Etiqueta: Luis XIV de Francia

  • Venenos en Versalles: ¿murió la cuñada de Luis XIV a manos de un amante celoso?

    La princesa inglesa Enriqueta murió cuando era muy joven tras tomar una taza de café: los rumores decían que había sido asesinada por pedido del amante de su marido.

    En la brillante corte del Rey Sol, Luis XIV de Francia, nadie brillaba más que el único hermano del monarca solar, Monsieur Felipe, duque de Orleáns (1643-1702). Su magnánimo hermano aprendió a mantenerlo alejado de su vista desde que la madre, Ana de España, trató y educó a Felipe como a una niña, incluso vistiéndolo y peinándolo como tal, para que no le hiciera sombra a su hermano mayor.

    Al crecer, Monsieur, frèreunique du roi pululaba por los pasillos del regio palacio exquisitamente perfumado, completamente cubierto de joyas, maquillado, manicurado y ricamente vestido de sedas, encajes y lazos de corte femenino. Según el doctor Galippe, el príncipe, sin pudores, “se entregaba a orgías crapulosas, y principalmente a vicios infames”. 

    La segunda esposa de Monsieur, Madame Liselotte, que dejó una serie de más de 6.000 cartas describiendo la vida en Versalles, dijo de su marido: “Tiene la cara alargada y estrecha, nariz grande, boca pequeña, dientes desgastados, sus maneras son más femeninas que masculinas y no le interesan ni los caballos ni la caza, pero sí las apuestas, las recepciones, la buena comida, bailar y vestirse; en una palabra, todo lo que nos gusta a las mujeres. Mientras el Rey ama cazar, la música, la danza clásica y el teatro, mi marido sólo se interesa por la decoración y las mascaradas. Al Rey le encanta ser galante con las mujeres, sin embargo, no creo que mi marido se haya enamorado nunca“.

    Felipe de Orleáns, hermano de Luis XIV

    El palacio real de Saint-Cloud, hogar de Felipe, a unos kilómetros de Versalles, era escenario de las fiestas más fastuosas y locas de la época. Relata Alejandra Vallejo-Najera que Felipe “adora que se hable de él, pero en la Francia de Luis XIV este sueño sólo puede conseguirse siendo más extravagante y atrevido que el mismo rey, su competidor. En consecuencia, sus fiestas no tienen parangón; el glamour y los juegos prohibidos corren a la par; no hay excentricidad que se le resista; a su lado son bienvenidos psicópatas, gamberros, bebedores, parásitos sociales, jugadores, mujeres ligeras de cascos y de ropa…” Una pequeña corte de amantes masculinos seguía a sol y sombra al duque intentando ganar su favor.

    El duque, que adoraba vestirse con trajes despampanantes y pasearse por los ricos salones de Versalles mandando besos a todos los hombres de buen ver con los que se cruzaba, tenía una pequeña corte de amantes masculinos que lo seguía a sol y a sombra intentando ganar su favor. Alejado de los asuntos de Estado, a Monsieur Felipe no le quedó otra ocupación más que hacerse cargo del Palacio de Versalles: Luis XIV confiaba en el exquisito gusto de su hermano y dejó en sus manos todos los aspectos concernientes al protocolo, la etiqueta, la decoración, la ambientación, el vestuario y la jardinería.

    El duque de Saint-Simon afirma en sus memorias que Monsieur era un verdadero “doctor en etiqueta” y que Luis XIV le consultaba todo lo relacionado a cuestiones protocolarias y ceremoniales. Fue Monsieur la gran mente detrás del riguroso, teatral y milimetrado sistema protocolar que imperó en Versalles durante los reinados de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI.

    Enriqueta de Inglaterra, duquesa de Orleáns

    En 1661 Monsieur contrajo matrimonio con su prima hermana, la princesa Enriqueta Ana (1644-1670), una de las hijas del ejecutado rey Carlos I de Inglaterra, un matrimonio orquestado y tremendamente desdichado. “Este matrimonio era un tanto pintoresco. Felipe tenía aficiones algo raras, hoy no lo serían tanto, pero ser gay en aquella época chocaba bastante”, escribe el historiador Carlos Fisas.

    “Fue obligado a casarse, pero no por ello abandonó a su amante Armand de Gramont, conde de Guiche, del que se dice que el día del matrimonio recibió un anillo de boda igual al de la princesa Enriqueta. De este extraño matrimonio nace la princesa María Luisa, y el padre, para celebrarlo, cambia de amante, que en esta ocasión es Felipe de Lorraine

    El nuevo amante no se cansaba de elogiar en público a su amado, a quien definía como “un ángel pintado”. Inseparables, Lorraine y Monsieur se perdían en la oscuridad de los pasillos de Versalles y en la espesura de los bosques que flanquean los jardines de Saint-Cloud; Lorraine asistía a las fiestas palaciegas junto a su amante con vestido, peluca y joyas femeninas y los franceses los veían continuamente “acariciarse la cara, la espalda y las rodillas con aspecto de felicidad”, según un testigo. 

    “Tomados de la mano con pendientes, pelucas y fuertemente maquillados se los ve pasear por Versalles, y una noche en un baile de gala el hermano del rey vestido de mujer baila un minueto con su amante. La princesa Enriqueta por su parte grita, se desespera, insulta, llora y organiza grandes peleas domésticas. Y como ello no es suficiente, se convierte en la amante del rey. Así, amante, primo hermano y cuñado son una misma persona”.

    El caballero Felipe de Lorraine

    En 1670, harta de la vergüenza pública, Enriqueta convenció a Luis XIV de alejar de una vez por todas al caballero Lorraine de Felipe. Obediente, Luis XIV lo envió primero a Lyon, más tarde, en Castillo de If, y finalmente lo desterró a Roma con la amenaza de ejecución si volvía a Francia. Sin embargo, debido a las protestas y súplicas del duque hacia Luis XIV, el rey perdonó al caballero de Lorraine y le permitió volver. Enterado de la noticia, monsieur corrió ante el monarca, se arrojó a sus pies y los besó, emocionado.

    Una mañana de 1671, Enriqueta cayó muerta en una terraza de su propio palacio después de tomar una taza de café que presuntamente había sido frotada con un veneno italiano. ¿Fue en verdad asesinada por Lorraine en venganza por haberlo exiliado? Aunque algunos historiadores aseguran que la princesa murió a causa de sus problemas hepáticos, la sombra del homicidio reposó durante mucho tiempo sobre el pérfido y celoso Lorraine.

  • Louise de La Valliere: “la pequeña violeta escondida”, pasión de Luis XIV

    Alguna vez Mark Twain escribió que “el perdón es el aroma que deja la violeta en el talón que la ha aplastado” y si alguien encarnó en vida este principio fue, en el siglo XVII, Louise de La Valliere (1644-1710), la llamada “pequeña violeta escondida”, que desde la adolescencia, perfumó el lecho del Rey Sol no sólo en las sombras sino también -a su pesar- a la luz del día.

    Hija de la pequeña nobleza rural del interior de Francia, fue educada con exquisitez en la corte del inquieto Gastón de Orleans, tío del rey, entre tutores y juegos con las mismas hijas de Monsieur, pues el padrastro de la niña se convirtió en mayordomo del palacio de Gastón, de modo que era de desear para Louise, un matrimonio muy conveniente.

    Rubia, delicada, con rasgos armónicos -lo que en la época era lo mismo que belleza- y dulces ojos azules, Louise poseía encanto, pero no solo eso: también candidez y un corazón auténticamente bondadoso en el que la envidia, la ostentación o la intriga jamás tuvieron lugar. Esos rasgos precisamente, la convertirían en la “violeta escondida entre la hierba” -como escribiría Madame de Sevigny años más tarde- pero de inocultable fragancia. Desgraciadamente, las violetas llegan a su plenitud en los prados silvestres, no en los jardines palaciegos bajo el sol radiante y sobre esta violeta precisamente, caerá el Rey Sol apenas florecida.

    Louise en la corte de Felipe de Orleans

    En 1661, la princesa Enriqueta de Inglaterra (llamada familiarmente “Minette”) contrajo matrimonio con su primo Felipe, el duque de Orleans y hermano de Luis XIV. Este joven, que había sido criado a propósito por su madre casi como una niña para evitar que en el futuro conspirara contra su hermano rey, no sentía demasiada inclinación hacia su esposa, de modo que la apasionada adolescente encontró en el corazón -y el lecho- de su cuñado, el sitio que había dejado vacante María Mancini meses atrás.

    Pero el romance que inició secreto, se tornó chisme público incluso para la flamante esposa del rey, la española María Teresa de Austria. La reina Ana advertía, amonestaba, imploraba discreción, pero el Rey no quería cortar su relación. Mas, como amaba a su madre, ideó con su amante un plan. La recién llegada dama de honor de Minette, Louise de la Valliere, inocente e ignota en la corte, sería cortejada por el Rey sólo para calmar las habladurías y seguir frecuentando las habitaciones de su cuñada.

    El plan parecía perfecto, toda la Corte lo creyó, incluso los mismos implicados. Louise que había nacido para amar a uno solo y entregar su corazón por entero se obnubiló con las atenciones del rey, pero no por deseo vano de galantería cortesana ni para mostrar sus logros como el premio a su astucia y coquetería. Nada más alejado de su espíritu.

    Louise era una muchacha cándida y entregó su virginidad adolescente a quien consideraba el hombre de su vida. Benedetta Craveri dice que “amó al rey, pero no a la realeza”. Y si en su conciencia pesaba el pacado de yacer con un hombre casado, el deseo de obedecer a la voluntad de su amado le impedía reaccionar y alejarse. Era, como en los años de María Mancini, la época de la novela rosa de la que todos los corazones apasionados deseaban sentirse protagonistas y Louise vivió su propia novela de amor, aunque a diferencia de María, volvió pronto a la realidad.

    Una víctima del “Asunto de los venenos”

    El rey se enamoró de la cortesana y Minette pagó caro las consecuencias de sus travesuras con Luis. El rey la abandonó pues era Louise y solo ella -en principio- la dueña de su corazón sin que por eso dejara de frecuentar el lecho de su esposa. Y por más que María Teresa descubrió el romance y odió con furia a su rival, el rey ignoró sus quejas. Tanto que, en la misa ante los restos de su madre, la reina Ana, La Valliere -como se le llamaba en la Corte- fue obligada a ocupar el lugar de honor sentada junto a la esposa del rey. Luis por fin, exponía lo que todos sabían que sucedía en las sombras. A duras penas pudo la joven disimular su angustia y vergüenza.

    Pero la violeta que era feliz escondida, no resistió la luz del sol, mucho menos la de un rey que se consideraba el Sol. Él continuó colmándola de atenciones cada día y cada noche y de esas noches nacieron uno tras otro, sus cuatro hijos con el rey. Como los embarazos evidenciaban su estado, trataba de pasar desapercibida en los últimos meses de cada uno. Pero con el último de sus hijos, ya era tan conocida su situación, que lo vivió con enorme angustia pues las miradas de rencor, las burlas y los chismes se le hacían particularmente dañinos. Cuando sintió que estaba por llegar el momento de dar a luz, se retiró a sus habitaciones con total discreción. Media hora después del parto, ya estaba lista para la cena sin que nadie se percatara de nada.

    Era, sin saberlo, dueña de una fortaleza a toda prueba. Podría haberse impuesto, podría haber movido piezas de la corte a su antojo, podría haberse vengado de quienes querían verla destruida pero no. Aunque lo peor, aún estaba por llegar.

    Hacia 1666 una nueva dama apareció por los pasillos de Versalles, derrochando tanta belleza como seguridad y astucia: era Athénais de Rochechouart, Madame de Montespan. Se propuso ser la única favorita del rey y no paró hasta conseguirlo. Para eso, buscó aliadas, organizó intrigas y hasta supuestos encantamientos, ritos de brujería y el famoso asunto de los venenos a fin de mantener definitivamente al rey a su lado y de eliminar a cualquier otra opositora en el romántico corazón del rey. La Valliere fue uno de sus blancos predilectos: burlas, mentiras, humillaciones hirieron profundamente a Louise que soportó todo estoicamente. Hasta los venenos llegaron a su vientre, sin embargo, el destino tenía preparado otro camino para ella.

    Poco a poco, el rey fue dejando a Louise de lado, no sin antes legitimar a los dos hijos que quedaban vivos y nombrarla Duquesa de la Valliére con un castillo para ella en obsequio. Ella se percató de ser -de aquí en más- una pieza secundaria en la escena de la Corte y de que ese título era el pago por sus servicios. Enamorada hasta la locura, había idealizado y encarnado el amor en un hombre fuera de lo común, un rey que se identificaba con el Astro Rey. Sus deseos de absoluto y de amor sin medida se habían enfocado en el ser equivocado. Era hora de rectificar el camino.

    Un día decidió que no había vuelta atrás. Con el pretexto de curarse de un extraño mal -que no era otra cosa que un lento envenenamiento del que estaba siendo víctima- ingresó a un convento para religiosas. Luis rogó, lloró y envió emisarios a buscarla, entre ellos a Colbert, el superintendente de Hacienda. Louise regresó a palacio sólo porque él la llamaba. Cabría preguntarse si no volvió a ilusionarse ante los ruegos de ese amor. Estaba arrepentida profundamente de su vida licenciosa, quería rectificar, pero le faltaba determinación. Luis, tentado en su vanidad, sentía que podía competir con el mismo Dios por el amor de una mujer y se sintió triunfador.

    Louise de la Valliere murió en un convento

    Las risitas y burlas en Versalles no le dieron tregua: pensaron que era un ardid para volver la mirada del rey sobre ella. Tres años más de presiones y angustias de las que no podía soltarse por temor, porque si fracasaba era mujer y cortesana. ¿Dónde iría? Comenzó a recibir dirección espiritual y los consejos del mismísimo Padre Bossuet, quien la animaba a tomar la decisión a la vez que sanaba su alma atribulada.

    Para el Partido de los Devotos (franceses que buscaban una política más coherente con los principios católicos y no tan partidaria del deber de Estado) era la oportunidad de exponer la decadencia de la corte a los ojos del rey y su camarilla. Para aquellos, Louise, cual oveja perdida, se apartaba de esa corte de hipocresía y lujuria para trascender.

    Finalmente, en 1674 y con treinta años tomó la decisión y pidió consentimiento al rey para tomar los hábitos. Luis concedió su real permiso, pero la retirada se haría a su modo: debía marcharse con pompas y luces y despedirse en público. El rey galantemente, vertió algunas lágrimas. Luego, con verdadero arrepentimiento, Louise se echó a los pies de María Teresa y le rogó un perdón que la reina, emocionada, le manifestó habérselo concedido mucho tiempo antes. Fue el adiós definitivo.

    Antes, escribió una reflexión de treinta páginas en las que expresaba cómo en su vida había sido testigo del perdón de Dios. Quizás por eso se convirtió en religiosa carmelita descalza con el nombre de Luisa de la Misericordia, dejando tras de sí, el aroma del perdón sobre aquellos que la habían dañado tanto.

    Por fin la violeta oculta entre la hierba, encontraba su jardín propicio. Por fin ese deseo de amor exclusivo y duradero, de serena alegría sin estridencias ni egoísmos, colmaba para siempre el corazón de La Valliere, quien murió en el mismo convento treinta y seis años después.

  • La pasión francesa de María Mancini, la primera favorita de Luis XIV

    Nací en Roma de una familia considerada por su propio mérito y por el lustre de su nobleza…” Así comienza María Mancini su relato autobiográfico llamado “Las verdaderas memorias de María Mancini escritas por ella misma”. Nació en el verano de 1639 en Roma y en sus escritos destaca rápidamente que su madre, no encontrando en María la belleza superlativa de su hermana mayor Hortensia, a los siete años la hizo ingresar en un convento dirigido por una tía suya, a fin de que profesara como monja algún día. De paso, la noble señora se libraba de tener otra hija casadera. Pero dos años después, debido a los problemas de salud que presentó la niña -entendible en una niña afectiva y con gran imaginación y para peor, sin vocación religiosa- la madre decidió que María regresara al hogar, “aunque me amaba mi madre con menos ternura que a mi hermana Hortensia”, agrega María en sus memorias.

    El minucioso relato que sigue es ya conocido. El llamado del cardenal Jules Mazarino a sus hermanas para trasladarse a Francia con sus hijas, la estadía en Aix con el fin de prepararse a la vida cortesana, la llegada finalmente a París. María debió pasar aproximadamente año y medio en un convento -una vez más- porque aún no aprendía en forma correcta el francés, pero es probable que se debiera al carácter vivaz y temperamento despierto de la niña, ya que su madre presentaba constantemente quejas de la niña, lo que María atribuía al poco cariño y paciencia que su madre le profesaba. No obstante, era amenazada constantemente con el retorno al convento si seguía presentando tantas faltas de disciplina.

    Poco después fallece su madre, luego su aya y María comienza a gozar de la libertad exigida por su espíritu deseoso de aventuras y, dueña de una imaginación excitada por las novelas que leía. Es en ese momento cuando el joven rey Luis XIV de Francia, el “Rey Sol”, comienza a mirarla con otros ojos, ya como dos adolescentes en pleno despertar de sus instintos. Todo parecía ser un romance inocente, aceptado y hasta fomentado por Mazarino y Ana de Austria, reina madre y madre de Luis. Hasta que la “razón de Estado” pudo más. En la cúspide de su romanticismo, ambos leían juntos “L’Astrée (La Astrea) de Honore d’Urfé, la novela madre de las novelas románticas de la época.

    Cuenta María: “…la asiduidad del monarca, los magníficos regalos que me hacía y, más que todo eso, su languidez, sus suspiros y la solicitud general con que me complacía todos mis deseos, no me dejaron más dudas al respecto”.

    Pero, esos momentos de solaz pronto amenazaron con desvanecerse cuando la reina Ana y Mararino iniciaron tratativas de matrimonio entre el joven rey y la princesa italiana Margarita Yolanda de Saboya. María narra lo que sufrió su corazón en ese momento y cuán triste se encontró ella temiendo perder a su amado. Afortunadamente estas tratativas no prosperaron. María volvió a disfrutar de la felicidad de saberse la preferida del rey, de la madre del rey y de su propio tío, Mazarino. Este estado no duró mucho más. El acuerdo franco-español que ponía fin a muchos años de conflicto tras la guerra de los Treinta Años (Paz de los Pirineos) tuvo una inesperada consecuencia para los jóvenes: el matrimonio entre Luis XIV y la infanta de España María Teresa de Austria, prima hermana del joven rey.

    Luis protestó, pero aprendió enseguida la importancia de la renuncia por el bien de Francia instigado por Mazarino. A la vez, María ya había sido prometida a otro príncipe: Lorenzo, el condestable Colonna, cuya familia constituía el clan romano más influyente con deudas de favores mutuos con los Mazarino. “Vos sois rey y yo me marcho”, le manifestó María a Luis, parafraseando una de las tantas novelas que leía.

    María menciona entonces las largas cartas que su desconsolado enamorado le enviaba, pero Luis jugaba un doble juego: por un lado penaba por María y por el otro, se entusiasmaba con su boda española. María sufrió sin duda, pero era inteligente: al caer enfermo el cardenal y ya comprometido el rey, se dio cuenta que pronto se quedaría sin apoyos en la corte francesa, por lo que decidió aceptar el matrimonio con Lorenzo. A los pocos meses, Mazarino murió.

    Poco tiempo después, la joven regresó a Francia y en Fontainebleau fue presentada ante la nueva reina. Imaginó con todo su espíritu romántico ese reencuentro con quien había sido su amado, pero su frustración fue enorme al notar que él apenas la miró y ni siquiera procuró un fugaz encuentro a solas. “Nada puede haber más cruel”– escribió ella después de ese incidente.

    En sus inicios, el matrimonio funcionó: nacieron tres hijos en casi tres años: Filippo; Marcantonio y Carlo. El condestable complacía a su vivaz esposa en todo por lo que organizó tertulias y salones como si siguiera en París. Pero en Italia comenzaron a murmurar acerca del comportamiento “a la francesa” de María y su reputación quedó cuestionada, especialmente por los continuos viajes que hacía, a veces sola y rodeada de admiradores. Su matrimonio empezó a resquebrajarse.

    María le propuso a Lorenzo que la eximiera del deber marital y Lorenzo aceptó, pero esta respuesta en apariencias tranquila trajo dos consecuencias funestas para María: Lorenzo instaló en su casa a su amante y comenzó a dar oídos a las habladurías y libelos escritos contra María. Fue ahí cuando María decidió escaparse con su hermana Hortensia -viviendo con ella también, después de varios vericuetos de su vida matrimonial- y su hermano. Recorrió así gran parte de Europa. Llegó con un salvoconducto a Francia esperando la ayuda de su antiguo novio, pero la situación de Luis no era la misma que antes: si bien ayudó económicamente a María, no quiso alojarla en la corte ni recibirla siquiera dado que los escritos de la época relacionaban a María de un “vivo recuerdo” que la unía con Francia y claramente Luis no quería tener problemas con el Príncipe Condestable.

    María entonces se alojó en un convento en Italia, en el que podía llevar la vida social que quisiera e incluso reunir gente de su entorno, pero pronto se aburrió y volvió a las aventuras. Lorenzo la conminaba a regresar al hogar, le hablaba de sus hijos, pero María estaba decidida a no volver. Se instaló en España en 1676, donde tenía muchos conocidos y desde allí mantuvo relación con la cultura, sociedad y política de la época.

    Pero cuando el bastardo de Felipe IV, Juan José de Austria, asumió el protagonismo de la corte española y ejerció su influencia sobre el joven rey Carlos II (el “Hechizado”) se hizo necesario sentar posición y fue cuando María, temerosa de las libertades alcanzadas, temió por su seguridad y escribió sus memorias como un “descargo”, por un lado contra los escritos en su contra de Lorenzo, y por el otro manifestando su lealtad a España y la corona. Después de 1689, cuando murió el condestable, María regresó a Italia cansada de tanta travesía, mas no vencida. Falleció en Pisa en 1715, el mismo año que su inolvidable Luis XIV. El epitafio que ella misma compuso rezaba María Mancini Colonna, pulvis et cinis. Polvo y cenizas sin dudas, pero tan bien vividos que se salió con la suya, en solitario y regresando al hogar cuando sus libertades no corrieran peligro.

  • Tras mil días de restauración, la capilla de Luis XIV en Versalles recuperó el brillo perdido

    Después de un meticuloso trabajo de renovación, ahora el techo y las magníficas esculturas doradas de la Capilla Real resplandecen con los rayos del sol.

    Última gran obra de construcción del rey Luis XIV de Francia, la Capilla Real del Palacio de Versalles ha recuperado todo su esplendor después de tres años de un completo trabajo de restauración. El templo principal de la residencia de los reyes borbónicos fue inaugurado por el Rey Sol en 1710 pero su brillo y esplendor fueron desapareciendo con el paso de las décadas.

    “El techo de la Capilla Real ha sido restaurado y ahora completamente descubierto. Habrá que esperar a la primavera para descubrir la parte inferior donde los canteros y escultores siguen trabajando durante unos meses”, dijeron el 13 de enero los administradores del palacio, a las afueras de París.

    Después de tres años de renovación, ahora el techo y sus magníficas esculturas y adornos dorados brillan con los rayos del sol. Fue un trabajo enorme, ya que la Chapelle Royale de Versalles mostraba signos de debilidad, filtraciones de agua y estatuas y piedras erosionadas. El palacio definió los trabajos de restauración como los más grande de su historia desde las obras del Salón de los Espejos.

    Construida entre 1699 y 1710, la obra maestra de Jules Hardouin-Mansart, de 40 metros de altura, desde 2017 estuvo rodeada de andamios y encerrada bajo enormes lonas detrás de las cuales techadores, carpinteros, canteros, escultores, maestros vidrieros, vidrieros e incluso cerrajeros trabajaron arduamente, incluso a pesar de las restricciones que impuso la pandemia de Covid.

    Para los maestros doradores Karine Fernández y Florent Bruneau, de Ateliers Gohard, encargados de revivir las estatuas y adornos de plomo en el techo de la Capilla Real fue necesario crear una “burbuja adicional” al abrigo del viento, la humedad y el polvo, para permitirles depositar un a una de las 300.000 hojas de oro necesarias para restaurar el brillo original de la estructura.

    Se trató de la “segunda gran restauración de la capilla real” desde su construcción, y la última databa de 1875-1878, afirma Frédéric Didier, arquitecto en jefe de Monumentos Históricos, maestro de obra de la restauración. Durante su primera gran restauración, en el siglo XIX, Francia estaba en guerra y no tenía los medios financieros para recuperar el dorado de los techados. “Hubiera sido indecente. Hoy lo hacemos, porque Versalles lo merece”, explica Didier.

    La construcción de la capilla fue una de las mayores obras dentro de un inmenso proyecto de construcción, el más ambicioso de su siglo, que salió de la mente de Luis XIV. Los trabajos culminaron solo cinco años antes de la muerte de Luis XIV y hoy es la construcción más alta del castillo, con una altura que alcanza los 44 metros.

    En su interior, tiene dos plantas según la tradición de las capillas palatinas, es decir, las capillas de los palacios. Los sucesivos reyes Luis XIV, Luis XV y Luis XVI y sus familiasoyeron diariamente la misa desde la tribuna, en el piso superior hasta que la Revolución de finales del siglo XVIII acabó con la dinastía.

  • Las mazarinettes: seducción y manipulación en la corte del Rey Sol

    La misión de Girolama Mazzarini, una joven viuda de la alta nobleza, era posicionar a sus cinco bellas niñas en la corte de los reyes de Francia. Y lo logró con creces.

    Cuando el barón Lorenzo Mancini, aristócrata italiano, muere en 1650 deja a su viuda y a su numerosa prole en plena crianza. Sus orígenes habían sido inmejorables, emparentaba con las ramas de la nobleza más importante de Europa y su prosapia romana se remontaban a la época del Imperio. Quizás por eso, dado que su futuro estaba resuelto, se dedicó en vida a ciertas artes poco comunes en la nobleza de la época: la astrología y la necromancia. Era casi un hechicero, un gurú diríamos hoy en día.

    Tras su muerte, la joven viuda Girolama Mazzarini buscó la protección de otro hombre importante en su vida: su hermano mayor, el cardenal Julio Mazzarino, personaje más que poderoso en las cortes de Ana de Austria y su hijo Luis XIV. Y no es que necesitara del sostén económico, ya que sabemos que heredó una enorme fortuna, pero se sintió incapaz de forjar sola un buen futuro para sus ocho hijos, por lo que decidió partir a París con ellos y, con la ayuda del famoso Cardenal.

    EL CARDENAL JULIO MAZARINNO

    Su misión era posicionar afortunadamente a sus hijos, especialmente a sus cinco bellas niñas, en la corte de los reyes de Francia. Basta recordar la capacidad negociadora y diplomática del famoso hermano para darnos cuenta que el plan de Girolama no era descabellado. Y como para los italianos, “todo queda en familia”, Laura, la otra hermana de Mazarino siguió a Girolama a París y se instaló también en la corte con sus hijas: Laura y María Martinozzi.

    Cuando el Cardenal falleció, a comienzos de 1661, el porvenir de las “mazarinettes” -así se las conoció en la corte francesa- ya estaba consolidado. Las jóvenes hijas de Girolama fueron Laura (1636-57); Olimpia (1638-1708); María (1639-1715); Hortensia, llamada como su abuela materna y la más hermosa de todas (1646-1699); y María Ana (1649-1714).

    HORTENCIA MANCINI

    Junto a sus primas, arribaron a la Provenza y antes de seguir viaje a París, recibieron un programa educativo de seis meses que incluía la lengua francesa y etiqueta. Una vez en la corte, su esmerada preparación les permitió vivir y crecer bajo la tutela de su tío Julio Mazarino y su “cuasi madrastra”, la reina madre Ana de Austria, viuda de Luis XIII y una especie de madrina de todas ellas.

    Pronto empezaron las negociaciones y a les mazarinettes se las hizo aspirar a lo más alto de la sociedad en cuanto a maridos se refiere, aunque sólo fueran unas niñas.

    MARIA MANCINI

    Laura Mancini casó a los quince años con Luis de Borbón, duque de Vendome, y fue la madre del famoso general francés Luis José de Borbón, duque de Vendome, pero a los veintiún años ya había muerto de fiebre puerperal.

    Olimpia Mancini, casó a los diecinueve años con Eugenio de Saboya y fue madre del príncipe y general austríaco Eugenio de Saboya. Vinculada al famoso “asunto de los venenos”, en el que cientos de miembros de la aristocracia fueron acusados de envenenamiento con fines políticos, sociales y económicos, Olimpia debió exiliarse de Francia.

    OLIMPIA MANCINI

    María Ana casó a los catorce años con el duque de Bouillon, sobrino del marqués de Turena. Era una gran lectora y aficionada a la cultura, por lo que abrió un famoso salón literario patrocinando entonces al joven La Fontaine. Si bien su esposo la amaba verdaderamente, eran conocidas las infidelidades de María Ana y la familia de su esposo, bregaba sin éxito para que fuera encerrada en un convento por adúltera. Vinculada también al asunto de los venenos por Luis XIV, se defendió en el juicio con tanta soltura e inteligencia que nunca pudo ser castigada con severidad por falta de pruebas.

    Hortensia fue la sobrina favorita de Mazarino y llegó a contar con la protección de Luis XIV quien la consideraba casi una hermana. La fama de su belleza llegó a oídos del rey de Inglaterra y primo hermano de Luis, Carlos II, quien pidió su mano en matrimonio cuando la niña contaba con trece años, pero Mazarino se la negó, ya que le parecía poco propicio que su sobrina desposara a un rey en el exilio. Para sorpresa del Cardenal, Carlos volvió al trono y si bien Mazarino quiso revisar aquella propuesta de matrimonio, Carlos despechado, ya no aceptó y se casó con la riquísima Catalina de Portugal. Pero años después volvieron a cruzarse los destinos.

    LUIS XIV DE FRANCIA

    Hortensia casó dos años después con el duque de Meilleraye, un hombre avaro y celoso a quien abandonó años después dejando a sus hijos con él. Hortensia recorrió parte de Europa y se rodeó de amantes que la protegieron económicamente, hasta instalarse en Inglaterra junto a Carlos II donde murió muchos años después. Cuentan que la atraía el travestismo y que probablemente era bisexual, dos características que no eran muy mal recibidas en la corte de Luis XIV.

    Las primas Martinozzi también lograron matrimonios ventajosos: Laura casó con Alfonso IV de Este y fue madre de María de Módena, reina de Inglaterra por su matrimonio con Jacobo II. La segunda, Ana María Martinozzi, se casó con un príncipe de la Casa de Borbón. De María Mancini no hemos hablado. Es que María tuvo un destino parecido al de las heroínas de las novelas que leía y de ella hablaremos en otro artículo, pues fue nada más y nada menos que el primer amor -intenso e inolvidable- del joven Luis XIV.

    (*) La autora es Profesora y Licenciada en Historia y especialista en Monarquías de la Edad Moderna.

  • La higiene real en el Antiguo Régimen: algo huele mal en la corte de Francia

    Las memorias de los cortesanos muestran que la limpieza no era común en las cortes de Luis XIV y sus sucesores. ¿Cuáles eran los hábitos sanitarios de reyes, nobles y sirvientes?

    Cuando el borbónico rey Luis XVIII de Francia entró por primera vez en el Palacio de las Tullerías, en 1814, notó que ciertos salones del palacio parisino no olían precisamente a rosas. Una dama de su corte exclamó: “¡Cómo me recuerda les bon Vieux temps!” Se refería a los buenos viejos tiempos de Luis XVI, cuando las distinguidas cortesanas, sin importar su rango, orinaban de pie donde podían (en los pasillos, patios, habitaciones reales y hasta en el salón del trono) porque los retretes quedaban muy lejos o no había. ¿Fue la corte de Francia un verdadero “pozo negro”, como dicen algunas memorias?

    Lo cierto es que la vida en la esplendorosa corte de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI no todo lo que relucía era oro. Más bien era un ambiente desagradable, como contó Madame de Orleáns, cuñada de Luis XIV y también conocida como Madame la Palatina, quien se quejó en una carta a su tía de la falta de servicios en Fontainebleau: “Debes ser muy feliz de ir a cagar cuando quieres“, escribió en una carta que sigue siendo famosa. “Aquí, me veo obligada a aguantar hasta la noche… Tengo la desgracia de vivir sola, y por lo tanto la pena de cagar afuera, lo que me enoja, porque me gusta cagar cómoda, y no cago bien cuando mi culo no está cómodo. Lo mismo, todos nos ven cagando…”

    Versalles no era Fontainebleau y Luis XIV deseaba para su nueva corte lo mejor y lo más moderno, a la altura del siglo XVII. Como el historiador Mathieu da Vinha recuerda en su libro Viviendo en la corte de Versalles, “existían muchos baños construidos en Versalles, ahora extintos, encontrados en los planes inferiores. Estas letrinas públicas estaban ubicadas en varias alas del chateau y permitieron que muchos visitantes hicieran sus necesidades en paz. Pero el palacio es grande y, para evitar accidentes, las ‘sillas’ se colocaron regularmente detrás de biombos en algunos pasillos. Esto no impidió que los súbditos de Su Majestad defecaran en los patios o en los jardines. Trataban de disimular los olores colocando plantas con aromas potentes: jacintos, narcisos, jazmines“.

    A pesar de la llegada de unos inodoros más modernos en el reinado de Luis XV -con un sistema de evacuación por descarga-, la “silla perforada” permaneció en servicio durante un largo tiempo.

    En cuanto a los príncipes y la corte, que vivían cerca del rey, todos tenían su propio equipo, la mayoría de las veces en los armarios de los apartamentos que servían de lugares de fácil acceso. Se trataba de una silla perforada, a veces muy lujosa, cubierta con “alfombra” o “damasco rojo, adornada con flecos y adornos de oro y plata”. A pesar de la llegada de unos inodoros más modernos en el reinado de Luis XV -con un sistema de evacuación por descarga-, la silla perforada permaneció en servicio durante un largo tiempo desde Luis XVI. En algunas ocasiones, el Rey Sol o su segunda esposa, Madame de Maintenon, ofrecieron audiencias mientras estaban cómodamente sentados en sus sillas. Un cortesano le acercaba religiosamente la silla a la hora del desayuno y la hora de acostarse, tras lo cual el rey se limpiaba con una toalla perfumada y empapada en alcohol.

    Para finales del reinado de Luis XIV, Versalles estaba equipado con cerca de 350 chaises percées, o “sillas perforadas”. Para vaciar todas estas sillas malolientes, un ejército de sirvientes ocupaba constantemente unos treinta pozos distribuidos bajo el cuerpo central y en las diferentes alas del castillo. De hecho, estaba prohibido arrojar los desechos desde las ventanas, una práctica muy común en ese entonces en Francia; Estas fosas, regadas regularmente, estaban conectadas a alcantarillas que vertían el lodo en diferentes partes de la ciudad. Una gran parte fluía así en dos estanques, el de la marisma en el sur, llamado “el estanque apestoso”, y el de Clagny, que se llenó más tarde.

    La higiene corporal

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    Como producto la escasa higiene corporal, lo más común era que las sábanas y las pelucas estuvieran impregnadas de piojos y pulgas. Un cortesano contó que en las pelucas de Luis XIII solían verse piojos y pulgas.

    Bajo Luis XV, el uso de perfumes como remplazo del agua era tan frecuente que su corte de Francia era llamado “la Corte perfumada”. Los historiadores afirman que Enrique IV y su hijo, Luis XIII, solo se bañaron una vez en su vida, desnudos los dos en un río. Del Rey Sol dicen que se bañó solo dos veces en toda su vida (y solo por prescripción médica), pero que cada mañana -como todo noble y aristócrata de su tiempo- se limpiaba la cara con un trozo de algodón impregnado de alcohol o con saliva, como los gatos, y se rociaba con un montón de perfumes que ocultaban su olor corporal muy mal. El duque de Saint-Simon relató en sus memorias con extremo detallismo el ritual del baño de Luis XIV que, curiosamente, no incluía agua.

    Después de haber transpirado en alguna actividad física, se bañaba con la ropa puesta. En su defensa, debemos decir que Luis XIV amaba los “baños de río” en la naturaleza, en el Sena en Saint-Germain, un hábito contraído en su juventud y que lo seguirá hasta el final de su vida. Lo hacía especialmente en el verano, cuando el calor era abrumador, pero nunca olvidaba la parafernalia cortesana: en cada movimiento del soberano, todos sus oficiales de guardarropa y de cámara lo seguían e instalaban una carpa en la que el rey podía desvestirse y vestirse cómodamente.

    En los tiempos borbónicos, los baños eran más comunes pero todavía escasos, ya que los médicos temían desde mediados del siglo XIV -después de la Peste Negra- que el agua transmitiera enfermedades a través de los poros de la piel. Los hábitos sanitarios se modernizaron en la corte de Luis XV, que prefería bañarse más seguido que su bisabuelo. El monarca tenía un baño para lavarse y otro para enjuagarse, así como una entrada de agua fría y una de agua caliente, gracias a los baldes y las chimeneas instaladas sobre el habitación real.

    Tan pronto como se mudó al palacio de Versalles, en 1722, Luis XV manifestó la necesidad de poder bañarse en una bañera de cobre, instalada en una habitación pequeña y funcional, equipada con lienzos, jabones, esponjas y perfumes. Al estar el cobre caliente, el rey se bañaba sentado en una silla y no se sumergía. Unos años más tarde, su esposa María Leszczynska decidió ampliar sus apartamentos privados agregando una habitación íntima con un baño individual portatil y desde entonces casi todos los miembros de la familia real tuvieron su propio baño, e incluso la amante real, Madame de Pompadour, solicitó la instalación de un baño en sus aposentos.

    La reina María Antonieta era criticada por lavarse las piernas todas las mañanas y todas las noches, y por bañarse más seguido que el común de la gente.

    El maquillaje y los perfumes utilizados en abundancia servían para simular las carencias de higiene corporal, lo que llevó a la reina María Antonieta a la crítica pública por el uso frecuente que hacía de estos artilugios de belleza. Apodada despectivamente “la Austríaca” o “Madame Déficit”, María Antonieta era criticada por lavarse las piernas todas las mañanas y todas las noches, y por bañarse seguido. Tenía una bañera portátil con tapa, que se lleva a su habitación cuando lo deseaba, y se bañaba vestida con un vestido largo de franela abotonado hasta el cuello. Sus asistentes debían colocar una sábana desde el suelo hasta la parte superior de su cabeza, para ocultar el cuerpo desnudo de la reina ante sus ojos. El agua a menudo era perfumada con almendras dulces, lino o malvavisco, y María Antonieta disfrutaba de una taza de chocolate caliente mientras se bañaba.

    Por el contrario, la higiene bucal era indispensable, un signo de belleza, en las cortes de Luis XIV y Luis XV. El Rey Sol se frotaba los dientes regularmente con una mezcla astringente que de hecho es el antecesor de la pasta de dientes: palisandro, ciprés, romero o mirto, combinada con pasta a base de opio con sabor a plantas aromáticas como el anís, la canela, el tomillo o la menta. Otros personajes de la corte insistían en lavarse los dientes con tabaco -que se cree que está lleno de virtudes desinfectantes- o con esencia de orina como Madame de Sevigne aconsejaba a su hija.

    Todos estos esfuerzos muestran un verdadero esfuerzo de limpieza, contrario a la creencia popular, pero la mayoría de los hombres y mujeres que vivían en la corte francesa -de cualquier jerarquía social- mantuvieron hábitos de higiene muy malos. Por un lado encontramos a la princesa de Conti, conocida por su excesiva limpieza, y por otro al duque de Vendome, nieto de Enrique IV, que utilizó toda su vida una silla perforada que luego sus ayudantes de cámara vaciaban y, (¡sin lavarla!) la llevaban con agua para que el duque de afeitara. El duque de Saint-Simon no se resistió a contarnos otra anécdota edificante, sobre el día en que François de Clermont-Tonnerre, obispo de Noyon, dominado por un repentino deseo, sorprendió a todos al “orinar a través de la balaustrada” de la capilla, siendo reprendido rápidamente por el intendente de Luis XIV. Una prueba más de que el palacio del Rey Sol no debía oler a flores todos los días… incluso en los lugares más sagrados.

  • Los diamantes “Hope” y “Koh-i-Noor”: dos joyas de la realeza marcadas por la desgracia

    Portadores de desgracias, enfermedad, muerte, bancarrota: ¿le gustaría tener las joyas más caras del mundo si supiera la verdad sobre su pasado?

    A través de la historia, las grandes riquezas han ido a menudo de la mano de grandes tragedias y algunas de las joyas más importantes que se conocen están ligadas a historias horribles. Aquí, miramos tres gemas famosas con un pasado maldito.

    El Diamante Hope

    Podría decirse que es uno de los diamantes más famosos del mundo. El Diamante Hope ha cambiado de manos en numerosas ocasiones a lo largo de los años, y muchos de sus propietarios han sufrido una trágica desaparición durante la propiedad de la piedra.

    El diamante azul profundo pesa 45,52 quilates y fue descubierto por primera vez hace más de cuatro siglos en la India. Los registros más antiguos del cambio de manos de la piedra se remontan a 1666, cuando un comerciante de gemas adquirió la piedra. Más tarde se cortó en el azul francés que conocemos y admiramos hoy, y se vendió al rey Luis XIV en 1668.

    Entre el momento en que el rey Luis XIV adquirió la gema y cuando fue robada en 1791, la familia real francesa tuvo que soportar un sinfín de problemas. Quizás fue solo una coincidencia. La gema robada se recortó y apareció en un catálogo en 1839 como Hope Diamond, ya que la familia de banqueros Hope la vendía en Londres.

    Suena bastante estándar hasta ahora, ¿verdad? Las familias reales surgen y caen, no hay nada especial allí. Sin embargo, no fue hasta la década de 1880 que las leyendas de la piedra que traía una maldición a su dueño comenzaron a surgir: primero en un periódico australiano, luego en The Washington Post en 1908, quien retomó la historia de la piedra maldita y la dijo. había cambiado de manos no menos de 14 veces porque con el tiempo sus dueños siempre parecían enfrentarse a una muerte trágica y prematura.

    En 1910, el joyero Pierrer Cartier adquirió la gema y se pensó que había exagerado el precio de la piedra maldita para atraer notoriedad y compradores. Vendió la piedra a la pareja de la alta sociedad estadounidense Edward Beale McLean y Evalyn Walsh McLean en 1911. Se decía que Evalyn estaba fascinada con el misterioso pasado de la piedra. La pareja se divorció en 1932; su hijo murió y el negocio familiar de Evalyn quebró. Edward murió a la edad de 51 años y Evalyn a los 60, todo después de haber adquirido el diamante.

    La piedra volvió a cambiar de manos en 1947 cuando fue al joyero estadounidense Harry Winston, quien la regaló al Museo Nacional Smithsonian de Historia Natural en 1958, donde permanece hoy. Maestro joyero él mismo, Winston parecía no haber sido afectado por la “maldición” de la gema, y vivió su muerte natural a la edad de 83 años.

    EL ÓPALO DE LA REINA MERCEDES. Se decía que el ópalo de la reina Mercedes de España (1860-1878) fue responsable de las muertes prematuras de varios miembros de la realeza española en el siglo XIX. El ópalo estaba colocado en un anillo que la amante del rey Alfonso XII, la condesa de Castiglione, le regaló a la joven reina Mercedes. Apenas seis meses después de recibir el regalo, la reina murió de un aborto espontáneo y tifoidea en 1878. Después de su fallecimiento, el anillo pasó a diferentes miembros femeninos de la familia Borbón, quienes murieron poco después de adquirirlo. El anillo finalmente aterrizó en el dedo de la reina Cristina, segunda esposa del rey Alfonso. Tras su muerte en 1885, los miembros de su familia la instaron a destruirlo. Ella se negó y, en cambio, lo donó a la iglesia del santo patrón de Madrid, donde todavía se conserva.

    Koh-i-Noor: en la corona de la Reina Madre

    El diamante Koh-i-Noor, que significa “montaña de luz”, es el ejemplo perfecto de una joya maldita, propiedad de numerosos gobernantes asiáticos a lo largo de los años que con demasiada frecuencia perdieron sus imperios y sus vidas. Según la leyenda del año 1306, la desgracia caería sobre todos los hombres que lo poseyeran.

    El diamante pasó de dinastía en dinastía en India, Afganistán, Irán y Pakistán después de muchos combates y derramamiento de sangre, y tras el final de la Segunda Guerra Anglo-Sikh y la anexión del Reino de Punjab, los tesoros fueron confiscados por la corona británica.

    Después de que la Compañía Británica de las Indias Orientales tomó posesión del diamante a bordo de uno de sus barcos, no pasó mucho tiempo antes de que el cólera se apoderara y matara a decenas a bordo.

    Inmediatamente después de su llegada a Gran Bretaña, la reina Victoria fue atacada por un hombre con un bastón (que recibió un desagradable ojo morado) mientras su carruaje atravesaba las puertas del palacio. Menos de un mes después, en julio de 1850, el primer ministro del país, Robert Peel, murió después de caerse de su caballo y ser pisoteado, todas las desgracias atribuidas a la llegada del diamante en ese momento.

    Sin embargo, la mayoría cree que la maldición recae solo sobre los hombres vinculados a la piedra, no sobre las mujeres, por lo que a partir de entonces solo mujeres usaron el diamante. La piedra finalmente se colocó en la corona de la reina María de Inglaterra, esposa de Jorge V, para su coronación en 1911 y luego en 1937 en la corona de la reina Isabel, esposa de Jorge VI, para su coronación.

    Actualmente, el diamante adorna la Corona de la Reina Madre, que se conserva en la Torre de Londres. La última vez que salió de allí fue para ser colocada sobre el féretro de la reina, fallecida en marzo de 2002.

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  • Quiénes son los tres descendientes del Rey Sol que se disputan el trono de Francia

    Juan de Orleáns, Luis Alfonso de Borbón y Jean-Christophe Bonaparte dicen ser los legítimos herederos de la desaparecida monarquía francesa y ansían restaurar en sí mismos la desaparecida corona.

    La monarquía ya no existe en Francia, que entró en el siglo XX como una de las pocas repúblicas en una Europa dominada por reyes y emperadores. Antes, la herida Casa de Borbón había agotado sus herederos, el trono del advenedizo Napoleón Bonaparte había caído en mil pedazos y las revoluciones retiraron la corona a los Orleáns. Hoy, tres descendientes de aquellos viejos monarcas (todos ellos, a su vez, descendientes del mismísimo y legendario Luis XIV, apodado el “Rey Sol”), pretender ser los herederos de la monarquía francesa y ansían restaurar en sí mismos la desaparecida corona.

    Jean de Orleáns, el conde de París

    Descendiente de Felipe, duque de Orleáns, hijo de Luis XIII, y de Luis Felipe I de Orleáns, último Rey de los Franceses.

    El príncipe Jean de Orleans, se convirtió en el jefe de la Casa Real de Francia tras la muerte de su padre en enero de 2019, convirtiéndose así en el Conde de París. Al igual que sos contendientes en la carrera por el trono francés, Jean tiene un árbol genealógico muy frondoso, ya que a través de su padre el difunto Enrique “VII”, conde de París, el príncipe es descendiente del último hombre coronado rey en Francia, Luis Felipe I de Orleáns y de los reyes borbónicos Luis XIII y Enrique IV. A través de su madre, desciende de Luis XIV el “Rey Sol”, de María Teresa de Austria, reina de Sajonia; de Carlos X de Francia y de Carlos de Habsburgo, emperador de Alemania y rey de España. Como descendiente del rey Fernando VII, el nuevo conde de París tendría derecho al trono de España.

    Nacido el 19 de mayo de 1965 en Boulogne-Billancourt, el nuevo conde de París es el tercero hijo -segundo varón- del príncipe Enrique de Orleáns, a quien los monárquicos “orleanistas” reconocieron como “Henri VII de Francia”. Su madre es la princesa alemana María Teresa de Wurttemberg. Titulado en Filosofía, Derecho y Administración de Empresas, ha trabajado en el campo de la consultoría de empresa y en el sector financiero. Su hermano mayor, Francisco, duque de Angulema, padecía un retraso mental y murió en 2017, dejándole el derecho sucesorio a Jean.

    Se casó con la aristócrata austriaca Philomena de Tornos Steinhart en París en 2009, y la pareja tiene cinco hijos. Su hermano mayor, Francisco, duque de Angulema, padecía un retraso mental y murió en 2017, dejándole el derecho sucesorio a Jean. Entre sus familiares se cuentan príncipes de las casas reales de Brasil, Dinamarca, Grecia y España.

    Además de la conexión de la familia del “Rey Sol”, la línea masculina de su familia también desciende de Luis Felipe I, el “Rey Ciudadano” de Francia, quien reinó desde 1830 hasta 1848. Los realistas franceses (también conocidos como unionistas) reconocen a Jean como el legítimo reclamante al trono. En los últimos tiempos, el príncipe ha mostrado su apoyo a los manifestantes de “gilets jaunes” (‘chalecos amarillos’), que han estado manifestando sobre el creciente costo de vida en Francia, informó The Guardian.

    En un artículo de opinión publicado en Le Figaro, Jean de Orleáns criticó la Constitución francesa, pidiendo “cambios” en el papel de jefe de estado pero sin llegar a instar a la abolición de la república. “El rol de árbitro, que es desempeñado por el jefe de estado en nuestra tradición milenaria, ya no se lleva a cabo de manera efectiva. No es sorprendente, por lo tanto, que los franceses, que valoran los símbolos políticos, voten para rechazar en lugar de aprobar en cada elección presidencial”, escribió el nuevo pretendiente al trono francés.

    El descendiente del dictador Franco

    Luis Alfonso afirma ser el legítimo heredero de los Borbones de Francia al descender en línea masculina directa de Luis XIV.

    Los Orleáns compiten en su reclamo dinástico con los Borbones, que tienen su base en España y están encabezados por Luis Alfonso, autotitulado duque de Anjou, de 44 años. Sus seguidores lo conocen como “Luis XX”y es el descendiente masculino de mayor edad de Luis XIV a través del nieto de aquel monarca, el rey Felipe V de España.

    Aunque la monarquía francesa llegó a un final difícil a manos de Robespierre y más tarde de Napoleón, los “Legitimistas”, una facción promonárquica en Francia, siguen comprometidos con la restauración de la línea Borbón al trono. Según ellos, el duque también tiene derecho al título de cortesía francés de “Príncipe de Sangre” tras su decisión de tomar la ciudadanía francesa.

    Nacido en Madrid en 1974, Luis Alfonso es banquero y bisnieto del dictador español Francisco Franco a través de su madre, María del Carmen Martínez-Bordiú y Franco, y también descendiente directo de la reina Victoria a través de su bisabuela, Victoria Eugenia de Battemberg. Su padre, Alfonso de Borbón-Sergovia, era primo hermano del rey Juan Carlos y murió en 1985 en un accidente de esquí.

    El heredero de Napoleón Bonaparte

    A través de su madre, la princesa Beatriz de Borbón-Dos Sicilias, es descendiente del rey Luis XV de Francia.

    También conocido como el “Príncipe Napoleón”, Jean-Christophe, de 35 años, es el tataranieto del hermano del gran emperador francés Napoleón, cuya dinastía reinó antes de que la Tercera República terminara definitivamente con la monarquía en Francia.

    Napoleón se había declarado emperador en 1804 y había emprendido la guerra con otras potencias europeas, conquistando gran parte del continente. Finalmente, fue derrotado en la batalla de Waterloo en 1815 y encarcelado en la remota isla atlántica de Santa Elena, donde murió el 5 de mayo de 1821.

    Ya que Napoleón I no tuvo hijos con su primera esposa (Josefina de Beauharnais) y solo un hijo que murió joven con la segunda emperatriz (la archiduquesa María Luisa de Austria), la herencia dinástica pasó a la familia de su hermano, Jerôme.

    Jean Christophe, un banquero que estudió en Harvard, es, en opinión de algunos monárquicos, el jefe de la antigua Casa Imperial de Francia. A través de su madre, la princesa Beatriz de Borbón-Dos Sicilias, es descendiente del rey Luis XV de Francia, y a través de su bisabuela, la princesa Clémentine de Bélgica, es descendiente de Luis Felipe I, como su rival.

    Tres dinastías para la misma corona

    En 1792, la Asamblea Legislativa de Francia votó a favor de abolir la monarquía y establecer la Primera República. La decisión se produjo un año después de que el rey Luis XVI aprobara a regañadientes una nueva constitución que lo despojó de gran parte de su poder.

    Luis XVI había ascendido al trono francés en 1774 y desde el principio luchó por hacer frente a las dificultades financieras de su país. La Revolución Francesa había alcanzado su primer clímax en 1789, exacerbada por la escasez de alimentos.

    En agosto de 1792, el rey Luis y su esposa, María Antonieta de Austria, fueron encarcelados, y la monarquía fue abolida en septiembre de ese año. En enero de 1793, Luis fue juzgado por traición y decapitado. María Antonieta también fue guillotinada nueve meses después.

    Curiosamente, la Revolución que despojó a los reyes de su poder dio inicio a otra monarquía, con el revolucionario Napoleón Bonaparte coronado como emperador en 1804. No pudo mantener su imperio en pie y fue derrocado en 1818.

    La Segunda Revolución Francesa de 1830, también conocida como la Revolución de Julio, vio el derrocamiento del rey Carlos X, el monarca borbónico francés, tío de Luis XVI. Esto llevó al ascenso de su primo Luis Felipe, duque de Orléans, quien sería derrocado 18 años después, en 1848.

    Tras la caída de los Orleáns, Carlos Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del emperador, fue nombrado presidente de la Segunda República Francesa y, posteriormente, emperador de los franceses entre 1852 y 1870 bajo el nombre de Napoleón III. Fue el último monarca que gobernó en Francia.

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  • José II en París: el día que el Emperador de Austria que salvó el matrimonio del Rey de Francia

    El 20 de febrero de 1790 murió José II de Habsburgo-Lorena, quien viajó de incógnito a París para ayudar a su hermana María Antonieta a afrontar los deberes conyugales.

    Cuando el desdichado Luis XVI, por entonces Delfín de Francia, se casó con la archiduquesa María Antonieta de Austria, en 1770, pocos sospechaban lo mucho que tendrían que esperar la llegada de los hijos, puesto que confiaban en la virtud prolífica de los Habsburgo: la madre de la novia, la emperatriz María Teresa, había tenido nada menos que dieciséis saludables vástagos.

    Los médicos reales no supieron dar explicaciones sobre la ausencia de herederos de Luis XVI y María Antonieta, quienes fueron coronados en 1774 tras la muerte de Luis XV. La preocupación fue en aumento hasta que el asunto adquirió importancia de Estado. Las cancillerías, embajadas y cortes extranjeras difundían verdades y mentiras sobre la verdadera razón de la falta de hijos, mientras nobles y plebeyos, cuando las nubes revolucionarias amenazaban, difundían rumores y burlas.

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    JOSÉ II DE AUSTRIA CON SU HERMANA Y SU CUÑADO.

    La suegra del rey, María Teresa, era la principal intrigante y enviaba cartas a toda Europa cuestionando la virilidad de su yerno y la frialdad exagerada de su hija. “Todas las buenas noticias“, le escribió la madre a la hija, “que deberían llenarme de felicidad, se empañan cuando pienso en tu peligrosa situación, la cual empeora porque no percibes el peligro, o porque no quieres percibirlo. Sencillamente, no empleas los medios necesarios para resolverla“.

    “Si una joven con el encanto de la delfina no consigue despertar la pasión del delfín… mejor será no hacer nada y esperar que el tiempo solucione esa extraña conducta”, escribió el médico imperial, Van Swieten. Tras mandar a su embajador, el conde de Mercy-Argenteay, a espiar a su hija y exhortarla a mostrarse más cariñosa con su marido, en 1777 la emperatriz suplicó a su hijo, el emperador José II, que viajara a París para ayudar de alguna forma a los reyes.

    Con el nombre falso de “Conde Falkenstein” y alojándose en una humilde posada de Versalles, entró al palacio real de incógnito para poder disfrutar de un aspecto más íntimo de la vida de los reyes. José II quería hablar seriamente su cuñado, “de hombre a hombre”, sobre sus deberes conyugales y parece que Luis XVI, flemático, perezoso, apático, recibió de buena gana sus consejos sexuales.

    Sin embargo José II quedó absolutamente asombrado por la falta de experiencia del rey, que era todavía muy joven: nadie se había tomado la molestia de inciarlo en educación sexual o, como mínimo, conseguirle una mujer experimentada a modo de “ensayo” antes del casamiento. Parece broma, pero aquella era una costumbre muy arraigada en las cortes europeas y se dice que Luis XIV fue iniciado sexualmente en su más tierna adolescencia por una mujer tuerta de sesenta años.

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    LUIS XVI FUE CORONADO AL MORIR SU ABUELO EN 1774.

    “Imagínate” , le escribió José II a su hermano Leopoldo. “En la cama (y esto es un secreto), Luis tiene fuertes erecciones y absolutamente satisfactorias; introduce su miembro, permanece dentro unos minutos sin moverse, lo retira sin eyacular, estando todavía erecto, y da las buenas noches. Es increíble, porque a veces sufre poluciones nocturnas, salvo cuando está dentro y dispuesto a hacerlo (…) ¡Ay, si yo pudiera estar presente! Yo mismo podría haberme encargado. Habría azotado con tal fuerza al rey de Francia que habría eyaculado de pura furia como un asno“.

    “Tengo tres cuñados y los tres son una desgracia”, se lamentaba José II; “El de Versalles es un imbécil; el de Nápoles, un loco, y el de Parma, un tonto”.

    Pero José II no quiso marcharse de Francia sin ayudar también a su hermana, María Antonieta, a quien le dejó una larga instrucción (¡de 36 páginas!) en la que le pedía que reflexionara sobre sus deberes como esposa y la exhortaba a ser más cariñosa con Luis XVI: “Hermana mía, ¿pones amabilidad y ternura cuando estás con él? ¿Buscas oportunidades, correspondes a los sentimientos que te demuestra? ¿No estás demasiado fría y distraída cuando te acaricia o te habla? ¿No muestras fastidio, y hasta repugnancia? Si lo haces, ¿cómo quieres que un hombre frío se acerque y te ame? No tdesanimes nunca, y durante toda te vida mantén en tu esposo la esperanza de que aún podrá tener hijos, para que nunca renuncie a ello ni desespere”.

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    LUIS XVI Y MARÍA ANTONIETA TUVIERON CUATRO HIJOS ENTRE 1778 Y 1786.

    Para concluir José II escribía: “Naciste para ser feliz, virtuosa y perfecta. Pero te estás haciendo mayor y ya no tienes la excusa de ser joven. ¿En qué te convertirás? En una mujer infeliz y en una princesa todavía más desdichada…” Si su hermana no sigue estos consejos, decía José II, había que esperar las cosas más tristes: “Tiemblo ahora por ti, pues no se puede seguir de este modo; la Revolución será cruel”. (Espantosas y premonitorias palabras).

    Un año después de la visita de José II, María Antonieta tuvo al primero de sus cuatro hijos, madame María Teresa. La “gran misión”, como la llamaba el emperador, se concretó poco después de que Luis hubiera cumplido 23 años, en agosto de 1777, tras siete años de matrimonio. El 30 de agosto de ese año, la joven María Teresa le escribió a su madre en Viena para hablarle de la felicidad que sentía desde hacía unos días, “la felicidad más absoluta de toda mi vida”.

  • Versalles: quién era realmente el misterioso hombre detrás de la Máscara de Hierro

    Pocos enigmas despertaron tanta pasión e interés en los últimos siglos como este importante prisionero del reinado de Luix XIV de Francia.

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