Etiqueta: SECRETOS CORTESANOS

  • Así fue el imponente funeral de Alfonso XII, el último rey que murió en España

    El 25 de noviembre de 1885, hace 138 años, la noticia de la muerte del rey de España, Alfonso XII, cayó como un rayo sobre su reino. El joven hombre tenía 27 años y esperaba un tercer hijo con la esperanza de que fuera el heredero del trono. Desde entonces, ningún otro monarca murió en suelo español, ya que su hijo falleció en el exilio en Roma.

    Alfonso XII murió de tuberculosis en el Palacio Real de El Pardo, luego de varios días de una dolorosa agonía, y en compañía de su segunda esposa, la reina María Cristina de Habsburgo, quien estaba embarazada. Sus dos hijas mayores, la infanta María de las Mercedes y la infanta María Teresa, tenían 5 y 3 años de edad respectivamente.

    Dos días después, el cuerpo del monarca fue retirado del Pardo para ser conducido con una solemnidad como no se había visto en la corte española en más de un siglo. El destino final era el Palacio Real de Madrid, o Palacio de Oriente, y en el trayecto se oyó un silencio espantoso, tan solo interrumpido por las campanas de la iglesia y los llantos de los españoles que no podían reprimir la emoción.

    El cortejo que acompañó los restos de don Alfonso, colocado sobre un carruaje fúnebre, estaba formado por varios batallones militares, el de Cazadores de Manila, el de Guarnición y el de la Escolta Real, secundados por una enorme comitiva civil. A las 11 de la mañana del 27 de noviembre, al son de marchas fúnebres, trompetas, cañones y campanas, el cortejo partió desde la capilla ardiente escoltado por cuatro damas de la alta nobleza envueltas en amplios velos negros que representaban a las reinas María Cristina, Isabel II (ex reina, madre de Alfonso) y las infantas hijas y hermanas del rey.

    Ocho caballos negros lujosamente enjaezados, dirigidos por el escuadrón de la Escolta Real, tiraban del carro fúnebre, que tardó dos horas en legar a la iglesia de San Antonio de la Florida. Dieciocho guardias reales y un imponente número de miembros de la servidumbre acompañaban el cortejo, conformado por gentileshombres y mayordomos de la corte. A ellos se unieron los altos mandos de la presidencia española, los jerarcas de la Iglesia católica y las representaciones de todos los ámbitos oficiales del reino.

    El imponente cortejo, también compuesto por palafreneros, altos mandos de los ejércitos, caballerizos reales, personal del departamento de Caballerizas con uniformes y trajes de gala; ujieres y criados de Palacio, capellanes, músicos y cantores y capellanes de honor, duques, marqueses, condes y los mandos superiores de la corte real. Escoltado por el cuerpo de guardias alabarderos iba el “coche de respeto” llamado de Doña Juana la Loca, con ocho caballos, lacayos, palafreneros, escoltas reales y un regimiento de caballería. Más atrás, en varios carruajes, viajaba la familia real encabezada por la reina viuda y las dos infantas, seguidas por la reina doña Isabel II, las infantas doña Isabel, doña Pilar, doña Eulalia, doña Luisa Fernanda y el duque deMontpensier.

    “El pueblo aclamó a la augusta viuda, que rompió a llorar amargamente al entrar en el regio Alcázar por la puerta del Príncipe”, dice una crónica de la época. “El cortejo fúnebre, tan brillante en esta ocasión dolorosa como en todas las solemnidades públicas de la corte de España, siguió en dicha forma por el largo trayecto hasta la portada principal del regio alcázar, y la muchedumbre se descubría respetuosamente ante el féretro y murmuraba frases de compasión y de amargura, y también piadosas oraciones”. En Madrid ya esperaban el rey Luis de Portugal, el infante don Augusto, el príncipe de Hohenlohe, los archiduques Federico y Eugenio, hermanos de la reina viuda, y representantes de los reyes de toda Europa.

    La escena de la llegada al Palacio de Oriente fue grandiosa, irrumpida por cañonazos provenientes del cercano Campo del Moro y de los altos de la Montaña del Principe Pío. A las tres de la tarde, el carro fúnebre llegó al pie de la escalera principal del palacio, donde esperaban allí los ministros de la Corona (menos el de Gracia y Justicia, notario mayor del Reino, que presidía el cortejo), grandes de España y títulos de Castilla, altos dignatarios de la corte y varias damas de honor. Escoltado por alabarderos que formaban dos filas, presentando las armas, y representantes de la Iglesia liderados por el cardenal Benavides, el cadáver del rey Alfonso fue subido, en hombros de servidores de la casa real hasta el Salón de Columnas, capilla ardiente, y colocado en la cama imperial.

    El 28 de noviembre (día en que el rey hubiera cumplido 28 años) las puertas del palacio real fueron abiertas para que la enorme masa de público que se lamentaba en las calles pudiera rezar ante el cadáver descubierto del monarca. La ceremonia de apertura de la capilla ardiente ocurrió en presencia del jefe superior de Palacio, el Duque de Sesto, y del intendente general de la Real Casa y Patrimonio. Se cantó la vigilia de difuntos y misa de cuerpo presente oficiada por el cardenal Benavides en presencia de la reina viuda, la grandeza de España y altos dignatarios de la corte. Se informó que “millares de personas de todas las clases sociales desfilaron por la fúnebre estancia hasta las cinco de la tarde, manifestando en su expresión la profunda pena que les dominaba al contemplar inerte el rey animoso en quien la patria había cifrado sus más legitimas esperanzas de progreso y de ventura”.

    El 29 de noviembre fue el día elegido por la reina María Cristina para la sepultura de su esposo. El féretro real fue colocado en el carruaje fúnebre tapizado con terciopelo negro y sobre él fueron instalados el cetro real, la espada real y el bastón de mando del monarca. El cortejo, de igual magnitud que el primero, partió del Palacio Real a las diez y cuarto de la mañana rumbo al panteón de reyes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. La comitiva fúnebre siguió por las plazas de la Armería y de Oriente, calle de Bailen y Paseo de San Vicente hasta la estación del Norte, rodeado de una inmensa multitud que llenaba toda la carrera en balcones y ventanas adornadas con crespones negros y banderas. Miles de dolientes silenciosos se descubrían al paso del ataúd real.

    La crónica de la prensa detallaba: “La comitiva se puso en marcha por el siguiente orden: una batería de artillería rodada; una sección de ingenieros; un batallón de infantería; cuatro palafreneros carreristas; un timbalero, cuyo caballo conducirán, dos palafreneros a la Federica; dos clarineros a caballo; cuatro maceres, con uniforme de gala, a caballo; cuatro palafreneros carreristas á caballo; dos caballos de respeto, ensillados, de S.M. el rey; ocho caballos con reposteros cubiertos con gasa negra; picador mayor, ayudantes, domadores y alumnos, todos de gala, á caballo y en dos tilas; seis palafreneros carreristas (los de servicio) con los caballerizos y correos; personal de las reales caballerizas, con uniforme y traje de gala, en dos filas; estandarte de la Hermandad Real; cruz de la real capilla; furrier de la misma; capellanes de altar; músicos y cantores; capellanes de honor; gentiles-hombres de casa y boca; mayordomos de semana; gentiles-hombres de cámara. Altos servidores de palacio, maestrantes de las distintas órdenes militares y grandes de España”.

    En el palacio quedaron la reina viuda y sus hijitas, que siguieron con tristeza la marcha del cortejo mirada anhelante y anegados en lágrimas los ojos, la marcha del cortejo hasta perderlo de vista. Trasladado en una plataforma especial a bordo de un tren, el cadáver llegó a El Escorial, donde fue recibido por los monjes que siguieron la antigua fórmula protocolar: “¡Monteros de Espinosa! ¿Es este cadáver el mismo que recibisteis al morir don Alfonso XII?”, preguntaron. “El mismo”, contestó el decano de los monteros. “Juradlo”, exigieron los monjes, a lo que la guardia real respondió al unísono: “¡Sí, juramos”. A continuación, el féretro fue conducido al templo, seguido de toda la comitiva y de setenta religiosos del monasterio, dando comienzo las exequias, que fueron presididas por los cardenales Benavides y González, el duque de Sesto y los generales Blanco, Martínez Campos, marqués de la Habana y Echagüe. Terminada la solemne ceremonia religiosa, á la que concurrieron más de dos mil personas, la caja mortuoria fue trasladada al panteón y colocada sobre un catafalco desde donde sería conducido después al Pudridero.

  • La muerte de un príncipe niño que cambió el destino de la monarquía belga

    La muerte del pequeño príncipe Leopoldo de Bélgica a edad temprana, en 1869, trastornó los destinos de la joven monarquía de su país. Era el único hijo varón del rey Leopoldo II y, como tal, estaba destinado a convertirse en el tercer rey de los belgas.

    El príncipe Leopoldo, Leopold Ferdinand Elias Victor Albert Maria, nació el 12 de junio de 1859 en el Castillo de Laeken y era el segundo hijo del príncipe Leopoldo, el hijo mayor de Leopoldo I, y la archiduquesa María Enriqueta de Austria. A través de su padre, el príncipe era bisnieto de Luis Felipe de Orleáns, último rey de Francia, mientras por el lado materno era bisnieto del sacro emperador Leopoldo II.

    La alegría de los belgas y la familia real fue grande, ya que hasta entonces la pareja de príncipes herederos había tenido solo una hija, la princesa Luisa.

    El niño fue bautizado como su padre y su abuelo, pero también recibió otros nombres de importancia como Fernando, en honor al rey Fernando II de Portugal, su padrino; Elias, la abreviatura de Elisabeth de Austria, hermana y madrina de su madre; Víctor en homenaje a la reina Victoria de Inglaterra, prima del niño, y Alberto, por el marido de la reina británica y también emparentado con la familia real belga por ser un príncipe de Sajonia-Coburgo-Gotha.

    LEOPOLDO II DE BÉLGICA Y SU ESPOSA MARÍA ENRIQUETA DE AUSTRIA

    Además de los nombres, el príncipe Leopoldo recibió el título de Conde de Hainaut al momento de su nacimiento y, en 1865, cuando su padre ascendió al trono, se convirtió en el Duque de Brabante, correspondiente al heredero del trono belga, a la edad de cuatro años.

    Según los historiadores, el duque de Brabante fue un niño alegre pese a la desgracia que era el matrimonio de sus padres, pero su salud nunca fue buena. En 1864 Leopoldo y María Enriqueta fueron padres por tercera vez, de una niña a la que bautizaron Estefanía y sería, mucho después, consorte del trágico archiduque Rodolfo de Austria, quien se suicidó en 1889.

    En 1868, el duque de Brabante cayó en un estanque de agua ubicado en el parque de Laeken. Afortunadamente fue rescatado a tiempo pero el enfriamiento le causó neumonía. Pese a que Leopoldo II luchó por conseguir la mejor atención médica posible, el estado de salud del niño empeoró hasta que murió, por complicaciones cardíacas, el el 22 de enero de 1869.

    MUERTE DE LEOPOLDO, DUQUE DE BRABANTE

    El heredero del trono no tenía más de 9 años. Leopoldo II quedó terriblemente devastado por la muerte de su único heredero y lloró públicamente en los funerales reales. La reina María Enriqueta, quien en 1871 logró dar a luz a una tercera hija, la princesa Clementina, fue culpada por Leopoldo II por la muerte de su hijo y el matrimonio comenzó a derrumbarse.

    La falta de heredero directo constituyó uno de los más amargos pesares de Leopoldo II, quien trasladó su cariño y sus esperanzas dinásticas a su inteligente y apuesto sobrino el príncipe Balduino, hijo de Felipe, conde de Flandes. Las esperanzas, sin embargo, se vieron marchitas cuando el propio príncipe murió a los 21 años, víctima de la influenza, aunque algunos aseguran que murió abatido en un duelo con un marido celoso.

    El conde de Flandes y su esposa, María de Hohenzollern, afortunadamente tenían dos hijas, Josefina y Antonieta -que llegaron a ser, respectivamente, duquesa de Vedome y princesa de Hohenzollern por matrimonio- y un segundo hijo, Alberto. El conde de Flandes, que era sordo, renunció voluntariamente a todos sus derechos sucesorios al trono, por el cual no sentían ninguna ambición, y Leopoldo II fue finalmente sucedido por su sobrino, el rey Alberto I.

  • Hace 463 años murió Isabel de Valois: así fue el doloroso funeral de la reina de España

    Isabel de Valois, reina consorte de España, murió a los veintitrés años tras una breve enfermedad y un parto prematuro el domingo 3 de octubre de 1568 en el Palacio Real de Aranjuez. Dio a luz a una niña que murió pocas horas antes que su madre. El esposo de Isabel, el rey Felipe II de España, estaba a su lado cuando ella falleció y quedó en estado de shock y gran dolor por su muerte. Los íltimos tiempos habían sido particularmente dolorosos para la reina.

    En 1657, Isabel dio a luz a una niña, Catalina, y volvió a quedar embarazada poco después. En ese tiempo, ocurrió algo que afectó mucho a la reina: el 18 de enero de 1568, Felipe encarceló a su hijo Don Carlos, mentalmente inestable, y se le impidió heredar el trono de España. Don Carlos moriría más tarde en cautiverio y, cuando Isabel se enteró de la detención, lloró sinceramente y comentó que Don Carlos nunca había sido más que amable con ella. Ella sufría de depresión por el asunto. Pasó su embarazo relajándose, jugando a las cartas, tejos y tirando dados, disfrutando de las bromas de sus tontos y viendo obras de teatro hasta septiembre de 1568, cuando enfermó y engordó mucho. Se desmayaba con frecuencia, tenía ataques de temblor y tenía debilidad y entumecimiento en el lado izquierdo. No podía dormir y no podía comer.

    Los médicos la desangraron y le aplicaron inyecciones mientras el rey la consolaba. El 3 de octubre de 1568, Isabel y Felipe escucharon misa juntos. Isabel le pidió a Felipe que le prometiera que siempre apoyaría a su hermano el rey Enrique III y que protegería y cuidaría a sus sirvientes. El rey lo prometió. Isabel dijo que siempre había rezado para que él tuviera una larga vida y que hiciera lo mismo cuando ella llegara al cielo, y Felipe se derrumbó. Unas horas más tarde, Isabel dio a luz a una niña. Varias horas después, tanto la reina como su hija estaban muertas.

    El cuerpo de Isabel de Valois fue embalsamado el mismo día y colocado en un ataúd cubierto de terciopelo negro ricamente adornado con los emblemas del rango real. Mientras tanto, la capilla del palacio se cubrió con tela negra bordada con emblemas como los lirios de Valois y las armas y cifrados del rey Felipe. La habitación estaba iluminada con muchas velas encendidas de cera blanca. El catafalco se encontraba ante el altar mayor con cuatro escudos en cada esquina que representaban las armas y los escudos heráldicos de Valois y Habsburgo.

    Durante la tarde, personas con velo y vestidos con largas túnicas de luto llenaron la capilla. Estos no eran actores contratados para la ceremonia, sino verdaderos dolientes. El embajador francés Brantôme afirmó que “nunca la gente había mostrado tanto cariño. El aire se llenó de lamentos y de apasionadas demostraciones de dolor: porque todos sus súbditos miraban a la reina con sentimientos de idolatría, más que con reverencia”. A la ceremonia asistieron todos los caballeros y damas de la casa de la reina, el clero de Madrid, los jefes de las casas religiosas, hombres y mujeres, los embajadores extranjeros, los magistrados de Madrid y el gobernador militar.

    Al caer la noche, la procesión fúnebre recorrió las largas galerías del palacio desde los aposentos de la reina muerta hasta la capilla real. Afuera, las armas tronaron y las campanas repicaron. El cuerpo de la reina fue llevado por cuatro grandes de España y precedido por el alcalde de la reina Don Juan Manrique. Su principal dama de honor, la duquesa de Alba, caminó tras el ataúd vestida con largas túnicas de luto. Luego vino una fila de damas nobles y caballeros.

    El portal de la capilla se abrió de par en par y el féretro fue recibido por el nuncio papal Casteneo y el cardenal Espinosa seguido por el clero de Madrid. Mientras la procesión pasaba hasta el coro, se escuchó el canto del Réquiem. El ataúd se colocó sobre caatafalco y se cubrió con un manto de brocado de oro y se remató con la corona real, manto y cetro y un pequeño vaso de agua bendita.

    Comenzó el oficio del reposo de los muertos. Los sonidos de los sollozos ahogados de las mujeres de la casa de Isabel se escucharon durante los cánticos de los sacerdotes y los sonidos de los lejanos murmullos de las multitudes en la calle y la avenida que conducía al palacio eran audibles. Al final del servicio, el nuncio dio la bendición. Todos salieron de la capilla excepto los que habían sido elegidos para realizar una vigilia por el cadáver.

    QUIÉN FUE ISABEL DE VALOIS. Isabelle (llamada Isabel en España) nació el 2 de abril de 1545 en el palacio real de Fontainebleau y fue la segunda hija del rey Enrique II de Francia y su esposa Catalina de Médicis. Sus hermanos fueron los sucesivos reyes Francisco II, Carlos IX y Enrique III, los últimos monarcas de la dinastía Valois. El tratado de paz de 1559 entre Francia y España se selló con el compromiso de Isabel y el rey Felipe II de España (proporcionando una dote de cuatrocientas mil coronas de oro a la corona española) y de la hermana de Isabel, Margarita, con Emanuel Filiberto de Saboya. Las celebraciones coincidieron con el terrible accidente de Enrique II durante un torneo de justas, que le causaron la muerte tras mucho tiempo de agonía. Felipe no era fiel a Isabel, pero parecían disfrutar de la felicidad doméstica. Quedó embarazada y Felipe comenzó a pasar dos horas al día con ella y le mostró un gran cariño. Él estaba a su lado cuando dio a luz a la infanta Isabel Clara Eugenia el 12 de agosto de 1566. Embarazada en varias oportunidades sin poder proporcionar un heredero varón, la salud de Isabel se deterioró rápidamente.

    La duquesa de Alba, velada con un velo, se sentó en una silla a la cabeza del ataúd vestida de negro. Don Juan Manrique se encontraba al pie del féretro sosteniendo su varita de oficio. Otros miembros de la casa se arrodillaron alrededor de la plataforma. Los soldados del guardaespaldas del rey sostenían antorchas, haciendo guardia dentro de la capilla aún iluminada con numerosas velas.

    En medio de la noche, el rey Felipe entró en la capilla asistido por su medio hermano Don Juan de Austria y sus amigos Ruy Gómez y Don Hernando de Toledo. Avanzó lentamente hacia el féretro, se arrodilló a la cabeza del féretro y permaneció absorto en la oración durante un buen rato con los tres hombres de pie en silencio e inmóviles detrás de él. Nadie traicionó la presencia del rey en la capilla. Finalmente, Felipe se levantó, tomó el aspergillum, roció el ataúd con agua bendita y salió de la capilla. Abandonó el palacio asistido por sus tres compañeros y se dirigió al monasterio de San Gerónimo para rezar y meditar.

    A la mañana siguiente, muchos de los más grandes eruditos, nobles y damas se reunieron en la capilla del palacio para escoltar el cortejo fúnebre hasta el convento carmelita de Las Descalzas Reales, donde Isabel sería enterrada temporalmente hasta que se terminara el mausoleo de El Escorial. El ataúd fue llevado por las calles por los mismos cuatro hombres del día anterior. El palio lo sostuvieron sobre el féretro los duques de Arcos, de Naxara, de Medina de Rioseco y de Osuna. Junto al féretro marchaban los marqueses de Aguilar y de Poza, los condés de Alba, de Liste y de Chinchon.

    Las calles se habían adornado con crespones y banderas negras y muchos espectadores se alineaban en la ruta de la procesión para mirar y derramar lágrimas. En el portal de la iglesia de las Carmelitas, la procesión fue recibida por el nuncio papal Castaneo, Espinosa y Frexnada, obispo de Cuença que había sido elegido para realizar los ritos funerarios. También estuvo presente el arzobispo de Santiago, gran limosnero de España. Detrás de los prelados estaban la abadesa Doña Inez Borgia y las monjas de Descalzas.

    Después de la misa, el ataúd fue depositado en un nicho excavado cerca del altar mayor. Luego, se realizó una parte importante de la ceremonia que era requerida para los soberanos españoles. El cadáver debía ser identificado por ciertos personajes designados por el rey. El obispo de Cuença primero bendijo el sepulcro. La tapa fue levantada por la duquesa de Alba y por Don Juan Manrique. De pie alrededor de la tumba como testigos estaban: el nuncio papal Castaneo, el cardenal Espinosa, el embajador francés de Fourquevaulx, el embajador portugués Don Francisco Pereira, los duques de Osuna, Arcos y Medina, el marqués de Aguilar, los condés de Alba, de Chinchon, Don Enríquez de Ribera, don Antonio de la Cueva, don Luis Quexada señor de Villagarcia, presidente de la junta de indios, y los archiduques Rodolfo y Matías, sobrinos de Felipe.

    Cuando se quitó la tela mortuoria, los cadáveres de Isabel y su pequeña hija eran visibles. La duquesa de Alba vertió en el féretro bálsamo y perfumes finamente pulverizados que habían sido preparados especialmente para la ocasión. También esparció racimos de tomillo y flores fragantes. Luego se cerró el ataúd y se selló con el sello real. En el acto, el subsecretario de Estado, Martín de Gatzulu, redactó un acta de las actuaciones y fue firmada por todos los testigos. El confesor del convento y uno de sus compañeros se adelantaron para hacerse cargo de los restos de la reina hasta que fueran trasladados. Se cerró la tumba y se terminaron las ceremonias del día.

    Durante nueve días se recitó el rezo de los muertos en todas las iglesias de Madrid. Mañana y tarde, el tribunal asistió al servicio realizado en la ermita de Las Descalzas en el que estuvo siempre presente la hermana de Felipe, Doña Juana. Felipe escuchaba el servicio dos veces al día en la capilla de San Gerónimo. Durante los nueve días completos, Felipe permaneció en soledad, sin hablar con nadie y rara vez salía de la galería elevada sobre el altar mayor de la capilla orando y meditando. Se suspendieron todos los asuntos del Estado y se ordenó mediante proclama en toda España un duelo general por la reina.

    El 18 de octubre, en la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, se escuchó una misa solemne por el reposo del alma de la reina en presencia del rey. Fue la ceremonia más imponente y magnífica hasta ahora, realizada a la luz de las antorchas. El obispo de Cuença pronunció la oración fúnebre que fue bien recibida por el público. Una oración similar se hizo en Toledo, Santiago y Segovia, así como en otras catedrales de España. Otro servicio conmemorativo se llevó a cabo en Francia, la tierra natal de la reina Isabel, en la catedral de Notre-Dame en París el 24 de octubre. Así, la Reina de España recibió suficiente y majestuoso tributo.

    (*) Susan Abernethy es historiadora y autora del blog The Freelance History Writer.

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  • Hace 119 años: murió la reina María Enriqueta, una Habsburgo en el dramático trono de Bélgica

    En la primavera de 1853, como con cada resurgimiento de esta naturaleza, Viena comenzó a girar de nuevo al son de valses que hechizaban a la ciudad imperial. El Imperio Austro-Húngaro estaba viviendo sus mejores momentos en el apogeo de un poder incomparable. Allí se hablaban tantos idiomas que el latín se convirtió en el idioma administrativo como en los tiempos de la Antigua Roma.

    Nacida el 20 de agosto de 1836, María Enriqueta era la hija del archiduque José, Palatino de Hungría, y de la duquesa Dorotea de Wurtemberg, su tercera esposa. Su padre se adaptó fácilmente al estilo de vida de sus ciudadanos húngaros, hasta el punto de ponerse sus ropas tradicionales y dominar a la perfección su complicado idioma. Al igual que su padre, a la archiduquesa le gusta viajar por el campo.

    Era bastante bonita aunque ella se sentía muy gorda y luchaba por disimular su figura. Pasó su juventud galopando por la llanura húngara, desdeñando la posición de amazona que corresponde a las chicas de su rango, lo que sorprendió a buena parte de la corte. A ella no le importaba.

    Su educación distaba mucho de ser perfecta, pero era multilingüe y una gran admiradora de los aires gitanos. Un poco masculina en sus gestos a veces abruptos, su risa ronca recordaba un poco el cambio en la voz de los adolescentes. Esta vida al aire libre llegó a su fin un buen día, cuando conoció al hombre que había sido elegido para pasar el resto de su vida con ella.

    Para su cumpleaños 18, el príncipe heredero, duque de Brabante y futuro rey de Bélgica Leopoldo II fue llevado por su padre en una gira por las cortes europeas que tuvo a Viena como su lugar central. Allí es se diseñó ese matrimonio con María Enriqueta, que resultaría ser el más siniestro de la historia de la monarquía belga.

    La boda por poderes tuvo lugar el 10 de agosto a las 6 de la tarde en el Palacio de Schönbrunn

    El conde O’Sullivan de Grass, embajador belga en la capital austriaca, escribió a Henri de Brouckère, el ministro belga de Asuntos Exteriores: “La futura duquesa de Brabante no es alta, pero está muy bien formada, su rostro expresa suavidad, sus facciones son muy agradables, sus ojos llenos de encanto e inteligencia, su tez notablemente fresca, su cabello rubio ceniza es muy hermoso. Recibió una educación brillante, habla muy bien francés, italiano e inglés, es buena música, pinta muy bien, en óleos, flores y frutas”.

    En el Castillo de Laeken, en Bruselas, una residencia todavía ensombrecida por la prematura muerte de la reina Luisa María (madre del príncipe), solo la princesa Carlota, futura emperatriz de México, parecía estar encantada de dar la bienvenida a una nueva cuñada a la familia. Circulaba el rumor según el cual la futura duquesa de Brabante era una joven abrupta y muy independiente, todo lo contrario de la hija del rey de los belgas, romántica a voluntad que ya soñaba con el príncipe azul que vendrá a llamar a la puerta de su corazón.

    En el séquito del rey Leopoldo y su hijo chismes abundaban. La duquesa de Dino escribió: “Encontramos al duque de Brabante a veces demasiado bien educado, tan educado, dulce, inclinado a la humildad, la imagen de su padre”. Mientras que el geógrafo Alexander von Humboldt llegó allí con un pensamiento propio: “Dicen que sería hermoso si su nariz no perfilara una sombra similar al Monte Athos”.

    Los jóvenes prometidos no tenían casi nada en común: el príncipe Leopoldo odiaba profundamente todo lo que amaba la joven austrohúngara: los caballos, la música, el baile… Ante la consternación de María Enriqueta, su madre la obligó a ser el centro de la escena de las celebraciones y los honores con los que la corte de Viena celebró su compromiso: ¡Otra Habsburgo sería reina de un país de Europa!

    Bautizo de la princesa Clementina

    Curiosamente, el rey Leopoldo I, que forzaba a su heredero a este matrimonio, olvidó que se casó por amor dos veces: primero, con la princesa inglesa Carlota de Gales, y después con la princesa francesa Luisa María de Orleáns. Viudo dos veces, ahora pasaba su tiempo en los brazos de su amada, Arcadie Claret-Meyer, con quien tuvo hijos.

    La boda por poderes tuvo lugar el 10 de agosto a las 6 de la tarde en el Palacio de Schönbrunn, magnífica sede oficial de la monarquía Habsburgo. Es el archiduque Carlos Luis, el hermano menor del emperador Francisco José, cumplió el papel de novio e incluso intercambió alianzas con su sobrina frente a toda la familia imperial y la aristocracia. Cuatro días después, María Enriqueta partió para siempre hacia Bélgica.

    Antes de abandonar definitivamente Austria, María Enriqueta hizo una parada en la residencia de su tío Stéphane, el personaje más original de la familia imperial cuyo carácter alegre contrastaba con la severidad de la corte de Francisco José. Amaba los libros tanto como el buen vino y tranquilizó a su sobrina recordándole que los miedos iniciales de Luisa María antes de llegar a Bruselas rápidamente se desvanecieron.

    Muerte del príncipe Balduino

    Una esplendorosa boda carente de amor

    Ante los vítores de la multitud, el tren de María Enriqueta llegó a Herstal, desde donde la llevaron al castillo de la vizcondesa de Biolley, no lejos de Verviers. Nada más instalarse llegaron el rey Leopoldo I, sus dos hijos y toda una serie de dignatarios del Estado y la nobleza. María Enriqueta fue entregada a Bélgica siguiendo un rito inmutable, iniciado por Felipe II de España.

    El viaje continúa en tren en medio del júbilo popular. “Cuando llegué a Bruselas, tuve un doloroso calambre en el brazo por saludar tanto”, le escribió la archiduquesa a una amiga. La doble boda real tuvo lugar el 22 de agosto: el casamiento civil fue ante el alcalde de Bruselas, Charles de Brouckère, y el religioso bajo la dirección del arzobispo de Malinas. Una procesión histórica, una cena de gala y un gran concierto sellaron ese largo día.

    No fue hasta noviembre que la joven pareja emprendió un viaje de incógnito a Egipto, bajo el nombre de vizconde y vizcondesa de Ardenne. Antes de contemplar las pirámides y la Esfinge (de la que en ese momento, solo la cabeza emergía de la arena), la pareja pasó por Alemania y Austria, antes de pasar un buen tiempo en Venecia y embarcarse en Trieste para conocer Alejandría. Llegados a El Cairo, son recibidos por el virrey de Egipto, quien les prepara muchas fiestas. Pero el duque de Brabante ciertamente prefiere las orillas del Nilo y a ambos les gusta llevarlo en barco a Asuán, parando en las mismas paradas que los turistas de hoy.

    Sin duda, fue durante este viaje cuando nació el espíritu explorador del futuro Leopoldo II, que también será el único viaje fuera de Europa en toda su vida. En el plano romántico, el viaje resultó ser menos placentero y según la princesa Carlota: “Si Leopoldo no está contento con ella, es porque no quiere serlo, porque ella es completamente digna de su cariño”.

    María Enriqueta nunca sería feliz como esposa de Leopoldo. A sus expresiones de interés en sus ideas y proyectos, Leopoldo siempre respondió con ironía o, peor aún, con sarcasmo.

    Los caballos y su cuñada eran el objeto de su amor

    Durante los primeros años, nacieron cuatro niños: el príncipe Leopoldo y las princesas Luisa, Clementina y Estefanía. De su hijo, que murió a los 10 años de neumonía y problemas cardíacos, rara vez se habló. Tras la muerte de Leopoldo I, en diciembre de 1865, María Enriqueta se convirtió en la segunda reina de los belgas, cosa que no la hizo más feliz. Solo su pasión por la equitación, que comparte en particular con el general Chazal, el ministro de la Guerra y confidente suyo, era capaz de hacerla feliz y hacerle olvidar por breves momentos su eterna amargura. En los establos de Laeken, la reina cuidaba personalmente de veintidós caballos. Su hija Luise relató en sus memorias que su caballo favorito subía los escalones de la entrada, entraba en la casa de la reina y, después de una sesión de caricias y recompensas, regresaba a su lugar.

    Pero los equinos no eran su única preocupación. La princesa Carlota, su querida cuñada, se hundió en la locura desde que su esposo Maximiliano, efímero emperador de México, fue ejecutado en Querétaro. El sueño imperial de Carlota se derrumbó junto con la confianza que ha depositado en su marido, un mujeriego acérrimo, lo que definitivamente la trastornó. La emperatriz se volvió loca y no recuperaría jamás la cordura.

    La reina María Enriqueta viajó hasta el castillo de Miramar, Trieste, para llevar de vuelta al campo a la infortunada emperatriz Carlota, a quien los médicos habían encerrado en un pabellón del jardín con todas las puertas y ventanas tapiadas.

    Tan pronto como crucé la antesala, Carlota se arrojó a mis brazos y me besó con conmovedor afecto, luego me hizo sentar a su lado y retuvo mi mano, que ella acariciaba todo el tiempo. Creo que está loca, el conde de Flandes lo atestigua y aquí lo afirman tres médicos; pero mentiría si te dijera que no da la más mínima prueba de ello”, escribió María Enriqueta antes de sacar a la infortunada Carlota de su asilo forzado para finalmente regresar la Bélgica.

    Durante la guerra de 1870, librada por Francia y Prusia, María Enriqueta consiguió que su marido transformara el Castillo de Ciergnon y el Palacio Real de Bruselas en hospitales de campaña para tratar a los heridos franceses que cruzaban la frontera belga. Los libros de historia la retratan corriendo entre las camas para repartir ayuda a los convalecientes y ofrecerles entradas para el espectáculo para su primera salida autorizada. A pesar del peligro de contagiarse, visitó a las víctimas de la epidemia de viruela y tifus que llegó a Bélgica en 1871.

    Una sucesión de tristezas rompieron su corazón

    En el plano íntimo, su vida familiar era una desgracia: la princesa Estefanía se casó con Rodolfo de Habsburgo, el hijo del emperador Francisco José y la hermosa emperatriz Sissi. Esta unión podría haber sido la más feliz si su esposo no se hubiera enamorado locamente de la baronesa Marie Vetsera, junto a la cual se suicidó en el pabellón de caza de Mayerling, en 1889. Estefanía recibió una carta de Rodolfo antes de la tragedia: “Querida Estefabía, ya estás liberada del tormento de mi presencia. Sé feliz a tu manera, sé buena por la pobre pequeña que es lo único que me queda”.

    Leopoldo II, todavía shockeado por la muerte de su pequeño y único hijo varón en 1880 e inmerso en sus sueños imperiales africanos, se mostró ausente de todos los dramas que rodearon a la reina. “Leopoldo me preocupa seriamente. Está pasando por una profunda depresión moral. Durante horas, no dice una palabra y, de repente, su irritabilidad se vuelve aterradora”, escribió María Enriqueta.

    El 23 de enero de 1891, como colofón, el príncipe heredero Balduino, sobrino de Leopoldo, murió de neumonía tras un desfile de su regimiento en el gélido invierno. La reina lo había convertido en su protegido y sufrió mucho esta pérdida. Un año antes, María Enriqueta había sufrido la muerte de su ama de llaves favorita en un incendio del Castillo de Laeken. Un año después, su querido amigo Chazal murió y la reina lloró a un viejo compañero con el que compartió todo, mucho más de lo que compartió con Leopoldo.

    Hasta 1893, sin pestañear, la reina siguió desempeñando su papel, pero deprimida por tantas trageduas pronto decidiría huir de todo. En 1893 y 1894, María Enriqueta y su hija Estefanía encontraron refugio en el castillo de la familia Peltzer en Spa, donde recibió, en un carruaje con colores franceses, a su tío, el famoso duque de Aumale.

    Más atraída por el bosque salvaje que por la solemnidad del palacio de Bruselas, la reina obtuvo de su marido el derecho a adquirir una residencia en la ciudad balneario. Su elección recayó en el Hôtel du Midi, una gran casa con tres edificios principales con un magnífico jardín. Allí volvió a sentirse feliz y recibió visitas de familiares de media Europa.

    Bélgica lloró sinceramente su muerte

    María Enriqueta fue a Bruselas por última vez el 6 de octubre de 1900 para participar de la bienvenida a la princesa bávara Isabel, que acababa de casarse con el príncipe heredero Alberto en Múnich. La joven sería posteriormente la “reina enfermera”, una heroína para Bélgica durante los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Tras esto, María Enriqueta regresaría a Spa para siempre: no quería volver a ver a su marido, que ya no disimulaba su idilio con la escandalosa baronesa de Vaughan.

    Vivió allí durante dos años, propensa a numerosos problemas cardíacos, aunque recibió a su voluble marido en raras ocasiones. Cuando la visitó por última vez a principios de septiembre de 1902, Leopoldo II le confió a uno de sus amigos: “Ya no somos jóvenes, sin duda, pero la reina y yo lo estamos haciendo bien”. El 19 de septiembre, la soberana acudió al hospicio de ancianos al que apoyaba activamente. Queriendo comprobar la calidad de los platos que se servían allí, pidió un plato de sopa, dos huevos y una tostada. Luego se quedó dormida. Pidiendo ayuda para levantarse de su silla, cayó lentamente al suelo y murió instantáneamente y sin dolor alguno.

    Como reina consorte María Enriqueta tuvo derecho a un funeral de Estado que paralizó a la capital belga y cubrió las calles y avenidas de miles de dolientes silenciosos. La baronesa de Vaughan, que se casaría en secreto con Leopoldo II años más tarde, señaló en sus Memorias: “Al enterarme de la muerte de la reina, fui al Hôtel Scarron donde vi al rey entre lágrimas, colapsado de verdadero dolor. Su emoción mostró una sensibilidad desconocida para el público”.

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  • Dos zares en el trono: cuando Rusia fue gobernada por dos hermanos al mismo tiempo

    Por Oleg Yegorov (RBTH)

    A primera vista, es difícil imaginarse a dos personas reinando en la Rusia del siglo XVII, con su larga historia autocrática, simultáneamente, sin apuñalarse la espalda. Pero fue un caso real entre 1682 y 1696, cuando dos hermanos reales, Iván y Pedro, se sentaron juntos en el trono de Rusia y mantuvieron buenas relaciones.

    En 1683, una misión sueca visitó Moscú y realizó una visita a ambos zares. Engelbert Kämpfer, un viajero alemán que acompañaba a los suecos como secretario del embajador, recordó la reunión de la siguiente manera: “Los dos zares estaban sentados en la Sala de Audiencias, en dos sillas plateadas, bajo iconos, ambos vestidos con ropas reales relucientes con gemas. El hermano mayor apenas se movió, con los ojos en el suelo, sin mirar a nadie. El más joven se enfrentó a todo el mundo abiertamente … y estaba hablando rápido”.

    El hermano menor era Pedro I (apodado más tarde Pedro el Grande), de 11 años, quien, con enormes esfuerzos, convertiría Rusia en un imperio europeo. El hermano mayor, Iván V, de 16 años no dejó rastro palpable y fue olvidado. Pero, ¿cómo llegaron los dos al trono en primer lugar?

    Dos hermanos: Iván V y Pedro I

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    La doble coronación de Pedro e Iván.

    Padre de Ivan y Pedro, Alexei Mikhailovich gobernó Rusia durante más de 30 años. El zar tuvo dos matrimonios: primero con María Miloslavskaya, que dio a luz a 13 hijos, y luego, después de la muerte de María, con Natalia Naryshkina (3 hijos). Tanto los Miloslavski como los Naryshkin eran casas nobles influyentes deseosas de poner a sus descendientes en el trono.

    En 1682, después de la muerte de Alexei y el hijo mayor de María, Fiodor III, que había reinado desde 1676, llegó el momento de decidir quién ocuparía el trono de Rusia: el hijo de María, Iván (de15 años), era el primero en la sucesión, pero constantemente enfermo e indiferente, o el hijo de Natalia, Pedro (de 10 años), activo y ambicioso pero muy joven.

    Lucha por el poder

    Los jóvenes Ivn y Pedro con la regente Sofía.

    Al principio, parecía que la familia Naryshkin se había salido con la suya al convertir a Pedro en el zar; su causa parecía más fuerte. Como escribió el historiador del siglo XIX Sergey Soloviev, “apoyar al frágil y sin talento Iván significaba sumergir al país en el caos”. El 27 de abril de 1682, el patriarca Joakim, jefe de la Iglesia Ortodoxa Rusa, declaró a Pedro como zar.

    Sin embargo, la lucha no había terminado: aunque a Iván no le importaba menos el trono, su hermana Sofía, de 25 años, que dirigía informalmente el grupo de partidarios de Miloslavskis, contraatacó. “Sofía no podía soportar la idea de que su suegra, a quien odiaba, se convirtiera [indirectamente] en la gobernante”, explicó Soloviev.

    Derramamiento de sangre en el Kremlin

    El trono doble de Pedro I e Iván V.

    Sofía y sus seguidores superaron a los Naryshkin, provocando un levantamiento de los regimientos de Streltsy en Moscú. Los Streltsy, un influyente grupo de infantería de élite, se sintieron inseguros porque los zares los despojaron de sus privilegios y sus comandantes los explotaron durante todo el siglo XVII, por lo que esta audiencia fue fácil de encender. “Los Streltsy no entendían de política, pero creían que interferir en los asuntos estatales era su deber en caso de que el país abandonara el camino recto y ortodoxo”, escribió Robert K. Massie, un historiador británico, en su libro Pedro el Grande: su vida y su mundo .

    El 15 de mayo, los Streltsy llenaron el Kremlin, enfurecidos por los rumores de que los Naryshkin mataron a Iván (muy probablemente difundidos por los partidarios de Sofía). Y aunque Ivan apareció ante ellos, los Streltsy llevaron a cabo una masacre de cuatro días, asesinando brutalmente a dos de los hermanos de Natalia, su consejero Artamon Matveev y muchos otros boyardos (nobles) leales a los Naryshkins. Finalmente, la multitud bien armada impuso su voluntad sobre la familia real: Pedro seguiría siendo el zar, pero solo junto con Iván.

    ¿Cómo funcionó?

    El 25 de mayo, pocos días después de que los Streltsy cubrieran de sangre el Kremlin, tuvo lugar la coronación oficial de Iván V y Pedro I. “Esa ceremonia extraña, arreglada apresuradamente, no tuvo análogos, no solo en Rusia sino en cualquier monarquía europea”, señala Robert K. Massie .

    Se sentaron en un trono especial de dos asientos y ambos fueron coronados con un gorro de Monomakh, la antigua corona de los zares de Rusia, aunque después de la coronación, Pedro, como hermano menor, tuvo que usar una réplica especialmente hecha para la ocasión. Detrás del trono, había un lugar especial para el tutor de los jóvenes zares, quien podía darles consejos sobre qué hacer y qué decir durante la coronación.

    Cuatro días después, la Duma (parlamento) de los boyardos anunció oficialmente, presionada por los Streltsy, que Sofía sería regente, y durante los siguientes siete años, fueron ella y su círculo cercano quienes realmente gobernaron Rusia. En cuanto a Iván y Pedro, eran gobernantes “ceremoniales”, cuyo deber era recibir a las delegaciones, asistir a las oraciones y fiestas oficiales, etc.

    El final del tándem

    Pedro e Iván

    Durante 1682-1689, Pedro pasó la mayor parte de su tiempo fuera de Moscú, en la aldea de Preobrazhenskoe, junto con su madre. El zar más joven, que había presenciado la masacre de miembros de su familia y sus partidarios en el Kremlin, solo tenía sentimientos amargos por la corte real.

    Escenas sangrientas y espantosas ante sus ojos, la muerte atroz de su familia, su madre desesperada, el poder que se les quita …”, dice Sergey Soloviev al enumerar los fantasmas del pasado, que impactaron la infancia de Pedro y, muy probablemente, lo convirtieron en un líder despiadado. En 1689, Pedro, de 17 años, prevalecería y pondría a su media hermana Sofía en un monasterio.

    En cuanto a Iván, el hermano mayor nunca mostró ningún interés en los asuntos estatales. Debido a su mala salud, muchos historiadores lo consideraron con problemas mentales, aunque podrían haber sido solo rumores. En cualquier caso, Pedro siempre trató a Ivan con respeto, al menos oficialmente. Después de derrocar a Sofía, le escribió a Iván: “Ahora, señor, hermano mío, es hora de que reinemos solos … y estoy dispuesto a respetarte como a mi padre”.

    Iván nunca habló en contra de Pedro y formalmente continuaron gobernando Rusia juntos, aunque Iván apenas se notaba en la política, eclipsado por su hermano súper activo. La muerte de Iván en 1696, tan tranquila como su vida, puso fin al extraño período de dos zares que reinaban en Rusia simultáneamente, y tal situación nunca volvió a ocurrir.

    Monarquias.com / RBTH

  • De Harry Truman Joe Biden: la reina Isabel II conoció a 13 presidentes de EEUU en 70 años

    La reina Isabel II de Gran Bretaña puede contar entre los muchos hitos de su extenso reinado el haber conoció a trece de los catorce presidentes de Estados Unidos de los últimos 70 años, todos los ocupantes de la Casa Blanca con excepción de Lyndon B. Johnson, quien solo realizó visitas de estado a Asia durante su tiempo en el cargo. El último en sumarse a la lista ha sido el demócrata Joe Biden, quien fue recibido por Isabel II este 13 de junio en el Castillo de Windsor.

    HARRY TRUMAN CON LA PRINCESA ISABEL EN 1951

    Harry S. Truman fue el primer presidente que conoció Isabel, en octubre de 1951, cuando todavía era princesa. Truman y su esposa Bess recibieron a Isabel y al duque de Edimburgo en una visita de dos días a Washington hecha en nombre de su padre, el rey Jorge VI, que estaba gravemente enfermo en ese momento. El presidente dijo que, si bien había recibido muchos invitados en Washington, “nunca antes habíamos tenido una pareja joven tan maravillosa, que nos ha capturado tan completamente el corazón de todos nosotros”.

    Isabel II con Dwight D Eisenhower en 1957

    Cuatro años después de su coronación, la reina Isabel hizo su primera visita de estado a los Estados Unidos, con Dwight D. Eisenhower como presidente. La visita se produjo durante la Guerra Fría, un momento crucial para la alianza entre Estados Unidos y el Reino Unido. El primer ministro británico, Harold Macmillan, también viajó para mantener conversaciones urgentes con el liderazgo estadounidense. La joven reina (entonces de 31 años), sin embargo, encontró tiempo para eventos más alegres, incluida una cena de Estado, una visita a Jamestown, Virginia, lugar del primer asentamiento británico en Estados Unidos, y su primer partido de fútbol americano. También se reunió con el ex presidente Herbert Hoover en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Dos años más tarde, Isabel recibió a Eisenhower en Balmoral.

    John y Jackie Kennedy en 1961 en el palacio de Buckingham

    Medio millón de personas acudieron a saludar al presidente John F. Kennedy y a la primera dama Jacqueline cuando llegaron a Londres para una visita en 1961, pocos meses después de la toma de posesión de Kennedy. La serie de Netflix “The Crown” recreó la visita en su segunda temporada, reflejando gran parte de las supuestas críticas de la primera dama al estilo anticuado de la reina. La familia real recibió a los Kennedy con una lujosa cena de estado en Buckingham y el presidente más tarde le escribió a la reina diciendo que “siempre apreciaría el recuerdo de esa deliciosa velada“.

    Con Richard Nixon en 1969

    En 1969, Isabel II recibió en Buckingham al presidente Richard Nixon, a quien ya había conocido en 1957 cuando era vicepresidente de Eisenhower. La reina y el duque de Edimburgo recibieron al presidente estadounidense en el Palacio de Buckingham e intercambiaron retratos autografiados, mientras que un equipo de televisión capturó la ocasión para un documental llamado “The Royal Family”, transmitido más tarde ese año.

    Isabel II con Gerald Ford en Washington

    Gerald Ford, 38° presidente de los Estados Unidos, recibió a Isabel II con grandes fastos en la Casa Blanca en 1977 para celebrar el 200 aniversario de la declaración de independencia de Estados Unidos. Isabel II fue a Washington para celebrar la relación continua entre los dos países con una cena de estado organizada por Ford y su esposa Betty. La pareja compartió un baile y el presidente le prometió a la reina que “Estados Unidos nunca ha olvidado su herencia británica“. La primera damaescribió más tarde en sus memorias que “era fácil tratar con la reina” y “si no hubiera estado confundiendo Su Alteza y Su Majestad (él es Su Alteza, ella es Su Majestad) me daría cuatro estrellas por la forma en que se desarrolló esa visita”.

    Isabel II y la reina madre con Jimmy Carter

    Un año después de su visita por el Bicentenario de la Independencia de Estados Unidos, la reina recibió al presidente Jimmy Carter en el Palacio de Buckingham para una cena con otros jefes de estado durante una cumbre de la OTAN. Carter rompió el protocolo real al besar a la Reina Madre, por error, en los labios. Aparentemente, la madre de Isabel II se sintió mortificada y dijo: “Nadie ha hecho eso desde que murió mi esposo“.

    Isabel II y Ronald Reagan, en 1982 en Windsor

    En 1982, junto con su esposa Nancy, Ronald Reagan se convirtió en el primer presidente estadounidense en pasar la noche en el Castillo de Windsor. Fue el primero de los tres viajes que hicieron los Reagan para ver a la reina en el Reino Unido, y ella también visitó el rancho de los Reagan cerca de Santa Bárbara, California, en 1983. Reagan escribió en sus memorias que el viaje de 1982 fue una “visita de cuento de hadas” y uno de los momentos más “divertidos” de su presidencia. Dijo que lo más destacado fue montar a caballo con Isabel II mientras Nancy y Felipe viajaban en un carruaje tirado por caballos. “Debo admitir que la reina es una jinete consumada“, escribió.

    George HW y Barbara Bush en Buckingham.

    El presidente George H. W. Bush conoció a Isabel II en 1989 en Londres. Durante la visita, Bush también se reunió con la primera ministra Margaret Thatcher, quien, escribió con desdén en sus memorias, le dio “una conferencia sobre la libertad”. Mientras tanto, la reina llevó a los Bush a un recorrido por el Palacio de Buckingham y correspondió a la visita con un viaje a Washington dos años después.

    Isabel II y Bill Clinton

    Su sucesor, el presidente Bill Clinton, realizó varias visitas al Reino Unido durante su presidencia, en parte debido a su participación en el proceso de paz en Irlanda del Norte. Conoció a la reina por primera vez en un banquete en honor al 50 aniversario del Día D de la Segunda Guerra Mundial en la ciudad de Portsmouth, y seis años más tarde, la reina recibió al matrimonio Clinton y su hija, Chelsea, en el Palacio de Buckingham para tomar el té.

    George W. Bush y Laura Bush en Buckingham.

    El presidente George W. Bush conoció a la reina por primera vez durante un almuerzo en el Palacio de Buckingham durante una gira europea de seis días en 2001 y en 2003 se convirtió en el primer presidente de EEUU en realizar una visita oficial de estado al Reino Unido. Para coincidir con la visita de Bush en noviembre, alrededor de 100.000 personas salieron a las calles para protestar contra la guerra de Irak, lo que supuestamente costó millones al Reino Unido en gastos de seguridad durante la visita de tres días. La manifestación culminó con manifestantes que derribaron una efigie de Bush, recordando escenas de la caída de la estatua de Saddam Hussein en Bagdad seis meses antes. George y Laura Bush recibieron un saludo de 41 disparos y luego asistieron a un banquete de Estado.

    Banquete de Estado en Buckingham en honor a Barack Obama

    Barack y Michelle Obama conocieron a Isabel II en una visita de estado en 2011. Los Obama le obsequiaron un conjunto de recuerdos y fotografías del viaje de sus padres a los Estados Unidos en 1939. A cambio, la reina les dio una colección de cartas intercambiadas entre monarcas y presidentes de Estados Unidos. Los Obama se reunieron con la reina dos veces más y en su 90 cumpleaños el presidente dijo: “Ella es verdaderamente una de mis personas favoritas“.

    Donald Trump fue recibido dos veces en el Castillo de Windsor.

    El presidente Donald Trump se reunió por primera vez con la reina en una visita oficial en 2018, cuando tomaron el té en el Castillo de Windsor. Los gobiernos británico y estadounidense acordaron evitar Londres, donde decenas de miles de manifestantes criticaron su retórica y política sobre temas como la migración, el género y los derechos LGBTQ. En su visita de 2019, el presidente y la primera dama pasarán más tiempo con los miembros de la realeza que el año anterior, aunque con protestas en todo el país, la mayor parte de la visita se llevará a cabo a puerta cerrada. Volaron en helicóptero al Palacio de Buckingham y fueron recibidos por la reina, el príncipe Carlos y Camilla, duquesa de Cornualles. Allí mismo, la reina ofreció a Trump un banquete de Estado para 170 invitados.

  • ¿Por qué la reina Isabel no volvió a usar la Corona de San Eduardo desde su coronación hace 68 años?

    A lo largo de sus 69 años de reinado, la reina Isabel II ha utilizado la Corona del Estado Imperial exclusivamente para la ceremonia de apertura del Parlamento. La enorme joyas con la que son coronados los soberanos de Gran Bretaña es una de las piezas principales de las regalías inglesas, pero existe una corona todavía más especial que no puede ser utilizada: la Corona de San Eduardo.

    Isabel II insistió en llevar la Corona de San Eduardo durante su coronación en 1953 para seguir los pasos de la ceremonia que su padre protagonizó 17 años antes que ella. Pero la reina nunca pudo volver a poner sobre su cabeza la joya espectacular debido a que una arcaica costumbre familiar dicta que la corona solo se usa una sola vez en la vida de cada monarca. Esto significa que la siguiente cabeza sobre la que reposará la corona del siglo XVII será su hijo, el futuro rey Carlos.

    La coronación con la corona de San Eduardo es el centro de la ceremonia. Observando detenidamente las escenas filmadas en su coronación, en la Abadía de Westminster, se ve claramente que la reina -entonces de 27 años- renunció a la corona a los pocos minutos de haber reposado sobre su cabeza. Las filmaciones muestran a la reina, después de recibir el “Homenaje” de los súbditos, caminando por el pasillo del templo con el orbe, el cetro y la Corona del Estado Imperial, más liviana que la de San Eduardo.

    La primera corona ya no se utilizará hasta la próxima coronación. El abuelo de la reina, Jorge V, restableció el uso de la corona de San Eduardo tras su coronación en 1911. La joya no se había utilizado para ungir a nuevos monarcas británicos durante más de 200 años, pero había aparecido en el altar de la Abadía de Westminster durante la coronación de la reina Victoria en 1838. Su hijo, Eduardo VII, había planeado renovar la ceremonia con la principal joya de la corona, pero se vio obligado a dar marcha atrás debido al enorme peso de la corona, que ejercía demasiada presión sobre su cuerpo mientras se recuperaba de una operación de apendicitis.

    La pesada corona de San Eduardo simboliza la carga que asume el soberano al servir a su pueblo.

    De oro macizo y piedras preciosas, con un peso total de 2,230 kilogramos, la corona de San Eduardo es verdaderamente la más importante de las insignias reales que lleva el soberano británico. Isabel II retomó la tradición familiar y desestimó los intentos de presionarla para que aceptara quitar partes de la corona original para reducir el peso. Antes, había rechazado la oferta de modificar la joya para que fuera más liviana, pero la reina insistió en llevar el mismo peso que soportó su padre en 1937.

    La Corona de San Eduardo no se usa en otra ocasión más que en las coronaciones, pero la joya sigue siendo la pieza central de la Colección de Joyas Reales y normalmente se exhibe junto con partes de la preciosa pila en la Torre de Londres. Se espera que en el futuro el príncipe Carlos reciba la corona sobre su cabeza en su coronación, pero tuvo la oportunidad de admirarla de cerca en una ceremonia especial que celebró el 60 aniversario de la reina en el trono en 2013. Se trataba de la primera vez que la joya salió de la Torre de Londres en seis décadas.

  • ¿Misterio resuelto? Ricardo III participó en el crimen de sus sobrinos en 1483, según una investigación

    Los “Príncipes de la Torre” eran dos adolescentes cuando fueron encarcelados en la Torre de Londres y desaparecieron sin dejar rastro. Un profesor de la Universidad de Huddersfield dice haber encontrado evidencia de el tío de los jóvenes estuvo detrás del asesinato.

    El rey Ricardo III de Inglaterra probablemente hizo asesinar a sus jóvenes sobrinos, el rey Eduardo V y el príncipe Ricardo, duque de York, cuando eran apenas niños, según afirma un experto.

    “Este ha sido el mayor misterio de asesinato en la historia británica”, dice el profesor Tim Thornton de la Universidad de Huddersfield, quien realizó la investigación.

    Los príncipes eran los hijos del rey Eduardo IV y cuando su padre murió, su tío, Ricardo III, los encerró en la Torre de Londres mientras él gobernaba como regente. La desaparición y supuesto asesinato de los niños en 1483 condujo al misterio de larga data de los “Príncipes en la Torre”, el mayor caso sin resolver en la historia de Inglaterra, que continúa hasta el día de hoy.

    Muchos creen que Ricardo III hizo matar a Eduardo, de 12 años, y a Ricardo, de 9, para tomar el trono y convertirse en uno de los monarcas más polémicos de la historia de Inglaterra. Sin embargo, los expertos han debatido durante mucho tiempo las pruebas que respaldan esta teoría.

    Ahora, el profesor Thornton ha publicado un estudio que, según él, podría probar que los dos príncipes fueron asesinados por el rey Ricardo III.

    Según su investigación, Sir Thomas More, un cortesano de confianza del rey Enrique VIII a principios del siglo XVI, escribió un libro que detallaba la oscura saga antes de unirse al Consejo Privado del rey Enrique VIII, en 1518.

    El suyo es el relato detallado más temprano de las muertes y desenmascara a dos hombres como los asesinos, Miles Forest y John Dighton, que actuaban por orden directa de Ricardo III.

    El libro y sus hallazgos fueron tomados con escepticismo por los historiadores debido al hecho de que Sir Thomas tenía cinco años cuando ocurrió el escándalo de los Príncipes en la Torre.

    El relato del cortesano Sir Thomas More

    Se creía que ese libro y su teoría podrían haber sido propaganda real y publicado como un plan de la casa de Tudor para mancillar el nombre del antiguo rey y aumentar el apoyo público a la nueva familia real.

    Sin embargo, Thornton halló pruebas de que el presunto asesino Miles Forest tuvo dos hijos que se convirtieron en cortesanos del rey Enrique VIII y trabajaron junto a Sir Thomas.

    En su investigación, el profesor Thornton especula que los dos hijos hablaron con Sir Thomas sobre el papel de su padre en el infame regicidio y le contaron sobre el papel que desempeñó Ricardo III en la masacre de los príncipes.

    Estas fuentes internas permitieron a Sir Thomas publicar sus acusaciones contra el rey Ricardo III, quien ha sido retratado durante siglos como un hombre horrible, jorobado y desfigurado, en parte debido a la descripción de William Shakespeare de él como un tirano monstruoso en su obra, que lleva el nombre del gobernante infame.

    “Este ha sido el mayor misterio de asesinato en la historia británica, porque realmente no podíamos confiar en More como un relato de lo que sucedió, hasta ahora”, dice el profesor Thornton.

    “Pero he demostrado que los hijos del presunto asesino principal estaban en la corte en la Inglaterra de Enrique VIII, y que vivían y trabajaban junto a Sir Thomas More”.

    “No estaba escribiendo sobre personas imaginarias. Ahora tenemos motivos fundados para creer que el detalle del relato de More sobre un asesinato es creíble”, dice Thornton.

    El crimen de los Príncipes de la Torre

    El asesinato de los dos niños, uno de los cuales se convirtió en monarca cuando murió su padre, ha cautivado la atención del público durante más de 500 años. Fueron “sofocados con almohadas por orden de su pérfido tío Ricardo el Usurpador”, según la inscripción en la urna en la que se guardan sus supuestos restos.

    La muerte de Eduardo V y el duque de York ocupa el primer lugar en la lista de fechorías y escándalos reales debido a los efectos secundarios que tuvo en la familia real. Eduardo IV, el padre de los jóvenes, se convirtió en rey de Inglaterra porque era descendiente directo de Eduardo III, que gobernó entre 1312 y 1377, a través de la herencia de su madre y su padre.

    Tras el sangriento período de las dinastía Plantagenet y Lancaster, Eduardo IV se convirtió en el pretendiente de la Casa de York al trono cuando su padre y su hermano murieron en la batalla de Wakefield en 1460. Luego, Eduardo asumió el reclamo contra el titular de Lancaster, Enrique VI, lo que llevó a una deposición exitosa en 1461.

    El rey de 19 años gobernó como monarca hasta su repentina muerte en 1483. Tuvo muchos hijos, incluidos Eduardo V; Ricardo, duque de York; e Isabel de York, quien se casaría más tarde con Enrique Tudor y sería la madre de Enrique VIII.

    Ricardo III encarceló a sus sobrinos poco después de la muerte de su hermano y se autoproclamó rey. Murió apenas dos años después en la batalla de Bosworth, vencido por Enrique Tudor, el marido de la hermana de los príncipes asesinados. Su muerte puso fin a la Guerra de las Rosas y la disputa de siglos entre Yorkistas y Lancasterianos y marcó el comienzo de la era de la Casa Tudor, dirigida por Enrique VII e Isabel de York.

    Un misterio que ha durado 600 años

    El misterio que rodeaba a los príncipes se profundizó en la década de 1670 cuando se descubrieron los huesos de dos niños en la Torre de Londres, y nuevamente en la década de 1930 cuando los restos, que habían sido enterrados nuevamente en la Abadía de Westminster, fueron reexaminados científicamente.

    Sin embargo, los hallazgos en ese momento no pudieron determinar de manera concluyente el género de los esqueletos, y mucho menos sus credenciales reales. Hubo repetidos llamamientos para utilizar técnicas genéticas y arqueológicas modernas, similares a las empleadas para confirmar los restos de Ricardo III, en estos esqueletos de los dos niños.

    Sin embargo, en 2013 se supo que la Iglesia de Inglaterra, respaldada por la reina Isabel II, rechazó durante décadas las solicitudes de los expertos para probar los esqueletos. Su argumento es que podría sentar un precedente para probar cualquier número de teorías históricas vinculadas a las muchas personas famosas enterradas en la iglesia.

  • Los siete novios de la princesa Ana: un recorrido por su agitada vida amorosa

    La serie de Netflix “The Crown” destacó el breve romance de la hija de Isabel II con Andrew Parker Bowles, quien luego se casó con Camilla. Pero hay más… ¿quiénes fueron los jóvenes que amaron a la princesa Ana de Inglaterra y quiénes se casaron con ella?

    La única hija de la reina Isabel II de Inglaterra, la princesa Ana, prefiere mantener un perfil bajo fuera del foco de atención. Sin embargo, guarda algunos cuentos románticos en su baúl de recuerdos. Y si bien algunas piezas de su vida sentimental se retratan en “The Crown”, la exitosa serie de Netflix, se sabe de hasta siete amores en su vida.

    El terrateniente Gerald Wald

    Uno de los primeros hombres vinculados a la princesa fue Gerald Ward, un ex oficial de caballería educado en Eton, terrateniente de Berkshire y un “hombre de acción integral” con un don para la aventura. Según The Telegraph, Gerald fue “ocasionalmente promocionado en la prensa como un pretendiente adecuado para la princesa Ana”, pero la relación nunca se confirmó. Se mantuvieron en contacto durante años y Ward finalmente se convertiría en padrino del príncipe Harry por su amistad con el príncipe de Gales.

    El polista Sandy Harper

    A los 19 años, una de las compañeras frecuentes de Ana era el jugador de polo Sandy Harper, que era dos años mayor que ella. Le gustaba llevar el pelo largo y le gustaban las camisas de cuello abierto, y a menudo se le veía junto con la princesa en discotecas de todo el West End de Londres. Sandy terminaría casándose con una modelo, y la princesa Ana, aunque invitada, no fue a la boda ya que estaba estaba compitiendo en las carreras de Burghley Horse Trials.

    El jinete Richard Meade

    Un candidato favorito para la princesa fue el ecuestre olímpico Richard Meade. Con un comportamiento suave y una apariencia elegante que se asemeja al padre de la princesa Ana, el príncipe Felipe, Richard parecía ser la pareja perfecta. Después de todo, era el hípico más exitoso del país en ese momento y el primer ciclista británico en ganar un título olímpico individual. Richard era mucho mayor que Ana y sus amigos, pero a la princesa no pareció importarle. Según un informe del Daily Mail, la reina desaprobaba su relación y, finalmente, las dos se separaron.

    El militar Andrew Parker Bowles

    Quizás el más famoso y controvertido de todos, gracias en gran parte a la tercera temporada de The Crown de Netflix, es Andrew Parker Bowles. Muchos se sorprendieron al enterarse de este “cuadrilátero de amor” real, tanto que la princesa Ana fue tendencia en Twitter cuando se emitió el episodio sobre sus búsquedas de amor. Todo comenzó a principios de los 70 cuando Andrew y Camilla Shand, luego Camilla Parker Bowles y ahora la duquesa de Cornwall, estaban en una relación intermitente. Entre tanto, Andrew y Ana empezaron a verse. Al enterarse de los hechos de Andrew, Camilla decidió que si su ex amante estaba viendo a la hija de la reina, también podría tener el hijo.

    Andrew era un militar apuesto. Aún así, muchos factores se interpusieron en el camino: era católico y la princesa también tendría que renunciar a su derecho al trono si se casaba con él. Simplemente era una unión que no estaba destinada a concretarse. Parker Bowles se casó con Camilla, se divorciaron y ella luego se casó con el príncipe Carlos en 2005 tras haber mantenido una relación desde los años 80. Mientras tanto, Ana y Andrew siguen siendo amigos de toda la vida. Es el padrino de la hija de la princesa, Zara.

    El capitán Mark Phillips

    Después de la cita con Andrew, Ana no perdió el tiempo y se casó con su primer marido, el entonces teniente y después capitán Mark Phillips. Era un jinete ganador de la medalla de oro olímpica y teniente en la 1a Guardia de Dragones de la Reina. Mark y Ana se conocieron en un evento para amantes de los caballos y gran parte de su relación giraría en torno a este interés común. En mayo de 1973, Ana anunció su compromiso con Mark y se casaron en noviembre del mismo año.

    La ceremonia tuvo lugar en la Abadía de Westminster con 2.000 invitados. Fue transmitida por televisión y se convirtió en la boda real más vista en ese momento, con más de 500 millones de espectadores de todo el mundo. La princesa y su marido rechazaron el ofrecimiento de un título real de parte de la reina y sus hijos (Peter y Zara) fueron criados como personas privadas sin distinción nobiliaria.

    A finales de los años 80 el matrimonio se volvió inestable. En septiembre de 1989, el Chicago Tribune informó sobre la separación de la pareja real, citando que el matrimonio se había vuelto “cada vez más distante”.

    El público rara vez veía a la princesa Ana y Mark juntos, viajarían grandes distancias por separado e incluso pasaron su 15 aniversario a 10,000 millas de distancia. El matrimonio terminó en divorcio en 1992, poco después de que se supiera que Mark tenía una hija extramatrimonial.

    El indiscreto Peter Cross

    Con su esposo ausente con frecuencia, la princesa se encontraba a menudo sola en casa y se cree que comenzó un romance con su guardaespaldas personal, Peter Cross.

    Un informe de The Sun expuso el asunto y Scotland Yard sacó rápidamente a Peter de su puesto, y Peter siguió viendo a la princesa incluso después de que lo enviaron.

    El ex reportero real Harry Arnold afirma que dos años después de la publicación de la historia, Peter se acercó a él y le confesó: “Cuando escribiste esa historia, yo todavía estaba casado y no podía admitirlo, pero sí, era verdad. y puedo decirte que era cierto porque ahora estoy divorciado”.

    En 1984, Peter vendió su historia a News of the World por unas 600.000 libras esterlinas (786.180 dólares estadounidenses), alegando que Ana se ponía en contacto con él bajo el seudónimo de “Mrs. Wallis”, le pedía que viniera y se “acurrucaran juntos frente a la TV”. Estas afirmaciones nunca fueron confirmadas y la historia de Peter fue solo una de las muchas que plagaron el matrimonio de Ana y Mark.

    El discreto Sir Timothy Laurence

    Sin perder el ritmo, Ana se casó con su segundo marido, Sir Timothy Laurence, solo unos meses después de su divorcio de Mark. Su historia es muy esperada por los espectadores de “The Crown”, a la espera de su cuarta temporada.

    Timothy era un oficial naval que se unió al séquito del palacio en 1986 como asistente personal de la reina. Él y Ana se encariñaron mutuamente y mantuvieron un largo intercambio de íntimas cartas de amor. Las cartas escritas por Timothy finalmente fueron robadas del palacio y cayeron en manos del periódico The Sun. Su relación fue expuesta al público incluso antes del anuncio de separación de Ana y Philips.

    https://www.youtube.com/watch?v=6HWawdEgIuc

    Aún así, los dos se mantuvieron fuertes, y Ana y Timothy finalmente se casaron en diciembre de 1992 en Escocia, en una pequeña parroquia cercana al castillo de Balmoral, ya que la Iglesia de Inglaterra no permitía que los divorciados volvieran a casarse en ese momento.

    El evento privado dio la bienvenida a 30 invitados, y Zara fue la dama de honor de Ana, aunque la asistencia de la reina madre (abuela de Ana) estuvo en duda debido a la presunta resistencia de la anciana al matrimonio. Hasta la fecha, Ana parece haberse asentado bien, ya que ella y Timothy han disfrutado de un matrimonio relativamente libre de escándalos durante más de 25 años.

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  • Diario de un cortesano español relata interna del divorcio de Enrique VIII y Catalina de Aragón

    El arqueólogo profesional convertido en autor Tim Darcy Ellis publicó un libro basado en los diarios personales de Juan Luis Vives que podrían cambiar las opiniones de larga data sobre el rey Tudor.

    Juan Luis Vives fue un español judío y un erudito de renombre en el siglo XVI, que huyó de España para evitar la Inquisición. El Lord Alto Canciller de Inglaterra, Sir Thomas More, le ofreció el trabajo de tutor de la princesa María, hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII, a la que aceptó para convertirse en un conocido miembro de la corte Tudor. Pero Vives “no está en los libros de historia ingleses”, según Tim Darcy Ellis, quien publicó recientemente una novela histórica sobre el cortesano basada en relatos históricos.

    En su libro Los diarios secretos de Juan Luis Vives, Ellis explora la historia de cómo Vives quedó atrapado en la disputa de divorcio entre Enrique VIII y su primera esposa y vivió para contarlo. Para trazar su historia, reunió extractos de los escritos originales del cortesano y trabajar en un relato ficticio de su vida y, al hacerlo, hizo algunos descubrimientos notables.

    “En la escuela, solo me enseñaron historia inglesa y eran en gran medida los años setenta y ochenta, una era poscolonial y de posguerra, así como leer libros de los años veinte y treinta”, explicó Ellis. “Siento que simplemente aceptas esa narrativa y no haces demasiadas preguntas”.

    “Muchos personajes españoles fueron vistos como oscuros y siniestros, conspirando y querían ver a la reina cortarse la cabeza; siento que casi los vimos como el enemigo y no analizamos ningún potencial sobre cómo contribuyeron. Siento que con Vives, él realmente mejoró la sociedad para mucha gente en Inglaterra en ese momento, especialmente mujeres, gente pobre y aquellos con enfermedades”, agregó Ellis.

    Enrique VIII es más conocido por sus seis matrimonios y, en particular, por sus esfuerzos por anular el primero, con Catalina de Aragón. En entrevista con Express, Ellis detalló cómo Vives jugó un papel fundamental en el proceso al “trabajar en ambos lados” para apoyar sus propios objetivos de “asegurarse de que los gobernantes cristianos se ocuparan de todos en sus dominios”.

    “Tan pronto como llegó a Inglaterra, Vives se hospedó con la familia More, pero muy pronto conoció a los monarcas y luego se fue a la Universidad de Oxford. Así que gradualmente durante un año o dos, estuvo involucrado en asuntos de la corte real y habría sido invitado a eventos”, añadió el autor.

    “Puedes ver con Vives que su confianza crece a través de sus escritos, siento que después de que su padre fue ejecutado [como parte de la Inquisición] tuvo una oportunidad de decir cómo se sentía. Comenzó a arremeter contra el Papa, el Arzobispo de Sevilla, el Emperador Carlos V y Enrique VIII con una valentía increíble”.

    “Es extraordinario los ataques que lanzó contra personas a las que vemos que no les importa cortarles la cabeza”, dijo Ellis, quien asegura que Vives “apoyó a Catalina de Aragón contra Enrique cuando intentaba divorciarse de ella y terminó en prisión justo antes de que finalmente lo expulsaran de Inglaterra”.

    El desacuerdo de Enrique con el Papa Clemente VII sobre su divorcio lo llevó a iniciar la Reforma inglesa, separando a la Iglesia de Inglaterra de la autoridad papal. El rey se autoproclamó Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra y disolvió conventos y monasterios, por lo que fue excomulgado.

    Con el tiempo, Juan Luis Vives se vería encarcelado por ir contra Enrique VIII y advertirle de su “arrogancia”, pero escapó antes de la ruptura. “Lo encarcelaron durante seis semanas y luego le dieron un día para salir. Para cuando ocurrió la ruptura con la Iglesia en la década de 1530, él estaba de regreso a salvo en Flandes, y ese fue un punto de su vida en el que realmente estaba pensando en atacar a la Iglesia”, dijo el autor.

    Vives “fue bastante franco, pero en cuanto a la ruptura con Roma, no comentó mucho sobre eso y no creo que lo vea como algo malo. Es parte de su habilidad de oratoria y persuasión: un hombre muy inteligente que podía manipular a los actores clave en el momento adecuado”. Durante su reinado de 36 años como rey de Inglaterra, Enrique VIII ejecutó hasta 57.000 personas. Pero Ellis dice que Vives se las arregló para manipular y mantener al rey bajo control, escapando antes de su “mala momento”.

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