones a lo largo de los años de que desarrolló cáncer de pulmón, enfermedad que había conducido a la muerte a su padre en 1952. Sin embargo, Margarita nunca fue diagnosticada con cáncer.

    Murió finalmente a los 71 años de edad el 9 de febrero de 2002, tres días después del 50 aniversario de la muerte de su padre, y tras sufrir otro derrame cerebral que resultó en problemas cardíacos.

    Su féretro reposó en solitario en la capilla de St. George hasta el funeral y sus cenizas fueron depositadas junto a la tumba de su padre.

  • El triste destino de Helena, María y Sofía, las hermanas de la emperatriz “Sissi”

    Los Wittlesbach fueron, durante muchos siglos, una de las dinastía más antiguas, poderosas y ricas de Europa. Sin embargo, en sus últimos tiempo antes de su caída, en 1918, se hicieron famosos por sus tragedias y sus locuras. Una de sus más grandes integrantes fue la emperatriz Isabel de Austria -“Sissi” para la familia-, víctima de la melancolía y la desgracia familiar en cuyas garras también cayeron sus hermanas. Estas son sus historias.

    El rey Maximiliano I de Baviera autorizó el matrimonio de su hija, la princesa Ludovica, con el duque Maximiliano, miembro de la misma dinastía. De esta unión nacieron ocho hijos, de los cuales cuatro fueron mujeres: Helena (“Nené”), Isabel (“Sissi”), María Sofía, Matilde (“Spatz”) y Sofía Carlota. Las niñas crecieron en el campo, con costumbres sencillas, en los bosques que rodeaban el castillo de Possenhoffen, y usualmente lejos de la fulgurosa corte de Múnich. Pese a la diferencia de edad que la separaba, las cinco hijas de Ludovica crecieron muy unidas, pero su felicidad fue corta.

    “Sissi” le roba el novio a la princesa Helena

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    La mayor de las hijas, la duquesa Helena, o “Nené” (1834-1890) estaba destinada a ocupar el trono más poderoso de Europa: el de Austria. Su tía materna, Sofía de Baviera, era la madre del emperador Francisco José de Habsburgo y puso su mirada en su sobrina como la futura emperatriz. El joven monarca tenía 23 años y muchas ganas de liberarse de la influyente y poderosa mano de su madre, por lo que no se sentía muy convencido de aceptar a la novia que la habían impuesto, que además era su prima.

    En 1853, se organizó una reunión familiar en Ischl, la residencia de verano de la familia imperial, con la idea de que los jóvenes se conocieran y sellaran su matrimonio, pero Francisco José quedó encandilado con la belleza de su otra prima, la duquesa “Sissi”. El emperador hizo valer su posición y le pidió matrimonio a Isabel, contra los berrinches de su madre. La archiduquesa Sofía nunca le perdonó a Sissi su intromisión.

    Helena quedó soltera y sin la corona, convencida de que su hermana menor la había traicionado. Unos años más tarde, ante el peligro de que permaneciera como una solterona deprimente, en 1858 se celebró su boda con el riquísimo príncipe alemán Maximilian von Thur und Taxis, con quien tuvo cuatro hijos (Luisa Matilde, Isabel María, Maximiliano y Alberto).

    Cuando parecía que había encontrado la estabilidad y tranquilidad familiar, Helena enviudó. Maxiiliano había muerto a causa de una extraña enfermedad nerviosa que no se le llegó a diagnosticar a tiempo. Su viuda, desesperada, comenzó a sufrir una serie de crisis depresivas que se agravaron cuando, en 1881, su hija Isabel María falleció a los veintinún años a consecuencia del parto de su tercer hijo. Al morir su hijo Maximiliano, cuatro años después, Helena colapsó y perdió la razón.

    María Sofía se convirtió en la última reina de Nápoles

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    La siguiente hermana era la duquesa María Sofía (1841-1925), que llegó a ser, por su matrimonio con Francesco II de Borbón, la última consorte de Nápoles. La boda se celebró en 1859, pero los recién casados nunca se llevaron bien y tardaron muchos años en consumar el matrimonio.

    Al perder su trono, refugiándose en el palacio Farnesio bajo la protección del papa, María Sofía mantuvo una relación fastidiosa con el conde belga Armand de Lawayss, un oficial del que quedó embarazada. Dada su posición y la moral de la época, la reina trató por todos los medios de ocultar su embarazo, pero tuvo que recurrir finalmente a su familia bávara para encontrar una solución.

    Allí, en el castillo de Possenhofen, se organizó un consejo de familia en el que se decidió que el fruto de ese embarazo sería apartado de la familia para evitar así el gran escándalo que provocaría la infidelidad a su marido y que traería al mundo un hijo bastardo. En 1862, la reina María Sofía dio a luz en un convento de Augsburgo a una niña que fue dada a la familia Lawayss. La promesa de que jamás en su vida vería a su hija le provocó una depresión profunda que la acompañó (y se fue agravando) durante el resto de su vida.

    El horrible final de Sofía de Baviera

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    El 27 de enero de 1867, se celebró en Múnich el compromiso de la hija menor de Ludovika, la duquesa Sofía Carlota (1847-1897), nada más y nada menos que con su primo, el rey Luis II de Baviera. La boda se planeó para el 12 de octubre del mismo año, pero para cuando ya estaba casi todo preparado para la gran ceremonia (entre ellos, la construcción de un carruaje real y la acuñación de monedas conmemorativas) de repente, sorprendentemente, Luis II canceló los planes apenas dos días antes.

    Ante el estupor general, el desencanto de Sofía y la indignación de la familia de Ludovika, Luis II jamás volvió a pensar en casarse y nadie supo bien por qué. Un año más tarde, Sofía Carlota se casó con el príncipe Ferdinand de Orleáns, duque de Alençon y nieto del rey Luis Felipe de Francia. No se trataba, por supuesto, de un matrimonio por amor. Por el contrario, el compromiso fue acelerado por los padres de la duquesa, según se cuenta, porque ella había iniciado un romance con un fotógrafo llamado Edgar Hansftaengl.

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    Los recién casados se instalaron en Londres, donde la familia real francesa vivía bajo la protección de la reina Victoria de Inglaterra. La flamante duquesa de Alençon comenzó a ser víctima de frecuentes períodos depresivos que se fueron agravando con el pasar de los años. Tuvo dos hijos, la princesa Luisa Victoria y el príncipe Emanuel, duque de Vendôme.

    En busca de calmar el espíritu de su esposa, el duque de Alençon decidió mudarse a Palermo, a orillas del Mediterráneo, y luego en Merano. En esta última ciudad, Sofía Carlota se enamoró de su médico, Hans Glaser, con tanta pasión que quiso abadonar a su familia y fugarse con este hombre que le aliviaba sus dolores físicos y espirituales.

    Cuando el plan fue descubierto, a Alençon no le quedó más remedio que internar a su esposa en un hospital psiquiátrico. Sofía Carlota no salió de allí sino hasta dos años después. Sintiéndose recuperada, se dedicó a las obras de caridad y vivió casi todo el tiempo en un convento de París.

    El 4 de mayo de 1897 Sofía Carlota presidía una gran feria de beneficencia, el “Bazar de la Charité”, pero durante la proyección de una película de los hermanos Lumiére una chispa provocó de inmediato un incendió. Murieron casi ciento cincuenta personas, carbonizadas y pisoteadas, entre las cuales se encontraban la duquesa.

    En lugar de huir, Sofía Carlota había decidido ayudar a escapar a algunas de las jóvenes que trabajaban allí y regresó varias veces al edificio hasta las llamas la alcanzaron y no pudo salir. Cuando recuperaron su cadáver, atrozmente mutilado, estaba tan quemado que sólo su dentista pudo identificarlo por la dentadura. La noticia llegó al otro día a la corte austrohúngara. La hermana, la emperatriz Sissi, destrozada por el dolor, solo atinó a murmurar: “La maldición crece…”

    Artículo original de Monarquias.com

  • Por qué el rey Jorge V de Inglaterra no salvó a su “querido primo” Nicolás II de su trágica muerte

    Por Darío Silva D’Andrea, editor de Monarquias.com

    En marzo de 1917, Jorge V recibió con estupor las noticias de que su “querido primo Nicky”, el zar Nicolás II de Rusia, había sido forzado a abdicar después de la revolución en gran medida por estar casado con una alemana. El rey, que culpaba a la zarina Alejandra del “caos que impera actualmente en Rusia”, emparentaba por doble vía con los herederos de los Romanov: Nicolás II era hijo de la zarina viuda María, hermana de la reina Alejandra; su esposa, Alix de Hesse, era hija de la princesa Alicia, hermana del rey Eduardo VII. A principios de siglo, los dos primos reales, ambos nietos del rey Christian IX de Dinamarca, estaban muy unidos y se llevaban extraordinariamente bien. A todos les resultaba muy divertido que los jóvenes, de bellos ojos azules y barbudos, fueran tan parecidos físicamente. Se fueron de vacaciones juntos, se aconsejaron mutuamente y se supo (y existen las cartas para demostrarlo) que se amaron mucho el uno al otro.

    Entre él y su primo hermano Nicky existía un fuerte lazo afectuoso”, escribió el hijo mayor de Jorge V; “se escribían con regularidad; ambos usaban barbas muy parecidas y personales, y cuando eran jóvenes se asemejaban considerablemente. Cuando, siendo zarevich, estuvo el primo Nicky en Londres en 1893 para asistir a la boda de mi padre, un bien intencionado diplomático confundió a mi padre con el ruso y le preguntó si había venido especialmente para la boda del duque de York. A mi padre le gustaba recordar la confusión del avergonzado diplomático cuando él le respondió: ‘El duque de York soy yo, y supongo que asistiré a mi propia boda’”.

    Pero el escándalo formaba parte del existir de la dinastía Romanov y la reina Victoria se refirió a sus parientes rusos como “oscuros e inestables con falta de principios”. Para los rusos, la princesa Alix de Hesse, aunque nieta de la reina británica, era una detestable alemana a la que llegaron a acusar de los más horribles pecados. La Gran Guerra con Alemania y Turquía sumió a la dinastía rusa en una catástrofe y las humillaciones superaron las victorias en el campo de batalla y las bajas rusas se dispararon rápidamente a dos millones de un ejército de seis millones. Las fuerzas del káiser alemán invadieron vastas extensiones de territorio ruso y se hizo evidente que la nación se enfrentaba a una derrota abyecta. La escasez de alimentos provocó huelgas y manifestaciones callejeras violentas, motines generalizados tanto en el ejército como en la marina, y el sentimiento popular se volvió contra la familia imperial, especialmente contra la zarina. Nicolás II, que nunca se sintió preparado para reinar, tenía poco conocimiento o comprensión de cómo vivía la gran mayoría de sus súbditos, por lo que (mal aconsejado) respondió con extrema fuerza, dejando a miles de manifestantes muertos y provocando más ira y oposición.

    Cuando el zar tuvo que abandonar el palacio para encabezar el ejército, Alejandra asumió el control del Gobierno con el único consejo de su fiel amigo y consejero espiritual Gregory Rasputin, en quien confiaba ciegamente. El dúo fue destituyendo a personalidades importantes del Gobierno hasta llegar, incluso, a disolver la Duma, provocando un estallido de indignación. Los rusos se encontraban absolutamente molestos con la torpe influencia que el monje ejercía sobre Alejandra y ella, a su vez, sobre el zar. Los enemigos de la zarina decían que, entre 1915 y 1917 “Rusia tuvo cuatro primeros ministros, cinco ministros del Interior, cuatro ministros de Religión, cuatro ministros de Justicia, tres ministros de Agricultura, tres ministros de Relaciones Exteriores y cuatro ministros de guerra. Veintisiete hombres ocuparon esos cargos en un período de veinte meses” y, de todos ellos, “cuatro cargos ministeriales deben de haber cambiado de manos debido a Rasputin”.

    Al quedarse sin apoyo, Nicolás abdicó el 16 de marzo de 1917, para ser reemplazado por un gobierno provisional de socialistas bajo Alexander Kerensky. Al conocer la noticia, Jorge V confió en su diario que “Nicky ha sido débil pero Alicky es la causa de todo”. Compartía la opinión de su secretario privado, Lord Stamfordham, quien le habló francamente sobre la zarina Alejandra diciéndole: “Además de ser alemana de nacimiento, la emperatriz lo es de sentimiento. Ha hecho cuanto ha podido para propiciar pactos con Alemania. Hoy se la considera una criminal, o una loca criminal”. En esto coincidían con el káiser, que odiaba a Alix y su familia y ya en 1905 le había advertido a Nicolás II que su vida corría “un grave peligro” si seguía escuchando a su esposa. Guillermo II llegó a lamentar: “¡¿La pequeña princesa de Hesse, que nunca supo nada de política, está dando asesoramiento político?!” Cuando la familia imperial fue sacada del palacio y exiliada primero a Siberia y luego a los Urales por los revolucionarios, Jorge V ya temía por la suerte de su primo y le escribió una carta de inmediato: “Mis pensamientos están constantemente contigo. Y siempre seré tu verdadero y devoto amigo”.

    Cuando Nicky y Alix clamaron al Reino Unido que les ayudaran a escapar y les dieran asilo, el gobierno británico se mostró dispuesto a recibirlos, aunque la histeria antialemana no había disminuido en absoluto. Se trataba de una operación delicada y se planificó la fuga real de forma rápida y discreta: la familia imperial debía llegar a Murmansk en la costa norte de Rusia, donde un acorazado británico los llevaría rápidamente a Escocia. Allí, podrían vivir pacíficamente en el castillo de Balmoral. Pero Jorge V ya había caído bajo la influencia de su secretario privado, Lord Stamfordham, y se opuso a la idea, atento a los temores que le infundieron sobre una potencial revolución contra la familia real.

    El secretario del rey escribió a Downing Street advirtiendo que los monarcas rusos serían “rechazados enérgicamente por el público y sin duda comprometerían la posición del rey y la reina”. “Como bien sabe usted, desde el principio el rey piensa que la presencia de la familia imperial (especialmente de la emperatriz) resultaría… incómoda para nuestra familia real”, le escribió al primer ministro, David Lloyd George. El gobierno decidió entonces que su gobierno no podía ofrecer hospitalidad a personas cuyas “simpatías pro-alemanas eran bien conocidas”. Con tacto, en el lenguaje más cortés posible, la oferta del gobierno fue retirada y se ordenó al embajador británico, Sir George Buchanan, que informara a los Romanov que no serían recatados. El diplomático dijo que “apenas pudo contener sus emociones” al saber que el gobierno británico dejaría a las cuatro hijas adolescentes y al niño heredero de los zares en manos de los revolucionarios.

    La historiadora Anne Edward relata que el gobierno provisional ruso se mostró interesado en que el Reino Unido evacuara a la familia imperial a mediados de 1917 y publicó una carta del líder del gobierno, Kerenski: “Le preguntamos a Sir George Buchanan [embajador inglés en Rusia] cuándo se podría enviar un crucero para llevar a bordo al gobernante depuesto y su familia. Simultáneamente, se obtuvo una promesa del gobierno alemán a través del ministro danés, Skavenius, de que los submarinos alemanes no atacarían el buque de guerra en particular que transportaba a los exiliados reales. Sir George Buchanan y nosotros esperábamos con impaciencia una respuesta de Londres. Y no recuerdo exactamente si fue a fines de junio o principios de julio cuando el embajador británico llamó, muy angustiado… Con lágrimas en los ojos, sin poder controlar sus emociones, Sir George nos informó… la negativa final del gobierno a dar refugio al ex emperador de Rusia… Puedo decir definitivamente que esta negativa se debió exclusivamente a consideraciones de política interna británica”.

    En la noche del 16 al 17 de julio de 1818, los siete miembros de la familia imperial (los zares, sus cuatro hijas y el heredero al trono, el hemofílico Alexei) fueron llevados a un sótano de la casa donde estaban prisioneros en Ekaterimburgo y asesinados a tiros por un pelotón de fusilamiento por orden del fundador de la Unión Soviética, Vladimir Lenin. El comandante Yakov Yurovsky, jefe de los carceleros, le dijo al zar: “Tus parientes han tratado de salvarlos, pero fracasaron, y ahora tenemos que darles muerte”.

    Los cuerpos de los Romanov, junto a los de sus sirvientes Yevgeny Botkin, Anna Demidova, Aloizy Trupp, e Ivan Kharitonov, fueron posteriormente enterrados en pozos de minas de los Montes Urales y rociados con ácidos para destruirlos por completo y no serían encontrados hasta 1991. El periódico moscovita Izvestia, controlado por los bolcheviques, celebró lo que llamó la “ejecución de Nicolás, el sangriento asesino coronado, fusilado sin formalidades burguesas pero de acuerdo con nuestros nuevos principios democráticos”. Las órdenes que aprobaban la “liquidación” de la familia imperial fueron enviadas desde el Kremlin al Soviet Regional de los Urales, cuyos pistoleros llevaron a cabo la instrucción, después de que el se decidiera que “existe un grave peligro de que el ciudadano Romanov caiga en manos de los contrarrevolucionarios”. Al enterarse de los asesinatos, Jorge V escribió en su diario: “Nicky, que era el hombre más amable, un caballero íntegro, amaba a su país y su gente… ¡Y esos pobres niños inocentes!”

    “El rey tenía mala conciencia por no haber socorrido a los Romanov, que habían sido ejecutados sin duda por orden de Lenin. Todo el mundo, tanto la familia real —es decir los primos del zar depuesto— como el gobierno se habían estado pasando la pelota, pero sin aportar soluciones. ¿Dónde podrían vivir? ¿En qué condiciones? ¿Con qué medios? De hecho se abandonó a la familia imperial en manos de los soviets a causa del cansancio de la opinión pública británica, ya abrumada por sus propios problemas en 1917. La influencia de la Revolución bolchevique en Petrogrado había sido vista como peligrosa, por supuesto, pero muchos británicos, apegados al principio de la monarquía parlamentaria, no eran favorables a acoger a un soberano considerado autoritario y pequeñoburgués, sobrepasado por su misión y por la propia situación”. (Jean Des Cars)

    ¿Fue Jorge V el responsable de la terrible ejecución de los Romanov? Es cierto es que los revolucionarios jamás hubieran permitido que la familia imperial se fuera de Rusia. Además, es posible que el zar Nicolás, por más desesperada que fuera su situación, se hubiera negado a abandonar su país y que su devota esposa y sus cinco hijos jamás hubieran querido dejarlo solo en Rusia. El príncipe de Gales sostuvo toda su vida que su padre hizo todo lo posible por salvar a la familia imperial y escribió: “La revolución rusa de 1917, con el asesinato del zar Nicolás II y su familia, había debilitado la confianza de mi padre en la innata decencia de la Humanidad (…) Siempre he tenido la impresión de que justo antes de que los bolcheviques se apoderaran de la persona del zar había proyectado mi padre salvarle con un crucero británico, pero este plan fue obstruido de alguna forma. En todo caso, a mi padre le dolió que la Gran Bretaña no hubiera movido un dedo para salvar a su primo Nicky. ‘¡Estos políticos…!, solía decir. Si se hubiese tratado de uno de ellos hubieran actuado de prisa, ¡pero como el pobre hombre no era más que un emperador….!’ Incluso después de haber reconocido el gobierno británico a la URSS, tardó bastante en resolverse a recibir al embajador soviético”.

    Sin embargo, muchos culparon al monarca británico por su atroz final. El gran duque Dimitri Pavlovich, primo hermano del zar, culpó directamente al rey de las ejecuciones de la familia imperial porque no les concedió un refugio seguro cuando había tiempo para hacerlo. En su diario personal, Dimitri, que sobrevivió a la purga de los Romanov cuando fue exiliado al frente persa a fines de 1916 por su participación en el asesinato del místico ruso Rasputín, acusó al rey de no haber “movido un dedo para salvar a Nicky y su familia”: “¡Es un sinvergüenza! ¡Dios quiera que este desgraciado de Jorge no sea perdonado por los rusos!”

    Nadie puede asegurar si Jorge V tuvo remordimientos por no haber salvado a sus primos, pero quiso enmendar la situación al ayudar a salir de Rusia a la emperatriz viuda María (la tía Minnie), hermana de la reina Alejandra. Hasta entonces, la madre de Nicolás se había refugiado en Crimea, bajo la protección del káiser, pero cuando la monarquía alemana cayó y la guerra civil se intensificó, hubo que salir corriendo. Finalmente, en abril de 1919, el gobierno británico se ofreció a salvar a la emperatriz, a su hija Xenia y otros familiares a bordo de un buque de la marina. Cauteloso, Jorge V ordenó que la llegada de la emperatriz viuda a Portsmouth fuera lo más discreta posible: “El rey desea que no haya ceremonias de ningún tipo, saludos, guardias de honor, reporteros de prensa ni fotógrafos presentes”, decía un telegrama del palacio. La tía Minnie pasó algunos años en Inglaterra, bajo la protección de su sobrino, y finalmente volvió a su Dinamarca natal, donde murió a los 80 años en 1928. Hasta el último día de su vida se negó a aceptar el asesinato de su hijo Nicolás y de sus nietos, cuyos restos jamás pudo recuperar.

  • ¿Quién sería el actual Rey de Gran Bretaña si la reina Victoria no hubiera nacido?

    En 1837, cuando el rey Guillermo IV de Gran Bretaña y Hannover falleció sin descendencia legítima, su joven sobrina la princesa Alejandrina Victoria de Kent fue conducida a la Abadía de Westminster para su coronación. Tenía 18 años y era la única hija del fallecido duque de Kent, hijo a su vez del rey Jorge III.

    Jorge III y su esposa, la reina Carlota, tuvieron nada menos que 16 hijos, una enorme descendencia que sin embargo no pudo evitar que la corona estuviera en crisis debido a la falta de potenciales herederos. Varios de sus hijos (incluido Guillermo IV) tuvieron hijos con mujeres que no fueron aceptadas como legítimas debido a sus orígenes plebeyos

    Por eso, el nacimiento de la princesa Victoria fue considerado un milagro (su padre tenía ya cincuenta años), la salvación de la monarquía. Con la muerte de la princesa Carlota de Gales, hija de Jorge IV, y del duque de Kent, Victoria se ubicó como la primera en la línea sucesoria.

    Este mecanismo dejó de lado, sin embargo, a uno de sus tíos menores, Ernesto Augusto, duque de Cumberland y Teviotdale, odiado por toda Gran Bretaña a causa de su detestable personalidad. Se rumoreaba fuertemente que había violado a su propia hermana y que había intentado asesinar a Victoria para quedarse con la corona.

    Desde entonces, los Hannover estuvieron cada vez más enemistados con la descendencia de la reina Victoria.

    Al morir Guillermo IV y ser coronada Victoria, el feudo originario de la dinastía en Alemania, Hannover, debió quedar en manos del duque de Cumberland ya que ese reino no permitía que las mujeres fueran coronadas. De esta forma, Hannover se trasformó en un reino independiente y Ernesto Augusto vio colmadas sus ambiciones de tener una corona para sí mismo.

    A Ernesto Augusto I le sucedió como rey de Hannover su hijo, Jorge V, quien era completamente ciego y perdió toda autoridad cuando el reino pasó a integrar el Imperio Alemán, bajo la autoridad del Rey de Prusia. Por consiguiente, la familia fue despojada de varios de sus poderes y territorios.

    El hijo del rey, el príncipe heredero Ernesto Augusto de Hannover (1845-1923), estaba casado con la princesa Thira, hija del rey de Dinamarca. Su hijo, también bautizado Ernesto Augusto, duque de Cumberland, fue nombrado Duque de Brunswick cuando se casó en 1913 con la princesa Luisa Victoria de Prusia, hija del emperador alemán Guillermo II.

    Cinco años después, con la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, Ernesto Augusto III (1887-1953) fue despojado del ducado de Brunswich y desterrado. Su única hija mujer, la princesa Federica, nacida en 1917, sería reina de Grecia y, además, madre de la reina Sofía de España y abuela del rey Felipe VI.

    Ese mismo año, el rey inglés Jorge V (nieto de la reina Victoria), renunció a todos sus títulos y apellidos de origen alemán para adoptar el apellido Windsor y borrar de un plumazo cualquier relación familiar con el enemigo. Y fue más lejos: los príncipes alemanes emparentados con la rebautizada familia real británica perdieron sus títulos y honores británicos.

    El ducado de Cumberland fue suspendido por las actividades de Ernesto Augusto III al servicio de Alemania en la guerra, pero desde entonces, los príncipes de Hannover reclaman para sí mismos ese ducado, que les correspondería por ser descendientes directos por línea masculina del rey Jorge III. La participación de varios príncipes de esta familia en el nazismo abriría una grieta aún más grande con sus parientes ingleses.

    El príncipe Ernesto Augusto IV de Hannnover, duque de Brunswick y Luneburg (1914-1987), abierto partidario del nazismo, le sucedió en la jefatura de la dinastía y se casó con la princesa alemana Ortrud de Schleswig-Holstein (la foto que ilustra esta nota es de su boda). Entre sus hijos se encuentra, el actual patriarca de la rama dinástica, Ernesto Augusto V (nacido en 1954).

    Casado en primeras nupcias con Chantal Hochuli y padre de dos varones (el heredero, Ernesto Augusto VI y Christian), Ernesto Augusto V se hizo aún más famoso por haberse casado en 1999 con la princesa Carolina de Mónaco, con quien tuvo a la princesa Alejandra. Este matrimonio con una princesa católica le valió a Ernesto Augusto V la pérdida de sus derechos al trono británico.

    Ernesto Augusto, de hecho, sería el actual Rey de Gran Bretaña si la reina Victoria nunca hubiera nacido, por ser el descendiente en línea masculina de Jorge III. Inmensamente impopular por sus malos hábitos y su conducta, en los últimos años apareció en los medios de comunicación por altercados violentos y pasó temporadas en sanatorios psiquiátricos.

    Su hijo, el joven Ernesto Augusto, se hizo cargo del patrimonio familiar en claro desafío a la autoridad paterna, cuyo nombre comenzó a manchar al linaje de los Hannover, y sigue usando formalmente el título de príncipe, aunque ahora tiene un significado meramente simbólico en Alemania.

    Artículo original de Monarquias.com

  • La terrible muerte de Enrique II de Francia, que había sido profetizada por Nostradamus

    El rey Enrique II de Francia (1519-1559) se convirtió en el heredero del trono luego de que su hermano mayor, el delfín Francisco, falleciera en circunstancias misteriosas, aparentemente envenenado por su cuñada. Años más tarde, el mismísimo Enrique II murió durante los magníficos festejos nupciales de su hija Isabel con Felipe II de España y de su hermana, Margarita, con el duque de Saboya.

    La corte francesa había organizado unas fiestas caballerescas a las que fueron invitados nobles y caballeros de todos los rincones de Europa. Como parte de los festejos, el galante Enrique II quiso intervenir en una justa en honor a Diana de Poitiers, su amante, enfrentándose al caballero Gabriel de Montgomery, conde de Lorges. El ambiente era de total algarabía en la que todos participaban, excepto la reina.

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    La esposa del rey, la florentina Catalina de Médicis, había soñado frecuentemente con la muerte de Enrique en una justa. Unos años antes, en 1552, el célebre astrólogo italiano Simeoni le había predicho que su marido perdería la vida en un duelo, a sus cuarenta años, como consecuencia de una herida que lo volvería ciego. Otro joven astrólogo al que la reina consultó, llamado Michel de Nostradamus, había escrito en sus célebres “Centurias” : “El León joven [¿Montgomery?] dominará al viejo [¿Enrique II?] en un torneo, le reventará los ojos en jaula de oro y el viejo morirá de muerte cruel”.

    El combate se celebró el 30 de junio de 1559. El rey se presentó adornado con plumas negras y blancas, los colores de su favorita, que tenía 60 años pero seguía siendo hermosa. Enrique enfrentó primero a su futuro cuñado, el duque de Saboya, y posteriormente al duque de Guisa, enemigo encarnizado de la Corona. Cuando la reina Catalina le suplicó que abandonara la competencia, le respondió galantemente: “Combato por vos”. El conde de Lorges fue el último retado a duelo por el monarca: en un choque violento, la lanza del noble se quebró y la larga punta aguda de madera resbaló bajo la visera del rey, le perforó un ojo y penetró el cerebro.

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    Ante la angustia general, Catalina se hizo cargo de la situación. Tras las primeras curaciones, el rey no mejoraba, y se comprendió que una astilla había quedado dentro de su cerebro. Como no se sabía cómo proceder, el médico real, Ambroise Paré, pidió a la reina que hiciese salir de la prisión a tres o cuatro condenados a muerte, que los ejecutaran y le llevaran los cadáveres en el acto. Como practicaba la medicina experimental, Paré deseaba recrear la herida del rey en otras personas para saber cómo salvarlo. Armado de una lanza quebrada igual a la de Montgomery, Paré hundió violentamente la larga astilla de madera en el ojo del primer cadáver, pero juzgó que no era igual a la del rey. Repitió la operación con el segundo cadáver, pero no pudo emular las heridas.

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    En su desesperación, Catalina había hecho ejecutar a otros siete prisioneros. Ante el tercer cadáver, Paré produjo una herida idéntica a la que hacía agonizar al rey, revolvió en la herida y sentenció que no había forma de salvar a Su Majestad.

    El 9 de julio el agonizante Enrique II pidió que se celebrara la boda de Margarita con el duque de Saboya, ceremonia que se pareció más a un funeral que, según un cronista, se parecía “más un cortejo mortuorio y un funeral que cualquier otra cosa, pues, en lugar de oboes y violines, todo eran llantos, sollozos, tristeza y lamentos. Y, para que todavía se asemejara más a un entierro, se casaron poco después de medianoche…” Enrique II murió unas horas después del casamiento de su hermana, a los 42 años. Su viuda, la reina Catalina quedó absolutamente paralizada: la profecía de su astrólogo favorito, el Nostradamus, se había cumplido.

  • Dónde fue sepultado Jorge VI de Inglaterra, el padre de Isabel II, fallecido hace 69 años

    Hace 69 años, durante la noche del 6 de febrero de 1952, el rey Jorge VI, último hombre que ocupó el trono de Gran bretaña, falleció mientras dormía en una muerte que conmocionó a los británicos.

    El rey Jorge VI tenía 56 años y padecía problemas cardíacos y pulmonares que lo llevaron a suspender una gira por el continente africano en la que fue remplazado por su hija, la princesa Isabel. De la noche a la mañana, la princesa se convirtió en la reina Isabel II a los 25 años y emprendió un rápido regreso a Londres.

    Once días después, tras un impresionante cortejo fúnebre que paralizó Londres, el cuerpo del rey Jorge VI fue sepultado en las entrañas del Castillo de Windsor, más puntualmente en la cripta subterránea de la Capilla de San Jorge (St. George’s Chapel).

    Una lápida negra con la inscripción “GEORGE VI, 1894-1952” se encuentra actualmente en una capilla conmemorativa. Bajo el suelo de la capilla, los restos de Jorge VI descansan junto a los de su esposa, Isabel Bowes Lyon, y de su hija menor, la princesa Margarita, ambas fallecidas en 2002.

    La cripta de San Jorge, en Windsor, alberga hoy los restos de todos los monarcas del siglo XX, excepto uno: Eduardo VII y la reina Alejandra, Jorge V y la reina María, Jorge VI y la reina Isabel. También se encuentran allí las sepulturas de Jorge III y la reina Carlota, Jorge IV y los reyes Guillermo IV y Adelaida. Eduardo VIII, el rey que abdicó para casarse con una plebeya, descansa bajo la sombra de los árboles del parque que rodea el mausoleo real de Frogmore.

    En Windsor también se encuentran los huesos de Enrique VIII y el mutilado cadáver de Carlos I, a quien algunos días después de su ejecución en Londres llevaron en medio de una noche de tormenta de nieve a Windsor, fue depositado en la misma bóveda que Enrique VIII. Su féretro de plomo fue abierto en 1813 para satisfacer la curiosidad del entonces príncipe de Gales ante las dudas sobre el paradero de la cabeza del rey ejecutado.

    Lista de personas sepultadas en la capilla de San Jorge

    Tumba del rey Jorge V

    Rey Enrique VI (1471)

    Rey Eduardo IV (1483)

    Isabel Woodville, esposa de Eduardo IV (m. 1492)

    Enrique VIII (1547)

    Jane Seymour, tercera esposa de Enrique VIII (m. 1537)

    Carlos I (1649)

    Hijo sin nombre de la reina Ana (1696)

    Princesa Carlota de Gales, hija de Jorge IV (m. 1817)

    Hijo nacido muerto de la princesa Carlota de Gales (m. 1817)

    Princesa Amelia, hija de Jorge III (1810)

    Princesa Augusta, duquesa de Brunswick, hermana de Jorge III (1813)

    Carlota de Mecklemburg-Strelitz, esposa de Jorge III (1818)

    Príncipe Eduardo, duque de Kent, padre de la reina Victoria (1820)

    Rey Jorge III (1820)

    El príncipe Alfredo, hijo de Jorge III (1782, colocado en la bóveda de 1820)

    Príncipe Octavio, hijo de Jorge III (1783, colocado en la bóveda de 1820)

    Princesa Isabel de Clarence, hija de Guillermo IV (1821)

    Príncipe Federico, duque de York, hijo de Jorge III (1827)

    Príncipe Guillermo, duque de Gloucester (1805)

    Princesa María, duquesa de Gloucester, hija de Jorge III (m. 1807)

    Príncipe Guillermo, duque de Gloucester (1834)

    Princesa Sofía de Gloucester (1844)

    Princesa María, duquesa de Gloucester (1857)

    Rey Jorge IV (1830)

    Hija muerta del príncipe Ernesto Augusto, hijo de Jorge III (1818)

    Princesa Luisa, duquesa de Sajonia-Weimar, sobrina de la reina Adelaida (1832)

    Rey Guillermo IV (1837)

    Princesa Sofía, hija de Jorge III (1840)

    Adelaida de Sajonia-Meiningen, esposa de Guillermo IV (1849)

    Príncipe Federico de Schleswig-Holstein, hijo de la princesa Christian (1876)

    Rey Jorge V de Hannover, nieto de Jorge III de Inglaterra (1878)

    Victoria von Pawel Rammingen, hija de la princesa Frederica de Hannover (1881)

    Princesa María Adelaida, duquesa de Teck, madre de la reina María (1897)

    Príncipe Francisco, duque de Teck, padre de la reina María (1900)

    Princesa Federica de Hannover (1926)

    Príncipe Adolfo, duque de Cambridge, hijo de Jorge III (1850, colocado en la bóveda de 1930)

    Princesa Augusta, duquesa de Cambridge (1889, colocada en la bóveda de 1930)

    Rey Eduardo VII (1910)

    Alejandra de Dinamarca, esposa de Eduardo VII (1925)

    Rey Jorge V (1936, colocado allí en 1939)

    Reina María (1953)

    Rey Jorge VI (1952, enterrado en la capilla de 1969)

    Reina Isabel, esposa de Jorge VI (2002)

    Princesa Margarita, hija de Jorge VI (2002, cremada)

  • A 50 años de la muerte del duque de Windsor: el amargo ocaso de su viuda en manos de su ‘carcelera’ francesa

    El 28 de mayo de 1972, hace 50 años, el duque de Windsor, antiguo rey Eduardo VIII de Inglaterra, murió de cáncer de garganta en su casa de las afueras de París. El exmonarca, tío de la reina Isabel II, había renunciado al trono en 1936, provocando un cataclismo constitucional, y se había exiliado, en parte voluntariamente y en parte forzado, para que no hiciera sombra a su hermano y sucesor, Jorge VI.

    El antiguo rey, recibió un funeral simple en el castillo de Windsor, si pompas ni multitudes, y su viuda Wallis Simpson, duquesa de Windsor, fue recibida por la familia real por primera vez y alojada en el Palacio de Buckingham como huésped de Isabel II. Pero el futuro de la duquesa, a la que la corona nunca quiso otorgar el trato de “alteza real”, era tan sombrío como su aspecto el día del funeral.

    En una entrevista concedida a la escritora Anna Pasternak, la exsecretaria de los duques de Windsor, Johanna Schutz, recordó la visita que la reina Isabel II hizo a su tío en la casa Bois de Boulogne (afueras de París) diez días antes de que el duque muriera. “Esa visita fue histórica y sanadora Era muy importante porque el duque siempre decía que amaba a la reina”. De hecho, Schutz, dice que el duque había legado todo, una vez que la duquesa murió, de vuelta a la familia real. “Tenía una copia del testamento. Los Windsor querían que todo su dinero, joyas, pinturas y artefactos fueran devueltos a Gran Bretaña”.

    “Si este fiel gesto hubiera tenido lugar, ¿podría haber ayudado a cambiar la prensa negativa que los Windsor han soportado durante los últimos 40 años?”, se pregunta Pasternak. “Ciertamente habría sido inmensamente restaurador para las heladas relaciones de la realeza con Wallis, una vez que enviudó”. Trágicamente, sin embargo, los deseos del duque fueron borrados por la abogada parisina de los Windsor, Suzanne Blum, cuyo esposo había sido su abogado francés desde 1946 hasta su muerte en 1965, quien persuadió a Wallis para que la dejara hacerse cargo de todos sus asuntos legales una vez que envidudó. Esta mujer maquiavélica avivó los peores temores de la penuria de Wallis y tuvo un control despótico sobre la duquesa, “completamente afligida” después de la muerte del duque.

    Según Schutz, Blum detestaba a los británicos y quería que todo en el testamento de Wallis fuera para los franceses. “Blum realmente amenazó a la duquesa”, recuerda. “Ella le dijo que el gobierno francés la obligaría a abandonar la casa (donde vivían los Windsor libres de impuestos y rentas) a menos que ella legara todo al Instituto Louis Pasteur. Ella era totalmente amenazante”. Schutz hizo todo lo posible para cumplir los deseos del duque: “Tenía una enorme caja de insignias de diamantes del emperador de la India, que devolvimos a la casa real”, y fue gracias a ella que toda la correspondencia entre Eduardo y Wallis se salvó.

    Esta inquietante colección de cartas de amor que documentaron los tiempos turbulentos que soportaron fue presentada a Schutz por el mayordomo de los Windsor, George. “Vino a mí en 1976 con esta gran caja llena de todas sus cartas. Dijo que la duquesa quería que los quemara. Le dije: ‘No podemos quemar esto. Esto es historia’. Pero Blum se apoderó de las cartas y tan pronto como la duquesa murió, las hizo publicar. La duquesa nunca quiso eso”.

    A pesar de su exclusión de la familia real, Wallis todavía “quería que todas sus joyas volvieran a Gran Bretaña”, insiste Schutz. Conmovedoramente, Eduardo declaró en su testamento que nunca quiso que las joyas de la duquesa fueran vendida o usadas por otra mujer. “Eran para ella y para ella sola”, dijo Schutz. Muchas piezas tenían inscripciones personales como “Hold Tight” o “Somos nuestros”, como en su anillo de compromiso. Sin embargo, Blum desafió los deseos del duque y un año después de que Wallis muriera en 1986, toda la colección se vendió en Sotheby’s por £ 31 millones; los ingresos fueron destinados al Instituto Pasteur en lugar de ser entregadas a la familia real británica.

    Schutz, que durante mucho tiempo había sido testigo del tormento que Blum infligió a Wallis, intentó intervenir. En 1975, había planeado llevar a Wallis a vivir a Nueva York, en las Torres Waldorf. “Estábamos listas para partir, luego la duquesa sufrió una úlcera perforada porque Blum la había preocupado mucho. Fue entonces cuando comenzaron todos sus problemas. Después de eso, estaba demasiado enferma para viajar o imponer sus deseos”. Blum “encarceló” a Wallis, le prohibió ver a sus amigos y así su salud se deterioró rápidamente. “Informé a Sir Martin Charteris y le pedí que enviara un médico y un abogado para hacer un nuevo testamento”, dice Schutz.

    “El abogado de la Reina vino a París con un médico y Blum no los dejó pasar”, cuenta Schutz, y agrega que las enfermeras contratadas por Blum comenzaron a “drogar a la duquesa”. Mientras tanto, Blum vació la mansión parisina, vendiendo sus hermosos tesoros. “La duquesa diría: ‘¿Por qué no bajamos y cenamos en la biblioteca?’ Tenía que decir: ‘Eres demasiado frágil. No tiene calefacción. Cualquier excusa para que ella no supiera la verdad”. Se informó que Schutz fue despedida por Blum en 1978 con el argumento de que era “inestable” pero ella cuenta que cuando le ofrecieron un nuevo contrato se negó a aceptarlo a menos que trabajara solo trabajaría para la duquesa, no para Blum.

    Finalmente Schutz abandonó el servicio de la duquesa cuando, senil y demacrada, ya no pudo reconocerla. La duquesa murió, lamentable y sola, ocho años después en 1986 y fue sepultada en el cementerio real de Frogmore, en el castillo de Windsor. “Ella sufrió mucho. Fue desgarrador para mí”, dice Schutz. “Es una pena. Si tan solo la familia real la hubiera conocido. La duquesa era una mujer maravillosa”, reflexionó al final de la entrevista.