Etiqueta: Victoria de Inglaterra

  • Subastarán las joyas “de luto” con las que la reina Victoria recordaba a sus seres amados

    Conservadas por la fallecida condesa Mountbatten, se venderán como parte de una subasta en marzo.

    Una serie de joyas de la reina Victoria de Gran Bretaña que conmemoran la muerte de su madre y su hija, la princesa Alicia, se venderán en una subasta de la casa Sotheby’s en marzo.

    Las joyas de luto incluyen un botón, un broche y colgantes, algunos con mechones de cabello, que “llevaron consuelo” a la reina británica en su momento de pérdida.

    Las piezas pasaron a través de los descendientes de la princesa Alicia (1843-1878) a su tataranieta Lady Patricia Knatchbull, segunda condesa Mountbatten, quien murió en 2017. Los objetos se conservaron durante décadas “en un cajón de una casa familiar”.

    David Macdonald, especialista de Sotheby’s y jefe de ventas de la subasta, dijo que los artículos son especiales debido a la importancia personal que tenían para la reina Victoria.

    “Para mí, no hablan tanto de Victoria, reina y emperatriz, sino de Victoria, madre y esposa”, dijo Macdonald en declaraciones a la agencia Press Association.

    Uno de los objetos, un colgante de ágata y diamantes, fue encargado por el príncipe consorte Alberto para su esposa para conmemorar la muerte de su madre, Victoria María Luisa de Sajonia-Coburgo, duquesa viuda de Kent, fallecida en 1861.

    “Piensas en Victoria y piensas en las grandes joyas del estado, los diamantes, el Koh-i-Noor, todas esas piedras”, dijo Macdonald.

    Estas joyas son mucho más íntimas, su valor no se debe a los grandes diamantes. Su valor radica en la expresión completa, una expresión emocional y profundamente personal sobre la pérdida y el amor”, agregó.

  • A 120 años de su muerte: así fue el grandioso y caótico funeral de la reina Victoria

    Como monarca que más tiempo había reinado en la historia británica (64 años), muchos de sus súbditos pensaron que la vida que conocían había terminado para siempre y, por consiguiente, su último adiós fue un espectáculo como nunca antes se había visto en el reino.

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  • A 120 años de su muerte: la verdadera historia de la reina Victoria y su caballerizo escocés

    La relación de la monarca, ya viuda del príncipe Alberto, con John Brown desató un sinfín de rumores. Para ella, Brown era “la perfección hecha sirviente”, pero el hombre se ganó el recelo y el desprecio de algunos miembros de la familia real y del personal de la Corte. La verdad es muy diferente.

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  • Las amadas acuarelas de la reina Victoria y Alberto de Inglaterra se exhibirán al público en 2021

    Durante los poco más de veinte años que duró su matrimonio, la reina Victoria de Gran Bretaña y el príncipe consorte, Alberto de Sajonia-Coburgo, fueron apasionados defensores de las acuarelas y formaron una colección de varios miles de estas obras, muchas de las cuales protagonizarán una muestra en la ciudad escocesa de Edimburgo.

    Alrededor de 80 obras seleccionadas por la Royal Collection Trust se exhibirán en el Palacio de Holyroodhouse en marzo de 2021. Entre ellas aparecen pinturas de varios de artistas escoceses, lo que refleja el profundo afecto de la pareja por Escocia desarrollado al principio de su vida matrimonial.

    La colección forma un registro visual de la vida de la pareja real, que pasó muchas tardes felices organizándola en álbumes.

    “Las acuarelas, recopiladas por la Reina Victoria y el Príncipe Alberto, ocuparán un lugar de honor en la Galería de la Reina en el Palacio de Holyroodhouse, donde la exposición, Victoria & Albert: Our Lives in Watercolor, se llevará a cabo del 5 de marzo al 5 de septiembre de 2021”, informó el periódico Edinburgh News.

    Una acuarela de William Leighton Leitch, expuesta por primera vez al público, muestra el yate real navegando hacia el muelle de Granton y la cálida bienvenida que recibieron la reina Victoria y el príncipe consorte cuando llegaron a Edimburgo para su primera gira por Escocia en 1842. Leitch fue el tutor de acuarela de la reina durante casi 20 años.

    Otra obra destacada de la exposición es una acuarela que muestra la ciudad de Edimburgo al atardecer por el pintor escocés Waller Hugh Paton, una representación que fue muy querida por Victoria, que la encargó personalmente. Se exhibe junto a otra escena de Edimburgo, del artista de Glasgow William Simpson, y que representa a la monarca en la inauguración del monumento a su esposo en Charlotte Square en 1876.

  • Sangre azul: cómo se relaciona la familia real británica con la dinastía Romanov de Rusia

    Nicolás II estaba casado con Alix, nieta de la reina Victoria, pero eso no es todo. Damos una mirada más de cerca a las relaciones sanguíneas de las cortes de Inglaterra y Rusia.

    En 1917, el rey británico Jorge V (1865-1936) decidió romper relaciones con sus dos primos, el káiser alemán Guillermo II (1859-1941) y el zar ruso Nicolás II (1868-1918). Después de que Nicolás II, primo hermano de Jorge V, fuera derrocado del trono ruso durante la Revolución de 1917, el gobierno británico le ofreció asilo político a Nicolás II y a su familia, pero Jorge V se opuso a esta decisión al considerar inapropiada la presencia de los Romanov en su país.

    Después de que Nicolás y su familia fueran asesinados por los bolcheviques, Jorge V escribió en su diario: “Fue un asesinato horrible. Tenía una gran devoción por Nicky, que era el más amable de los hombres y un caballero completo: amaba a su país ya su gente”. Sin embargo, solo dos años después, se envió un acorazado británico a Crimea para rescatar a la emperatriz viuda Maria Feodorovna (1847-1928), de 72 años, madre de Nicolás II y, al mismo tiempo, tía de Jorge V.

    El último zar ruso, Nicolás II, se casó con la princesa Alix de Hesse, nieta de la reina Victoria de Inglaterra.

    La casa de Sajonia-Coburgo y Gotha y los Romanov

    Jorge V pertenecía a la Casa de Sajonia-Coburgo y Gotha, que ascendió al trono británico en 1901 con su padre Eduardo VII (1841-1910), hijo de la reina Victoria (1819-1901) y el Príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo y Gotha. (1819-1861).

    Pero el 17 de julio de 1917, durante la Primera Guerra Mundial, el rey cambió el nombre de la casa real británica de Sajonia-Coburgo y Gotha, de origen alemán, a Casa de Windsor. Esta decisión se inspiraba en el sentimiento anti-alemán en el Reino Unido durante la Primera Guerra Mundial. En consecuencia, renunciaron a sus títulos alemanes todos los parientes del rey; en cambio, Jorge V otorgó a sus parientes masculinos títulos británicos.

    Dagmad de Dinamarca se convirtió en María Feodorovna cuando se casó con el zar Alejandro III de Rusia.

    La Casa de Windsor y los últimos Romanov están relacionados a través de 2 personas. La primera es la reina Victoria, “abuela de Europa”: Alejandra Feodorovna (1872-1918), esposa de Nicolás, era su nieta. Antes de su matrimonio era la princesa Alix de Hesse-Darmstadt.

    La segunda, la ya mencionada Maria Fedorovna, madre de Nicolás y esposa de Alejandro III de Rusia, era hermana de Alejandra de Dinamarca (1844-1925), madre de Jorge V. Nacida como la princesa Dagmar de Dinamarca, su padre era el rey danés Christian IX (1818-1906), abuelo de Nicolás II y Jorge V.

    Los miembros de la actual familia real británica tienen aun más lazos con la desaparecida dinastía Romanov a través del príncipe Felipe, el esposo de 99 años de la reina Isabel II. El duque de Edimburgo incluyo jugó un papel preponderante el el reconocimiento de los restos de la familia imperial en los años 90 al proporcionar ADN para compararlo con el de la última zarina.

    La reina Alejandra de Inglaterra (centro) junto a su hermana, la zarina María Feodorovna de Rusia (der.), madre de Nicolñas II

    Nacido en Grecia en 1921, Felipe es hijo de la princesa Alicia de Battenberg, quien era hija, a su vez, de la princesa Victoria de Hesse-Darmstadt (1870-1950), hermana de la última zarina, quien se hizo cargo de sus hermanas menores cuando su madre (la princesa Alicia de Inglaterra) murió de difteria en 1879. Convertida en la marquesa de Milford-Haven en 1917, Victoria se encargó en parte de la educación de su nieto, Felipe.

    Pero la Casa de Sajonia-Coburgo y los Romanov se habían relacionado desde mucho antes. La princesa Juliana de Sajonia-Coburgo-Saalfeld (1781-1860), tía del esposo de la reina Victoria, fue la esposa del gran duque Constantino Pavlovich de Rusia (1779-1831), hermano del emperador Alejandro I de Rusia (1777-1825). En Rusia, la princesa Juliana se convirtió en gran duquesa con el nombre de Anna Feodorovna.

    El duque de Edimburgo junto a su abuela, Victoria de Hesse, hermana de la última zarina de Rusia.

    El matrimonio de Anna Feodorovna y Constantino Pavlovich duró poco y no tuvo hijos. Sin embargo, a través de este matrimonio, Leopoldo (1790-1865), hermano de Anna Feodorovna y futuro primer Rey de Bélgica, tuvo la oportunidad de servir en el ejército ruso.

    También es notable que la hermana de Anna Feodorovna, la princesa Antonieta (1779-1824), fuera tía de los emperadores rusos Alejandro I y Nicolás I (1796-1855), porque se casó con el duque Alejandro de Wurtemberg (1771-1833), hermano de Maria Feodorovna (Sophie Dorothea de Württemberg) (1759-1828), quien se convirtió en esposa de Pablo I de Rusia (1754-1801) y madre de Nicolás I y Alejandro I.

    Juliana de Sajonia-Coburgo-Saalfeld (1781-1860), tía del esposo de la reina Victoria, fue gran duquesa de Rusia por matrimonio.

    (Con información de RBTH)

  • El káiser Guillermo II de Alemania y su madre: historia de una relación tóxica

    La perfeccionista Vicky de Inglaterra, profundamente angustiada por no haber llevado al mundo un heredero perfecto, vivió la infancia de su hijo con una ansiedad casi permanente. La adultez y el curso de la historia separaron cada vez más a dos personas más parecidas de lo que pensaban.

    Se dice que al enterarse del nacimiento de su primer nieto, el príncipe Guillermo, por aquel entonces regente de Prusia, abandonó una reunión en la secretaría de Exteriores y cogió el primer taxi que encontró en la calle rumbo al Kronprinzenpalais en el Unter den Linden de Berlín.

    También en Reino Unido la emoción fue grande, ya que el niño era el primer nieto de la reina Victoria y el príncipe Alberto y para conmemorarlo un nuevo verso fue añadido temporalmente al himno. Antes de las representaciones teatrales el público solía prorrumpir en aplausos al escucharlo.

    La hija mayor de la reina Victoria, también llamada Victoria o Vicky, se había casado en 1858 con el príncipe Federico de Prusia, hijo, a su vez, del príncipe Guillermo, que actuaba como regente de su incapacitado hermano el rey Federico Guillermo IV de Prusia.

    El primer hijo de Federico y Vicky fue bautizado con los nombres Federico Guillermo Víctor Alberto de Hohenzollern y pasaría a la historia como el káiser Guillermo II de Alemania. Su infancia ha sido frecuentemente definida como oscura, traumática e incluso “gótica” por historiadores que luego han presentado el soberano como una persona desequilibrada e incapaz de gobernar.

    Nacido con fórceps

    Lo que nunca supieron los súbditos prusianos y británicos fue que el pequeño Guillermo nació después de un doloroso parto. Su madre pasó horas agónicas mientras los médicos de la corte prusiana debatían con los médicos ingleses enviados por la reina Victoria.

    El bebé venía de nalgas, pero la cesárea fue juzgada demasiado peligrosa, ya que nadie quería arriesgarse a matar a la hija de la soberana inglesa. Finalmente, ante lo desesperado de la situación, el médico alemán optó por usar unos fórceps. El futuro príncipe nació más muerto que vivo y los médicos lo frotaron con tanta energía para reanimarlo, que dañaron el nervio de su brazo izquierdo.

    No fue hasta más tarde que sus padres y nodrizas se dieron cuenta que el joven príncipe Guillermo no usaba su brazo izquierdo, que, además, parecía ligeramente más corto. Los médicos confirmaron que dicho brazo estaba fatalmente atrofiado.

    La noticia no tardó en extenderse por la corte prusiana. “Un príncipe manco no puede ser rey”, se decía.

    Hasta los seis años, el infante fue sometido a toda clase de tratamientos para intentar corregir su parálisis: se le hacía pasar horas atado a máquinas que presionaban su espina dorsal, a liebres recién degolladas para revivificar sus nervios y pasaba largos ratos sometido a electromagnetismo y electroterapia.

    Con el tiempo sus padres se dieron cuenta que el mejor tratamiento era enseñar al niño a vivir con esa discapacidad. Guillermo aprendió a montar a caballo, a disparar y a nadar a la perfección. Aunque años más tarde, con cierto rencor, recordaría como, mientras él lloraba a mares, su madre le obligaba a subir una y otra vez sobre el pony cuando se caía.

    Guillermo aprendió a vivir con su brazo atrofiado: sus uniformes siempre tenían una manga más corta y los bolsillos más altos, en sus apariciones públicas solía llevan capa y en la mesa siempre había un valet preparado para cortarle la carne. Por otro lado, acabó desarrollando una sorprendente fuerza en su mano atrofiada y no se abstenía de demostrárselo a quien le daba la mano.

    No obstante, el futuro káiser conservaría a lo largo de su vida una autoestima frágil, una sensación de no estar a la altura del cargo de emperador alemán, rey de Prusia y jefe supremo del ejército. Su risa estruendosa, sus poses teatrales, sus discursos encendidos y su cierta megalomanía eran una forma de elevarse por encima de los demás para ocultar su fragilidad. Sin embargo, con frecuencia esta pose se resquebrajaba fácilmente ante las críticas, Guillermo se sumía entonces en profundos periodos depresivos. A lo largo de su vida y su reinado, la alternancia de periodos eufóricos e hiperactivos con fases depresivas fue constante.

    Aparte de su autoestima, la relación de Guillermo con su madre también se vio un poco afectada. La perfeccionista Vicky, profundamente angustiada por no haber llevado al mundo un heredero perfecto, vivió la infancia de su hijo con una ansiedad casi permanente, con una tensión constante por intentar mejorar su estado de salud. Tal como le escribió a su madre, “su discapacidad estropea toda la alegría y el orgullo que debería sentir por él”.

    El joven Guillermo no entendía porque cada vez que estaba con él, su madre parecía atacada por los nervios, llegando a pensar que su madre lo rechazaba. Con los años, la relación entre madre e hijo fue tornándose en desconfianza mutua.

    Todo lo contrario ocurría con su padre Federico, que solía acompañar a su hijo Guillermo a los tratamientos médicos y siempre se mostraba paciente y afectuoso con su hijo. Padre e hijo pasaban largos ratos leyendo y nadando. A Federico le gustaba, además, explicar sus experiencias en la Guerra Franco-prusiana. Guillermo lo escuchaba fascinado, aunque años más tarde afirmaría que “nunca he tenido ambiciones guerreras. En mi juventud mi padre me explicaba lo terribles que fueron los campos de batalla de 1870 y 1871. No siento ninguna inclinación en traer tal miseria, a tal gran escala, al pueblo alemán y a la humanidad”.

    Guillermo parecía “retrasado”

    Para educar al príncipe Guillermo y más tarde a su hermano Heinrich, sus padres escogieron a un reputado y austero calvinista llamado Georg Ernst Hinzpeter. Era la primera vez que un príncipe prusiano era educado por un civil y no por un militar y aunque Hinzpeter era tosco y parco, Vicky y Federico confiaban en que enseñaría a sus hijos las virtudes civiles y burguesas.

    Hinzpeter era un educador de métodos severos y a veces brutales, que hacía estudiar a sus alumnos desde el amanecer hasta el atardecer (es decir, desde la seis de la mañana hasta las seis de la tarde). Sin embargo, le enseñó a Guillermo mucho más de lo que habría sido habitual en la corte prusiana. Una vez por semana, Guillermo y su hermano pasaban un día en una fábrica, aprendiendo los procesos de fabricación y teniendo ellos mismo que mezclarse con los trabajadores y presentar, al final del día, algo que hubieran hecho. De estas visitas, Guillermo extraería una pasión por la tecnología y los avances científicos que duraría toda su vida.

    El tutor también llevada a los niños a viajes de aprendizaje más lejanos y largos, como Cannes, las Islas Frisias o la costa belga. De ahí saldría seguramente el interés del futuro káiser por la navegación y los viajes.

    Las extenuantes sesiones de estudio programadas por Hinzpeter, no obstante, solo se aplicaban a Guillermo parcialmente, ya que el niño seguía pasando largas horas en tratamientos médicos. Su propia madre, intelectualmente brillante, se quejaba de que Guillermo parecía “retrasado” a causa de su ausencia a las lecciones. Aparte de su tara física ahora se añadía su bajo intelecto. Para Vicky, Guillermo jamás se parecería ni a ella ni a su igualmente brillante padre, el príncipe Alberto.

    Cuando el príncipe le escribía cartas a su madre, ésta las respondía con párrafos enteros de correcciones, como por ejemplo sobre cuál era la expresión afectuosa más adecuada para dirigirse a ella en las cartas. No obstante, a pesar de las quejas de su madre, Guillermo heredó su privilegiado intelecto, tenía una gran memoria, le interesaban gran variedad de temas y solía hacer preguntas inteligentes y perspicaces cuando visitaba una factoría. Sus notas fueron siempre excelentes en historia, literatura, religión y lengua.

    El problema de Guillermo era seguramente su falta de concentración, pasaba rápidamente de un tema al otro, sin conexión entre ambos. Ya siendo emperador, propuso fundar una Nueva Alemania en la jungla de Brasil, convertir Mesopotamia en colonia alemana (a pesar de que era inglesa) o fundar una corporación petrolera pan-europea a modo de la Starndart-Oil americana. Los largos memorándums que enviaba a sus ministros y a sus parientes con frecuencia pasaban al olvido cuando a Guillermo se le ocurría otra idea.

    A pesar de su tendencia a no escuchar las opiniones de los demás y de su frágil autoestima, podemos afirmar que Guillermo aprendió dos grandes lecciones de su tutor: que debía pensar por sí solo, cosa que explica la ausencia de camarillas durante su reinado, y que podía vivir como una persona normal a pesar de su discapacidad.

    El despertar del militarismo

    Las enseñanzas de Hinzpeter fueron completadas con estudios de secundaria en el Gymnasium de Kassel y, tras ellas, Guillermo realizó una licenciatura de derecho en la universidad de Bonn y Heinrich ingresó en la Marina.

    Era la primera vez que los Hohenzollern iban y eran educados junto con otros jóvenes de su edad, cosa que causó un considerable malestar en la corte prusiana. Sin embargo, la princesa Vicky y el príncipe Federico se habían empeñado en que sus hijos no tuvieran la tradicional educación militar y ultra-conservadora de los príncipes prusianos.

    Tras graduarse en Bonn en 1879, Guillermo ingresó en el 1er Regimiento de Infantería de la Guardia Imperial, radicado en Potsdam. Vicky se quejaría más tarde que su hijo se volvió brusco y arrogante entonces, Guillermo, por su parte “que había encontrado su familia y su amigos”.

    No obstante, puede afirmarse, que Guillermo no fue producto de la típica educación castrense prusiana, al contrario. Tuvo, y sus padres de esforzaron en ello, una educación eminentemente civil. La pasión futura de Guillermo por el ejército y sus uniformes puede considerarse esencialmente una afición, jamás adquirió ni la disciplina, ni la austeridad, ni el belicismo del ejército prusiano.

    La Inglesa”

    El príncipe Alberto siempre consideró, y con razón, que su hija mayor Vicky era la más inteligente de sus vástagos. La propia Vicky también fue consciente desde pequeña de su intelecto brillante. Sin embargo, no podía disimular una cierta arrogancia ante la gente que no estaba a su altura o que discrepaba con ella.

    Ya instalada en Prusia después de su boda con el príncipe Federico, la joven e impulsiva princesa (solo tenía 17 años) no se cortaba en afirmar la superioridad de todo lo inglés frente a lo prusiano, considerando además que el país adolecía de una falta de evolución comparado con Reino Unido. Siguiendo las enseñanzas de su padre, el príncipe Albert, la princesa consideraba que Prusia debía transformarse en una democracia más liberal, cuyo modelo era, obviamente, Inglaterra.

    Vicky, además, se metió de lleno en una “guerra fría” que había de dominado la corte prusiana desde principios del siglo, aquella que enfrentaba a un “partido pro-ruso” y conservador con otro “partido anti-ruso” y pro-inglés de corte más liberal. La princesa pronto recibió el sobrenombre de “La Inglesa” por parte de sus detractores.

    Al contrario que su madre, Federico era un hombre con un carácter pausado y afable y de naturaleza silenciosa. Aunque menos impetuoso que su esposa, el príncipe también hacía gala de sus claras tendencias liberales y anglófilas, y, con el tiempo, no tardó en rumorearse entre la corte que se encontraba “dominado” por su mujer.

    Pocos años después del nacimiento de Guillermo, ascendió al trono de Prusia su abuelo Guillermo I (1861) y Otto von Bismarck se convirtió en canciller (1862). Ambos eran claros partidarios de una tendencia más “pro-rusa” y Federico y Vicky poco a poco se vieron excluidos de los círculos de influencia.

    El aislamiento de los ahora príncipes herederos se hizo todavía más hiriente cuando su hijo Guillermo fue desarrollando a partir de la adolescencia una personalidad y unos intereses diametralmente opuestos a los de sus padres, todo ello espoleado por la influencia de su abuelo, el (desde 1871) káiser Guillermo I, y del canciller Bismarck.

    La distancia entre madre e hijo se acrecentó. Vicky consideraba que su hijo lo hacía todo para fastidiarla y provocarla, y Guillermo creía que su madre nunca le había querido.

    En las frecuentes peleas familiares, la reina Victoria tenía que hacer siempre de mediadora, optando usualmente por secundar a su nieto mayor y apaciguar a su hija.

    Aparece Dona

    Mientras estudiaba en Bonn, el príncipe Guillermo se enamoró perdidamente de su prima la princesa Ella de Hesse-Darmstadt y hasta llegó a escribirle poemas de amor. Pero Ella, bella y sofisticada, le rechazó como a un patito feo. La autoestima de Guillermo tocó fondo. Al mismo tiempo, su madre Vicky empezó a proyectar la boda de su hijo, con la esperanza que una esposa adecuada ayudara a recoser la distancia entre ambos. La escogida fue la princesa Augusta Victoria de Schleswig-Holstein, hija del (solo formalmente) duque soberano de Schleswig-Holstein.

    Augusta Victoria, o Dona, como se la llamaría afectuosamente, no era precisamente una princesa con un linaje rutilante. Su padre, el duque Federico VIII de Schleswig-Holstein, era un empobrecido miembro de una rama secundaria de la Casa Real Danesa y su única hazaña había sido declarar, en 1863, la independencia de los ducados de Schleswig-Holstein de Dinamarca para luego entregarlos a las tropas austro-prusianas. Desde entonces había vivido en el más absoluto de los olvidos.

    Peor era que la abuela paterna de Dona hubiera sido una simple condesa, aunque esto se compensaba con su abuela materna, la princesa Feodora de Leiningen, medio hermana de la reina Victoria.

    Vicky pensó que una princesa humilde sería capaz de controlar los delirios de grandeza de su hijo. También esperaba poder ejercer una mayor influencia sobre su vástago a través de su nuera, que, por supuesto, le estaría eternamente agradecida por haberla escogido. Sin embargo, tarde se dio cuenta que en realidad Dona era una ferviente protestante, conservadora y no precisamente anglófila. Carecía además del carácter de Alix de Hesse, del glamour de Alexandra de Gales o del magnetismo de Elisabeth de Austria, Dona siempre fue una mujer corriente, que nunca escondió que sus grandes intereses eran esencialmente la religión y la familia y que no tenía inquietudes políticas ni intelectuales. Su aspecto de hausfrau (ama de casa) la hizo ser muy querida entre la clase media alemana.

    Muy al contrario de lo que esperaba Vicky, la boda en 1881 con Dona no sirvió para propiciar un acercamiento madre-hijo, porque Dona nunca quiso cuestionar ni interesarse por las posiciones políticas de su marido. Su matrimonio fue un matrimonio sin fisuras, Dona siempre le estuvo eternamente agradecida a Guillermo por haberse casado con ella, una princesa con poco brillo y linaje. A la inversa, Guillermo también le agradeció que se hubiera casado con un tullido como él.

    Emperador en prácticas

    El inicio de la década de los 80 también coincidió con el progresivo acercamiento entre Guillermo y su abuelo el emperador Guillermo I, todo ello propiciado por Bismarck, deseoso de evitar que el príncipe pudiera acabar bajo la influencia de Vicky. El canciller empezó a encargar tareas de representación al príncipe Guillermo, al tiempo que sus padres Federico y Vicky eran mantenidos apartados de la política. A todo ello se unían las siempre abiertas críticas de Vicky al gobierno y, por el contrario, las también públicas muestras de apoyo que su hijo daba al mismo gobierno.

    Si la relación entre madre e hijo no era muy buena, la que había entre padre e hijo parecía haber solventado los obstáculos, hasta que Guillermo empezó las “prácticas” en el negocio familiar. En 1884, Bismarck y el káiser escogieron a Guillermo para realizar una visita oficial al zar Alejandro III de Rusia. Su padre Federico se sintió, con razón, deliberadamente excluido, pero Bismarck y Guillermo arguyeron que sus claras posiciones anti-rusas podrían afectar el buen desarrollo del viaje.

    La visita fue un triunfo y Guillermo siguió actuando durante los siguientes años como interlocutor directo con el zar, cosa que provocó una creciente tensión con su padre, al considerar que su hijo estaba usurpando una de las funciones más sagradas de un futuro emperador, el trato con otros soberanos. La exitosa visita a la corte rusa también conllevó que Guillermo ingenuamente creyera a lo largo de todo su reinado, que la “diplomacia dinástica” podía solucionar cualquier problema entre estados.

    El jubileo de la reina Victoria

    El príncipe Federico siempre había sido un hombre propenso a los resfriados y problemas de garganta, pero en mayo de 1887, tras un largo catarro y afonía, los médicos de la corte diagnosticaron un cáncer de laringe. Se consideró que la mejor opción sería realizar, pese a los riesgos que podía conllevar, una laringotomía. La princesa Vicky buscó una segunda opinión de médicos británicos y, tras una biopsia, el doctor Morell Mackenzie determinó que el tumor era benigno y que lo que necesitaba en príncipe heredero era un cambio de aires.

    A pesar del optimista diagnostico de Mackenzie, el anuncio oficial de que el príncipe estaba enfermo (sin decir de qué) causó, entre los alemanes, serias dudas sobre su capacidad para ascender al trono imperial en un futuro no muy lejano. Con cierta falta de tacto, Guillermo se ofreció entonces a substituir a su padre como representante del káiser en el Jubileo de la reina Victoria en junio de ese mismo año. Vicky montó en cólera e incluso la reina Victoria amenazó con no invitar a su nieto al evento.

    Aunque Guillermo había sido imprudente con este ofrecimiento, seguramente pensara que el extenuante viaje y el aire no muy limpio de Londres poco harían para mejorar la salud de su padre. Vicky, sin embargo, creyó firmemente que su hijo había querido aprovechar la enfermedad de su padre para usurpar sus funciones. Esta obsesión la perseguiría constantemente a lo largo de los siguientes meses.

    La aparición del príncipe heredero Federico en el jubileo, vestido con el uniforme blanco y la reluciente coraza del regimiento de los Coraceros de la Guardia Imperial fue un auténtico éxito y la prensa británica se deshizo en elogios hacia yerno de la reina Victoria.

    La realidad sale a la luz en Villa Zirio

    De vuelta a Berlín, el doctor Mackenzie, que por entonces se había convertido en confidente de Vicky, siguió recomendando un cambio de aires. Federico y Vicky pasaron el verano primero en la isla de Wight y luego con la reina Victoria en Balmoral, Escocia. En otoño se trasladaron al Tirol con sus tres hijas más jóvenes (y próximas) y en noviembre se instalaron en San Remo, donde alquilaron una casa llamada Villa Zirio.

    Tras meses de tratamiento, Mackenzie tuvo que reconocer que el tumor era maligno y además, que ahora ya era seguramente inoperable. Con angustia y frustración, Vicky empezó a vislumbrar como el ansiado momento de ascender al trono y vengarse de Bismarck y del “partido ruso” podía no llegar jamás. Cuidando de su marido, que ya había perdido la capacidad de hablar, Vicky pasó varios meses enclaustrada en la Villa Zirio de San Remo.

    En noviembre, el príncipe Guillermo viajó a San Remo para visitar a su padre. También tenía instrucciones expresas de su abuelo, el káiser, de averiguar el estado de salud exacto de Federico. Nada más llegar, Guillermo reunió a los médicos que lo atendían para que le informaran de cómo estaba y quedó devastado por el diagnóstico. Su madre, Vicky, se enfureció al saber que su hijo había hablado con los médicos a sus espaldas y prohibió que padre e hijo pudieran verse a solas, para disgusto de Guillermo, que veía como a diario periodistas extranjeros eran recibidos en audiencia por el enfermo. Las cartas que el hijo enviaba al padre eran también con frecuencia interceptadas por Vicky.

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    En medio de todo este ambiente de paranoia y suspicacia, no es de extrañar, que a lo largo de estos meses de enfermedad, a parte de la salud de Federico, también hubiera otra cosa en constante deterioro: la relación con su hijo. Si el trato entre padre e hijo ya había vivido su primer encontronazo a raíz del viaje a Rusia años antes, ahora, tras meses de encierro en Villa Zirio, Federico veía con disgusto y desconfianza las constantes, y lógicas, opiniones de Guillermo sobre cuál sería el mejor tratamiento a seguir.

    Impotente en San Remo, Guillermo volvió a Berlín e informó a su abuelo el emperador sobre el estado de salud de su padre. El boletín oficial de la corte finalmente publicó que el príncipe heredero Federico padecía un cáncer incurable. Todo el mundo se empezó a preguntar si el príncipe llegaría a suceder a su anciano padre el emperador.

    También Guillermo I, consternado y preocupado, empezó a entender que sería mejor preparar a su nieto para el gobierno nombrándolo Stellvertreter des Kaisers (Suplente del Emperador). Para Vicky, ésta fue la prueba definitiva que mostraba la mala fe de su hijo y sus ansias de poder. Tampoco la prensa alemana contribuía al entendimiento, llegando a publicar la falsa noticia que Guillermo había obligado a su padre a renunciar al trono antes de volver a la capital.

    Recluida en Villa Zirio y siguiendo los consejos de Mackenzie y otros confidentes, Vicky era incapaz de ver la gravedad de la situación y seguía creyendo que su marido podía recuperarse y llegar a ser emperador. Fue la propia reina Victoria la que tuvo que advertir a su hija sobre su obcecación y recomendarle que escuchara otras opiniones además de la de Mackenzie.

    Finalmente, siguiendo los consejos de su madre, Vicky permitió que los médicos de la corte realizaran una traqueotomía a su marido, a causa de la cual perdió la facultad de hablar. Los médicos arguyeron que la operación le daría varios meses de vida a Federico, pero que difícilmente viviría más de un año.

    A principios de marzo de 1888, mientras se recuperaba de la operación, llegó un telegrama urgente desde Berlín, el káiser se encontraba gravemente enfermo. Federico y Vicky se prepararon para partir de inmediato, pero la mañana del 9 de marzo, otro telegrama anunció que Guillermo I había fallecido.

    Somos sombras pasajeras”

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    Federico acababa de ascender al trono como Federico III, segundo emperador de la Alemania unificada. El tren imperial cruzó Europa a toda prisa para llegar a Berlín lo antes posible pues, según Vicky, su ausencia de la capital era un riesgo. Con las prisas, el nuevo emperador cometió algún desliz, como, por ejemplo, pasar de largo Múnich mientras toda la familia real bávara le esperaba en la estación para felicitarle por su ascensión.

    Cuando el tren imperial llegó a Berlín, la mañana del 11 de marzo, la nueva pareja imperial fue recibida por los miembros más allegados de la familia, pero el aparente servilismo y simpatía entre Guillermo y sus padres era solo un ejemplo de lo gélida que era su relación.

    La nueva pareja imperial decidió instalarse en Charlottenburg, lejos del bullicio y de las miradas indiscretas. Allí, Guillermo visitó a su madre para preguntarle porque en los últimos meses se había mostrado tan fría y furiosa. Su madre respondió que Guillermo había hecho todo lo posible por usurpar el poder a su padre y por obligarle a renunciar al trono. Guillermo se defendió afirmando que no era cierto, que su madre había malinterpretado sus intenciones a lo que ella respondió que eso era otra mentira pero que “qué más da una mentira más o una menos, cuando alguien es capaz de llevar su ingratitud tan lejos”.

    A medida que pasaban los días y el nuevo emperador tenía que hacer frente a los distintos compromisos oficiales, crecía la indignación al ver como Vicky y Mackenzie habían maquillado su verdadero estado de salud. A sus 57 años, Federico III, que siempre había sido alto y robusto, era ahora como un hombre cansado y profundamente envejecido. Peor aún, era incapaz de pronunciar una sola palabra, algo indispensable para un soberano. La propia Vicky fue poco a poco dándose cuenta de la grave situación de su marido y de lo poco que duraría su reinado: “somos sombras pasajeras que esperan a ser substituidas por otra realidad en forma de Guillermo”.

    99 días de reinado

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    El ansiado y temido cambio de gobierno que debía producirse si Vicky y Federico llegaban al trono jamás llegó a producirse, él estaba demasiado débil y ella demasiado aislada. Su único caballo de batalla fue intentar concretar (por segunda vez) la boda entre su hija Moretta con el príncipe Alexander de Battenberg, persona non grata para los rusos después de haber sido brevemente príncipe de Bulgaria.

    A pesar del énfasis que los nuevos emperadores pusieron en el asunto, tanto Bismarck como la propia reina Victoria lo desaconsejaron, y la boda no llegó a celebrarse. Si que se produjo, no obstante, la boda, el 24 de mayo, entre su hijo Heinrich y la princesa Irene de Hesse. Fue la última festividad a la que asistió el emperador.

    En abril, Federico III estaba tan débil que ya no podía ni caminar. Pidió ser trasladado al Neues Palais de Potsdam, en donde había pasado casi todos los veranos con su familia desde el nacimiento de Guillermo. Segundo emperador de Alemania, finalmente murió a las once y media de la mañana del 15 de junio de 1888, después de haber reinado solo 99 días.

    Una emperatriz sin techo

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    La situación vivida tras la muerte de Federico III fue uno de los momentos más agrios de la relación entre Guillermo y su madre Vicky.

    Nada más ascender al trono, el ahora Guillermo II, ordenó que un regimiento de la guardia rodeara el Neues Palais e impidiera a todo el mundo salir o entrar. Asimismo dio instrucciones para que se buscaran documentos secretos y comprometedores en los aposentos de sus padres.

    Vicky, que acababa de perder a su marido, vivió esos instantes como una auténtica agresión, y nunca se cansaría de recordar lo insensible que fue su hijo. Guillermo, por su parte, dijo que tal acción estuvo motivada por los rumores que corrían que Vicky había o tenía la intención de enviar documentos ultra-secretos a Reino Unido.

    Tras una hora de encierro y registro, los soldados se retiraron y la emperatriz viuda pudo velar a su marido en calma. No se encontraron papeles comprometedores en el palacio. Sin embargo, semanas después, la reina Victoria devolvió a Berlín unas cajas selladas que Vicky le había enviado y que habían estado meses guardadas en Windsor. Nunca se supo exactamente que contenían.

    La segunda confrontación entre madre e hijo vino cuando los médicos de la corte solicitaron hacer una autopsia al difunto emperador. Guillermo dudó, ya que su padre se había mostrado en contra de ello en su testamento. No obstante, los médicos arguyeron que al haber muerto el emperador después de una larga enfermedad y con varios tratamientos médicos, era necesario practicar una autopsia. Guillermo accedió. Nuevamente su madre lo consideró una afrenta.

    En octubre, Guillermo II le sugirió a su madre que abandonara el Neues Palais, que debía convertirse en la nueva residencia del emperador en Potsdam. Como contrapartida, el nuevo emperador le ofreció a su madre la posibilidad de escoger entre otros cinco palacios, entre ellos el coqueto Sanssouci. Vicky escribió a sus familiares que su hijo la había echado de casa y que ahora era una “sin techo”. Años después, Vicky se construiría un monumental castillo cerca de Frankfurt, lejos de su hijo.

    Guillermo II en el trono

    Una de las primeras decisiones políticas del nuevo káiser Guillermo II fue la destitución del hombre que había guiado Alemania antes, durante y después de su unificación: Bismarck.

    El conflicto entre el emperador y su canciller vino a causa de la huelga de trabajadores en el Ruhr a finales de 1889. Bismarck aspiraba a dejar que las cosas se caldearan lo suficiente para, así, poder aprobar sin ningún problema en el Reichstag nuevas y duras leyes anti-socialistas. Guillermo II, sin embargo, aspiraba a llegar a un acuerdo con los huelguistas e utilizó toda su influencia para forzar al Estado a que atendiera las demandas de los trabajadores de mayores sueldos y límite de horas.

    A lo largo de varias semanas se produjo un tira y afloja entre ambos. En el fondo, más allá de los deseos de Guillermo II de ejercer personalmente el poder que le confería la Constitución (algo que a su abuelo nunca le había interesado) el conflicto también venía dado por la forma de ejercer la política de ambos. Bismarck era de la vieja escuela, para él la política eran largas negociaciones, burocracia y un constante y hábil maquiavelismo. Guillermo, por su parte, era un hombre de su tiempo, preocupado por la popularidad y por los gestos, y más dado a una política grandilocuente a base grandes soluciones para problemas concretos.

    Solo tardíamente el anciano canciller se dio cuenta que su puesto dependía enteramente (según la Constitución) del favor del emperador. En un vano intento por asegurar su cargo, Bismarck visitó a su archienemiga, la emperatriz viuda Vicky, para pedirle que intercediera por él ante el emperador. Ésta se limitó a decir que gracias a sus intrigas ella había perdido toda influencia sobre su hijo. No sería del todo cierto, pues a lo largo de la infancia y juventud de Guillermo, tanto Bismarck como Vicky demostraron ser igual de intrigantes y obcecados.

    Después de una acalorada discusión sobre los poderes y las competencias del canciller, Bismarck presentó su dimisión el 18 de marzo de 1890. Empezaba entonces aquellos que algunos historiadores llamarían, quizás exageradamente, “el reinado personal” de Guillermo II.

    Una relación tóxica

    En sus memorias, más allá de los terribles y estrafalarios tratamientos médicos, Guillermo recordaba con nostalgia varios momentos felices de su infancia, como cuando él y sus hermanos pasaban las tardes jugando y leyendo con su madre en el salón-puente de su palacio, mientras veían los transeúntes pasar por debajo. O los momentos pasados con su padre, ojeando los libros de historia y sus ilustraciones, paseando por los jardines o remando en los lagos de Potsdam.

    No puede decirse, por lo tanto, que la infancia de Guillermo fuera dramática, gótica u oscura. Estuvo plagada de momentos tristes, eso sí, seguramente como la infancia de cualquier persona que sufre una discapacidad. Ya de joven y adulto, fueron la política y las intrigas cortesanas las que intoxicaron la relación entre Guillermo y sus padres, nada que no ocurriera con frecuencia con muchas otras familias reinantes a lo largo de los siglos.

    Con asiduidad se dice que Guillermo fue una “criatura de Bismarck”, pero se ignora que muchas de sus virtudes, como su inteligencia, su buena memoria, su fascinación por la tecnología, su capacidad para conectar con la gente humilde o su afición por los viajes y la arqueología fueron consecuencia de la educación recibida durante su infancia y supervisada por sus padres.

    A lo largo de su vida, Vicky escribió innumerables cartas, publicadas más tarde, quejándose de su hijo, de su actitud y del trato que recibía ella. Con el tiempo, el contenido de dichas cartas pasó de ser una opinión subjetiva a una verdad indiscutible. Pocos historiadores cuestionaron la veracidad de aquello que Vicky escribía, construyéndose, por lo tanto, una monstruosa imagen de su hijo que sería extremadamente útil en la propaganda anti-alemana durante la Primera Guerra Mundial.

    Vicky se quejó amargamente del carácter de su hijo, de su arrogancia, de su ambición, de su incapacidad para escuchar a los demás, de su ímpetu, etc, pero estos fueron defectos que también la definían a ella. Finalmente, en muchos aspectos, su hijo se le parecía más de lo que jamás reconoció.

    (*) El autor es historiador. Estudió historia del Arte en la Universidad Autónoma de Barcelona y ahora ha terminado un máster en gestión de museos y patrimonio en la Universidad Complutense de Madrid. Realizó sus prácticas en el Palacio Real de Madrid. Actualmente es autor del Blog Noches Blancas y de Patrimonio de la Corona, dedicados a la historia y el arte en época moderna y contemporánea. Puede seguirlo en Instagram.

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