Por Darío Silva D’Andrea, editor de Monarquias.com
En marzo de 1917, Jorge V recibió con estupor las noticias de que su “querido primo Nicky”, el zar Nicolás II de Rusia, había sido forzado a abdicar después de la revolución en gran medida por estar casado con una alemana. El rey, que culpaba a la zarina Alejandra del “caos que impera actualmente en Rusia”, emparentaba por doble vía con los herederos de los Romanov: Nicolás II era hijo de la zarina viuda María, hermana de la reina Alejandra; su esposa, Alix de Hesse, era hija de la princesa Alicia, hermana del rey Eduardo VII. A principios de siglo, los dos primos reales, ambos nietos del rey Christian IX de Dinamarca, estaban muy unidos y se llevaban extraordinariamente bien. A todos les resultaba muy divertido que los jóvenes, de bellos ojos azules y barbudos, fueran tan parecidos físicamente. Se fueron de vacaciones juntos, se aconsejaron mutuamente y se supo (y existen las cartas para demostrarlo) que se amaron mucho el uno al otro.
“Entre él y su primo hermano Nicky existía un fuerte lazo afectuoso”, escribió el hijo mayor de Jorge V; “se escribían con regularidad; ambos usaban barbas muy parecidas y personales, y cuando eran jóvenes se asemejaban considerablemente. Cuando, siendo zarevich, estuvo el primo Nicky en Londres en 1893 para asistir a la boda de mi padre, un bien intencionado diplomático confundió a mi padre con el ruso y le preguntó si había venido especialmente para la boda del duque de York. A mi padre le gustaba recordar la confusión del avergonzado diplomático cuando él le respondió: ‘El duque de York soy yo, y supongo que asistiré a mi propia boda’”.
Pero el escándalo formaba parte del existir de la dinastía Romanov y la reina Victoria se refirió a sus parientes rusos como “oscuros e inestables con falta de principios”. Para los rusos, la princesa Alix de Hesse, aunque nieta de la reina británica, era una detestable alemana a la que llegaron a acusar de los más horribles pecados. La Gran Guerra con Alemania y Turquía sumió a la dinastía rusa en una catástrofe y las humillaciones superaron las victorias en el campo de batalla y las bajas rusas se dispararon rápidamente a dos millones de un ejército de seis millones. Las fuerzas del káiser alemán invadieron vastas extensiones de territorio ruso y se hizo evidente que la nación se enfrentaba a una derrota abyecta. La escasez de alimentos provocó huelgas y manifestaciones callejeras violentas, motines generalizados tanto en el ejército como en la marina, y el sentimiento popular se volvió contra la familia imperial, especialmente contra la zarina. Nicolás II, que nunca se sintió preparado para reinar, tenía poco conocimiento o comprensión de cómo vivía la gran mayoría de sus súbditos, por lo que (mal aconsejado) respondió con extrema fuerza, dejando a miles de manifestantes muertos y provocando más ira y oposición.
Cuando el zar tuvo que abandonar el palacio para encabezar el ejército, Alejandra asumió el control del Gobierno con el único consejo de su fiel amigo y consejero espiritual Gregory Rasputin, en quien confiaba ciegamente. El dúo fue destituyendo a personalidades importantes del Gobierno hasta llegar, incluso, a disolver la Duma, provocando un estallido de indignación. Los rusos se encontraban absolutamente molestos con la torpe influencia que el monje ejercía sobre Alejandra y ella, a su vez, sobre el zar. Los enemigos de la zarina decían que, entre 1915 y 1917 “Rusia tuvo cuatro primeros ministros, cinco ministros del Interior, cuatro ministros de Religión, cuatro ministros de Justicia, tres ministros de Agricultura, tres ministros de Relaciones Exteriores y cuatro ministros de guerra. Veintisiete hombres ocuparon esos cargos en un período de veinte meses” y, de todos ellos, “cuatro cargos ministeriales deben de haber cambiado de manos debido a Rasputin”.
Al quedarse sin apoyo, Nicolás abdicó el 16 de marzo de 1917, para ser reemplazado por un gobierno provisional de socialistas bajo Alexander Kerensky. Al conocer la noticia, Jorge V confió en su diario que “Nicky ha sido débil pero Alicky es la causa de todo”. Compartía la opinión de su secretario privado, Lord Stamfordham, quien le habló francamente sobre la zarina Alejandra diciéndole: “Además de ser alemana de nacimiento, la emperatriz lo es de sentimiento. Ha hecho cuanto ha podido para propiciar pactos con Alemania. Hoy se la considera una criminal, o una loca criminal”. En esto coincidían con el káiser, que odiaba a Alix y su familia y ya en 1905 le había advertido a Nicolás II que su vida corría “un grave peligro” si seguía escuchando a su esposa. Guillermo II llegó a lamentar: “¡¿La pequeña princesa de Hesse, que nunca supo nada de política, está dando asesoramiento político?!” Cuando la familia imperial fue sacada del palacio y exiliada primero a Siberia y luego a los Urales por los revolucionarios, Jorge V ya temía por la suerte de su primo y le escribió una carta de inmediato: “Mis pensamientos están constantemente contigo. Y siempre seré tu verdadero y devoto amigo”.
Cuando Nicky y Alix clamaron al Reino Unido que les ayudaran a escapar y les dieran asilo, el gobierno británico se mostró dispuesto a recibirlos, aunque la histeria antialemana no había disminuido en absoluto. Se trataba de una operación delicada y se planificó la fuga real de forma rápida y discreta: la familia imperial debía llegar a Murmansk en la costa norte de Rusia, donde un acorazado británico los llevaría rápidamente a Escocia. Allí, podrían vivir pacíficamente en el castillo de Balmoral. Pero Jorge V ya había caído bajo la influencia de su secretario privado, Lord Stamfordham, y se opuso a la idea, atento a los temores que le infundieron sobre una potencial revolución contra la familia real.
El secretario del rey escribió a Downing Street advirtiendo que los monarcas rusos serían “rechazados enérgicamente por el público y sin duda comprometerían la posición del rey y la reina”. “Como bien sabe usted, desde el principio el rey piensa que la presencia de la familia imperial (especialmente de la emperatriz) resultaría… incómoda para nuestra familia real”, le escribió al primer ministro, David Lloyd George. El gobierno decidió entonces que su gobierno no podía ofrecer hospitalidad a personas cuyas “simpatías pro-alemanas eran bien conocidas”. Con tacto, en el lenguaje más cortés posible, la oferta del gobierno fue retirada y se ordenó al embajador británico, Sir George Buchanan, que informara a los Romanov que no serían recatados. El diplomático dijo que “apenas pudo contener sus emociones” al saber que el gobierno británico dejaría a las cuatro hijas adolescentes y al niño heredero de los zares en manos de los revolucionarios.
La historiadora Anne Edward relata que el gobierno provisional ruso se mostró interesado en que el Reino Unido evacuara a la familia imperial a mediados de 1917 y publicó una carta del líder del gobierno, Kerenski: “Le preguntamos a Sir George Buchanan [embajador inglés en Rusia] cuándo se podría enviar un crucero para llevar a bordo al gobernante depuesto y su familia. Simultáneamente, se obtuvo una promesa del gobierno alemán a través del ministro danés, Skavenius, de que los submarinos alemanes no atacarían el buque de guerra en particular que transportaba a los exiliados reales. Sir George Buchanan y nosotros esperábamos con impaciencia una respuesta de Londres. Y no recuerdo exactamente si fue a fines de junio o principios de julio cuando el embajador británico llamó, muy angustiado… Con lágrimas en los ojos, sin poder controlar sus emociones, Sir George nos informó… la negativa final del gobierno a dar refugio al ex emperador de Rusia… Puedo decir definitivamente que esta negativa se debió exclusivamente a consideraciones de política interna británica”.
En la noche del 16 al 17 de julio de 1818, los siete miembros de la familia imperial (los zares, sus cuatro hijas y el heredero al trono, el hemofílico Alexei) fueron llevados a un sótano de la casa donde estaban prisioneros en Ekaterimburgo y asesinados a tiros por un pelotón de fusilamiento por orden del fundador de la Unión Soviética, Vladimir Lenin. El comandante Yakov Yurovsky, jefe de los carceleros, le dijo al zar: “Tus parientes han tratado de salvarlos, pero fracasaron, y ahora tenemos que darles muerte”.
Los cuerpos de los Romanov, junto a los de sus sirvientes Yevgeny Botkin, Anna Demidova, Aloizy Trupp, e Ivan Kharitonov, fueron posteriormente enterrados en pozos de minas de los Montes Urales y rociados con ácidos para destruirlos por completo y no serían encontrados hasta 1991. El periódico moscovita Izvestia, controlado por los bolcheviques, celebró lo que llamó la “ejecución de Nicolás, el sangriento asesino coronado, fusilado sin formalidades burguesas pero de acuerdo con nuestros nuevos principios democráticos”. Las órdenes que aprobaban la “liquidación” de la familia imperial fueron enviadas desde el Kremlin al Soviet Regional de los Urales, cuyos pistoleros llevaron a cabo la instrucción, después de que el se decidiera que “existe un grave peligro de que el ciudadano Romanov caiga en manos de los contrarrevolucionarios”. Al enterarse de los asesinatos, Jorge V escribió en su diario: “Nicky, que era el hombre más amable, un caballero íntegro, amaba a su país y su gente… ¡Y esos pobres niños inocentes!”
“El rey tenía mala conciencia por no haber socorrido a los Romanov, que habían sido ejecutados sin duda por orden de Lenin. Todo el mundo, tanto la familia real —es decir los primos del zar depuesto— como el gobierno se habían estado pasando la pelota, pero sin aportar soluciones. ¿Dónde podrían vivir? ¿En qué condiciones? ¿Con qué medios? De hecho se abandonó a la familia imperial en manos de los soviets a causa del cansancio de la opinión pública británica, ya abrumada por sus propios problemas en 1917. La influencia de la Revolución bolchevique en Petrogrado había sido vista como peligrosa, por supuesto, pero muchos británicos, apegados al principio de la monarquía parlamentaria, no eran favorables a acoger a un soberano considerado autoritario y pequeñoburgués, sobrepasado por su misión y por la propia situación”. (Jean Des Cars)
¿Fue Jorge V el responsable de la terrible ejecución de los Romanov? Es cierto es que los revolucionarios jamás hubieran permitido que la familia imperial se fuera de Rusia. Además, es posible que el zar Nicolás, por más desesperada que fuera su situación, se hubiera negado a abandonar su país y que su devota esposa y sus cinco hijos jamás hubieran querido dejarlo solo en Rusia. El príncipe de Gales sostuvo toda su vida que su padre hizo todo lo posible por salvar a la familia imperial y escribió: “La revolución rusa de 1917, con el asesinato del zar Nicolás II y su familia, había debilitado la confianza de mi padre en la innata decencia de la Humanidad (…) Siempre he tenido la impresión de que justo antes de que los bolcheviques se apoderaran de la persona del zar había proyectado mi padre salvarle con un crucero británico, pero este plan fue obstruido de alguna forma. En todo caso, a mi padre le dolió que la Gran Bretaña no hubiera movido un dedo para salvar a su primo Nicky. ‘¡Estos políticos…!, solía decir. Si se hubiese tratado de uno de ellos hubieran actuado de prisa, ¡pero como el pobre hombre no era más que un emperador….!’ Incluso después de haber reconocido el gobierno británico a la URSS, tardó bastante en resolverse a recibir al embajador soviético”.
Sin embargo, muchos culparon al monarca británico por su atroz final. El gran duque Dimitri Pavlovich, primo hermano del zar, culpó directamente al rey de las ejecuciones de la familia imperial porque no les concedió un refugio seguro cuando había tiempo para hacerlo. En su diario personal, Dimitri, que sobrevivió a la purga de los Romanov cuando fue exiliado al frente persa a fines de 1916 por su participación en el asesinato del místico ruso Rasputín, acusó al rey de no haber “movido un dedo para salvar a Nicky y su familia”: “¡Es un sinvergüenza! ¡Dios quiera que este desgraciado de Jorge no sea perdonado por los rusos!”
Nadie puede asegurar si Jorge V tuvo remordimientos por no haber salvado a sus primos, pero quiso enmendar la situación al ayudar a salir de Rusia a la emperatriz viuda María (la tía Minnie), hermana de la reina Alejandra. Hasta entonces, la madre de Nicolás se había refugiado en Crimea, bajo la protección del káiser, pero cuando la monarquía alemana cayó y la guerra civil se intensificó, hubo que salir corriendo. Finalmente, en abril de 1919, el gobierno británico se ofreció a salvar a la emperatriz, a su hija Xenia y otros familiares a bordo de un buque de la marina. Cauteloso, Jorge V ordenó que la llegada de la emperatriz viuda a Portsmouth fuera lo más discreta posible: “El rey desea que no haya ceremonias de ningún tipo, saludos, guardias de honor, reporteros de prensa ni fotógrafos presentes”, decía un telegrama del palacio. La tía Minnie pasó algunos años en Inglaterra, bajo la protección de su sobrino, y finalmente volvió a su Dinamarca natal, donde murió a los 80 años en 1928. Hasta el último día de su vida se negó a aceptar el asesinato de su hijo Nicolás y de sus nietos, cuyos restos jamás pudo recuperar.