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  • Takako Shimazu, la primera princesa japonesa que trabajó como una ciudadana común

    Pasaron casi 64 años desde la boda de la princesa Takako de Japón con un banquero, una ceremonia que convirtió a la hija del emperador Hirohito en una simple ciudadana. Escasamente conocida por las nuevas generaciones, Takako, ex Princesa Suga, tiene actualmente 84 años, asistió a la entronización de su sobrino Naruhito el año pasado y pasó las últimas décadas viviendo de forma modesta y trabajando para mantenerse financieramente.

    La primera miembro de la Familia Imperial de Japón en tener un trabajo comercial, Takako siempre tuvo la reputación de ser la más vivaz y menos convencional de las cinco hijas del emperador Hirohito y su esposa, la emperatriz Nagako. Nació en el Palacio Imperial en 1939, seis años después del nacimiento de su hermano Akihito (emperador entre 1989 y 2019) y fue bautizada como Takako Suganomiya o, en terminología occidental, Takako, Princesa Suga.

    Hasta que llegué a la edad de jardín de infantes, vivía con mis padres”, recordó en una entrevista con el New York Times. “Luego me enviaron al Salón Kuretake, un edificio dentro del recinto imperial pero a cierta distancia del Palacio del Emperador, para que las institutrices me criaran con mis hermanas”. “En la familia imperial”, explicó, “la costumbre era que los niños varones fueran criados por separado, cada uno en su propio lugar con sus propios asistentes, y que las niñas fueran criadas juntas, pero por separado de sus hijos. padres”.

    Para Takako, la vida en el palacio era extremadamente estricta, pero no se rebeló activamente: “Solía ​​pensar de qué sirve hacer un escándalo, ya que no puedo cambiar las cosas de ninguna manera”, reflexionó. Educada a la antigua usanza imperial, aprendió a realizar arreglos florales, los secretos de la ceremonia del té, la composición de poesía waka, la caligrafía tradicional y las otras artes que las jóvenes japonesas de la alta nobleza debían adquirir.

    Al igual que sus hermanos mayores (Akihito y el príncipe Hitachi), Takako asistió a la Escuela de Nobles, una institución ahora abierta a todos, pero originalmente destinada a los niños de la realeza imperial, la nobleza más rancia y altísimos funcionarios del gobierno. Mientras sus hermanas mayores, educadas antes y durante la Segunda Guerra Mundial, no fueron más allá de la Escuela Secundaria de Nobles, Takako fue la primera princesa nipona que fue a la universidad.

    Lejos de los lujos del palacio

    Cuando tenía veinte años, los funcionarios de la casa imperial le informaron que habían arreglado su matrimonio con el joven banquero Hisanaga Shimazu, un compañero de estudios del príncipe Akihito y descendiente de una familia feudal de ascendencia imperial, que había gobernado Kagashima, en el sur de Japón durante siglos. La princesa aceptó, pero con una condición: si después de un período de noviazgo, tanto ella como su posible esposo podrían cancelar el matrimonio si se encuentran incompatibles.

    “En mi caso”, dijo Takako, “un matrimonio por conveniencia prácticamente era imposible. Pero no quería repetir el tipo de matrimonio por el que todas mis hermanas mayores tuvieron que pasar”. Afortunadamente, los jóvenes se guraron y la relación floreció. Con su matrimonio en 1960, Suga perdió automáticamente su título de princesa porque, de acuerdo a la Constitución japonesa de la posguerra, las hijas imperiales que se casan fuera de la familia imperial se convierten en plebeyas.

    Tras despedirse con honores del palacio imperial, Takako vivió en Estados Unidos porque su marido, miembro del personal del Japan Export-Import Bank, fue asignado a Washington. Takako lo acompañó con su hijo para pasar dos años como ama de casa en un modesto departamento de la capital estadounidense.

    “No tuve ninguna dificultad para adaptarme a la vida estadounidense”, dijo ella. “Nos criaron con ropa occidental, comida occidental y japonesa, así que no me sorprendió ni me sorprendió nada de lo que encontré en Estados Unidos. El ajuste se produjo, por extraño que parezca, después de que volvimos a Japón. Es difícil de explicar. No creo que haya cambiado, pero no siempre he podido volver a la misma relación con amigos y conocidos que tenía antes de ir a América. Nunca me lo dicen, pero tengo la sensación de que algunos de ellos me reprochan en silencio que me haya vuelto demasiado americano”.

    Los Shimazu viven modestamente en comparación con la familia imperial, que contaba en su entorno más cercano con una lista de personal que incluía médicos de guardia las 24 horas del día, guardianes del guardarropa y sacerdotes que los asistían en los ritos sintoístas, además de un millar de sirvientes, entre músicos, jardineros, cocineros, fontaneros, electricistas y constructores. Por entonces, el palacio requería de 160 sirvientes para mantenerlo en funcionamiento, en parte debido a reglas como una que una criada que limpiaba una mesa no puede limpiar el piso.

    Empleada de una tienda

    Fuera de los muros del palacio, Takako y el señor Shimazu vivieron toda su vida en un apartamento pequeño en Aoyama, una sección residencial de Tokio, con vistas al Monte Fuji. Durante años, la exprincesa trabajó como consultora en la exclusiva tienda Seibu Pisa en el Hotel Tokyo Prince, para sorpresa de sus padres. “No pedí el consejo de mis padres porque nuestras posiciones son tan diferentes que sentí que no lo entenderían”, dijo ella. “Intenté informarles justo antes de aceptar el trabajo, pero los periódicos se hicieron cargo de la historia, y pude recibir una llamada telefónica al palacio solo en la tarde del día en que los periódicos de la noche iban a publicar la historia”.

    Todas las tardes, la hija del emperador se sentaba a atender a clientes especiales, brindando consejos sobre moda, arte, diseño de interiores, mobiliario y regalos. Defendiéndose de las críticas periodísticas de su nuevo trabajo, la ex princesa dijo con seriedad: “Me doy cuenta de mi posición y de que hay cosas que no puedo hacer. No tengo título, pero soy la hija del Emperador. No quiero avergonzar a mis padres de ninguna manera”.

    Por Darío Silva D’Andrea, editor de Monarquias.com

  • La inusual vida de Takako, la princesa japonesa que dejó la corte para trabajar en una tienda

    Justo cuando la princesa Mako de Japón está a punto de despedirse del palacio y de su vida en la realeza para iniciar su camino como esposa de un abogado plebeyo, el país asiático empieza a recordar la historia de un personaje de la Familia Imperial hasta ahora poco conocido para las nuevas generaciones. Se trata de la exprincesa Takako, una de las dos hermanas sobrevivientes del emperador Akihito y tía abuela de la princesa Mako.

    Takako fue la primera persona de la milenaria dinastía nipona que trabajó como un ciudadano común después de abandonar la corte en los años 60. Séptima hija del emperador Hirohito y de la emperatriz Nagako, Suga no miya Takako (princesa Suga) nació en el Palacio Imperial de Tokio en 1939, cuando sus padres llevaban ya quince años de matrimonio y su alumbramiento fue considerado un “milagro”: los emperadores ya habían tenido cuatro hijas mujeres y dos hijos varones y no se esperaba que Nagako quedara embarazada por séptima vez.

    “Hasta que llegué a la edad de jardín de infantes, vivía con mis padres”, relató la princesa hace 50 años en una entrevista que concedió al New York Times. “Luego me enviaron al Salón Kuretake, un edificio dentro del recinto imperial pero a cierta distancia del Palacio del Emperador, para que las institutrices me criaran con mis hermanas”. “En la familia imperial”, explicó, “la costumbre era que los niños varones fueran criados por separado, cada uno en su propio lugar con sus propios tutores, y que las niñas fueran criadas juntas, pero por separado de sus hermanos varones”.

    Primera princesa que fue a la universidad

    La princesa Takako siempre consideró que la vida en el palacio era extremadamente estricta, pero no se rebeló activamente. “Solía ​​pensar de qué sirve hacer un escándalo, ya que no puedo cambiar las cosas de ninguna manera”, dijo. Adoctrinada por estrictos maestros de probado linaje noble, la princesa y sus hermanas aprendieron a realizar refinados arreglos florales, a desarrollar la meticulosa ceremonia del té y otras artes que las jóvenes japonesas de la aristocracia debían adquirir. Por lo demás, no podían tener contactos con el mundo exterior y solamente entablaban comunicación con familias nobles de varios siglos de antigüedad.

    Al igual que sus hermanos mayores, el príncipe Akihito (futuro emperador entre 1989 y 2019) y Masahito (príncipe Hitachi), Takako asistió a la Escuela de Nobles, una institución ahora abierta a todos, pero originalmente destinada a los niños de la nobleza y altísimos funcionarios del gobierno y la corte imperial. Sus hermanas mayores, educadas antes y durante la Segunda Guerra Mundial, no fueron más allá de la Escuela Secundaria de Nobles). Primera princesa japonesa que fue a la universidad, se especializó en inglés, pero cuando cursaba el tercer año se sugirió un matrimonio arreglado con Hisanaga Shimazu, un compañero de clase del príncipe Akihito y descendiente de una familia feudal de comprobada ascendencia imperial, que había gobernado Kagashima durante siglos.

    La princesa aceptó su obligación dinástica, pero con una condición: después de un período de noviazgo, tanto a ella como a su prometido se les permitiría cancelar los planes matrimoniales si se encuentran incompatibles, porque consideraba que debía pasar el resto de su vida con una persona que fuera de su agrado. “En mi caso”, relató al Times, “un matrimonio a distancia no prácticamente era imposible. Pero no quería repetir el tipo de matrimonio por el que todas mis hermanas mayores tuvieron que pasar: ‘cómo te va’ por la mañana y te ignoro durante el resto del día”. Recordaba que su madre había visto solo en cuatro ocasiones a su padre antes de concretar el matrimonio, también orquestado por funcionarios imperiales.

    Del palacio a un modesto departamento

    Cuando se conocieron, los dos jóvenes comenzaron a salir y su compañía se convirtió en matrimonio. Tras la elaborada boda sintoísta, la princesa Suga perdió automáticamente su título de Princesa porque la Constitución japonesa de la posguerra conserva al emperador como un “símbolo de estado”, y su descendencia masculina y sus hijos son los principales príncipes imperiales, pero las hijas que se casan fuera de la familia imperial se convierten en plebeyos. La única condición para retener su título hubiera sido mantenerse soltera, pero el matrimonio era la única forma de escapar a la estricta vida cortesana.

    Banquero de profesión, Shimazu fue enviado a Washington como empleado del Japan Export-Import Bank, con lo que la exprincesa Takako (tras su boda titulada Señora Takako Shimazu) pasó dos años trabajando como ama de casa en un departamento modesto de la capital estadounidense. “No tuve ninguna dificultad para adaptarme a la vida estadounidense”, dijo la relató la exprincesa. “Nos criaron con ropas occidentales, comidas occidentales y japonesas, así que no me sorprendió ni me sorprendió nada de lo que encontré en Estados Unidos. El cambio se produjo, por extraño que parezca, después de que volvimos a Japón. Es dificil de explicar. No creo que haya cambiado, pero no siempre he podido volver a la misma relación con amigos y conocidos que tenía antes de ir a América. “Nunca me lo dicen, pero tengo la sensación de que algunos de ellos me reprochan en silencio que me haya vuelto demasiado americano”, se sinceró.

    En los siguientes años tras su regreso a Japón los Shimazu y su hijo, Yoshihisa, vivieron modestamente en comparación con la vida que mantenía la familia imperial, que contaba en su entorno más cercano con una lista de personal que incluía médicos de guardia las 24 horas del día, guardianes del guardarropa y sacerdotes que los asistían en los ritos sintoístas, además de un millar de sirvientes, entre músicos, jardineros, cocineros, fontaneros, electricistas y constructores. Por entonces, el palacio requería de 160 sirvientes para mantenerlo en funcionamiento, en parte debido a reglas como una que una criada que limpiaba una mesa no puede limpiar el piso.

    Empleada de una tienda

    A contrario de sus hermanas mayores (las princesas Yigeko, Sachiko y Kazuko), Suga no vivió en el esplendor de la vida burguesa y se convirtió en la primera princesa japonesa que consiguió un trabajo como una ciudadana común. En 1970 comenzó a trabajar como consultora en la exclusiva tienda Seibu Pisa del Hotel Tokyo Prince, para gran sorpresa de sus padres. “No pedí el consejo de mis padres porque nuestras posiciones son tan diferentes que sentí que no lo entenderían”, explicó ella. “Intenté informarles justo antes de aceptar el trabajo, pero los periódicos se hicieron cargo de la historia, y pude recibir una llamada telefónica al palacio solo en la tarde del día en que los periódicos de la noche iban a publicar la noticia”.

    Su trabajo consistía en ofrecer a clientes especiales y acaudalados consejos sobre moda, mobiliario y regalos, ofreciendo ideas a los clientes indecisos, y los diarios japoneses, que en los años 70 criticaron sus presuntos intentos de capitalizar su nombre y su relación sanguínea con la casa imperial para tener éxito en el mundo laboral. Autoconvencida de que no debía avergonzar a sus padres y a la familia imperial, hizo todo lo posible por llevar una vida laboral discreta que mantuvo a lo largo de las décadas hasta su jubilación: “Me doy cuenta de mi posición y de que hay cosas que no puedo hacer. No tengo título, pero soy la hija del Emperador. No quiero avergonzar a mis padres de ninguna manera”, reflexionó.