La corona de la reina María de Rumania representa uno de los tesoros más emblemáticos de la historia rumana del siglo XX, fusionando elementos medievales con el arte moderno y simbolizando la unificación nacional tras la Gran Unión de 1918. Esta pieza, considerada una de las joyas más bellas de Europa en su época, fue creada específicamente para la coronación de la reina María y su esposo, el rey Fernando, en un momento histórico para la nación.
Una corona inspirada en el pasado medieval rumano
La corona de la reina María trasciende su valor material para encarnar el legado de una soberana que unió tradición y modernidad, preservándose como emblema de la identidad rumana en la era postmonárquica.
Los orígenes de la corona se remontan a la visión personal de la reina María, nacida como princesa María de Edimburgo en 1875, nieta de la reina Victoria de Gran Bretaña. Al ascender al trono rumano en 1914 junto a su esposo Fernando, María buscó una corona que reflejara la herencia histórica de Rumania, en lugar de un diseño contemporáneo. Insistió en que fuera “enteramente medieval”, rechazando estilos modernos que cualquier otra reina pudiera poseer. Esta exigencia se inspiró directamente en la representación de la corona de Doamna Milița Despina, esposa del príncipe valaco Neagoe Basarab (1512-1521), tal como aparece en un fresco de la iglesia del Monasterio de Curtea de Argeș. El diseño evocaba la continuidad entre el pasado medieval rumano y la nueva nación unificada, incorporando símbolos de fertilidad y heráldica que subrayaban la riqueza del suelo transilvano y la identidad nacional.
La corona surgió en el contexto de la coronación de 1922, que marcó simbólicamente la Gran Unión de 1918, cuando Transilvania, Besarabia y Bucovina se integraron al Reino Antiguo. Este evento no solo celebraba la expansión territorial de Rumania —de 7-8 millones de habitantes a 16-17 millones—, sino que también reforzaba la monarquía como pilar de la nueva identidad estatal.
En 1922, Rumania celebraba la consolidación de sus territorios, un logro impulsado por la reina María y su esposo, el rey Fernando I. Según el Jurnalul Național, la corona fue diseñada específicamente para la coronación en Alba Iulia, un lugar simbólico para la unificación rumana.
La creación de la corona fue un proyecto meticuloso iniciado en 1921, bajo la supervisión del Parlamento rumano y una comisión presidida por el general Constantin Coandă.
El diseño fue obra del pintor rumano Costin Petrescu, quien también concibió la escenografía general de la coronación, incluyendo vestuarios, el baldaquino y las mantas reales. Petrescu, profesor y director de la Escuela de Bellas Artes de Bucarest desde 1899, incorporó elementos art nouveau con influencias bizantinas, adaptando la base elipsoidal para ajustarse perfectamente a la forma dolicocránea del cráneo de la reina, permitiendo su uso prolongado durante las ceremonias.
María, conocida por su gusto por lo medieval, insistió en un diseño que evocara la historia de Valaquia, inspirándose en la corona de Milica Despina, consorte de un príncipe valaco del siglo XVI.
El proyecto se publicó en la revista România Nouă el 4 de agosto de 1921 y fue enviado a la prestigiosa casa de orfebres franceses Falize Frères en París, junto con oro extraído de minas transilvanas. El coronel Drosso, del Palacio Real, entregó los materiales y detalles. La fabricación empleó técnicas como el au repoussé y grabados, con motivos vegetales como granos de trigo (símbolo de fertilidad). La corona incluye ocho grandes florones en forma de lirios heráldicos y ocho pequeños en trébol, un globo y una cruz superior, así como dos pendientes laterales: uno con el escudo de armas del Reino de Rumania (modelo post-1919) y otro con el de la Casa de Edimburgo, reflejando los orígenes británicos de María. Cada pendiente tiene tres cadenas terminadas en cruces gamadas (símbolo cósmico antiguo en el folclore rumano). La base lleva la inscripción en francés: “LES FRERES FALIZE //ORFEVRES// ANCIENS JOAILLIERS//DE LA COURONNE”.
El costo ascendió a 65.000 francos, pagados en cuotas, superando ligeramente el presupuesto inicial. La pieza se completó en septiembre de 1922, justo a tiempo para la coronación. Los materiales incluyen oro macizo (peso aproximado de 1,8 kg), turquesas (16), amatistas (12), ópalos (68), crisoprasas (32), granates (16), esmeraldas, rubíes y perlas de oro. El interior está forrado con terciopelo burdeos y borde de cuero. La corona ha sido valorada en alrededor de 25 millones de euros, según la póliza de seguro emitida en 2008 durante su exposición en Suceava. Este monto refleja no solo su composición material —oro transilvano y piedras semipreciosas—, sino también su importancia histórica y artística como capodopera de la orfebrería europea de los siglos XIX-XX.
Durante su reinado (1914-1927), la corona se utilizó principalmente en la coronación del 15 de octubre de 1922 en Alba Iulia, antigua sede principesca rumana, y en eventos subsiguientes en Bucarest los días 16 y 17. María la lució en recepciones y retratos, como los del pintor Philip de László, donde combinaba con joyas como el zafiro de la reina María (comprado por Fernando en 1921). Esta pieza no solo adornaba a la reina, sino que representaba la “nueva Rumania” unificada, evocando una aureola bizantina o medieval que realzaba su imagen teatral y carismática. Fue la “joya más brillante” de las ceremonias, reforzando la imagen de María como figura diplomática, quien influyó en la adhesión de Rumania a la Entente durante la Primera Guerra Mundial y en las negociaciones de paz en París.
El encargo recayó en la prestigiosa Casa Falize de París, famosa por su artesanía en joyería. El oro, extraído de las minas transilvanas, se engastó con rubíes, esmeraldas, amatistas, turquesas y ópalos, creando una pieza de 1,8 kg con motivos de espigas de trigo que simbolizaban la fertilidad y la prosperidad del país.
La corona se exhibió públicamente en contadas ocasiones, como en el Ateneo Rumano en 1938. Tras la abolición de la monarquía en 1947, la corona se mantuvo en el Castillo de Peleș hasta 1970. En 1972, pasó al Museo Nacional de Historia de Rumania en Bucarest, donde reside en la sala Tezaur Istoric del antiguo Palacio de Correos (desde 1989). Su importancia artística limita sus movimientos, pero ha sido expuesta en eventos especiales: en Francia (Reims y Louvre, 2019, junto al estandarte litúrgico de Esteban el Grande), Suceava (2008), Piatra Neamț (2022, por el centenario de la coronación), Iași (2024, en la exposición “María de Rumania, Reina y Artista”) y otros sitios rumanos. Siempre bajo estricta seguridad, como el transporte por la Gendarmería Rumana. Una copia de 1923, realizada en plata dorada con variaciones (rubíes en lugar de granates, peridotos en lugar de calcedonias), se exhibe en el Museo Maryhill de Estados Unidos.
Hace un siglo, el 10 de marzo de 1921, el problemático príncipe de Rumania se casaba con la princesa griega en un intento por demostrar que no estaba descarriado. El resultado fue una tragedia para la monarquía rumana y un escándalo mediático nunca antes visto.
“Esta es la historia completa, espantosa, trágica, llena de insoportables dolor, sufrimiento, pesar, humillación y vergüenza para todos nosotros, que despertó en el país una verdadera tormenta de pasión…”. Estas dramáticas palabras, escritas por la reina María de Rumania a su hijo menor, resumen a la perfección el capítulo de la historia reservado a su hijo mayor, el rey Carol II, y su esposa, Elena de Grecia, los padres del rey Miguel de Rumania (1921-2017).
Definida por su único hijo como “una mujer maravillosa… con una sólida moral… un ser muy dulce, muy amoroso”, la princesa Elena nació en Atenas en 1896, durante el reinado de su abuelo el rey Jorge I (1845-1913), que había fundado la nueva dinastía griega. El asesinato de su abuelo el rey y el primer derrocamiento de su padre, cuando Elena tenía 21 años, pusieron fin a la felicidad y armonía de la que gozaba la familia real griega. A esta tragedia se sumó en 1921 la muerte de Alejandro, hermano de Elena, que había quedado en Grecia como “títere” del dictador Elefterios Venizelos.
Fue en el año 1920 cuando las reinas Sofía de Grecia y María de Rumania, dos primas hermanas, ambas nietas de la reina Victoria, concertaron unas vacaciones familiares, en las que la reina griega y su familia se sintieron muy bien recibidos, y fascinados, por la corte de Bucarest. María abrigaba la secreta esperanza de que su apuesto hijo mayor, Carol, el heredero de la corona de Rumania, sentara cabeza definitivamente uniéndose en matrimonio con alguna de las hijas de su prima.
Fue así que en esas mismas vacaciones las dos familias consintieron el matrimonio del príncipe heredero griego Jorge con la revoltosa Isabel de Rumania, hermana de Carol, y para las ceremonias toda la exiliada familia griega viajó a la esplendorosa corte de Bucarest. Allí, Elena conoció a su futuro marido, un joven muy atractivo que ya había creado importantes problemas a la familia rumana. Elena describió a Carol, en sus recuerdos de aquel viaje, como un personaje retraído y poco amistoso.
Pocos días después de la trágica muerte de Alejandro I de Grecia -hermano de Elena-, Carol le pidió matrimonio a la enlutada princesa y ella aceptó sin dudarlo. Se sentía atraída por el príncipe rumano, pero, como ella explicó más tarde, lo que le decidió realmente a aceptar aquella proposición matrimonial fue el hecho de que “durante todo el exilio mi única esperanza había sido volver al país que ambos (ella y Alejandro) amábamos, y ahora que él ya no estaba no podía enfrentar el volver a Atenas y a Tatoi de nuevo. Casarme con Carol e ir a Rumania, y no tener que vivir en un palacio en el que mi herida se vería constantemente abierta por los recuerdos, parecía una amable liberación en aquellos tiempos de dolor“.
Muy feliz, la reina María escribió: “¡Carol está salvado! Elena es muy dulce y es una dama. Además, es una de la familia, pues todos descendemos de la abuela, la reina [Victoria de Inglaterra]”.
Carol el desagradable
Carol era la antítesis de la princesa griega. De los cuatro reyes que se sentaron en el trono real de Rumania, indudablemente el menos popular fue él. Algunos lo recuerdan como el primer monarca rumano nacido en Rumania, muchos le acusan de responsable de la desintegración de la monarquía al inicio de la Segunda Guerra Mundial, mientras que otros lo rememoran como el desalmado hijo que le negó atención médica a su madre moribunda. A pesar de las historias amorosas, que le costaron el trono varias veces, la carga más pesada de la vida de Carol fue el haber sido acusado de corrupto, libidinoso y con una obsesión desmedida por el sexo.
Carol, nacido en 1893, era el hijo del rey Fernando y de María de Sajonia-Coburgo. El niño descubrió su apasionada afición por los sellos postales siendo niño, cuando a los cinco años le regalaron su primer álbum de sellos, pasión que compartió con dos reyes de su época, Jorge V de Inglaterra y Farouk de Egipto. Mantuvo estrechas relaciones con comerciantes y coleccionistas de su época y logró reunir una valiosa y extensa colección de sellos, de unas 11.000 piezas, muchas de ellas únicas.
El príncipe Carol fue un muchacho difícil desde sus primeros años. María y Fernando fueron padres indulgentes y no dudaron en dejar a sus hijos bajo el cuidado de infinidad de criados y bajo la fea influencia de la reina Isabel (esposa del rey Carol I) y la gobernanta Winter, que se esforzó inútilmente en corregir la conducta del príncipe. Al crecer se transformó en un joven hermoso e inteligente, y con un notable elemento de inestabilidad en su carácter.
En 1919, años después de que Carol hubiera sido despreciado por la zarina Alejandra de Rusia para casarse con su hija, la gran duquesa Olga, el príncipe desertó del ejército y se escapó con su amante Ioana (“Zizi”) Lambrino hija de un Mayor del Ejército que después llegaría a General, protagonizando así el primero de una serie de escándalos que afectarían mortalmente a la monarquía y a su familia. Al violar la Constitución (casándose morganáticamente) y desertar al ejército, el hijo del rey Fernando cometió un gravísimo error, que le costaría el trono, e incluso el haber abandonado su regimiento le podía cortar la vida.
Los reyes se sintieron completamente abatidos y avergonzados. Él era un joven de 24 años, elegante, con bigotes, y encantadores ojos azules y cabellos rubios cuando se fugó a Odessa, Ucrania, y se casó en septiembre de 1918 con Ioana, joven de cabellos y ojos oscuros de 18 años y nacida en Moldavia. La reina María describió la crisis como una “tragedia de familia que nos golpeó repentinamente, un golpe contunden para el cual nosotros no estábamos preparados“. En agosto de 1919 Carol renunció al trono, para sorpresa de todos, y los reyes se sintieron, nuevamente, insultados y heridos por su hijo.
Carol y Zizi tuvieron un hijo, al que nombraron Mircea Gregor Carol, pero el matrimonio fue declarado nulo y el príncipe se vio obligado a retornar a Rumania y darle una pensión a la madre de su hijo. La noticia causó un tremendo escándalo. No sirvió de nada encarcelar a Carol en un castillo ni enviarlo a hacer un largo viaje oficial. La reina María sabía que lo mejor que podía hacer por él era buscarle una buena esposa: Elena de Grecia.
Un gran casamiento balcánico
Todos vieron en Elena de Grecia a la esposa ideal para el “príncipe playboy” rumano. Era una joven muy inteligente, y a la vez elegante y responsable, que hablaba seis idiomas y dibujaba a la perfección. La boda se celebró en la Catedral de Atenas el 10 de marzo de 1921 pese a la resistencia de la reina de Grecia, que todavía no consideraba a Carol como un buen esposo para su hija.
“¡Qué poco me daba cuenta entonces de lo ciertas que eran sus palabras de advertencia! -escribió Elena años más tarde-. “De haberla escuchado me habría ahorrado muchos años de desgracia“.
Tras la luna de miel, Carol y Elena fueron padres del príncipe Miguel, el 25 de octubre de 1921. Hasta entonces todo marchó felizmente, y la familia de príncipes herederos irradiaba en la prensa europea la imagen de familia unida, moderna, con una princesa dedicada a su casa y un marido atento y apuesto. Sin embargo, al cabo de poco tiempo, empezarían a surgir, tanto en un lado como en otro, los primeros roces.
“Dado que el entorno y los intereses de Carol eran fundamentalmente diferentes de los míos“, diría Elena, “nuestra unión comenzó a debilitarse muy de a poco, y así comencé a sospechar que nuestros temperamentos no estaban tan en sintonía como yo había imaginado en un principio“.
Preocupada por la peligrosa situación política en la que estaba sumida su propia familia en Atenas, tras la muerte del rey Alejandro, Elena partió hacia Grecia con su hijo, y se ausentó de Rumania durante muchos meses, cosa que, si bien disgustó en principio al príncipe Carol, luego éste aprovechó para lanzarse a los brazos de otra mujer que conoció en aquellos tiempos, en marzo de 1923.
A Carol le pareció una buena excusa aquellas ausencias de Elena para culparla del fracaso matrimonial, quejándose de que su esposa siempre se hallaba rodeada de sus hermanas griegas a quienes él detestaba, y a partir de allí todo se desarrolló con velocidad increíble. De pronto Elena comenzó a sentirse realmente infeliz en Rumania y solo las visitas de su hermana Irene, de sus primas griegas, y de su tía María, aliviaban su soledad y sensación de fracaso.
“Como si nos hubiera caído un rayo”
No pasó mucho tiempo entre la vez que el príncipe Carol conoció a la cautivante y voluptuosa Elena Wolf, más conocida como “Magda Lupescu”, hija de un farmacéutico judío casada con un oficial del ejército, Ion Tampenu. Los secretos encuentros entre Carol y Magda -de quien se decía era hija ilegítima del rey Carol I- terminaron en 1925 cuando abiertamente comenzaron una relación estable. Elena no era bien vista en lacorte porque era muy extrovertida y caminaba moviendo atrevidamente las caderas. Para los rumanos Elena Lupescu, era todo lo opuesto a la princesa.
El romance causó un escándalo sin precedentes en la monarquía rumana y se vio agravado por los antecedentes del príncipe con Zizi Lambrino, así como por la enemistad entre Carol y el muy poderoso clan político de los Brătianu. Inicialmente, sin embargo, el conocimiento del escándalo real fue restringido a la élite de Bucarest y a la prensa extranjera; a la prensa rumana se le prohibió divulgar informaciones al respecto, incluso cuando todos sabían que las relaciones entre Carol y Elena se deterioraron gravemente.
El anunciado fracaso matrimonial de Carol y Elena amargó a Fernando y María, y Sofía de Grecia vio cumplidos sus peores temores. El mundo conoció la noticia del nuevo amor ilegal del príncipe Carol en diciembre de 1925, cuando él, viajando a Londres en representación de la familia real rumana en el entierro de la reina Alejandra de Inglaterra, llegó a Milán en compañía de Lupescu, lo que le valió la portada de todos los diarios italianos. Como ya se había hecho costumbre, poco después de irse a París, otro escándalo sacudió a la corte rumana.
Lupescu fue deportada para mantenerla alejada de la corte, pero Carol no lo soportó y salió en busca de su amante. Desde entonces Magda dominó la vida de Carol y se establecieron en París, donde el príncipe trató de vivir en el anonimato con el nombre de “Carol Caraiman”. Sobre el momento en que todos se enteraron de que Carol había abandonado a su familia, la reina María dijo: “Los tres [el rey, Elena y ella misma] nos sentamos como si nos hubiera caído un rayo encima“.
El rey Fernando harto de su insoportable heredero, le confesó a Elena estar realmente cansado del comportamiento de Carol, y le aclaró que “en aquella ocasión-durante su aventura con Zizi Lambrino-, se salvó de la pena de muerte porque intervino la reina, pero ahora nadie va a intervenir”. El rey decidió desheredar a Carol y lo obligó a renunciar a sus derechos al trono, nombrando sucesor a su pequeño nieto, Miguel.
Como resultado de ello, Elena quedó sola en Bucarest y su hijo se convirtió automáticamente en el heredero del trono que entonces ocupaba su abuelo. Tan humillante, doloroso y escandaloso fueron aquellos acontecimientos que la princesa decidió no volver a mostrarse en público hasta el año siguiente.
“Tú y Carol nunca tendrían que haberse conocido”
Tremendamente dolida, la reina María prefirió escribirle a su primogénito una larga y emotiva carta: “¿Qué te puedo decir, Carol? ¿Qué puede decirle una madre a un hijo que la está apuñalando en el corazón por segunda vez? Nada te falta: tienes un país, una esposa linda y buena, un hijo adorable, unos padres que te adoran (…) A todo esto arruinaste, todo lo hiciste añicos, lo tiraste como si fuera basura“. “Papá, con el corazón hecho trizas, aceptó su renuncia y lo excluyó de la herencia…”, le escribió María su hijo Nicolás. “Es una pena, la más amarga, la más absoluta, la más horrible de las penas“.
Dos veces Carol le rogó a su esposa que le concediese el divorcio, pero ella había prometido a su suegro que nunca haría semejante cosa. En señal de adhesión y respeto a la princesa Elena, adorada por los rumanos y compadecida por la Familia Real, el gobierno firmó un decreto por el que Elena sería elevada a la dignidad de “Reina Madre” en el momento en que su hijo se convirtiera en rey. En julio de 1927 el momento llegó: Fernando I murió y Elena acompañó a su hijo hasta el Parlamento para su proclamación como rey. Tenía 5 años.
La relación entre Carol (que ahora se hacía llamar “Su majestad Carol II”) y Elena se rompió para siempre. En 1928, Carol decidió volver a Rumania y dar un golpe palaciego para derrocar a su hijo, pero los servicios secretos británicos lograron impedírselo. Ese mismo año, Elena le concedió el divorcio. “Espero que él pueda comenzar una mejor vida”, escribió Elena, “y pueda entrar al fin en la paz que conmigo no halló. Yo puedo perdonar, pero nunca podré olvidar los errores que cometió conmigo y con mi hijo”.
El cometido de Carol se cumpliría finalmente en 1930, cuando el Parlamento le permitió el regreso al país y lo nombró rey. La coronación resultó en un desastre que dividió para siempre a la familia real. En el palacio de Foishor, Elena quedó mucha al saber la noticia y le dolió tener que explicarle a su hijo de 9 años que ya no era rey: “¿Cómo puede ser que papá sea el rey, si yo soy el rey”?, le preguntó el niño.
Carol II estableció la orden de eliminar de todos los archivos reales, decretos parlamentarios, leyes y documentos históricos cualquier cosa que recordara que su hijo había sido Rey entre 1927 y 1930, y cualquier indicio de que él mismo había renunciado alguna vez al trono. De hecho, la renuncia nunca existió, y Carol II proclamó ser rey desde 1927. También suspendió la fabricación de sellos postales y monedas con el rostro del rey Miguel, y comenzó una increíble purga en la familia real, la corte, el servicio diplomático y los ejércitos.
La niñez de Miguel quedó arruinada. La segunda decisión de Carol II -y su primer gran error- fue separar al hijo de su madre, ordenar un arresto domiciliario e incomunicarla para que pudiera influenciar en su contra. El nuevo rey rodeó la casa de su exesposa con policía que la vigilaron día y noche, estableció severas restricciones en cuanto a las visitas que podía recibir. Elena recibió la prohibición de mantener contacto con políticos y hacer apariciones públicas.
Cuando el gobierno rumano le advirtió a Carol que no podía ser coronado sin Elena, madre del futuro rey, este se negó rotundamente y la coronación jamás se celebró. Carol II se negó a volver a vivir con su esposa, dejando perpleja a la reina María cuando le explicó, con mucho odio, que “cuando se declaró el divorcio [Elena] le envió un telegrama a su madre y le digo que ‘por fin se liberaba de tal pesadilla’. Así que ¿por qué tengo que atarme a una mujer que me aborrece y a quien yo detesto?”.
El arrogante Carol estaba enfurecido con Elena, celoso de su popularidad, y aprovechó su nueva posición para hacerle la guerra: “Cuando salí de Rumania y abandoné todos mis derechos al trono, era el deber de mi esposa seguirme“, se defendió. “Al mundo entero, incluyendo a mis padres, quizás les puede ser justificada su oposición hacia mí, pero a mi esposa no. A pesar de todo, ella me abandonó, y pasó al campo de mis enemigos“.
Carol II dio a su exesposa un trato tan salvaje, que provocó que la reina María quisiera desaparecer del mundo, y escribió en su diario: “¡Negarle la comida a la madre de su hijo!… Eso le hace a una querer taparse la cara de vergüenza”. Y, dolida, se lamentó ante Elena: “Tú y Carol nunca tendrían que haberse conocido“. El encierro de Elena duró varios años hasta que Carol le permitió volver a Grecia a condición de no regresar jamás a Rumania y ver a Miguel solo con su permiso.
El pequeño Miguel, testigo silencioso de esa guerra, fue sometido a la misma vigilancia de su celoso padre. Durante los diez años que duró el desastroso reinado de Carol II, el niño fue utilizado como objeto de extorsión ante Elena y fue la víctima de los súbitos ataques de ira de su padre. Muchos años más tarde, Miguel I resumiría la historia de su penosa infancia: “Cuando necesité un padre, tuve una madre; cuando necesité una madre, tuve un padre“.-
Una ceremonia simbólica inaugurará el “Salón del Rey Miguel I de Rumania” cuando se conmemore el centenario de su nacimiento, en octubre.
La Cámara del Parlamento de Rumania será rebautizada con el nombre de Miguel I, último rey de Rumania, derrocado por el comunismo en 1947 y fallecido en 2017.
Esta decisión se tomó la semana pasada, después de que un miembro del Partido Liberal Nacional Rumano sugirió que se renombre la cámara principal del Parlamento rumano “Salón del Rey Miguel I de Rumania”. La propuesta fue votada y adoptada por una amplia mayoría.
“El personaje del rey Miguel es conocido en todo el mundo como símbolo del verdadero patriotismo, dignidad y respeto por los valores duraderos de la democracia”, explicaba la propuesta.
Hijo único de Carol II de Rumania y Helena de Grecia, Miguel (der) pasó gran parte de su infancia junto a Felipe de Grecia (izq), el futuro esposo de la reina Isabel II de Inglaterra.
La propuesta legislativa resaltaba las “valientes decisiones” tomadas por el joven rey durante la Segunda Guerra Mundial, tras lo cual “se convirtió en uno de los líderes más importantes del siglo pasado y fue apreciado y honrado en todas las principales capitales”.
“La valentía con la que se opuso al Establishment del comunismo en nuestro país, en condiciones particularmente duras, debe conservarse en la memoria colectiva de nuestro pueblo”, proclamaba la presentación.
La inauguración de la sala con el nombre del monarca se celebrará el 25 de octubre de 2021, cuando se cumpla el centenario de su nacimiento y una década después de que pronunciara un histórico discurso ante el Parlamento.
En 1947 se vio obligado a exiliarse después de que los comunistas tomaran el poder y no regresó a Rumania sino hasta la caída de la Unión Soviética en 1990.
Nacido en 1921, hijo de Carol II de Rumania y Helena de Grecia, Miguel I reinó en dos ocasiones políticamente turbulentas. Su primer reinado comenzó en 1927, cuando murió su abuelo Fernando I. Su padre había renunciado a su derecho al trono, pero regresó al país en 1930 y derrocó a Miguel.
En 2016, el ex rey Miguel, ya una figura altamente respetada por los rumanos, fue ingresado en una clínica en Lausana, Suiza, donde recibió tratamiento continuo después de su enfermedad. Poco antes de su muerte, al rey le diagnosticaron cáncer y murió en Suiza el 5 de diciembre de 2017, a la edad de 96 años. En Bucarest, recibió honores de jefe de Estado.
Por iniciativa de organizaciones cívicas que representan a las comunidades rumana e italiana, el Ayuntamiento de Florencia (Italia) votó a favor de nombrar una calle o un parque público de la ciudad en honor de la reina Elena de Rumania, madre del último monarca rumano. En esta ciudad, Elena vivió muchos años en la Villa Sparta, propiedad de su hermana la duquesa de Aosta.
“El mérito de iniciar este enfoque patriótico e histórico, digno de toda admiración, es de la Sra. Melania Cotoi, presidenta de la Asociación AlterNATIVA. Durante mayo de 2021 se llevará a cabo la conmemoración de la reina Elena en Florencia, y el próximo año se inaugurará el lugar público que llevará su nombre”, informó la casa real rumana.
Definida por su único hijo como “una mujer maravillosa… con una sólida moral… un ser muy dulce, muy amoroso”, la princesa Elena de Grecia nació en Atenas en 1896, durante el reinado de su abuelo el rey Jorge I (1845-1913), que había fundado la nueva dinastía griega. Sus padres fueron el rey Constantino I y la princesa Sofía de Prusia.
En 1921, cuando la familia real griega se hallaba en el exilio, se casó con el príncipe Carol, hijo y heredero de los reyes Fernando y María de Rumania. Ese año dio a luz a su único hijo, el futuro rey Miguel, pero su vida como princesa heredera fue infeliz. El príncipe Carol solicitó el divorcio en 1922 y Elena fue separada de su hijo durante muchos años por decisión de su exmarido.
Elena perdió el control legal sobre el destino de Miguel y Carol la sometió a una campaña de difamación y maltrato que escandalizó a Europa. Condenada al exilio en Florencia, sólo regresó al país cuando el príncipe Miguel ya era mayor de edad. Aunque como exesposa de Carol II nunca fue reina consorte, Elena recibió el título de Reina Madre en 1940.
Durante la II Guerra Mundial, la reina madre tuvo un papel preponderante en el rescate de miles de rumanos judíos que corrieron peligro de ser deportados a campos de concentración nazi. Por su valiente labor, el Yadh Vashem la declaró “Justa entre las Naciones”. Murió en 1982 en Suiza y su cuerpo fue sepultado en Rumania con honores de reina en 2019.
Incluso después de que los comunistas abolieran la Monarquía en 1947, continuó siendo venerada por los rumanos como símbolo de la libertad y la democracia perdidas.
Los historiadores coinciden en que difícil encontrar un objeto con un valor simbólico tan grande para la historia de Rumania que la Corona de Acero de los reyes. Desde el principio, la Corona, representada en el escudo nacional, se erigió como un poderoso símbolo de independencia, continuidad dinástica y un tremendo desarrollo de un país.
Junto a la corona de la reina Elisabeta, de 1881, es uno de los tesoros más preciados que se exhiben en la Sala del Tesoro del Museo Nacional de Historia en Bucarest.
La corona de acero fue creada para la proclamación del príncipe alemán Carol de Hohenzollern-Sigmaringen como primer rey de Rumania el 22 de mayo de 1881, y estuvo presente en los momentos más importantes de la historia de la monarquía: el establecimiento del Reino de Rumania en 1881 y la unificación de todas las provincias rumanas en 1918, además de las entronizaciones de todos sus reyes, desde la proclamación de Carol I hasta el funeral de Miguel I, último hombre que ocupó el trono rumano.
Por pedido de Carol I, fue construida con acero proveniente de uno de los cañones otomanos capturados por el ejército rumano en la batalla de Pleven en 1877.
El rey Carol I expresó su deseo de que esta corona se hiciera en el arsenal del Ejército, con un diseño sugerido por destacadas personalidades de la cultura y las artes, entre ellos artistas, lingüistas e historiadores. Los historiadores Bogdan Petriceicu Hasdeu, Alexandru Odobescu y Grigore Tocilescu, así como el artista Theodor Aman, formaron parte de ese encargo.
Durante la ceremonia de su proclamación, Carlos fue ungido con los santos óleos por el Metropolitano de la Iglesia Ortodoxa Rumana, pero pero se negó que colocaran la corona en su cabeza. “Con orgullo, sin embargo, recibo esta Corona, que fue hecha del metal de un cañón rociado con la sangre de nuestros héroes y que fue consagrada por la Iglesia. Lo recibo como un símbolo de la independencia y el poder de Rumanía”, proclamó.
“La corona real, respetando las normas heráldicas, está compuesta por un círculo frontal de acero, adornado con piedras oblongas, rómbicas y perlas también de acero”, explicó el historiador rumano Florin Georgescu.
“En la parte superior del círculo se colocaron ocho grandes ornamentos, tallados en forma de hoja (florones), alternando con ocho figuras más pequeñas, con perlas en la parte superior. Desde las puntas de los florones parten hacia el centro de la corona ocho hojas estrechas, arqueadas, adornadas con perlas, que se unen en un globo en el que está montada la cruz del ‘Cruce del Danubio’. Todos los elementos de la corona son de acero, incluso las perlas, solo el forro interior es de terciopelo violeta”.
El primer rey que utilizó la corona sobre su cabeza, como símbolo de la unidad nacional, fue su sucesor, Fernando I, quien después de la unificación de todas las provincias históricas rumanas en 1918 fue coronado Rey de la Gran Rumania en la ciudad Alba-Iulia, junto a su esposa británica, la popular reina María. Era el 15 de octubre de 1922.
El nieto de Fernando, Miguel I, se convirtió en rey por primera vez el 20 de julio de 1927, con solo 5 años y 9 meses, y no fue coronado. En 1930, su padre, el príncipe heredero Carol, regresó del exilio y recuperó el trono destronando a su hijo.
Diez años más tarde, el 6 de septiembre de 1940, tras la abdicación de su padre, Miguel I volvió a ser rey. Testigos presenciales informan que en la mañana de ese día, el patriarca ortodoxo Nicodemo y el primer ministro Ion Antonescu fueron al Palacio Real para que el joven rey prestara juramento sobre una cruz mientras que en una habitación contigua, Carlos II estaba haciendo sus maletas.
Después de la sencilla ceremonia, los presentes se dirigieron a la Catedral Patriarcal donde Nicodemo ofició una liturgia, y Miguel I fue ungido y coronado con la corona de acero de Rumania. Fue el último hombre que usó la corona y no existen fotos del momento. Setenta y seis años más tarde, la corona reapareció adornando el féretro de quien fuera el último rey rumano.
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Hace 145 años, el 29 de octubre de 1975, nació María, princesa británica que sería una de las soberanas europeas más destacadas del siglo XX.
Durante la Primera Guerra Mundial, la reina María de Rumania (1875-1938) se convirtió en un faro de fortaleza para los rumanos. La esposa del rey Fernando I -además, nieta de la reina Victoria de Inglaterra- recorrió campos de batalla, visitó ciudades destruidas y asistió a los heridos con una dignidad que la convirtió ante los ojos de los rumanos en la “Mamma Regina”, la madre del pueblo. Ni siquiera la trágica muerte de su hijo menor, el príncipe Mircea, de tres años, restó horas de la dedicación de María a los rumanos.
María trabajó infatigablemente en hospitales de campaña aun a riesgo de contagiarse alguna enfermedad. Al regresar por las noches al palacio, se bañaba en agua hirviendo para matar los piojos que se contagiaba durante sus visitas a hospitales. La esposa del rey Fernando se negaba a usar guantes para mantener un contacto lo más directo posible con los enfermos más graves, por lo que su vida estuvo en constante peligro. Una enfermera dijo una vez que la reina era “nuestro talismán, cuya presencia nos inmuniza mejor que todas las vacunas”.
“En su papel de ‘primera enfermera’ de su reino”, escribe Jean Des Cars, “al que el horror de los campos de batalla y las terribles epidemias dieron una trágica importancia, su ejemplo no fue su único don. (…) Cuando las fatalidades -la invasión, la retirada, la hambruna, las epidemias, la traición de Rusia- se conjuraron entre 1916 y 1918 contra Rumania, debió enfrentar sin ninguna ayuda exterior, una situación que el mundo entero consideraba como desesperada. Y sin embargo, jamás mujer semejante fue más bella que bajo esa corona de diamantes negros… A la cabecera de los contagiosos, desafió la muerte cien veces”.
A mediados de diciembre de 1916, María escribió en su diario personal que muchísimos rumanos acudían a ella implorándole ayuda y comida y, abrumada por todo aquello, tenía ganas de gritar “¡Basta, basta!”, pero siguió adelante. Según la historiadora Julia Gelardi, “María se ocupó de las rondas del hospital con su consabido uniforme de enfermera y enfrentó con valentía el hedor y la sangre que la aguardaban cada día. Las rondas diarias se complicaron a causa de mortales brotes de tifus. La enfermedad, que se propagó con rapidez, no discriminaba a la hora de cobrar víctimas. Pero María continuó co las visitas, a sabiendas de que, en cualquier momento, podía abatirla la tan temida enfermedad…”.
María creía que era necesario el contacto directo con los heridos, enfermos y moribundos para que pudieran experimentar, quizás por última vez, la calidez humana. Por las noches, la reina regresaba a palacio y se sumergía por completo en una bañera de agua hirviendo con la ropa puesta y las botas de montar, que era lo único que la salvaba de morir quemada. Finalmente, María de Rumania se quitaba la ropa y la arrojaba al agua hirviendo para matar los piojos que transmitían el tifus y que se adherían a las prendas.
Los soldados, los moribundos, los niños heridos y malnutridos vitoreaban a la reina con reverencia y admiración, agradecidos por su valentía. Era “Mamma Regina”, la madre reina de Rumania. En cierta ocasión, la reina visitó a un soldado herido que estaba a punto de morir y quedó perpleja: ante ella yacía un hombre gravemente herido, con las vendas empapadas de sangre. Cuando le anunciaron que la reina María estaba a su lado, el hombre, que ya no podía ver, estiró las manos hacia María y dijo sus últimas palabras: “Que el Gran Dios te proteja, que te deje vivir para convertirte en emperatriz… ¡Emperatriz de todos los rumanos!“
“Todos venían a verme…”, escribió ella en su diario. “… y cada uno tenía alguna protesta o una queja… Yo debía tratar de no perder la cabeza. Yo misma era una refugiada sin casa propia, con la mayor parte de mis posesiones mundanales en Cotroceni, y lo que tenía conmigo estaba embalado en grandes cajones en el tren… Yo, la reina, no tenía adónde ir, de modo que mal podía ayudar a alguien”. En esos momentos de desesperación, la reina plasmó en sus diarios una oración que la ayudaría a superar la desgracia: “Tú has hecho brillar mi rostro ante los humildes de este mundo, Tú me has puesto la púrpura sobre mis hombros, una corona en mi cabeza, y me has encomendado que las use como si no fueran un fardo… ¡Por lo tanto, te invoco, oh Dios! Dame fuerza para encarar cualquier destino, vencer cualquier temor, enfrentar cualquier tormenta… Y si alguien me recuerda en esta tierra, Señor, que me vean con la sonrisa en los labios, un don en la mano y en mis ojos la luz de esa fe que mueve las montañas”.
Cuando yacía enferma en su lecho de muerte, en 1938, la reina María escribió una extensa y conmovedora carta de adiós a todos los rumanos: “Cuando leas estas líneas, pueblo mío, yo ya habré cruzado el umbral del silencio eterno… Sin embargo, a causa del gran amor que siempre te he tenido, quiero hablarte una vez más… Tenía diecisiete años cuando llegué a ustedes; era joven e ignorante, pero estaba muy orgullosa de mi país de origen y todavía lo estoy: estoy orgullosa de haber nacido en Inglaterra, pero cuando acepté por completo la nueva nacionalidad, tuve que esforzarme mucho para convertirme en una rumana digna de tal nombre.
“Al principio no fue tarea sencilla. Yo era una extraña en una país extraño, sola entre desconocidos… una joven princesa tiene que viajar para convertirse en la princesa de otro país que la convoca. Me convertí en la princesa de de los rumanos en la alegría y en el dolor. Cuando miro atrás, es difícil decir qué fue más grande, la alegría o el dolor. Creo que la alegría fue más grande… pero la tristeza fue muy larga. (…) Te bendigo, mi querida Rumania, tierra de mis alegrías y mis dolores, hermoso país que vive en mi corazón… Hermoso ´país que vi unificado y con el que compartí la suerte durante treinta años; también soñé el sueño ancestral… que siempre seas grande e íntegra… Y ahora, me despido para siempre… recuerda, pueblo mío, que te amo y te bendigo con mi último aliento. María”.
Telegramas diplomáticos y del servicio secreto rumano de 1948 revelan que los comunistas mintieron a los rumanos sobre las posesiones que el exmonarca se llevó al extranjero.
La fortuna que se llevó el rey Miguel I (1921-2016) cuando abandonó el país en 1947 ha sido un tema muy debatido en Rumania en los últimos años. La propaganda de la dictadura comunista se encargó de decirle a la gente que vivía en la pobreza extrema que el exmonarca, obligado a abdicar a punta de pistola, se había ido con todas las riquezas del país y la verdad se mantuvo oculta durante muchos años. Los pocos monárquicos que escaparon de la ira de los comunistas prefirieron esperar días mejores y callaron, y el asunto jamás pudo ser aclarado del todo.
Los documentos oficiales muestran cómo el dictador comunista Nicolae Ceaușescu se aseguró de que la Securitate, la policía estatal, difundiera información falsa sobre la forma en que el rey vivía en el exilio. “De forma lenta pero segura, el olvido y el miedo se han apoderado de un país como si estuviera maldito por décadas de oscuridad”, dijo el diario rumano Adevarul, que afirmó recientemente que no existe ningún documento que respaldara los rumores comunistas sobre el presunto acuerdo entre el rey y el poder comunista en Bucarest a cambio de su libertad para salir ileso de Rumanía, junto con su familia y miembros de su corte.
Extraoficialmente, los comunistas hicieron todo lo que estuvo a su alcance para desacreditar al rey, un personaje cuya popularidad temían, difundiendo leyendas sobre trenes cargados de riquezas, pinturas, lingotes de oro, autos y dinero robado por el monarca. En 2005, Calin Popescu Tăriceanu, en ese momento primer ministro de Rumania, lanzó una defensa a la casa real diciendo que las acusaciones comunistas formuladas contra el rey Miguel de pinturas del patrimonio rumano eran “más que dudosas” y que el gobierno rumano no tiene pruebas de tales acciones.
De qué vivió el rey en el exilio
Miguel I tuvo que trabajar para ganarse la vida y no llevó una vida lujosa en absoluto, financiada por una supuesta fortuna tomada de Rumania o por un acuerdo con los comunistas. Era agricultor, trabajaba como piloto, como corredor, pero también estaba desempleado. “En el exilio, nuestra soledad fue tanto mayor cuando se cuestionó u olvidó nuestro anhelo por el país y la necesidad de convivir con los rumanos”, diría el exmonarca. “Varias veces me preguntaron cuál era mi sensación cuando salí de Rumanía. Entonces no encontraba otra manera de decir la verdad sobre mi estado que que me fui con la muerte en el alma”.
El rey Miguel también negó repetidamente que el gobierno comunista le hubiera permitido llevar al exilio cualquier valor financiero o propiedad que no fueran cuatro baúles con objetos personales, cargados en dos vagones de tren. También aparecieron varios documentos oficiales en su apoyo, como un telegrama del 3 de enero de 1948 en el que Rudolf Schoenfeld, embajador estadounidense en Bucarest, escribió en un documento ultrasecreto al Departamento de Estado de EEUU:
“A menos que surjan dificultades inesperadas, la suite real partirá esta noche hacia Lausana, vía Viena. Los pasajeros principales de la suite serán el rey, en cuyo pasaporte está escrito Príncipe de Hohenzollern; La reina madre; Negel, el mariscal de la corte; Mircea Ionițiu, secretario privado del rey; Jacques Vergotti, ayudante del rey; La señora Catargi, la dama de honor de la reina madre; Vania Negroponte (con su esposa e hijo), quien era el administrador de algunas propiedades reales. Los servidores personales también acompañarán al grupo. En total, se espera que el número de personas aumente a 35. Rădulescu dijo que al rey se le prometió un anticipo en moneda extranjera contra una posible venta de propiedad personal aquí, como vinos y caballos”.
Miguel se vio obligado a abdicar el 30 de diciembre de 1947. Petru Groza y Gheorghiu-Dej lo obligaron, la noche del 29 de diciembre, a volver a Bucarest desde su residencia en Sinaia con el pretexto de discutir un importante tema y urgente, pero le presentaron el acta de abdicación y dieron media hora para pensar después de que inicialmente se negó. Mientras tanto, las tropas de la división “Tudor Vladimirescu” entraron y rodearon el palacio real. El rey mantuvo su decisión, pero Groza amenazó con iniciar una guerra civil.
Además, el rey fue amenazado con que los aproximadamente mil estudiantes que se encontraban presos en los distintos centros penitenciarios de Bucarest serían ejecutados si se negaba a firmar el acta de abdicación de manera inmediata e incondicional. Ante el riesgo de derramamiento de sangre, Miguel I cedió y firmó, el 30 de diciembre, a las 14.00 horas, convirtiéndose en el último monarca de la dinastía Hohenzollern. Los comunistas anunciaron la abolición de la monarquía y el establecimiento de una república popular, mediante una ley adoptada por la Cámara de Diputados, y difundieron la grabación de la proclamación del rey de su propia abdicación.
Miguel salió del país el 3 de enero de 1948 a las 8 pm con un tren especial desde Sinaia, viajando a través de Hungría y Austria hasta Suiza. Seis días después, en otro telegrama, John Carter Vincent, el diplomático estadounidense en Berna, escribió a George Marshall: “En términos de finanzas, Miguel rechazó rotundamente la oferta de Petru Groza de recibir una cantidad de dinero no especificada. A Miguel se le permitió sacar pertenencias personales fuera del país, pero no objetos valiosos, como obras de arte. Se le informó que se le enviaría el precio de la venta de este último, pero no esperaba recibir nada. Aparentemente, su capital líquido en Suiza asciende a 50.000 dólares estadounidenses y 200.000 francos suizos”.
Las personas que acompañaron al rey, incluida la reina madre Elena, fueron desvestidas y registradas. Rudolf Schoenfeld, el ministro estadounidense en Bucarest, escribió unos días después, nuevamente al Departamento de Estado estadounidense afirmando que aunque a los miembros de la familia real rumana se les permitió salir del país, el gobierno rumano los trató con su característica actitud hostil, revisando cada prenda de vestir en el momento de empacar, reduciendo el límite de equipaje en el último momento y requisando las casas y sus propiedades antes de que el grupo partiera”.
El 22 de enero de 1948, Thomas Maitland Snow, el ministro británico en Berna, escribió al Ministerio de Relaciones Exteriores: “El equipaje del rey y la madre-reina no fue abierto en la frontera por los rumanos, pero todas las pertenencias del séquito real fueron registradas, incluso las personas de la suite fueron desvestidas y registradas”.
“Se le considera el más pobre de los antiguos reyes en el exilio. No escribe ni se publicita. Y la prensa extranjera lo presenta como un hombre trabajador y modesto con evidente preocupación por la mecánica, el automovilismo, el turismo y la familia. Los últimos datos muestran que no goza de la atención de los estadounidenses, hecho por el cual los organismos especializados estadounidenses lo monitorean constantemente, revisan todas sus relaciones e interceptan tanto las conversaciones telefónicas como la correspondencia”, dice un extracto de una nota de la Securitate destinada a reflejar “la situación actual de Miguel de Hohenzollern” en 1973.
De cara al pueblo rumano, el régimen difundió información falsa sobre el monarca, afirmando que el exmonarca vivía con una impresionante fortuna en Suiza mientras su pueblo luchaba en la pobreza. Sin embargo, el mismo archivo de la Securitate relataba que el ex rey vivía en Suiza en una casa alquilada y, como no tenía dinero para mantenerse, se mudó con su familia a Inglaterra, donde alquiló un edificio antiguo sin amueblar. Pese a los controles a los que fue sometido, logró enviar mensajes a través de radio Europa Libre mensajes que los monárquicos del país escuchaban con esperanza.
El nieto del rey Miguel dice que cree “posible” que se restaure la monarquía en su país: “Debemos estar unidos y trabajar juntos en este objetivo”.
En una entrevista publicada por el diario rumano “Adevărul”, el príncipe Nicolae de Rumania habló sobre el próximo nacimiento de su hijo y sobre su deseo de reconciliarse con la Familia Real, que ha estado dividida durante varios años, y sobre las posibilidades de que la monarquía regrese a Rumania. Nicolás, nieto del fallecido Miguel I (último rey de Rumania), anunció el 1 de junio que su esposa, Alina-Maria Binder, está embarazada y dará a luz en noviembre de este año. Ambos se casaron el 30 de septiembre de 2018 en la iglesia de San Elías en Sinaia, sin que ningún miembro de su familia asistiera a la boda.
Ahora, espera que el próximo nacimiento reúna a su familia: “Invitaré a mi familia y espero que la llegada de un niño nos acerque. Me gustaría presentarles a mi tía (la princesa heredera Margarita) y mi tío a mi hijo, creo que él tendría mucho que aprender de ellos”.
Nacido y criado en el extranjero, llegó por primera vez a Rumanía en 1992, cuando tenía siete años, con motivo de la primera visita de su abuelo después del comienzo del exilio de 1948. Graduado en 2012 del Royal Holloway College de la Universidad de Londres, especializado en gestión, Nicolás se hizo muy popular en Rumania por participar durante muchos años en numerosas acciones benéficas, centradas especialmente en los jóvenes. “Es un honor para mí que la gente nos apoye de esta manera”, dijo Nicolae. “Pero lo importante es estar unidos y mantener viva la memoria de reyes y reinas y continuar con sus valores morales. Estoy muy contento de que la memoria del rey Miguel siga viva”.
El príncipe, desterrado de su lugar de la sucesión por desavenencias con su tía, cree que es importante que la familia real rumana, aunque Rumania no sea una monarquía, transmita los valores que defendieron sus ancestros. “No como en un reino, por ejemplo. Tratamos de vivir con estos valores morales especiales, se los transmitiré a mi hijo. Y creo que todos podemos hacer lo mismo. Cada uno de nosotros puede decirle a nuestros hijos lo que cada rey y cada reina hicieron por el país y cómo se comportaron con la gente”, dijo en la entrevista.
Consultado sobre si espera ver al país convertido en una monarquía, respondió: “Es muy difícil dar una respuesta en este momento. Pero creo que es posible que durante mi vida Rumania vuelva a la monarquía. Pero creo que todos debemos querer eso, y debemos estar unidos y trabajar juntos en este objetivo”.
“Como creo que todo el mundo sabe, soy padre desde hace algunos años, pero claro que ahora el contexto es diferente. Estoy seguro de que a partir de noviembre mi vida cambiará mucho y por supuesto para mejor. Ahora nos estamos preparando más mentalmente. Estamos muy felices de escuchar esta noticia y nuestro futuro hijo”, dijo Nicolae, quien agregó: “Nuestros esfuerzos estarán enfocados en criar al niño y en estar sanos y felices, eso es lo más importante”. El niño nacerá a principios de noviembre en Bucarest y, aunque tiene varios nombres “en mente”, el príncipe dice que aún no se decidieron: “Esperaremos hasta que aparezca este milagro y luego decidiremos”.
Titulada “Custodio de la Corona”, la heredera del rey Miguel se convirtió en un símbolo de los cambios que sufrió su país.
La actitud hacia ella como figura central de la familia real rumana sirve como un verdadero termómetro de la democracia.
Durante la Gala de Mujeres Forbes de 2020, organizada por la revista económica “Forbes Rumania” por novena vez, la princesa Margarita de Rumania recibió el título de “personalidad femenina más importante” del país balcánico. La Gala de la Mujer de Forbes lleva nueve años animando a las personalidades femeninas más valiosas en diversos campos, para que sirvan de modelo en toda la sociedad rumana y Margarita fue galardonada con este título por Forbes Romania en 2016, 2017, 2018 y 2019 y ocupó el primer lugar entre las 50 mujeres más influyentes de Rumania en 2014.
¿Quién es la princesa Margarita?
Margarita de Rumania ocupa un puesto único en el mundo: es la heredera del último rey de su país, pero no es reina. Sin embargo, los rumanos y su gobierno la reconocen como un símbolo del Estado y la tratan de “Majestad”. Su presencia y su influencia son altamente importantes para el gobierno republicano de Bucarest y tanto ella como su familia son tratados como si realmente Rumania fuera una monarquía. No fue sino hasta 1990 cuando Margarita pudo pisar por primera vez su país. En 2007 el rey Miguel la designó como heredera del Trono y le otorgó el título de “Custodia de la Corona Rumana”. En marzo de 2016, cuando su salud ya se encontraba seriamente deteriorada, el rey le cedió la jefatura de la dinastía y en 2017, al morir su padre, se convirtió en la cabeza de la dinastía. Si la monarquía se restaurara en Rumania, Margarita sería su primera reina.
“Desde el punto de vista pragmático, cada capa de la sociedad rumana reconoce el papel de la Familia Real, un cambio psicosocial que conduce lógicamente a la restauración de la monarquía mediante un acto democrático de refuerzo de la legitimidad histórica de la casa real”, escribió el periodista rumano Claudiu Pădurean en Romania Libera. Aunque no tiene papel político, las reuniones entre los miembros de la Familia Real Rumana y las autoridades públicas -del gobierno, del parlamento, de la justicia, y de las gobernaciones locales- se convirtieron en una rutina. La presencia de la princesa o de su familia en ceremonias nacionales o recepción de jefes de Estado extranjeros es casi obligada. A cambio, la República les concede una residencia oficial, un presupuesto y permiso para vivir en otras antiguas residencias reales.
En la actualidad, las relaciones entre la familia real rumana y los poderes políticos son de naturaleza más bien institucional que constitucional. Aunque Rumania todavía conserva su sistema republicano por el momento, los deberes públicos de la familia real rumana no difieren mucho de los de la familia real británica. Esto llevó a algunos teóricos a hablar del concepto de “Nueva Monarquía”, o “República Coronada”, en el que la institución real trasciende la forma de gobierno.
La princesa nació en 1949 en Lausana, Suiza, siendo la primera de las cuatro hijas del rey Miguel I -derrocado por los soviéticos en 1947- y de su esposa Ana de Borbón-Parma, descendiente de reyes daneses y franceses. Su padrino de bautismo fue el príncipe Felipe, esposo de Isabel II de Inglaterra, y recibió su nombre en honor a su abuela materna, Margarita de Dinamarca (1895-1992). La princesa asistió a escuelas en Italia, Suiza y Gran Bretaña y con el asesoramiento de su abuela, la reina Elena, asistió a la Universidad de Edimburgo, donde obtuvo un título en Sociología, Ciencias Políticas y Derecho Internacional Público.
Siguiendo el ejemplo establecido por sus familiares en la familia real e imperial de Habsburgo, Margarita optó por una carrera en organizaciones internacionales bajo los auspicios de las Naciones Unidas. Trabajó para la Organización Mundial de la Salud, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola. Luego renunció a su carrera internacional en el contexto de los dramáticos cambios introducidos en 1989, que selló la caída de los regímenes comunistas en Europa Central y Oriental.
En los últimos años, entre otras cosas, la princesa Margarita se convirtió en presidenta de la Sociedad de la Cruz Roja Rumana, la posición que una vez tuvo su bisabuela, la reina María, leyendaria por su valentía y solidaridad durante la Primera Guerra Mundial, y los miembros de la familia real rumana gradualmente llegaron a ocupar un lugar central dentro de la élite rumana. Además de la pareja real, la princesa María vive en Bucarest.
El sistema de condecoraciones reales revivió, los miembros de la familia real representan al país en varias acciones internacionales oficiales, patrocinan jóvenes talentosos y familias necesitadas, brindan asistencia a los ancianos, y apoyan la cultura, las artes, el deporte, la economía, los medios de comunicación y las escuelas y universidades. Instituciones como el Comité Olímpico y Deportivo de Rumania, del High Royal Patronage, y las federaciones deportivas nacionales, como la liga de rugby, que organizan las Copas Reales.
“Su Majestad el Rey y su madre, la reina Elena, salieron de Rumania la noche del 3 de enero de 1948. Pasaron cuarenta y dos años antes de que pisara suelo rumano el bendito día del 18 de enero de 1990, acompañado por mi hermana, la princesa Sofía. Fue un viaje de retorno, un viaje de integración personal e histórica. Hoy celebramos juntos un cuarto de siglo durante el cual día tras día hemos estado al lado de nuestros compatriotas, y al lado de los más vulnerables de Rumania, sobre todo, continuando el pacto de nuestros antepasados”.
“En 1990, la Rumania más profunda no conocía la Corona, como un niño que nunca ha conocido a sus padres”, agregaba Margarita. “El último cuarto de siglo le ha dado a la Corona el rol de educadora y modelo, en los campos principales de la vida rumana, tal como Carol I nos enseñó. Bajo la dirección del rey Miguel, la Familia Real construyó un edificio social, cultural y educativo, así como una institución real respetada, en un momento en el que ha necesitado modelos, amor, inspiración y ejemplo personal”. “Todos estos años han arraigado a Rumania más firmemente, han vuelto a tejer su identidad y tradiciones desenmarañadas. Hoy en día, la mayoría de los rumanos tienen la Corona con afecto y respeto. Hace un cuarto de siglo, nos detuvieron en la carretera Bucarest-Pitești, con ametralladoras apuntando a la caravana real. Veinte años después, el rey se dirigió al Parlamento de Rumania en sesión solemne ”.
“Las reinas en ocasiones se salieron de las normas de la época, notándose visiblemente con la moda abordada en el extranjero”, destacó la casa real.
Rumania lanzó una serie de sellos postales que conmemoran el estilo de las reinas Isabel (consorte de Carol I), María (esposa de Fernando I), Helena (primera esposa de Carol II) y Ana (consorte de Miguel I, último rey de Rumania”
“Las reglas de vestimenta para las cabezas coronadas son muy estrictas y se utilizan varios materiales para hacerlas, que deben cumplir con los estándares de decencia. Sin embargo, algunas reinas de Rumanía en ocasiones se salieron de las normas de la época, notándose visiblemente con la moda abordada en el extranjero”, explicó la casa real rumana.
Isabel de Wied (1843-1916) a menudo era considerada por familiares o invitados como auténtica y atrevida en su forma de vestir. “Los vestidos de túnica blanca estaban cubiertos no exactamente con joyas reales, sino con grandes fantasías, así como con todo tipo de encajes y bordados inesperados”, dijo la casa real. “Bajo un rico abrigo de piel, la reina vestía una prenda holgada de terciopelo rojo muy oscuro, que parecía más una bata, adornada con bordados jaspeados, en la cintura con un fino cordón de seda, que parecía más bien un sforicică. Llevaba sombreros de ala pequeña con un velo al que sujetaba sus tenazas”.
Rumania homenajea el estilo de sus reinas con serie de sellos postales
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María de Sajonia-Coburgo (1875-1938) logró imponer su propio estilo de vestir, y en muchas de sus fotografías se la puede ver con atuendos que parecen mucho más ligeros que otros soberanos de la época, pero también más vanguardistas, abordando la moda de la década de 1880. Maria, así como sus hijas, contrataron a famosos diseñadores de moda franceses, como Coco Chanel, Jean Patou, Paul Poiret, Redfern y Cheruite. “Los trajes tradicionales también fueron apreciados por la reina, pero fueron estilizados y modernizados, sin estropear su encanto ni su especificidad”, dijo la casa real.
Helena, primera esposa de Carol II, nunca fue reina consorte debido a que se separó de su esposo, pero su hijo Miguel I la nombró “Reina Madre”. Miembro de la familia real de Grecia, “estaba encantada de promover las auténticas tradiciones rumanas, siendo famosas sus fotografías con trajes típicos en ese momento”, dijo la casa real. Tras la proclamación de Miguel como rey, en 1927 y 1940, secundó a su hijo en elegantes atuendos, según la moda de la época. “La tiara con motivos griegos de la reina Elena fue un accesorio extraordinario, y fue usada con honor en ocasiones especiales”, además, por su nuera Ana y su nieta, la princesa Margarita, actual jefa de la casa real.
Ana de Borbón-Parma (1923-2016) fue discreta tanto en la vida pública como en la vestimenta. “La menor atención de la reina Ana por la moda y los trajes de gala fue heredada de su madre, la princesa Margarita de Dinamarca, quien solía decir: ‘No me visto, me cubro’”, relató la casa real. En una entrevista en 2008, la reina dijo que prefería cuidar la casa, y la idea del protocolo no le atraía. Pero la modestia es la razón por la que la reina Ana omite recordar un período de la Segunda Guerra Mundial, cuando vestía con orgullo y respeto el uniforme de las fuerzas militares francesas libres, siendo condecorada con la Cruz de Guerra Francesa.