Víctor Manuel de Saboya, fallecido este 3 de febrero en Suiza a los 86 años, fue el último Príncipe Heredero del Reino de Italia. Y aunque reclamó su derecho al trono durante toda su vida, sus chances de reinar siempre fueron extremadamente remotas.
La impopularidad personal de Víctor Manuel de Saboya, con una vida salpicada de desventuras y controversias, de haber estado en prisión por su participación en un sórdido escándalo de corrupción y prostitución, definitivamente no ayudaron.
A ello se suma el desprestigio histórico de la dinastía italiana por aliarse con el fascismo durante la II Guerra Mundial le impedirían perpetuamente restaurar la monarquía en el país que le prohibió la entrada durante más de medio siglo.
Quién fue el príncipe Víctor Manuel de Saboya, fallecido en Suiza a los 86 años
El príncipe Víctor Manuel de Saboya (1937-2024) era el único hijo varón del rey Umberto II y la reina María José, princesa de Bélgica.
Si Italia todavía fuera una monarquía, el príncipe Víctor Manuel, nacido el 12 de febrero de 1937 en Nápoles, habría sido el rey.
Vittorio Emanuele Alberto Carlo Teodoro Umberto Bonifacio Amedeo Damiano Bernardino Gennaro Maria de Savoia, es el único hijo varón del último rey de Italia Umberto II, que antes de morir lo desheredó por no aceptar su matrimonio morganático.
Su madre fue la popular y hermosa reina María José, nacida princesa de Bélgica, quien fue madre, además, de las princesas María Pía, María Beatriz y María Gabriela, y abandonó a su esposo una vez que perdió el trono, tras la caída de la monarquía en junio de 1946.
Umberto II, apodado “el Rey de Mayo” por haber reinado sólo durante un mes (del 2 de mayo al 9 de junio de 1946) había ascendido al trono en un intento por salvar a la Casa de Saboya después del desastre provocado por Víctor Manuel III, aliado de Mussolini y Hitler que firmó las leyes raciales.
Víctor Manuel de Saboya tenía tres hermanas, las princesas María Gabriela, María Pía y María Beatriz.
Víctor Manuel tenía solo nueve años cuando su familia se exilió en Portugal. La nueva constitución de la República Italia, que entró en vigor en 1948, impuso una prohibición de regreso a Italia de los varones de la familia Saboya que permanecería en vigor durante 54 años.
En 1970, Víctor Manuel horrorizó a sus padres comprometerse con una plebeya y ex campeona de esquí acuático, Marina Doria, que le dio un hijo, Emanuel Filiberto. Tuvieron una primera boda en Las Vegas y una segunda en Teherán como invitados del shah, cuya amistad con el príncipe de Nápoles lo envolvió más tarde en una controversia sobre su papel como intermediario en la compra de helicópteros.
Por este matrimonio desigual, el ex rey Umberto II se enemistó con su hijo y, en su lugar, declaró que quería que su sobrino (el duque de Aosta) fuera el heredero del desaparecido trono, lo que desató una guerra entre dos ramas de la dinastía que perdura en nuestros días.
El príncipe Víctor Manuel tras las rejas: fue juzgado por la muerte de un joven en 1978
Como único hijo varón del rey Umberto II, el príncipe Víctor Manuel de Saboya fue el heredero oficial del trono de Italia solo durante un mes, en mayo de 1946, hasta el fin de la monarquía.
Pero eso no fue nada comparado con el escándalo que estalló el 17 de agosto de 1978 frente a las costas de Córcega, cuandoel príncipe disparó con un un rifle e hirió de muerte a un joven turista alemán. Eso llevó a que fuera arrestado por primera vez, acusado y procesado, y no fue hasta 13 años después que un tribunal de París lo absolvió de homicidio involuntario.
El príncipe italiano estaba de vacaciones en su residencia de verano en la isla de Cavallo (Francia), cuando, enojado por un grupo de italianos que estaban de fiesta en barcos cercanos, los amenazó con un rifle, acusándolos de haberle robado su bote inflable.
Víctor Manuel le disparó a un joven turista alemán de 19 años, Dirk Hamer, que dormía en el escritorio de uno de los barcos. Recibió dos disparos en la pierna derecha y murió en el hospital tres meses después, después de 19 operaciones y una terrible agonía.
Detenido por la policía, el hijo del último rey italiano apareció en TV rodeado de policías y esposado ante un tribunal, pero solo fue condenado por el delito de posesión de armas de fuego y recibió una sentencia de prisión en suspenso de seis meses.
La boda del príncipe Víctor Manuel de Saboya con la esquiadora Marina Rocolfi Doria lo enemistó con el rey Umberto II, quien como respuesta expulsó a su hijo de la línea sucesoria.
El príncipe fue absuelto de los cargos de asesinato en noviembre de 1991, luego de una larga batalla judicial iniciada por la hermana de Dirk, Birgit Hamer, quien era una de las amigas más cercanas de la madre de Beatrice Borromeo, Paola Marzotto. “[La historia] fue parte de mi familia desde que tengo memoria”, dijo la productora.
En 2011, mientras trabajaba para el diario italiano Il Fatto Quotidiano, Borromeo filtró un video de 6 minutos grabado en secreto en 2006 el que Víctor Manuel confesó el asesinato ante reclusos de la cárcel de Potenza, donde cumplía condena por corrupción.
“Estaba equivocado… equivocado”, se oyedecir al príncipe italiano. “Tengo que decir que los llevé a dar un paseo… El fiscal había pedido cinco años y seis meses. Estaba seguro de ganar. ‘Me dieron una sentencia suspendida de seis meses [por posesión de armas]; seis meses, hubo una amnistía, ni siquiera registraron [la sentencia]. ¡Y salí!”
Más tarde, Víctor Manuel de Saboya negó que la grabación pudiera interpretarse como la confesión del asesinato de Hamer: “Las frases están desconectadas entre sí, con largas partes de palabras incomprensibles o de pausas que hacen imposible la relación de las varias partes con las que se pretende acreditar la tesis de la admisión de la culpa. El vídeo divulgado por Il Fatto Quotidiano ha sido artificialmente manipulado, montando hasta siete partes distintas para tratar de dar sentido a las frases pronunciadas”.
En 1978, Víctor Manuel de Saboya fue acusado de matar a tiros a un joven turista alemán, Dirk Hamer, en el sur de Córcega. Tras un largo proceso, el príncipe, que clamó su inocencia, fue absuelto en 1991.
En 2006, el heredero de la dinastía Saboya fue condenado a prisión acusado de asociación con la mafia siciliana para delinquir con fines de corrupción y de falsificación de certificados de vídeojuegos y de otros aparatos electrónicos usados en los juegos de azar. También fue acusado de la captación de prostitutas para los clientes del casino Campione de Italia.
El príncipe declaró ante un juez: “Esas señoritas eran para mi consumo personal”. En declaraciones grabadas por la policía, el que hubiera sido rey de Italia dijo: “Ojo, que yo me he convertido en un tipo muy poderoso en Italia, mucho más de lo que esperaba. Ahora rompo el culo a quien me toca los huevos. O se hacen las cosas como yo digo, o el que falla va fuera, ¿entendido?”
“Condeno las leyes raciales de 1938 de las que todavía siento todo el peso sobre mis hombros”, escribió el príncipe Manuel Filiberto de Saboya en una carta pública en la que disculpó oficialmente por la firma de las leyes raciales en Italia durante el reinado de su bisabuelo, el rey Víctor Manuel III. “Para mí y mi familia ha llegado el momento de aceptar la historia”, dijo el príncipe.
Víctor Manuel III “traicionó la Constitución, aceptó al fascismo, firmó leyes que suprimían las libertades fundamentales, promulgó leyes racistas y arrastró a Italia a la guerra”, según el historiador Piero Craveri.
“Ha llegado el momento, de una vez por todas, de hacer los relatos con la historia y con el pasado de la familia que hoy están aquí para representar, en el nombre milenario de esa Casa Real que ha contribuido de manera decisiva a la unidad de Italia, nombre que llevo con orgullo”, escribió Manuel Filiberto, de 48 años.
“Condeno las leyes raciales de 1938 de las que todavía siento todo el peso sobre mis hombros. Conmigo, toda la Casa Real de Saboya. No nos reconocemos en lo que hizo Víctor Manuel III: una firma dolorosa de la que nos disociamos firmemente”, agregó el príncipe en una misiva que sorprendió a los italianos y fue publicada en todos los periódicos del país.
La única figura de la familia real que inmediatamente expresó su desconcierto por las leyes fue la última reina consorte italiana, María José, esposa de Humberto II.
Manuel Filiberto pidió “perdón solemne y oficialmente” a la comunidad judía por la firma de las leyes antisemitas y prosiguió: “Escribo con el corazón abierto una carta difícil que puede sorprenderte y quizás no esperabas. Sepan que para mí es muy importante y necesaria porque creo que ha llegado el momento de reconciliarse con la historia”. La carta pretende ser el cierre definitivo de una larga serie de disculpas nunca oficiales por la historia del rey que no negó a respaldar las leyes raciales del fascismo.
En 2002, el padre de Manuel Filiberto, el príncipe Víctor Manuel de Saboya, había definido las acciones de su abuelo como “una mancha indeleble en nuestra familia”, pero las disculpas siempre fueron indirectas. La única figura de la familia real que inmediatamente expresó su desconcierto por las leyes fue la última reina consorte italiana, María José, esposa de Humberto II. En la víspera del Día Internacional en Recuerdo de las Víctimas del Holocausto, Manuel Filiberto dijo que decidió dar un “paso necesario, para que la memoria de lo sucedido permanezca viva”.
Después de haber reiterado reiteradamente la condena de las leyes raciales, Manuel Filiberto espera “que la Historia no se borre, que la Historia no se olvide y que la Historia siempre tenga la oportunidad de contar lo ocurrido a todos aquellos que tienen hambre y sed de la verdad”. “Las víctimas del Holocausto nunca deben ser olvidadas y por eso, incluso hoy, nos claman su deseo de ser recordados con razón”, dijo.
El príncipe tuvo un recuerdo para su pensamiento “glorioso antepasado el rey Carlos Alberto, quien el 29 de marzo de 1848 fue uno de los primeros soberanos de Europa en otorgar a los judíos italianos plena igualdad de derechos”. Pero también se refirió al sufrimiento de su propia familia, recordando a la princesa Mafalda, hija de Víctor Manuel III, quien murió en 1944 en el campo de concentración de Buchenwald y a la deportación de su hermana María de Saboya, con su marido y sus dos hijos a un campo de concentración cerca de Berlín.
La llamaron la “Reina de Mayo” por haber reinado brevemente ese mes de 1946. Tras dejar los esplendores de la extinta corte de Italia y al esposo que nunca amó, el destierro marcó el resto de la vida de una de las soberanas más notables del siglo XX. La historiadora Verónica Güidoni de Hidalgo nos trae su historia.
(*) La autora es Profesora y Licenciada en Historia y especialista en Monarquías de la Edad Moderna.
La princesa María José nació el 4 de agosto de 1906 en Ostende cuando su papá era el rey Alberto I de Bélgica. Hija de la princesa bávara Isabel Gabriela, sobrina de la emperatriz austrohúngara Sissi, su vida transcurrió con normalidad hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial. Siendo la única niña y la menor de tres hermanos, fue enviada a Inglaterra, a un internado para preservarla de los horrores de la Guerra ante la invasión alemana en su país. Desde allí volvía con cierta frecuencia a su hogar y colaboraba en tareas humanitarias con su madre, visitando y atendiendo enfermos en los hospitales de campaña. La guerra terminó, pero las secuelas quedaron en el ánimo de la joven princesa quién generó -pese a sus raíces familiares- una marcada germanofobia. No obstante en esa circunstancia se dio cuenta que la razón de ser de cualquier monarca debía ser el servicio a los demás.
Para ella, su rango no era un privilegio sino un compromiso. Agraciada con notoria belleza, sus padres le buscaron esposo entre las casas reales católicas de Europa que a su vez fueran aliadas políticas. La elección recayó en el joven y apuesto hijo del rey Víctor Manuel de Italia, el Príncipe Humberto de Saboya. María José cuenta que a ella le gustó el joven elegido y encontraba intereses en común, por lo que contrajeron matrimonio en Roma el 8 de enero de 1930 en una boda de cuentos, muy común en la época. Pero María José había sido educada con ciertas ideas liberales, pasión por el arte, la música y las letras. En cambio Humberto había recibido una educación eminentemente militar. El matrimonio, en consecuencia, no resultó feliz. De hecho, la princesa consideró no haber sido nunca feliz en su matrimonio.
Con motivo de la boda, la familia del novio le regaló el collar con los nudos de los Saboya, símbolo de la dinastía (así como la flor de lis es el símbolo de los franceses). El novio le regaló todo el ajuar que usaría en esos días previos a la boda, incluso, diseñó el vestido de novia. Era de terciopelo blanco y tan pesado con su cola de siete metros que a la joven princesa no le gustó. Cuentan que aunque era invierno, al vestirse las mangas de encaje le ajustaban tanto que en un brote de enojo, las arrancó. Por eso debió usar los largos guantes de la foto, que iban de la mano hasta por encima del codo. Ella prefería el traje de novia que le habían confeccionado en Bélgica. Una vez casada, se sorprendió de dos cosas: del rígido y obsoleto protocolo de la corte y de que el verdadero jefe en Italia era Mussolini, líder del partido fascista. Ni el rey ni Humberto se animaban a hacerle frente. Sólo María José lo enfrentaba y se unía a la oposición. De hecho, intrigaba contra él. Mussolini la odiaba y la prensa la calumniaba.
Recién en 1934, nació la princesa María Pía, su hija mayor. Justo en esos días, su padre, el rey Alberto I de Bélgica sufre un accidente en la montaña (que hoy se piensa que no fue accidente sino atentado) y fallece. Esto fue devastador para la princesa, quien debió reponerse para viajar a Bélgica y ayudar a su madre a salir de una muy profunda depresión (las famosas depresiones de los Wittelsbach) por lo que pasó casi un año en su país. Luego nació su segundo hijo Víctor Manuel, después la princesa María Gabriela y por último la princesa María Beatriz.
A la muerte de su padre siguieron otras desgracias. Su hermano, el flamante rey Leopoldo y su esposa, la queridísima Astrid eran una pareja feliz y enamorada que tenían tres hijos (uno de ellos, papá del actual rey de los belgas). El matrimonio entre su hermano Leopoldo y Astrid, princesa sueca fue un sueño. Se adoraban. Un día, de vacaciones en Suiza, él conducía el coche y por distraerse a mirar un mapa que ella le mostraba, perdió el control del auto y chocaron contra un árbol. Ella murió de inmediato. Dicen que su hijita de siete años, le había predicho su muerte. El rey y toda Bélgica quedaron desconsolados. Fue muy duro también para María José.
Se cuenta una anécdota muy dulce del matrimonio real italiano: un día volvía María José de noche a casa después de un concierto y se le aparece un carabinieri (policía) quien tomándola del brazo le dice: “Alteza, estoy loco por usted“. Ella, enojada, lo empuja y es ahí cuando Humberto se saca el sombrero para que ella reconozca en ese supuesto policía a su esposo.
Tuvo un par de encuentros con Hitler para tratar de ayudar a su hermano el rey Leopoldo III y evitar la invasión. Hitler estaba sorprendido de su belleza e inteligencia y le llamó “la verdadera princesa aria” porque era muy alta, rubia, de ojos azules y muy inteligente y aunque le tomó la mano en esa ocasión con admiración, no aceptó los pedidos de María José. Ella lo encontró repugnante.
Poco después, ante la abdicación de Víctor Manuel y Elena (suegros de María José) asciende al trono su hijo Humberto II y su esposa se convirtió en la última reina de Italia. Esto duró sólo un mes, mayo de 1946, ya que un referendum estableció que los italianos no querían monarquía (hoy se piensa que el referéndum fue adulterado) y la familia real se trasladó a Estoril, en Portugal, a dónde ya vivían otras familias reales destronadas.
Pero María José no quiso quedarse allí. Con el pretexto de que el clima le sentaba mal, se dedicó a viajar por el mundo con su madre, la reina Isabel. Finalmente se instaló en Suiza, mientras sus hijos se quedaban en Portugal con el padre. Fue realmente una separación. Su hijo varón se fue poco después a vivir con ella. Humberto murió en 1983. Una de sus hijas, Beatriz, se casó con un diplomático argentino. María José nunca pudo volver a Italia y eso la apenó mucho. Falleció el 27 de enero de 2001 aparentemente de cáncer de pulmón. Sus cuatro hijos viven aún.
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Su historia, una de las más trágicas que se recuerden en las monarquías del siglo XX, coincidió el esplendor y el ocaso de su dinastía.
El 28 de agosto de 1944, Adolfo Hitler desataba la más terrible venganza sobre el rey italiano Víctor Manuel III y su familia. Prisionera por los nazis en un campo de concentración, al final de la Segunda Guerra Mundial la princesa Mafalda, hija de los reyes, fue víctima de un bombardeo que la dejó destrozada. Los médicos del campo no pudieron (no quisieron) hacer nada por la hija del rey y la desgraciada murió para ser sepultada como una simple “N.N”. Su historia, una de las más trágicas que se recuerden en las monarquías del siglo XX, coincidió el esplendor y el ocaso de su dinastía. Su llegada al mundo, el 19 de noviembre de 1902, no fue una noticia alegre ni para los italianos ni para su familia: sus padres, Víctor Manuel de Saboya y la princesa Jelena de Montenegro, esperaban un niño que heredara el trono, y Mafalda era su segunda hija mujer.
“Mafalda tuvo una juventud protegida, educada por una gobernanta al igual que sus hermanas”, cuenta Jonathan Petropoulos en su libro «Las familias reales y el Reich». “Las princesas recibieron una educación sólida, en particular en historia, literatura, latín y en las artes. Pero su entorno estuvo férreamente resguardado. Un historiador afirmó, algo exageradamente que ‘jamás se discutía de política en presencia de las princesas italianas’. Varias familias reales eran aún más estrictas con sus hijas que los Saboya; los hijos del rey de Bulgaria, por ejemplo, no podían tener amigos de su edad”.
Al crecer, Mafalda se convirtió en una de las princesas más hermosas de Europa. Los diarios y las revistas del mundo hablaban de ella, publicaban sus fotos y tejían toda clase de historias sobre sus pretendientes, entre los cuales se encontraba el príncipe de Gales. Casualmente, su tragedia se inicia con su matrimonio. Su prometido era el príncipe alemán Felipe de Hesse- Kassel (1896-1980), buen amigo de Hermann Göerin que se había unido al movimiento nazi con bastante ardor. Eran los tiempos iniciales de los movimientos fascistas en Alemania e Italia, y la unión matrimonial entre el príncipe y la princesa vino a ejemplificar, de forma perfecta, el desastroso destino del Eje Roma-Berlín.
“Esta elección le crearía en la década siguiente una relación distinta con Musslini, dado que el príncipe Felipe de Hesse-Kassel pertenecía a las SA, en 1934 fue nombrado gobernador de la provincia de Hesse-Nassau, y nombró padrino de uno de sus hijos a Adolfo Hitler (…) Mafalda vio por primera vez a Felipe en Roma, donde el príncipe se había instalado en 1923 (…) Quedó impresionada. Si bien no se trató de un ‘coup de foudre’, el príncipe alemán era algo nuevo en su vida. Poco después, descubrió que, por primera vez, se había enamorado. Y de un príncipe al que le sobraban los blasones: era bisnieto de la reina Victoria de Inglaterra y su madre, hermana del káiser Guillermo II de Alemania, y ahijada de la reina madre Margarita de Italia”.
Boda real a las puertas del infierno
La boda tuvo lugar en el Palacio de Racconigi el 25 de septiembre de 1925 y tuvieron cuatro hijos, los príncipes Moritz, Heinrich, Otto y Elisabeth. En los años siguientes, Felipe, como lo hacían numerosos miembros de las casas nobles alemanes, se afilió al partido nazi. Según Jonathan Petropolous, “Felipe se volvió progresivamente entusiasta de Mussolini y su régimen. El fiscal, durante su juicio de desnazificación, escribió que Felipe, a pesar de no ser abiertamente político, consideraba al fascismo como bueno, que en sus inicios obtuvo ostensiblemente una excelente cosecha, en la cual su líder, Mussolini, intentó restaurar el orden y la limpieza de Italia (…) En su ingenuidad política, Felipe vio solo este costado del nazismo y cerró los ojos a otros aspectos expresados en la opresión y en la remoción de todos los opositores al régimen…”
Más adelante en su libro Petropolous habla de la posición de la casa de Hesse ante el nazismo: “La nazificación de los Hesse y de otros príncipes, como también su relación con líderes nazis, fue de suma importancia en varios aspectos. En primer lugar, al relacionarse con la élite nazi, la nobleza contribuyó a hacerlos socialmente aceptables. La presencia de la nobleza en algún acto del partido nazi agregaba brillo al evento y contagiaba a otros potenciales adherentes (…) Aún más, la aristocracia enviaba un mensaje al pueblo en el sentido de que la clase gobernante tradicional tenía fe en los nazis y adhería a la idea de que Hitler podía rescatar del hundimiento a Alemania…”
En 1939 el príncipe Philipp pasó a formar parte del equipo personal de Hitler, desde el cual llevó a cabo diversas misiones diplomáticas privadas entre Alemania e Italia. Aparte, su relación con la familia real italiana tuvo mucho que ver con la buena entente Hitler-Mussolini, que durante un tiempo contó con el visto bueno del inepto Víctor Manuel III. Entre las varias misiones que Philipp llevó a cabo bajo las órdenes de Hitler estuvo la comunicación a Mussolini del “Anschluss”, la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi.
Sin embargo, la capitulación del rey Víctor Manuel ante los aliados y el cambio de alianzas producido en Italia en 1943, que fue seguido del asesinato de Mussolini, despertaron el deseo de venganza del terrible Führer, que en 1944 convocó a Philipp a una tormentosa entrevista en su cuartel general. A la salida de la reunión, el príncipe de Hesse fue arrestado y enviado a un campo de concentración en Sachsenhausen, e inmediatamente después Hitler ordenó detener a la princesa Mafalda, a la que consideraba “lo más negro de la casa de Saboya”. Los alemanes recibieron la orden de detener a toda la familia real, además del desarme de las tropas de su país, por lo que Víctor Manuel III y la reina Jelena debieron huir al sur del país.
Un trágico regreso a Roma
Mafalda, que confiaba en estar a salvo por estar casada con un príncipe alemán de tendencias nazis, volvió a Roma desde Bulgaria, donde había viajado para asistir al funeral de su cuñado, el rey Boris III, presuntamente asesinado por orden de Hitler. Una vez en la Ciudad Eterna, supo que los Saboya habían huido y que sus hijos estaban escondidos en El Vaticano. Cuando llegó el 21 de septiembre de 1943, corrió al encuentro de los niños. Monseñor Montini le sugirió a la princesa que permaneciera en el Vaticano todo el tiempo que quisiera y le cedió sus propios apartamentos, pero ella se negó y quiso regresar a su residencia de Villa Polisena, decisión que le costaría la vida. Al día siguiente recibió en la mañana un llamado desde la embajada alemana invitándola a dirigirse a su sede porque el príncipe Felipe la llamaría por teléfono. Era mentira. Felipe había sido capturado por los nazis y se encontraba en el campo de concentración de Flossenburg. Ya en la embajada, supo que el plan de Hitler era mantenerla prisionera.
La hija del rey fue trasladada primero a Múnich y luego a Berlín. Después de tres semanas de intensos interrogatorios, fue enviada al campo de concentración Buchenwald. “Recuerdo perfectamente”, dijo el conde Federico de Vigliano, “que la querida y amable princesa vestía ese día un traje negro, un abrigo de media estación del mismo color y unos zapatos oscuros muy rebajados. Estas prendas de vestir serían las únicas que usaría en la prisión durante once meses, hasta el día de su muerte”.
A su llegada al siniestro campo fue internada en el pabellón número 15, reservado para “reclusas especiales”. La construcción tenía 50 metros de largo por 9 de ancho y estaba dividida en dieciséis celdas, cocinas y baños. Se le prohibió, bajo amenaza de severas sanciones, revelar su verdadera identidad y se le asignó oficialmente el nombre de “Frau von Weber”. Dormía en una mísera celda, sobre una cama de paja y base de cemento. Su alimento era el mismo que las tropas de las SS: una ración de pan negro, una carne salada en conserva, más una sopa en la mañana y otra en la noche, con un substituto de café. Cuenta Ovidio Lagos: “Hubo interrogatorios despiadados y sistemáticos, de los cuales jamás quiso hablar. ¿De qué se la acusaba? Era culpable, por estar casada con un ciudadano alemán y, por lo tanto, por poseer esa nacionalidad, de no haber informado a las autoridades [nazis] lo que estaba sucediendo en Italia. Lo cual era un absoluto disparate porque al firmarse el armisticio ella estaba en Sofía y además porque jamás le había interesado la política”.
El severo régimen se relajó un poco en abril de 1944 pero para entonces la princesa ya gozaba de un deplorable estado de salud, agravado por una profunda depresión. El pabellón en el que la mantenían prisionera necesitaba reparaciones y se confió el trabajo a un grupo de obreros italianos, a quienes ella reconoció porque llevaban sobre la chaqueta un triángulo de tela roja con la letra “I” de Italia. Mientras duraron los trabajos compartió con ellos una parte de su comida y en sus conversaciones con el viejo soldado Leonardo Boninu le reveló un día su verdadera identidad.
La noticia produjo gran impresión entre los prisioneros italianos del campo, como también en el franciscano alemán, padre Ricardo Steinhof, que logró acercarse a ella y confesarla. Ellos fueron las últimas personas con las que Mafalda habló, ya que nunca pudo volver a ver a su familia. Los sufrimientos causados por la angustia siempre creciente, originada por la falta absoluta de noticias, y el ayuno forzado con el consiguiente debilitamiento de su organismo, golpearon duramente el cuerpo y el alma de la princesa. Durante horas escribía largas cartas a sus hijos, cartas que nadie se ocuparía de enviar nunca. Trabajaba en confeccionar muñecas para su hija menor, la princesa Elisabeth, y cuando los aviones ingleses y norteamericanos comenzaron a sobrevolar el campo, trató de trazar en el terreno, entre la barraca y el muro alto que lo rodeaba una gran “I”, de Italia.
El 24 de agosto de 1944, la aviación aliada bombardeó el campo, con el objetivo de destruir los establecimientos limítrofes, y alcanzando de lleno a un pequeño polvorín situado a escasos metros del pabellón número 15. Las bombas causaron innumerables muertes y el pabellón se incendió provocando el derrumbe del muro.
La princesa había corrido a la trinchera que servía de refugio, construida a poca distancia del lugar, y fue encontrada horas después, sepultada bajo un cúmulo de tierra y de escombros a algunos metros del ministro Breitscheld y de dos soldados alemanes muertos. La señora Kuhn, que había quedado casi sepultada también en el mismo radio, pudo gritar en demanda de ayuda. Cuando llegaron a socorrerla, la encontraron Mafalda “tirada en el suelo con un aspecto era desolador. Le colgaba el brazo izquierdo, convertido en una enorme llaga sanguinolenta y una profunda herida en su mejilla derecha”, según contó un testigo.
La princesa fue trasladada al hospital vecino, pero ahí no había lugar; todas las camas estaban ocupadas y fue necesario llevarla nuevamente al campo, pero en el momento en el que iba a ser atendida por un doctor, descubrió su verdadera identidad y se negó a operarla hasta recibir orden expresa desde Berlín. La princesa se desangró durante veinticuatro horas en un hospital destruido.
El 28 de agosto el doctor optó por realizar la operación personalmente, dado el carácter de rehén de la princesa y de su condición de miembro de la familia real italiana. Entre deliberaciones con otros médicos, que duraron horas, los doctores le amputaron el brazo izquierdo. Inconsciente, la princesa fue instalada al pabellón que servía como prostíbulo para los oficiales de las SS, sin recibir antibióticos u otro tipo de atención. En la noche del 29, en su más dura agonía, pronunció sus últimas palabras: “Italianos, me muero. Recuérdenme como a una hermana”. Tenía 42 años y su cuerpo fue enterrado en Weimar en una tumba cuya lápida decía «Mujer desconocida».
Ni sus padres ni sus hijos fueron notificados de su muerte a pesar de los rumores que comenzaron a circular a finales de 1944. Allí permaneció sepultada durante seis años hasta ser trasladada al Castillo de Kronberg, en Hesse, donde fue sepultada definitivamente. Hoy Mafalda es recordada en Italia como la figura más respetada de la derrocada Dinastía Saboya.
“La princesa -escribió la princesa Victoria Luisa de Prusia-, que era una mujer encantadora, pero delicada, tuvo que soportar cosas horribles en Buchenwald; pero las sufrió todas como una heroína (…). Unos prisioneros italianos que la habían reconocido como hija de su rey señalaron su tumba y cuando más tarde fueron liberados colocaron una sencilla cruz de madera en la que grabaron su nombre. De ese modo, su familia pudo saber finalmente cómo había dejado de sufrir…”
El príncipe italiano abandonó la corona española en 1870, pero curiosamente sus descendientes tienen derecho al trono español. La respuesta es sí, pero su explicación no es tan simple como parece.
¿Podrían los descendientes del rey Amadeo I de Saboya volver a reinar en España? La respuesta es sí, pero su explicación no es tan simple como parece. Amadeo, duque de Aosta, quien reinó efímeramente desde 1870, después de que los españoles hubieran expulsado a la Casa de Borbon, abdicó al trono en 1873 prometiendo no volver jamás a pisar suelo de un reino que lo había tratado tan mal. Sin embargo, sus descendientes tienen un lugar especial en la línea sucesoria al trono de España, no por tener a Amadeo I como ancestro, sino por contar entre sus ancestros a la infanta Luisa Fernanda de Borbón, hermana menor de la reina Isabel II.
Nacida en Madrid el 10 de octubre de 1846, Maria Luisa Fernanda fue la menor de las hijas de Fernando VII y su cuarta esposa, la reina gobernadora María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. El mismo día que su hermana Isabel II contrajo matrimonio con un primo, Luisa Fernanda desposó con un descendiente de los reyes de Francia, Antonio de Orléans, duque de Montpensier (1824-1890). Sus hijos fueron titulados Infantes de España, dado en lugar prominente que ocupaban en la casa de Borbón, y entre ellos destacó María de las Mercedes, la primera esposa de Alfonso XII y cuya muerte en 1878 ensombreció la existencia de la familia real por mucho tiempo.
Pero es a través de otra hija de Luisa Fernanda que llegamos a los Saboya. La infanta María Isabel de Borbón y Orleáns (1848-1919), primogénita de los duques de Montepensier, tenía 26 años cuando contrajo matrimonio con su primo, Felipe de Orleáns, conde de París, nieto del rey Luis Felipe de Francia. Tuvieron ocho hijos (entre los cuales destaca Amelia, la última reina consorte de Portugal), de los cuales la tercera, Hélène (1871-1951) estuvo alguna vez a punto de casarse con el heredero del trono británico.
La oposición familiar a su matrimonio con el príncipe inglés Alberto Víctor la llevó a suspender sus planes amorosos y casarse con el príncipe que se designó para ella: Emanuele Filiberto de Saboya, duque de Aosta (1869-1931), el primogénito del rey Amadeo I y de la reina María Victoria. Los dos hijos de este matrimonio, Amadeo, futuro duque de Aosta (1898-1942) y Aimone (1900-1948) poseían derechos de sucesión al trono español por descender de la infanta Luisa Fernanda.
Emanuel Filiberto, hijo del rey Amadeo I, con su esposa e hijos.
Amadeo de Aosta estuvo casado con su prima Ana de Orleáns y murió siendo prisionero en Nairobi, después de haber sido padre de dos princesas. Margarita de Saboya-Aosta, nacida en 1930, y María Cristina de Saboya-Aosta, nacida en 1933, todavía viven y ostentan derechos al trono español por descender de Luisa Fernanda. La primera fue esposa del archiduque Roberto, hijo del emperador Carlos I y la emperatriz Zita de Austria, mientras la segunda se casó con el príncipe Casimir de Borbón-Dos Sicilias.
Boda de Ana de Orleáns con Amadeo, duque de Aosta.
El hijo menor de Emanuele Filiberto de Saboya, el príncipe Aimone, estuvo alguna vez a punto de ser coronado rey de Croacia con el nombre de Tomislaw II, pero el proyecto nunca pudo concretarse. Casado con la princesa Irene de Grecia, murió a la joven edad de 48 años en Buenos Aires. Su hijo, Amadeo, actual duque de Aosta, no solamente es pretendiente del trono italiano sino que también ostenta derechos al trono español heredados de su padre y su abuelo.8
Boda del príncipe Aimon de Saboya-Aosta con Irene de Grecia y Dinamarca.
Tanto el actual duque de Aosta como sus primas, las princesas Margarita y María Cristina de Saboya-Aosta, ocupan un lugar especial en la sucesión española después de los descendientes del rey Juan Carlos y los descendientes de María de las Mercedes, princesa de Asturias, hija de Alfonso XII. En esta línea sucesoria también se encuentra Aimone, duque de Apulia, único hijo varón del duque de Aosta, que está casado con la princesa Olga de Grecia y tiene tres hijos: Umberto, príncipe de Piemonte, Amadeo, duque de los Abruzzos, e Isabella, todos ellos con derecho de sucesión al trono español.
El actual Duque de Aosta, Amadeo de Saboya, con su hijo y heredero del ducado, Aimone.
Como hijo de la princesa Margarita de Saboya, también está en la lista el archiduque Lorenzo de Austria-Este, casado con la princesa Astridde Bélgica, hija del rey Alberto II y hermana del rey Felipe I. Sus cinco hijos (Amadeo, María Laura, Joaquín, María Luisa y María Leticia) se titulan príncipes de Bélgica y archiduques de Austria-Este y están incluidos en la línea sucesoria española porque sus ancestros cumplieron con todas las normas dinásticas vigentes para ser considerados elegibles.
El gran duque Juan Gastón fue el último gobernante de los Medici en Toscana (1671-1737), el séptimo y último gran duque y uno de los personajes más peculiares de esta saga. Pasó la mitad de su vida desinteresándose por los asuntos serios, y sin embargo los florentinos lo recuerdan como un gobernante benévolo que se acordó de los pobres. La otra mitad de su vida, se le fue en dulces, juegos sexuales y alcohol, y según numerosos investigadores, fue víctima de una locura que lo sumergía en largos períodos de depresión. Casi la última década de su vida el gran duque de Toscana la pasó en una cama maloliente, como si fuera un mendigo.
El menor de tres hijos, Juan Gastón nació en 1671 y fue eclipsado por sus hermanos hasta la muerte de su hermano, una tragedia que lo puso en línea sucesoria para gobernar, una posición que no quería. De hecho, la vida de Juan Gastón nunca fue suya, y tanto su matrimonio como su gobierno fueron impuestos por los deberes dinásticos. Cuando era niño, Juan Gastón y sus hermanos fueron abandonados por su madre, la princesa francesa Margarita Luisa de Orleáns, y la historia sugiere que Juan Gastón fue el más afectado por esto. Más tarde abandonaría su matrimonio para ir a París en busca de su madre, aunque nuevamente fue rechazado.
En Florencia, también fue descuidado por su padre Cosimo III, que prefería a la hermana de Juan Gastón, Ana María Luisa. Esta grave historia familiar impactó totalmente en su psiquis y el resultado fue un hombre adulto torturado por depresiones que se repitieron a lo largo de su vida, volviéndose particularmente feroz en sus años mayores. Su matrimonio, estratégicamente político, fue arreglado por su padre y su hermana: la elegida fue la princesa Ana María Francisca de Saxe-Lauenburg. Aunque era una boda políticamente beneficiosa, su esposa fue famosa por ser extremadamente gorda y poco atractiva para Juan Gastón, quien la despreció desde el día que la conoció y no pudo perdonar a su hermana por forzar esa unión.
Juan Gastón y Ana María Francisca fueron infelices juntos y él la abandonó rápidamente en Bohemia, viviendo primero en Praga y luego en Florencia. Regresó solo ocasionalmente, ante la insistencia de su padre, para intentar producir un heredero, pero no tuvo éxito. El último Médicis era un hombre religioso, sino un gran humanista, y uno que creía en mejorar la vida de las personas que gobernaba. Se convirtió en gran duque a los 53 años después de la muerte de Cosimo III, aunque desde 1705 rara vez salió de Florencia y vivió prácticamente recluido, convirtiéndose en un hombre perezoso y pervertido.
El nuevo monarca tenía poca ambición, pero entendía el deber de su familia y elegía a sus asesores sabiamente. Se negó a usar la pena de muerte, redujo el precio del grano para aliviar la inanición de los pobres y eliminó las restricciones legales que atacaban específicamente a los judíos y otros grupos vulnerables en Florencia. La gente lamentaría mucho su muerte, ya que lo amaban por el cuidado que les había mostrado. Lo que no prosperó fue su relación con su hermana, Ana María Luisa, a quien prohibió la entrada a sus apartamentos en Palazzo Pitti durante casi 13 años, y solo cuando volvió a verla cuando que se estaba muriendo, al desafiar ella esta prohibición y abrirse paso para verlo. Sin embargo, la visita terminó con Ana María Luisa saliendo furiosa después de una violenta discusión en la que Juan Gastón la insultó sin piedad.
JUAN GASTÓN DIRIGIÓ EL GOBIERNO DESDE SU CAMA.
Mucho se ha hablado de la faceta más escandalosa de la vida de Juan Gastón. Tenía un amante y compañero masculino, Giuliano Dami, a quien llevó consigo de Bohemia, y fue conocido por sus “ruspanti”, los cientos de jovencitos nombrados así por las monedas (ruspi) que les pagó por su compañía y entretenimiento.
Según un relato de la época, todo había comenzado en Praga:
“Praga estaba llena de apuestos estudiantes provenientes de Bohemia y Alemania, con tan poco dinero que iban de puerta en puerta pidiendo ayuda. En ese reservorio amoroso, Giuliano siempre conseguía a alguien para presentarle al futuro gran duque. Había además muchos palacios pertenecientes a nobles ricos. Y en ellos abundaban los criados y lacayos de baja condición social. Giuliano alentaba a Su Alteza a buscar entre ellos a quien más le agradara para tener un rato de diversión”.
Cuando ya reinaba en Florencia, Juan Gastón llegó a tener 370 ruspanti a su servicio, que tenían que acudir al aposento del gran duque cuando él los requería. La juvenil belleza y la delicadeza de estos servidores contrastaba poderosamente con Juan Gastón, que comenzaba a ser un hombre gordo que no conocía las mínimas normas de higiene personal. Juan Gastón tenía la costumbre de probar personalmente a los nuevos ruspanti, que eran buscados por los cortesanos en las zonas pobres. Primero examinaba la dentadura, que debía ser blanca y pareja, y después se entregaba a ellos -de a uno, dos o hasta diez-. Debían obedecer en todo lo que el gran duque les pedía, incluso si les pedía que lo insultaran o golpearan.
ANA MARÍA LUISA, LA ÚLTIMA MÉDICI.
En 1730, el gran duque se torció un tobillo y los médicos le dijeron que hiciera reposo, cosa que se tomó muy en serio. De hecho, excepto muy raras ocasiones, Juan Gastón no se levantó de la cama por el resto de su vida. “Es imposible reproducir mucho de la vida personal del gran duque, que debido a la indolencia, no se vistió como es debido durante los últimos trece años de su vida ni salió de la cama durante lo últimos ocho”, escribió el barón Pollnitz. El conde de Sandwich comentó también las “mugrientas” costumbres del soberano florentino, afirmando que fueron empeorando cada año. Para disimular el desagradable olor que salía de la cama, contó Lord Sandwich, sus sirvientes ponían rosas recién cortadas por toda la habitación, pero eso no ayudaba mucho.
De a poco, el gran duque Juan Gastón comenzó a verse como una caricatura de sí mismo. Obeso, sucio, con olor a alcohol, no se afeitaba, no se cortaba las uñas, no se bañaba, no hacía nada útil más que dormir, comer y beber, y una vez se lo vio limpiarse el vómito de la cara con su propia (y sucia) peluca. Sus bellos ruspanti eran, al parecer, su única diversión. Juan Gastón no volvió a salir de su habitación y murió en 1737, poco después de haberse reconciliado con su hermana. En sus últimos momentos, su estricta hermana, con la que había luchado durante tanto tiempo, estuvo a su lado en su fétido lecho de muerte. Fueron los dos últimos descendientes del prestigioso linaje de los Medicis.