Etiqueta: Reina Victoria

  • Antes de Camilla vivió Adelaida, la última Reina de Inglaterra que no fue madre de un rey

    En los anales de la realeza británica, la reina Adelaida de Sajonia-Meiningen destaca como una figura de resiliencia silenciosa, cuya vida estuvo marcada por el deber, la tragedia y una calidez inesperada que la hizo querida por quienes la conocieron mejor. Nacida el 13 de agosto de 1792 en el pequeño y liberal ducado de Sajonia-Meiningen, Adelaida Amelia Luisa Teresa Carolina fue la hija mayor de Jorge I, duque de Sajonia-Meiningen, y Luisa Eleonora de Hohenlohe-Langenburg. Sus primeros años estuvieron marcados por un entorno progresista, ya que Sajonia-Meiningen permitía una prensa libre y críticas a sus gobernantes, algo raro entre los estados alemanes. Poco se documenta sobre su infancia, pero su educación fue completa para una princesa de su tiempo, incluyendo instrucción religiosa y exposición a los clásicos, preparándola para una vida que la llevaría inesperadamente al trono británico.

    Adelaida de Sajonia-Meiningen y el duque de Clarence: un matrimonio nacido de la necesidad

    La vida de Adelaida cambió drásticamente en 1818 tras la muerte de la princesa Carlota, la única nieta legítima del rey Jorge III, en el parto en 1817. Esta tragedia dejó a la monarquía británica sin un heredero claro, lo que llevó a los hijos solteros de Jorge III a buscar esposas adecuadas. A los 25 años, Adelaida recibió una propuesta del príncipe Guillermo, duque de Clarence, un hombre 27 años mayor que ella, con diez hijos ilegítimos de su relación con la actriz Dorothea Jordan. Aunque no fue la primera opción de Guillermo, la naturaleza amable de Adelaida y su disposición a aceptar a sus hijos la convirtieron en una candidata ideal. “Está condenada, pobre e inocente criatura, a ser mi esposa,” escribió Guillermo a su hijo mayor, reflejando su inicial reticencia, mitigada por promesas parlamentarias de saldar sus deudas.

    El 11 de julio de 1818, Adelaida se casó con Guillermo en una boda doble en el Palacio de Kew, junto al príncipe Eduardo, duque de Kent, y Victoria, princesa viuda de Leiningen. La ceremonia fue modesta, eclipsada por la urgencia de asegurar la sucesión. A pesar de la diferencia de edad y el comportamiento rudo de Guillermo, el temperamento tranquilo de Adelaida obró maravillas. “La famosa calma de la nueva duquesa de Clarence tuvo un efecto increíblemente positivo en el rudo Guillermo,” señala la historiadora Catherine Curzon. Ella moderó sus excesos, mejoró sus modales y acogió a sus hijos FitzClarence, creando un hogar estable en Clarence House y Bushy House.

    La duquesa de Clarence, una vida de pérdidas

    La reina Adelaida (1792-1849), esposa del rey Guillermo IV de Inglaterra
    La reina Adelaida (1792-1849), esposa del rey Guillermo IV de Inglaterra

    Como duquesa de Clarence, Adelaida enfrentó la inmensa presión de producir un heredero. Su primer embarazo en 1819 terminó en tragedia cuando su hija, Carlota Augusta Luisa, nació prematuramente y murió horas después. Le siguió un aborto espontáneo, y en 1820 dio a luz a Isabel Georgiana Adelaida, quien parecía robusta pero falleció de inflamación intestinal a los tres meses. En 1822, nacieron gemelos varones muertos, y otro posible embarazo ese año no prosperó. “Los siguientes años de la vida de Adelaida estuvieron llenos de tragedia,” escribe Factinate, destacando el impacto emocional de estas pérdidas. A pesar de su dolor, Adelaida permaneció dedicada a sus hijastros y mostró interés por su sobrina, la princesa Victoria, hija de la duquesa de Kent.

    La relación de Adelaida con la duquesa de Kent fue tensa. La duquesa, ambiciosa por el futuro de su hija, se negó a reconocer la precedencia de Adelaida, ignoró sus cartas y monopolizó los espacios reales. Esta disputa se intensificó cuando Guillermo, que se convirtió en heredero presunto tras la muerte de su hermano Federico en 1827, llegó a detestar a su cuñada. Sin embargo, Adelaida mantuvo una actitud amable hacia Victoria, fomentando un vínculo que perduraría.

    Adelaida, reina consorte: dignidad, serenidad y gracia

    Cuando Jorge IV murió en 1830, Guillermo ascendió como rey Guillermo IV, y Adelaida se convirtió en reina consorte. Coronada el 8 de septiembre de 1831, fue elogiada por su dignidad, serenidad y gracia. Su piedad y modestia ganaron el afecto del público, aunque sus opiniones conservadoras tories y los rumores de interferencia política durante los debates de la Ley de Reforma generaron críticas. “La supuesta interferencia de la reina Adelaida en política la hizo impopular con el público británico,” observa el National Portrait Gallery, pero su labor caritativa —donando gran parte de los ingresos de su casa a causas que apoyaban a mujeres y huérfanos— redimió su reputación.

    La corte de Adelaida reflejaba sus valores. Se negaba a permitir la asistencia de mujeres de dudosa virtud, lo que le valió el apodo de “puritana” de Charles Greville, secretario del Consejo Privado, quien señaló: “La reina es una puritana y se niega a que las damas asistan a sus fiestas con escotes”. Su devoción por Guillermo fue inquebrantable, especialmente cuando su salud decayó. En abril de 1837, Adelaida cayó gravemente enferma mientras asistía al lecho de muerte de su madre en Meiningen, pero se recuperó para cuidar a Guillermo en sus últimos días. Cuando él murió de insuficiencia cardíaca el 20 de junio de 1837, ella permaneció a su lado durante diez días y noches sin dormir, un testimonio de su lealtad.

    Un retiro silencioso y un fuerte vínculo con su sobrina, la reina Victoria

    Como reina viuda, la primera en más de un siglo, Adelaida sobrevivió a Guillermo por doce años. Se retiró de la vida pública, trasladándose a Marlborough House y más tarde a Bentley Priory, donde falleció el 2 de diciembre de 1849. Su salud, siempre frágil, la llevó a viajar a climas más cálidos como Malta e Italia. “La reina viuda, que seguía sufriendo de mala salud, pasó la mayor parte de su tiempo viajando de un clima cálido a otro”. observa Factinate. Mantuvo su labor caritativa, ganándose admiración por su generosidad. Su funeral, según sus deseos, fue sencillo: “Muero en toda humildad… libre de las vanidades y pompas de este mundo,” escribió en 1841.

    La relación de Adelaida con su sobrina, la reina Victoria, fue un pilar de su vida. A pesar de la brecha con la duquesa de Kent, Adelaida trató a Victoria con amabilidad, escribiendo con afecto tras la muerte de su hija Isabel: “Mis hijos han muerto, pero tu hija vive, y ella también es mía.” Victoria correspondió a este cariño, nombrando a su primera hija, Victoria Adelaida María Luisa, en su honor y eligiendo a Adelaida como madrina. “Hemos perdido a la más amable y querida de las amigas,” escribió Victoria al rey de Bélgica el 11 de diciembre de 1849, llorando la muerte de Adelaida. Su vínculo perduró, con Adelaida asistiendo a la boda de Victoria y haciendo apariciones públicas, como la colocación de la primera piedra de una iglesia en 1849.

    El legado de Adelaida perdura en la ciudad de Adelaida, Australia del Sur, nombrada en su honor en 1836, y en la fuerza silenciosa que aportó a una era real tumultuosa. Su vida, marcada por pérdidas personales y un deber público, sigue siendo un testimonio de resiliencia y compasión, como señala la historiadora Joanna Richardson: “El sentimiento universal de tristeza, de pesar y de verdadera apreciación por su carácter es muy conmovedor y gratificante

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes: Factinate, National Portrait Gallery, History Today, WikiTree, Royal Central, Britain Express, City of Adelaide, History of Royal Women, Madame Gilflurt, European Royal History, Stanmore Tourist Board

  • Esta terapeuta estadounidense dice ser fruto del amor secreto de la reina Victoria

    La reciente revelación de que una terapeuta estadounidense, Angela Webb-Milinkovich, podría ser descendiente de un supuesto romance secreto de la reina Victoria ha generado considerable interés y especulación en Gran Bretaña. La historiadora británica Fern Riddell ha señalado a Webb-Milinkovich como posible prueba viviente de una relación extramatrimonial que la reina supuestamente mantuvo con John Brown, un escocés que formó parte de su séquito.

    Se dice que John Brown, conocido por su cercanía a la monarca, salvó a la reina de un intento de asesinato. Su relación estuvo marcada por comentarios atrevidos e incluso coquetos sobre la apariencia de la reina, lo que ha intrigado a muchos historiadores y biógrafos a lo largo de los años.

    La reina Victoria y John Brown
    La reina Victoria y John Brown

    Las especulaciones sobre este romance se vieron alimentadas por un artículo de un periódico suizo que afirmaba que Brown y la reina Victoria se habían casado en 1866. Además, un clérigo confesó en su lecho de muerte haber casado a la pareja, lo que reforzó las teorías sobre su relación. Esto dio lugar a rumores de que Mary Ann Brown, bisabuela de Webb-Milinkovich, era fruto de esta relación secreta.

    En una entrevista con The Times, Angela Webb-Milinkovich expresó su confianza en la posibilidad de que su linaje pudiera estar arraigado en esta historia. “Estoy bastante segura de que esta teoría tiene cierta validez. Es algo que nunca pude confirmar personalmente. La historia que escuché durante mi infancia es que John Brown y la reina Victoria tuvieron una relación romántica”, comentó.

    Angela Webb-Milinkovich
    Angela Webb-Milinkovich

    Webb-Milinkovich también mencionó un viaje en barco que la pareja hizo, tras el cual nació un hijo que formaría su familia: “Hicieron un largo viaje en barco. Después de eso, nació un hijo, y de ese hijo surgió mi linaje”, añadió.

    El supuesto romance se retrató en la gran pantalla en la película de 1997 “La Señora Brown”, protagonizada por la reconocida actriz Judi Dench, quien recibió una nominación al Oscar por su papel como la Reina.

    Si bien muchos historiadores han descartado la idea de una relación romántica entre ambos, Riddell afirma haber descubierto nuevas pruebas que podrían indicar lo contrario. “Su relación ha sido minimizada y desinformada. Espero devolverle a John Brown su lugar en la historia y su legado, que es haber sido el consorte real de Victoria durante 20 años“, declaró.

    Además, en 2024, se descubrió una extraordinaria colección de prendas personales de la Reina Victoria en un armario tras más de 120 años de ocultación. Entre los artículos se encontraban piezas como bragas voluminosas, un kimono y delicadas zapatillas.

    Estas reliquias históricas se han conservado durante generaciones dentro de la misma familia aristocrática desde que fueron donadas a una de las damas de compañía de la soberana, que murió en enero de 1901.

    Artículo original de Monarquias.com

  • ¿Tuvo la reina Victoria un matrimonio y un hijo secretos con su caballerizo?

    Un nuevo libro publicado en el Reino Unido por la historiadora Fern Riddell y Angela Webb-Milinkovich, descendiente de John Brown, afirma que la reina Victoria (1837-1901) pudo haber tenido un hijo secreto con su sirviente escocés y llega a decir que se casaron y tuvieron un hijo secreto.

    Webb-Milinkovich ha expresado su disposición a investigar la veracidad de su propia historia familiar, que afirma descender de un hijo secreto de la pareja. “Estoy bastante segura de que esta historia tiene cierta legitimidad. Para mí, es simplemente una historia divertida que mi familia comparte“, declaró.

    Riddell, por su parte, afirmó haber encontrado pruebas sustanciales que sugieren un romance entre Victoria y Brown. Para comprender mejor esta afirmación, es importante remontarse al pasado. Tras la muerte de su esposo, el príncipe Alberto, en 1861, Victoria se retiró del mundo y se volvió cada vez más dependiente de Brown, quien había sido uno de los sirvientes más cercanos de la corte desde 1848.

    John Brown con la reina Victoria
    John Brown con la reina Victoria y sus hijos.

    La reina no dudó en demostrar su afecto por Brown aumentando su salario e incluso incluyendo su imagen en los retratos oficiales. Su muerte fue lamentada oficialmente, y la Circular de la Corte describió el evento como un “profundo pesar” para la Reina.

    Aunque Victoria descartó los rumores de una aventura como “chismorreos de la alta sociedad”, la colección de Riddell presenta evidencia de lo contrario. Entre las pruebas más impactantes se encuentra una fotografía de un molde de la mano de Brown, encargada por Victoria poco después de su muerte en 1883. Este gesto evoca una práctica similar que tuvo con Alberto, demostrando un profundo vínculo emocional.

    Además, un diario familiar Brown, sin editar, revela detalles íntimos de la relación entre ambos. En un pasaje, Victoria describe a Brown como su “amado John” y utiliza términos cariñosos que refuerzan el vínculo especial que compartían. Una nota manuscrita también expresa sus sentimientos por él. Sin embargo, los críticos argumentan que Victoria se refería frecuentemente a Brown como amigo, lo que sugiere que su relación podría interpretarse de forma más platónica. Riddell rebate esta opinión, afirmando que el uso de estos términos no debería ocultar los profundos sentimientos que existían entre ellos.

    La reina Victoria y John Brown
    La reina Victoria y John Brown

    Además, la historiadora enfatiza que la imagen de la Reina como una mujer reservada pudo haber eclipsado su verdadera identidad femenina. “Es esencial restaurar la feminidad de Victoria”, argumenta Riddell. Incluso sugiere la posibilidad de un matrimonio irregular entre ellos, algo común en Escocia en aquella época. Una confesión tardía de un capellán de la Reina mencionó arrepentimiento por haber realizado tal ceremonia. Aunque esta información ha sido controvertida a lo largo de los años, Riddell cree que merece una consideración más detenida.

    Recientemente, Webb-Milinkovich compartió una historia familiar sobre un supuesto hijo fruto de la relación entre Victoria y Brown. Afirma que su familia solía mencionar esta historia en reuniones sociales: “Crecimos escuchando que John Brown y la Reina Victoria tuvieron una relación romántica y que terminaron teniendo un hijo”, dijo. La veracidad de esta afirmación sigue siendo incierta, pero Riddell considera que vale la pena investigar esta hipótesis. Para validar esta teoría, sería necesario realizar pruebas de ADN a los descendientes de Victoria para determinar si existe algún vínculo sanguíneo con Webb-Milinkovich.

    “Estoy dispuesta a hacerme la prueba y aceptar los resultados”, dijo Webb-Milinkovich al ser entrevistado por The Times. “Estoy orgullosa de mi historia familiar y me encantaría que se hiciera pública si es legítima”. La búsqueda de respuestas no solo podría ofrecer una nueva perspectiva sobre la vida de la reina Victoria, sino también arrojar luz sobre aspectos menos conocidos de la historia real británica.

    Artículo original de Monarquias.com

  • ¿Quién sería el actual Rey de Gran Bretaña si la reina Victoria no hubiera nacido?

    En 1837, cuando el rey Guillermo IV de Gran Bretaña y Hannover falleció sin descendencia legítima, su joven sobrina la princesa Alejandrina Victoria de Kent fue conducida a la Abadía de Westminster para su coronación. Tenía 18 años y era la única hija del fallecido duque de Kent, hijo a su vez del rey Jorge III.

    Jorge III y su esposa, la reina Carlota, tuvieron nada menos que 16 hijos, una enorme descendencia que sin embargo no pudo evitar que la corona estuviera en crisis debido a la falta de potenciales herederos. Varios de sus hijos (incluido Guillermo IV) tuvieron hijos con mujeres que no fueron aceptadas como legítimas debido a sus orígenes plebeyos

    Por eso, el nacimiento de la princesa Victoria fue considerado un milagro (su padre tenía ya cincuenta años), la salvación de la monarquía. Con la muerte de la princesa Carlota de Gales, hija de Jorge IV, y del duque de Kent, Victoria se ubicó como la primera en la línea sucesoria.

    Este mecanismo dejó de lado, sin embargo, a uno de sus tíos menores, Ernesto Augusto, duque de Cumberland y Teviotdale, odiado por toda Gran Bretaña a causa de su detestable personalidad. Se rumoreaba fuertemente que había violado a su propia hermana y que había intentado asesinar a Victoria para quedarse con la corona.

    Desde entonces, los Hannover estuvieron cada vez más enemistados con la descendencia de la reina Victoria.

    Al morir Guillermo IV y ser coronada Victoria, el feudo originario de la dinastía en Alemania, Hannover, debió quedar en manos del duque de Cumberland ya que ese reino no permitía que las mujeres fueran coronadas. De esta forma, Hannover se trasformó en un reino independiente y Ernesto Augusto vio colmadas sus ambiciones de tener una corona para sí mismo.

    A Ernesto Augusto I le sucedió como rey de Hannover su hijo, Jorge V, quien era completamente ciego y perdió toda autoridad cuando el reino pasó a integrar el Imperio Alemán, bajo la autoridad del Rey de Prusia. Por consiguiente, la familia fue despojada de varios de sus poderes y territorios.

    El hijo del rey, el príncipe heredero Ernesto Augusto de Hannover (1845-1923), estaba casado con la princesa Thira, hija del rey de Dinamarca. Su hijo, también bautizado Ernesto Augusto, duque de Cumberland, fue nombrado Duque de Brunswick cuando se casó en 1913 con la princesa Luisa Victoria de Prusia, hija del emperador alemán Guillermo II.

    Cinco años después, con la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, Ernesto Augusto III (1887-1953) fue despojado del ducado de Brunswich y desterrado. Su única hija mujer, la princesa Federica, nacida en 1917, sería reina de Grecia y, además, madre de la reina Sofía de España y abuela del rey Felipe VI.

    Ese mismo año, el rey inglés Jorge V (nieto de la reina Victoria), renunció a todos sus títulos y apellidos de origen alemán para adoptar el apellido Windsor y borrar de un plumazo cualquier relación familiar con el enemigo. Y fue más lejos: los príncipes alemanes emparentados con la rebautizada familia real británica perdieron sus títulos y honores británicos.

    El ducado de Cumberland fue suspendido por las actividades de Ernesto Augusto III al servicio de Alemania en la guerra, pero desde entonces, los príncipes de Hannover reclaman para sí mismos ese ducado, que les correspondería por ser descendientes directos por línea masculina del rey Jorge III. La participación de varios príncipes de esta familia en el nazismo abriría una grieta aún más grande con sus parientes ingleses.

    El príncipe Ernesto Augusto IV de Hannnover, duque de Brunswick y Luneburg (1914-1987), abierto partidario del nazismo, le sucedió en la jefatura de la dinastía y se casó con la princesa alemana Ortrud de Schleswig-Holstein (la foto que ilustra esta nota es de su boda). Entre sus hijos se encuentra, el actual patriarca de la rama dinástica, Ernesto Augusto V (nacido en 1954).

    Casado en primeras nupcias con Chantal Hochuli y padre de dos varones (el heredero, Ernesto Augusto VI y Christian), Ernesto Augusto V se hizo aún más famoso por haberse casado en 1999 con la princesa Carolina de Mónaco, con quien tuvo a la princesa Alejandra. Este matrimonio con una princesa católica le valió a Ernesto Augusto V la pérdida de sus derechos al trono británico.

    Ernesto Augusto, de hecho, sería el actual Rey de Gran Bretaña si la reina Victoria nunca hubiera nacido, por ser el descendiente en línea masculina de Jorge III. Inmensamente impopular por sus malos hábitos y su conducta, en los últimos años apareció en los medios de comunicación por altercados violentos y pasó temporadas en sanatorios psiquiátricos.

    Su hijo, el joven Ernesto Augusto, se hizo cargo del patrimonio familiar en claro desafío a la autoridad paterna, cuyo nombre comenzó a manchar al linaje de los Hannover, y sigue usando formalmente el título de príncipe, aunque ahora tiene un significado meramente simbólico en Alemania.

    Artículo original de Monarquias.com

  • Así fue como el implacable “Sistema Kensington” amargó horriblemente la infancia de la reina Victoria

    Fue emperatriz del imperio más grande del mundo, pero creció en una verdadera jaula de oro. Siete estrictas reglas dominaron su existencia alejada de cualquier contacto con otros niños.

    “Entré en mi sala de estar (solo con mi bata) y los vi. Lord Conyngham luego me informó que mi pobre tío, el rey, ya no existía, y que había expirado a las dos y doce de la mañana y, en consecuencia, que yo era la reina”. Así es como Victoria de Inglaterra recordó el momento que cambiaría su vida para siempre. A las seis de la mañana del 20 de junio de 1837, la joven princesa fue despertada de su cama para ser informada de que su tío, el rey Guillermo IV, había muerto durante la noche.

    Esto significaba que Victoria, que solo tenía 18 años en ese momento, ahora era la reina de Inglaterra. A pesar de su corta edad, Victoria tomó las riendas estoicamente. Se mantuvo tranquila y no necesitó de las sales aromáticas que su institutriz había preparado para ella. En su primera reunión con su consejo privado, unas pocas horas después, los nuevos ministros de Victoria se alzaron sobre ella: Era pequeña y tuvo que sentarse en una plataforma elevada para poder verla. Sin embargo, lo que a Victoria le faltaba en altura, lo compensó con determinación y rápidamente causó una impresión favorable. Era, en definitiva, el primer día de su vida, después de haber pasado los anteriores 18 años sometida a una estricta y triste infancia.

    Victoria nació el 24 de mayo de 1819 en el Palacio de Kensington.
    Retratos de Victoria y sus padres Eduardo, duque de Kent, y Victoria Mary Luisa de Sajonia-Coburgo.

    Aunque Victoria asumió sus responsabilidades reales con notable confianza, no había estado destinada al trono. Cuando nació en 1819, la posibilidad de convertirse en reina parecía muy remota. Como hija única del cuarto hijo del rey Jorge III, Eduardo (duque de Kent), era la quinta en la sucesión al trono. Sin embargo, cuando llegó a la adolescencia, a la muerte de su padre, sus hermanos y cualquier otro heredero legítimo la convirtieron en la heredera más cercana de Guillermo IV. Victoria pasó sus años de formación en el Palacio de Kensington, Londres. Sin embargo, en muchos sentidos, el palacio resultó ser una prisión para la princesa, y su infancia allí fue muy triste. Tras la muerte de su padre a causa de una neumonía, cuando ella tenía apenas ocho meses, su vida estuvo dominada por su madre, la duquesa de Kent, y su ambicioso asesor.

    Justo hasta que se convirtió en reina, Victoria se vio obligada a compartir un dormitorio con su madre.

    Su madre Victoria Mary Luisa era, por nacimiento, princesa de Sajonia-Coburgo-Saafeld. Desde que llegó a Londres en 1818, para casarse con el duque de Kent, la princesa alemana se empecinó en llevarse mal con todo el mundo, empezando por sus cuñados los reyes Jorge IV y Guillermo IV. Al morir su marido en 1820, la duquesa de Kent vio su oportunidad para alcanzar el poder mediante la regencia de su pequeña hija, que ya había ascendido todos los escalones posibles en la sucesión al trono. Se alió con sir John Conroy, un ambicioso, perverso, prepotente y violento funcionario que robaba dinero y hasta llegó a golpear a la duquesa frente a su hija cuando no conseguía lo que deseaba. Conroy tenía grandes esperanzas: imaginaba que la princesa Victoria llegaría al trono a una edad temprana, necesitando así un gobierno de regencia, que sería dirigido por la duquesa. Su plan era aislar a la duquesa de Kent y su hija de otros miembros de la familia real para que solo él estuviera en condiciones de aconsejarlos.

    John Conroy mantuvo un control estricto sobre la princesa

    Como secretario personal de la duquesa de Kent, sir John Conroy sería el verdadero “poder detrás del trono”, pero no contaba con que Guillermo IV, sobreviviera el tiempo suficiente para que Victoria alcanzara su mayoría. Por la influencia de Conroy, la relación entre la duquesa viuda y Guillermo IV se agrió al punto de ser exiliada de la corte mientras ella impidió que el rey visitara a su sobrina y heredera. Confinada al palacio de Kensington y sin asignación propia, la duquesa vivía en el resentimiento, todo lo cual condujo a una dramática escena durante una cena en 1836 cuando el rey, harto de la duquesa y de Conroy, expresó en un banquete la esperanza de vivir lo suficiente para evitar la regencia de “una persona que está sentada cerca mío, que se encuentra rodeada por malos consejeros y es incompetente para comportarse con propiedad en cualquier posición en que se le situara”. Sintiéndose “groseramente insultada” la duquesa se retiró del banquete escandalosamente.

    Sir John Conroy, asesor personal y ambicioso amante de la duquesa de Kent.

    Victoria conservó pésimos recuerdos de su infancia, dominada por la ambición de la duquesa y su presunto amante, que tenía la intención de establecerse como el poder detrás del trono en el caso de una Regencia (en la que la madre de Victoria gobernaría con ella si ella accediera cuando aún era menor de edad). Viuda a los dos años de casada -cuando tenía apenas 32 años- la duquesa creó en torno a su hija una especie de proteccionismo neurótico, destinado a preservar la esperanza de la monarquía y, de esta forma, tanto su futura influencia en el gobierno como su bienestar económico. La pareja impuso un código de disciplina sofocante a la joven Victoria, que llegó a conocerse como el ‘Sistema Kensington’. Junto con un calendario estricto de lecciones para mejorar su rigor moral e intelectual, este asfixiante régimen dictaba que la princesa no pasaba mucho tiempo con otros niños y estaba bajo la supervisión constante de un adulto. Justo hasta que se convirtió en reina, Victoria se vio obligada a compartir un dormitorio con su madre. Se le prohibió estar sola, o incluso bajar las escaleras sin que alguien la tomara de la mano.

    Victoria Mary Luisa, viuda del príncipe Eduardo de Inglaterra, duque de Kent.

    Así, la princesa Victoria no pudo tener su propia habitación en el palacio de Kensington y tuvo que dormir en una pequeña cama, casi una cuna, al lado de la cama de su madre hasta que cumplió 18 años. La vigilancia de la duquesa hacia su hija era absoluta y las reglas de máximo cuidado reinaban en la casa: la princesa no podía subir ni bajar escaleras sin un adulto que le diera la mano. Cada tos, cada trozo de pan y mantequilla consumidos, cada carta y cada paso debía ser reportado a Conroy. Según el medio hermano de Victoria, el príncipe Karl de Leiningen, “la base de todas las acciones, de todo el sistema seguido en Kensington” era asegurar que solo la duquesa de Kent tuviera influencia sobre su hija y que “nada ni nadie fuera ser capaz de sacar a la hija de su lado”. Ese sistema implicaba la vigilancia constante de la niña “hasta el detalle más pequeño e insignificante”.

    La duquesa de Kent tuvo poca presencia en la corte de su hija y murió en 1861.

    La joven Victoria aprendió a odiar a Conroy por su nociva influencia y el maltrato que les dispensaba a ella y a su madre. Lo describió como “un monstruo” y “un demonio”. Más adelante en su vida, ya coronada como reina, Victoria reflexionó que tuvo “una vida muy infeliz de niña… y no sabía qué era una vida familiar feliz”. Ella mantuvo un profundo odio hacia John Conroy por manipular a su madre e imponerle reglas tan rígidas, que luego lo describió como “la encarnación del demonio”. No fue sino hasta convertirse en reina, en 1837, cuando Victoria pudo liberarse de las garras claustrofóbicas de Conroy y su madre. Su relación con su madre permaneció tensa y distante durante muchos años y limitó ferozmente la influencia de Conroy en la corte. Apenas dos años después de que Victoria tomara el trono, el hombre renunció a su puesto y se fue a Italia en medio de vergüenza y escándalo.

    Durante toda su infancia, la vida de Victoria estuvo dominada por 7 reglas inquebrantables:

    1. No podía pasar tiempo sola y siempre tenía que dormir en la habitación de su madre. No podía bajar las escaleras sin tomar la mano de un adulto en caso de que se cayera.

    2. No podía reunirse con ningún extraño o tercero sin que su institutriz estuviera presente.

    3. Tuvo que escribir en un “Libro de comportamiento” qué tan bien se había comportado cada día, para que su madre pudiera evaluar su progreso. A veces era bueno, a veces “MUY SUCIA”.

    4. Solo podía aparecer en público en “giras publicitarias” cuidadosamente gestionadas por su madre y sir Conroy con el objetivo de distanciarla del impopular régimen de sus tíos, los reyes Jorge IV y Guillermo IV, y presentarla como “la esperanza de la nación”.

    5. No podía bailar la nueva danza escandalosa e íntima llamada el “vals”, ni siquiera (como se suele decir) con personas de la realeza. Nunca lo haría hasta su boda con el príncipe Alberto.

    6. Debía aumentar su fuerza corporal haciendo ejercicio con sus máquinas de madera y una máquina con poleas y pesas. Tomar suficiente aire fresco diariamente, otra de las reglas, la convertiría en una amante de las ventanas abiertas para toda la vida, incluso en invierno.

    7. No podía elegir su propia comida. Se le permitía comer pan con leche y carne de cordero asada, y se le prohibió comer sus cosas favoritas: dulces y frutas. El menú era previamente aprobado por Sir John Conroy.

  • Sarah Forbes Bonetta: la esclava africana que vivió en la corte la reina Victoria

    Era una princesa huérfana vendida como esclava, pero se convirtió en la ahijada de la reina Victoria. La monarca pagó la educación de Sarah Forbes Bonetta y también fue madrina de su hija. Ahora, se exhibe un nuevo retrato de Sarah, una consumada música y lingüista, en la antigua casa de Victoria en la Isla de Wight, Osborne House.

    Su nombre de nacimiento, creen los historiadores, era Aina, pero en la alta sociedad de la Inglaterra del siglo XIX fue conocida como Sarah. La niña nació en una familia real de África occidental en 1843. Su padre murió en la guerra cuando ella tenía cinco años y fue capturada y esclavizada por Gezo, rey de Dahomey, actual Benin. En 1850, el capitán naval británico Frederick Forbes llegó a Dahomey en una misión fallida para persuadir a Gezo de que abandonara la trata de esclavos.

    Forbes solicitó a la niña como regalo diplomático, llevándola a Inglaterra en su barco “HMS Bonetta”. La esclava, de 7 años, fue entregada por Forbes como regalo diplomático a Victoria, quien quedó encantada con ella, describiéndola como “aguda e inteligente”. Su nombre original, Aina, se cambió de camino a Inglaterra; tomó los nombres del capitán y su barco, el “HMS Bonetta”.

    La reina se reunió con la niña varias veces, incluso en su casa junto al mar, Osborne House (Isla de Wight), donde se exhibirá el retrato de Uzor. Claramente la reina se encariñó genuinamente con Bonetta, convirtiéndose en su madrina y pagando su educación en Sierra Leona y Gillingham, Kent.

    La directora curatorial de English Heritage Anna Eavis dijo: “Es una historia extraordinaria. Gran Bretaña había abolido el comercio de esclavos y ahora tenía la misión de asegurarse de que el comercio de esclavos fuera abolido en todo el mundo. El capitán Frederick Forbes, un capitán naval, llegó a Dahomey para tratar de convencer al rey de Dahomey de que no continuara con este comercio. .

    “No tuvo éxito, pero el rey le presentó a esta niña que tenía siete años y era huérfana. Forbes la llevó de regreso y la presentó a la reina Victoria en el castillo de Windsor”, relató Eavis. “Victoria estaba tan afectada por la llegada de esta niña que escribió sobre ello en su diario y la tomó bajo su protección, pagó su educación y se interesó por ella y su hija por el resto de sus vidas”.

    Más tarde, Bonetta vivió en Brighton, donde se casó con un rico comerciante nacido en Sierra Leona, James Davies, cuyos propios padres fueron esclavos liberados. Fue una boda de interés nacional e internacional con gente en las calles para ver a los novios y a los dignatarios asistentes. Bonetta vivió el resto de su vida en Lagos y más tarde en Madeira, donde murió de tuberculosis en 1887 a los 37 años de edad. Llamó a su hija Victoria, quien también se convirtió en la ahijada de la reina.

  • Enanos y deformes en palacio: la pasión de la reina Victoria por los circos de fenómenos

    Cuando Charles Stratton, de 63 años de edad y 63 cm de altura, llegó al Palacio de Buckingham en marzo de 1844, con su espectáculo de fenómenos, marcó el comienzo de la obsesión de la reina Victoria de Gran Bretaña con el mundo de los “monstruos del circo”.

    Su “manager”, cuyo nombre artístico era “General Tom Thumb”, hechizó a la reina con trucos y parodias de enanos, que incluían una batalla ceremonial con el perrito de su majestad. La audiencia, que incluía al príncipe Alberto, pensó que todo aquello era divertidísimo. La reina Victoria quedó tan cautivada con Tom que escribió sobre él en sus diarios y lo invitó, junto con otros “monstruos” del circo, a varias reuniones más ese año.

    Fue en ese mismo año de 1844 cuando Tom Thumb hizo su debut en los escenarios de Londres, con cientos de personas acudiendo en masa para ver al “el hombrecito maravilloso”. Su llegada a Londres fue tan espectacular que su legado vive en la exitosa película de 2017 “The Greatest Showman”, protagonizada por Hugh Jackman como PT Barnum y Sam Humphrey como Stratton. Pero quizás nada de eso hubiera sido posible sin su fan más grande, que también era su fan más famoso: la obsesión de la reina Victoria por Tom Thumb y otros artistas extravagantes le aseguró a la compañía una vida de celebridad y riqueza.

    El historiador John Woolf, autor de The Wonders: Levantando el telón sobre los shows de fenómenos, el circo y la era Victoriana dijo que la soberana en realidad popularizó el “freak show” en la Gran Bretaña de mediados del siglo XIX. “Antes de la década de 1840, el espectáculo freak se veía como un asunto humilde asociado con ferias itinerantes. Pero se convirtió en una forma respetable de entretenimiento, que disfrutan todos, de todas las edades, clases, géneros y orígenes”, dijo Woolf. “El respaldo de la reina Victoria también abrió las puertas de los palacios europeos, y Tom Thumb hizo una gira europea en 1845 y se presentó ante el rey Luis Felipe de Francia, el rey Leopoldo y la reina Luisa María de Bélgica, y la reina de España. Años más tarde, se presentóante personas como el presidente Lincoln. Mientras tanto, Victoria siguió recibiendo a los fenómenos”.

    Según el doctor Woolf, el Palacio de Buckingham y el Castillo de Windsor se convirtieron en una puerta giratoria para personajes considerados “monstruos”, incluidos los enanos, los gigantes, los “aztecas”, los “terrícolas”, los gemelos siameses y guerreros zulúes: todo lo que no fuera “normal” era considerado un fenómeno para la diversión. “El amor de la reina Victoria por los intérpretes anormales era bien conocido en ese momento, aunque desde entonces los historiadores lo han ignorado en gran medida. Victoria escribió sobre muchos de los artistas que la visitaron”, dijo Woolf. “Busqué en sus diarios para encontrar sus entradas, lo que hace una lectura interesante. Por ejemplo, en julio de 1853 conoció a ‘los aztecas’: hermanos nacidos con microcefalia que desfilaron en espectáculos extraños y luego se casaron legalmente como parte un truco publicitario”.

    Mientras que la reina Victoria es recordada como la monarca de rostro severo, a menudo la lúgubre “viuda de Windsor” se convertía en una ferviente admiradora de la diversión que se sentía especialmente atraída por los forasteros. Woolf dijo que vale la pena recordar que Victoria era una princesa de sangre alemana nacida en Inglaterra y que vivía bajo el opresivo “Sistema Kensington” destinado a educarla como una monarca intachable. “Ella era, por nacimiento, una forastera. Incluso como reina fue marcada como diferente debido a su nacimiento. Y tenía sus propios problemas de cuerpo: era conocida como ‘la pequeña reina’, solo de 4 pies y 150 cm de altura, y ella solía lamentar que ‘todo el mundo crece menos yo’”. Se acercó más a sus sirvientes, John Brown y Abdul Karim, dos forasteros a quienes quiso mucho. Entonces, existe una conexión interesante entre Victoria y los artistas”, dijo Woolf.

    Las demostraciones anormales fueron muy importantes para la sociedad victoriana y tuvieron un gran impacto en cómo los victorianos veían el mundo. “Cuando era niña, Victoria encontró un escape de su difícil infancia en el circo”, finaliza Woolf en la entrevista con News.au. En 1839, unas semanas después de cumplir 18 años y poco después de que la hicieran reina, la cautivó el domador de leones Isaac A Van Amburgh, quien fue pionero en la combinación de menaje y circo. Ella lo vio actuar con leones siete veces en seis semanas; solía imaginarse luchando con los leones. Se sentía encantada y se ganó la reputación de preferir lo espectacular a lo agraciado, lo extranjero a lo británico”.

    ¿Sabías que? La zarina Ana de Rusia era una gran amante de los espectáculos de fenómenos: su corte estaba repleta de enanos, paralíticos, deformes y otras criaturas.

  • Subastarán las joyas “de luto” con las que la reina Victoria recordaba a sus seres amados

    Conservadas por la fallecida condesa Mountbatten, se venderán como parte de una subasta en marzo.

    Una serie de joyas de la reina Victoria de Gran Bretaña que conmemoran la muerte de su madre y su hija, la princesa Alicia, se venderán en una subasta de la casa Sotheby’s en marzo.

    Las joyas de luto incluyen un botón, un broche y colgantes, algunos con mechones de cabello, que “llevaron consuelo” a la reina británica en su momento de pérdida.

    Las piezas pasaron a través de los descendientes de la princesa Alicia (1843-1878) a su tataranieta Lady Patricia Knatchbull, segunda condesa Mountbatten, quien murió en 2017. Los objetos se conservaron durante décadas “en un cajón de una casa familiar”.

    David Macdonald, especialista de Sotheby’s y jefe de ventas de la subasta, dijo que los artículos son especiales debido a la importancia personal que tenían para la reina Victoria.

    “Para mí, no hablan tanto de Victoria, reina y emperatriz, sino de Victoria, madre y esposa”, dijo Macdonald en declaraciones a la agencia Press Association.

    Uno de los objetos, un colgante de ágata y diamantes, fue encargado por el príncipe consorte Alberto para su esposa para conmemorar la muerte de su madre, Victoria María Luisa de Sajonia-Coburgo, duquesa viuda de Kent, fallecida en 1861.

    “Piensas en Victoria y piensas en las grandes joyas del estado, los diamantes, el Koh-i-Noor, todas esas piedras”, dijo Macdonald.

    Estas joyas son mucho más íntimas, su valor no se debe a los grandes diamantes. Su valor radica en la expresión completa, una expresión emocional y profundamente personal sobre la pérdida y el amor”, agregó.

  • A 120 años de su muerte: así fue el grandioso y caótico funeral de la reina Victoria

    Como monarca que más tiempo había reinado en la historia británica (64 años), muchos de sus súbditos pensaron que la vida que conocían había terminado para siempre y, por consiguiente, su último adiós fue un espectáculo como nunca antes se había visto en el reino.

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  • A 120 años de su muerte: la verdadera historia de la reina Victoria y su caballerizo escocés

    La relación de la monarca, ya viuda del príncipe Alberto, con John Brown desató un sinfín de rumores. Para ella, Brown era “la perfección hecha sirviente”, pero el hombre se ganó el recelo y el desprecio de algunos miembros de la familia real y del personal de la Corte. La verdad es muy diferente.

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