En el otoño de 1965, la princesa Margarita de Dinamarca, entonces de 25 años y heredera al trono danés, emprendió un viaje que la llevó desde los solemnes salones del Palacio de Amalienborg hasta el deslumbrante y caótico universo de Hollywood. No se trataba de una gira real cargada de compromisos diplomáticos, sino de una aventura personal impulsada por la curiosidad y un profundo amor por las artes. Como futura reina Margarita II, reflexionaría años después sobre esta experiencia como un momento de liberación, declarando en una entrevista de 2012: “Hollywood fue un sueño, un lugar donde reinaba la imaginación, pero también una lección sobre cómo navegar en un mundo tan distinto al mío”.
Su llegada a Los Ángeles fue recibida con un torbellino de entusiasmo. La ciudad, en plena edad dorada del cine, vibraba con el bullicio de estrellas, directores y la omnipresente prensa sensacionalista. Margarita, acompañada por su amiga cercana, la socialité estadounidense Sharman Douglas, se adentró en este frenesí con su característica elegancia. “Quería ver la magia detrás de las películas que amaba”, recordó en una entrevista de 1995 con Vanity Fair, “y conocer a las personas que la hacían posible”. Su itinerario combinaba visitas a estudios cinematográficos con eventos sociales de alto perfil, ofreciendo una rara visión de una royal abrazando el encanto de Tinseltown.
El punto culminante de su visita fue una cena repleta de estrellas en Beverly Hills, organizada por Douglas en la residencia de su padre. La lista de invitados parecía un paseo por el Paseo de la Fama de Hollywood: Frank Sinatra, Judy Garland, Gregory Peck y el tempestuoso dúo de Elizabeth Taylor y Richard Burton. Según un informe de 1965 de Los Angeles Times, el evento fue un espectáculo de glamour, con Margarita como centro de atención. Sin embargo, no todo fue armonía. Taylor y Burton, que llegaron tarde, se sintieron molestos al descubrir que no estaban en la mesa principal. Margarita, siempre diplomática, comentó más tarde en una entrevista de 2005: “Su energía me pareció fascinante, pero yo estaba allí para escuchar, no para competir por el protagonismo”.
Judy Garland a la princesa Margarita: “No pareces una estrella de cine”
No todas las interacciones fueron tan fluidas. En un momento de franqueza, Judy Garland, tal vez herida por la volubilidad de la industria, le dijo a Margarita, según relató Vanity Fair: “No pareces una estrella de cine”. La princesa, imperturbable, respondió con una sonrisa, señalando después: “Lo tomé como un cumplido, no intentaba serlo”. Otro encuentro incómodo ocurrió en el baño de damas, donde Neile Adams, esposa de Steve McQueen, rompió el protocolo real al quedarse, sin saber que se esperaba privacidad para la princesa. Margarita lo pasó por alto, pero el incidente alimentó los chismes en el Hollywood Reporter, que lo calificó como un “traspié real”.
Durante el día, Margarita exploró el corazón del cine. En los estudios Universal, visitó el set de Torn Curtain de Alfred Hitchcock, donde conoció a Paul Newman y Julie Andrews. “Me impresionó su genuina curiosidad”, dijo Andrews en Variety en 1966. “Preguntaba por todo: la iluminación, las cámaras, incluso el guión”. Margarita, una apasionada fotógrafa, capturó imágenes de los platós, una afición que anticipaba su posterior trabajo diseñando vestuarios y escenografías para teatro y cine daneses. “Me sentí como estudiante otra vez”, confesó en The Guardian, “absorbiendo un oficio que era tanto arte como industria”.
Las noches, en cambio, eran un torbellino diferente. La escena festiva de Hollywood la envolvió, desde lujosas veladas organizadas por productores hasta reuniones improvisadas con músicos y actores. Un artículo de 1965 del New York Times describió cómo bailaba en una mansión de Bel-Air, rodeada de “margaritómanos”, como la prensa apodó a sus admiradores. Sin embargo, sus momentos de desenfado levantaron cejas entre los diplomáticos daneses, preocupados por su imagen. “Era joven, quizás algo imprudente”, admitió Margarita en Vanity Fair. “Pero aprendí más sobre el mundo en esos pocos días que en años de protocolo”.
Su tiempo en Hollywood dejó una huella imborrable. Paseando por Sunset Boulevard o contemplando la ciudad desde el Observatorio Griffith, equilibró el deber real con la libertad personal. “Era un lugar de extremos, glamour y crudeza”, reflexionó Margarita II. “Lo amé, pero sabía que no era mi mundo”. Al regresar a Dinamarca, sus maletas no solo llevaban recuerdos, sino una perspectiva más amplia que moldearía su reinado. Décadas después, como reina Margarita II, recordaría Hollywood con cariño y humor, diciendo: “Fue como entrar en una película: deslumbrante, dramática y un poco loca”.
Artículo original de Monarquias.com





























