Etiqueta: Historias de Gran Bretaña

  • A 50 años de la muerte del duque de Windsor: el amargo ocaso de su viuda en manos de su ‘carcelera’ francesa

    El 28 de mayo de 1972, hace 50 años, el duque de Windsor, antiguo rey Eduardo VIII de Inglaterra, murió de cáncer de garganta en su casa de las afueras de París. El exmonarca, tío de la reina Isabel II, había renunciado al trono en 1936, provocando un cataclismo constitucional, y se había exiliado, en parte voluntariamente y en parte forzado, para que no hiciera sombra a su hermano y sucesor, Jorge VI.

    El antiguo rey, recibió un funeral simple en el castillo de Windsor, si pompas ni multitudes, y su viuda Wallis Simpson, duquesa de Windsor, fue recibida por la familia real por primera vez y alojada en el Palacio de Buckingham como huésped de Isabel II. Pero el futuro de la duquesa, a la que la corona nunca quiso otorgar el trato de “alteza real”, era tan sombrío como su aspecto el día del funeral.

    En una entrevista concedida a la escritora Anna Pasternak, la exsecretaria de los duques de Windsor, Johanna Schutz, recordó la visita que la reina Isabel II hizo a su tío en la casa Bois de Boulogne (afueras de París) diez días antes de que el duque muriera. “Esa visita fue histórica y sanadora Era muy importante porque el duque siempre decía que amaba a la reina”. De hecho, Schutz, dice que el duque había legado todo, una vez que la duquesa murió, de vuelta a la familia real. “Tenía una copia del testamento. Los Windsor querían que todo su dinero, joyas, pinturas y artefactos fueran devueltos a Gran Bretaña”.

    “Si este fiel gesto hubiera tenido lugar, ¿podría haber ayudado a cambiar la prensa negativa que los Windsor han soportado durante los últimos 40 años?”, se pregunta Pasternak. “Ciertamente habría sido inmensamente restaurador para las heladas relaciones de la realeza con Wallis, una vez que enviudó”. Trágicamente, sin embargo, los deseos del duque fueron borrados por la abogada parisina de los Windsor, Suzanne Blum, cuyo esposo había sido su abogado francés desde 1946 hasta su muerte en 1965, quien persuadió a Wallis para que la dejara hacerse cargo de todos sus asuntos legales una vez que envidudó. Esta mujer maquiavélica avivó los peores temores de la penuria de Wallis y tuvo un control despótico sobre la duquesa, “completamente afligida” después de la muerte del duque.

    Según Schutz, Blum detestaba a los británicos y quería que todo en el testamento de Wallis fuera para los franceses. “Blum realmente amenazó a la duquesa”, recuerda. “Ella le dijo que el gobierno francés la obligaría a abandonar la casa (donde vivían los Windsor libres de impuestos y rentas) a menos que ella legara todo al Instituto Louis Pasteur. Ella era totalmente amenazante”. Schutz hizo todo lo posible para cumplir los deseos del duque: “Tenía una enorme caja de insignias de diamantes del emperador de la India, que devolvimos a la casa real”, y fue gracias a ella que toda la correspondencia entre Eduardo y Wallis se salvó.

    Esta inquietante colección de cartas de amor que documentaron los tiempos turbulentos que soportaron fue presentada a Schutz por el mayordomo de los Windsor, George. “Vino a mí en 1976 con esta gran caja llena de todas sus cartas. Dijo que la duquesa quería que los quemara. Le dije: ‘No podemos quemar esto. Esto es historia’. Pero Blum se apoderó de las cartas y tan pronto como la duquesa murió, las hizo publicar. La duquesa nunca quiso eso”.

    A pesar de su exclusión de la familia real, Wallis todavía “quería que todas sus joyas volvieran a Gran Bretaña”, insiste Schutz. Conmovedoramente, Eduardo declaró en su testamento que nunca quiso que las joyas de la duquesa fueran vendida o usadas por otra mujer. “Eran para ella y para ella sola”, dijo Schutz. Muchas piezas tenían inscripciones personales como “Hold Tight” o “Somos nuestros”, como en su anillo de compromiso. Sin embargo, Blum desafió los deseos del duque y un año después de que Wallis muriera en 1986, toda la colección se vendió en Sotheby’s por £ 31 millones; los ingresos fueron destinados al Instituto Pasteur en lugar de ser entregadas a la familia real británica.

    Schutz, que durante mucho tiempo había sido testigo del tormento que Blum infligió a Wallis, intentó intervenir. En 1975, había planeado llevar a Wallis a vivir a Nueva York, en las Torres Waldorf. “Estábamos listas para partir, luego la duquesa sufrió una úlcera perforada porque Blum la había preocupado mucho. Fue entonces cuando comenzaron todos sus problemas. Después de eso, estaba demasiado enferma para viajar o imponer sus deseos”. Blum “encarceló” a Wallis, le prohibió ver a sus amigos y así su salud se deterioró rápidamente. “Informé a Sir Martin Charteris y le pedí que enviara un médico y un abogado para hacer un nuevo testamento”, dice Schutz.

    “El abogado de la Reina vino a París con un médico y Blum no los dejó pasar”, cuenta Schutz, y agrega que las enfermeras contratadas por Blum comenzaron a “drogar a la duquesa”. Mientras tanto, Blum vació la mansión parisina, vendiendo sus hermosos tesoros. “La duquesa diría: ‘¿Por qué no bajamos y cenamos en la biblioteca?’ Tenía que decir: ‘Eres demasiado frágil. No tiene calefacción. Cualquier excusa para que ella no supiera la verdad”. Se informó que Schutz fue despedida por Blum en 1978 con el argumento de que era “inestable” pero ella cuenta que cuando le ofrecieron un nuevo contrato se negó a aceptarlo a menos que trabajara solo trabajaría para la duquesa, no para Blum.

    Finalmente Schutz abandonó el servicio de la duquesa cuando, senil y demacrada, ya no pudo reconocerla. La duquesa murió, lamentable y sola, ocho años después en 1986 y fue sepultada en el cementerio real de Frogmore, en el castillo de Windsor. “Ella sufrió mucho. Fue desgarrador para mí”, dice Schutz. “Es una pena. Si tan solo la familia real la hubiera conocido. La duquesa era una mujer maravillosa”, reflexionó al final de la entrevista.

  • La historia casi desconocida de “Toria” de Inglaterra, la princesa “desgraciada en amores”

    “Había en la familia real inglesa una princesa soltera de la que se decía, con esa popular frase de la época eduardiana, que había sido ‘desgraciada en amores’. Así es que se convirtió en la clásica tía soltera, y con el tiempo adquirió los atributos de toda solterona clásica, sea princesa o no. Adoraba a la gente joven, los compromisos matrimoniales y las bodas, así como el chisme de cualquier tipo y, sobre todo, el meterse en la vida de los demás”.

    Así presentó en sus memorias el príncipe Cristóbal de Grecia a su prima hermana, la princesa Victoria de Inglaterra, la segunda hija del rey Eduardo VII y la reina Alejandra de Gran Bretaña. La princesa, bautizada como Victoria Alejandra Olga María, nació el 6 de julio de 1868 y, para diferenciarla de su abuela y de su tía, la princesa heredera Victoria de Prusia, fue apodada “Toria”, y así fue llamada durante toda su vida. Sus padrinos de bautizo fueron once, entre los que se encontraba la reina Victoria, el zar de Rusia y la reina Olga de Grecia.

    Toria y sus hermanas, Luisa y Maud pasaron su niñez y adolescencia entre mucha diversión alternada con las visitas a sus primos daneses y griegos y sus tareas escolares, en la finca real de Sandringham, a unos 190 kilómetros de Londres, recibiendo una educación no demasiado buena a cargo de distintos tutores.

    “Madre querida”

    En aquella época, aún no era normal que las niñas estudiaran, y la costumbre popular, dentro de la realeza incluso, era que las mujeres aprendieran a realizar las labores del hogar y se casaran. Sin embargo eso no sucedió con la princesa Toria, que permaneció en el hogar tanto tiempo, en el papel de confidente, acompañante y secretaria de su madre, y nunca vivió, como sus hermanas, los rigores de la vida social.

    Divertida y de humor picante, Toria se hallaba muy sorprendida ante su cuñada May (esposa del futuro rey Jorge V), a quien consideraba enormemente aburrida, pero solía tomarla en broma: “Ahora, trata de hablar con May durante la cena”, le dijo a un invitado con peculiar malicia; y después agregó: “Aunque ya sabe que es terriblemente tediosa”.

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    Toria, joven de cara alargada, delgada e inteligente pero que no había heredado el encanto de su madre, Alix, no tuvo la fortuna de sus hermanas de casarse y tener hijos, lo que sí sucedió con sus hermanas, que se casaron por amor. La princesa no encontró un marido adecuado, y, cumplidos los treinta años, estaba dotada de cierta amargura y tenía tendencia a la crítica, pero la alegría de su madre la había contagiado a ella. Aunque era una princesa, Toria se convirtió en la más simple y sencilla de las hijas de Eduardo VII.

    A medida que sus hermanos fueron casándose y yéndose del hogar real, el control que la posesiva “Madre querida” Alejandra ejerció Toria se volvió aún más estricto, a tal punto que la reina Victoria se quejó: “Si alguien tiene derecho a ofenderse, esa persona soy yo: Victoria y Maud nunca tienen permiso para visitarme, cuando todos mis otros nietos vienen y se quedan conmigo. Creo que es algo muy cruel y, sobre todo, muy egoísta”.

    “Podríamos haber sido tan felices juntos”

    El destino de las princesas solteras de Gales preocupaba enormemente a su abuela y a su tía Vicky (reina de Prusia y empeatriz de Alemania), quien llegó a decir: “No puedo entender que no se hayan casado; serían tan adorables como esposas”. Y en otra ocasión expresó su cariño hacia Toria y Maud expresando que eran tan “elegantes”, “naturales”, “simpáticas”, “alegres” e “inteligentes”. Para cuando Luisa y Maud hubieron contraído matrimonio, Toria era una joven poco agraciada de gruesos párpados y dientes muy espaciados; se veía reprimida socialmente por su madre, que sin quererlo ahogaba a la joven y estorbaba los progresos de sus pretendientes.

    Luisa “fue la primera en casarse, con el conde de Fife, dieciocho años mayor que ella, que había llevado una vida bastante disoluta en sus tiempos y ahora había recibido el título de duque. Él se había consagrado a la administración de su extenso dominio escocés por la época del matrimonio, y Luisa se dedicó a la pesca del salmón y llegó a ser una notable experta en la materia, aunque, en general, no hizo mucho más que eso”. A Toria causó mucha tristeza que su otra hermana, Maud, se fuera a Dinamarca tras casarse con el príncipe Carl (futuro rey Haakon VII de Noruega) y Maud compadecía a Toria por encontrarse a entera disposición de sus padres. Cada vez que regresaba a Copenhague, Maud admitía que le preocupaba dejar “sola de nuevo” a Toria “ya que su vida no es fácil”.

    “La reina Victoria creía que Alix tenía una actitud posesiva hasta el egoísmo, y se quejó de ello a Bertie, quien replicó que sus hijas ‘no mostraban inclinación al matrimonio’ (…) A semejanza de la reina Victoria, Alix deseaba retener en el hogar a una de sus hijas en el papel de acompañante, confidente y ayudante general”, relató el historiador Richard Hough.

    “Toria permanecía junto a Alix, cumpliendo diligencias que no siempre eran necesarias y que Alix a veces olvidaba antes de que su hija hubiese regresado. Había indudable afecto entre la madre y la hija, pero ese régimen implicaba malgastar terriblemente la vida de Toria. Era la más inteligente de las tres niñas y deseaba vivamente casarse y tener hijos. Hubo tres hombres con quienes ella había deseado casarse, pero dos eran plebeyos y fueron excluidos severamente por Alix. El tercero fue Lord Rosebery, un político liberal sumamente rico que durante un breve período desempeñó a la función de primer ministro. Enviudó pronto y habría deseado casarse con Toria. ‘Podríamos haber sido tan felices juntos’, se lamentaba Toria, pero no pudo ser. Años después se convirtió en una mujer irritable y a menudo enferma”.

    Su muerte afectó mucho al rey Jorge V

    Incluso después de la muerte de la reina Alejandra, en 1925, Toria estaba tan abroquelada en sus costumbres que permaneció soltera, muy querida por su hermano Jorge V y sus sobrinos, pero solitaria y recluida tras los muros emocionales que ella no había levantado.

    “Aunt Toria”, escribió el duque de Windsor, “había dedicado toda su vida a su madre, tal vez sacrificando la propia. Si lo lamentaba, se lo callaba, y siempre nos animaba a divertirnos”. El rey ayudó a su hermana acomodándola en una austera finca en Iver, cerca del castillo de Windsor, donde vivió discretamente, cuidando de su jardín, escuchando música y paseando hasta el pueblo y manteniendo una relación amigables con los comerciantes y los aldeanos.

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    Siempre había existido un afecto espontáneo y un humor sincero entre Toria y el rey Jorge, que solía partirse de risa recordando una graciosa anécdota que le contaba una y otra vez la princesa Toria: llamando ella por teléfono al palacio de Buckingham preguntó “¿Eres tú, viejo tonto?”. La operadora del palacio todavía no había logrado conectarla a la línea del rey y respondió maquinariamente: “No, su alteza real, su majestad aún no está al teléfono”. Durante muchos años el rey comenzaba su día a las 9.30 de la mañana llamándola por teléfono y ambos compartían las novedades.

    Acostumbrado a ello, el silencio que siguió a su muerte fue abrumador para el viejo Jorge. Para cuando murió la princesa Luisa, en 1931, Victoria no era sólo la hermana favorita del rey Jorge, sino también su mejor amiga. El 3 de diciembre de 1935 le informaron al rey que su hermana había fallecido en su residencia de Buckinghamshire y esa tarde no pudo presidir la solemne apertura del Parlamento. “La pena de mi padre fue tan grande que no pudo avenirse a dejarse ver por las muchedumbres londinenses y tuvo que suspenderse la ceremonia oficial. Ya no volvió a aparecer en público…”.

    Victoria, la última princesa de ese nombre en la monarquía inglesa, fue sepultada en el Cementerio Real de Frogmore, en el Gran Parque, a unos 800 metros del castillo de Windsor. “Cómo la echaré de menos… –anotó el rey Jorge en su diario— extrañaré muchísimo nuestras charlas diarias por teléfono”.

    Darío Silva D’Andrea

  • Así fue como el implacable “Sistema Kensington” amargó horriblemente la infancia de la reina Victoria

    Fue emperatriz del imperio más grande del mundo, pero creció en una verdadera jaula de oro. Siete estrictas reglas dominaron su existencia alejada de cualquier contacto con otros niños.

    “Entré en mi sala de estar (solo con mi bata) y los vi. Lord Conyngham luego me informó que mi pobre tío, el rey, ya no existía, y que había expirado a las dos y doce de la mañana y, en consecuencia, que yo era la reina”. Así es como Victoria de Inglaterra recordó el momento que cambiaría su vida para siempre. A las seis de la mañana del 20 de junio de 1837, la joven princesa fue despertada de su cama para ser informada de que su tío, el rey Guillermo IV, había muerto durante la noche.

    Esto significaba que Victoria, que solo tenía 18 años en ese momento, ahora era la reina de Inglaterra. A pesar de su corta edad, Victoria tomó las riendas estoicamente. Se mantuvo tranquila y no necesitó de las sales aromáticas que su institutriz había preparado para ella. En su primera reunión con su consejo privado, unas pocas horas después, los nuevos ministros de Victoria se alzaron sobre ella: Era pequeña y tuvo que sentarse en una plataforma elevada para poder verla. Sin embargo, lo que a Victoria le faltaba en altura, lo compensó con determinación y rápidamente causó una impresión favorable. Era, en definitiva, el primer día de su vida, después de haber pasado los anteriores 18 años sometida a una estricta y triste infancia.

    Victoria nació el 24 de mayo de 1819 en el Palacio de Kensington.
    Retratos de Victoria y sus padres Eduardo, duque de Kent, y Victoria Mary Luisa de Sajonia-Coburgo.

    Aunque Victoria asumió sus responsabilidades reales con notable confianza, no había estado destinada al trono. Cuando nació en 1819, la posibilidad de convertirse en reina parecía muy remota. Como hija única del cuarto hijo del rey Jorge III, Eduardo (duque de Kent), era la quinta en la sucesión al trono. Sin embargo, cuando llegó a la adolescencia, a la muerte de su padre, sus hermanos y cualquier otro heredero legítimo la convirtieron en la heredera más cercana de Guillermo IV. Victoria pasó sus años de formación en el Palacio de Kensington, Londres. Sin embargo, en muchos sentidos, el palacio resultó ser una prisión para la princesa, y su infancia allí fue muy triste. Tras la muerte de su padre a causa de una neumonía, cuando ella tenía apenas ocho meses, su vida estuvo dominada por su madre, la duquesa de Kent, y su ambicioso asesor.

    Justo hasta que se convirtió en reina, Victoria se vio obligada a compartir un dormitorio con su madre.

    Su madre Victoria Mary Luisa era, por nacimiento, princesa de Sajonia-Coburgo-Saafeld. Desde que llegó a Londres en 1818, para casarse con el duque de Kent, la princesa alemana se empecinó en llevarse mal con todo el mundo, empezando por sus cuñados los reyes Jorge IV y Guillermo IV. Al morir su marido en 1820, la duquesa de Kent vio su oportunidad para alcanzar el poder mediante la regencia de su pequeña hija, que ya había ascendido todos los escalones posibles en la sucesión al trono. Se alió con sir John Conroy, un ambicioso, perverso, prepotente y violento funcionario que robaba dinero y hasta llegó a golpear a la duquesa frente a su hija cuando no conseguía lo que deseaba. Conroy tenía grandes esperanzas: imaginaba que la princesa Victoria llegaría al trono a una edad temprana, necesitando así un gobierno de regencia, que sería dirigido por la duquesa. Su plan era aislar a la duquesa de Kent y su hija de otros miembros de la familia real para que solo él estuviera en condiciones de aconsejarlos.

    John Conroy mantuvo un control estricto sobre la princesa

    Como secretario personal de la duquesa de Kent, sir John Conroy sería el verdadero “poder detrás del trono”, pero no contaba con que Guillermo IV, sobreviviera el tiempo suficiente para que Victoria alcanzara su mayoría. Por la influencia de Conroy, la relación entre la duquesa viuda y Guillermo IV se agrió al punto de ser exiliada de la corte mientras ella impidió que el rey visitara a su sobrina y heredera. Confinada al palacio de Kensington y sin asignación propia, la duquesa vivía en el resentimiento, todo lo cual condujo a una dramática escena durante una cena en 1836 cuando el rey, harto de la duquesa y de Conroy, expresó en un banquete la esperanza de vivir lo suficiente para evitar la regencia de “una persona que está sentada cerca mío, que se encuentra rodeada por malos consejeros y es incompetente para comportarse con propiedad en cualquier posición en que se le situara”. Sintiéndose “groseramente insultada” la duquesa se retiró del banquete escandalosamente.

    Sir John Conroy, asesor personal y ambicioso amante de la duquesa de Kent.

    Victoria conservó pésimos recuerdos de su infancia, dominada por la ambición de la duquesa y su presunto amante, que tenía la intención de establecerse como el poder detrás del trono en el caso de una Regencia (en la que la madre de Victoria gobernaría con ella si ella accediera cuando aún era menor de edad). Viuda a los dos años de casada -cuando tenía apenas 32 años- la duquesa creó en torno a su hija una especie de proteccionismo neurótico, destinado a preservar la esperanza de la monarquía y, de esta forma, tanto su futura influencia en el gobierno como su bienestar económico. La pareja impuso un código de disciplina sofocante a la joven Victoria, que llegó a conocerse como el ‘Sistema Kensington’. Junto con un calendario estricto de lecciones para mejorar su rigor moral e intelectual, este asfixiante régimen dictaba que la princesa no pasaba mucho tiempo con otros niños y estaba bajo la supervisión constante de un adulto. Justo hasta que se convirtió en reina, Victoria se vio obligada a compartir un dormitorio con su madre. Se le prohibió estar sola, o incluso bajar las escaleras sin que alguien la tomara de la mano.

    Victoria Mary Luisa, viuda del príncipe Eduardo de Inglaterra, duque de Kent.

    Así, la princesa Victoria no pudo tener su propia habitación en el palacio de Kensington y tuvo que dormir en una pequeña cama, casi una cuna, al lado de la cama de su madre hasta que cumplió 18 años. La vigilancia de la duquesa hacia su hija era absoluta y las reglas de máximo cuidado reinaban en la casa: la princesa no podía subir ni bajar escaleras sin un adulto que le diera la mano. Cada tos, cada trozo de pan y mantequilla consumidos, cada carta y cada paso debía ser reportado a Conroy. Según el medio hermano de Victoria, el príncipe Karl de Leiningen, “la base de todas las acciones, de todo el sistema seguido en Kensington” era asegurar que solo la duquesa de Kent tuviera influencia sobre su hija y que “nada ni nadie fuera ser capaz de sacar a la hija de su lado”. Ese sistema implicaba la vigilancia constante de la niña “hasta el detalle más pequeño e insignificante”.

    La duquesa de Kent tuvo poca presencia en la corte de su hija y murió en 1861.

    La joven Victoria aprendió a odiar a Conroy por su nociva influencia y el maltrato que les dispensaba a ella y a su madre. Lo describió como “un monstruo” y “un demonio”. Más adelante en su vida, ya coronada como reina, Victoria reflexionó que tuvo “una vida muy infeliz de niña… y no sabía qué era una vida familiar feliz”. Ella mantuvo un profundo odio hacia John Conroy por manipular a su madre e imponerle reglas tan rígidas, que luego lo describió como “la encarnación del demonio”. No fue sino hasta convertirse en reina, en 1837, cuando Victoria pudo liberarse de las garras claustrofóbicas de Conroy y su madre. Su relación con su madre permaneció tensa y distante durante muchos años y limitó ferozmente la influencia de Conroy en la corte. Apenas dos años después de que Victoria tomara el trono, el hombre renunció a su puesto y se fue a Italia en medio de vergüenza y escándalo.

    Durante toda su infancia, la vida de Victoria estuvo dominada por 7 reglas inquebrantables:

    1. No podía pasar tiempo sola y siempre tenía que dormir en la habitación de su madre. No podía bajar las escaleras sin tomar la mano de un adulto en caso de que se cayera.

    2. No podía reunirse con ningún extraño o tercero sin que su institutriz estuviera presente.

    3. Tuvo que escribir en un “Libro de comportamiento” qué tan bien se había comportado cada día, para que su madre pudiera evaluar su progreso. A veces era bueno, a veces “MUY SUCIA”.

    4. Solo podía aparecer en público en “giras publicitarias” cuidadosamente gestionadas por su madre y sir Conroy con el objetivo de distanciarla del impopular régimen de sus tíos, los reyes Jorge IV y Guillermo IV, y presentarla como “la esperanza de la nación”.

    5. No podía bailar la nueva danza escandalosa e íntima llamada el “vals”, ni siquiera (como se suele decir) con personas de la realeza. Nunca lo haría hasta su boda con el príncipe Alberto.

    6. Debía aumentar su fuerza corporal haciendo ejercicio con sus máquinas de madera y una máquina con poleas y pesas. Tomar suficiente aire fresco diariamente, otra de las reglas, la convertiría en una amante de las ventanas abiertas para toda la vida, incluso en invierno.

    7. No podía elegir su propia comida. Se le permitía comer pan con leche y carne de cordero asada, y se le prohibió comer sus cosas favoritas: dulces y frutas. El menú era previamente aprobado por Sir John Conroy.

  • Quién es Andrés de Inglaterra: el príncipe “playboy” que cayó en desgracia

    El “hijo preferido” de la reina Isabel II, el príncipe Andrés, fue visto durante años como un playboy y militar valiente, pero su reputación está en la cuerda floja debido a sus peligrosas relaciones con el fallecido Jeffrey Epstein y a la reciente demanda por abuso sexual de menores que se entabló en su contra en Nueva York. “Hijo favorito” de la reina Isabel II, el príncipe Andrés fue durante mucho tiempo un playboy y un valiente militar, pero su vida también ha estado plagada de controversias. Ahora, al cumplir 60 años, este veterano de la guerra de las Malvinas (1982) en la que luchó a los 22 años, ve su reputación comprometida por sus vínculos con Epstein.

    En la mira por su relación con el financiero estadounidense quien, acusado de explotar sexualmente a niñas menores de edad durante años se suicidó en prisión, Andrés se defendió en una larga entrevista televisiva que se transformó en un fiasco. El príncipe, octavo en el orden de sucesión al trono británico, se mostró arrogante y carente de compasión por las presuntas víctimas de Epstein. Ante la polémica provocada, anunció finalmente el miércoles su retiro de sus compromisos públicos, una decisión humillante y rarísima para un miembro de la familia real.

    Nacido el 19 de febrero de 1960 en el Palacio de Buckingham, diez años después de su hermana mayor, la princesa Ana, el príncipe Andrés es el tercer hijo de la reina Isabel II y del príncipe Felipe. Niño fácil y lleno de entusiasmo, se dice que es el “hijo favorito” de Su Majestad, que lo envió a la Escuela Preparatoria Heatherdown cerca de Ascot para que pudieran educarse más cerca del Castillo de Windsor. Según una fuente que conocía a todos los Mountbatten-Windsor, era “un niño encantador”, aunque no bendecido con aptitud académica. 

    El príncipe no fue a la universidad, pero no hay duda de que sus padres se enorgullecían de que siguiera los pasos de su padre y se uniera a la Royal Navy en 1979 para entrenarse como piloto de helicóptero. Después de haber superado a su hermano mayor al completar el curso de comando Royal Marines All Arms, por el cual recibió su boina verde, el subteniente Prince Andrew estaba a bordo del HMS Invincible cuando Argentina invadió las Malvinas en 1982, pilotando uno de los 10 helicópteros Sea King en el portaaviones. 

    Aunque el Gabinete quería trasladarlo a un trabajo de escritorio durante el conflicto, fue la reina quien insistió en que debía permanecer en el barco, una de las muchas intervenciones en nombre de su hijo. En octubre de 1982, poco después de su regreso, se fue de vacaciones al Caribe con el fotógrafo y actor estadounidense Koo Stark, a quien había conocido el año anterior.  Andrés, joven, era uno de los solteros más codiciados, y multiplica las conquistas antes de casarse, en 1986, con la ardiente Sara Ferguson. La reina le concede el título de Duque de York. Dos hijas nacen de esta unión, las princesas Beatriz (1988) y Eugenia (1990), pero el matrimonio no durará. A pesar de su divorcio, en 1996, Andrés y Sara afirman seguir siendo “los mejores amigos del mundo”. La duquesa sigue viviendo en la casa de su exesposo y recientemente ha tomado su defensa.

    Relación mal aconsejada

    Después de esta separación, el príncipe Andrés fue visto junto a mujeres desnudas de vacaciones en Tailandia y participando en una fiesta sobre el tema “prostitutas y proxenetas” en Estados Unidos junto a Ghislaine Maxwell. La hija del magnate de los medios de comunicación Robert Maxwell es acusada por varias presuntas víctimas de Epstein de haberlas “reclutado”, cosa que siempre negó

    Después de 22 años en la Armada, el Duque de York se convirtió en el representante especial del Reino Unido para el comercio internacional, pero es sumamente criticado por sus elevados gastos a expensas de los contribuyentes. Mientras que sus relaciones con el yerno del expresidente tunecino Ben Ali, el hijo del difunto dictador libio Muamar el Gadafi y un sulfuroso multimillonario kazajo ya eran vistos con malos ojos, sus vínculos con Jeffrey Epstein, condenado en 2008 por conducir a las niñas a prostituirse, emergen en 2011.

    Una foto muestra al príncipe Andrés abrazando a Virginia Roberts, quien afirma haber sido forzada a tener relaciones sexuales con él, lo que Andrés niega categóricamente. Otra foto muestra al príncipe paseando por Central Park con Epstein, en diciembre de 2010, un año después de su puesta en libertad. Esta relación fue “imprudente” reconoció el príncipe en un comunicado el miércoles. Pero unos días antes, durante una entrevista televisada, explicó que el financiero le había permitido conocer a gente interesante. En palabras aún más torpes, el Duque de York  juzgó simplemente “inapropiado” el comportamiento de su amigo.

  • Hace 100 años nació en Grecia el príncipe Felipe: de refugiado a esposo de la reina

    El príncipe Felipe, esposo de la reina Isabel II, fallecido a los 99 años el pasado 9 de abril, llegó a ser el príncipe más longevo de la historia británica. Nació en Corfú (Grecia) el 10 de junio de 1921, siendo el hijo menor de Andrés de Grecia y Alicia de Battenberg, y nieto del rey Jorge I de Grecia.

    Era un niño cuando su familia tuvo que huir de Grecia debido a la convulsión política y durante mucho tiempo fue un verdadero “refugiado”, a la merced de la hospitalidad y solidaridad de algunos parientes de la realeza europea.

    El príncipe Andrés, sus cuatro hijas (Margarita, Cecilia, Teodora y Sofía), Alicia y Felipe soportaron el exilio en las peores condiciones. No tuvieron casa, ni dinero, ni siquiera nacionalidad, porque el nuevo gobierno griego les quitó la nacionalidad. El rey Christian X de Dinamarca recurrió a su prerrogativa para que se les concediera la nacionalidad danesa y, entre penurias y ajustes, la familia logró instalarse en París.

    Algunos miembros de la familia los ayudaban económicamente, sobre todo el príncipe Jorge de Grecia. El pequeño Felipe fue enviado al jardín de infantes en Saint-Cloud, Francia, y otra tía, una rica heredera norteamericana, pagaba sus gastos escolares, lo cual no impedía que Felipe encabezara la lista de los alumnos más pobres de la escuela. Otro tío, el príncipe Gustavo Adolfo de Suecia, le enviaba dinero para gastos personales, pero la cantidad era la misma cada año, y además, insignificante: una libra, en Navidad.

    felipe de grecia

    En los años 30, cuando los príncipes Andrés y Alicia se separaron, Felipe fue enviado a Londres donde fue recibido por su tío Lord George, marqués de Milford Haven, quien anotó a su sobrino en la más antigua escuela primaria inglesa, Cheam School, fundada por Carlos I en 1665. Se la consideraba la mejor escuela primaria de todo el Reino Unido.

    Felipe también pasó su adolescencia en las casas de sus cuatro hermanas, todas casadas con príncipes alemanes. Teodora era la más acaudalada. Como esposa del Margrave de Baden, vivía en el Castillo Salem, que era dos veces más grande y lujoso que el Palacio de Buckingham. Allí Felipe estudió en la severa escuela Salem, que formaba a futuros dirigentes de Alemania.

    En 1936 el príncipe Felipe regresó a Grecia, con motivo de la restauración de la Monarquía, y allí asistió a los esponsales de su primo Pablo con Federica de Hannnover. En la ceremonia se reencontró con su padre, quien le dio dos consejos: “Quédate en Inglaterra, es el lugar más seguro para gente como nosotros, y cásate con una mujer acaudalada, porque nunca tendrás un centavo”. Y Felipe siguió el consejo…

  • 12 datos sobre la extraordinaria vida de la reina Victoria a 120 años de su muerte

    Nacida en el palacio de Kensington, nadie sospechaba que la niña se convertiría en la monarca más poderosa de su tiempo y que su nombre sería el emblema de una era histórica.

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  • Alice Keppel: ¿fue la bisabuela de Camilla una “reina en las sombras”?

    Ella se encargó de brindar tranquilidad y compañía al príncipe de Gales, aburrido de esperar la muerte de su madre para hacer algo con su vida.

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    Pocos vieron la magia de los cuento de hadas en el casamiento de Eduardo de Gales, el príncipe heredero británico e hijo de la reina Victoria, con la princesa Alejandra de Dinamarca, el 18 de marzo de 1863 en el Castillo de Windsor. De todos era sabido que el hijo de la reina Victoria era el más fiel amante de Lillie Langtry, una escultural actriz, y que no la dejaría para amar a la esposa que le había sido impuesta. Alejandra, a pesar de su sordera y cojera, era dulce y bien educada, y comprendía que su única misión era dar herederos al Imperio Británico.

    Instalada en Londres, Alejandra fue un ícono de elegancia de su época, una “Lady Di” del siglo XIX. Se tuvo que acostumbrar a los fugaces e intensos amoríos de su esposo, pero desde 1898 tuvo que aprender a compartirlo. Ese año, Eduardo conoció a Alice Keppel, una mujer casada. Era hermosa, culta y muy ingeniosa, y el futuro rey cayó rendido a sus pies. La nueva “querida” se encargó de brindar tranquilidad y compañía al príncipe -aburrido de esperar la muerte de su madre para hacer algo con su vida-.

    Alice era la única persona que podía calmar angustias y furias del eterno heredero. Lo acompañaba en sus vacaciones en el Mediterráneo, y que también era invitada a las recepciones oficiales y sentada junto a personajes importantes de la vida política para que, por medio de sus encantos, extrajera información confidencial que le fuera útil al príncipe de Gales. “El concepto que Eduardo VII tenía de Alice era demasiado elevado para someterla a la indignidad de la clandestinidad”, escribió el historiador Theo Aronson.

    “Todos sabían acerca de la relación entre el rey y la esposa de George Keppel…”, escribía entonces lord Hardinge de Penshurst. “Yo solía ver a la señora Keppel muy seguido en aquella época y sabía que ella tenía conocimiento de lo que estaba sucediendo en el mundo de la política (…) Nunca hizo uso de la información que tenía en su poder para beneficio propio o de sus amigos, y jamás la oí decir palabra ofensiva alguna a nadie. Habría sido difícil encontrar a cualquier otra dama que pudiera cumplir el rol de amiga del rey Eduardo con la misma lealtad y discreción que mostró ella”. Alejandra, con actitud noble y filosófica, aceptó la presencia de Keppel y es probable que, sin decirlo, agradeciera que lo acompañara y calmara. El biógrafo del rey, Gordon Brook-Shepherd, asegura que “Alice Keppel era la reina”.

    La reina Victoria murió en 1901, tras 64 larguísimos años, y la “Era Eduardiana” se inició oficialmente en la coronación de Eduardo VII, al siguiente año. A un costado del altar, en un lugar destacado de la Abadía de Westminster, se sentó la fiel Alice. Pero para entonces Eduardo era un hombre de sesenta años cuyos frecuentes ataques de bronquitis se convirtieron en un enfisema pulmonar, la enfermedad que lo llevaría a la tumba.

    En mayo de 1910 la salud del rey se agravó. Renuente al principio, la reina Alejandra aceptó que Alice Keppel fuera al palacio para que los amantes pudieran despedirse a solas. Casi 60 años más tarde, en un campo de polo, un tataranieto de Eduardo VII, el príncipe Carlos, conoció al amor de su vida, Camilla Parker Bowles, una chica de la aristocracia que se presentó ante él con una pregunta inquietante: “¿Sabías que mi bisabuela, Alice Keppel, fue la amante de tu tatarabuelo, Eduardo VII?

  • “Operativo London Bridge”: qué pasará en Gran Bretaña cuando muera la reina Isabel II

    Se cree que, sin “la británica más grande de la Historia”, el país atravesará su período histórico más shockeante desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué está planeado?

    Desde su ascenso al trono, en 1952, Isabel II de Gran Bretaña ha sido testigo de los cambios históricos más profundos de su país. Ha vivido las gestiones de 12 primeros ministros en Gran Bretaña. Y mientras tanto, gobernaban en el mundo 11 presidentes de Estados Unidos, 11 de Francia y 7 líderes de la Unión Soviética y Rusia, 7 sumos pontífices gobernaban la iglesia católica, se inventaban Internet y las redes sociales, el Hombre llegaba a la Luna, caía el Muro de Berlín y, ahora, el mundo se ve paralizado por la mortal pandemia de coronavirus.

    Viendo todo lo que sucedió mientras ella reinaba, muchos británicos podrían pensar que es eterna, pero la reina cumplirá 95 años en abril de 2021 y en algún momento su reinado llegará a su fin. Se dice que sin “la británica más grande de la Historia” Gran Bretaña atravesará su período histórico más shockeante desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué sucederá y en qué consiste el meticuloso operativo “London Bridge“?

    Un luto sin precedentes

    Durante al menos 12 días – entre su muerte y su sepultura- Gran Bretaña quedará detenida en el tiempo, un período luctuoso que significará la pérdida de miles de millones de libras. Los mercados de valores, grandes empresas, fábricas, escuelas, universidades y bancos cerrarán por un período indefinido y tanto el funeral como la posterior coronación de su sucesor, que serán eventos oficiales, podrían tener un costo económico estimado entre 1,2 y 6 mil millones de libras.

    LA MUERTE DE LA REINA SERÁ ANUNCIADA CON CAÑONAZOS DESDE LA TORRE DE LONDRES.

    Sin embargo, para comprender la perturbación financiera que reinará en Gran Bretaña al morir Isabel II es necesario describir la magnitud del suceso. Será un evento diferente -casi inédito- en el Reino Unido y tal vez algo nunca antes visto. Además, muchas cosas cambiarán en el Reino Unido desde ese día, empezando por las monedas, estampillas, las insignias de los cascos de los policías y hasta la letra del Himno Nacional “Dios Salve a la Reina”.

    Los ciudadanos británicos incluso deberán actualizar su pasaporte, ya que este es emitido “en nombre de Su Majestad la Reina Isabel II“.

    La muerte de la princesa Diana, en 1997, y de la reina Isabel, Reina Madre, cinco años después, generaron grandes demostraciones de duelo y emoción popular, catalogadas como históricas, pero Isabel II, debido a su longevidad y el lugar fundamental que ocupa en lo alto de la sociedad británica y en el plano político internacional desde hace 68 años, estará en un nuevo nivel, muy por encima de los eventos mencionados.

    HYDE PARK, DE LONDRES, OTRO SITIO DONDE TRONARÀN SALVAS DE CAÑÒN.

    Tal vez se pueda encontrar un precedente en 1901, al morir la reina Victoria tras 64 años de reinado. El Imperio Británico, el más grande conocido, quedó paralizado, los edificios se llenaron de crespones negros y hasta las prostitutas de Londres vistieron de luto en las calles de Londres durante meses. Sucedió, como ahora, que la gran mayoría de los británicos simplemente nunca había conocido la vida sin la reina.

    Las primeras horas

    El anuncio de la muerte de la reina corresponderá al Palacio de Buckingham, quien enviará telegramas y correos electrónicos a la prensa y colocará el anuncio enmarcado en un pedestal en la entrada del palacio.

    El primer ministro será el encargado de comunicar el deceso a los gobernadores y presidentes de la Commonwealth. El mismo día, 250 cañonazos tronarán a través del Reino Unido y de los 16 países que componen la Commonwealth (en Londres se lanzarán desde Hyde Park, Green Park y la Torre de Londres), para señalar el final del reinado de Isabel II y el inicio del reinado de Carlos III o de quien corresponda.

    Pero mucho depende de la forma de la muerte de la reina. Si llega después de una larga enfermedad, por ejemplo, para entonces los ingleses ya habrán puesto en marcha planes detallados para hacer el anuncio y hacer frente al último adiós. Y, de hecho, desde hace años se vienen haciendo ensayos de forma coordinada entre el Palacio de Buckingham y la cadena BBC, para el momento del anuncio, que tiene que ser histórico.

    En cuanto el deceso suceda, la mayoría del personal en los palacios reales y las instituciones asociadas serán enviados inmediatamente a casa por un grupo de funcionarios que tiene como tarea concreta la distribución de noticias e instrucciones a los trabajadores en caso de ocasiones como esta. De inmediato, las fuerzas armadas británicas comenzarán sus ensayos del cortejo fúnebre y la Policía londinense iniciará un período de alerta para contener multitudes y vigilar los escenarios del último adiós.

    EL LORD DE ARMAS PROCLAMA A ISABEL II EL 7 DE FEBRERO DE 1952 EN EL PALACIO DE ST. JAMES

    El papel de la BBC, primordial

    Suponiendo que se esperaba la muerte de la reina, la noticia se extenderá en un primer momento a través de los principales canales de televisión, redes sociales y portales de Internet. En el Reino Unido, todos los canales de la cadena estatal BBC se detendrán su programación y mostrarán la señal de BBC1 para el anuncio. Los canales independientes no estarán obligados a interrumpir su programación regular, pero es casi seguro que lo harán. El breve anuncio del fallecimiento será sucedido por la entonación del himno nacional inglés.

    Las redacciones de la BBC ensayan activamente para la eventualidad de la muerte de la monarca por lo que no serán tomados por sorpresa en sus desplazamientos. Sin embargo, el cronista Peter Sissons de la BBC fue muy criticado por usar una corbata roja para anunciar la muerte de la reina madre, en 2002, y la BBC ahora tiene una reserva de corbatas y trajes negros listos para que sus presentadores usen en cualquier momento. Los conductores también realizan ejercicios haciendo anuncios falsos.

    PALACIO DE ST. JAMES, SITIO DEL ASCENSO AL TRONO DEL NUEVO MONARCA

    La periodista Ahmen Khawaja tuvo que disculparse públicamente en 2015 al escribir en Twitter: “La Reina Isabel está siendo tratada en el Hospital King Edward VII de Londres. Habrá un comunicado en breve @BBCWorld”. Y a continuación: “La Reina Isabel ha muerto”. La verdad es que la reina estaba ese día realizándose un chequeo médico rutinario, pero no estaba muerta.

    La cadena había aprovechado la ocasión para hacer un ensayo y los tuits de la periodista fueron publicados accidentalmente. Funcionarios de la BBC alegaron que el error se produjo durante el “ensayo técnico” de un obituario de grado 1, el más delicado, que incluye la muerte de la reina Isabel II, su marido, el Duque de Edimburgo, el príncipe Carlos y, su hijo, el príncipe Guillermo. “Los grandes medios llevan a cabo este tipo de ensayos. Pero lo importante es que no le digas a nadie que lo estás haciendo”, dijo un vocero.

    Cancelación de comedias, el Parlamento de luto

    PROCESIÓN FÚNEBRE DEL REY JORGE VI (1952)

    Otro de los aspectos que afecta a los medios de comunicación es la suspensión de la TV y radio todo tipo de programas de comedia por un determinado período así como de obras teatrales. La BBC tiene entre sus planes suspender su programación de comedias tal y como se hizo en 1952, al fallecer el padre de la reina, Jorge VI.

    La cadena estadounidense CNN anunció que tiene ya preparada una serie de programas obituarios y documentales sobre la reina listos para ser transmitido en cualquier momento.

    La Bolsa de Londres cerrará si el anuncio de la muerte ocurre durante las horas de trabajo y otras empresas también lo harán, aunque no está claro qué es lo que hará el gobierno inglés frente al anuncio del fallecimiento de la reina, más allá de las declaraciones oficiales de pésame, ya que los procedimientos de 1952, que parecían muy útiles en esos tiempos, pueden parecer anticuados hoy en día.

    FUNERAL DE LA REINA MARÍA, ABUELA DE ISABEL II (1953)

    El Parlamento iniciará una sesión en la que, como sucedió en 1952, el primer ministro pronunciará un discurso en homenaje a la reina y todos los parlamentarios jurarán lealtad al nuevo monarca, aunque algunos parlamentarios republicanos cruzarán sus dedos al hacer un juramento de 500 años de antigüedad. Después de esto, las sesiones de ambas Cámaras serán suspendidas hasta después del funeral de Estado.

    Vuelve el Imperio Británico

    https://www.youtube.com/watch?v=W6nkFmu40Fk&ab_channel=0011795

    En el plano internacional, la muerte de la reina podría significar, por unos instantes, la “resurrección” del Imperio Británico, que una vez ocupó una cuarta parte de la masa terrestre. Líderes mundiales proclamarán su pésame por la muerte de la soberana, que actualmente es la más longeva de todos los jefes de Estado del mundo, y declararán días de duelo nacionales. Las banderas nacionales ondearán a media asta en todos los palacios gubernamentales del planeta y los líderes se prepararán para ser invitados al funeral.

    Las banderas de las embajadas y consulados de Gran Bretaña ondearán a media asta y las delegaciones diplomáticas podrían poner a disposición del público libros de condolencias. Sin embargo, un embajador citado por el Bussines Insider destacó que “hay una enorme cantidad de incertidumbre en cuanto a lo que realmente sucederá, ya que han pasado más de 60 años desde la muerte del último monarca. La sociedad ha cambiado mucho desde ese momento”.

    Qué sucede en palacio

    PALACIO DE BUCKINGHAM

    Como reza la famosa frase, “El rey ha muerto, viva el rey”. La defunción de la monarca activará el mecanismo institucional de sucesión para que el príncipe Carlos, o el heredero del momento, se convierta en rey.

    Una vez que la mayoría de los empleados están fuera del camino y las atracciones turísticas estén cerrados, un Consejo de Adhesión (formado por miembros del Consejo Privado, Lores, nobles, religiosos, el Lord alcalde de Londres y otros altos comisionados de la Coomonwealth) se reunirá en el Palacio de St. James, Londres, para declarar formalmente al sucesor.

    Sin embargo, hay que notar que no es necesaria ninguna proclamación para que Carlos sea el rey, ya que eso ocurrirá instantáneamente, en el momento del deceso de la reina. Es decir, el trono nunca está vacante. El primer acto protocolar del nuevo rey, según la tradición, será presentarse ante el Consejo para pronunciar un discurso de fidelidad al Parlamento y la Iglesia de Inglaterra tras el cual los miembros le rendirán pleitesía.

    Una de las cosas que estarán en la mira de la opinión pública sea probablemente el nombre del nuevo rey, ya que el príncipe Carlos tiene el privilegio de elegir un nombre nuevo para ser coronado. Podría ser Carlos III o Jorge VII, entre otros.

    WESTMINSTER HALL, EN EL PARLAMENTO.

    El Rey de Armas de la Jarretera, uno de los personajes más curiosos de la Corte de St. James, será el encargado de pronunciar la primera proclamación del nuevo rey, en los balcones del palacio de St. James, que se hará eco en distintas plazas y sitios públicos de muchas ciudades del Reino Unido. tradicionalmente, esto se lleva a cabo 24 horas después de la defunción del monarca.

    El 7 de febrero de 1952, el Rey de Armas anunció así la proclamación de Isabel II: “Considerando que Dios Todopoderoso tuvo la voluntad para llamar a su Misericordia a nuestro difunto Soberano Señor Rey Jorge VI, de feliz y gloriosa memoria, por cuya muerte la corona llegar a la alta y poderosa princesa Isabel Alejandra María (…)”

    “London Bridge”

    EL LONDON BRIDGE

    Los preparativos del último adiós se encuentran ensayados al milímetro, catalogados bajo el nombre secreto de “London Bridge”, en el que la Corte establece los pasos a seguir tras la muerte de la reina. Según este proyecto, el ataúd de la reina será velado en una capilla real.

    Al morir en el Palacio de Sandringham (Norfolk), por ejemplo, el rey Jorge VI fue velado durante varios días en la cercana capilla de St. Mary Magdalene y posteriormente trasladado a Londres.

    El ataúd de la reina estará cubierto por el Estandarte Real y sobre este se colocará, en un cojín, la Corona Imperial del Estado, que utiliza la monarca una vez al año, durante la ceremonia de apertura del Parlamento. La misma Se confeccionó y comenzó a usar en 1838, con la coronación de la reina Victoria, y está compuesta por 2.868 diamantes, 273 perlas, 17 zafiros, 11 esmeraldas, y 5 rubíes.

    LA “VIGILIA DE LOS PRÍNCIPES” EN EL FUNERAL DE JORGE V (1936)

    Los planes incluyen un desfile militar que custodie el ataúd de la reina por las calles de Londres, pasando por The Mall, Trafalgar Square, la Horse Guard Parade y el Cenotafio, hasta Westminster Hall, la sección más antigua del Parlamento inglés, construida en 1097. Habrá una breve ceremonia religiosa que marcará la llegada del ataúd, después de lo cual el público podrá desfilar y rendir homenaje a la reina. La reina madre fue velada allí durante cuatro días en los que 200.000 personas desfilaron ante su catafalco.

    El cuerpo de la reina podría permanecer allí entre 5 y 7 días. Westminster Hall estará abierto 23 horas por día y se espera que se lleve a cabo allí una ceremonia similar a la ocurrida en 1936, al morir el rey Jorge V, cuando sus hijos varones se presentaron de noche para montar guardia junto al ataúd. Se le llamó “La Vigilia de los Príncipes”.

    PROCESIÓN FÚNEBRE DE DIANA, PRINCESA DE GALES (1997)

    El flamante rey Eduardo VII y sus hermanos, los duques de Kent, Gloucester y York permanecieron de pie en las cuatro esquinas del catafalco de su padre después que Westminster Hall fuera cerrado al público, por lo que no hay registro fotográfico de este evento, solo una pintura oficial a cargo de Frank Beresford. La tradición revivió en 2002, cuando a la muerte de la reina madre sus cuatro nietos varones hicieron guardia solemnemente.

    Profundo luto y funeral de Estado

    A lo largo de este periodo, habrá un flujo masivo de turistas, curiosos y dolientes que, previsiblemente, se lanzarán a las calles de Londres. Muchos británicos vestirán de luto en todo momento y tal vez las puertas de los palacios reales queden repletas de flores, como sucedió a la muerte de la princesa Diana. Según cálculos del Palacio de Buckingham, en aquella ocasión fueron depositados 1 millón de ramos de flores ante sus puertas.

    PROCESIÓN FÚNEBRE DE LA REINA ISABEL, REINA MADRE (2002)

    El período de luto afectará de forma casi increíble la vida de los londinenses, muy apegados a las tradiciones. El periodista Jonathan Freedland, del diario The Guardian, escribió que después de la muerte de la princesa de Gales muchos británicos se sintieron “obligados a cerrar sus tiendas o cancelar eventos deportivos en el día del entierro para evitar ser objeto de la furia de los que guardaban luto en las calles”.

    El cuerpo de la reina continuará en el Palacio de Westminster hasta el día del Funeral de Estado y entierro, que posiblemente ocurra 12 días después del fallecimiento. Los funerales de Estado están reservados a los monarcas británicos, aunque puede acordarse su celebración ante la pérdida de una figura excepcional, un honor comparten el científico Isaac Newton, el almirante Nelson y Winston Churchill.

    FUNERAL DE DIANA, PRINCESA DE GALES (1997) EN LA ABADÍA DE WESTMINSTER

    El ataúd será transportado a la Abadía de Westminster en una cureña militar y en una ciudad de Londres blindada con las máximas medidas de seguridad. Unos 3.000 policías y miembros del Escuadrón Antiterrorista y el Grupo de Protección Diplomática de Scotland Yard podrían participar para garantizar la seguridad durante el cortejo.

    Los miembros varones de la familia real que ostenten rango “senior”, incluido el nuevo rey (y, si se sigue la tradición, también los monarcas extranjeros), caminarán en el cortejo fúnebre, por lo que la seguridad para evitar acciones terroristas se convertirá en una prioridad para el Gobierno.

    Un número similar de personas asistiría al “Funeral de Estado” en la Abadía de Westminster, oficiado por el arzobispo de Canterbury, primado de la Iglesia de Inglaterra. Se espera la presencia de todos los monarcas que reinen entonces en Europa y representantes de casas reales de Asia y África, así como de casas reales que ya no reinan pero que tienen relaciones “de familia” con la Casa de Windsor, como las de Rumania, Grecia, Yugoslavia o Bulgaria.

    FUNERAL DE LA REINA ISABEL, REINA MADRE (2002) EN LA ABADÍA DE WESTMINSTER

    La ceremonia contará con una proclama en la que el Rey de Armas de la Jarretera enunciará los títulos y condecoraciones de la reina. La música y los himnos que se entonarán durante la ceremonia ya se encuentran elegidas especialmente por la reina. En las calles, podría llegar reunirse más de un millón de personas y se estima que millones vean a través de internet y la televisión una ceremonia fúnebre que promete romper con todos los récords de audiencias.

    La morada final, todavía una incógnita

    CAPILLA DE ST. GEORGE, CASTILLO DE WINDSOR

    Una vez concluido el funeral, será el momento para el entierro. Posiblemente la reina Isabel II ya haya tomado la decisión sobre el sitio donde quiere ser sepultada, y tiene varios lugares para elegir: como Sandringham o Balmoral en Escocia, dos propiedades que pertenecen a la reina, a título personal, en lugar de a la Corona.

    MAUSOLEO DE FROGMORE, SITIO DE ENTERRAMIENTO DE LA REINA VICTORIA

    También podría ser sepultada en el Cementerio Real de Frogmore, en las inmediaciones de Windsor, donde está sepultada la reina Victoria (1819-1901). En 2004, varios documentos relacionados con los preparativos del funeral de la reina fueron robados y en ellos se estipula que la reina será sepultada en el Capilla de St. George, en el Castillo de Windsor, donde permanecen los restos de sus padres, de su hermana, la princesa Margarita y otros 14 reyes y reinas de Inglaterra.-

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  • Dictadores en el Palacio de Buckingham que pusieron a prueba la diplomacia de Isabel II

    A lo largo de 68 años como jefe de Estado, la reina británica demostró ser más que capaz de tratar con figuras divisivas de la política internacional.

    A lo largo de 68 años como jefe de Estado, la reina Isabel II demostró ser más que capaz de tratar con figuras divisivas. A petición de su gobierno, y como es su deber constitucional, recibió oficialmente a numerosos demócratas y dictadores, y lo ha hecho con la diplomacia consumada por la que es famosa. En 1971, por ejemplo, el que fuera el líder de Japón en tiempos de guerra, el emperador Hirohito, se enfrentó a ex prisioneros de guerra británicos y veteranos enojados que permanecieron en silencio mientras él y la reina pasaban en un carruaje descubierto. La visita del presidente ruso Vladimir Putin en 2003 se vio empañada por activistas de derechos humanos que protestaban contra la participación de Rusia en Chechenia. En 2015, antes de la procesión ceremonial de la reina y el presidente chino Xi Jinping, hubo violentos enfrentamientos entre manifestantes de derechos humanos y simpatizantes chinos en las calles de Londres.

    Cuando se le pidió que hiciera una lista de las peores visitas a Gran Bretaña del reinado de Isabel II, el biógrafo real Robert Hardman señala a tres que “a la reina le gustaría olvidar”. Todos involucraron megalómanos reconocidos con un sentido exagerado de su importancia y visitaron Gran Bretaña en la década de 1970, cuando la economía del país estaba en problemas y su gobierno estaba desesperado por el comercio exterior y las alianzas.

    ISABEL II CON MOBUTU SESE SEKO EN 1973

    Quizás la visita más incómoda ocurrió en 1973 cuando Mobutu Sese Seko, presidente de Zaire, se hospedó en el Palacio de Buckingham. El déspota era tan corrupto y desequilibrado mentalmente que una conversación educada era casi imposible. Luego, la reina descubrió que su esposa no solo había contrabandeado a un perro al país, que tenía estrictas reglas de cuarentena animal, sino que también exigía a los cocineros del palacio que prepararan su comida.

    Famosa amante de sus perros, la reina reaccionó furiosa, dice Hardman. “¡Saca a ese perro de mi casa!”, le dijo a un miembro de su personal. “Ella realmente temblaba de ira”, contó Martin Charteris, su secretario privado, a Hardman.

    EL LÍDER RUMANO NICOLAE CEAUSESCU AL LLEGAR A LONDRES EN 1978.

    Unos años más tarde, en 1978, el dictador rumano Nicolae Ceauşescu y su esposa Elena se instalaron en la Suite Belga del Palacio de Buckingham, donde se alojan la mayoría de los jefes de estado visitantes. Como todas las visitas, fue a petición del gobierno británico, que lo necesitaba para finalizar un gran contrato comercial con Rumania, aunque el líder comunista ya era reconocido como un verdadero genocida.

    Antes de llegar a Londres, envió una serie interminable de demandas, incluyendo tener una comitiva de 55 sirvientes rumanos leales en el palacio (lo que fue rechazado, ya que ni siquiera un edificio tan grande como el Palacio de Buckingham tiene tantas habitaciones para recibirlos a todos). Incluso los propios Ceauşescu eran peligrosos, como advirtió el presidente francés, Valéry Giscard d’Estaing. Durante su visita a París, instalados en el palacio del Elíseo, la pareja y su personal se llevaron completamente todo lo que pudiera ser desatornillado, incluidos los accesorios de baño. Además, paranoicos líderes rumanos habían perforado agujeros en las paredes en busca de dispositivos de espionaje.

    Preocupada ante esta historia, la reina Isabel II ordenó que se retirara todo lo que hubiera de valor de la Suite belga. Pero ninguna de esas preocupaciones se manifestó durante la visita en sí, ya que la reina y su familia ignoraron sus sentimientos personales sobre “ese hombre espantoso”, como ella describió más tarde a Ceauşescu. “No se escatimaron lujos ni en la vestimenta ni en la formalidad”, dijo Reginald Secondé, el embajador británico en Rumania. “Gran Bretaña tiene un arma secreta que nadie más puede igualar”.

    Fuera de lo protocolar, la reina hizo todo lo posible por evitar estar cerca de su huésped de honor, según relató Hardman: “Mientras paseaba a sus perros por los jardines del palacio, vio que Ceausescu y su esposa, Elena, se dirigían hacia ella. Como la reina le dijo a un invitado del almuerzo algunos años más tarde, decidió que el mejor curso de acción era esconderse detrás de un arbusto en lugar de mantener una conversación educada”.

    IDI AMIN (UGANDA)

    La visita del tercer huésped atroz fue la más breve. En 1971, aunque los británicos ya sabían de los horribles abusos de los derechos humanos y crímenes del dictador Idi Amin, de Uganda, lo recibieron bien en lo que resultaría ser una de las visitas extranjeras más memorables del reinado de Isabel II. En medio de una conversación, Amin le confió a la reina que quería invadir la vecina Tanzania para tomar una ruta terrestre hacia el Océano Índico. En ese momento, Tanzania era gobernada por Julius Nyerere, a quien la reina consideraba un amigo y aliado cercano dentro de la Commonwealth.

    Aunque la reina es famosa por sus conversaciones en las que no interfiere en asuntos políticos, esta revelación fue tan alarmante que ella misma aseguró de que se informara a la Oficina de Relaciones Exteriores para que pudiera advertir a Nyerere y frustrar los planes de Amin. Unos años después, en 1977, la reina se mostró especialmente preocupada cuando le llegaron rumores de que Amin quería asistir (sin invitación) a las celebraciones por sus 25 años de reinado. Según revelaría el diario The Independent décadas más tarde, después de que Lord Mountbatten le preguntara qué proponía hacer si Amin se presentaba durante su Jubileo de Plata, la reina le dijo que había decidido usar la espada ceremonial “City’s Pearl Sword” para golpearle con fuerza en la cabeza.

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  • “Te amo más de lo que las palabras pueden expresar”: carta de un joven príncipe inglés a su niñera

    Documentos personales del rey Jorge IV de Inglaterra cuando era adolescente arrojan luz sobre su amor por su tutora y sus problemas matrimoniales con la princesa Carolina solo 17 días después de su boda.

    Cuando era un joven príncipe, Jorge de Gran Bretaña (1761-1830), Príncipe de Gales y heredero del rey Jorge III, se enamoró de Mary Hamilton, una dama de la corte que era seis años mayor que él a quien la reina Carlota había convocado a la corte para ayudar a educar a los jóvenes de la familia real. El futuro rey, entonces de 16 años, confesó su adoración secreta en una carta escrita a mano en 1779, declarando:

    “Tus modales, tus sentimientos, los tiernos sentimientos de tu corazón, coinciden totalmente con mis ideas, sin mencionar las muchas ventajas que tienes en forma y persona sobre muchas otras damas, que no solo te aprecio mucho, sino que también incluso te amo más de lo que las palabras o las ideas pueden expresar “.

    Otras cartas entre la pareja incluyen una en la que el príncipe se exclama a sí mismo “el hombre más feliz” al verla usando un anillo que le obsequió, y otra en la que se disculpa por una pregunta que la molestó.

    Mary no correspondió el afecto del príncipe, pero se convirtió en una amiga y confidente de gran confianza, y la correspondencia intercambiada entre ella y el príncipe revela mucho sobre el mundo social y emocional del joven, que en 1820 se convirtió en el rey Jorge IV. Entre los documentos personales existe una nota de cuatro páginas que el príncipe de Gales escribió a su flamante esposa, la princesa Carolina de Brunswick, solo 17 días después de su boda, ya señalando problemas en su matrimonio.

    https://content.assets.pressassociation.io/2019/10/23112556/c8364c2c-6dfe-41cf-adb0-7184f7a1d800.jpg

    En las cartas, el príncipe abordó con su esposa el tema de tratar a las damas de la corte por igual, y también lamentó que la etiqueta impidiera que la vida de Carolina fuera “más alegre y divertida”, y declaró que “si desea más de mi compañía, debes saber que el modo natural de obtenerlo es hacer que mi propia casa no sea desagradable para mí”. Un año después, escribió sobre cómo habían llegado a un acuerdo con su incompatibilidad, diciendo que “lamentablemente, nos hemos visto obligados a reconocernos mutuamente que no podemos encontrar la felicidad en nuestra unión”. “Las circunstancias de carácter y educación … hacen que eso sea imposible”, lamentó el príncipe.

    Jorge, cuyo estilo de vida extravagante hizo que su padre lo tratara durante décadas con mucho desprecio, se casó con la princesa Carolina en 1795 a cambio de que el Parlamento pagara sus deudas, y anteriormente se había casado en secreto e ilegalmente con una católica romana, Mary Fitzherbert, y tuvo además muchas amantes. Para Jorge III, devoto esposo y respetuoso de la vida marital, la conducta de su heredero era un verdadero tormento. En 1821, ya convertido en rey, Jorge IV le prohibió a su esposa asistir a su coronación y escribió un testamento que la habría dejado con un chelín y le había destinado el resto de sus bienes a Fitzherbert.