Categoría: SECRETOS CORTESANOS

  • La infanta Paz de Borbón: una vida de escritos, pacifismo y amor

    En el Palacio Real de Madrid, el 23 de junio de 1862, nació María de la Paz de Borbón y Borbón, una infanta de España cuya vida estaría marcada por el exilio, el amor y un compromiso inquebrantable con la paz y la cultura. Hija de la reina Isabel II y, según rumores, del político Miguel Tenorio de Castilla, Paz creció en un mundo de intrigas palaciegas y convulsiones políticas. Su historia, tejida con hilos de resiliencia y creatividad, se narra a través de sus propias memorias y crónicas de la época, como las publicadas en ABC y Hola.

    Apenas un día después de su nacimiento, Paz fue bautizada con urgencia por el arzobispo de Toledo, un reflejo de la fragilidad de la vida en la realeza del siglo XIX, donde varios de sus hermanos no sobrevivieron la infancia. A los seis años, la Revolución Gloriosa de 1868 destronó a su madre, forzando a la familia a huir a Francia. En su diario, Paz recordaría aquellos días en San Sebastián: “Nos llevaron al exilio con prisas, cruzando la frontera como si fuéramos sombras“. En París, se educó en el colegio del Sagrado Corazón, donde desarrolló su amor por la pintura, la música y la literatura, intereses que la acompañarían toda su vida.

    Paz de Borbón: “He visto caer imperios y nacer esperanzas, pero siempre creí en la bondad humana”

    La infanta Paz de Borbón
    La infanta Paz de Borbón, nacida en 1862, hija de Isabel II, vivió dedicada a la familia, el arte y la caridad, destacándose por su sensibilidad y compromiso social.

    De regreso a España tras la restauración de su hermano Alfonso XII en 1876, Paz enfrentó la pérdida de su hermana Pilar en 1879, un golpe que marcó su juventud. “Pilar era mi confidente, mi refugio”, escribió en De mi vida. Impresiones (1909). Decidida a no aceptar un matrimonio de conveniencia, como el de su hermana Isabel, Paz encontró en su primo Luis Fernando de Baviera un alma gemela. En 1883, se casaron en Madrid, un matrimonio por amor, algo raro en su círculo. “Prometí hacer feliz a mi esposo, y él a mí, sin importar los títulos“, anotó Paz en sus memorias.

    La pareja se instaló en el palacio de Nymphenburg, en Múnich, donde Paz se convirtió en princesa de Baviera. Allí, su vida se llenó de proyectos culturales y caritativos. Fundó el Pedagogium, una escuela para niños españoles desfavorecidos, y promovió a artistas como Richard Strauss, quien le dedicó su poema sinfónico Don Quijote de la Mancha. Su pasión por la escritura la llevó a publicar en el diario madrileño ABC desde 1914, con artículos como De mi vida. Impresiones, y libros como Roma Eterna (1922) y Cuatro revoluciones e intermedios (1935). En este último, reflexionó: “He visto caer imperios y nacer esperanzas, pero siempre creí en la bondad humana”.

    La infanta Paz de Borbón
    Casada con Luis Fernando de Baviera, Paz de Borbón residió en Múnich, donde fomentó la cultura, apoyó obras benéficas y mantuvo fuertes lazos con España hasta su muerte en 1946.

    Paz de Borbón: “La verdadera nobleza está en el corazón, no en la corona”

    Paz no solo fue una escritora prolífica, sino también una ferviente pacifista. Junto a su hija Pilar, participó en congresos internacionales por la paz, como los de París (1921) y Londres (1924). Konstanze Hallgarten, en sus memorias de 1954, la describió como “una princesa de pura sangre española, pero con un corazón universal, una auténtica pacifista“. Su activismo la puso en la mira de la Gestapo durante el auge del nazismo, que restringió su correspondencia con España, salvo con su sobrino Alfonso XIII. En 1945, tras la ocupación de Múnich por los estadounidenses, Paz enfrentó un robo a mano armada en su hogar. Con calma, relató su nieto Constantino: “Entregó sus joyas y dijo en inglés: ‘Qué curioso, siempre creí que las de mi madre eran auténticas’“.

    A pesar de las turbulencias, Paz mantuvo su serenidad. Coleccionista de monedas antiguas y aficionada a la arqueología, dejó un álbum de dibujos en la Biblioteca Nacional de España. Su vida terminó trágicamente en 1946, tras una caída en las escaleras de Nymphenburg. Murió a los 84 años, rodeada del cariño de los republicanos exiliados en Múnich, quienes llevaron su féretro a hombros, desafiando a las autoridades. La infanta hoy es recordada como puente entre España y Baviera, una defensora de la paz y una narradora de su tiempo. Su legado, como escribió en Cuatro revoluciones, es un testimonio de que “la verdadera nobleza está en el corazón, no en la corona”.

    La infanta Paz de Borbón
    Como autora de memorias y poesías, Paz de Borbón reflejó su vida cortesana y exilio, dejando un legado de fortaleza, devoción familiar y amor por la literatura española.

    Artículo original de Monarquias.com

  • Ena de Battenberg: la reina que luchó por ser feliz en España inspira una serie de TV

    Victoria Eugenia de Battenberg (1887-1969), conocida cariñosamente como Ena, fue reina consorte de España desde su matrimonio con Alfonso XIII en 1906 hasta la proclamación de la Segunda República en 1931. Su vida, marcada por desafíos personales y políticos, es el eje de la nueva serie de la cadena pública española TVE, “Ena”, que se estrenó mundialmente el 21 de octubre de 2024 en MIPCOM Cannes y pronto llegará a las pantallas españolas. Basada en la novela homónima de la historiadora Pilar Eyre, la serie, creada por Javier Olivares y dirigida por Anaïs Pareto y Estel Díaz, retrata a una mujer moderna en un entorno tradicional, navegando entre el amor, la tragedia y la lucha por la supervivencia de la monarquía.

    Nacida el 24 de octubre de 1887 en el Castillo de Balmoral, Escocia, Victoria Eugenia era hija de Enrique de Battenberg y Beatriz, hija menor de la reina Victoria del Reino Unido. Creció en un ambiente victoriano estricto, en residencias reales como Windsor y Osborne. Su infancia estuvo marcada por la muerte de su padre en 1896 y una conmoción cerebral severa a los seis años, que dejó secuelas físicas. En 1905, durante una fiesta en Biarritz organizada por su tío Eduardo VII, conoció a Alfonso XIII, quien, a pesar de la oposición de su madre, María Cristina, la cortejó. La reina madre desaprobaba la unión debido al linaje menor de los Battenberg y al riesgo de hemofilia en la familia. Sin embargo, Victoria Eugenia se convirtió al catolicismo y fue elevada a Alteza Real, allanando el camino para su boda el 31 de mayo de 1906 en Madrid.

    Victoria Eugenia de Battenberg
    La serie Ena de TVE retrata su vida moderna y progresista, destacando su labor filantrópica y su lucha en una corte tradicional.
    Victoria Eugenia de Battenberg
    La serie Ena, rodada en palacios históricos, combina rigor histórico y narrativa emocional, posicionando a Victoria Eugenia como símbolo de resiliencia y modernidad.

    El día de su boda, Victoria Eugenia enfrentó un atentado perpetrado por el anarquista Mateo Morral, quien lanzó una bomba contra el carruaje real, causando decenas de víctimas. Aunque ilesa, la reina apareció ante los invitados con su vestido ensangrentado, un presagio de las dificultades que marcarían su vida. Su matrimonio con Alfonso XIII, inicialmente idílico, se deterioró por las infidelidades del rey y la tragedia de la hemofilia, que afectó a dos de sus hijos, Alfonso y Gonzalo. La serie Ena explora cómo estas tensiones personales se entrelazaron con la inestabilidad política de España, desde la dictadura de Primo de Rivera hasta la Guerra Civil. Según Kimberley Tell, quien interpreta a Ena, “los baches y las traiciones del matrimonio influyeron en el destino del país”.

    Victoria Eugenia destacó por su mentalidad progresista, siendo un icono de moda y defensora de la liberación femenina. Fumaba, practicaba deportes como el golf y se interesaba por la política, actitudes que le valieron críticas por ser “demasiado moderna”. Pilar Eyre, autora de la novela que inspira la serie, la describe como “culta, solidaria, de mentalidad liberal, moderna y muy leal”. Su labor filantrópica, especialmente en la regeneración de la Cruz Roja, marcó su legado. Sin embargo, nunca se sintió plenamente aceptada en la corte española, en parte por su origen extranjero y su dificultad con el idioma. Tell, de ascendencia anglo-danesa, conecta con este aspecto: “Al marcharte a otro país, nunca te sientes del todo integrado”.

    Victoria Eugenia de Battenberg
    Victoria Eugenia de Battenberg, reina de España, enfrentó un matrimonio trágico con Alfonso XIII, marcado por infidelidades y la hemofilia de sus hijos.
    Victoria Eugenia de Battenberg
    Exiliada tras la Segunda República, preservó la dinastía borbónica, regresando a España en 1968 para el bautizo de Felipe VI.

    Tras la proclamación de la Segunda República en 1931, Victoria Eugenia y Alfonso XIII se exiliaron. La reina se dedicó a preservar la educación monárquica de sus hijos y nietos, asegurando la continuidad de la dinastía borbónica. Vivió en Lausana, Suiza, donde falleció el 15 de abril de 1969. Su regreso a España en 1968, para el bautizo de Felipe VI, fue un momento simbólico. La serie, rodada en escenarios como el Palacio Real de Madrid y el Palacio de la Magdalena, refleja esta trayectoria desde 1905 hasta 1945, destacando su resiliencia en una época convulsa. Javier Olivares subraya que Ena “luchó por ser feliz en una época amarga” marcada por dos guerras mundiales y la Guerra Civil.

    Ena ha generado gran expectación. Con un reparto liderado por Kimberley Tell como Victoria Eugenia y Joan Amargós como Alfonso XIII, la serie combina rigor histórico con una narrativa emocional. Rodada en palacios históricos, su vestuario utiliza materiales de época, y la música de la cabecera, compuesta por Tell, refuerza su autenticidad. Presentada en Cannes como parte del programa España País de Honor, Ena destaca el auge del audiovisual español.

    Artículo original de Monarquias.com

  • Antes de Camilla vivió Adelaida, la última Reina de Inglaterra que no fue madre de un rey

    En los anales de la realeza británica, la reina Adelaida de Sajonia-Meiningen destaca como una figura de resiliencia silenciosa, cuya vida estuvo marcada por el deber, la tragedia y una calidez inesperada que la hizo querida por quienes la conocieron mejor. Nacida el 13 de agosto de 1792 en el pequeño y liberal ducado de Sajonia-Meiningen, Adelaida Amelia Luisa Teresa Carolina fue la hija mayor de Jorge I, duque de Sajonia-Meiningen, y Luisa Eleonora de Hohenlohe-Langenburg. Sus primeros años estuvieron marcados por un entorno progresista, ya que Sajonia-Meiningen permitía una prensa libre y críticas a sus gobernantes, algo raro entre los estados alemanes. Poco se documenta sobre su infancia, pero su educación fue completa para una princesa de su tiempo, incluyendo instrucción religiosa y exposición a los clásicos, preparándola para una vida que la llevaría inesperadamente al trono británico.

    Adelaida de Sajonia-Meiningen y el duque de Clarence: un matrimonio nacido de la necesidad

    La vida de Adelaida cambió drásticamente en 1818 tras la muerte de la princesa Carlota, la única nieta legítima del rey Jorge III, en el parto en 1817. Esta tragedia dejó a la monarquía británica sin un heredero claro, lo que llevó a los hijos solteros de Jorge III a buscar esposas adecuadas. A los 25 años, Adelaida recibió una propuesta del príncipe Guillermo, duque de Clarence, un hombre 27 años mayor que ella, con diez hijos ilegítimos de su relación con la actriz Dorothea Jordan. Aunque no fue la primera opción de Guillermo, la naturaleza amable de Adelaida y su disposición a aceptar a sus hijos la convirtieron en una candidata ideal. “Está condenada, pobre e inocente criatura, a ser mi esposa,” escribió Guillermo a su hijo mayor, reflejando su inicial reticencia, mitigada por promesas parlamentarias de saldar sus deudas.

    El 11 de julio de 1818, Adelaida se casó con Guillermo en una boda doble en el Palacio de Kew, junto al príncipe Eduardo, duque de Kent, y Victoria, princesa viuda de Leiningen. La ceremonia fue modesta, eclipsada por la urgencia de asegurar la sucesión. A pesar de la diferencia de edad y el comportamiento rudo de Guillermo, el temperamento tranquilo de Adelaida obró maravillas. “La famosa calma de la nueva duquesa de Clarence tuvo un efecto increíblemente positivo en el rudo Guillermo,” señala la historiadora Catherine Curzon. Ella moderó sus excesos, mejoró sus modales y acogió a sus hijos FitzClarence, creando un hogar estable en Clarence House y Bushy House.

    La duquesa de Clarence, una vida de pérdidas

    La reina Adelaida (1792-1849), esposa del rey Guillermo IV de Inglaterra
    La reina Adelaida (1792-1849), esposa del rey Guillermo IV de Inglaterra

    Como duquesa de Clarence, Adelaida enfrentó la inmensa presión de producir un heredero. Su primer embarazo en 1819 terminó en tragedia cuando su hija, Carlota Augusta Luisa, nació prematuramente y murió horas después. Le siguió un aborto espontáneo, y en 1820 dio a luz a Isabel Georgiana Adelaida, quien parecía robusta pero falleció de inflamación intestinal a los tres meses. En 1822, nacieron gemelos varones muertos, y otro posible embarazo ese año no prosperó. “Los siguientes años de la vida de Adelaida estuvieron llenos de tragedia,” escribe Factinate, destacando el impacto emocional de estas pérdidas. A pesar de su dolor, Adelaida permaneció dedicada a sus hijastros y mostró interés por su sobrina, la princesa Victoria, hija de la duquesa de Kent.

    La relación de Adelaida con la duquesa de Kent fue tensa. La duquesa, ambiciosa por el futuro de su hija, se negó a reconocer la precedencia de Adelaida, ignoró sus cartas y monopolizó los espacios reales. Esta disputa se intensificó cuando Guillermo, que se convirtió en heredero presunto tras la muerte de su hermano Federico en 1827, llegó a detestar a su cuñada. Sin embargo, Adelaida mantuvo una actitud amable hacia Victoria, fomentando un vínculo que perduraría.

    Adelaida, reina consorte: dignidad, serenidad y gracia

    Cuando Jorge IV murió en 1830, Guillermo ascendió como rey Guillermo IV, y Adelaida se convirtió en reina consorte. Coronada el 8 de septiembre de 1831, fue elogiada por su dignidad, serenidad y gracia. Su piedad y modestia ganaron el afecto del público, aunque sus opiniones conservadoras tories y los rumores de interferencia política durante los debates de la Ley de Reforma generaron críticas. “La supuesta interferencia de la reina Adelaida en política la hizo impopular con el público británico,” observa el National Portrait Gallery, pero su labor caritativa —donando gran parte de los ingresos de su casa a causas que apoyaban a mujeres y huérfanos— redimió su reputación.

    La corte de Adelaida reflejaba sus valores. Se negaba a permitir la asistencia de mujeres de dudosa virtud, lo que le valió el apodo de “puritana” de Charles Greville, secretario del Consejo Privado, quien señaló: “La reina es una puritana y se niega a que las damas asistan a sus fiestas con escotes”. Su devoción por Guillermo fue inquebrantable, especialmente cuando su salud decayó. En abril de 1837, Adelaida cayó gravemente enferma mientras asistía al lecho de muerte de su madre en Meiningen, pero se recuperó para cuidar a Guillermo en sus últimos días. Cuando él murió de insuficiencia cardíaca el 20 de junio de 1837, ella permaneció a su lado durante diez días y noches sin dormir, un testimonio de su lealtad.

    Un retiro silencioso y un fuerte vínculo con su sobrina, la reina Victoria

    Como reina viuda, la primera en más de un siglo, Adelaida sobrevivió a Guillermo por doce años. Se retiró de la vida pública, trasladándose a Marlborough House y más tarde a Bentley Priory, donde falleció el 2 de diciembre de 1849. Su salud, siempre frágil, la llevó a viajar a climas más cálidos como Malta e Italia. “La reina viuda, que seguía sufriendo de mala salud, pasó la mayor parte de su tiempo viajando de un clima cálido a otro”. observa Factinate. Mantuvo su labor caritativa, ganándose admiración por su generosidad. Su funeral, según sus deseos, fue sencillo: “Muero en toda humildad… libre de las vanidades y pompas de este mundo,” escribió en 1841.

    La relación de Adelaida con su sobrina, la reina Victoria, fue un pilar de su vida. A pesar de la brecha con la duquesa de Kent, Adelaida trató a Victoria con amabilidad, escribiendo con afecto tras la muerte de su hija Isabel: “Mis hijos han muerto, pero tu hija vive, y ella también es mía.” Victoria correspondió a este cariño, nombrando a su primera hija, Victoria Adelaida María Luisa, en su honor y eligiendo a Adelaida como madrina. “Hemos perdido a la más amable y querida de las amigas,” escribió Victoria al rey de Bélgica el 11 de diciembre de 1849, llorando la muerte de Adelaida. Su vínculo perduró, con Adelaida asistiendo a la boda de Victoria y haciendo apariciones públicas, como la colocación de la primera piedra de una iglesia en 1849.

    El legado de Adelaida perdura en la ciudad de Adelaida, Australia del Sur, nombrada en su honor en 1836, y en la fuerza silenciosa que aportó a una era real tumultuosa. Su vida, marcada por pérdidas personales y un deber público, sigue siendo un testimonio de resiliencia y compasión, como señala la historiadora Joanna Richardson: “El sentimiento universal de tristeza, de pesar y de verdadera apreciación por su carácter es muy conmovedor y gratificante

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes: Factinate, National Portrait Gallery, History Today, WikiTree, Royal Central, Britain Express, City of Adelaide, History of Royal Women, Madame Gilflurt, European Royal History, Stanmore Tourist Board

  • La duquesa viste a la moda: Marina de Kent, princesa “chic” que redefinió la elegancia real

    En una era en la que la moda real se ha convertido en un fenómeno global, pocos nombres resuenan con la misma distinción atemporal que el de la princesa Marina, duquesa de Kent. Nacida en 1906 como princesa de Grecia y Dinamarca, su llegada a la familia real británica en 1934 marcó un hito en la historia de la moda y la percepción pública de la monarquía. 

    Con su estilo sofisticado y su presencia magnética, Marina no solo capturó la imaginación de una nación, sino que estableció un estándar de elegancia que sigue inspirando décadas después de su muerte en 1968. Como escribe Christopher Warwick en su biografía George and Marina: Duke and Duchess of Kent, los duques “eran la pareja dorada de su generación, sofisticada y elegante, con un verdadero estatus de estrella de cine”.

    Compromiso con el duque de Kent: entrada triunfal a la escena social británica

    Marina, duquesa de Kent
    Marina, duquesa de Kent. Foto: Royal Collection Trust

    Cuando Marina llegó a Londres en 1934 para casarse con el príncipe Jorge, Duque de Kent, cuarto hijo del Rey Jorge V, el público británico quedó inmediatamente cautivado. Su boda, descrita por el historiador Edward Owens como un momento que “revolucionó el enfoque real hacia los medios”, fue un espectáculo de estilo y glamour. Marina, con su porte aristocrático y su belleza serena, se convirtió en un ícono instantáneo. El periodico The News of the World la describió en ese entonces como poseedora de “ese indefinible calidad conocida como ‘chic’”, añadiendo que era “la envidia y admiración de todo París”.

    Su guardarropa, una fusión de elegancia parisina y practicidad británica, fue clave para su impacto. Como señala un artículo de The Telegraph, Marina “popularizó los vestidos de algodón para ayudar a la industria del algodón de Lancashire y continuó haciendo que el uso de pantalones fuera aceptable”. Sus sombreros tipo pillbox, usados con un ángulo distintivo, y sus vestidos con siluetas drapeadas se convirtieron en tendencias que definieron una época. La joven Princesa Margarita, sobrina de Marina, quedó tan impresionada que, según Warwick, exclamó: “Cuando crezca, me vestiré como lo hace la tía Marina”.

    El joyero de Marina, duquesa de Kent

    Marina, duquesa de Kent
    Marina, duquesa de Kent. Foto: Royal Collection Trust

    El estilo de Marina no se limitaba a la ropa; sus joyas eran igualmente legendarias. Como detalla Hancocks Jewellers, “Marina poseía algunas de las mejores joyas de su era”. Entre los regalos de su boda, destacó una tiara de flecos de diamantes obsequiada por el Lord Mayor y los ciudadanos de Londres, que aseguraba su velo nupcial. Esta pieza, junto con un collar de diamantes ofrecido por el Rey Jorge V y una parure de diamantes y zafiros de la reina María, consolidó su imagen como una figura de opulencia y gusto refinado. Su nieta, Lady Marina Windsor, comentó en una entrevista: “Era la mujer más elegante que he conocido, y una en la que he intentado, sin éxito, emular”.

    Tras la trágica muerte de su esposo en un accidente aéreo en 1942, Marina continuó siendo una figura central en la vida pública británica. Su apartamento en el Palacio de Kensington, decorado con la ayuda del diseñador Felix Harbord, se convirtió en un escaparate de su gusto impecable. Como describe Royal Central, “Marina fue la primera ícono de la moda real moderna”. Su capacidad para combinar elegancia con accesibilidad la hizo querida por el público y admirada por los medios. Durante las décadas de 1950 y 1960, apareció regularmente en publicaciones como Vogue, Tatler y Bazaar, consolidando su lugar en las listas de las mejor vestidas del mundo. En 1960, fue incluida en el International Best Dressed List Hall of Fame, junto a figuras como la princesa Grace de Mónaco.

    Marina, duquesa de Kent
    Marina, duquesa de Kent. Foto: Royal Collection Trust

    El impacto de Marina trascendió su propia generación. Su nuera, Katharine, Duquesa de Kent, adoptó un estilo inspirado en el de Marina, y su hija, Lady Helen Taylor, continuó la tradición con un enfoque más fluido y moderno. Incluso la princesa de Gales, entonces duquesa de Cambridge, rindió homenaje a esta herencia al usar un vestido floral de Erdem que Katharine había lucido previamente, demostrando que el gusto impecable de Marina sigue resonando en la moda real contemporánea. 

    Más allá de su guardarropa, el estilo de Marina era una extensión de su carácter: resiliente, elegante y profundamente comprometida con su papel público. Como señala Hugo Vickers, historiador y biógrafo, “Marina era una figura de inmensa dignidad, que enfrentó la tragedia personal con un coraje que inspiró a todos los que la conocieron”. Su trabajo como enfermera durante la Segunda Guerra Mundial bajo el seudónimo de “Hermana Kay” y su dedicación a causas como el Royal National Lifeboat Institution reflejaban una vida de servicio que complementaba su imagen pública.

    Marina, duquesa de Kent
    Marina, duquesa de Kent. Foto: Royal Collection Trust

    Cuando Marina falleció de un tumor cerebral el 6 de agosto de 1968, dejó tras de sí un legado que sigue siendo relevante. Su habilidad para combinar sofisticación con accesibilidad, tradición con modernidad, la convirtió en una pionera. Como escribe Royal Central, “varias royals del siglo XX han sido pioneras en moda, pero Marina, Duquesa de Kent, rápidamente se convirtió en un ícono en Gran Bretaña tras su compromiso en 1934 y lo siguió siendo durante décadas”. En un mundo obsesionado con las tendencias efímeras, el estilo de Marina permanece como un faro de elegancia atemporal, un recordatorio de que la verdadera moda trasciende el tiempo.

    Artículo original de Monarquias.com

  • Hace 110 años nació Geraldine, la única reina de Albania

    Su historia se lee como si fuera una fantasía de Hollywood. Aunque era condesa, la fortuna de su familia se había desplomado tanto que a los 20 años vendía postales en el Museo Nacional de Budapest. Entonces el rey Zog, que había estado buscando desesperadamente una novia, vio su foto. Se conocieron el día de Año Nuevo de 1938 y diez días después se comprometieron.

    La boda fue esplédida. Su velo se arrastraba desde una alta diadema de azahar y su vestido de satén blanco estaba bordado con perlas. Cincuenta mil niños con trajes nativos aplaudieron y los clanes enemigos compartieron vino. Los regalos de boda incluían un Mercedes de Hitler.

    Pronto terminó la fantasía y la realidad cayó sobre Geraldine. Solo un año después, Italia invadió Albania, y la joven reina, todavía convalenciente después de dar a luz, huyó con su hijo pequeño en una ambulancia por tortuosas carreteras de montaña hacia Grecia. Le siguieron el rey y 115 miembros de su corte, que llevaban diez pesados cofres repletos de objetos de valor.

    Los sueños de Geraldine de fundar una dinastía murieron de inmediato. La reina alta y elegante rechazó una oferta para aparecer en películas. La pareja comenzó la larga odisea de país a país, este mes un castillo en Versalles, el próximo mes un palacio en Egipto, tan tristemente familiar para la realeza desterrada.

    En el momento de su fuga, se creía que el rey Zog había facilitado su situación al agregar la reserva de oro de Albania a su gran fortuna personal, previamente depositada en bancos suizos e ingleses. Su último acto antes de huir fue hacer un llamamiento a su pueblo para “luchar hasta la última gota de sangre por la independencia de Albania”.

    La condesa Geraldine Apponyi nació en Budapest el 6 de agosto de 1915. Su padre era el noble húngaro Conde Gyula Apponyi de Nagy-Appony y su madre era Gladys Virginia Stewart, miembro de una antigua familia de Virginia. El abuelo de Geraldine había sido un alto funcionario de la corte imperial de la dinastía Habsburgo.

    Pero la realeza de Europa Central había perdido tronos, su dinero y su prestigio después de la Primera Guerra Mundial. El padre de Geraldine murió en 1924, y su madre se volvió a casar con un oficial francés. La familia insistió en que Geraldine y sus dos hermanas fueron educadas en Hungría.

    Las circunstancias dictaron que las jóvenes aprendieran taquigrafía y mecanografía, pero aun así eran enviadas a los bailes de la alta sociedad con el objetivo de obtener un buen matrimonio. Cuando tenía 17 años, Geraldine fue fotografiada varias veces en un baile ofrecido por monárquicos húngaros y uno de esos retratos cambiaría su vida para siempre.

    Mientras tanto, el rey Zog, que había pasado de jefe tribal a primer ministro, de presidente a primer monarca de Albania al que a veces se le llamaba el “Napoleón balcánico”, se sentía miserable. Había escapado milagrosamente de un intento asesinato en 1931 cuando salió de la Ópera de Viena, y su madre vigilaba la cocina real para asegurar de que su comida no estaba envenenada.

    Se dice que el monarca ofreció una “buena suma” de dinero a un agente matrimonial para hallarle en Europa una novia atractiva con un ingreso de $ 1 millón al año. Tras ver el retrato de Geraldine llevado desde París, el rey musulmán se enamoró de esa noble católica romana sin un centavo, invitó a Albania en la Navidad de 1937 y la convirtió en princesa después de ofrecerle matrimonio en Año Nuevo.

    Geraldine encantó a los albaneses. Cuando el vicepresidente del país le dio una cartera de terciopelo que contenía el equivalente a 500.000 dólares, ella ordenó que se la donara a la fundación National Albanian Charities.

    Geraldine siguió siendo católica y se casó en una ceremonia civil el 27 de abril de 1938. Las circunstancias políticas que rodeaban la boda eran ya preocupantes y derivarían en el fin abrupto del cuento de hadas de Geraldine en apenas de un año. El New York Herald Tribune dijo que Geraldine, entonces de 22 años, “parece estar casándose con el eje Roma-Berlín al igual que con su rey”. Agregó que “sin duda se estaba casando con la política exterior de Mussolini”.

    En abril de 1939, las tropas italianas invadieron y el rey y la reina huyeron. El conde Galeazzo Ciano, el ministro de Asuntos Exteriores italiano, que había sido el padrino de bodas del rey Zog I, llegó en un bombardero. El pretexto inmediato para la invasión fue la acusación italiana de que el rey estaba haciendo un mal uso del dinero italiano, pero muchos sugirieron que Mussolini estaba celoso de las conquistas de Hitler y ambicionaba conquistar Albania.

    La corona de Zog pasó al rey Víctor Manuel II de Italia, tras lo cual el rey y la reina Geraldine comenzaron su derrotero por el exilio. Pasaron por Grecia, Turquía, Rumania, Polonia, los países bálticos, Suecia, Bélgica y Francia antes de aterrizar en el Hotel Ritz de Londres. Luego se trasladaron a Egipto, donde el rey Faruk los recibió con la generosidad que lo caracterizaba.

    Cuando Farouk I fue derrocado en 1952, los reyes sin corona se trasladaron a París, donde Zog, que había sobrevivido a numerosos intentos de asesinato, murió en 1961. La reina viuda Geraldine vivió en España y Sudáfrica antes de regresar a Albania por invitación del Parlamento apenas unos meses antes de fallecer. La única reina que tuvo Albania cumplió su sueño de morir en tierra albanesa.

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  • El misterio del archiduque austríaco que desapareció en el mar

    En el amanecer del 13 de julio de 1890, la barca Santa Margarita, ondeando la bandera de un mercante austríaco, zarpó desde Ensenada, en la costa sur del Río de la Plata, cerca de Buenos Aires. A bordo iba un hombre que había renunciado a la pompa de la realeza: el archiduque Juan Salvador de Austria, conocido ahora como “Johann Orth”. Junto a él, su esposa, una bailarina de ópera vienesa llamada Ludmilla Stubel, y una tripulación de 26 personas. El barco se desvaneció en el horizonte, y con él, uno de los enigmas más fascinantes de la modernidad. Nunca más se supo de ellos, y el destino de Juan Salvador sigue siendo un misterio que ha cautivado a generaciones.

    Nacido en Florencia en 1852, Juan Salvador era el hijo menor del gran duque Leopoldo II de Toscana. Criado en la opulencia de la Casa de Habsburgo-Lorena, mostró desde joven un espíritu inquieto y una mente brillante. Su carrera militar fue prometedora; destacó en la ocupación austro-húngara de Bosnia y Herzegovina en 1878, ganándose el respeto como estratega. Sin embargo, su descontento con la rigidez de la corte y el ejército creció. Juan Salvador anhelaba una vida más simple junto a la mujer que amaba, lejos de los matrimonios arreglados que dictaba su linaje. Su romance con Ludmilla, una bailarina de baja cuna, escandalizó a la corte vienesa. En 1889, renunció a sus títulos reales, adoptó el nombre de Johann Orth y se casó con ella en Londres, un acto que lo convirtió en la “oveja negra” de los Habsburgo, como lo describe Die Welt der Habsburger.

    El archiduque no solo abandonó su herencia real, sino que se lanzó a una vida de aventura. Arrendó la Santa Margarita y se embarcó en un viaje comercial hacia Sudamérica, cargando cemento, un producto codiciado en una era de urbanización acelerada. El barco partió de Buenos Aires rumbo a Valparaíso, Chile, pero una tormenta cerca del Cabo de Hornos habría sellado su destino. Nunca se encontraron restos del naufragio, ni de Orth, su esposa o la tripulación. La desaparición dio paso a especulaciones: ¿murieron en el mar o lograron reinventarse en tierras lejanas?

    Los rumores no tardaron en surgir. En 1907, el periódico británico Clarence and Richmond Examiner reportó afirmaciones en la prensa francesa de que Orth vivía en secreto, posiblemente en Sudamérica. A lo largo de los años, varios hombres reclamaron ser el archiduque perdido. Uno de los casos más notorios ocurrió en 1945, cuando Alexander Hugo Køhler, un litógrafo alemán en Noruega, confesó en su lecho de muerte ser Juan Salvador, alegando que había comprado una nueva identidad y que otro hombre murió en su lugar en la Santa Margarita. Esta historia alimentó la intriga, aunque nunca se comprobó.

    Otra narrativa fascinante emergió en 1924 con la muerte de Orloff N. Orlow, un gurú de esoterismo oriental en Nueva York. Según el St Louis Post-Dispatch (13 de abril de 1924), un excapitán de barco afirmó que Orlow era Orth, quien habría sobrevivido, vivido en Brasil, estudiado filosofía en India y China, y fundado una escuela en Chicago. La muerte de una joven vinculada a Orlow, Grace Wakefield, por suicidio días después, junto a sus mascotas envenenadas, añadió un giro macabro al relato, reportado por The New York Times. Sin embargo, la falta de pruebas concretas dejó estas historias en el terreno de la especulación.

    La desaparición de Juan Salvador ocurrió en una era sin las tecnologías modernas de vigilancia, lo que permitió que las leyendas sobre su supervivencia prosperaran: desde un comerciante en Viena hasta un maquinista en Ohio. Pero ninguna pista fue concluyente. En 1911, tras años de búsquedas infructuosas, fue declarado muerto in absentia, y sus posesiones, incluido el castillo de Orth, fueron subastadas en Berlín.

    El misterio de Juan Salvador no solo radica en su desaparición, sino en lo que representa: un hombre que renunció a todo por amor y libertad, desafiando las cadenas de su linaje. ¿Naufragó en las aguas traicioneras del Cabo de Hornos, o logró forjar una nueva vida en un rincón olvidado del mundo? Más de un siglo después, su historia sigue siendo un eco de rebeldía y enigma, un rompecabezas sin resolver que continúa intrigando.

    Artículo original de Monarquias.com

  • La Reina Madre de Inglaterra durante la guerra: la mujer más peligrosa de Europa

    En la tarde del 3 de septiembre de 1939, mientras las sirenas de guerra comenzaban a sonar en Londres, el rey Jorge VI se enfrentaba a uno de los momentos más sombríos de su reinado. Desde los micrófonos de la BBC, con su voz marcada por un tartamudeo que había luchado por superar, anunció al pueblo británico y al Imperio que el Reino Unido estaba, por segunda vez en una generación, en guerra. A su lado, invisible pero omnipresente, estaba su esposa, Elizabeth Bowes-Lyon (1900-2002), quien pronto sería conocida como la Reina Madre. Su papel durante la Segunda Guerra Mundial no fue solo el de una figura decorativa: se convirtió en un símbolo de resistencia, un faro de esperanza para un pueblo asediado por los bombardeos nazis. Como lo expresó el historiador británico William Shawcross en su biografía oficial, Queen Elizabeth the Queen Mother: The Official Biography, “ella encarnó el espíritu del Blitz, esa mezcla de coraje, resiliencia y solidaridad que definió a Gran Bretaña en su hora más oscura”

    Cuando estalló el conflicto, la posibilidad de que la familia real fuera evacuada a Canadá fue planteada por asesores y políticos. La mera idea de que las bombas de la Luftwaffe pudieran alcanzar a los monarcas era aterradora. Sin embargo, Isabel, entonces de 39 años, respondió con una determinación que resonaría en la historia. Ella declaró a quienes intentaron convencerla de escapar: “Las niñas no se irán sin mi. Yo no me iré sin el rey, y el rey nunca se irá”. Esta postura no solo mantuvo a la familia real en Londres, sino que también envió un mensaje poderoso: los monarcas compartirían el destino de su pueblo. El editor del Sunday Graphic, Reginald Simpson, escribió en 1940: “Cuando termine esta guerra, el que el rey Jorge y la reina Isabel hayan compartido el riesgo con su pueblo será un recuerdo preciado y una inspiración por años”.

    La Reina Madre: su negativa a abandonar Londres durante el Blitz, un claro desafío a Hitler

    Isabel, reina madre de Inglaterra
    Isabel, reina madre de Inglaterra

    El 13 de septiembre de 1940, el Palacio de Buckingham fue alcanzado por cinco bombas alemanas. El ataque, lejos de doblegar a la Reina, fortaleció su conexión con los londinenses, especialmente con los del East End, el área más castigada por el Blitz. La reina Isabel afirmó: “Me alegro de que nos hayan bombardeado. Ahora puedo mirar al East End a los ojos”. Esta frase, repetida en numerosos titulares de la época, capturó su empatía y su capacidad para transformar una tragedia personal en un símbolo de unidad. El historiador británico Robert Lacey, en su libro Monarch: The Life and Reign of Elizabeth II, destaca que “Isabel entendió instintivamente el poder de la empatía. Su presencia en hospitales, refugios y zonas bombardeadas no era solo protocolaria; era un acto de liderazgo moral”.

    La reina no se limitó a permanecer en Londres. Recorrió incansablemente el país, visitando tropas, hospitales y fábricas. Según un reportaje de The Daily Telegraph publicado en 1941, ella y Jorge VI viajaron miles de kilómetros para apoyar a las comunidades afectadas, desde Coventry hasta Plymouth. En una ocasión, mientras visitaba un hospital en el East End, una mujer herida le dijo: “Usted nos da fuerza, señora”. Isabel, con su característica calidez, respondió: “No, son ustedes quienes me dan fuerza a mí”. Esta anécdota, relatada por el periodista británica Vera Brittain en su libro England’s Hour, ilustra cómo la reina se convirtió en un pilar emocional para la nación.

    Isabel, reina madre de Inglaterra
    Isabel, reina madre de Inglaterra

    Su papel no pasó desapercibido para el enemigo. Adolf Hitler, según documentos citados por la prensa en años recientes, la describió como “la mujer más peligrosa de Europa” debido a su capacidad para mantener alta la moral británica. Esta percepción no era exagerada. Como señala el historiador Philip Ziegler “Isabel fue una maestra de la propaganda positiva. Su negativa a abandonar Londres y su disposición a compartir los peligros del Blitz galvanizaron a la población”. Su presencia en los medios, ya fuera en fotos sonriendo junto a soldados o en discursos radiales, reforzó la narrativa de un Reino Unido unido y resistente. Un editorial de The Observer de 1940 lo resumió así: “La Reina no solo representa a la Corona; ella es el corazón de la nación en guerra”.

    Además de su labor pública, Isabel desempeñó un papel crucial en la esfera privada, apoyando a su esposo, cuya salud y confianza se veían constantemente puestas a prueba. Shawcross relata cómo ella ayudó a Jorge VI a superar su tartamudez para sus discursos radiales, un esfuerzo inmortalizado en la película The King’s Speech. “Sin el apoyo de Isabel, Jorge VI no habría sido el rey que fue durante la guerra”, escribe Shawcross, citando cartas personales de la reina que revelan su dedicación a fortalecer la moral de su esposo.

    Isabel, reina madre de Inglaterra
    Isabel, reina madre de Inglaterra

    El Día de la Victoria, el 8 de mayo de 1945, marcó el clímax de su esfuerzo. Desde el balcón del Palacio de Buckingham, junto al rey, las princesas Isabel y Margarita, y Winston Churchill, saludó a las multitudes que abarrotaban Londres. The Times describió la escena como “un momento de comunión entre la Corona y el pueblo, forjado en los años de sacrificio compartido”. La reina simbolizó la resistencia que había llevado a Gran Bretaña a la victoria. Como afirma el historiador británico Andrew Roberts en The Storm of War, “su valentía y empatía no solo sostuvieron a la monarquía en un momento de crisis, sino que redefinieron su papel como un símbolo de unidad nacional”. Para los británicos, ella fue más que una reina consorte: fue la encarnación de su espíritu indomable, una mujer que, en palabras del Daily Mail, “se mantuvo firme cuando el mundo parecía desmoronarse”.

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes utilizadas: BBC News, The Guardian, The Daily Mail, the Times, The Daily Telegraph, William Shawcross (Queen Elizabeth the Queen Mother: The Official Biography); Robert Lacey (Monarch: The Life and Reign of Elizabeth II), Philip Ziegler (King George VI), Andrew Roberts (The Storm of War), Vera Brittain (England’s Hour)

  • El refugio de una madre en las sombras: Letizia Ramolino en Roma tras la caída de Napoleón

    Era una noche tranquila en Roma, el reloj marcaba las 11:09 pm de un cálido julio de 1820, cuando Letizia Ramolino, matriarca de la dinastía Bonaparte, se sentaba junto a la ventana de su modesto Palazzo Bonaparte. Las calles abajo, bañadas por el suave resplandor de las lámparas de aceite, susurraban de una ciudad que alguna vez tembló bajo el imperio de su hijo, pero que ahora le ofrecía santuario. Tras la derrota de Napoleón en 1814 y su exilio a Elba, y luego a la remota Santa Helena en 1815, Letizia se encontró viuda de fortuna, su esplendor imperial reducido a recuerdos y fragmentos de joyas escondidas. Sin embargo, en este inesperado refugio bajo la protección del Papa Pío VII, su resiliencia trazó un nuevo capítulo: uno de dignidad silenciosa entre las ruinas de un sueño, teñido por la compleja danza de poder, fe y redención.

    Letizia Ramolino, nacida el 24 de agosto de 1750 en Ajaccio, Córcega, había sido el pilar de la familia Bonaparte, criando a ocho de sus trece hijos hasta la edad adulta, incluido el futuro emperador Napoleón. Proveniente de una familia noble pero modesta, se casó con Carlo Buonaparte en 1764, un matrimonio pragmático que la dejó a cargo de la familia tras la muerte de su esposo en 1785 por un cáncer de estómago. Con una mezcla de severidad y astucia, moldeó a sus hijos, especialmente a Napoleón, inculcándole disciplina y ambición. Cuando éste ascendió al poder, Letizia disfrutó de un estatus privilegiado en París, recibiendo el título honorífico de “Madame Mère” tras la coronación de Napoleón como emperador en 1804. Sin embargo, su relación con él era ambivalente; desaprobaba sus matrimonios políticos, como el con María Luisa de Austria, y su estilo de vida extravagante, prefiriendo una vida más austera. Tras la abdicación de Napoleón en Fontainebleau en abril de 1814, Letizia huyó de París con un pequeño tesoro —diamantes y objetos valiosos cosidos en sus ropas— buscando seguridad en Italia.

    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte
    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte

    La decisión de buscar asilo en Roma, bajo la protección del Papa Pío VII, fue un giro audaz. E pontífice, nacido Barnaba Chiaramonti, había sido capturado por las fuerzas napoleónicas en 1809 y obligado a firmar el Concordato de Fontainebleau, un acto que humilló a la Iglesia. Sin embargo, tras su liberación en 1814 y la restauración de los Estados Pontificios, optó por la reconciliación. En octubre de 1815, Bonaparte llegó a la estéril isla de Santa Elena, un remoto puesto de avanzada británico en el Atlántico sur, donde pasó sus últimos cinco años de vida. Los británicos le dijeron a Napoleón que sería confinado allí para evitar que “perturbara el reposo de Europa”. “Los monarcas contra los que había luchado durante más de una década se preocupaban poco por su cautivo–escribe Ambrogio Caiani–. Inesperadamente, Pío VII fue la excepción y mostró cierto interés por el destino de su antiguo torturador”. 

    El cronista contemporáneo John Chetwode Eustace, en A Tour Through Italy (1813), anotó: “La clemencia del Papa hacia la familia Bonaparte, a pesar de las pasadas afrentas, fue un espectáculo de perdón cristiano, con Letizia encontrando un hogar donde una vez su hijo sembró discordia.” Esta hospitalidad incluyó no solo a Letizia, sino también a sus hijos Lucien y Luis, y al cardenal Fesch, quien había servido como arzobispo bajo Napoleón. La llegada de Letizia a Roma en 1815 fue discreta, pero su estatus como madre del ex emperador atrajo atención. Una crónica de The Gentleman’s Magazine de mayo de 1815 la describió como “una mujer de semblante severo, vestida de negro, acompañada por un pequeño séquito, sus ojos reflejando el peso de un imperio perdido”.

    Madame Mère en Roma: cuando Pío VII acogió a la madre de su antiguo carcelero

    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte
    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte

    Desde esa “maldita roca” llamada Santa Elena, Napoleón le escribió a Pío VII para quejarse del trato que recibía de los británicos. El papa, libre de resentimientos, le escribió una carta al príncipe regente de Inglaterra para pedirle que se aliviaran las condiciones de Napoleón en Santa Elena. En un acto de gran misericordia, Pío, que nunca había dejado de referirse a Napoleón como su “amado hijo”, abrió las puertas de su palacio en Roma para refugiar a su madre. Ningún país había querido recibir a la mujer, madre de un emperador, tres reyes y una reina. “Soy verdaderamente la madre de todos los dolores, y mi único consuelo es saber que el Santo Padre dejó el pasado en el olvido y ser consciente de toda la bondad que siempre ha mostrado a todos los miembros de mi familia–le escribió al cardenal Consalvi–. Nuestra gratitud no tendrá límites”. Finalmente, cuando Napoleón agonizaba de cáncer de estómago en la isla, Pío envió a Santa Elena a un sacerdote para acompañarlo a reconciliarse con la Iglesia. Agradecido, Napoleón dijo que Pío VII fue “un hombre lleno de bondad y luz”.

    Inicialmente, Letizia se instaló en la Villa Rufinella, en las colinas Albanas, un retiro tranquilo ofrecido por amigos italianos. Sin embargo, en 1818, con el apoyo financiero de sus hijos—especialmente José, rey exiliado de España, y Lucien, establecido en Italia —compró el Palazzo Bonaparte en el centro de Roma, cerca de la Piazza Venezia. Este palacio, hoy un museo, se convirtió en su refugio, decorado con muebles modestos y retratos de la familia Bonaparte. Vivió con frugalidad, administrando cuidadosamente las remesas y los ingresos de propiedades confiscadas que logró recuperar. El historiador Philip Dwyer, en Napoleon: The Path to Power (2008), la retrata como “una sobreviviente pragmática, adaptándose a la adversidad con la misma tenacidad que inculcó a sus hijos.” Su rutina incluía misas diarias en iglesias como Santa María sopra Minerva, un gesto que fortaleció su relación con el Vaticano.

    La alianza con Pío VII fue compleja. El Papa, consciente de la propaganda anti-Bonaparte en Europa, vio en Letizia una oportunidad para proyectar clemencia. En una carta de 1815, citada por el historiador Owen Chadwick en The Popes and European Revolution (1981), Pío VII escribió: “Extendemos nuestra protección a Madame Letizia, no como un favor a la herencia de su hijo, sino como un testimonio de nuestra fe en la redención”. Sin embargo, las tensiones surgieron cuando Letizia intentó mantener un pequeño círculo de leales, incluyendo sirvientes corsos, lo que incomodó a las autoridades papales. A pesar de esto, asistía a audiencias privadas con el Papa, donde se dice que intercambiaban palabras sobre la fe y el perdón, un contraste con los años en que Napoleón había exiliado al pontífice.

    En Roma, Letizia se convirtió en un símbolo de resistencia para los bonapartistas. Organizó reuniones discretas en su palazzo, donde exiliados, artistas y nobles nostálgicos evocaban la era napoleónica. Mantuvo una correspondencia regular con Napoleón, recibiendo sus cartas hasta su muerte en 1821, donde él le pedía noticias de la familia y expresaba su arrepentimiento. Un relato de un visitante en The Edinburgh Review (1822) señaló: “Madame Mère vive como una sombra de su antiguo yo, pero su espíritu permanece intacto, su hogar un refugio para los desposeídos.” El historiador Alan Schom, en Napoleon Bonaparte (1997), añade: “El exilio romano de Letizia fue menos una retirada que una retirada estratégica, preservando la dignidad familiar en medio del colapso.”

    A medida que envejecía, su salud se deterioró, afectada por la artritis y la tristeza por la pérdida de su hijo. Sin embargo, siguió supervisando los asuntos familiares, asegurándose de que sus nietos, como el futuro Napoleón III, recibieran apoyo. Murió el 2 de febrero de 1836 a los 85 años, rodeada de su hija Paulina y el cardenal Fesch. Su funeral en la iglesia de Santa Maria in Monticelli fue modesto pero emotivo y el londinense The Times (febrero de 1836) reportó: “La madre de Napoleón parte, su vida un testimonio de supervivencia frente a la ruina.” El Palazzo Bonaparte, con sus paredes testigo de sus años de exilio, permanece como un monumento a su legado. Bajo la protección de Pío VII, Letizia transformó su refugio en un bastión de memoria, donde el perdón papal y su propia fuerza tejieron un puente entre el esplendor perdido y un futuro incierto.

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes: A Tour Through Italy de John Chetwode Eustace (1813), The Gentleman’s Magazine (mayo de 1815), Napoleon: The Path to Power de Philip Dwyer (2008), The Popes and European Revolution de Owen Chadwick (1981), The Edinburgh Review (1822), Napoleon Bonaparte de Alan Schom (1997), The Times (febrero de 1836).

    Fotos: Wikipedia / Britannica / Neumeister

  • La historia del Conde Bobrinsky: ¿Hijo bastardo de Catalina la Grande?

    Incluso antes de convertirse en la emperatriz rusa como resultado de un golpe de estado, Catalina II de Rusia asombró a sus amigos y seguidores más cercanos con su voluntad de hierro y una devota hipocresía encaminada a lograr sus grandes objetivos. Imagínense lo que le sucedió a esta mujer entre 1761 y 1762. En algún momento del otoño de 1761, quedó embarazada de su amante, Grigori Orlov (1734-1783). Pero tuvo que ocultárselo a su esposo Pedro, quien se convertiría en el próximo emperador ruso después de la muerte de Isabel de Rusia en 1762.

    Catalina, que se vio obligada a participar en innumerables ceremonias de la corte, vestía un corsé ajustado, bailaba, hacía reverencias, con un niño en el útero, todo lo cual aparentemente le causaba dolor, angustia y vómitos. Pero lo ocultaba. En diciembre de 1761, Isabel murió y Pedro se convirtió en el nuevo zar de Rusia, lo que le permitió iniciar una relación con Isabel Vorontsova, una adolescente vulgar con la cara picada de viruela, que se mudó a las habitaciones del emperador, mientras que su esposa Catalina fue enviada a la lado opuesto del Palacio de Invierno. Allí es donde se reunió con sus amigos e hizo los preparativos para derrocar a Pedro.

    Nacido durante un incendio en una casa

    Entre muchas de sus excentricidades, Pedro III fue un pirómano. Cada vez que había un incendio en San Petersburgo, se apresuraba por llegar al lugar junto con sus cortesanos y observaba las llamas consumir los edificios. Entonces, cuando llegó el momento de que Catalina diera a luz, su devoto ayuda de cámara Vasiliy Shkurin prendió fuego a su propia casa, y el emperador inmediatamente saltó a su carruaje y se fue. Mientras tanto, Catalina dio a luz al pequeño Alexei. Fue su segundo hijo después de Pablo, el hijo de Pedro, quien más tarde se convertiría en zar de Rusia (1754-1801).

    Alexei nació como un niño débil, aparentemente debido a las tensiones que su madre tuvo que sufrir durante su embarazo. Vasily Shkurin, que ayudó tanto durante el nacimiento, se encargó de la crianza del niño; Alexei fue criado y enseñado en su casa (no en la casa de Grigori Orlov, por supuesto, porque Orlov era conocido “oficialmente” como el favorito de Catalina). Queda claro que ella quería mucho a su hijo bastardo porque, a pesar de los riesgos de ser descubierta, a veces visitaba la casa de Shkurin (reconstruida después del incendio), donde veía al niño y tenía conversaciones con él. El propio Alexei desarrolló una estrecha relación con Shkurin. Más tarde, en 1782, cuando Shkurin murió, Alexei escribió: “Estaba profundamente afectado con esto. Fue muy amable conmigo y me siento agradecido con toda su familia“. Muy formal, a primera vista. Pero al día siguiente Bobrinsky hizo una entrada más íntima en su diario: “Por la noche no podía dormir; Seguí pensando en el fallecido VG [Shkurin]. Lloré durante una hora entera“. Resulta que el niño débil era muy sensible.

    ¿Sabía el niño que era el hijo de la emperatriz? Los historiadores todavía no están seguros de esto, dice Evgeny Pchelov, un experto en los Romanov. En 1765, Catalina le dio al niño una aldea, llamada Bobrikovo, para brindarle apoyo financiero. En el orden sobre esto, ella escribió que Alexei era hijo de un capitán del ejército, “que sufrió por Nosotros [la Emperatriz]”. Obviamente, ella creó una leyenda para ocultar el origen real de Alexei. Aún así, incluso en este orden, ella lo nombró “knyaz ‘(Príncipe) Sitsky”, ubicándolo entre los príncipes Sitsky, una antigua rama de la dinastía de los los Rurikidas que se extinguió en el siglo XVII. Lo último que quería Catalina era que su hijo se involucrara en las intrigas de la corte y se convirtiera en uno de los pretendientes al trono ruso. Afortunadamente, este destino nunca le sucedió a Alexei, pero tuvo otros problemas.

    Un tutor lascivo

    Después de pasar cuatro años en una institución educativa en Leipzig con los hijos de Shkurin, en 1774, Alexei regresó a Rusia, donde se convirtió en discípulo de Ivan Betskoy (1704-1795), un destacado educador, secretario personal de Catalina y él mismo el hijo bastardo del Mariscal Ivan Trubetskoy. Alexei, según palabras de Betskoy, tenía “una constitución débil, tímida, tímida, insensible a todo, pero mansa y obediente”. A los 13 años, el niño solo tenía conocimientos básicos de francés y alemán, un poco de matemáticas y un poco de geografía.

    Betskoy, sin embargo, despertó el interés por las ciencias en el joven Bobrinsky: desde 1775, llevaba este apellido, que provenía de su aldea Bobrikovo. Alexei se inscribió en el Primer Cuerpo de Cadetes, donde fue instruido por José de Ribas (1751-1800), un noble español al servicio de Rusia y tutor en el Cuerpo. De Ribas fue una figura controvertida: exigió a los cadetes un comportamiento impecable, mientras se entregaba a la bebida y al sexo promiscuo. Bobrinsky estaba enojado con su lascivo tutor y prefería la sociedad de Betskoy, quien naturalmente lo ayudó a educarse. Bobrinsky se graduó del Cuerpo de Cadetes con una medalla de oro y se convirtió en oficial militar.

    En 1781, Bobrinsky recibió una carta de Catalina en la que decía: “Me informan que su madre, inhibida por diferentes enemigos fuertes, debido a las terribles circunstancias de aquellos tiempos, y salvándose a sí misma y a su hijo mayor, tuvo que ocultar el hecho de su nacimiento…” Podemos suponer que a juzgar por estas palabras y por el trato excepcional que recibió de los más altos cortesanos del Imperio, Bobrinsky al menos podría comenzar a suponer de quién era hijo en realidad. El mayor indicio fueron las palabras “hijo mayor“, que se referían al gran duque heredero, Pablo. Una y otra vez, Bobrinsky, ya joven, vio a su madre y a su padre en distintas ocasiones, habló con ellos y tal vez notó las similitudes entre lo que veía en el espejo y los rasgos de la emperatriz. Quién sabe…

    Poco después de su graduación, Alexei se fue a un gran viaje por Rusia y luego por Europa. Durante este viaje, hizo que sus tutores y supervisores se preocuparan mucho por su comportamiento. Bobrinsky no podía tener suficiente con la bebida, la buena vida y las mujeres. Hijo de dos personas muy apasionadas, Catalina II y Grigori Orlov, Alexei contrajo enormes deudas que su madre tuvo que pagar; mientras tanto, a menudo dejaba a sus jóvenes compañeros sin un centavo y se lo gastaba todo para sí mismo. Jugó mucho a las cartas, incluso dejando un breve folleto titulado “Notas sobre los juegos de cartas“.

    Este joven es muy descuidado, pero no creo que sea malvado o deshonroso, es joven y propenso a involucrarse en compañías muy lascivas. Enloqueció a los tutores que estaban con él. Quería vivir libremente, y se le concedió esta libertad”, escribió Catalina II, con pesar, sobre su hijo bastardo.

    Bobrinsky pasó tiempo con chicas entre París y Londres, mientras que su madre ordenó que lo llevaran de regreso a Rusia. Cuando finalmente regresó en 1788, Alexei fue enviado a vivir a la remota ciudad de Revel (ahora Tallin, Estonia). Allí, en 1796, se casó con Anna von Ungern-Sternberg (1769-1846), una baronesa de una antigua familia báltico-alemana, una mujer bondadosa y amable. Después del matrimonio, a Bobrinsky y su esposa se les permitió ir a San Petersburgo. Catalina II los recibió y le dijo a Anna: “¡Y tuviste el valor de casarte con este caballero indecente!” Todavía estaba enojada con Alexei por su comportamiento y sus deudas.

    Los últimos años del hermano amado

    Poco antes de su matrimonio, a Bobrinsky se le permitió dejar Revel y vivir en el Castillo de Oberpahlen del siglo XIII (actual Castillo de Põltsamaa, en Estonia). Su exilio terminó inmediatamente después de la muerte de Catalina: su medio hermano Pablo, el nuevo emperador, lo invitó a regresar a San Petersburgo. Este fue el apogeo de la vida de Alexei Bobrinsky.

    Pablo I recibió a Alexei de todo corazón: el bastardo no solo era el único hermano de Pablo, sino que, como él, también había sido enviado por su madre a Gatchina, un palacio cerca de San Petersburgo. El emperador finalmente dejó claro oficialmente el origen de Bobrinsky al propio Alexei. “Me presentaron a la emperatriz [María Fyodorovna, consorte de Pablo] y a los grandes duques: Alejandro, Constantino y Nicolás… Fui al cuerpo de la emperatriz fallecida y le besé la mano… Todos me miraron con sorpresa, confundidos sobre qué hacía aquí”, escribió Bobrinsky más tarde. “Durante la cena, el Emperador y la Emperatriz me hablaron varias veces, y de repente, los ojos de todos los presentes estaban sobre mí“. Las amistades que se hicieron durante el reinado de Pavel duraron mucho tiempo. Mucho más tarde, después de la muerte de Bobrinsky,

    RBTH para Monarquias.com

  • La triste historia de Mustafá I, el sultán que se volvió loco en su “jaula de oro”

    Nadie podría culpar al desdichado sultán otomano Mustafá (1593-1639) por haberse vuelto loco: estar encerrado en una habitación durante 10 años por orden de su propio hermano podría dañar mentalmente a cualquiera. Pero aquello era algo muy común en la corte de los sultanes otomanos, ya que entonces estaba vigente la Ley de Fratricidio por la cual cada nuevo sultán, al subir al trono, podía matar a todos sus hermanos para evitar peleas por el trono. Mehmet I hacía estrangular con cordones de seda a sus hermanos pequeños para que éstos no pudiesen un día conspirar para arrebatarle el trono, pero el caso más famoso fue la masacre ordenada por Mehmet III cuando en 1595 ejecutó a 19 de sus hermanos (varias favoritas embarazadas, por las dudas).

    Mustafá, nieto de aquel sanguinario Mehmet III, padeció una mejor suerte. Se suponía que Mustafá estaba destinado a ser ejecutado cuando su hermano mayor, Ahmed I, llegó al trono en 1603, pero se salvó posiblemente porque Ahmed sentía algo de afecto por él, aunque más probablemente porque no había un heredero directo alternativo. Sin embargo, tampoco gozó de libertad, sino que fue encerrado durante los siguientes catorce años para evitar que, en contacto con el mundo exterior, pudiera conspirar para conseguir el trono. Como muchos otros gobernantes, Mustafá desarrolló un alto grado de paranoia (tal vez comprensible en la corte otomana), y ciertamente no tenía ningún deseo de gobernar. En 1617, al morir su hermano, el príncipe fue liberado de su «altin kafa» («Jaula dorada») para ser coronado sultán, al parecer, porque nadie podía ponerse de acuerdo sobre otro candidato.

    Sin embargo, en la jaula dorada, donde vivió sometido a la soledad absoluta, Mustafá había perdido casi por completo la razón. Se dice que durante su reinado disfrutó haciendo bromas a los visires (gobernantes), quitándole sus turbantes o tirando de sus barbas. Otros gobernantes se han comportado de manera similar en la historia, pero han sido lo suficientemente fuertes como para salirse con la suya: en el caso de Mustafa, simplemente subrayó su incapacidad para gobernar. La corte perdió la paciencia muy pronto. Después de solo un año como sultán, Mustafá I fue derrocado por su sobrino Osman II, quien lo envió de nuevo a su encierro. Pero el nuevo sultán fue derrocado y asesinado en un golpe de palacio por los jenízaros, la guardia del palacio y Mustafa fue devuelto al trono apenas nueve meses después.

    Este giro inesperado de los acontecimientos parece haber perturbado aún más la mente de Mustafa: convencido mismo de que Osman II todavía estaba vivo pero se escondía, pasaba horas buscándolo en armarios y rincones oscuros, profiriendo gritos sin sentido y maldiciones. Al final, Mustafa fue destituido del trono con el beneplácito de su madre, cuyo papel era fundamental en la corte, con la condición de que la vida de su hijo se salvara y, notablemente para la corte otomana, fue un verdadero alivio. Por orden de otro sobrino, el sultán Murad IV, Mustafá fue encerrado durante los siguientes dieciséis años hasta su muerte.

    Darío Silva D’Andrea