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  • El exilio del rey Juan Carlos I: cinco años en Abu Dhabi y un nuevo capítulo en Portugal

    El 3 de agosto de 2020, Juan Carlos I, rey emérito de España, abandonó su país en medio de un torbellino de controversias financieras y escándalos personales, iniciando un exilio que lo llevó a Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos (EAU). 

    Su marcha, descrita como una decisión “meditada” en una carta dirigida a su hijo, el rey Felipe VI, buscaba “facilitar el ejercicio” de las funciones del monarca reinante frente a las investigaciones judiciales que amenazaban la imagen de la Corona. 

    Cinco años después, el exilio de Juan Carlos de Borbón, de 87 años, se ha transformado en un capítulo definitorio de su vida, marcado por un lujo discreto, añoranza por España y visitas esporádicas al país que lo vio reinar durante casi cuatro décadas. 

    Juan Carlos I en Abu Dhabi: una salida bajo presión

    La partida de Juan Carlos I a Abu Dhabi no fue un capricho, sino una respuesta a una crisis que amenazaba con desestabilizar la monarquía española. En los años previos a 2020, su imagen se deterioró por escándalos como el caso Nóos, que implicó a su hija, la infanta Cristina, y su yerno, Iñaki Urdangarín, y el viaje de caza a Botsuana en 2012, donde se disculpó públicamente con un “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Sin embargo, las investigaciones fiscales fueron el detonante final. 

    La Fiscalía del Tribunal Supremo investigaba el supuesto cobro de una comisión de 65 millones de euros por la construcción del AVE a La Meca, así como el uso de tarjetas de crédito opacas y una cuenta en Jersey con 10 millones de euros. Estas acusaciones, sumadas a la presión del Gobierno de Pedro Sánchez y la necesidad de proteger la Corona, llevaron a su salida, que el diario El País (2020) describió como una operación marcada por el secretismo, con especulaciones iniciales sobre destinos como República Dominicana o Portugal antes de confirmarse su llegada a los EAU.

    En Abu Dhabi, Juan Carlos fue recibido como huésped de honor por Mohammed bin Zayed al Nahyan, gobernante del emirato. Inicialmente se instaló en el lujoso Emirates Palace, pero en 2021 se trasladó a una mansión en la isla de Zaya Nurai como un enclave de 43 hectáreas con playa privada, sauna, sala de cine y piscina climatizada. Esta “exilio dorado” le proporcionó privacidad, pero también aislamiento, con una rutina que, según La Razón, incluía leer prensa española, conversar con abogados y añorar la comida y la vida social de España.

    Los viajes a España: regatas, familia y controversias

    Juan Carlos de Borbón, ex rey de España
    Juan Carlos de Borbón en 2022, en uno de sus doce viajes de regreso a España desde que se mudó a Abu Dhabi.

    Desde su partida, Juan Carlos de Borbón ha regresado a España en 12 ocasiones, principalmente para participar en regatas en Sanxenxo (Galicia) y cumplir con citas médicas en Vitoria. Su primera visita, en mayo de 2022, fue un evento mediático de gran magnitud. El ex rey aterrizó en Vigo en un avión privado desde Abu Dhabi, pasó cuatro días en Sanxenxo navegando en el Bribón y luego visitó el Palacio de la Zarzuela durante 11 horas para reunirse con Felipe VI y la reina Sofía, a quienes no veía desde 2020. 

    La expectación fue enorme, pero su negativa a ofrecer explicaciones públicas, limitándose a un “¿Explicaciones de qué?” ante los periodistas, generó críticas.

    Sus visitas posteriores se normalizaron, aunque no exentas de controversia. En abril de 2023, regresó a Sanxenxo para otra regata, y en junio de ese año viajó a Ginebra para la graduación de su nieta Irene, acompañado por Sofía y sus hijas. También asistió a eventos familiares en Madrid, como la mayoría de edad de la princesa Leonor, y a un funeral en septiembre de 2024. 

    Sus desplazamientos a Sanxenxo, donde se hospeda en la casa de su amigo Pedro Campos, presidente del Club Náutico, se han convertido en una rutina, con el Bribón como protagonista. Sin embargo, el Gobierno de Sánchez mantuvo presión para que estas visitas sean discretas, y Felipe VI ha preferido que su padre no resida permanentemente en España para evitar tensiones institucionales.

    En 2023, Juan Carlos también viajó a Londres para un partido del Real Madrid y a la isla de Wight para el campeonato mundial de vela,, mostrando su interés por mantener su pasión por la náutica. Sus viajes a España, aunque frecuentes, no han incluido un retorno definitivo. Según la prensa española, la casa real le cerró las puertas de La Zarzuela como residencia permanente, lo que lo ha llevado a buscar alternativas más cercanas, como Ginebra, donde alquiló temporalmente un apartamento en 2024 para facilitar visitas de amigos y familiares.

    El traslado del rey Juan Carlos a Portugal y un futuro incierto

    El 9 de junio de 2025, se anunció que Juan Carlos I decidió abandonar Abu Dhabi para establecerse en Portugal, específicamente en Cascais o Estoril, zonas que evocan el exilio de su padre, Juan de Borbón, entre 1946 y 1982. Esta decisión, según El Confidencial Digital, responde a su deseo de estar más cerca de España, facilitar viajes a Sanxenxo y citas médicas en Vitoria, y mitigar la soledad y las limitaciones físicas que enfrenta a sus 88 años. Fuentes cercanas al monarca, citadas por el mismo medio, indican que su salud se ha deteriorado, con una pierna izquierda prácticamente inmóvil, y que teme terminar en silla de ruedas, una imagen que asocia con su madre. Ha explorado tratamientos como fisioterapia robótica, pero su edad limita las opciones.

    El traslado a Portugal no está exento de controversias. Se informó que Felipe VI impuso condiciones, como la retirada de una demanda contra Miguel Ángel Revilla, para no oponerse al cambio. Además, al establecerse en un país de la Unión Europea, Juan Carlos podría enfrentar un mayor escrutinio fiscal sobre su fortuna, un tema que sigue generando debate. El exmonarca está trabajando en sus memorias, tituladas Réconciliation, que abordarán su papel en la Transición democrática y los errores de su reinado.

    Un exilio que redefine un legado

    • Los cinco años de exilio de Juan Carlos I fueron un ejercicio de equilibrio entre la preservación de su legado y la gestión de su controvertida salida.
    • Su decisión de partir en 2020 fue un intento de proteger la Corona, pero también una respuesta a las presiones del Gobierno y la opinión pública.
    • Sus visitas a España, aunque marcadas por su pasión por la vela y el reencuentro familiar, han reavivado el debate sobre su papel en la historia.
    • A sus 88 años, Juan Carlos es visto por algunos como el arquitecto de la democracia española, clave en el 23-F, pero para otros, su figura está manchada por escándalos financieros y personales.

    Artículo original de Monarquias.com

  • Félix de Luxemburgo, el príncipe consorte más discreto del siglo XX

    En el tranquilo castillo de Fischbach, rodeado de los verdes bosques de Luxemburgo, Félix de Borbón-Parma cerró los ojos por última vez el 8 de abril de 1970. Había vivido una vida marcada por el deber y un amor profundo por su esposa, la gran duquesa Carlota, y por el pequeño gran ducado que lo acogió como su primer príncipe consorte. Aunque su nombre no resonó con la misma fuerza que el de consortes reales europeos de su tiempo, como el duque de Edimburgo o Enrique de Dinamarca, la vida de este príncipe nacido en el exilio encontró su lugar en la historia de un país que lo abrazó como propio.

    Félix de Borbón-Parma, una infancia en el exilio

    Félix Marie Vincent nació el 28 de septiembre de 1893 en Schwarzau am Steinfeld, un rincón austrohúngaro donde su familia, los Borbón-Parma, vivía en el exilio. Su padre, Roberto I, el último duque reinante de Parma, había perdido su ducado en 1860, y su madre, María Antonia de Braganza, infanta de Portugal, trajo consigo una herencia real portuguesa. Félix fue el sexto de los doce hijos de esta unión, y uno de los 24 que Roberto tuvo en total, incluyendo los doce de su primer matrimonio con María Pía de las Dos Sicilias. Según el sitio oficial de la Corte Gran Ducal de Luxemburgo, la familia vivía entre propiedades en Austria, Francia e Italia, criando a sus hijos en un ambiente cosmopolita donde se hablaba italiano, francés, portugués, inglés, alemán y español.

    La infancia de Félix estuvo marcada por una educación rigurosa y multilingüe. A los diez años, fue enviado al colegio jesuita Stella Matutina en Feldkirch, Austria, y continuó sus estudios en Brixen y Viena, culminando con su certificado de Matura en Mödling, Baja Austria, en 1913. Tras la muerte de su padre en 1907, Félix creció bajo la influencia de su madre y sus numerosos hermanos, entre ellos Zita, quien más tarde se convertiría en la última emperatriz de Austria. Esta conexión con la realeza europea lo situó en el centro de un complejo entramado dinástico, aunque su familia carecía de un trono propio.

    Juventud en tiempos de guerra y un matrimonio muy conveniente

    Félix de Luxemburgo
    Félix de Luxemburgo (Foto: Corte Gran Ducal)

    La juventud de Félix coincidió con la agitación de la Primera Guerra Mundial. Mientras sus hermanos se dividían entre los ejércitos austrohúngaro y belga, Félix sirvió como teniente en el ejército austrohúngaro. Sin embargo, su lealtad a Luxemburgo, el país de su futura esposa, ya estaba en su horizonte. Su relación con Carlota, su prima hermana e hija de la gran duquesa María Ana, comenzó a fraguarse en 1911, durante la boda de su hermana Zita con el archiduque Carlos de Austria. Aunque las tensiones políticas de la guerra complicaron su compromiso —Luxemburgo estaba resentido por las simpatías proalemanas de la hermana de Carlota, María Adelaida—, Félix y Carlota se mantuvieron firmes. Su negativa a combatir contra las tropas francesas ayudó a mitigar las críticas hacia su matrimonio, que algunos veían con recelo por sus lazos con las potencias del Eje.

    El 6 de noviembre de 1919, Félix y Carlota se casaron en Luxemburgo, un día después de que él fuera naturalizado luxemburgués y recibiera el título de príncipe de Luxemburgo por decreto gran ducal. La boda tuvo lugar en la catedral de Notre-Dame, oficiada por el nuncio papal Sebastiano Nicotra, con los hermanos de Félix, Sixto y Xavier, como testigos. Aunque la recepción en el Palacio Gran Ducal fue cálida, con la pareja saludando desde el balcón a una multitud de simpatizantes, el ambiente estaba cargado por los recuerdos de la ocupación alemana. Sin embargo, el matrimonio no solo fue un asunto de Estado, sino también de amor, que destacan la cercanía entre Félix y Carlota, consolidada tras años de conocerse como primos y aliados.

    Un príncipe consorte leal y activo, pero discreto

    Félix de Luxemburgo
    Félix de Luxemburgo (Foto: Corte Gran Ducal)

    Como príncipe consorte, Félix se convirtió en un pilar de apoyo para Carlota durante su reinado, que abarcó desde 1919 hasta su abdicación en 1964. Su papel no se limitó a ser la sombra de la gran duquesa; Félix asumió responsabilidades significativas. Fue presidente de la Cruz Roja de Luxemburgo entre 1923 y 1932, y nuevamente de 1947 a 1969, demostrando un compromiso constante con el bienestar de su país adoptivo. También sirvió como coronel de la Compañía de Voluntarios de Luxemburgo desde 1920 y como inspector general del ejército luxemburgués entre 1945 y 1967.

    Durante la Segunda Guerra Mundial, Félix demostró su valentía y dedicación. Cuando la familia gran ducal huyó de Luxemburgo ante la invasión nazi en mayo de 1940, Félix acompañó a Carlota y sus seis hijos —Juan, Isabel, María Adelaida, María Gabriela, Carlos y Alix— a través de Francia, España y Portugal, hasta refugiarse en Canadá y luego en Londres. En 1942, se unió al ejército británico como voluntario, sirviendo en el Comando Norte, y en 1944 lideró la misión militar luxemburguesa en el Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas. Su participación en la liberación de Luxemburgo el 10 de septiembre de 1944 y su apoyo durante la Batalla de las Ardenas lo convirtieron en un símbolo de resistencia, según el sitio oficial de la monarquía luxemburguesa.

    Félix de Luxemburgo
    Félix de Luxemburgo (Foto: Corte Gran Ducal)

    Félix y Carlota tuvieron seis hijos, incluyendo a Juan (1921-2019), quien sucedería a su madre como gran duque en 1964. La familia, descrita por la Corte Gran Ducal como unida y comprometida, se instaló en el castillo de Fischbach tras la abdicación de Carlota. En 1969, la pareja celebró sus bodas de oro, un evento que, según la monarquía, movilizó a todo Luxemburgo en un homenaje a dos figuras emblemáticas. Félix, siempre discreto, fue recordado como un servidor fiel del país y de la dinastía.

    Tras su muerte en 1970, Félix fue sepultado en la cripta real de la catedral de Notre-Dame. Su vida, marcada por el exilio, la guerra y el deber, refleja la de un hombre que, sin buscar el protagonismo, dejó una huella imborrable en Luxemburgo. Félix no solo fue el primer consorte masculino del Gran Ducado, sino también el más longevo, sirviendo durante 45 años junto a Carlota.

    Artículo original de Monarquias.com

  • La historia casi desconocida de “Toria” de Inglaterra, la princesa “desgraciada en amores”

    “Había en la familia real inglesa una princesa soltera de la que se decía, con esa popular frase de la época eduardiana, que había sido ‘desgraciada en amores’. Así es que se convirtió en la clásica tía soltera, y con el tiempo adquirió los atributos de toda solterona clásica, sea princesa o no. Adoraba a la gente joven, los compromisos matrimoniales y las bodas, así como el chisme de cualquier tipo y, sobre todo, el meterse en la vida de los demás”.

    Así presentó en sus memorias el príncipe Cristóbal de Grecia a su prima hermana, la princesa Victoria de Inglaterra, la segunda hija del rey Eduardo VII y la reina Alejandra de Gran Bretaña. La princesa, bautizada como Victoria Alejandra Olga María, nació el 6 de julio de 1868 y, para diferenciarla de su abuela y de su tía, la princesa heredera Victoria de Prusia, fue apodada “Toria”, y así fue llamada durante toda su vida. Sus padrinos de bautizo fueron once, entre los que se encontraba la reina Victoria, el zar de Rusia y la reina Olga de Grecia.

    Toria y sus hermanas, Luisa y Maud pasaron su niñez y adolescencia entre mucha diversión alternada con las visitas a sus primos daneses y griegos y sus tareas escolares, en la finca real de Sandringham, a unos 190 kilómetros de Londres, recibiendo una educación no demasiado buena a cargo de distintos tutores.

    “Madre querida”

    En aquella época, aún no era normal que las niñas estudiaran, y la costumbre popular, dentro de la realeza incluso, era que las mujeres aprendieran a realizar las labores del hogar y se casaran. Sin embargo eso no sucedió con la princesa Toria, que permaneció en el hogar tanto tiempo, en el papel de confidente, acompañante y secretaria de su madre, y nunca vivió, como sus hermanas, los rigores de la vida social.

    Divertida y de humor picante, Toria se hallaba muy sorprendida ante su cuñada May (esposa del futuro rey Jorge V), a quien consideraba enormemente aburrida, pero solía tomarla en broma: “Ahora, trata de hablar con May durante la cena”, le dijo a un invitado con peculiar malicia; y después agregó: “Aunque ya sabe que es terriblemente tediosa”.

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    Toria, joven de cara alargada, delgada e inteligente pero que no había heredado el encanto de su madre, Alix, no tuvo la fortuna de sus hermanas de casarse y tener hijos, lo que sí sucedió con sus hermanas, que se casaron por amor. La princesa no encontró un marido adecuado, y, cumplidos los treinta años, estaba dotada de cierta amargura y tenía tendencia a la crítica, pero la alegría de su madre la había contagiado a ella. Aunque era una princesa, Toria se convirtió en la más simple y sencilla de las hijas de Eduardo VII.

    A medida que sus hermanos fueron casándose y yéndose del hogar real, el control que la posesiva “Madre querida” Alejandra ejerció Toria se volvió aún más estricto, a tal punto que la reina Victoria se quejó: “Si alguien tiene derecho a ofenderse, esa persona soy yo: Victoria y Maud nunca tienen permiso para visitarme, cuando todos mis otros nietos vienen y se quedan conmigo. Creo que es algo muy cruel y, sobre todo, muy egoísta”.

    “Podríamos haber sido tan felices juntos”

    El destino de las princesas solteras de Gales preocupaba enormemente a su abuela y a su tía Vicky (reina de Prusia y empeatriz de Alemania), quien llegó a decir: “No puedo entender que no se hayan casado; serían tan adorables como esposas”. Y en otra ocasión expresó su cariño hacia Toria y Maud expresando que eran tan “elegantes”, “naturales”, “simpáticas”, “alegres” e “inteligentes”. Para cuando Luisa y Maud hubieron contraído matrimonio, Toria era una joven poco agraciada de gruesos párpados y dientes muy espaciados; se veía reprimida socialmente por su madre, que sin quererlo ahogaba a la joven y estorbaba los progresos de sus pretendientes.

    Luisa “fue la primera en casarse, con el conde de Fife, dieciocho años mayor que ella, que había llevado una vida bastante disoluta en sus tiempos y ahora había recibido el título de duque. Él se había consagrado a la administración de su extenso dominio escocés por la época del matrimonio, y Luisa se dedicó a la pesca del salmón y llegó a ser una notable experta en la materia, aunque, en general, no hizo mucho más que eso”. A Toria causó mucha tristeza que su otra hermana, Maud, se fuera a Dinamarca tras casarse con el príncipe Carl (futuro rey Haakon VII de Noruega) y Maud compadecía a Toria por encontrarse a entera disposición de sus padres. Cada vez que regresaba a Copenhague, Maud admitía que le preocupaba dejar “sola de nuevo” a Toria “ya que su vida no es fácil”.

    “La reina Victoria creía que Alix tenía una actitud posesiva hasta el egoísmo, y se quejó de ello a Bertie, quien replicó que sus hijas ‘no mostraban inclinación al matrimonio’ (…) A semejanza de la reina Victoria, Alix deseaba retener en el hogar a una de sus hijas en el papel de acompañante, confidente y ayudante general”, relató el historiador Richard Hough.

    “Toria permanecía junto a Alix, cumpliendo diligencias que no siempre eran necesarias y que Alix a veces olvidaba antes de que su hija hubiese regresado. Había indudable afecto entre la madre y la hija, pero ese régimen implicaba malgastar terriblemente la vida de Toria. Era la más inteligente de las tres niñas y deseaba vivamente casarse y tener hijos. Hubo tres hombres con quienes ella había deseado casarse, pero dos eran plebeyos y fueron excluidos severamente por Alix. El tercero fue Lord Rosebery, un político liberal sumamente rico que durante un breve período desempeñó a la función de primer ministro. Enviudó pronto y habría deseado casarse con Toria. ‘Podríamos haber sido tan felices juntos’, se lamentaba Toria, pero no pudo ser. Años después se convirtió en una mujer irritable y a menudo enferma”.

    Su muerte afectó mucho al rey Jorge V

    Incluso después de la muerte de la reina Alejandra, en 1925, Toria estaba tan abroquelada en sus costumbres que permaneció soltera, muy querida por su hermano Jorge V y sus sobrinos, pero solitaria y recluida tras los muros emocionales que ella no había levantado.

    “Aunt Toria”, escribió el duque de Windsor, “había dedicado toda su vida a su madre, tal vez sacrificando la propia. Si lo lamentaba, se lo callaba, y siempre nos animaba a divertirnos”. El rey ayudó a su hermana acomodándola en una austera finca en Iver, cerca del castillo de Windsor, donde vivió discretamente, cuidando de su jardín, escuchando música y paseando hasta el pueblo y manteniendo una relación amigables con los comerciantes y los aldeanos.

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    Siempre había existido un afecto espontáneo y un humor sincero entre Toria y el rey Jorge, que solía partirse de risa recordando una graciosa anécdota que le contaba una y otra vez la princesa Toria: llamando ella por teléfono al palacio de Buckingham preguntó “¿Eres tú, viejo tonto?”. La operadora del palacio todavía no había logrado conectarla a la línea del rey y respondió maquinariamente: “No, su alteza real, su majestad aún no está al teléfono”. Durante muchos años el rey comenzaba su día a las 9.30 de la mañana llamándola por teléfono y ambos compartían las novedades.

    Acostumbrado a ello, el silencio que siguió a su muerte fue abrumador para el viejo Jorge. Para cuando murió la princesa Luisa, en 1931, Victoria no era sólo la hermana favorita del rey Jorge, sino también su mejor amiga. El 3 de diciembre de 1935 le informaron al rey que su hermana había fallecido en su residencia de Buckinghamshire y esa tarde no pudo presidir la solemne apertura del Parlamento. “La pena de mi padre fue tan grande que no pudo avenirse a dejarse ver por las muchedumbres londinenses y tuvo que suspenderse la ceremonia oficial. Ya no volvió a aparecer en público…”.

    Victoria, la última princesa de ese nombre en la monarquía inglesa, fue sepultada en el Cementerio Real de Frogmore, en el Gran Parque, a unos 800 metros del castillo de Windsor. “Cómo la echaré de menos… –anotó el rey Jorge en su diario— extrañaré muchísimo nuestras charlas diarias por teléfono”.

    Darío Silva D’Andrea

  • La popular princesa Aiko nunca será emperatriz, pero ocho mujeres reinaron antes en Japón

    Pese a que actualmente rige la Ley Sálica, que prohíbe el acceso de las mujeres al trono, Japón tuvo ocho emperatrices a lo largo de su milenaria historia. Suiko, la primera mujer que fue emperatriz, fue coronada en el año 593, pero ninguna de sus sucesoras transmitieron sus derechos al trono a sus hijos. La última emperatriz regente fue Go-Sakuramachi, quien abdicó en 1771 y no dejó la corona a su propia descendencia, sino a su sobrino.

    Actualmente, de acuerdo a la ley de la casa imperial de 1947, las hijas, nietas o sobrinas de emperadores pierden su estatus y pasan a ser “plebeyas” cuando contraen matrimonio. Ya tampoco pueden convertirse en emperatrices, lo que significa que la princesa Aiko, hija de los emperadores Naruhito y Masako, jamás podrá sentarse en el Trono del Crisantemo.

    Bajo el gobierno de Junichiro Koizumi, en diciembre de 2004, se creó el “Comité de Expertos sobre la Ley de la Casa Imperial” para debatir sobre el futuro de las sucesiones al Trono del Crisantemo. El problema era que ningún varón había nacido en la Familia Imperial desde hacía 40 años, y la siguiente generación del príncipe heredero (el actual emperador Naruhito) no tenía un hijo varón que pudiera ascender al trono.

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    En el informe final, elaborado en noviembre de 2005 tras casi un año de deliberaciones, el comité propuso una política que permitiera a las mujeres y a sus hijos suceder en el trono. Más tarde, en febrero de 2006, se anunció que la princesa Kiko estaba embarazada, y en septiembre de 2006 nació el príncipe Hisahito, el primer varón de la dinastía después de cuatro décadas. Finalmente, el gobierno archivó la propuesta del comité para enmendar la Ley de la Casa Imperial, pero pasaron 14 años, y la generación que sucederá a Hisahito aún plantea una seria incógnita.

    La Ley Especial de la Casa Imperial, que fue promulgada en junio de 2017 con el fin de permitir la abdicación del emperador Akihito, sugiere al Gobierno que considere la “sucesión estable al Trono Imperial” a través de una resolución. La Ley estipula que “el Trono será ocupado por un varón del linaje paterno”, es decir, sólo los varones cuyo padre sea emperador se convertirán en emperadores. Esto significa que solo tres miembros de la actual familia imperial son elegibles para suceder al trono (el Príncipe Heredero Akishino, su hijo Hisahito y su tío, el octogenario príncipe Hitachi), con lo cual el futuro de la monarquía peligra dramáticamente.

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    Si el sistema actual se mantiene y el príncipe Hisahito asciende al trono en el futuro, llevará la pesada responsabilidad de tener hijos varones que aseguren estabilidad a la sucesión, un dilema en el que es el país con menor tasa de natalidad del planeta. En el pasado no existía la y hubo diez mujeres que ejercieron como emperatrices regentes que gobernaron en nombre de sus padres, hijos o consortes.

    Todas ellas fueron descendientes de emperadores y dos de ellas ascendieron al trono en dos ocasiones cada una:

    Emperatriz Suiko: Hija del emperador Kinmei y la emperatriz consorte del emperador Bidatsu. Las tensiones políticas se intensificaron después del asesinato del 32.º emperador, Sushun, a manos de un aristócrata de Soga-no-Umako, que ostentaba el poder en la Corte Imperial. Había varios sucesores masculinos potenciales, era difícil organizar la situación teniendo en cuenta también las intenciones del clan Soga. Se cree que el acceso al trono de la emperatriz Suiko, cuya madre era miembro del clan Soga, tenía por objeto mejorar la relación entre la familia imperial y dicho clan para alcanzar la estabilidad política. Fue sucedida por el emperador Jomei.

    Emperatriz Kogyoku: Fue bisnieta del emperador Bidatsu y la emperatriz consorte del emperador Jomei. Después de la muerte de su marido, no fue fácil elegir un sucesor de nuevo debido a las intenciones políticas del clan Soga, por lo que Kogyoku ascendió al trono como emperatriz. Fue sucedida por su hermano, Kotoku, pero volvió a ocupar el trono (con el nombre de Saimei) después de la muerte del emperador mientras se solucionaba una rivalidad familiar. Cuando murió, tenía el título de Emperatriz Abuela.

    Emperatriz Jito: Hija del emperador Tenji consorte del emperador Tenmu. El príncipe Kusakabe, hijo que engendró con su esposo, era un sucesor viable, pero el príncipe Otsu, hijo de otra mujer, también fue considerado un poderoso sucesor. Hubo un conflicto concerniente a los dos en la Corte Imperial, y no fue fácil determinar el sucesor. El fallecimiento de Kusakabe propició la entronización de Jjito para que pudiera suceder al trono su nieto el príncipe Karu, que era un niño pequeño en ese momento.

    Emperatriz Genmei: Hija del emperador Tenji y hermanastra de la emperatriz Jito. Cuando murió su hijo el emperador Monmu, el príncipe imperial Obito (más tarde el emperador Shōmu), tenía sólo 7 años. Debido a su edad era difícil que ascendiera al trono rápidamente, de modo que fue entronizada como regente.

    Emperatriz Gensho: Hija de la emperatriz Genmei, y hermana del emperador Monmu, sucedió en el trono a su madre y se convirtió en la segunda emperatriz regente sucesiva. Su madre expresó su intención de abdicar por motivos de declive mental y corporal nueve años después de la entronización. Sin embargo, como en ese momento el príncipe heredero Obito tenía solo 15 años y la nobleza resistía la entronización de un niño, Gensho se convirtió en emperatriz regente.

    Emperatriz Koken: Hija del emperador Shomu, cuando su hermanastro falleció prematuramente ella se convierte en la primera princesa heredera y más tarde ascendió al trono. Es la única Princesa Heredera en la historia de Japón que ascendió al trono desde esa posición. Cuando su hijo, el emperador Junninm fue destronado, la emperatriz emérita Koken ascendió al trono de nuevo con el nombre de Shotoku.

    Emperatriz Meisho: Hija del emperador Go-Mizunoo, quien abdicó el trono debido a las fricciones entre el shogunato Tokugawa y la Corte Imperial. Como todos los hijos del emperador Go-Mizunoo murieron prematuramente, no pudo ser sucedido por un varón de linaje masculino y su hija Meisho ascendió al trono como regente de su hermano, el príncipe Tsuguhito (más tarde, emperador Go-Komyo), nacido posteriormente a la abdicación del padre. Meisho reinó como regente hasta que su hermano pequeño cumplió 11 años.

    Emperatriz Go-Sakuramachi: Hija del emperador Sakuramachi. El Príncipe Heredero Hidehito (futuro emperador Go-Momozono) tenía cinco años cuando falleció el emperador Momozono (hermanastro de Go-Sakuramachi). Como era difícil que el príncipe accediese al trono inmediatamente, asumió el trono para darle continuidad. Reinó hasta que Hidehito cumplió 13 años, cuando abdicó el trono. Fue la última mujer que reinó en Japón y murió en 1813.

  • La muerte de un príncipe niño que cambió el destino de la monarquía belga

    La muerte del pequeño príncipe Leopoldo de Bélgica a edad temprana, en 1869, trastornó los destinos de la joven monarquía de su país. Era el único hijo varón del rey Leopoldo II y, como tal, estaba destinado a convertirse en el tercer rey de los belgas.

    El príncipe Leopoldo, Leopold Ferdinand Elias Victor Albert Maria, nació el 12 de junio de 1859 en el Castillo de Laeken y era el segundo hijo del príncipe Leopoldo, el hijo mayor de Leopoldo I, y la archiduquesa María Enriqueta de Austria. A través de su padre, el príncipe era bisnieto de Luis Felipe de Orleáns, último rey de Francia, mientras por el lado materno era bisnieto del sacro emperador Leopoldo II.

    La alegría de los belgas y la familia real fue grande, ya que hasta entonces la pareja de príncipes herederos había tenido solo una hija, la princesa Luisa.

    El niño fue bautizado como su padre y su abuelo, pero también recibió otros nombres de importancia como Fernando, en honor al rey Fernando II de Portugal, su padrino; Elias, la abreviatura de Elisabeth de Austria, hermana y madrina de su madre; Víctor en homenaje a la reina Victoria de Inglaterra, prima del niño, y Alberto, por el marido de la reina británica y también emparentado con la familia real belga por ser un príncipe de Sajonia-Coburgo-Gotha.

    LEOPOLDO II DE BÉLGICA Y SU ESPOSA MARÍA ENRIQUETA DE AUSTRIA

    Además de los nombres, el príncipe Leopoldo recibió el título de Conde de Hainaut al momento de su nacimiento y, en 1865, cuando su padre ascendió al trono, se convirtió en el Duque de Brabante, correspondiente al heredero del trono belga, a la edad de cuatro años.

    Según los historiadores, el duque de Brabante fue un niño alegre pese a la desgracia que era el matrimonio de sus padres, pero su salud nunca fue buena. En 1864 Leopoldo y María Enriqueta fueron padres por tercera vez, de una niña a la que bautizaron Estefanía y sería, mucho después, consorte del trágico archiduque Rodolfo de Austria, quien se suicidó en 1889.

    En 1868, el duque de Brabante cayó en un estanque de agua ubicado en el parque de Laeken. Afortunadamente fue rescatado a tiempo pero el enfriamiento le causó neumonía. Pese a que Leopoldo II luchó por conseguir la mejor atención médica posible, el estado de salud del niño empeoró hasta que murió, por complicaciones cardíacas, el el 22 de enero de 1869.

    MUERTE DE LEOPOLDO, DUQUE DE BRABANTE

    El heredero del trono no tenía más de 9 años. Leopoldo II quedó terriblemente devastado por la muerte de su único heredero y lloró públicamente en los funerales reales. La reina María Enriqueta, quien en 1871 logró dar a luz a una tercera hija, la princesa Clementina, fue culpada por Leopoldo II por la muerte de su hijo y el matrimonio comenzó a derrumbarse.

    La falta de heredero directo constituyó uno de los más amargos pesares de Leopoldo II, quien trasladó su cariño y sus esperanzas dinásticas a su inteligente y apuesto sobrino el príncipe Balduino, hijo de Felipe, conde de Flandes. Las esperanzas, sin embargo, se vieron marchitas cuando el propio príncipe murió a los 21 años, víctima de la influenza, aunque algunos aseguran que murió abatido en un duelo con un marido celoso.

    El conde de Flandes y su esposa, María de Hohenzollern, afortunadamente tenían dos hijas, Josefina y Antonieta -que llegaron a ser, respectivamente, duquesa de Vedome y princesa de Hohenzollern por matrimonio- y un segundo hijo, Alberto. El conde de Flandes, que era sordo, renunció voluntariamente a todos sus derechos sucesorios al trono, por el cual no sentían ninguna ambición, y Leopoldo II fue finalmente sucedido por su sobrino, el rey Alberto I.

  • La tragedia de aviación que marcó la vida del rey Carlos XVI Gustavo de Suecia

    Darío Silva D’Andrea, editor de MONARQUIAS.COM

    En el castillo de Haga, la princesa Sibylla y sus cinco pequeños hijos esperaron despiertos toda la noche la llegada del padre pero, en su lugar, llegó la reina Luisa, quien mandó a los niños a sus dormitorios para darle la noticia a la princesa Sibylla. A la mañana siguiente, el lunes 27 de enero, los pequeños príncipes se enteraron de la noticia que ya se había extendido por todo el país: su padre estaba muerto al estrellarse su avión en las cercanías del aeropuerto de Kastrup, al igual que el resto de los pasajeros.

    “Fue un gran impacto”, dijo el conde Carl Johan Bernadotte, hermano de Gustavo Adolfo, muchas décadas después.

    Carl Johan era el menor de los cinco hermanos y se había mudado a Nueva York dos años antes del terrible accidente. Cuando se casó con la periodista semanal sueca Kerstin Wijkmark, perdió su título principesco y fue expulsado del Palacio. Se enteró de la muerte de su hermano mientras jugaba golf en Nueva York. “Fue horrible. Por lo que tengo entendido, todo fue completamente innecesario. Alguien se había olvidado de quitar el bloqueo del timón e hizo que el avión se elevara y luego se hundiera directamente en el suelo”, relató.

    Fue el embajador sueco en Copenhague, Gustaf von Dardel, quien identificó los restos del príncipe con la ayuda de un pañuelo, tres tarjetas de visita de acero y una caja de pastillas para la garganta. La reina Ingrid de Dinamarca y el príncipe Sigvard, hermanos del fallecido Gustavo Adolfo, vivían en Copenhague y acompañaron el ataúd desde el Instituto de Medicina Forense a la Iglesia Sueca en la capital danesa antes de que el cuerpo fuera enviado a Malmö a bordo de crucero “Oscar II”.

    Gustavo Adolfo y su ayudante, el conde Albert Stenbock, habían viajado en tren a los Países Bajos el jueves 23 de enero. El viernes fueron a cazar jabalíes y ciervos por invitación del príncipe Bernardo de Holanda en los campos alrededor de Soestdijk, el castillo rural de la familia real holandesa cerca de Utrecht. En 2011, la prensa sueca reveló cartas hasta entonces desconocidas en los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores que mostraban que el príncipe, por pura cortesía hacia sus anfitriones, eligió el avión de la aerolínea holandesa KLM.

    Una carta, escrita al día siguiente del accidente por el embajador sueco Joen Lagerberg al canciller Östen Undén, relata su último encuentro con el príncipe. La carta, fechada el 27 de enero, dice que la noche del 24 se ofreció a Gustavo Adolfo una cena en la residencia de la reina Guillermina en Amsterdam. “Simplemente no quería ser grosero con la gente anfitriona”, escribió Lagerberg. El domingo, el embajador y el príncipe se habían vuelto a encontrar en el aeropuerto de Schiphol, donde príncipe compró regalos para su esposa y sus hijos.

    “Negligencia humana”

    El mismo día, Lagerberg envió una carta menos formal al ministro de Relaciones Exteriores sueco, Sven Grafström, que aborda la cuestión de por qué el príncipe voló con la empresa holandesa KLM y no con la sueca ABA, lo que debería haber sido natural. El embajador escribe que el propio príncipe le había explicado que el avión de ABA despegó tan temprano en la mañana que tendría que levantarse “en medio de la noche y por lo tanto causaría a sus anfitriones un problema innecesario en su opinión”. Simplemente no quería ser grosero y despertar a los anfitriones demasiado pronto, por lo que tomó el último avión de KLM con escala en Kastrup, Copenhague.

    “Las cartas refuerzan la tragedia del accidente. Todo dependía del factor humano”, reflexionaría Carl Johan Bernadotte. Ese cambio de planes resultó ser una decisión que cambió toda la historia de Suecia. Con la muerte de Gustavo Adolfo, que era el segundo en la línea sucesoria al trono, se alteró dramáticamente el orden sucesorio y el único hijo varón del difunto príncipe, es decir, el actual rey, que tenía solo ocho meses cuando el avión se estrelló, ocupó su lugar. Tres años más tarde, Gustavo V murió y dejó el trono a Gustavo VI Adolfo, padre del trágico Gustavo Adolfo. El pequeño Carlos Gustavo se convirtió en heredero del trono a la edad de cuatro años.

    Los archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores sueco conservan una copia de la investigación danesa del accidente, que consistía en un resumen taquigráfico de 110 páginas de las investigaciones realizadas por el juez Baerentsen. Se afirma simplemente que la negligencia humana estuvo detrás del accidente. El avión, un DC-3, hizo escala a las 14.55 en Kastrup. Debido a las fuertes ráfagas, se instaló un bloqueo de timón externo, a pesar de la breve escala. Una de las cuñas se olvidó, lo que hizo que el avión fuera inmanejable. Cuando el DC-3 despegó, se elevó incontrolablemente en un ángulo pronunciado para finalmente colisionar con el suelo a las 15:23. Las 22 personas a bordo murieron en la explosión.

    La vida que el príncipe Gustavo Adolfo y su esposa, Sibylla de Sajonia-Coburgo (bisnieta de la reina Victoria de Inglaterra) habían creado en el Castillo de Haga desapareció de repente. “Sibylla era en realidad una persona bastante feliz antes, pero quedó muy sola después de la muerte de su esposo”, dijo el conde Bernadotte. Su esposo, que sufría de dislexia durante la escuela, no temía en absoluto la actividad física. Era un oficial entrenado en Karlberg, pertenecía a la élite sueca en esgrima y realizaba carrera de obstáculos. Además, fue campeón múltiple de sable y fue miembro del equipo olímpico sueco en 1936, un tirador habilidoso y muy activo en el movimiento scout. “Amaba los deportes y la vida al aire libre, al igual que el rey. La caza era uno de sus mayores intereses, recordó su hermano.

    Un funeral multitudinario

    El entierro se realizó en la Gran Iglesia de Estocolmo el 4 de febrero de 1947, con más de 100.000 dolientes apostados en silencio en las calles de la ciudad. El entierro tuvo lugar luego en el Cementerio Real de Haga, muy cerca de la residencia que Gustavo Adolfo y Sibylla habían convertido en su hogar. Las princesas Margarita, Birgitta y Désirée acompañaron a su enlutada madre al funeral, pero los más pequeños de la familia, Christina y Carlos Gustavo, quedaron al cuidado de la niñera en el castillo.

    Cuando el rey Carlos Gustavo pronunció su discurso después del desastre del tsunami de 2005 en el Sudeste Asiático, fue la primera vez que expresó el dolor por su padre en público. Nunca llegó a conocer a su padre y, durante toda su infancia, la estricta corte sueca prohibió a cualquier persona que se hablara de su fallecido padre en su presencia. Lo que pocos recuerdan hoy es que el padre del actual rey, y sus hermanos habían pasado por el mismo trauma: su madre, la princesa Margarita, murió de manera completamente inesperada cuando eran niños. Entonces estaba embarazada de ocho meses. “Fue un golpe increíble para mi padre, pero nadie debía hablar de eso. Mi padre nunca habló de mi madre”, recordó Carl Johan.

  • Por qué los primos de Isabel II se titulan “príncipe y princesa Michael de Kent”

    El príncipe Michael de Kent, de 79 años, es miembro de la familia real británica y hermano menor del duque de Kent. También es primo hermano de la reina Isabel II, ya que ambos son nietos del rey Jorge V (1910-1936) y de la reina María.

    El príncipe era el séptimo en la línea de sucesión al trono cuando nació, pero ahora ocupa el puesto 47. Sus padres son el príncipe Jorge, duque de Kent, hermano menor de los reyes Eduardo VIII y Jorge VI, y la princesa Marina de Grecia y Dinamarca, por lo cual tanto Michael como sus hermanos Eduardo y Alejandra son los miembros de la Casa Real con más “sangre azul”.

    El príncipe Michael nació en 1942, pocos meses antes de que su padre falleciera joven en un accidente de aviación. Se casó con la baronesa Marie Christine von Reibnitz, ahora conocida como la princesa Michael de Kent, en 1978 y tienen dos hijos, Lord Frederick Windsor y Lady Gabriella Kingston.

    Pero es interesante notar que el príncipe Michael es llamado oficialmente “príncipe Michael de Kent” mientras su hermano mayor, el príncipe Eduardo, tiene el título de Duque de Kent.

    El sitio web del príncipe Michael de Kent explica: “En la familia real británica, el hijo de un monarca es un príncipe real y se le otorga el título de duque al momento de su matrimonio. El padre del príncipe Michael, el príncipe Jorge, fue nombrado duque de Kent cuando se casó con la princesa Marina de Grecia, la madre del príncipe Michael (en 1934). El título de duque de Kent fue heredado por el hermano mayor del príncipe Michael. Si sus padres hubieran tenido más hijos, también habrían tenido el título de Príncipe, ya que solo el mayor hereda el título ducal”.

    La costumbre de otorgar títulos ducales a los hijos varones de los monarcas es inmemorial, pero mientras el hijo mayor de esos duques hereda el título ducal, sus hermanos son conocidos con el patronímico familiar. Ejemplo de ello son Jorge, Carlota y Luis, los hijos del duque de Cambridge, quienes son oficialmente conocidos como el príncipe Jorge de Cambridge, la princesa Carlota de Cambridge y el príncipe Luis de Cambridge. Las hijas del duque de York son conocidas como la princesa Beatriz de York y la princesa Eugenia de York. Lo mismo sucedió con el príncipe Michael y su hermana, conocidos como Michael de Kent y Alejandra de Kent.

    Pero, ¿por qué la esposa del príncipe Michael es conocida como Princesa Michael aunque su nombre es Marie-Christine? Según la tradición vigente en Gran Bretaña, las mujeres adoptan títulos, apellidos y nombres de sus esposos en el momento de la boda. En el caso de que los hombres de la familia real tengan un título, sus esposas la adoptan: la esposa del duque de Cambridge es conocida como duquesa de Cambridge, y la esposa del duque de Kent es conocida como la duquesa de Kent. En ese sentido, la esposa del príncipe Michael adoptó el nombre y el título del príncipe Michael de Kent, pasando a ser llamada oficialmente Princesa Michael de Kent. Anteriormente, otra mujer de la familia real que adoptó el nombre de su marido fue la princesa Helena, hija de la reina Victoria, quien tras casarse con el príncipe Christian de Schleswig-Holstein pasó a ser llamada Princesa Christian de Schleswig-Holstein.

    ¿Qué función cumplen los príncipes Michael?

    El príncipe Michael no es un miembro trabajador de la familia real, pero reside con su esposa en el Palacio de Kensington, donde también viven los duques de Cambridge, el duque y la duquesa de Gloucester, y el duque y la duquesa de Kent. A los 78 años dirige su propio negocio de consultoría, es un traductor de ruso calificado y realiza diversos trabajos comerciales en todo el mundo. Sin embargo, el Príncipe Michael todavía representa ocasionalmente a la reina Isabel II en algunas funciones reales. Su sitio web explica: “Aunque no están clasificados como ‘oficiales’, el Príncipe y la Princesa Michael llevan a cabo una gran cantidad de compromisos públicos y caritativos cada año, tanto en el Reino Unido como en el extranjero”.

    Los compromisos del príncipe Michael tampoco aparecen en la Circular de la Corte y no reciben ningún financiamiento del contribuyente. Esto se debe a que el príncipe y la princesa Michael de Kent no suelen desempeñar funciones oficiales en nombre de la reina, a diferencia del príncipe Carlos o el príncipe Guillermo, que con frecuencia la sustituyen. “Bajo las reglas de primogenitura, es el hermano mayor del príncipe Michael, el Duque de Kent, quien lleva a cabo deberes oficiales que están incluidos en la Circular de la Corte. La reina ha pedido a la hermana del príncipe Michael, la princesa Alejandra, que asumiera tales funciones debido a la falta de miembros femeninos en la familia durante la década de 1960”.

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  • Hace 463 años murió Isabel de Valois: así fue el doloroso funeral de la reina de España

    Isabel de Valois, reina consorte de España, murió a los veintitrés años tras una breve enfermedad y un parto prematuro el domingo 3 de octubre de 1568 en el Palacio Real de Aranjuez. Dio a luz a una niña que murió pocas horas antes que su madre. El esposo de Isabel, el rey Felipe II de España, estaba a su lado cuando ella falleció y quedó en estado de shock y gran dolor por su muerte. Los íltimos tiempos habían sido particularmente dolorosos para la reina.

    En 1657, Isabel dio a luz a una niña, Catalina, y volvió a quedar embarazada poco después. En ese tiempo, ocurrió algo que afectó mucho a la reina: el 18 de enero de 1568, Felipe encarceló a su hijo Don Carlos, mentalmente inestable, y se le impidió heredar el trono de España. Don Carlos moriría más tarde en cautiverio y, cuando Isabel se enteró de la detención, lloró sinceramente y comentó que Don Carlos nunca había sido más que amable con ella. Ella sufría de depresión por el asunto. Pasó su embarazo relajándose, jugando a las cartas, tejos y tirando dados, disfrutando de las bromas de sus tontos y viendo obras de teatro hasta septiembre de 1568, cuando enfermó y engordó mucho. Se desmayaba con frecuencia, tenía ataques de temblor y tenía debilidad y entumecimiento en el lado izquierdo. No podía dormir y no podía comer.

    Los médicos la desangraron y le aplicaron inyecciones mientras el rey la consolaba. El 3 de octubre de 1568, Isabel y Felipe escucharon misa juntos. Isabel le pidió a Felipe que le prometiera que siempre apoyaría a su hermano el rey Enrique III y que protegería y cuidaría a sus sirvientes. El rey lo prometió. Isabel dijo que siempre había rezado para que él tuviera una larga vida y que hiciera lo mismo cuando ella llegara al cielo, y Felipe se derrumbó. Unas horas más tarde, Isabel dio a luz a una niña. Varias horas después, tanto la reina como su hija estaban muertas.

    El cuerpo de Isabel de Valois fue embalsamado el mismo día y colocado en un ataúd cubierto de terciopelo negro ricamente adornado con los emblemas del rango real. Mientras tanto, la capilla del palacio se cubrió con tela negra bordada con emblemas como los lirios de Valois y las armas y cifrados del rey Felipe. La habitación estaba iluminada con muchas velas encendidas de cera blanca. El catafalco se encontraba ante el altar mayor con cuatro escudos en cada esquina que representaban las armas y los escudos heráldicos de Valois y Habsburgo.

    Durante la tarde, personas con velo y vestidos con largas túnicas de luto llenaron la capilla. Estos no eran actores contratados para la ceremonia, sino verdaderos dolientes. El embajador francés Brantôme afirmó que “nunca la gente había mostrado tanto cariño. El aire se llenó de lamentos y de apasionadas demostraciones de dolor: porque todos sus súbditos miraban a la reina con sentimientos de idolatría, más que con reverencia”. A la ceremonia asistieron todos los caballeros y damas de la casa de la reina, el clero de Madrid, los jefes de las casas religiosas, hombres y mujeres, los embajadores extranjeros, los magistrados de Madrid y el gobernador militar.

    Al caer la noche, la procesión fúnebre recorrió las largas galerías del palacio desde los aposentos de la reina muerta hasta la capilla real. Afuera, las armas tronaron y las campanas repicaron. El cuerpo de la reina fue llevado por cuatro grandes de España y precedido por el alcalde de la reina Don Juan Manrique. Su principal dama de honor, la duquesa de Alba, caminó tras el ataúd vestida con largas túnicas de luto. Luego vino una fila de damas nobles y caballeros.

    El portal de la capilla se abrió de par en par y el féretro fue recibido por el nuncio papal Casteneo y el cardenal Espinosa seguido por el clero de Madrid. Mientras la procesión pasaba hasta el coro, se escuchó el canto del Réquiem. El ataúd se colocó sobre caatafalco y se cubrió con un manto de brocado de oro y se remató con la corona real, manto y cetro y un pequeño vaso de agua bendita.

    Comenzó el oficio del reposo de los muertos. Los sonidos de los sollozos ahogados de las mujeres de la casa de Isabel se escucharon durante los cánticos de los sacerdotes y los sonidos de los lejanos murmullos de las multitudes en la calle y la avenida que conducía al palacio eran audibles. Al final del servicio, el nuncio dio la bendición. Todos salieron de la capilla excepto los que habían sido elegidos para realizar una vigilia por el cadáver.

    QUIÉN FUE ISABEL DE VALOIS. Isabelle (llamada Isabel en España) nació el 2 de abril de 1545 en el palacio real de Fontainebleau y fue la segunda hija del rey Enrique II de Francia y su esposa Catalina de Médicis. Sus hermanos fueron los sucesivos reyes Francisco II, Carlos IX y Enrique III, los últimos monarcas de la dinastía Valois. El tratado de paz de 1559 entre Francia y España se selló con el compromiso de Isabel y el rey Felipe II de España (proporcionando una dote de cuatrocientas mil coronas de oro a la corona española) y de la hermana de Isabel, Margarita, con Emanuel Filiberto de Saboya. Las celebraciones coincidieron con el terrible accidente de Enrique II durante un torneo de justas, que le causaron la muerte tras mucho tiempo de agonía. Felipe no era fiel a Isabel, pero parecían disfrutar de la felicidad doméstica. Quedó embarazada y Felipe comenzó a pasar dos horas al día con ella y le mostró un gran cariño. Él estaba a su lado cuando dio a luz a la infanta Isabel Clara Eugenia el 12 de agosto de 1566. Embarazada en varias oportunidades sin poder proporcionar un heredero varón, la salud de Isabel se deterioró rápidamente.

    La duquesa de Alba, velada con un velo, se sentó en una silla a la cabeza del ataúd vestida de negro. Don Juan Manrique se encontraba al pie del féretro sosteniendo su varita de oficio. Otros miembros de la casa se arrodillaron alrededor de la plataforma. Los soldados del guardaespaldas del rey sostenían antorchas, haciendo guardia dentro de la capilla aún iluminada con numerosas velas.

    En medio de la noche, el rey Felipe entró en la capilla asistido por su medio hermano Don Juan de Austria y sus amigos Ruy Gómez y Don Hernando de Toledo. Avanzó lentamente hacia el féretro, se arrodilló a la cabeza del féretro y permaneció absorto en la oración durante un buen rato con los tres hombres de pie en silencio e inmóviles detrás de él. Nadie traicionó la presencia del rey en la capilla. Finalmente, Felipe se levantó, tomó el aspergillum, roció el ataúd con agua bendita y salió de la capilla. Abandonó el palacio asistido por sus tres compañeros y se dirigió al monasterio de San Gerónimo para rezar y meditar.

    A la mañana siguiente, muchos de los más grandes eruditos, nobles y damas se reunieron en la capilla del palacio para escoltar el cortejo fúnebre hasta el convento carmelita de Las Descalzas Reales, donde Isabel sería enterrada temporalmente hasta que se terminara el mausoleo de El Escorial. El ataúd fue llevado por las calles por los mismos cuatro hombres del día anterior. El palio lo sostuvieron sobre el féretro los duques de Arcos, de Naxara, de Medina de Rioseco y de Osuna. Junto al féretro marchaban los marqueses de Aguilar y de Poza, los condés de Alba, de Liste y de Chinchon.

    Las calles se habían adornado con crespones y banderas negras y muchos espectadores se alineaban en la ruta de la procesión para mirar y derramar lágrimas. En el portal de la iglesia de las Carmelitas, la procesión fue recibida por el nuncio papal Castaneo, Espinosa y Frexnada, obispo de Cuença que había sido elegido para realizar los ritos funerarios. También estuvo presente el arzobispo de Santiago, gran limosnero de España. Detrás de los prelados estaban la abadesa Doña Inez Borgia y las monjas de Descalzas.

    Después de la misa, el ataúd fue depositado en un nicho excavado cerca del altar mayor. Luego, se realizó una parte importante de la ceremonia que era requerida para los soberanos españoles. El cadáver debía ser identificado por ciertos personajes designados por el rey. El obispo de Cuença primero bendijo el sepulcro. La tapa fue levantada por la duquesa de Alba y por Don Juan Manrique. De pie alrededor de la tumba como testigos estaban: el nuncio papal Castaneo, el cardenal Espinosa, el embajador francés de Fourquevaulx, el embajador portugués Don Francisco Pereira, los duques de Osuna, Arcos y Medina, el marqués de Aguilar, los condés de Alba, de Chinchon, Don Enríquez de Ribera, don Antonio de la Cueva, don Luis Quexada señor de Villagarcia, presidente de la junta de indios, y los archiduques Rodolfo y Matías, sobrinos de Felipe.

    Cuando se quitó la tela mortuoria, los cadáveres de Isabel y su pequeña hija eran visibles. La duquesa de Alba vertió en el féretro bálsamo y perfumes finamente pulverizados que habían sido preparados especialmente para la ocasión. También esparció racimos de tomillo y flores fragantes. Luego se cerró el ataúd y se selló con el sello real. En el acto, el subsecretario de Estado, Martín de Gatzulu, redactó un acta de las actuaciones y fue firmada por todos los testigos. El confesor del convento y uno de sus compañeros se adelantaron para hacerse cargo de los restos de la reina hasta que fueran trasladados. Se cerró la tumba y se terminaron las ceremonias del día.

    Durante nueve días se recitó el rezo de los muertos en todas las iglesias de Madrid. Mañana y tarde, el tribunal asistió al servicio realizado en la ermita de Las Descalzas en el que estuvo siempre presente la hermana de Felipe, Doña Juana. Felipe escuchaba el servicio dos veces al día en la capilla de San Gerónimo. Durante los nueve días completos, Felipe permaneció en soledad, sin hablar con nadie y rara vez salía de la galería elevada sobre el altar mayor de la capilla orando y meditando. Se suspendieron todos los asuntos del Estado y se ordenó mediante proclama en toda España un duelo general por la reina.

    El 18 de octubre, en la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, se escuchó una misa solemne por el reposo del alma de la reina en presencia del rey. Fue la ceremonia más imponente y magnífica hasta ahora, realizada a la luz de las antorchas. El obispo de Cuença pronunció la oración fúnebre que fue bien recibida por el público. Una oración similar se hizo en Toledo, Santiago y Segovia, así como en otras catedrales de España. Otro servicio conmemorativo se llevó a cabo en Francia, la tierra natal de la reina Isabel, en la catedral de Notre-Dame en París el 24 de octubre. Así, la Reina de España recibió suficiente y majestuoso tributo.

    (*) Susan Abernethy es historiadora y autora del blog The Freelance History Writer.

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  • Hace 119 años: murió la reina María Enriqueta, una Habsburgo en el dramático trono de Bélgica

    En la primavera de 1853, como con cada resurgimiento de esta naturaleza, Viena comenzó a girar de nuevo al son de valses que hechizaban a la ciudad imperial. El Imperio Austro-Húngaro estaba viviendo sus mejores momentos en el apogeo de un poder incomparable. Allí se hablaban tantos idiomas que el latín se convirtió en el idioma administrativo como en los tiempos de la Antigua Roma.

    Nacida el 20 de agosto de 1836, María Enriqueta era la hija del archiduque José, Palatino de Hungría, y de la duquesa Dorotea de Wurtemberg, su tercera esposa. Su padre se adaptó fácilmente al estilo de vida de sus ciudadanos húngaros, hasta el punto de ponerse sus ropas tradicionales y dominar a la perfección su complicado idioma. Al igual que su padre, a la archiduquesa le gusta viajar por el campo.

    Era bastante bonita aunque ella se sentía muy gorda y luchaba por disimular su figura. Pasó su juventud galopando por la llanura húngara, desdeñando la posición de amazona que corresponde a las chicas de su rango, lo que sorprendió a buena parte de la corte. A ella no le importaba.

    Su educación distaba mucho de ser perfecta, pero era multilingüe y una gran admiradora de los aires gitanos. Un poco masculina en sus gestos a veces abruptos, su risa ronca recordaba un poco el cambio en la voz de los adolescentes. Esta vida al aire libre llegó a su fin un buen día, cuando conoció al hombre que había sido elegido para pasar el resto de su vida con ella.

    Para su cumpleaños 18, el príncipe heredero, duque de Brabante y futuro rey de Bélgica Leopoldo II fue llevado por su padre en una gira por las cortes europeas que tuvo a Viena como su lugar central. Allí es se diseñó ese matrimonio con María Enriqueta, que resultaría ser el más siniestro de la historia de la monarquía belga.

    La boda por poderes tuvo lugar el 10 de agosto a las 6 de la tarde en el Palacio de Schönbrunn

    El conde O’Sullivan de Grass, embajador belga en la capital austriaca, escribió a Henri de Brouckère, el ministro belga de Asuntos Exteriores: “La futura duquesa de Brabante no es alta, pero está muy bien formada, su rostro expresa suavidad, sus facciones son muy agradables, sus ojos llenos de encanto e inteligencia, su tez notablemente fresca, su cabello rubio ceniza es muy hermoso. Recibió una educación brillante, habla muy bien francés, italiano e inglés, es buena música, pinta muy bien, en óleos, flores y frutas”.

    En el Castillo de Laeken, en Bruselas, una residencia todavía ensombrecida por la prematura muerte de la reina Luisa María (madre del príncipe), solo la princesa Carlota, futura emperatriz de México, parecía estar encantada de dar la bienvenida a una nueva cuñada a la familia. Circulaba el rumor según el cual la futura duquesa de Brabante era una joven abrupta y muy independiente, todo lo contrario de la hija del rey de los belgas, romántica a voluntad que ya soñaba con el príncipe azul que vendrá a llamar a la puerta de su corazón.

    En el séquito del rey Leopoldo y su hijo chismes abundaban. La duquesa de Dino escribió: “Encontramos al duque de Brabante a veces demasiado bien educado, tan educado, dulce, inclinado a la humildad, la imagen de su padre”. Mientras que el geógrafo Alexander von Humboldt llegó allí con un pensamiento propio: “Dicen que sería hermoso si su nariz no perfilara una sombra similar al Monte Athos”.

    Los jóvenes prometidos no tenían casi nada en común: el príncipe Leopoldo odiaba profundamente todo lo que amaba la joven austrohúngara: los caballos, la música, el baile… Ante la consternación de María Enriqueta, su madre la obligó a ser el centro de la escena de las celebraciones y los honores con los que la corte de Viena celebró su compromiso: ¡Otra Habsburgo sería reina de un país de Europa!

    Bautizo de la princesa Clementina

    Curiosamente, el rey Leopoldo I, que forzaba a su heredero a este matrimonio, olvidó que se casó por amor dos veces: primero, con la princesa inglesa Carlota de Gales, y después con la princesa francesa Luisa María de Orleáns. Viudo dos veces, ahora pasaba su tiempo en los brazos de su amada, Arcadie Claret-Meyer, con quien tuvo hijos.

    La boda por poderes tuvo lugar el 10 de agosto a las 6 de la tarde en el Palacio de Schönbrunn, magnífica sede oficial de la monarquía Habsburgo. Es el archiduque Carlos Luis, el hermano menor del emperador Francisco José, cumplió el papel de novio e incluso intercambió alianzas con su sobrina frente a toda la familia imperial y la aristocracia. Cuatro días después, María Enriqueta partió para siempre hacia Bélgica.

    Antes de abandonar definitivamente Austria, María Enriqueta hizo una parada en la residencia de su tío Stéphane, el personaje más original de la familia imperial cuyo carácter alegre contrastaba con la severidad de la corte de Francisco José. Amaba los libros tanto como el buen vino y tranquilizó a su sobrina recordándole que los miedos iniciales de Luisa María antes de llegar a Bruselas rápidamente se desvanecieron.

    Muerte del príncipe Balduino

    Una esplendorosa boda carente de amor

    Ante los vítores de la multitud, el tren de María Enriqueta llegó a Herstal, desde donde la llevaron al castillo de la vizcondesa de Biolley, no lejos de Verviers. Nada más instalarse llegaron el rey Leopoldo I, sus dos hijos y toda una serie de dignatarios del Estado y la nobleza. María Enriqueta fue entregada a Bélgica siguiendo un rito inmutable, iniciado por Felipe II de España.

    El viaje continúa en tren en medio del júbilo popular. “Cuando llegué a Bruselas, tuve un doloroso calambre en el brazo por saludar tanto”, le escribió la archiduquesa a una amiga. La doble boda real tuvo lugar el 22 de agosto: el casamiento civil fue ante el alcalde de Bruselas, Charles de Brouckère, y el religioso bajo la dirección del arzobispo de Malinas. Una procesión histórica, una cena de gala y un gran concierto sellaron ese largo día.

    No fue hasta noviembre que la joven pareja emprendió un viaje de incógnito a Egipto, bajo el nombre de vizconde y vizcondesa de Ardenne. Antes de contemplar las pirámides y la Esfinge (de la que en ese momento, solo la cabeza emergía de la arena), la pareja pasó por Alemania y Austria, antes de pasar un buen tiempo en Venecia y embarcarse en Trieste para conocer Alejandría. Llegados a El Cairo, son recibidos por el virrey de Egipto, quien les prepara muchas fiestas. Pero el duque de Brabante ciertamente prefiere las orillas del Nilo y a ambos les gusta llevarlo en barco a Asuán, parando en las mismas paradas que los turistas de hoy.

    Sin duda, fue durante este viaje cuando nació el espíritu explorador del futuro Leopoldo II, que también será el único viaje fuera de Europa en toda su vida. En el plano romántico, el viaje resultó ser menos placentero y según la princesa Carlota: “Si Leopoldo no está contento con ella, es porque no quiere serlo, porque ella es completamente digna de su cariño”.

    María Enriqueta nunca sería feliz como esposa de Leopoldo. A sus expresiones de interés en sus ideas y proyectos, Leopoldo siempre respondió con ironía o, peor aún, con sarcasmo.

    Los caballos y su cuñada eran el objeto de su amor

    Durante los primeros años, nacieron cuatro niños: el príncipe Leopoldo y las princesas Luisa, Clementina y Estefanía. De su hijo, que murió a los 10 años de neumonía y problemas cardíacos, rara vez se habló. Tras la muerte de Leopoldo I, en diciembre de 1865, María Enriqueta se convirtió en la segunda reina de los belgas, cosa que no la hizo más feliz. Solo su pasión por la equitación, que comparte en particular con el general Chazal, el ministro de la Guerra y confidente suyo, era capaz de hacerla feliz y hacerle olvidar por breves momentos su eterna amargura. En los establos de Laeken, la reina cuidaba personalmente de veintidós caballos. Su hija Luise relató en sus memorias que su caballo favorito subía los escalones de la entrada, entraba en la casa de la reina y, después de una sesión de caricias y recompensas, regresaba a su lugar.

    Pero los equinos no eran su única preocupación. La princesa Carlota, su querida cuñada, se hundió en la locura desde que su esposo Maximiliano, efímero emperador de México, fue ejecutado en Querétaro. El sueño imperial de Carlota se derrumbó junto con la confianza que ha depositado en su marido, un mujeriego acérrimo, lo que definitivamente la trastornó. La emperatriz se volvió loca y no recuperaría jamás la cordura.

    La reina María Enriqueta viajó hasta el castillo de Miramar, Trieste, para llevar de vuelta al campo a la infortunada emperatriz Carlota, a quien los médicos habían encerrado en un pabellón del jardín con todas las puertas y ventanas tapiadas.

    Tan pronto como crucé la antesala, Carlota se arrojó a mis brazos y me besó con conmovedor afecto, luego me hizo sentar a su lado y retuvo mi mano, que ella acariciaba todo el tiempo. Creo que está loca, el conde de Flandes lo atestigua y aquí lo afirman tres médicos; pero mentiría si te dijera que no da la más mínima prueba de ello”, escribió María Enriqueta antes de sacar a la infortunada Carlota de su asilo forzado para finalmente regresar la Bélgica.

    Durante la guerra de 1870, librada por Francia y Prusia, María Enriqueta consiguió que su marido transformara el Castillo de Ciergnon y el Palacio Real de Bruselas en hospitales de campaña para tratar a los heridos franceses que cruzaban la frontera belga. Los libros de historia la retratan corriendo entre las camas para repartir ayuda a los convalecientes y ofrecerles entradas para el espectáculo para su primera salida autorizada. A pesar del peligro de contagiarse, visitó a las víctimas de la epidemia de viruela y tifus que llegó a Bélgica en 1871.

    Una sucesión de tristezas rompieron su corazón

    En el plano íntimo, su vida familiar era una desgracia: la princesa Estefanía se casó con Rodolfo de Habsburgo, el hijo del emperador Francisco José y la hermosa emperatriz Sissi. Esta unión podría haber sido la más feliz si su esposo no se hubiera enamorado locamente de la baronesa Marie Vetsera, junto a la cual se suicidó en el pabellón de caza de Mayerling, en 1889. Estefanía recibió una carta de Rodolfo antes de la tragedia: “Querida Estefabía, ya estás liberada del tormento de mi presencia. Sé feliz a tu manera, sé buena por la pobre pequeña que es lo único que me queda”.

    Leopoldo II, todavía shockeado por la muerte de su pequeño y único hijo varón en 1880 e inmerso en sus sueños imperiales africanos, se mostró ausente de todos los dramas que rodearon a la reina. “Leopoldo me preocupa seriamente. Está pasando por una profunda depresión moral. Durante horas, no dice una palabra y, de repente, su irritabilidad se vuelve aterradora”, escribió María Enriqueta.

    El 23 de enero de 1891, como colofón, el príncipe heredero Balduino, sobrino de Leopoldo, murió de neumonía tras un desfile de su regimiento en el gélido invierno. La reina lo había convertido en su protegido y sufrió mucho esta pérdida. Un año antes, María Enriqueta había sufrido la muerte de su ama de llaves favorita en un incendio del Castillo de Laeken. Un año después, su querido amigo Chazal murió y la reina lloró a un viejo compañero con el que compartió todo, mucho más de lo que compartió con Leopoldo.

    Hasta 1893, sin pestañear, la reina siguió desempeñando su papel, pero deprimida por tantas trageduas pronto decidiría huir de todo. En 1893 y 1894, María Enriqueta y su hija Estefanía encontraron refugio en el castillo de la familia Peltzer en Spa, donde recibió, en un carruaje con colores franceses, a su tío, el famoso duque de Aumale.

    Más atraída por el bosque salvaje que por la solemnidad del palacio de Bruselas, la reina obtuvo de su marido el derecho a adquirir una residencia en la ciudad balneario. Su elección recayó en el Hôtel du Midi, una gran casa con tres edificios principales con un magnífico jardín. Allí volvió a sentirse feliz y recibió visitas de familiares de media Europa.

    Bélgica lloró sinceramente su muerte

    María Enriqueta fue a Bruselas por última vez el 6 de octubre de 1900 para participar de la bienvenida a la princesa bávara Isabel, que acababa de casarse con el príncipe heredero Alberto en Múnich. La joven sería posteriormente la “reina enfermera”, una heroína para Bélgica durante los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Tras esto, María Enriqueta regresaría a Spa para siempre: no quería volver a ver a su marido, que ya no disimulaba su idilio con la escandalosa baronesa de Vaughan.

    Vivió allí durante dos años, propensa a numerosos problemas cardíacos, aunque recibió a su voluble marido en raras ocasiones. Cuando la visitó por última vez a principios de septiembre de 1902, Leopoldo II le confió a uno de sus amigos: “Ya no somos jóvenes, sin duda, pero la reina y yo lo estamos haciendo bien”. El 19 de septiembre, la soberana acudió al hospicio de ancianos al que apoyaba activamente. Queriendo comprobar la calidad de los platos que se servían allí, pidió un plato de sopa, dos huevos y una tostada. Luego se quedó dormida. Pidiendo ayuda para levantarse de su silla, cayó lentamente al suelo y murió instantáneamente y sin dolor alguno.

    Como reina consorte María Enriqueta tuvo derecho a un funeral de Estado que paralizó a la capital belga y cubrió las calles y avenidas de miles de dolientes silenciosos. La baronesa de Vaughan, que se casaría en secreto con Leopoldo II años más tarde, señaló en sus Memorias: “Al enterarme de la muerte de la reina, fui al Hôtel Scarron donde vi al rey entre lágrimas, colapsado de verdadero dolor. Su emoción mostró una sensibilidad desconocida para el público”.

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  • Hace 470 años: nació Enrique III de Francia, el último “rey maldito” de la dinastía Valois

    Enrique III fue el último de los reyes malditos de la Casa de los Valois y reinó en Francia hasta su asesinato 1589. Niño mimado por su madre, altanero, extravagante, seductor y perverso, en el siglo XVIII, Voltaire lo acusó de malicia, debilidad y cobardía, mientras el dramaturgo Charles d’Outrepont lo representó como un idiota extravagante, un niño malcriado, lleno de complejos y manías. Balzac lo acusó sencillamente de todos los males de la época. Pasó a la historia como el “rey ninfa” y el “rey de los hermafroditas”.

    Nacido el 19 de septiembre de 1551, para su madre, Catalina de Médicis, Enrique era la esperanza de los Valois: “Si mueres, me enterraré viva contigo“, le decía. Lo idolatraba. “Aunque Catalina regía las vidas de todos sus hijos, utilizándolos como marionetas para conseguir sus fines políticos, Enrique era sin duda su favorito“, explica el autor Michael Farquhad. “La devoción de ella hacia él rayaba en el incesto. Catalina mostraba ciertamente una gran indulgencia hacia el estilo de vida ostentoso de su hijo, e incluso llegaba a organizar lujuriosas orgías para su real disfrute“.

    Según relata el libro “Amantes y reinas, el poder de las mujeres”, cuando “en mayo de 1577, en Pessisles-Tours, a orillas del Loira, Enrique III dio una fiesta en honor de su hermano menor, fiesta que se transformó luego en una orgía en la que los hombres iban vestidos de mujer y las mujeres de hombre y era obligatorio el verde -el color de la locura-, Catalina de pestañeó; lo que es más, tres semanas después ofreció a su hijo un banquete no menos fantasioso y escandaloso, durante el cual se vio a ‘las mujeres más alegres y exquisitas damas de la corte medio desnudas con el cabello suelto y desgreñadas’“.

    “Les mignons du Roi”

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    Enrique III reinó en Francia durante quince turbulentos años y llenó sus palacios de un numeroso grupo de jóvenes muy atractivos que se hacían llamar “Les mignons du roi” (Los bonitos del rey). Afeminados, arrogantes, atrevidos, refinados y ambiciosos, la moral de estos cortesanos era tan extravagante como las ropas que lucían en todas las ceremonias cortesanas en las que escoltaban a Enrique III, incluida la sagrada ceremonia de su coronación. Se dedicaban a servir y consentir en todo a Su Majestad: compartían su comida y su cama, copiaban sus modales y lo ayudaban a hacer valer su autoridad.

    Las cartas escritas por Enrique a sus ‘mignons’ están repletas de expresiones de amor, a las que aquellos jovencitos responden con halagos y promesas de sacrificar su vida por el rey. Pronto los mignons despertaron los celos de sus superiores sociales (la vieja nobleza) que se sentían excluidos injustamente del círculo real, y también se peleaban entre sí, incluso hasta el punto de duelos de lucha a muerte, para conseguir el favor y el amor del rey. Así, en abril de 1578 seis de los bonitos mignons del rey se enfrentaron a duelo, conocido como el “duel des Mignons”, en la que dos de ellos murieron en el acto. El rey expresó su pena por ellos ofreciéndoles funerales diseñados para inmortalizar su intimidad con aquellos jovencitos que le servían de mayordomos y compañeros sexuales.

    Para cuando llegó el momento de su coronación, en 1574, aparte de ser un gran amante y mecenas del ballet y la danza, Enrique III era un travesti popularmente reconocido que se rodeaba -y se dejaba influenciar- por aquella aduladora corte de jóvenes atractivos que peleaban, intrigaban e incluso urdían asesinatos, por conseguir los favores del rey. Enrique y su bello harén masculino estaban interesados únicamente en usar las mejores ropas, ofrecer grandiosas fiestas y en pasearse por París con elegantes accesorios y pelucas.

    ¿Era un rey o una reina?

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    EL REY ENRIQUE III Y SU ESPOSA, MARÍA DE LORRAINE

    En las ocasiones más especiales, Enrique III se vestía como una fina muñeca de porcelana, con maquillaje, vestido de seda y diamantes. Además, se hacía confeccionar los corsets más delicados para afinar su silueta y cargamentos con los mejores perfumes de Europa llegaban con frecuencia al palacio real. “Era difícil decir si se trataba de un rey o de una reina“, comentó un indignado testigo. No obstante, había veces en que Enrique sentía repentinamente un completo y sincero arrepentimiento por su conducta frívola y se transformaba en un fanático religioso, azotándose públicamente hasta sangrar, realizando procesiones y vistiendo como monje junto a los mignons que también participaban de los azotes.

    Enrique III había sido siempre el hijo predilecto de Catalina y quiso tener junto a sí a su madre, invistiéndola de hecho de las funciones de primer ministro; con todo, desde un principio se mostró bien resuelto a no permitirle entrometerse en su vida privada. Para empezar, escogió por sí solo a su esposa (…) que llegó como dote únicamente su belleza, su gentileza y su abnegación total a su marido; además, se rodeó de un grupo de jóvenes favoritos -los célebres mignons- que se distinguían por su lujo, su arrogancia y su conducta escandalosa; finalmente, lo que es aún más grave, traslado a su estilo de gobierno sus cambios de humor, las oscilaciones de una naturaleza contradictoria e inestable. Enrique alternaba el hedonismo más desenfrenado con la más austera penitencia, el culto a lo efímero con la fascinación de la muerte, la conciencia de sus prerrogativas reales con un visible desinterés por los asuntos de gobierno“.

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    Su mejor biógrafo, el historiador Jean Héritier, escribió: “A menudo se viste de mujer, satisface su placer con muchachos guapos, y se separa de ellos para ir a acostarse con la reina, a la que siempre sigue queriendo, y cuyo amor no conoce eclipse. De la cama conyugal, pasa al oratorio, reza con todo fervor y hace penitencia“. Por su conducta, el rey y sus mignons se convirtieron pronto en objeto de burla de todos los franceses, que los ridiculizaban por su actitud poco varonil. Poco después de su coronación, Enrique III contrajo matrimonio con la princesa María de Lorena-Vaudemont (1553-1601), a la que el rey en persona confeccionó el vestido de novia, maquilló y peinó para su boda.

    Los calvinistas, dada su repugnancia hacia todo aquello que fuera o pareciera frívolo, empezaron a asociar públicamente el término “Mignon” con la homosexualidad, un pecado mortal. Difundieron verdades y mentiras sobre la pecaminosa vida de del rey y la iglesia católica lo excomulgó. Finalmente, el 2 de agosto de 1589, un religioso dominico llamado Jacques Clément entró a la cámara de audiencias reales y acuchilló al rey en el vientre. A las pocas horas, el rey que avergonzaba a los franceses murió a los 34 años de edad.

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