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  • El refugio de una madre en las sombras: Letizia Ramolino en Roma tras la caída de Napoleón

    Era una noche tranquila en Roma, el reloj marcaba las 11:09 pm de un cálido julio de 1820, cuando Letizia Ramolino, matriarca de la dinastía Bonaparte, se sentaba junto a la ventana de su modesto Palazzo Bonaparte. Las calles abajo, bañadas por el suave resplandor de las lámparas de aceite, susurraban de una ciudad que alguna vez tembló bajo el imperio de su hijo, pero que ahora le ofrecía santuario. Tras la derrota de Napoleón en 1814 y su exilio a Elba, y luego a la remota Santa Helena en 1815, Letizia se encontró viuda de fortuna, su esplendor imperial reducido a recuerdos y fragmentos de joyas escondidas. Sin embargo, en este inesperado refugio bajo la protección del Papa Pío VII, su resiliencia trazó un nuevo capítulo: uno de dignidad silenciosa entre las ruinas de un sueño, teñido por la compleja danza de poder, fe y redención.

    Letizia Ramolino, nacida el 24 de agosto de 1750 en Ajaccio, Córcega, había sido el pilar de la familia Bonaparte, criando a ocho de sus trece hijos hasta la edad adulta, incluido el futuro emperador Napoleón. Proveniente de una familia noble pero modesta, se casó con Carlo Buonaparte en 1764, un matrimonio pragmático que la dejó a cargo de la familia tras la muerte de su esposo en 1785 por un cáncer de estómago. Con una mezcla de severidad y astucia, moldeó a sus hijos, especialmente a Napoleón, inculcándole disciplina y ambición. Cuando éste ascendió al poder, Letizia disfrutó de un estatus privilegiado en París, recibiendo el título honorífico de “Madame Mère” tras la coronación de Napoleón como emperador en 1804. Sin embargo, su relación con él era ambivalente; desaprobaba sus matrimonios políticos, como el con María Luisa de Austria, y su estilo de vida extravagante, prefiriendo una vida más austera. Tras la abdicación de Napoleón en Fontainebleau en abril de 1814, Letizia huyó de París con un pequeño tesoro —diamantes y objetos valiosos cosidos en sus ropas— buscando seguridad en Italia.

    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte
    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte

    La decisión de buscar asilo en Roma, bajo la protección del Papa Pío VII, fue un giro audaz. E pontífice, nacido Barnaba Chiaramonti, había sido capturado por las fuerzas napoleónicas en 1809 y obligado a firmar el Concordato de Fontainebleau, un acto que humilló a la Iglesia. Sin embargo, tras su liberación en 1814 y la restauración de los Estados Pontificios, optó por la reconciliación. En octubre de 1815, Bonaparte llegó a la estéril isla de Santa Elena, un remoto puesto de avanzada británico en el Atlántico sur, donde pasó sus últimos cinco años de vida. Los británicos le dijeron a Napoleón que sería confinado allí para evitar que “perturbara el reposo de Europa”. “Los monarcas contra los que había luchado durante más de una década se preocupaban poco por su cautivo–escribe Ambrogio Caiani–. Inesperadamente, Pío VII fue la excepción y mostró cierto interés por el destino de su antiguo torturador”. 

    El cronista contemporáneo John Chetwode Eustace, en A Tour Through Italy (1813), anotó: “La clemencia del Papa hacia la familia Bonaparte, a pesar de las pasadas afrentas, fue un espectáculo de perdón cristiano, con Letizia encontrando un hogar donde una vez su hijo sembró discordia.” Esta hospitalidad incluyó no solo a Letizia, sino también a sus hijos Lucien y Luis, y al cardenal Fesch, quien había servido como arzobispo bajo Napoleón. La llegada de Letizia a Roma en 1815 fue discreta, pero su estatus como madre del ex emperador atrajo atención. Una crónica de The Gentleman’s Magazine de mayo de 1815 la describió como “una mujer de semblante severo, vestida de negro, acompañada por un pequeño séquito, sus ojos reflejando el peso de un imperio perdido”.

    Madame Mère en Roma: cuando Pío VII acogió a la madre de su antiguo carcelero

    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte
    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte

    Desde esa “maldita roca” llamada Santa Elena, Napoleón le escribió a Pío VII para quejarse del trato que recibía de los británicos. El papa, libre de resentimientos, le escribió una carta al príncipe regente de Inglaterra para pedirle que se aliviaran las condiciones de Napoleón en Santa Elena. En un acto de gran misericordia, Pío, que nunca había dejado de referirse a Napoleón como su “amado hijo”, abrió las puertas de su palacio en Roma para refugiar a su madre. Ningún país había querido recibir a la mujer, madre de un emperador, tres reyes y una reina. “Soy verdaderamente la madre de todos los dolores, y mi único consuelo es saber que el Santo Padre dejó el pasado en el olvido y ser consciente de toda la bondad que siempre ha mostrado a todos los miembros de mi familia–le escribió al cardenal Consalvi–. Nuestra gratitud no tendrá límites”. Finalmente, cuando Napoleón agonizaba de cáncer de estómago en la isla, Pío envió a Santa Elena a un sacerdote para acompañarlo a reconciliarse con la Iglesia. Agradecido, Napoleón dijo que Pío VII fue “un hombre lleno de bondad y luz”.

    Inicialmente, Letizia se instaló en la Villa Rufinella, en las colinas Albanas, un retiro tranquilo ofrecido por amigos italianos. Sin embargo, en 1818, con el apoyo financiero de sus hijos—especialmente José, rey exiliado de España, y Lucien, establecido en Italia —compró el Palazzo Bonaparte en el centro de Roma, cerca de la Piazza Venezia. Este palacio, hoy un museo, se convirtió en su refugio, decorado con muebles modestos y retratos de la familia Bonaparte. Vivió con frugalidad, administrando cuidadosamente las remesas y los ingresos de propiedades confiscadas que logró recuperar. El historiador Philip Dwyer, en Napoleon: The Path to Power (2008), la retrata como “una sobreviviente pragmática, adaptándose a la adversidad con la misma tenacidad que inculcó a sus hijos.” Su rutina incluía misas diarias en iglesias como Santa María sopra Minerva, un gesto que fortaleció su relación con el Vaticano.

    La alianza con Pío VII fue compleja. El Papa, consciente de la propaganda anti-Bonaparte en Europa, vio en Letizia una oportunidad para proyectar clemencia. En una carta de 1815, citada por el historiador Owen Chadwick en The Popes and European Revolution (1981), Pío VII escribió: “Extendemos nuestra protección a Madame Letizia, no como un favor a la herencia de su hijo, sino como un testimonio de nuestra fe en la redención”. Sin embargo, las tensiones surgieron cuando Letizia intentó mantener un pequeño círculo de leales, incluyendo sirvientes corsos, lo que incomodó a las autoridades papales. A pesar de esto, asistía a audiencias privadas con el Papa, donde se dice que intercambiaban palabras sobre la fe y el perdón, un contraste con los años en que Napoleón había exiliado al pontífice.

    En Roma, Letizia se convirtió en un símbolo de resistencia para los bonapartistas. Organizó reuniones discretas en su palazzo, donde exiliados, artistas y nobles nostálgicos evocaban la era napoleónica. Mantuvo una correspondencia regular con Napoleón, recibiendo sus cartas hasta su muerte en 1821, donde él le pedía noticias de la familia y expresaba su arrepentimiento. Un relato de un visitante en The Edinburgh Review (1822) señaló: “Madame Mère vive como una sombra de su antiguo yo, pero su espíritu permanece intacto, su hogar un refugio para los desposeídos.” El historiador Alan Schom, en Napoleon Bonaparte (1997), añade: “El exilio romano de Letizia fue menos una retirada que una retirada estratégica, preservando la dignidad familiar en medio del colapso.”

    A medida que envejecía, su salud se deterioró, afectada por la artritis y la tristeza por la pérdida de su hijo. Sin embargo, siguió supervisando los asuntos familiares, asegurándose de que sus nietos, como el futuro Napoleón III, recibieran apoyo. Murió el 2 de febrero de 1836 a los 85 años, rodeada de su hija Paulina y el cardenal Fesch. Su funeral en la iglesia de Santa Maria in Monticelli fue modesto pero emotivo y el londinense The Times (febrero de 1836) reportó: “La madre de Napoleón parte, su vida un testimonio de supervivencia frente a la ruina.” El Palazzo Bonaparte, con sus paredes testigo de sus años de exilio, permanece como un monumento a su legado. Bajo la protección de Pío VII, Letizia transformó su refugio en un bastión de memoria, donde el perdón papal y su propia fuerza tejieron un puente entre el esplendor perdido y un futuro incierto.

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes: A Tour Through Italy de John Chetwode Eustace (1813), The Gentleman’s Magazine (mayo de 1815), Napoleon: The Path to Power de Philip Dwyer (2008), The Popes and European Revolution de Owen Chadwick (1981), The Edinburgh Review (1822), Napoleon Bonaparte de Alan Schom (1997), The Times (febrero de 1836).

    Fotos: Wikipedia / Britannica / Neumeister

  • A 200 años de la muerte de Napoleón: un revolucionario que vivió a cuerpo de rey

    Los franceses que habían peleado en la Revolución, años antes, quedaron perplejos: el líder de la revolución que le cortó la cabeza a los reyes se había convertido en rey.

    En 1801, Napoleón Bonaparte (1869-1821) todavía no era Emperador de Francia pero se sentía como tal. Ese año, el cónsul restauró la ostentosa pompa borbónica que había precedido a la ejecución de Luis XVI, hacía menos de una década. El Palacio de las Tullerías de París volvió a colmarse de bailes, cenas de gala y conciertos, y se emplearon nuevos chambelanes, caballerizos, lacayos y hasta “trachants”, que se encargaban exclusivamente de cortarle la carne a Bonaparte durante sus comidas.

    Una vieja camarera de María Antonieta fue empleada para dirigir la restauración de la pompa real del “Antiguo Régimen” y poner orden como en el Antiguo Régimen. La nobleza y los generales se vieron obligados a rendir pleitesía (y pedirle permiso hasta para contraer matrimonio) a Napoleón. Los franceses que habían peleado en la Revolución, años antes, quedaron perplejos: el líder de la revolución que le cortó la cabeza a los reyes se había convertido en rey.

    Château de Malmaison
    Habitación de la emperatriz en Malmaison

    Siguiendo la costumbre instalada por el “Rey Sol”, las comidas eran multitudinarias, pero nadie podía seguir comiendo cuando Napoleón había terminado, lo cual sucedía a los 10 minutos de haberse sentado: “Obedecíamos todos la señal del Emperador de levantarse de la mesa“, observó un comensal, “una ceremonia que llevaba a cabo de modo brusco e intimidatorio. Arrastraba de repente la silla hacia atrás y se levantaba como si le hubiesen dado una descarga eléctrica“. Cuando daba recepciones sentado en el trono”, escribió el ministro Jean Chaptal, “se mostraba con gran lujo. Las condecoraciones eran de hermosos diamantes, como la empuñadura de su espada, el cordón y el botón del sombrero y la hebilla. Este vestuario no le sentaba bien, se le veía incómodo, y se lo quitaba tan pronto como podía“.

    gran trianon
    Habitación del emperador en el Grand-Trianon

    En los años siguientes a su coronación como emperador, Napoleón intensificó sus esfuerzos por dar brillo a su entorno. Su corte ocupaba 39 palacios a lo ancho y a lo largo de Francia, cada uno dotado de las más esplendorosas comodidades y ceremonias que habían muerto con los Borbones: misas públicas, comidas, besamanos, galas musicales y otros esplendores. El emperador y la emperatriz Josefina vivieron a cuerpo de rey: incluso dormían en las habitaciones de Luis XVI y María Antonieta, aunque ellos sí dormían en la misma cama. Napoleón empezó a dirigirse a su esposa como “Madame Mi Amada Esposa“, tal y como Enrique IV se refería a su esposa. Un testigo de semejante despliegue de pompa real, el general Jean-Victor Moreau, llegó a preguntarse para qué Francia se había tomado la molestia de decapitar a Luis XVI.

  • A 200 años de la muerte de Napoleón: pasó sus últimos años atormentado por dolores de muelas

    Un documento médico revelado recientemente indica que el emperador sufrió “una crisis de naturaleza grave” en algún momento de los últimos años de su vida.

    Los últimos años del emperador francés Napoleón Bonaparte pueden no haber sido los más gloriosos de su extensa carrera política, ya que vivió “atormentado” por dolores de muelas, fiebre, opresión y ansiedad durante su exilio en Santa Helena, según muestran los registros médicos de 1818 revelados recientemente por el diario británico The Daily Mail.

    Napoleón Bonaparte logró escapar de su primera prisión de exilio en la isla de Elba en 1815 para poder marchar contra las fuerzas aliadas en la batalla de Waterloo. Después de su derrota, el líder militar fue enviado a la isla británica de Santa Helena para pasar sus últimos días fuertemente custodiado y solo. La isla estaba custodiada por 2.800 hombres y 500 cañones en un puñado de posibles puertos de desembarco para evitar intentos de fuga.

    El líder militar pasó seis años en Santa Helena, antes de su muerte el 5 de mayo de 1821, que, se cree, fue provocada por un cáncer de estómago, aunque este se ha mantenido bajo disputa. Según el cirujano irlandés Barry O’Meara, que elaboró ​​un informe médico manuscrito sobre el estado del paciente, que data del 4 de junio de 1818, el emperador sufrió “una crisis de naturaleza grave” en algún momento de los últimos años de su vida..

    “El paciente ha estado muy enfermo durante las noches de los miércoles y jueves”, escribió O’Meara en el documento, que fue subastado recientemente en la casa Heritage Auctions de Texas poco más de US$ 2.000. “Cuando me llamaron para verlo, lo encontré con un grado considerable de fiebre”, agregó el médico.

    Según el escrito de O’Meara, el rostro de Napoleón “mostraba ansiedad y evidentemente la de un hombre que estaba experimentando severos sufrimientos corporales (corporales), gran aumento de dolor en el lado derecho, dolor de cabeza desgarrador, ansiedad generalizada y opresión, piel caliente y seca , el pulso se aceleró y todo presagiaba una crisis de gravedad”.

    El cirujano se vio obligado a extraer la muela del juicio del paciente, pero al parecer esto no supuso un gran alivio para el general francés. En 2005, la muela del juicio de Napoleón, recolectada por O’Meara después de la operación, se vendió en una casa de subastas británica por más de US$ 15.000. El agonizante emperador Napoleón siguió culpando de su mal estado de salud al gobernador de la Isla de Santa Helena, Sir Hudson Lowe.

    Napoleón, nacido en Córcega y coronado Emperador de los Franceses en 1804, fue exiliado a la isla fuertemente custodiada para evitar que huyera en medio de una serie de intentos de fuga de sus apasionados partidarios, quienes usaron yates y globos para salvar a su carismático líder del encarcelamiento. En el momento de su muerte, los médicos describieron a Napoleón como un “desastre físico”.

  • En el bicentenario de la muerte de Napoleón, su tumba será restaurada por 840 mil euros

    Tras una intensa campaña de recolección de donativos, el Museo de la Armada de París y la Fundación Napoleón lograron recaudar 836.960 euros para la restauración de la tumba del emperador Napoleón Bonaparte, quien murió en mayo de 1821.

    En total, 2.310 donantes franceses y extranjeros colaboraron para restaurar la tumba en Les Invalides, París, donde emperador de los franceses se encuentra sepultado cerca de sus hermanos José, rey de España, y Jérôme, rey de Westfalia.

    El príncipe Jean-Christophe Bonaparte, actual jefe de la familia imperial, y su abuela, la princesa Alix de Ligne, además del príncipe Philippe-Maurice de Broglie, se encuentran entre los donantes, junto la Fundación Roc-Eclerc, el CIC, el Souvenir Napoléonien, y la Academia de Bellas Artes.

    “Esta extraordinaria movilización ayuda a financiar en parte el trabajo previsto como parte de este proyecto y todas las donaciones adicionales se destinarán a la suscripción, la restauración de la tumba del Emperador y los monumentos napoleónicos”, anunciaron el museo y la fundación.

    Los restos del emperador Napoleón I descansan en la tumba situada en el centro del Domo de Los Inválidos (París).

    “Al ayudar a restaurar el último lugar de descanso del emperador y los demás monumentos que lo rodean, puede desempeñar un papel clave en la preservación de un gran monumento simbólico del patrimonio histórico y artístico de Francia”, explica la fundación.

    El dinero recaudado estaba destinado a permitir la restauración de los pisos, donde la piedra, el esmalte y la marquetería de mármol habían sido parcialmente dañados durante la caída de rocas de la cúpula, informó la revista París Match.

    Se espera que las obras se completen para el lanzamiento de la “Temporada Napoleón 2021” que marcará el bicentenario de la muerte del emperador.

    El Museo de la Armada de París y la Fundación Napoleón lograron recaudar 836.960 euros para la restauración de la tumba del emperador Napoleón.

    Terminada en 1862, la majestuosa tumba de cuarcita roja recibe un mantenimiento continuo por parte del Musée de l’Armée, pero “el tiempo ha pasado factura”, dice la Fundación Napoleón:

    • La restauración del suelo: varias partes de la incrustación de piedra, esmalte y mármol fueron dañadas hace algunos años por piezas de mampostería que cayeron de la cúpula de arriba, que a su vez ha sido reparada.
    • Renovación de la inscripción, sobre la entrada de la cripta, de los últimos deseos del emperador: “Je désire que mes Cendres reposent sur les bords de la Seine, au milieu de ce peuple français que j’ai tant aimé” (“Deseo que mis restos mortales reposen a orillas del Sena, rodeados del pueblo francés que tanto amé”).
    • Meticulosa limpieza de las lápidas de los generales Duroc y Bertrand, de los genios funerarios que “custodian” la entrada a la cripta, y más en general, de todas las estatuas y demás elementos decorativos.
    • La consolidación de todos los pisos alrededor de la propia tumba: el piso circular de mármol y esmaltado.
  • Subastan en el Reino Unido la llave de la prisión donde murió Napoleón

    Según la casa de ventas Sotheby’s, el lote podría llegar valer hasta 6.700 dólares al cabo de cuatro días de subastas, que se cierran el jueves.

    La casa de remates británica Sotheby’s indicó el lunes que sacaba a subasta en su página web la llave de la habitación donde murió el emperador de Francia Napoleón I cuando estaba encarcelado por los británicos en la isla de Santa Elena.

    Esta pieza de metal de 13 centímetros de largo fue hallada “en un sobre, en un baúl de una casa escocesa”, explicó en un comunicado David MacDonald, especialista de muebles británicos en Sotheby’s.

    “La familia que la tenía siempre supo que estaba ahí en alguna parte, pero había sido escondida”, dijo el especialista, citado por The Evening Express.

    https://www.eveningexpress.co.uk/lifestyle/entertainment/key-which-unlocked-napoleons-prison-bedroom-door-going-under-the-hammer/

    Un militar llamado Charles Richard Fox, que se encontraba en la isla de Santa Elena tras la muerte del emperador francés en 1821, llevó a Escocia la llave para dársela a su madre, que era una “gran admiradora” del exdirigente, hasta tal punto que le había enviado dulces y libros durante su cautiverio. Sus descendientes terminaron por encontrar la llave y decidieron subastarla.

    “Vemos a menudo objetos asociados a Napoleón, importantes cuadros o muebles procedentes de una de sus increíbles moradas”, indicó David MacDonald, “pero hay algo bastante poderoso en esta llave, sobre todo porque viene del lugar donde fue encarcelado y de la habitación donde murió”.

    “Era un objeto tan fuerte y poderoso en aquel entonces como lo es hoy”, agregó MacDonald. El propio Fox retiró la llave de su cerradura durante una visita tras la muerte de Napoleón, explicó en su nota del 6 de septiembre de 1922, que se vende con el objeto.

  • Quiénes son los tres descendientes del Rey Sol que se disputan el trono de Francia

    Juan de Orleáns, Luis Alfonso de Borbón y Jean-Christophe Bonaparte dicen ser los legítimos herederos de la desaparecida monarquía francesa y ansían restaurar en sí mismos la desaparecida corona.

    La monarquía ya no existe en Francia, que entró en el siglo XX como una de las pocas repúblicas en una Europa dominada por reyes y emperadores. Antes, la herida Casa de Borbón había agotado sus herederos, el trono del advenedizo Napoleón Bonaparte había caído en mil pedazos y las revoluciones retiraron la corona a los Orleáns. Hoy, tres descendientes de aquellos viejos monarcas (todos ellos, a su vez, descendientes del mismísimo y legendario Luis XIV, apodado el “Rey Sol”), pretender ser los herederos de la monarquía francesa y ansían restaurar en sí mismos la desaparecida corona.

    Jean de Orleáns, el conde de París

    Descendiente de Felipe, duque de Orleáns, hijo de Luis XIII, y de Luis Felipe I de Orleáns, último Rey de los Franceses.

    El príncipe Jean de Orleans, se convirtió en el jefe de la Casa Real de Francia tras la muerte de su padre en enero de 2019, convirtiéndose así en el Conde de París. Al igual que sos contendientes en la carrera por el trono francés, Jean tiene un árbol genealógico muy frondoso, ya que a través de su padre el difunto Enrique “VII”, conde de París, el príncipe es descendiente del último hombre coronado rey en Francia, Luis Felipe I de Orleáns y de los reyes borbónicos Luis XIII y Enrique IV. A través de su madre, desciende de Luis XIV el “Rey Sol”, de María Teresa de Austria, reina de Sajonia; de Carlos X de Francia y de Carlos de Habsburgo, emperador de Alemania y rey de España. Como descendiente del rey Fernando VII, el nuevo conde de París tendría derecho al trono de España.

    Nacido el 19 de mayo de 1965 en Boulogne-Billancourt, el nuevo conde de París es el tercero hijo -segundo varón- del príncipe Enrique de Orleáns, a quien los monárquicos “orleanistas” reconocieron como “Henri VII de Francia”. Su madre es la princesa alemana María Teresa de Wurttemberg. Titulado en Filosofía, Derecho y Administración de Empresas, ha trabajado en el campo de la consultoría de empresa y en el sector financiero. Su hermano mayor, Francisco, duque de Angulema, padecía un retraso mental y murió en 2017, dejándole el derecho sucesorio a Jean.

    Se casó con la aristócrata austriaca Philomena de Tornos Steinhart en París en 2009, y la pareja tiene cinco hijos. Su hermano mayor, Francisco, duque de Angulema, padecía un retraso mental y murió en 2017, dejándole el derecho sucesorio a Jean. Entre sus familiares se cuentan príncipes de las casas reales de Brasil, Dinamarca, Grecia y España.

    Además de la conexión de la familia del “Rey Sol”, la línea masculina de su familia también desciende de Luis Felipe I, el “Rey Ciudadano” de Francia, quien reinó desde 1830 hasta 1848. Los realistas franceses (también conocidos como unionistas) reconocen a Jean como el legítimo reclamante al trono. En los últimos tiempos, el príncipe ha mostrado su apoyo a los manifestantes de “gilets jaunes” (‘chalecos amarillos’), que han estado manifestando sobre el creciente costo de vida en Francia, informó The Guardian.

    En un artículo de opinión publicado en Le Figaro, Jean de Orleáns criticó la Constitución francesa, pidiendo “cambios” en el papel de jefe de estado pero sin llegar a instar a la abolición de la república. “El rol de árbitro, que es desempeñado por el jefe de estado en nuestra tradición milenaria, ya no se lleva a cabo de manera efectiva. No es sorprendente, por lo tanto, que los franceses, que valoran los símbolos políticos, voten para rechazar en lugar de aprobar en cada elección presidencial”, escribió el nuevo pretendiente al trono francés.

    El descendiente del dictador Franco

    Luis Alfonso afirma ser el legítimo heredero de los Borbones de Francia al descender en línea masculina directa de Luis XIV.

    Los Orleáns compiten en su reclamo dinástico con los Borbones, que tienen su base en España y están encabezados por Luis Alfonso, autotitulado duque de Anjou, de 44 años. Sus seguidores lo conocen como “Luis XX”y es el descendiente masculino de mayor edad de Luis XIV a través del nieto de aquel monarca, el rey Felipe V de España.

    Aunque la monarquía francesa llegó a un final difícil a manos de Robespierre y más tarde de Napoleón, los “Legitimistas”, una facción promonárquica en Francia, siguen comprometidos con la restauración de la línea Borbón al trono. Según ellos, el duque también tiene derecho al título de cortesía francés de “Príncipe de Sangre” tras su decisión de tomar la ciudadanía francesa.

    Nacido en Madrid en 1974, Luis Alfonso es banquero y bisnieto del dictador español Francisco Franco a través de su madre, María del Carmen Martínez-Bordiú y Franco, y también descendiente directo de la reina Victoria a través de su bisabuela, Victoria Eugenia de Battemberg. Su padre, Alfonso de Borbón-Sergovia, era primo hermano del rey Juan Carlos y murió en 1985 en un accidente de esquí.

    El heredero de Napoleón Bonaparte

    A través de su madre, la princesa Beatriz de Borbón-Dos Sicilias, es descendiente del rey Luis XV de Francia.

    También conocido como el “Príncipe Napoleón”, Jean-Christophe, de 35 años, es el tataranieto del hermano del gran emperador francés Napoleón, cuya dinastía reinó antes de que la Tercera República terminara definitivamente con la monarquía en Francia.

    Napoleón se había declarado emperador en 1804 y había emprendido la guerra con otras potencias europeas, conquistando gran parte del continente. Finalmente, fue derrotado en la batalla de Waterloo en 1815 y encarcelado en la remota isla atlántica de Santa Elena, donde murió el 5 de mayo de 1821.

    Ya que Napoleón I no tuvo hijos con su primera esposa (Josefina de Beauharnais) y solo un hijo que murió joven con la segunda emperatriz (la archiduquesa María Luisa de Austria), la herencia dinástica pasó a la familia de su hermano, Jerôme.

    Jean Christophe, un banquero que estudió en Harvard, es, en opinión de algunos monárquicos, el jefe de la antigua Casa Imperial de Francia. A través de su madre, la princesa Beatriz de Borbón-Dos Sicilias, es descendiente del rey Luis XV de Francia, y a través de su bisabuela, la princesa Clémentine de Bélgica, es descendiente de Luis Felipe I, como su rival.

    Tres dinastías para la misma corona

    En 1792, la Asamblea Legislativa de Francia votó a favor de abolir la monarquía y establecer la Primera República. La decisión se produjo un año después de que el rey Luis XVI aprobara a regañadientes una nueva constitución que lo despojó de gran parte de su poder.

    Luis XVI había ascendido al trono francés en 1774 y desde el principio luchó por hacer frente a las dificultades financieras de su país. La Revolución Francesa había alcanzado su primer clímax en 1789, exacerbada por la escasez de alimentos.

    En agosto de 1792, el rey Luis y su esposa, María Antonieta de Austria, fueron encarcelados, y la monarquía fue abolida en septiembre de ese año. En enero de 1793, Luis fue juzgado por traición y decapitado. María Antonieta también fue guillotinada nueve meses después.

    Curiosamente, la Revolución que despojó a los reyes de su poder dio inicio a otra monarquía, con el revolucionario Napoleón Bonaparte coronado como emperador en 1804. No pudo mantener su imperio en pie y fue derrocado en 1818.

    La Segunda Revolución Francesa de 1830, también conocida como la Revolución de Julio, vio el derrocamiento del rey Carlos X, el monarca borbónico francés, tío de Luis XVI. Esto llevó al ascenso de su primo Luis Felipe, duque de Orléans, quien sería derrocado 18 años después, en 1848.

    Tras la caída de los Orleáns, Carlos Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del emperador, fue nombrado presidente de la Segunda República Francesa y, posteriormente, emperador de los franceses entre 1852 y 1870 bajo el nombre de Napoleón III. Fue el último monarca que gobernó en Francia.

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  • Entre el lujo y la escasez: vida y muerte de Carlos IV y María Luisa en el exilio

    Tras su abdicación, el rey español pasó la última década de su vida en Francia e Italia, donde junto a su esposa soportó el mal trato de su hijo y de Napoleón, y atravesó problemas económicos y de salud. Murieron en enero de 1819, hace 200 años.

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