Etiqueta: Reinas del siglo XX

  • Hace 110 años nació Geraldine, la única reina de Albania

    Su historia se lee como si fuera una fantasía de Hollywood. Aunque era condesa, la fortuna de su familia se había desplomado tanto que a los 20 años vendía postales en el Museo Nacional de Budapest. Entonces el rey Zog, que había estado buscando desesperadamente una novia, vio su foto. Se conocieron el día de Año Nuevo de 1938 y diez días después se comprometieron.

    La boda fue esplédida. Su velo se arrastraba desde una alta diadema de azahar y su vestido de satén blanco estaba bordado con perlas. Cincuenta mil niños con trajes nativos aplaudieron y los clanes enemigos compartieron vino. Los regalos de boda incluían un Mercedes de Hitler.

    Pronto terminó la fantasía y la realidad cayó sobre Geraldine. Solo un año después, Italia invadió Albania, y la joven reina, todavía convalenciente después de dar a luz, huyó con su hijo pequeño en una ambulancia por tortuosas carreteras de montaña hacia Grecia. Le siguieron el rey y 115 miembros de su corte, que llevaban diez pesados cofres repletos de objetos de valor.

    Los sueños de Geraldine de fundar una dinastía murieron de inmediato. La reina alta y elegante rechazó una oferta para aparecer en películas. La pareja comenzó la larga odisea de país a país, este mes un castillo en Versalles, el próximo mes un palacio en Egipto, tan tristemente familiar para la realeza desterrada.

    En el momento de su fuga, se creía que el rey Zog había facilitado su situación al agregar la reserva de oro de Albania a su gran fortuna personal, previamente depositada en bancos suizos e ingleses. Su último acto antes de huir fue hacer un llamamiento a su pueblo para “luchar hasta la última gota de sangre por la independencia de Albania”.

    La condesa Geraldine Apponyi nació en Budapest el 6 de agosto de 1915. Su padre era el noble húngaro Conde Gyula Apponyi de Nagy-Appony y su madre era Gladys Virginia Stewart, miembro de una antigua familia de Virginia. El abuelo de Geraldine había sido un alto funcionario de la corte imperial de la dinastía Habsburgo.

    Pero la realeza de Europa Central había perdido tronos, su dinero y su prestigio después de la Primera Guerra Mundial. El padre de Geraldine murió en 1924, y su madre se volvió a casar con un oficial francés. La familia insistió en que Geraldine y sus dos hermanas fueron educadas en Hungría.

    Las circunstancias dictaron que las jóvenes aprendieran taquigrafía y mecanografía, pero aun así eran enviadas a los bailes de la alta sociedad con el objetivo de obtener un buen matrimonio. Cuando tenía 17 años, Geraldine fue fotografiada varias veces en un baile ofrecido por monárquicos húngaros y uno de esos retratos cambiaría su vida para siempre.

    Mientras tanto, el rey Zog, que había pasado de jefe tribal a primer ministro, de presidente a primer monarca de Albania al que a veces se le llamaba el “Napoleón balcánico”, se sentía miserable. Había escapado milagrosamente de un intento asesinato en 1931 cuando salió de la Ópera de Viena, y su madre vigilaba la cocina real para asegurar de que su comida no estaba envenenada.

    Se dice que el monarca ofreció una “buena suma” de dinero a un agente matrimonial para hallarle en Europa una novia atractiva con un ingreso de $ 1 millón al año. Tras ver el retrato de Geraldine llevado desde París, el rey musulmán se enamoró de esa noble católica romana sin un centavo, invitó a Albania en la Navidad de 1937 y la convirtió en princesa después de ofrecerle matrimonio en Año Nuevo.

    Geraldine encantó a los albaneses. Cuando el vicepresidente del país le dio una cartera de terciopelo que contenía el equivalente a 500.000 dólares, ella ordenó que se la donara a la fundación National Albanian Charities.

    Geraldine siguió siendo católica y se casó en una ceremonia civil el 27 de abril de 1938. Las circunstancias políticas que rodeaban la boda eran ya preocupantes y derivarían en el fin abrupto del cuento de hadas de Geraldine en apenas de un año. El New York Herald Tribune dijo que Geraldine, entonces de 22 años, “parece estar casándose con el eje Roma-Berlín al igual que con su rey”. Agregó que “sin duda se estaba casando con la política exterior de Mussolini”.

    En abril de 1939, las tropas italianas invadieron y el rey y la reina huyeron. El conde Galeazzo Ciano, el ministro de Asuntos Exteriores italiano, que había sido el padrino de bodas del rey Zog I, llegó en un bombardero. El pretexto inmediato para la invasión fue la acusación italiana de que el rey estaba haciendo un mal uso del dinero italiano, pero muchos sugirieron que Mussolini estaba celoso de las conquistas de Hitler y ambicionaba conquistar Albania.

    La corona de Zog pasó al rey Víctor Manuel II de Italia, tras lo cual el rey y la reina Geraldine comenzaron su derrotero por el exilio. Pasaron por Grecia, Turquía, Rumania, Polonia, los países bálticos, Suecia, Bélgica y Francia antes de aterrizar en el Hotel Ritz de Londres. Luego se trasladaron a Egipto, donde el rey Faruk los recibió con la generosidad que lo caracterizaba.

    Cuando Farouk I fue derrocado en 1952, los reyes sin corona se trasladaron a París, donde Zog, que había sobrevivido a numerosos intentos de asesinato, murió en 1961. La reina viuda Geraldine vivió en España y Sudáfrica antes de regresar a Albania por invitación del Parlamento apenas unos meses antes de fallecer. La única reina que tuvo Albania cumplió su sueño de morir en tierra albanesa.

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  • Silvia de Suecia, 45 años como reina

    Silvia Renata Sommerlath, quien se convirtió en reina consorte de Suecia hace 45 años, el 19 de junio de 1976, nació en Heildelberg, Alemania en 1943 en plena Segunda Guerra Mundial. De padre alemán y madre brasileña, su familia optó por emigrar a Brasil en 1945 e instalarse en Sao Paulo, donde permaneció hasta 1957.

    De regreso en Alemania Occidental, Silvia inició sus estudios de idiomas en Dusseldorf cuando tenía quince años hasta graduarse con una especialización en español con tan sólo 20 años.

    Dado su notable talento para los idiomas (además del alemán y el portugués, habla sueco, inglés, español y lenguaje de señas) ocupó puestos importantes en torno a las relaciones internacionales. A principios de los 70, ocupó un cargo en el Consulado argentino de Munich y de ahí pasó al comité de organización de los juegos olímpicos de verano en esa ciudad en 1972.

    En 1973 asumió como suplente en la Jefatura de Protocolo de la Comisión para los Juegos Olímpicos de Invierno a realizarse en 1976 en Innsbruck, Austria. Como su cargo en los JJOO de Munich la vinculaba al cuerpo de azafatas protocolares, le tocó estar cerca de los visitantes más ilustres en los Juegos. Uno de esos visitantes extraordinarios, fue el por entonces príncipe Carlos Gustavo de Suecia. El joven rubio, esbelto y de ojos azules, tenía fama de enamoradizo y mujeriego, pero al ver a Silvia por primera vez se deslumbró -él siempre dijo que al verla, hizo un “click”- y ese mismo día la invitó a cenar.

    Todo parecía en orden: Silvia era culta, hermosa, de mirada dulce y eterna sonrisa. El pequeño detalle es que, el por entonces rey Gustavo VI, no estaba convencido de que su nieto y heredero, Carlos Gustavo, se casara con una plebeya que además era tres años mayor que él. Recordemos que Carlos Gustavo perdió a su padre en un accidente de avión cuando sólo tenía un año, de modo que a la muerte de su abuelo, indefectiblemente se convertiría en rey.

    Los enamorados continuaron viéndose en secreto hasta el fallecimiento del anciano rey, cuando Carlos Gustavo se comprometió siendo ya rey de los suecos y contrajo matrimonio pocos meses después, el 19 de junio de 1976 con Silvia.

    La joven nunca fue princesa ya que desde el mismo momento de su boda fue reina de Suecia y ese día de verano llevó un vestido de corte sencillo de la Casa Cristian Dior, bien de los años setenta, que dejaba todo el protagonismo a la enorme tiara que llevaba en su cabeza, rodeada de camafeos y que había pertenecido a Josefina, la esposa de Napoleón.

    En la gran fiesta con más de mil invitados, el grupo sueco Abba -como no podía ser de otro modo- estrenó en vivo el tema Dancing Queen, dedicado especialmente a la nueva reina (ver video). Como en toda familia real, pronto llegaron los hijos: la princesa Victoria (1977), quien fue nombrada heredera cuando los médicos dijeron que la reina no podría tener más hijos; el príncipe Carlos Felipe, quien constituyó una sorpresa para la familia (1979) y la princesa Magdalena (1982). Actualmente los reyes tienen siete nietos.

    Silvia es hoy abuela de siete nietos y preside numerosas asociaciones benéficas, como por ejemplo La Casa Silvia dedicada al cuidado e investigación de la demencia y de los adultos mayores; el Fondo del Matrimonio de la Pareja Real que apoya la investigación deportiva para jóvenes discapacitados; la Fundación Mundial de la Infancia (tarea que comparte con su hija Magdalena) y colabora, patrocina o preside otras treinta organizaciones, por lo cual ya ha recibido varios Doctorados Honoris Causa.

    Pero si algo caracteriza a Silvia es justamente su discreción, que junto a su sonrisa, se mantienen intactas en el tiempo pese a las acusaciones de simpatías hacia el nazismo por parte de su padre o las infidelidades del pasado de su esposo. Silvia perdona siempre, y siempre sonríe.

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  • Reinas del siglo XX: Narriman de Egipto, la “Cenicienta del Nilo”

    Reina plebeya, fue sacada de la oscuridad para una vida de lujo extravagante en los palacios reales de Egipto y para acompañar a regañadientes a su marido playboy en casinos, playas y grandes hoteles de Europa.

    Las lágrimas corrían por el rostro de Farouk, el último rey de Egipto. Su esposa, la reina Narriman, estaba dando a luz de forma prematura al futuro soberano de la dinastía. El rey, velaba junto a la cama de Narriman, tomándole la mano y dándole ánimo, en una postal de amor rara vez vista en la vida del revoltoso monarca.

    La segunda esposa de Farouk, fue elegida entre las filas de la clase media alta no real como un gesto populista, destinado a restaurar el apoyo popular a una monarquía en sus últimas etapas. Los periódicos la apodaron la “Cenicienta del Nilo“, una plebeya sacada de la oscuridad para una vida de lujo extravagante en los palacios reales de El Cairo y Alejandría, que acompañaba a regañadientes a su marido playboy en los casinos, playas y grandes hoteles de Europa.

    Ella lo soportó durante poco más de un año, después de haber tenido el heredero varón deseado, y luego escapó. “No se puede considerar un matrimonio feliz”, dijo Akram el-Nakeeb, hijo de Narriman de un matrimonio posterior. Los recuerdos de Narriman sobre su exilio con Farouk y su divorcio en febrero de 1954, cuyo proceso ella inició, son “desagradables, dolorosos y deprimentes”, dijo Nakeeb.

    En el proceso de divorcio, Farouk le había dado la opción de quedarse con él o regresar a Egipto sin su hijo de dos años, el príncipe Ahmed Fuad, quien durante menos de un año había sido el rey de jure de Egipto antes de que la monarquía fuera abolida formalmente. Y Narriman eligió dejar Farouk. El matrimonio duró menos de tres años y comenzó después de que hubiera terminado el revuelo sobre el fallido primer matrimonio del rey con la reina Faridah, de quien se divorció en noviembre de 1948. Faridah le había sido infiel, como dijo el ex rey en sus memorias, y también necesitaba un heredero.

    “Durante años había sido un hombre solitario en mi corazón, aunque estaba rodeado de cortesanos, asistentes y amigos sociales”, escribió Farouk en sus memorias. “Narriman fue el primer ser humano desde que alcancé la plena madurez que realmente comenzó a atravesar la barrera y a comprender al hombre detrás de la panoplia de la realeza”, manifestó. “La gente parece olvidar que siempre es un ser humano sobre cuya cabeza descansa una corona”, escribió el exmonarca.

    Narriman Sadek nació el 31 de octubre de 1934, la única hija de una familia de clase media de El Cairo. Su padre era un funcionario gubernamental de alto rango, mientras su madre tenía grandes ambiciones sociales para su hija. A los 16 se comprometió con Zaki Hashim, un joven prometedor que trabajaba para la secretaría de las Naciones Unidas y había estudiado Derecho en Harvard; pero sus planes cambiaron después de que la pareja visitó a un joyero de El Cairo para comprar un anillo de compromiso.

    El astuto ministro de información de Farouk había hecho saber que el rey estaba buscando una nueva esposa para reemplazar a su primera esposa, la reina Farida, que había tenido tres hijas pero ningún hijo, y de quien Farouk se había divorciado recientemente. El joyero real informó al palacio que acababa de conocer a la candidata ideal en su tienda: era joven, regordeta y guapa, el tipo de chica que se sabía que gustaba al rey.

    Antes de su primera reunión, al rey le mostraron una fotografía de Narriman Sadek, la hija de 16 años de un funcionario de clase media. “Me sentí atraído de inmediato por el rostro de la niña”, escribió Farouk. De acuerdo al rey, la joven Narriman tenía “una boca que tenía un destello de humor vivo y ojos que brillaban con gentil amabilidad”. Después, los cortesanos se las ingeniaron para que la joven fuera a la joyería, aparentemente para mirar un anillo especial, a muy buen precio, para que el rey pudiera encontrarse con ella.

    En lugar de observarla a través de una mirilla en la puerta, como se había dispuesto, Farouk inesperadamente la encontró cara a cara. Después de una breve entrevista exploratoria, le anunció que tenía la intención de casarse con ella. Sus padres fueron persuadidos de cancelar los planes de matrimonio originales, que estaban en una etapa avanzada y el prometido humillado regresó a Harvard para completar su doctorado. Ella escribió sobre este encuentro en la joyería: “No pude evitar pensar en Zaki Hachem quien, comparado con el rey, parecía un pequeño e insignificante maestro de escuela distraído”.

    Al principio, el compromiso se mantuvo en secreto. En preparación para su futura vida como reina, fue enviada durante varios meses a Roma, viviendo en la embajada egipcia, donde se le dio una nueva identidad como “sobrina” del embajador de Egipto. Tutoras y damas de honor le enseñaron historia, etiqueta, música y cuatro idiomas europeos. Su peso fue cuidadosamente monitoreado y controlado, para cumplir con la orden de Farouk de que regresara a Egipto sin pesar más de 110 libras.

    Después de su esplendorosa boda, Farouk, ansioso por no repetir el fracaso de su primer matrimonio, llevó a la reina Narriman a una extensa luna de miel a la Riviera francesa. Para su partida en el yate real, Farouk vistió a toda la fiesta de luna de miel de 60 con chaquetas azules idénticas, patos blancos y gorras de yate. Él colmó a Narriman con regalos caros y por la noche perdió grandes sumas en la mesa de baccarat. “Narriman ciertamente lo disfrutó tanto como yo”, escribió el rey.

    Narriman comenzó una vida de aburrimiento y lujo, pero su existencia como reina de la monarquía más esplendorosa del África duró muy poco. Solo seis meses después, los revolucionarios Oficiales Libres obligaron a Farouk a abandonar el poder, enviándolo a él, a Narriman, a sus hijas y al príncipe Fuad al exilio en el yate real. Primero navegaron a Nápoles, luego a la isla italiana de Capri, un lugar en el que el ex rey estaba “perfectamente adaptado”, según comentó un periódico de la época con desdén.

    Poco tiempo después de su exilio, a principios de 1954, y después de que se publicaron las memorias, la reina Narriman, que todavía era una joven de solo 20 años, se divorció del rey. En el caso judicial, que resultó en que Narriman regresara a Egipto sin casi nada, aceptó perder la custodia de su hijo y abandonó sus demandas originales de pensión alimenticia. Las razones citadas para el divorcio, según un informe de un periódico de la época, fueron “adulterio, maltrato, crueldad mental y distanciamiento”.

    La reina se encargó de contar a los reporteros sobre su decisión de dejar Farouk: “Fue la voluntad de Alá, y cuando Alá lo quiere, coloca escamas en nuestros ojos y sella nuestros oídos a los sabios consejos”. Con el fallo del acuerdo final a favor del ex rey, Narriman regresó a Egipto. En 1954 la última reina de Egipto se casó con el Dr. Adham al-Naqib, un cirujano de Alejandría cuyo padre había sido el médico de Farouk. Más tarde, ya viuda, se casó con otro médico, Ismail Fahmi.

    Una década más tarde Farouk murió en 1965, después de una comida característicamente gigantesca en un restaurante de Roma. La ex reina Narriman vivió tranquilamente en Heliópolis, un suburbio de El Cairo, aunque sufrió muchos problemas de salud en sus últimos años. Murió prácticamente en reclusión en 2005, a la edad de 72 años. Cerca de su muerte, la ex reina concedió una entrevista en la que, como el resto de su vida, se centró en su famoso marido: “Hemos hablado mucho del rey Farouk”, murmuró. “¿Qué hay de Narriman?

  • Reinas del siglo XX: Victoria de Suecia, la reina que admiraba a Alemania

    Mal recibida en la corte de Estocolmo por sus simpatía hacia el imperialismo alemán, se dedicó fielmente a la beneficencia, pero le costó mucho ganarse el respeto de los suecos.

    La popular reina Sofía de Suecia, consorte del rey Oscar II, no se mostró muy de acuerdo cuando se eligió a la princesa Victoria de Baden como la prometida de su hijo mayor, el príncipe heredero Gustavo (futuro Gustavo V). La animosidad con la que la reina recibió a su futura nuera se extendió a todos los rincones de la corte y la princesa alemana tardó toda una vida en ganarse el afecto de Suecia. A su muerte, sin embargo, le fue reconocido el mérito de haber obrado silenciosamente por los enfermos y los necesitados.

    Nacida en 1862, Victoria de Baden descendía del rey sueco Gustavo Vasa, lo que aportó una buena dosis de sangre sueca y legitimidad a la dinastía reinante en Suecia, los Bernadotte, de origen francés. Pero Victoria, hija del duque Federico I de Baden y nieta del káiser Guillermo I de Alemania, no era una mujer fácil de tratar.

    Victoria llegó a Estocolmo a finales de septiembre de 1881 para convertirse en la princesa heredera de Suecia y Noruega. Era orgullosa de su origen alemán y de su educación prusiana; poseía un fuerte temperamento. En la coyuntura donde la monarquía sueca perdía poder político y su cuñado renunciaba a sus derechos dinásticos por casarse con una plebeya, Victoria opinaba que la dignidad real era otorgada por Dios y ningún poder mundano podía arrebatarla o renunciar a ella.

    Su marido se convirtió en rey en 1907 y ella fue impopular entre un importante sector del los suecos, por su abierta política a favor de Alemania, sobre todo durante la Primera Guerra Mundial. Se decía que ejercía una fuerte y nociva influencia en la política exterior de su marido, y que sus pretensiones eran promover una eventual alianza militar entre Suecia y Alemania. Sus frecuentes viajes a su tierra natal en plena guerra fueron ampliamente criticados por la prensa de Suecia, argumentando que la soberana se sentía más alemana que sueca.

    Tras la revolución de 1918, Victoria abandonó Alemania. Sin embargo, se le reconoce la fortaleza de su personalidad, que le permitió soportar las más adversas situaciones. Su salud se hallaba quebrantada desde su juventud y sus embarazos fueron de alto riesgo. Durante ellos fue sometida a tratamientos con medicamentos bastante perniciosos, como el mercurio. Su hijo menor, el príncipe Erik, sufrió una débil salud durante toda su vida, quizás debido al tratamiento que su madre recibió durante el embarazo, y falleció de gripe española siendo joven en 1918.

    A finales de la década de 1920 la salud de Victoria de Baden empeoró y se obligó a permanecer en Italia definitivamente. La última vez que estuvo en Suecia fue con motivo del 70 aniversario de su esposo en 1928, y murió dos años después, en Villa Svezia (Villa Suecia), su hogar en Roma. Benito Mussolini expresó un enorme pesar por la pérdida de la reina.

    El transporte de sus restos se hizo en el vagón real hasta el puerto de Swinemunde, en Alemania, en donde esperaba una división de la escuadra sueca. A bordo del crucero acorazado «Reina Victoria» fueron trasladados, con todos los honores, acompañados de Gustavo V y de su hijo el príncipe Guillermo, con rumbo a Estocolmo. Más de 150.000 habitantes contemplaron el paso del féretro, cubierto con la corona de la reina, en la capital sueca rumbo a la iglesia de Riddarholmen, donde victoria fue enterrada en el el Panteón de los Reyes de Suecia.

    Todos los diarios ponen de relieve la gran inteligencia y sobre todo la bondad de corazón de la Soberana, cuya actividad filantrópica se ejercía en su mayor parte en secreto”, resumía la prensa. “Los diarios de la izquierda dicen que la educación de la Reina en la atmósfera de la casa imperial de Alemania la predestinó a los sentimientos conservadores y monárquicos, pero que su vida estuvo llena de tacto y ponderación, amabilidad e inteligencia, facultades que la captaron todas las simpatías hasta de los políticos más opuestos”.

    Mujer con un gran talento artístico, aficionada a la pintura, a la fotografía y al piano, Victoria produjo una extensa obra pictórica y fotográfica. Su trabajo fotográfico fue de gran calidad, y experimentó todas las técnicas de su tiempo. Desde su infancia tuvo una excelente educación musical, y fue una gran pianista; interpretaba completa El Anillo del Nibelungo de Richard Wagner sin necesidad de leer las partituras.

    También dedicó una parte de su vida a obras de beneficencia en Suecia, Alemania e Italia. Por iniciativa de Victoria, que también se ocupó mucho por combatir el cáncer, con motivo del cumpleaños setenta de su esposo esposo, se hizo una colecta nacional destinada exclusivamente a combatir el cáncer y ayudar, especialmente, a los enfermos que careciesen de medios. La convocatoria real recolectó más de cinco millones dé coronas, cantidad asombrosa si se tiene en cuenta que Suecia tenía entonces seis millones de habitantes.

    Si bien durante sus últimos años, como consecuencia de su delicada salud, se vio obligada a permanecer largas temporadas en países de climas más templados, no dejó de estar en íntimo contacto con los suyos en Suecia, velando especialmente por la buena marcha y organización de las numerosas obras benéficas fundadas o protegidas por ella.