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  • Un zar en Versalles: así fue la esplendorosa visita de Nicolás II a Francia

    Hace poco más de 300 años que se produjo la visita del zar Pedro I de Rusia al palacio de Versalles. Se trataba de la primera vez que un soberano de la lejana (y atrasada, en ese momento) Rusia visitaba uno de los centros neurálgicos de la civilización occidental, pero no sería la única. Casi dos siglos después de aquella visita, en 1896, el último monarca ruso y descendiente de Pedro, Nicolás II, visitaría al templo de la monarquía absoluta francesa.

    Coronación y tragedia

    Desde el reinado del zar Alejandro III, se había forjado una estrecha alianza entre dos estados a priori opuestos: la República francesa, emblema del republicanismo laico, y el Imperio ruso, símbolo del absolutismo autócrata. La realpolitik había convertido a estos dos estados en extraños compañeros de viaje, la Alianza franco-rusa permitía controlar la creciente influencia alemana en Centroeuropa y unir fuerzas frente al expansionismo colonial británico.

    En el verano de 1891, lo imposible ocurrió, una escuadra militar francesa visitó San Petersburgo y en la recepción oficial se tocó por primera vez “La Marsellesa”, himno revolucionario que hasta entonces había estado prohibido en Rusia.

    Tres años después, en noviembre de 1894, el emperador Alejandro III fue sucedido por su hijo, Nicolás II, que, en mayo de 1896 (después del luto prescrito), fue coronado “Emperador y Autócrata de todas las Rusias por Gracia de Dios”. Precisamente durante las fiestas populares de la coronación ocurrió una avalancha humana en el Campo de Khodynka, en las afueras de Moscú. Más de mil personas fallecieron.

    La siguiente noche, el embajador francés, el conde de Montbello, daba una gran recepción para agasajar a los recién coronados. Se habían traído desde los mejores museos franceses tapices, muebles y platería, y más de cien mil rosas habían llegado desde la Riviera francesa en vagones de tren refrigerados. Sin embargo, la Familia Imperial se encontraba dividida: el zar y la zarina no querían asistir por respeto a los fallecidos, pero los tíos del zar argumentaban que la alianza francesa era fundamental. Al final, el baile se celebró como si nada hubiera pasado, y todos los asistentes brindaron con el mejor champagne francés por la alianza franco-rusa.

    Una vez pasadas las agotadoras ceremonias de coronación tocaba el no menos agotador “tour de la coronación”. Los nuevos soberanos viajarían por Europa para darse a conocer: visitarían al emperador Francisco José de Austria, al káiser Guillermo II de Alemania y a los abuelos de zar en Dinamarca, el rey Christian IX y la reina Luisa de Hesse-Kassel. En Dinamarca recogerían el nuevo yate imperial, el “Standart”, y viajarían hasta Escocia para ver a la abuela de zarina, la reina Victoria.

    Día 1: Vive l’Empereur!

    El 5 de octubre de 1896, hacia el mediodía, con el mar embravecido, el cielo plomizo y bajo una ligera llovizna el zar y la zarina desembarcaron en Cherbourg, donde fueron recibidos por el presidente Félix Faure. Después de las revistas militares, las presentaciones y los banquetes de gala de rigor el cortejo partió al anochecer hacia París.

    No deja de ser curioso que un régimen como la Tercera República francesa, que tan antimonárquica se había mostrado en las dos últimas décadas, recibiera con tanto primor y suntuosidad al monarca ruso, que a su llegada a Paris fue recibido con vítores y “Vive l’Empereur!”, exclamaciones que no se habían oído desde que Napoléon III partió hacia el frente en el verano de 1870.

    El zar, la zarina y la gran duquesa Olga (que tenía menos de un año) se alojaron en el Hôtel d’Estrés, la embajada rusa. Allí tuvieron lugar las audiencias a Mme Carnot, viuda de asesinado presidente Sadi Carnot, al arzobispo de París, al Nuncio Apostólico y al cuerpo diplomático. Luego, almuerzo con lo más granado de la realeza y aristocracia francesa: el duque de Chartres, el duque de Aumale, la princesa Mathilde Bonaparte, el duque de Rohan, el duque de Luynes, el duque de Doudeauville, la duquesa de Uzès y el mariscal de Mac-Mahon, entre otros.

    La sucesión de visitas fue particularmente intensa. El primer día, al mediodía, misa solemne en la iglesia ortodoxa de París, la catedral de Alejandro Nevski. Por la tarde, en el Palacio del Élysée, la presentación de los parlamentarios franceses y altos cargos del gobierno y el ejército, por la noche cena de gala oficial de 225 cubiertos. A continuación, el zar, fatigado, declinó asistir a los fuegos artificiales en el Champ de Mars. Los soberanos y el presidente partieron directamente a representación en la ópera, que finalmente también fue abreviada.

    Día 2: Notre-Dame, Les Invlides y Pont Alexandre III

    El día siguiente, visita matinal a Notre-Dame y luego a la Sainte-Chapelle y al Palacio de Justicia, con recepción a los altos cargos del poder judicial incluida. A continuación un tour por el Panteón, templo a las glorias republicanas francesas, con una parada especialmente emotiva a en la tumba del asesinado presidente Sadi Carnot. Para concluir la mañana, visita a Les Invalides y a la tumba de Napoléon I, que invadió Rusia bajo el reinado de Alejandro I, bisabuelo de Nicolás II. Almuerzo en el antiguo refectorio de la institución.

    A las tres y pico de la tarde, con retraso según lo previsto, llegó uno de los puntos culminantes del viaje de estado: la colocación, en medio de una flotilla de yates y barcazas en el Sena, de la primera piedra del Pont Alexandre III, emblema pétreo de la alianza.

    Por la tarde, visita a La Monnaie (la Casa de la Moneda), con intercambio de medallas y monedas conmemorativas incluido. Una vez partidos los soberanos y el presidente, se invitó a los trabajadores de la institución a tomar champán. A continuación, la Academie française, la presentación de los académicos, las disquisiciones sobre la visita de Pedro I el Grande en 1717 y la lectura de poesía. Pasadas las cinco, el cortejo se volvió a poner en marcha hacia el Hôtel de Ville (ayuntamiento), donde se presentaron el consejo municipal y tuvo lugar un concierto. Por la noche hubo representación teatral en la Cómedie-Française con fragmentos de obras de Musset, Corneille y Molière.

    Día 3: el Louvre

    La mañana del tercer día empezó con la visita al Louvre. Paradas obligatorias fueron la Victoria de Samotracia, la Venus de Milo, los restos de las Joyas de la Corona (vendidas en 1886) y la interminable colección de pintura. Todo ello en menos de hora y cuarto, no había tiempo, había que partir, por la tarde tocaba visita a Versalles. Entremedias una visita relámpago a la célebre manufactura de porcelana de Sévres y a su museo, el tiempo previsto era 25 minutos, se alargó más de una hora.

    A la cuatro y media llegaban los soberanos rusos y el presidente al palacio de Versalles. Como era tarde, se decidió empezar por la visita a los jardines en calesa. Los solitarios parterres y avenidas, en medio del crepúsculo otoñal ofrecían una imagen particularmente melancólica de las pasadas glorias de la monarquía francesa. Parada excepcional en la Fontaine de Neptune donde fueron encendidos los surtidores.

    Acto seguido, visita al interior del palacio empezando por los Aposentos de la Reina y en especial los petits cabinets de María Antonieta, soberana por la que la zarina sentía una viva curiosidad. A continuación recorrido por la Galerie des Glaces y los Grands Appartements hasta la capilla, luego vuelta hacia la galería para ver la puesta de sol desde el balcón central. Los soberanos quedaron particularmente impresionados por los estanques y los parterres teñidos del rojo crepuscular.

    Para que reposaran brevemente, al zar y a la zarina se les preparó algunas estancias en el antiguo appartement privé (aposentos privados) de Luis XV y Luis XVI: el boudoir de la zarina en el dormitorio de Louis XVI, el salón de recepción en el llamado Cabinet de la Pendule, el gabinete del zar en el antiguo gabinete privado del rey y el tocador del zar en el gabinete de la princesa Adelaida. Todas las estancias fueron reamuebladas con una mezcla de muebles antiguos y modernos de procedencia real y con una remarcable profusión de flores.

    El reposo duró hasta las siete y media, cuando todo el mundo se reunió en la Galerie des Batailles para la cena. La suntuosa galería, construida bajo Louis-Philippe I para glorificar la historia militar francesa (y a él mismo) había sido dividida en dos. La parte más cercana a la entrada había sido recubierta de tapices y guirnaldas de flores, servía de salón; la parte más lejana era el comedor, con una larga mesa para los ilustres invitados.

    Una vez finalizada la cena, una parte de los invitados se trasladó a la otra punta del palacio, al Salon d’Hercule, para asistir a una representación de cortas partes de tragedias, comedias y ballets franceses. Sarah Bernhardt fue una de las actrices invitadas. Para concluir, una breve colación en el cercano Salon de Diane. A las once y media de la noche, en una berlina cerrada, el zar y la zarina abandonaron el palacio rumbo a la estación de Versalles, tocaba hacer un trayecto nocturno para ir a Châlons.

    Día 4: la despedida

    El último día de la visita a Francia estuvo consagrado a un desfile y maniobras militares celebradas en el campo de Châlons-sur-Marne. La comitiva llegó hacia el mediodía desde París. Hubo salvas de artillería, desfiles de los regimientos de ambos ejércitos, de los jefes árabes de las colonias francesas y una carga de la caballería francesa. Por la tarde, fue el turno de las emotivas despedidas, el zar y la zarina tomaron el tren imperial rumbo a Rusia. La apoteósica visita a Francia llegaba a su fin.

    Nicolás II encargaría nada más llegar a San Petersburgo un retrato oficial que plasmara sus recuerdos de la visita a París. El sofisticado pintor Ernst Lipgart fue el encargado de pintar a un apuesto y joven zar rodeado del bureau de Louis XV que había visto en el Louvre, del sillón neorrococó del duque de Nemours colocado en sus aposentos en Versalles y de una galería que recuerda a la del Grand Trianon.

    La pareja imperial tendría el honor de volver a visitar Francia. En 1901, el káiser Guillermo II invitó al zar y a la zarina a una revista a la flota alemana en Danzig. El gobierno francés, jugando la baza de la alianza franco-rusa, hizo lo mismo, invitó a la pareja imperial a una revista militar, no fuera el caso que Rusia olvidara quien era su única y auténtica aliada.

    Esta vez no hubo visita a París. En su origen, el zar debía haber visitado la capital francesa en 1900, para inaugurar el Pont Alexandre III, pero el temor a un atentado anarquista hizo cancelar la visita.

    En 1901, el Palacio de Compiègne, antigua residencia otoñal de Napoléon III al norte de París, fue reamueblada y electrificada a toda prisa. Nicolás II y Alejandra Feodorovna llegaron a Dunkerque el 18 de setiembre, esta vez fueron recibidos por el presidente Émile Loubet. En Compiègne, el zar tuvo el honor de dormir en el antiguo dormitorio de Napoleón I y Napoleón III; la zarina, por su parte, lo hizo en el de las emperatrices María Luisa de Parma y Eugenia de Montijo.

    Unos 20.000 visitantes y 11.000 soldados saturaron el pequeño municipio de Compiègne durante la breve visita imperial. El primer día hubo maniobras militares y visita a varios fuertes y a la emblemática catedral de Reims. El segundo día, audiencias privadas y paseos por el parque del palacio, por la noche gran cena de gala. La cacería tuvo que anularse debido al mal tiempo. El tercer y último día se consagró a una revista militar en Bétheny, cerca de Reims. Luego el zar y la zarina partieron en tren hacia Darmstadt para visitar al hermano de la zarina, el gran duque Ernesto Luis de Hesse.

    Como recuerdo de este segundo viaje, el presidente francés regaló a la zarina un tapiz representando a la reina María Antonieta de Francia con sus hijos. Cuán macabra puede llegar a ser la historia.

    A lo largo de más de treinta años, como prueban estas dos visitas, la relación entre la más abierta de las repúblicas y la más cerrada de las monarquías siguió siendo estrecha y fundamental. Francia ofrecía importantes préstamos monetarios y un apoyo sin fisuras a la política rusa en los Balcanes, a cambio se esperaba que Rusia re-dirigiera sus planes militares de Austria-Hungría, su enemigo tradicional, a Alemania, el enemigo de Francia.

    Durante años, los diplomáticos franceses convirtieron los asuntos balcánicos en uno de los pilares de su política exterior. Al mismo tiempo, presionaban al estado mayor ruso para que mejorara sus conexiones ferroviarias con la frontera alemana.

    En el verano de 1914, mientras Europa se deslizaba al abismo de la Gran Guerra, el presidente Raymond Poincaré, acérrimo nacionalista, visitaba a Nicolás II en San Petersburgo. El presidente francés fue recibido en las afueras de la ciudad, en el palacio de Peterhof, entre su séquito se rumoreó que había huelgas y disparos en la capital rusa. Una vez más, una parte esencial de la visita fue una revista militar. A los franceses les pareció estupendo el ejército ruso y a los rusos les maravillaron los acorazados franceses.

    La alianza franco-rusa, por extraña que parezca, siguió indeleble hasta la Revolución de Febrero. Su influencia en el estallido de la Primera Guerra Mundial no debe infravalorarse. Tampoco su éxito: consiguió distraer a las tropas alemanas de su avance hacía París. El coste humano fue altísimo.

    Raison d’état.

    (*) El autor es historiador. Estudió historia del Arte en la Universidad Autónoma de Barcelona y ahora ha terminado un máster en gestión de museos y patrimonio en la Universidad Complutense de Madrid. Realizó sus prácticas en el Palacio Real de Madrid. Actualmente es autor del Blog Noches Blancas y de Patrimonio de la Corona, dedicados a la historia y el arte en época moderna y contemporánea. Puede seguirlo en Instagram.

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  • Por qué la reina Isabel II no ha usado mascarilla contra el coronavirus en público

    El biógrafo real Robert Lacey se pregunta qué quiere demostrar la monarca al no usarla, pero cree que falta muy poco para que lo haga.

    Mientras los líderes y profesionales de la salud por todo el mundo instan a que la gente utilice tapaboca (mascarilla) para reducir la propagación del Covid, la reina británica Isabel II todavía no se puso una en público, sobre todo cuando el Reino Unido acumula más de un millón de infectados y se vio obligado a imponer un nuevo confinamiento nacional. Los demás miembros de la familia real, incluidos el príncipe de Gales y la princesa Ana, sí aparecieron con mascarillas en los eventos públicos.

    Robert Lacey, biógrafo real y consultor histórico, intentó dar una explicación a la actitud de la reina Isabel II respecto al uso de tapabocas en tiempos de la pandemia: “Quiere mostrar a Gran Bretaña una imagen de unos tiempos magníficos y sin máscara que se avecinan”, opinó en declaraciones a Fox News. Según Lacey, la reina “tiene esperanzas” de que la pandemia terminará pronto.

    El 5 de noviembre entró en vigor la cuarentena nacional en un intento de frenar la propagación del coronavirus en el país. A partir de este día, hasta el 2 de diciembre, los ingleses solo podrán abandonar sus casas por razones esenciales, como el trabajo, la educación y las compras necesarias. Las personas de diferentes hogares tampoco podrán reunirse dentro o fuera, excepto pocos casos. 

    Isabel II solo ha sido vista en público dos veces en el último mes, durante una visita al parque científico Porton a mediados de octubre, y una visita privada a la Abadía de Westminster esta semana, en ambas ocasiones sin una márcara de protección. Lacey, quien lleva 40 años escribiendo sobre la familia real, observó que a las 48 personas que se pusieron en contacto con la monarca en Porton se les habían hecho el test del Covid-19 antes de reunirse con ella.

    No obstante, el experto pronosticó que pronto veremos a la reina -de 94 años- usar la máscara reglamentaria. Según Lacey, Isabel II podría ponerse un tapabocas el 8 de noviembre en un evento dedicado a conmemorar los sacrificios de los miembros de las fuerzas armadas y los civiles en tiempos de guerra, específicamente la Primera Guerra Mundial.

    “¿Veremos a Su Majestad honrar su sacrificio llevando una mascarilla que se ha convertido en el símbolo de nuestra firmeza nacional para derrotar a este cruel e insidioso enemigo?”, se preguntó Lacey.

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  • La desconocida Luisa de Lorraine-Vaudémont, última reina de la maldita dinastía Valois

    “Apenas parecía sensible al resplandor de su felicidad. Enrique se sorprendió por esta prodigiosa indiferencia” (Escrito por el historiador contemporáneo Fontanieu)

    La reina viuda Catalina de Médicis estaba haciendo todo lo que estaba a su alcance para encontrar una novia para su hijo Enrique. Se consideraron a Doña Juana, hermana del rey Felipe II de España, a la hija de Felipe II y sobrina de Enrique, Doña Isabel Clara Eugenia de España, a las cuñadas viudas de Enrique, María de Escocia e Isabel de Austria, la reina Isabel Tudor de Inglaterra o incluso una princesa sueca o danesa. Ninguna de estas posibilidades funcionó. Entonces Enrique hizo lo impensable. Eligió a su propia novia, la hija de una casa menor de la nobleza francesa.

    Debido a que Enrique era el tercer hijo del rey Enrique II, había pocas posibilidades de que se sentara en el trono de Francia. En 1573, el reino polaco estaba buscando un gobernante y eligió a Enrique como su rey. En otoño, Enrique viajó a Cracovia y en el camino se detuvo en la corte del duque Carlos III de Lorena, que estaba casado con su hermana, la princesa Claudia. Claudia acababa de dar a luz a un hijo y estaban celebrando su bautizo. Debido a que Claudia estaba indispuesta, los eventos fueron organizados por Catalina, condesa de Vaudémont.

    Luisa, la hijastra de la condesa de Vaudémont, era parte de su séquito y llamó la atención de Enrique. Tenía diecinueve años, era rubia y hermosa. Enrique pidió que le presentaran a Luisa y le dieran un baile. El duque de Lorena presentó a su sobrina y Enrique se enteró de que era la hija del conde de Vaudémont de su primera esposa. Enrique rara vez se apartaba del lado de Luisa durante su estancia en Nancy. Estaba encantado por su humildad y modales amables. Luisa se parecía notablemente a María de Clèves, la esposa del enemigo de Enrique, el príncipe de Condé. Enrique estaba obsesionado con Marie y quería casarse con ella a pesar de que ella ya estaba casada y la relación era idealizada y platónica.

    Hija de una buena familia

    Luisa nació el 30 de abril de 1553 en el castillo de Nomeny. Era hija de Nicolás, duque de Mercoeur y conde de Vaudémont, una rama más joven de la Casa de Lorena y primos de la Casa de Guisa. Su madre era Marguerite d’Egmont, hermana del conde de Egmont, gobernante de los Países Bajos que había sido ejecutado en 1568 por orden del rey Felipe II de España. La madre de Luisa murió un año después de su nacimiento y su padre se casó con Juana de Saboya, hermana del duque de Nemours. Jeanne era una madrastra cariñosa y cariñosa y se aseguró de que Luisa recibiera una sólida educación clásica. Presentó a Luisa a la corte de Nancy a la edad de diez años.

    Juana de Saboya murió cuando Luisa tenía quince años y su padre se casó por tercera vez con Catalina, la segunda hija del duque de Aumale, hijo de Claudio, primer duque de Guisa y de Luisa de Brezé, hija de Diane de Poitiers y su marido el conde de Maulevrier, gran senescal de Normandía. Estas diversas esposas produjeron muchos medios hermanos y hermanas para Luisa.

    Catalina era solo tres años mayor que Luisa y mostró favoritismo hacia sus propios hijos a expensas de Luisa y sus hermanos de Juana de Saboya. El padre de Luisa no hizo nada para mitigar el maltrato y la negligencia a manos de su madrastra. No se le permitió participar en las desviaciones de la corte de su padre. Catalina le dio a sus propias hijas ciertos lujos y privilegios que le correspondían a Luisa. A Luisa le dieron una habitación en una parte distante del palacio donde vivía aislada. Su principal compañera fue Mademoiselle de Changy y recibió la visita de uno de sus hermanastros, el hijo de Jeanne de Savoy. Estas circunstancias hicieron a Luisa tranquila y seria, de temperamento suave, sensible y piadosa.

    Una serie de eventos desafortunados

    Después de conocer a Enrique en 1573, Luisa continuó con su vida aislada, viajando en misiones de beneficencia, rezando, leyendo, haciendo peregrinaciones al santuario de San Nicolás, bordando y estudiando. Tenía muchos pretendientes, incluido el conde de Thoré, hermano del mariscal de Montmorency. Ella formó un vínculo con el príncipe Paul de Salms, pero su familia se opuso a esta alianza porque querían que se casara con François de Luxembourg, el conde de Brienne.

    El hermano de Enrique, el rey Carlos IX, murió en mayo de 1574 y Enrique regresó inmediatamente desde Polonia hasta Francia para reclamar el trono con el nombre de Enrique III.

    El 30 de octubre de 1574, el objeto de la obsesión de Enrique, María de Clèves murió de una infección pulmonar. Enrique estaba desconsolado, pero su madre le aseguró que le buscaría una esposa y comenzó las negociaciones para casarlo con la princesa sueca Elisabeth Vasa, pero Enrique tenía otras ideas: había decidido en secreto casarse con Luisa de Vaudémont, la princesa de Lorena que se parecía a María de Clèves. Pero por ahora se mantuvo callado sobre su decisión.

    En enero de 1575, Enrique informó a su madre de su plan. Catalina estaba decepcionada con la elección de Enrique, ya que Luisa no era una princesa y no aportaría una gran dote al arreglo. Pero se dio cuenta de que no podía cambiar de opinión a Enrique. Una vez que Enrique dio a conocer su decisión, se envió un mensaje a través de una misiva privada al duque de Lorena.

    Horas más tarde, Philippe Hurault de Cheverny y Michel Du Guast, marqués de Montgauger llegaron a Nancy ante el asombro del duque, su esposa y los padres de Luisa. La intención de Du Guast era intercambiar anillos de compromiso con Luisa en nombre del rey y entregar cartas de Enrique y Catalina de Médicis a Luisa y sus padres y habló con el duque de Lorena y el padre de Luisa la mayor parte de la noche.

    Reina de la noche a la mañana

    Al día siguiente, Luisa se había quedado dormida y la tomó por sorpresa cuando su madrastra entró en su habitación para despertarla y le hizo tres reverencias. Luisa pensó que era una broma y que estaba en problemas por quedarse en la cama demasiado tiempo. Cuando su padre entró en la habitación y se inclinó ante ella dos veces, se dio cuenta de que todo iba en serio.

    Luisa se reunió con Du Guast y aceptó la propuesta del rey. Tres días después, Luisa, sus padres y el duque de Lorena partieron hacia Reims, donde Enrique sería coronado. Cheverny fue enviado a encontrarse con ella en Sommières y le entregó una carta de Enrique, un retrato del rey y un cofre con joyas. Luisa parecía apenas reconocer su posición mejorada. Enrique observaría esto y se sorprendió por su indiferencia.

    Enrique pidió prestados 100.000 écus para los gastos venideros y viajó al norte desde Aviñón con su madre y la corte, rumbo a Reims para su coronación y matrimonio. Enrique fue coronado en Reims el 13 de febrero de 1575. Al día siguiente de la coronación, el cardenal de Guise prometió a Luisa y Enrique. Se finalizó el contrato de matrimonio y Luisa recibió una amplia dote. Se celebró un majestuoso banquete y la boda se celebraría al día siguiente.

    Enrique III trató a su reina como a una muñeca

    El rey se propuso reinventar a Luisa a su propia imagen idealizada. Enrique diseñó el vestido de novia de Luisa y otros atuendos para la boda. Acomodó las joyas en su tocado. Luisa pareció disfrutar de la atención que le dio. Ella fue muy paciente y dulce mientras Enrique III se preocupaba por ella. Mientras cosía una de las preciosas gemas de su vestido de novia, logró pincharle la piel con la aguja. Luisa ni siquiera lanzó un grito por la herida.

    Insistió en peinar él mismo el cabello de Luisa y colocarle la diadema en la cabeza. Después de tomarse un laborioso tiempo para peinarse bien, era demasiado tarde para que la ceremonia se llevara a cabo según lo planeado por la mañana y la boda se llevó a cabo por la noche con la ceremonia oficiada por el Cardenal de Borbón. Se casaron bajo un dosel de tela de oro en el portal de Notre Dame de Rheims. A esto siguió un banquete, un ballet y un baile. El rey y la reina bailaron un minueto y luego un Gaillarde ante la gran admiración de los espectadores.

    Es muy raro tener una descripción completa y detallada de una mujer medieval o renacentista. El embajador veneciano Jean Michel describió con precisión a Luisa diciendo:

    “La reina es una joven princesa de diecinueve o veinte años. Ella es muy guapa; su figura es elegante y de talla mediana más que pequeña, pues su majestad no necesita usar zapatos de tacón para aumentar su altura. Su figura es delgada, su perfil hermoso y sus facciones majestuosas, agradables y vivas. Sus ojos, aunque muy pálidos, están llenos de vivacidad; su tez es clara y el color de su cabello amarillo pálido, lo que le da un gran contenido al rey, porque ese tono es raro en este país, donde la mayoría de las damas tienen el cabello negro.

    “La reina no usa cosméticos, ni ningún otro artificio del toilette. En cuanto a sus virtudes morales, es dulce y afable. Se dice que es liberal y benevolente en la medida de sus posibilidades. Tiene algo de ingenio y comprensión, y su comprensión está lista. Su piedad es tan ferviente como la de su marido, y esto lo está diciendo todo. Parece devota del rey y le muestra una gran reverencia; en fin, es imposible presenciar una unión más completa que la que ahora existe entre sus majestades”.

    De la adoración al hartazgo

    Regresaron a la capital y durante varias semanas la reina y el rey visitaron las iglesias de París y ofrecieron limosnas. Luisa y Enrique hacían estas visitas con frecuencia y las monjas disfrutaban de la compañía de Luisa. Inmediatamente hubo un conflicto en el matrimonio. Enrique insistió en que todas las damas de compañía que habían venido con Luisa fueran despedidas y pidió que solo él nombrara a todos los reemplazos. Los padres de Luisa también se fueron.

    La reina no tenía los poderes persuasivos necesarios para controlar el comportamiento de su marido o ejercer el poder político. La corte parecía frívola y disipada. Estaba asombrada de Enrique y temía el comportamiento de sus mignons (favoritos). No tenía la energía ni la experiencia para dirigir un círculo en la corte y estaba inquieta en presencia de su dueña de las túnicas, la duquesa de Nevers. Fue eclipsada por su suegra Catalina de Médicis, quien se negó a retirarse o ceder a Luisa su puesto de primera dama de Francia.

    Catalina de Médicis hizo todo lo que pudo para mantener separados a Enrique y Luisa para minimizar la influencia de la nueva reina. En consecuencia, la posición de Luisa en la corte era marginal. Luisa pudo haber sufrido un aborto espontáneo en la primavera de 1576, posiblemente arruinando sus posibilidades de volver a quedar embarazada. Aun así, Enrique III y Luisa continuaron esperando tener un hijo. En noviembre de 1576, Luisa y Enrique establecieron oratorios en todas las iglesias de París y peregrinaron a todas ellas, dando limosna con la esperanza de que ella quedara embarazada. Parecía que no podía engendrar un heredero Valois y adelgazó y sufrió episodios de melancolía. Pero los cronistas de la corte dicen que Luisa toleró su posición incómoda, humillante y anónima con tolerancia y gracia.

    Enrique compró el castillo de Olinville, en el barrio de Chartres, para Luisa. Viajó con el rey a Rouen y asistió a la inauguración de los Estados Generales en Blois en diciembre de 1576. Entretuvieron a los miembros de los Estados con bailes, inclinaciones en el ring, justas, banquetes, juegos de azar y mascaradas. Estas festividades se vieron interrumpidas tras la muerte del padre de Luisa el 28 de enero de 1577. Después de firmar un tratado de paz que puso fin a las luchas religiosas en febrero de 1577, Enrique y Luisa partieron en una expedición a Blois.

    Era bien sabido en la corte que Luisa III y Enrique rara vez pasaban tiempo juntos. Apareció con el rey en ocasiones importantes. Pero Enrique parecía cansado de la compañía de Luisa y prefería la camaradería de sus mignons y damas de compañía. Sin embargo, nunca nombró a otra mujer maîtresse-en-titre. Luisa buscó la compañía de sus mujeres, oró, visitó hospitales, cuidó a los enfermos, realizó actos de caridad y patrocinó fundaciones caritativas. La gente de París llegó a apreciarla por su naturaleza dulce, belleza y piedad.

    ¡Revolución!

    El 24 de septiembre de 1581 se organizó una fiesta espectacular en la Salle Bourbon de París. La ocasión fue el matrimonio del duque de Joyeuse con la media hermana de Luisa, Margarita. El más famoso de los diecisiete entretenimientos fue el Ballet cómico de la reine, que fue presentado por la reina Luisa. Había empleado a su propio equipo de poetas y músicos para crear el ballet. Al final del espectáculo, Catalina de Médicis obligó a Luisa a darle a Enrique una medalla de oro que representaba a un delfín nadando en el mar. Era una expresión de su esperanza de que el rey y la reina tuvieran un heredero varón para heredar el trono.

    En la primavera de 1588, hubo tensión en la capital. Enrique no tenía heredero varón y el siguiente en la fila era Enrique de Navarra, que era abiertamente protestante. La Liga Católica, dirigida por la familia Guise, no quería ver a un protestante en el trono. El duque de Guisa había desafiado una prohibición real de la ciudad de París. En respuesta, Enrique trajo tropas francesas y suizas. Los parisinos estaban indignados con las tropas extranjeras en la ciudad y levantaron barricadas y contraatacaron, matando a algunas de las tropas del rey. Luisa se puso del lado de Enrique en los conflictos en abierto desafío a su propia familia.

    Las hostilidades aumentaron y el rey huyó a Chartres. A la reina Luisa y a Catalina de Médicis no se les permitió abandonar el Hôtel de la Reine. Se reforzó la seguridad alrededor de las dos reinas y se instaló un nuevo gobierno encabezado por los Leaguers. Catalina trató de mediar entre la Liga y el rey y, aunque Enrique fue terco, finalmente capituló. Se celebró un Te Deum en la catedral de Notre-Dame al que asistieron las dos reinas. Fueron liberados de su cautiverio y viajaron a Mantes para encontrarse con Enrique el 23 de julio. Catalina quería que Enrique regresara a París, pero él se fue a Chartres llevándose a Luisa con él.

    Asesinato en el palacio

    Catalina de Médicis murió en enero de 1589 y Luisa asistió al funeral. Puede haber esperado ocupar el lugar que le corresponde en la corte, pero no fue así. En el verano de 1589, estallaron las guerras de religión. La autoridad del rey Enrique III se vio gravemente desestabilizada por una letanía de partidos políticos financiados por potencias extranjeras. La Liga Católica fue apoyada por el rey Felipe II de España, los protestantes franceses hugonotes fueron apoyados por los holandeses y la reina Isabel I de Inglaterra y los descontentos que fueron dirigidos por el hermano menor de Enrique, el duque de Alençon.

    Los descontentos estaban formados por aristócratas católicos y protestantes que se oponían conjuntamente a las ambiciones absolutistas del rey. El propio Enrique adoptó la posición de que una monarquía fuerte y religiosamente tolerante salvaría a Francia del colapso. Enrique II se fue de campaña y se despidió de Luisa en el castillo de Chinon, donde Luisa permanecería a salvo. Luisa estaba deprimida por su separación de su marido.

    El 1 de agosto, Enrique se estaba quedando con su ejército en Saint-Cloud, preparándose para atacar París. Permitió que un fraile dominico fanático, Jacques Clément, entrara en su presencia. Clément había traído papeles falsos y mientras Enrique los leía, apuñaló a Enrique en el abdomen. La herida no pareció ser fatal al principio y Enrique pudo dictarle una carta a Luisa explicando lo que había sucedido . Sin embargo, la herida le había perforado los intestinos y murió el 2 de agosto.

    Luisa recibió la noticia de la muerte de Enrique III y dejó Chinon hacia el castillo de Chenonceau. Lamentó la muerte de Enrique y juró vengarla. Rompió todas las relaciones con su familia de Lorena y fue una defensora del nuevo rey Enrique IV. Pasó su viudez en Chenonceau en condiciones de austeridad. Sus apartamentos constaban de dos aposentos junto a la capilla que estaba tapizada con tela negra. Los techos y los revestimientos estaban pintados de negro y grabados con cornucopias y lágrimas plateadas.

    Escribió muchos llamamientos al rey Enrique IV pidiendo justicia con respecto a los asesinos de su marido. En 1593 viajó a Mantes para buscar audiencia con el rey. Enrique IV la recibió en público en la iglesia de Notre Dame. Luisa se puso de pie y le imploró que vengara el asesinato de su marido y pidió que sus restos fueran llevados al mausoleo real. Enrique la crió y prometió cumplir con sus peticiones tan pronto como pudiera.

    Luisa regresó a Chenonceau y pasó los siguientes siete años recluida, dando alojamiento a muchas monjas capuchinas. En su testamento dejó veinte mil coronas en un fideicomiso a su cuñada la duquesa de Mercoeur para que construyera y dotara de un convento para los capuchinos de Bourges. Sin embargo, la duquesa, siguiendo el consejo del rey, compró un sitio en la Rue St. Honoré en París. El 18 de junio de 1606, los capuchinos tomaron posesión de su nueva casa y fue el primer convento de su orden en Francia.

    En 1600, Luisa se mudó de Chenonceau al castillo de Moulins. Su salud se deterioró y murió de hidropesía el 29 de enero de 1601 a la edad de cuarenta y siete años. Fue enterrada ante el altar mayor de la capilla de las monjas capuchinas. En 1688, los restos fueron trasladados a la capilla de los Capuchinos en la Rue Neuve des Petits Champs. Sus restos hicieron varios movimientos más antes de ser depositados en una bóveda en St. Denis en 1817.

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  • “Tremenda fragilidad”: experto augura un futuro deprimente para la monarquía de Japón

    La investidura del príncipe Akishino como heredero pone en evidencia la “la tremenda fragilidad” de una monarquía exclusivamente masculina, afirmó el director del Centro de Estudios Japoneses de la Universidad Estatal de Portland. El príncipe Hisahito sufritá una “presión abrumadora”.

    Si Japón va a seguir teniendo una casa imperial, debería ser una que defienda el principio de igualdad de género al permitir emperatrices reinantes porque, de otra forma, corre un grave riesgo de supervivencia, aseguró el escritor Kenneth Ruoff, director del Centro de Estudios Japoneses de la Universidad Estatal de Portland y autor de “La Casa Imperial de Japón en la era de la posguerra, 1945-2019” publicado a principios de este año.

    “El secreto de la larga supervivencia de la casa imperial de Japón no es una adhesión obstinada a la tradición, sino todo lo contrario, la voluntad de mantenerse en sintonía con las tendencias de la época, deshacerse de tradiciones que ya no se adaptan a las cambiantes normas sociales y adoptar nuevas prácticas”, recordó Kenneth Ruoff en un comentario publicado en el Japan Times con motivo de la proclamación del príncipe Akishino como heredero del trono.

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    Ruoff asegura que el príncipe Akishino y su esposa, la princesa heredera Kiko, “son personas decentes y sinceras que intentan usar su prestigio imperial para hacer del mundo un lugar mejor” y siguen los pasos de los anteriores emperadores, Akihito y Michiko “al mezclarse regularmente con sus compatriotas”. “Aquellos en Japón que se preocupan profundamente por la casa imperial deberían estar agradecidos por el hecho de que el príncipe heredero Akishino haya aceptado con gracia su puesto secundario”, afirmó el experto.

    ¿Qué pasaría frente a un “Megxit” japonés?

    Comparando la escasez de varones herederos de la monarquía más antigua del mundo con el caso del príncipe Harry y Meghan Markle, el académico cree que “la preocupación en Japón debería ser aún más pronunciada considerando la crisis de los herederos”.

    Desde la entronización del emperador Naruhito, en mayo de 2019, solo tres hombres tienen derecho a reinar (los príncipes Akishino, Hisahito y Hitachi) en un país que después de la II Guerra Mundial impuso la prohibición de que las mujeres tengan derechos de sucesión al trono. Paralelamente, Japón abolió todos los títulos de nobleza y las ramas descendientes de la familia imperial pasaron a ser plebeyas, por lo que no existen hombres de linaje imperial que puedan entroncar con las princesas.

    “La política de Japón solo para hombres es responsable de la situación actual en la que actualmente solo hay dos herederos viables al trono”, dijo Ruoff, quien acotó que, de esta forma, “la línea imperial de Japón es potencialmente bastante frágil”. Los príncipes herederos Akishino y Kiko “están criando al único miembro masculino de la próxima generación de imperiales”, recordó. “No es exagerado decir que el futuro de la línea imperial descansa sobre los hombros del príncipe Hisahito, de 14 años”.

    “Esto fácilmente podría considerarse un problema de derechos humanos si uno desarrolla algunos escenarios que se avecinan”, dice Ruoff. “Consideremos, por ejemplo, la presión abrumadora a la que se someterán el príncipe Hisahito y su futura esposa para engendrar un hijo (y el nacimiento de un solo hijo significaría que la tremenda fragilidad de la línea imperial continuaría durante otra generación)”, agregó.

    En este sentido, el experto concluyó que la única forma en que la monarquía japonesa puede sobrevivir será teniendo “una casa imperial que defienda el principio de igualdad de género al permitir emperatrices reinantes”.

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  • Koshi denka: el nuevo título oficial de Akishino como príncipe heredero de Japón

    La ley de la Casa Imperial establece minuciosamente la nueva posición del hermano del emperador Naruhito.

    Este 8 de noviembre el príncipe Fumihito de Japón, también conocido como príncipe Akishino, será declarado oficialmente Príncipe Heredero en un solemne ritual llamado “Rikkoshi no rei” (ceremonia de proclamación del príncipe heredero) en el más vasto de los salones del palacio Imperial de Tokio, el Matsu no ma.

    La ceremonia, presidida por los emperadores Naruhito y Masako, es la primera de este tipo que se celebra en mucho tiempo en la corte nipona y tiene por objeto presentar al hermano menor del emperador como el oficial heredero del Trono del Crisantemo.

    En Japón existen distintas formas de llamar al príncipe heredero. De acuerdo con las disposiciones de la Ley de la Casa Imperial, “cuando el Emperador fallece, el Príncipe Heredero toma inmediatamente el trono” y el nuevo heredero “se llamará Kotaishi o Koshi”. “Si Kotaishi fallece, “Kotaison”, hijo del Kotaishi será reemplazado en el orden de sucesión”, firma la Ley, aprobada después de la II Guerra Mundial.

    “Kotaishi”, es el título del hijo primogénito del emperador y el primero en la línea de sucesión como Heredero Aparente. Este fue el título del actual emperador desde 1990 hasta la abdicación de su padre; y el emperador Akihito ostentó el título de Kotaishi desde su investidura en 1953 hasta que ascendió al trono en 1989.

    A partir de su ubicación en el primer plano de la sucesión, Akishino será denominado oficialemente “Koshi denka”: “Koshi” (heredero imperial o príncipe heredero), le corresponde como primero en la sucesión, mientras “denka” es un título honorífico que significa “Alteza”.

    Según informes de la prensa japonesa basados en declaraciones de expertos asesores del gobierno, Akishino había confiado a sus allegados su renuencia a asumir el título de “kotaishi” con el argumento de que no fue educado como un príncipe heredero.

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    Al primer hijo varón del príncipe heredero se lo denomina “Kotaison” (así será denominado el príncipe Hisahito, hijo de Akishino), mientras que el título de “Koshi” se utiliza para el heredero que no es el descendiente directo del soberano actual (por ejemplo, hermano o primo).

    A lo largo del siglo XX, hubo un “Koshi” en la monarquía japonesa: el primero fue el príncipe Yasuhito (1902-1952), segundo hijo del emperador Taisho, quien fue presunto heredero del trono desde la coronación de su hermano mayor, Hirohito, hasta el nacimiento del príncipe Akihito, una década más tarde.

    El nuevo heredero nació en 1965 y es el segundo hijo de los emperadores (ahora eméritos) Akihito y Michiko. Ostenta el título de Príncipe Akishino. En 1990 contrajo matrimonio con Kiko Kawashima, hija de un profesor universitario con la que tuvo tres hijos: las princesas Mako (1992) y Kako (1994) y el príncipe Hisahito de Akishino(2006).

    El 1 de mayo de 2019, Akishino pasó al primer lugar en la línea sucesoria al trono, al ser entronizado su hermano mayor, con lo cual se convirtió en el nuevo “Koshi” de la monarquía nipona y el primero después de 86 años.

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  • Fotos de Meghan y Harry “ya no venden” revistas: “Su popularidad se desplomó”, afirma experta

    La editora de la revista de la realeza Majesty advirtió que no se venden ejemplares con fotos de los duques de Sussex en sus portadas.

    La popularidad de Meghan Markle y el príncipe Harry en el Reino Unido está bajando considerablemente desde que se fueran del país y anunciaran que querían ser independientes.

    Ingrid Seward, editora en jefe de Majesty Magazine, habló sobre la percepción de los duques de Sussex entre los británicos: “Dejamos de tener a Harry y Meghan en la portada hace un tiempo. Simplemente no se estaba vendiendo, la revista no se estaba vendiendo cuando estaban en la portada”.

    “La revista Hello! En realidad me dijo lo mismo. Obviamente hay algunas fotos hermosas de ellos y me gustaría tenerlos en la portada, pero simplemente no parece funcionar. Me parece extraño e interesante”, dijo Seward al intervenir en un podcast sobre la familia real.

    La experta mencionó una encuesta de YouGov realizada en octubre sobre la popularidad de la familia real real como evidencia de los cambios de opinión. Mencionó que las puntuaciones de Harry y Meghan han alcanzado su punto más bajo hasta la fecha. “Su popularidad se ha desplomado por completo”, advirtió. “Es extraordinario y creo que es porque los británicos sentimos que Harry nos ha abandonado, y probablemente Meghan es la razón por la que lo hizo”.

    La editora de Majesty comparó el caso de los Sussex con la impopularidad de los duques de Windsor: “Es un escenario muy similar, aunque en una época totalmente diferente. Meghan es una divorciada, lo que, por supuesto, todavía estamos un poco pasados ​​de moda en Inglaterra. Ella es estadounidense y Harry aparentemente lo dio todo por ella. Así que hay una similitud real”.

    “Wallis odiaba Inglaterra”, remarcó Seward en declaraciones a Fox News. “Odiaba el clima y sentía que la gente no la entendía a ella ni a su sentido del humor. En el caso de Meghan, creo que ella sintió mucho que los británicos no la entendían o que no la apreciaban en particular. Y tampoco creo que fuera una gran fanática de Inglaterra. Su hogar es California y ahí es donde está su corazón”.

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  • La reina de Suecia, víctima de un luto desquiciado, no quiso sepultar a su esposo durante dos años

    Dominada por un profundo dolor, María Leonor de Brandemburgo (1599-1655) pasó mucho tiempo velando el cadáver embalsamado de su esposo, el rey Gustavo II.

    Todo el mundo ha oído hablar de la locura de la reina Juana de Castilla, quien amaba tanto a su marido, Felipe el Hermoso, que lloró durante meses junto al cadáver, negándose a sepultarlo. Una historia de amor obsesivo y locura que se repitió doscientos años más tarde en Suecia, cuando murió el rey Gustavo II Adolfo dejando una viuda desconsolada y deprimida hasta la locura.

    En 1632, a la edad de 39 años de edad, Gustavo II -apodado “León del Norte” por su valentía y espíritu guerrero- recibió un disparo en la espalda durante la batalla de Lützen (Alemania) y murió en el acto. Su cuerpo fue embalsamado y llevado a Wolgast, una ciudad al nordeste de Alemania, en la costa de Pomerania, pero el traslado hacia Suecia se hizo imposible, porque el mar Báltico estaba congelado.

    El rey dejó el trono de Suecia a una niña de apenas 6 años de edad, la reina Cristina, famosa posteriormente por haber abdicado al trono y abrazar el catolicismo. La niña sufrió mucho pero, según el Marqués de Villa Urrutia, “quien dio pruebas tan exageradas de dolor, que recordaban a las de Juana la Loca, fue la reina María Leonor, la cual trocó entonces en acendrado y tiernísimo cariño todo el odio que había sentido por su hija“.

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    María Leonor, reina de Suecia (1599-1655)

    La reina viuda, la alemana María Leonor de Brandemburgo (1599-1655) fue víctima de un profundo dolor y viajó hasta Wolfgast donde pasó ocho meses velando el cadáver embalsamado de su esposo. Su trágica muerte, que se negaba a aceptar, agudizó aún más su débil salud mental. El corazón de su amado Gustavo Adolfo fue extraído de su cuerpo para ser preservado por separado y María Leonor lo conservó junto a su cama.

    “Los suecos, según la costumbre que tenían, eran lentos al proceder al entierro de sus difuntos y, en este caso regio y excepcional, se mostraron más lentos todavía. Se entiende, en cierta medida, la insistencia de María Leonor en quedarse junto al cuerpo de su marido mientras éste no recibiera sepultura. En agosto de 1633, el navío que transportaba los restos mortales del rey, acompañados por María Leonor, arribaron a Nykoping, un puerto al sur de Estocolmo, dominado por un alcázar que pertenecía a la corona. Cristina estaba presente en Nykoping para encontrarse con su madre (…) Había de pasar otro año casi entero antes de las exequias y la interminable procesión fúnebre”.

    Úrsula de Allendesalazar

    No fue hasta agosto de 1633 que el cuerpo del rey finalmente regresó a Suecia. En la ciudad de Nyköping, la pequeña Cristina, convertida en la reina de Suecia a los 7 años de edad, participó de la procesión para recibir a su madre. Más tarde escribió: “Abracé a la reina mi madre, me ahogó con sus lágrimas y prácticamente me ahogó en sus brazos”.

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    Gustavo II Adolfo de Suecia murió en 1632

    La reina fijó por el momento su residencia en el castillo de Nyköping, cuyas paredes hizo tapizar de telas negras y cuyas ventanas fueron tapiadas para que las luz del exterior no interrumpiera el luto. Hasta el suelo fue cubierto con alfombras negras.

    El ataúd abierto del rey fue expuesto en el gran salón, apenas iluminado con unos cirios, y la desconsolada viuda, presa de una fuerte depresión, lloraba ante él día y noche. No quería separarse del muerto y retrasó todo lo que pudo el entierro definitivo.

    “Encerróse en un aposento que convirtió en lacrimatorio, tapidas las ventanas y forradas de negro las paredes y teniendo a la cabecera de su lecho el corazón del rey en un relicario de oro, que de cuando en cuando abría y cerraba entre ensordecedores gritos, que llenaban de horror a los enanos, a los bufones y a los guardias que tenía a su servicio”.

    Marqués de Villa Urrutia

    En sus aposentos del castillo, mandó colgar de la cabecera de su cama un relicario de oro que contenía el corazón «muy voluminoso y pesado» de Gustavo II Adolfo. Durante más de un año, la reina condenó a su hija a una terrible reclusión de duelo en habitaciones cubiertas de negro e iluminadas por velas día y noche, de las que se excluía todo rayo de luz.

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    Cristina de Suecia, la hija de la reina María Leonor

    Los sermones y oraciones piadosas continuaron sin cesar en Nyköpin. María Leonor hizo que su hija durmiera con ella en una cama sobre la cual colgaba el corazón de su padre en un ataúd de oro. Otras veces, la viuda conservó en sus propios aposentos el féretro del rey y obligaba a su hija Cristina a besar las frías mejillas de su padre antes de acostarse.

    “Junto al corazón del gran Gustavo Adolfo lloró su viuda a mares, días y noches, semanas, meses y años enteros. Y la pálida y exangüe Cristina lloraba al lado de su madre, y seguía llorando toda la noche, acostada con ella en el mismo lecho, soñando que la sangrienta víscera levantaba la tapa del relicario de oro en que se hallaba encerrada”.

    Marqués de Villa Urrutia

    Cristina escribió sobre su madre: “Ella llevó a cabo su papel de duelo a la perfección. Las largas y lúgubres ceremonias fúnebres y toda la corte vestida de negro eran “mucho peores para mí que la propia muerte del rey”, agregaba. Tras muchos años de ignorar, maltratar y golpear a su hija, María Leonor ahora decidió que no podía vivir sin su compañía.

    La reina viuda obligaba a su hija a dormir con ella en la misma cama y no permitía que se alejara de su vista ni un instante. Su comportamiento neurótico resultaba insoportable a la pequeña, que lo recordaba así:

    “Me ahogaba en sus lágrimas y casi me asfixiaba con su abrazo. Lloraba casi incesantemente, y algunos días su dolor aumentaba de forma tan singular que no era posible contemplarla sin sentir la más mínima compasión. Yo sentía por ella una gran veneración y un amor verdaderamente tierno. Pero esa veneración me intimidaba y me agobiaba, en especial cuando, contra la voluntad de mi tutor, ella quería encerrarse conmigo en sus habitaciones».

    En el verano de 1634, después de muchos retrasos y de la oposición constante de Maria Leonor, el cuerpo del rey finalmente fue entregado y enterrado, como se debía, en la iglesia de Riddarholm en Estocolmo. Al día siguiente del funeral, la reina viuda, sumida en una profunda crisis de histeria y dolor, pidió que se volviera a abrir el ataúd para contemplarlo, abrazarlo, besarlo y llorar escandalosamente.

    María Leonor cayó víctima de una crisis de histeria y dolor que la marcó para siempre. Durante los siguientes años, la reina María Leonor fue alejada de la corte y, especialmente, de la presencia de su hija, porque la consideraban una influencia nociva. Su madre le escribió casi a diario penosas cartas en las que, mayormente, se lamentaba de que no le permitieran ver la tumba de su amado y que se la tratara como una prisionera.

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  • Por qué el palacio de Guillermo y Kate estaría vinculado con la esclavitud

    El comerciante de esclavos Edward Colston asoció a su empresa de tráfico de personas al rey Guillermo III, constructor de la residencia real en el siglo XVII.

    Los vínculos de residencias reales históricas de Gran Bretaña con el comercio de esclavos comenzaron a ser investigados recientemente en una revisión dirigida por la historiadora Lucy Worsley, curadora en jefe de la organización benéfica Historic Royal Palaces. Entre los sitios que se pondrán bajo la lupa se encuentra el Palacio de Kensington, la residencia londinense del duque y la duquesa de Cambridge, que anteriormente fue hogar de Meghan Markle, Diana de Gales, la princesa Margarita y otros miembros de la familia de la reina Isabel II.

    PALACIO DE KENSINGTON

    Worsley, dijo al diario The Times que “todo lo que tenga que ver con la Dinastía Estuardo tendrá un elemento de dinero derivado de la esclavitud en su interior” y recordó que su último monarca, la reina Ana (1686-1717), quien utilizó Kensington como residencia oficial, “es un personaje realmente interesante porque hay una visión de ella que es que unió a la nación y lo hizo exitoso”. “Hay otra opinión, y es que ella la convirtió en la nación de trata de esclavos más exitosa del mundo y que solo se trataba de una unión si eras un tipo blanco acomodado”, acotó Worsley.

    GUILLERMO III Y MARÍA II.

    Los reyes de la dinastía Estuardo, que llegaron a reinar en Inglaterra tras la muerte de la reina Isabel I en 1603, desempeñaron un papel clave en el comercio de esclavos cuando uno de sus monarcas, Carlos II otorgó un estatuto a la “Royal African Company” (RAC), de la cual su hermano el rey Jacobo II era miembro. La compañía mantendría el monopolio del comercio hasta 1698 y no dejó de comerciar con esclavos sino hasta el año 1731.

    El Palacio de Kensington -al igual que el Palacio de Hampton Court- se encuentra entre las propiedades con conexiones con el rey Guillermo III, quien era yerno de Jacobo II y se convirtió copropietario de la empresa, ganando enormes sumas de dinero por enviar esclavos africanos a América. El rey recibió acciones de la empresa del comerciante de esclavos Edward Colston (1636-1721), cuya estatua fue derribada y empujada al puerto de Bristol en junio de este año.

    ¿Comprado con dinero de la esclavitud?

    Edward Colston nació en Bristol, en el seno de una rica familia de comerciantes. Después de ir a la escuela en Londres, se estableció como un exitoso comerciante de textiles y lana. En 1680 se unió a la Royal African Company, que controlaba la trata de esclavos en África occidental, y fue durante su trabajo allí que hizo la mayor parte de su fortuna. Se cree que vendió casi 100.000 esclavos de África Occidental en el Caribe y en las Américas entre 1672 y 1689.

    La empresa de Colston mantuvo el monopolio del comercio durante casi 30 años, hasta 1698, cuando un cambio en la ley abrió el comercio africano a todos los comerciantes ingleses. Los esclavos eran mantenidos en condiciones desoladoras en los barcos y sufrieron deshidratación, disentería y escorbuto. Más de 20.000 murieron durante los viajes trasatlánticos y sus cuerpos fueron arrojados por la borda.

    ESTATUA DE GUILLERMO III EN KENSINGTON

    Tras el intercambio con Colston, deseoso de alejarse de su incómodo y húmedo palacio en el Whitehall de Londres, el rey pagó alrededor de £ 20.000 en el verano de 1689 por una hermosa casa, ubicada en campos y prados, que era propiedad del conde de Nottingham, y luego gastó otras £ 92.000 para que el arquitecto Sir Christopher Wren la ampliara hasta convertirla en un palacio. Según Lucy Worsley, un tercio de las antiguas propiedades reales, incluido Kensington, estarían vinculadas al dinero generado por el comercio entre el siglo XVII y la Ley de Comercio de Esclavos de 1807.

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  • Padres contra hijos, reyes contra príncipes: los líos familiares de la Casa de Hannover

    El enfrentamiento del príncipe Ernesto Augusto de Hannover (esposo de Carolina de Mónaco) con su hijo y heredero recuerda a sus antepasados, quienes en el apogeo de su poder, y sentados en el trono inglés, hicieron del palacio un nido de discordias familiares.

    Las peleas familiares caracterizaron desde el principio a la Casa de Hannover, una dinastía de alemanes egoístas y desinteresados que reinó en Gran Bretaña durante 200 años. La hostilidad que había entre Jorge I y su hijo mayor era notoria, especialmente desde que el rey había hecho prisionera a la madre de sus hijos, Sofía Dorotea.

    Se decía por todos lados que el príncipe jamás había perdonado a su padre por el trato que concedió a su madre, y el resentimiento creció con los años. El príncipe resentido trató por todos los medios de desprestigiar a su padre y se rodeó de políticos y cortesanos poderosos para lograrlo.

    JORGE I (1714-1727)

    Las tensiones entre padre e hijo terminaron en una guerra palaciega cuando Jorge I expulsó al príncipe del palacio y le prohibió volver a ver a sus hijos. El príncipe de Gales fue declarada persona non grata en la corte y todo cortesano que mantuviera algún tipo de relación con el príncipe sufriría las consecuencias. El príncipe de Gales no se rindió, y creó una corte alternativa en su hogar, Leicester House.

    “Una de las más comunes actividades de los disidentes que se reunían allí era burlarse del rey y de sus maneras y costumbres; sobre todo de su predilección por las amantes feas. Cada vez que padre e hijo se encontraban, se producía alguna escena desagradable. El rey Jorge incluso llegó a ordenar la detención del príncipe en una ocasión”

    Michael Farquhar

    “El mayor de mis hijos es el mayor asno”

    JORGE II (1727-1760)

    Jorge I no fue llorado por los ingleses cuando murió, en 1727. Su hijo y sucesor, Jorge II, tampoco se esforzó mucho en adecuarse a la vida inglesa y siempre sintió nostalgia por su querida tierra de Hannover. Siguiendo la tradición familiar, las relaciones no fueron buenas (de hecho, fueron muy malas) entre el rey Jorge II y su hijo mayor, Federico Luis.

    Federico Luis, príncipe de Gales (1707-1751) fue el primer Hannover nacido en Inglaterra. Al crecer se convirtió en un hombre culto como su madre, y un poco melancólico, dedicado a la música y la pintura pero fue detestado por sus padres, quienes temían que su popularidad los eclipsara.

    KENSINGTON, RESIDENCIA DE LOS REYES EN EL SIGLO XVIII
    LA FAMILIA DEL PRÍNCIPE FEDERICO

    “El mayor de mis hijos es el mayor asno, el mayor mentiroso, el peor canalla, la peor bestia que hay en el mundo y me gustaría, de todo corazón, no verle más”, dijo Jorge II en una oportunidad. Federico tenía en igual estima a su padre, al que describió como “un obstinado y autoindulgente puritano con un insaciable apetito sexual”. Su madre, mientras tanto, se refería a Federico como “el recogido”, insinuando que había sido adoptado, o la “víbora ingrata”. ¡Vaya madre!

    Federico Luis se casó con la princesa alemana Augusta de Sajonia-Gotha, y apenas terminó la ceremonia el rey Jorge II los expulsó de la corte. Los cortesanos de Federico tomaron la costumbre de ridiculizar al rey y, especialmente, de emitir informes acerca de su conducta privada que se propagaban con rapidez. Para terminar con esta situación, Jorge II decidió reducir su asignación. Además, dejó claro que consideraría enemigo personal a todo aquel que se relacionara o incluso se mostrara amable con el príncipe de Gales. “Me hace sentir nauseas”, suspiraba el rey.

    Jorge II apenas se conmovió cuando, en 1751, le comunicaron que su hijo había muerto. Nueve años más tarde, le tocó el turno de morir al rey y en su lugar fue coronado su nieto, el rey Jorge III (1738-1820), quizá el personaje más agradable de este curioso linaje. Para continuar con la costumbre, Jorge III mantuvo pésimas relaciones con su hijo y heredero, el príncipe de Gales y futuro rey Jorge IV. En aquel tiempo, el ambiente cortesano se asemejaba a la del pequeño feudo familiar en Alemania, todo era rígido, severo y austero, por lo que la conducta del príncipe desencajaba.

    La loca familia de Jorge III

    Al príncipe se lo llamó “el primer caballero de Europa”, por su caballerosidad, su extravagancia y el derroche con el que protegía a los “dandys” que formaban su corte. A Jorge III le molestaba especialmente la vida disipada que mantenía el príncipe, quien se negó a casarse cuando se le impuso, bebía demasiado, pasaba las noches de juega y era una apasionado mujeriego.

    Cuando el rey se encontraba sumido en sus crisis de demencia, los encuentros con su hijo solían ser muy violentos, como cierta vez, durante una cena familiar en Windsor, cuando el monarca interrumpió todas las conversaciones para agarrar al príncipe del cuello y lo lanzó con violencia contra la pared.

    BUCKINGHAM HOUSE, HOGAR DE JORGE III

    “El príncipe Jorge rompió a llorar, pero más adelante usaría la escena en contra de su padre. El fiel hijo se deleitaba en rememorar la escena ante los más variados públicos, imitando maliciosamente el loco comportamiento de su padre. Y no era ningún secreto su deseo de que lo encerraran en algún sanatorio, para que él pudiera ocupar su puesto”.

    Michael Farquhar

    Jorge IV tuvo una sola hija de su desgraciado matrimonio. La princesa Carlota fue una joven divertida y caprichosa que mantuvo un par de romances que la enfrentaron a su padre. Al viejo y arruinado rey Jorge le molestaba saber que su propia hija había heredado los mismos defectos que tenía su madre, Carolina, a la que él tan amargamente detestaba.

    La princesa Carlota murió durante su primer parto en 1819 y esta tragedia desembocó en la coronación de su prima, la reina Victoria. Siguiendo la costumbre familiar, la reina más poderosa de su tiempo se enfrentó amargamente a su hijo mayor Eduardo, príncipe de Gales, a quien consideraba ocioso, mujeriego, infame y a quien llegó a acusar por la muerte de su amado esposo, el virtuoso príncipe Alberto.

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  • En qué consiste la tercera investigación judicial contra Juan Carlos I de España

    Una tercera investigación contra el ex monarca y hoy rey emérito fue abierta este viernes por blanqueo de capitales por la fiscalía española.

    El rey emérito de España, Juan Carlos I, es objeto de una tercera investigación judicial vinculada a un presunto blanqueo de capitales, anunció la justicia este viernes, dos días después de conocerse otra pesquisa contra el exmonarca exiliado desde agosto. Existe “una tercera investigación sobre el aforado, iniciada como consecuencia de un informe del servicio de prevención del blanqueo de capitales (SEPLAC)”, indicó este viernes a la prensa la fiscalía general del Estado.

    Las pesquisas las asumirá el Tribunal Supremo, el único habilitado para juzgar al antiguo monarca, añadió la fiscalía general, sin dar detalles sobre el contenido de la investigación ni los motivos de sospecha, según informó la agencia española Efe.

    Esta misma semana se conoció la existencia de otra investigación sobre Juan Carlos I por el posible uso de cuentas bancarias a nombre de terceros que se abrió en secreto a finales de 2019 por la fiscalía anticorrupción, según reveló un periódico digital español.

    La fiscalía anticorrupción abrió discretamente esta investigación a finales de 2019 pero hasta ahora no se había conocido su existencia. Según fuentes jurídicas citadas por eldiario.es, está centrada en cuentas bancarias a nombre de un empresario mexicano y un oficial del Ejército del Aire español. El objetivo es conocer el origen de estos fondos y saber si el antiguo monarca hizo uso de ellos, confirmaron esas fuentes tras la publicación.

    Además, desde junio, el Tribunal Supremo investiga el presunto cobro de comisiones por parte del rey emérito vinculadas a la atribución a un consorcio de empresas españolas de un contrato por la construcción de una línea ferroviaria de alta velocidad en Arabia Saudita en 2011.

    Según había explicado el diario suizo La Tribune de Ginebra, Juan Carlos I habría recibido en un banco suizo en 2008 una transferencia de 100 millones de dólares procedentes de la monarquía saudita. La justicia helvética también investiga las cuentas bancarias del monarca, que a principios de agostó se exilió en los Emiratos Árabes para, según sus declaraciones, “facilitar el ejercicio” de funciones de su hijo y heredero Felipe VI.

    Ante el escándalo generado en España, el abogado del rey emérito aseguró días después que su cliente seguía a disposición de la justicia española. Por ley, el jefe de Estado goza de inmunidad durante su ejercicio de funciones por lo que Juan Carlos I solo puede responder por presuntos delitos cometidos después de su abdicación, en junio de 2014.

    En el caso de la segunda investigación, relativa al uso de cuentas bancarias a nombre de terceros, se tratan de hechos cometidos a posteriori por lo que, si se demostrara que el exmonarca utilizó ese dinero de espaldas a la agencia tributaria, podría enfrentarse a acusaciones por blanqueo de capitales. Coronado justo después de la muerte del dictador Francisco Franco (1975), el rey Juan Carlos jugó un papel clave en la transición democrática de España pero su imagen se vio muy dañada en los últimos años por numerosos escándalos.

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