Mientras el rey-niño Alfonso XIII de España crecía y se educaba, el poder estuvo en manos de su madre, María Cristina de Habsburgo (1858-1929). En el ámbito cortesano, las cosas habían cambiado bastante desde la muerte del rey Alfonso XII. En Palacio, la reina viuda cambió la decoración y la servidumbre, otorgándoles un aspecto prusiano. “En la Corte española de la regencia”, escribe la infanta doña Eulalia en sus Memorias, “todo terminaba y empezaba con rezos y, fuera de orar, nada se hacía. Además de las numerosas fiestas del calendario católico -únicas fiestas que había entonces-, teníamos no menos de siete días al año de los conceptuados como ‘de gala’, con servicios religiosos, recepción palaciega, revista militar, besamanos y cuanto constituía tradición o costumbre (…) Por muchos años la Corte de España fue la más triste y cerrada de Europa”.
Las damas que María Cristina conservó en su círculo eran mujeres recias, austeras y poco vistosas, y en cierta ocasión se oyó a un testigo de la comitiva real exclamar con estupor “¡Vaya que son feas las damas de Su Majestad!”. Esto lo corroboró la infanta Eulalia: “Las damas de María Cristina eran todas señoras de edad, silenciosas y sin alegría. No tenían otro entretenimiento que el rezo, las devociones y las obras de caridad (…). En torno a la regente, las damas tejían calladamente, con una silenciosa evocación de perdida juventud. Ciertamente el grupo no era muy vistoso…” En sus memorias Eulalia cuenta cuando un príncipe marroquí, después de entrevistarse con la regente, exclamó: “Muy bello todo, pero, en verdad, el harén de Su Majestad deja bastante que desear”.
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