Etiqueta: Habsburgo

  • Una archiduquesa envuelta en llamas: la trágica muerte de Mathilde de Austria

    Viena, 22 de mayo de 1867. El crepúsculo bañaba de tonos dorados el Palacio Hetzendorf, la elegante residencia vienesa de la familia imperial austríaca. En una de sus estancias, la archiduquesa Mathilde de Austria-Teschen, de apenas 18 años, se preparaba para una gala en el teatro. Su vestido de gasa, ligero y etéreo, reflejaba la moda de la época, pero también ocultaba un peligro mortal. Mientras conversaba con su primo, el archiduque Friedrich, en una ventana abierta al bullicio de la ciudad, Mathilde encendió un cigarrillo en secreto. Nadie podría haber previsto que ese acto, un pequeño desafío a las estrictas normas de su padre, el archiduque Albrecht, desencadenaría una tragedia que conmocionaría a la corte de los Habsburgo y a Europa entera.

    Mathilde, nacida el 25 de enero de 1849, era la segunda hija del archiduque Albrecht, duque de Teschen, y de la princesa Hildegarda de Baviera. Su linaje era imponente: bisnieta del emperador del Sacro Imperio Romano Leopoldo II por parte paterna y nieta del rey Luis I de Baviera por parte materna. Criada entre los palacios de Viena y las residencias veraniegas de Baden bei Wien, Mathilde creció en un ambiente de lujo y estricta etiqueta, pero también de cercanía con la familia imperial. Su madre, conocida como “Engelsherz” (Corazón de Ángel) por su caridad, inculcó en ella y en su hermana mayor, María Teresa, un sentido de deber y compasión. Sin embargo, la vida de Mathilde no estuvo exenta de pérdidas tempranas: su hermano, Carlos Alberto, murió de viruela a los 18 meses, y su madre falleció en 1864, dejando a la joven archiduquesa, de solo 15 años, bajo la sombra protectora de su padre.

    Mathilde de Austria-Teschen
    Destinada a ser reina de Italia mediante un matrimonio arreglado con el príncipe Umberto de Saboya, su vida se truncó a los 18 años. Murió trágicamente en 1867 en el Palacio de Hetzendorf, Viena, tras sufrir quemaduras graves al incendiarse su vestido por ocultar un cigarrillo de su padre.

    Aquel 22 de mayo, Mathilde estaba destinada a brillar en el teatro, un escenario que amaba y que reflejaba su interés por las artes. Según un relato contemporáneo publicado en Harper’s Weekly, la joven se encontraba en su habitación, mirando hacia la calle desde una ventana, cuando encendió un cigarrillo. Su padre, un militar estricto que desaprobaba el hábito de fumar, especialmente en las mujeres, se acercaba. En un instante de pánico, Mathilde escondió el cigarrillo tras su espalda, un gesto que resultó fatal. La gasa de su vestido, altamente inflamable, entró en contacto con la llama. “De repente sintió un calor abrasador y gritó”, relata Harper’s Weekly. “Sus asistentes corrieron hacia ella y vieron que la desafortunada joven estaba envuelta en llamas”.

    El fuego se propagó con una rapidez devastadora. Mathilde, envuelta en una bola de fuego, corrió por el pasillo, gritando de dolor, mientras las llamas consumían su vestido. Los sirvientes, desesperados, intentaron sofocar el incendio. Un lacayo arrojó un manto sobre ella, pero el fuego, alimentado por el aire, se reavivó. Finalmente, otro criado logró extinguir las llamas con agua y mantas, pero el daño ya estaba hecho. Mathilde sufrió quemaduras de segundo y tercer grado en la espalda, brazos, cuello y piernas. Su familia, incluyendo a su primo Friedrich, presenció el horror. El incidente ocurrió en una habitación sin llamas abiertas, dejando a los presentes desconcertados hasta que Friedrich confesó que el cigarrillo de Mathilde había sido la causa.

    Mathilde de Austria-Teschen
    La archiduquesa Mathilde Marie Adelgunde Alexandra de Austria-Teschen (25 de enero de 1849 – 6 de junio de 1867) fue una noble austriaca, hija del archiduque Alberto, duque de Teschen, y la princesa Hildegarda de Baviera.

    Durante 16 días, Mathilde luchó por su vida en el Palacio Hetzendorf. Las quemaduras, extensas y profundas, eran imposibles de tratar con los métodos médicos de la época. Según European Royal History, la joven soportó un sufrimiento inimaginable, atendida por médicos que poco podían hacer ante la gravedad de sus heridas. El 6 de junio de 1867, a las seis de la tarde, Mathilde falleció, dejando a la corte en estado de shock. “Es imposible comprender cómo ocurrió esta desgracia, pues no había fuego ni luz en la habitación”, escribió la princesa Marie zu Erbach-Schönberg en su diario el 25 de mayo de 1867. “Probablemente pisó un fósforo en el suelo”, especuló, aunque la confesión de Friedrich aclaró más tarde la verdadera causa.

    La archiduquesa Mathilde estaba destinada a ser reina de Italia

    Mathilde de Austria-Teschen
    Su muerte prematura impidió una alianza política clave entre Austria-Hungría e Italia, y está enterrada en la Cripta Imperial de Viena.

    El funeral de Mathilde fue un espectáculo de duelo imperial. El 9 de junio, su corazón fue enterrado en la Capilla de Loreto de la Iglesia de los Agustinos en Viena, siguiendo la tradición de los Habsburgo. Al día siguiente, su cuerpo fue trasladado a la Cripta Imperial bajo la Iglesia de los Capuchinos, el lugar de descanso de la familia imperial. La procesión fúnebre, iluminada por antorchas en la noche del 10 de junio, atrajo a una multitud de espectadores, según el Harper’s Weekly. Su sarcófago fue colocado en la Tumba Toscana, junto a los restos de su madre y su hermano, el 11 de junio a mediodía.

    La muerte de Mathilde no solo fue una tragedia personal, sino también un revés diplomático. La joven estaba destinada a casarse con el príncipe Umberto de Saboya, futuro rey de Italia, un matrimonio planeado para suavizar las tensas relaciones entre Austria-Hungría e Italia, según History of Royal Women. De haber vivido, Mathilde habría sido reina de Italia, un papel que podría haber cambiado el rumbo de las alianzas políticas europeas. En cambio, su muerte dejó un vacío en la corte y en los planes de los Habsburgo. El archiduque Ludwig Salvator, un primo lejano que la amaba, nunca llegó a comprometerse con ella, y la pérdida afectó profundamente a la emperatriz Isabel, amiga cercana de la madre de Mathilde.

    Artículo original de Monarquias.com 

  • El misterio del archiduque austríaco que desapareció en el mar

    En el amanecer del 13 de julio de 1890, la barca Santa Margarita, ondeando la bandera de un mercante austríaco, zarpó desde Ensenada, en la costa sur del Río de la Plata, cerca de Buenos Aires. A bordo iba un hombre que había renunciado a la pompa de la realeza: el archiduque Juan Salvador de Austria, conocido ahora como “Johann Orth”. Junto a él, su esposa, una bailarina de ópera vienesa llamada Ludmilla Stubel, y una tripulación de 26 personas. El barco se desvaneció en el horizonte, y con él, uno de los enigmas más fascinantes de la modernidad. Nunca más se supo de ellos, y el destino de Juan Salvador sigue siendo un misterio que ha cautivado a generaciones.

    Nacido en Florencia en 1852, Juan Salvador era el hijo menor del gran duque Leopoldo II de Toscana. Criado en la opulencia de la Casa de Habsburgo-Lorena, mostró desde joven un espíritu inquieto y una mente brillante. Su carrera militar fue prometedora; destacó en la ocupación austro-húngara de Bosnia y Herzegovina en 1878, ganándose el respeto como estratega. Sin embargo, su descontento con la rigidez de la corte y el ejército creció. Juan Salvador anhelaba una vida más simple junto a la mujer que amaba, lejos de los matrimonios arreglados que dictaba su linaje. Su romance con Ludmilla, una bailarina de baja cuna, escandalizó a la corte vienesa. En 1889, renunció a sus títulos reales, adoptó el nombre de Johann Orth y se casó con ella en Londres, un acto que lo convirtió en la “oveja negra” de los Habsburgo, como lo describe Die Welt der Habsburger.

    El archiduque no solo abandonó su herencia real, sino que se lanzó a una vida de aventura. Arrendó la Santa Margarita y se embarcó en un viaje comercial hacia Sudamérica, cargando cemento, un producto codiciado en una era de urbanización acelerada. El barco partió de Buenos Aires rumbo a Valparaíso, Chile, pero una tormenta cerca del Cabo de Hornos habría sellado su destino. Nunca se encontraron restos del naufragio, ni de Orth, su esposa o la tripulación. La desaparición dio paso a especulaciones: ¿murieron en el mar o lograron reinventarse en tierras lejanas?

    Los rumores no tardaron en surgir. En 1907, el periódico británico Clarence and Richmond Examiner reportó afirmaciones en la prensa francesa de que Orth vivía en secreto, posiblemente en Sudamérica. A lo largo de los años, varios hombres reclamaron ser el archiduque perdido. Uno de los casos más notorios ocurrió en 1945, cuando Alexander Hugo Køhler, un litógrafo alemán en Noruega, confesó en su lecho de muerte ser Juan Salvador, alegando que había comprado una nueva identidad y que otro hombre murió en su lugar en la Santa Margarita. Esta historia alimentó la intriga, aunque nunca se comprobó.

    Otra narrativa fascinante emergió en 1924 con la muerte de Orloff N. Orlow, un gurú de esoterismo oriental en Nueva York. Según el St Louis Post-Dispatch (13 de abril de 1924), un excapitán de barco afirmó que Orlow era Orth, quien habría sobrevivido, vivido en Brasil, estudiado filosofía en India y China, y fundado una escuela en Chicago. La muerte de una joven vinculada a Orlow, Grace Wakefield, por suicidio días después, junto a sus mascotas envenenadas, añadió un giro macabro al relato, reportado por The New York Times. Sin embargo, la falta de pruebas concretas dejó estas historias en el terreno de la especulación.

    La desaparición de Juan Salvador ocurrió en una era sin las tecnologías modernas de vigilancia, lo que permitió que las leyendas sobre su supervivencia prosperaran: desde un comerciante en Viena hasta un maquinista en Ohio. Pero ninguna pista fue concluyente. En 1911, tras años de búsquedas infructuosas, fue declarado muerto in absentia, y sus posesiones, incluido el castillo de Orth, fueron subastadas en Berlín.

    El misterio de Juan Salvador no solo radica en su desaparición, sino en lo que representa: un hombre que renunció a todo por amor y libertad, desafiando las cadenas de su linaje. ¿Naufragó en las aguas traicioneras del Cabo de Hornos, o logró forjar una nueva vida en un rincón olvidado del mundo? Más de un siglo después, su historia sigue siendo un eco de rebeldía y enigma, un rompecabezas sin resolver que continúa intrigando.

    Artículo original de Monarquias.com

  • Alemania dedica exhibición a la coronación del emperador Carlos V, hace 500 años

    El archiduque de Austria, duque de Borgoña y rey ​​de España tenía 20 años el 23 de octubre de 1520, cuando ascendió al trono de Carlomagno como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

    La ciudad alemana de Aquisgrán abrió una exposición sobre la ceremonia de coronación de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, celebrada el 23 de octubre de 1520 en ese sitio del oeste del país. La exposición “El emperador comprado: la coronación de Carlos V y las transformaciones del mundo” reúne pinturas, textos de imprenta y magníficas insignias, y describe los acontecimientos que acuñaron aquella época, la personalidad del monarca de apenas 20 años y las circunstancias de su elección, marcadas por el soborno.

    En Aquisgrán fueron coronados más de 30 reyes germano-romanos entre 931 y 1531. La ciudad alemana fue la residencia del emperador Carlomagno y de ella deriva la afirmación de ser “regni sedes principalis”, o “el asiento del trono más alto del imperio”. Desde Otón el Grande a principios del siglo X, la mayoría de las coronaciones reales de la Edad Media habían tenido lugar en las paredes de la antigua Capilla Palatina carolingia.

    Cuando los electores lo escoltan al piso superior de la catedral de Aquisgrán, donde el trono de Carlomagno se ha mantenido durante más de 700 años, Carlos V se sentó en el trono de mármol antiguo forrado con brocado dorado para la ocasión festiva y el arzobispo de Colonia presentó un anillo de oro con las palabras: “Lleva aquí el símbolo de la monarquía y del Imperio Romano, que siempre protegerás de las invasiones de los bárbaros y los turcos con tu fuerza invencible”.

    El arzobispo de Trier colocó su mano derecha sobre la cabeza del joven monarca y dijo a su vez: “El espíritu de la sabiduría eterna, el entendimiento del conocimiento debe descender sobre ti”. Después, el arzobispo de Mainz le dio su bendición: “Que Dios, el Señor, un Rey omnipotente, esté siempre contigo y te proteja de todos tus enemigos con el escudo real de la fe ahora y en todo momento”, según las descripción de un testigo flamenco presente en la ceremonia.

    El 28 de junio del año 1519, los electores de la catedral Bartholomäus de Frankfurt habían elegido al monarca Habsburgo como sucesor de su abuelo, el emperador Maximiliano I, con el nombre de Carlos V. El entonces joven de 19 años, hijo de Felipe el Hermoso y Juana I de Castilla, ya era rey de España y las nuevas posesiones españolas en América, gobernante de los Países Bajos y del condado libre de Borgoña, archiduque de Austria, conde de Tirol, rey de ambas Sicilias.

    En la coronación de Carlos V, los religiosos caminaron hasta la puerta de la ciudad el día antes de su coronación con la reliquia del cráneo de aquel emperador: “A la mañana siguiente, alrededor de las siete, fue llevado a la Iglesia de Nuestra Señora por los electores y nobles, y la celebración de la misa comenzó con cánticos solemnes”, afirmó un testigo presencial flamenco: “El rey estaba completamente vestido de oro. Y allí fue desnudado hasta el ombligo y ungido con muchas ceremonias por el obispo de Colonia”.

    Al monarca se le hizo subir los seis peldaños que conducían hasta el Karlsthron, en el piso superior de la Catedral, donde los tres electores espirituales, los arzobispos de Colonia, Mainz y Trier, colocaron la corona imperial en su cabeza. A las doce del mediodía, el emperador y su séquito acudieron al banquete en el ayuntamiento vecino. Las personas también fueron atendidas: “Había una fuente frente a la corte de la majestad real, de la que salía vino blanco, por lo que casi hubo un gran aplastamiento y riña de la gente pobre. (…) Asimismo (…) se asó un buey entero. (…) Y cuando lo asaron, la gente lo arrancó y se lo llevaron, y nuevamente hubo una gran riña y riña”, relató el testigo.

    “Carlos V fue un gobernante en el umbral de los tiempos modernos”, destacó el historiador alemán Winfried Dolderer. “Con él terminó la destacada importancia de Aquisgrán para la monarquía medieval. La última vez que su hermano menor, Fernando I, recibió la corona aquí fue en 1531, cuando él mismo era emperador. El sucesor de Fernando, Maximiliano II, fue coronado en Frankfurt en 1562. Fue el último”.

    La exposición, que unos 300 objetos provenientes de Alemania y del extranjero, fue inaugurada el 23 de octubre y permanecerá abierta hasta el 24 de enero de 2021, aunque se esperan restricciones por la segunda ola de la pandemia de coronavirus.

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  • Francisco Fernando de Habsburgo: el malogrado archiduque nunca cayó bien

    El archiduque Francisco Fernando nunca cayó bien. Su llegada al rango de thronfolger (heredero al trono) estuvo precedida de un desastre y a su “partida” le sucedió otro desastre aún mayor. Considerado por algunos el mártir de la Vieja Europa y por otros el emblema de un régimen y de un mundo destinados a desaparecer, Francisco Fernando es hoy en día mayoritariamente recordado por su asesinato en Sarajevo. ¿Pero quién fue este archiduque tan célebre y a la vez tan desconocido?

    INFANCIA

    El día 30 de enero de 1889, temprano por la mañana, la emperatriz Sisi fue informada, mientras asistía a sus clases de griego, de que su hijo, el archiduque Rudolf, heredero al trono, se había suicidado en el pabellón de caza de Mayerling, a unos veinte kilómetros al sur de Viena. Poco después fue la propia emperatriz, entre sollozos, la que tuvo que informar al emperador Francisco José I.

    Más tarde, fue el propio Francisco Fernando el que se enteró, por telegrama, de la muerte de su primo. Sabía bien lo que significaba: su padre el archiduque Carlos Luis (hermano del emperador) era el nuevo heredero, aunque teniendo apenas tres años menos que el propio emperador, difícilmente viviría más que él.

    El archiduque Carlos Luis se volvió a casar dos años después, esta vez con la animada y jovial infanta María Teresa de Portugal. Fue ésta la verdadera madre de Francisco Fernando, y a lo largo de su vida demostró ser uno de sus grandes apoyos.

    Francisco Fernando creció sobretodo junto con su hermano menor Otto, aunque las marcadas diferencias de carácter pronto se tornarían en una declarada rivalidad. Francisco Fernando era serio, reservado, poco hablador y con tendencia a encolerizarse; Otto era en cambio divertido, carismático, despreocupado, aunque imprudente e irreflexivo. Su padre Karl Ludwig nunca escondió su preferencia por el hermano menor.

    Educado, como todos los miembros de la familia Habsburgo, en el arte militar, pasó buena parte de su juventud viajando de un lado a otro del Imperio sirviendo en distintas unidades del ejército y ascendiendo rápidamente. Fue entonces cuando se empezó a evidenciar su obsesiva pasión por la caza y sobre todo por documentar cada pieza que cazaba, parece ser que a lo largo de su vida mató exactamente 274.551 animales, aunque esto le ocasionó, sin embargo, daños irreparables en su tímpano derecho.

    EL HEREDERO

    La súbita muerte del archiduque Rudolf en 1889, colocó a Francisco Fernando en una posición inesperada, su relativamente despreocupada vida acababa de dar un vuelco completo, ahora tenía que prepararse para la más que posible probabilidad de regir un imperio de más de 51 millones de habitantes y con más de diez nacionalidades distintas.

    Francisco Fernando pasaría 25 años preparándose para heredar el trono y sin embargo, hoy ha caído en el olvido, a pesar de que durante más de dos décadas fue una importante figura política.

    Descrito como serio, poco carismático, brusco y colérico a veces, poco dado a las sutilezas diplomáticas o las conversaciones ingeniosas, su persona fue pronto aborrecida por la alta sociedad vienesa, que, por lo general, hubiera preferido que su carismático y refinado hermano Otto fuera el thronfolger.

    Las relaciones con el emperador Francisco José I tampoco fueron nunca fáciles, el soberano era el emblema del inmovilismo y Francisco Fernando carecía de habilidades diplomáticas; las opiniones del monarca y del archiduque sobre como gobernar el Imperio estaban destinadas a colisionar. No en vano Eugen Ketterl, valet del emperador, cuenta la famosa anécdota de que cuando el emperador y Francisco Fernando discutían parecía que todas las luces del Hofburg temblaban.

    El archiduque defendía como fundamental una alianza con Rusia, sin ésta el reparto de las zonas de influencia en los Balcanes sería tortuoso. Sin embargo, Francisco José I había dejando que la alianza con Rusia se hubiera deteriorado lentamente desde 1848. Bajo impulso de Alemania, Rusia y Austria habían firmado en 1873 la Dreikaiserabkommen (Liga de los Tres Emperadores), alianza que afianzaba las relaciones entre las tres monarquías conservadoras de Europa, sin embargo el acuerdo caducó en 1887 y no volvió a ser renovado para disgusto de Francisco Fernando.

    Por otro lado, el archiduque consideraba fundamental llevar a cabo un fortalecimiento del ejército y de la marina y al mismo tiempo una política exterior moderada, que evitara conflictos con las naciones vecinas, en especial Italia y Serbia. Por lo tanto, su oposición a una “guerra preventiva” le enfrentó particularmente con Conrad von Hötzendorf, jefe del Estado Mayor, que siempre que había una crisis proponía la misma e indistinta solución: la guerra.

    Francisco Fernando ha sido tachado a veces de ultraconsevador pero, aunque es cierto que carecía de las actitudes liberales del difunto Rudolf, no era un reaccionario.

    Fiel defensor de la dinastía y de sus deberes y privilegios, del derecho divino de los monarcas y ferviente católico, Francisco Fernando era además partidario de mantener el sistema semi-democrático presente en el Imperio. Para él la democracia de la clase media tenía un papel limitado en la vida política y los monarcas debían mantener sus prerrogativas sobretodo en política exterior y en cuestiones militares.

    Dichas posturas le acercaban especialmente al káiser Guillermo II de Alemania, con el que además compartía sus pocas habilidades diplomáticas y cierta brusquedad; pero si Francisco Fernando era callado y reservado, Wilhelm II en cambio hablaba por los codos y a veces rozaba lo histriónico. La relación entre ambos fue siempre cordial y próxima, no en vano se llevaban apenas cuatro años de edad (el Káiser era mayor). Sin embargo, al a veces errático y torpe programa político del Káiser le correspondía uno de muy bien estructurado por parte de Francisco Fernando.

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  • Bisnieto de Carlos y Zita de Austria: “Su matrimonio fue su fuerza a pesar de todas las dificultades”

    Imre de Habsburgo dijo que los últimos emperadores austrohúngaros “entendieron que el matrimonio es una vocación y un camino hacia esa santidad a la que todos estamos llamados”.

    El archiduque Imre de Habsburgo recordó esta semana a sus bisabuelos, el último emperador y rey ​​de Austria-Hungría, el Beato Carlos I (1887-1922), y la emperatriz Zita (1892-1989), al cumplirse un nuevo aniversario tanto de su boda, ocurrida en el castillo de Schwarzau el 21 de octubre de 1911, y de la beatificación del emperador, celebrada por el papa Juan Pablo II en 2004.

    “Su matrimonio fue su fuerza a pesar de todas las dificultades que tuvieron que soportar”, dijo el Archiduque Imre, de 35 años, hijo de la princesa María Astrid de Luxemburgo y del archiduque Carlos Christian de Habsburgo-Lorena. “Poco antes de su boda, el beato Carlos le dijo a Zita esta frase sorprendente: ‘Ahora tenemos que ayudarnos mutuamente a llegar al cielo’. Esto demuestra que entendieron que el matrimonio es una vocación y un camino hacia esa santidad a la que todos estamos llamados, a pesar de nuestros pecados y debilidades”, reflexionó en una entrevista.

    Imre de Habsburgo, quien está casado desde 2012 con la periodista Kathleen Walker y tiene tres hijos, cree que los jóvenes “necesitan redescubrir la belleza del matrimonio, pero siempre sean realistas al respecto, sabiendo que a veces puede ser un desafío”.

    “El Beato Carlos y la Sierva de Dios Zita nos muestran que vale la pena luchar por un matrimonio fructífero y orientado al cielo”, dijo a National Catholic Registrer.

    El archiduque, bisnieto de los últimos emperadores del linaje Habsburgo, relató que Carlos I y Zita siempre trataron de ser “respetuosos el uno con el otro, buscar constantemente el interés del otro, estar abiertos a la vida, orar juntos”. “La oración fue clave para la vida familiar de esta pareja excepcional”, dijo. “Oraban mucho en familia… antes de los almuerzos y cenas, antes de acostarse con sus hijos, y largas horas frente al Santísimo Sacramento durante el exilio cuando Beato Carlos tuvo más tiempo”.

    Carlos I fue el último Habsburgo que se sentó en el trono de Austria. A los dos años de su nacimiento, se suicidó en Mayerling el archiduque Rodolfo, hijo del emperador Francisco José, por lo que la línea hereditaria, tras otros eventos luctuosos, pasó al sobrino del emperador, Francisco Fernando. El asesinato de este heredero en 1914 convirtió a Carlos en el insospechado heredero del viejo emperador.

    En 1911, en el mismo palacio donde se habían conocido, Carlos contrajo matrimonio con la joven princesa Zita de Borbón-Parma, de 19 años. El viejo y cansado emperador Francisco José exultaba de alegría: “¡Por fin un archiduque se casa con la princesa adecuada!” El monarca regaló a la novia una fabulosa diadema de brillantes mientras la duquesa viuda de Parma ofreció a su hija un collar de perlas de veintidós vueltas. El Papa Pío X, desde Roma, pronunció una bendición que más parecía una maldición: “Zita será emperatriz, peor para ella”.

    Carlos I murió de insuficiencia respiratoria el 1 de abril de 1922, mientras vivía exiliado y en la pobreza en la isla de Madeira. Zita, entonces embarazada del octavo hijo de la pareja, estaba a su lado. Las últimas palabras del emperador a su esposa fueron: “Te amo mucho”.

    “Creo que su vida y la forma en que la vivieron tiene un significado continuo para hoy, ya que la institución del matrimonio es atacada tan a menudo cuando tratamos de redefinir lo que significa, intentando destruir la primera célula de nuestra sociedad, el lugar donde la fe, los valores y la ciudadanía se transmiten a través de la educación”, dijo Imre.

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  • Asesinatos, ejecuciones, suicidios y accidentes: ¿fue la Casa de Habsburgo víctima de una maldición?

    Las personas más supersticiosas aseguraban que la familia de María Antonieta, de la emperatriz “Sissi” y de Carlota de México eran víctima de un maleficio lanzado por el príncipe de Argovia a Rodolfo de Habsburgo en el siglo XIII.

    Francisco José I (1830-1916), penúltimo emperador de Austria, estuvo destinado a reinar desde su infancia. La abdicación de Fernando I tras la revolución de 1848 y la renuncia al trono de Francisco Carlos permitieron la coronación de este joven archiduque austriaco de 18 años como emperador.

    Convencido absolutista, su reinado, de casi 68 años, sería el tercero más largo de la historia de Europa, después de los de Luis XIV de Francia y Juan II de Liechtenstein. En el plano íntimo, su esposa Isabel de Baviera (1837-1898) -la emperatriz “Sissi”- aportó brillo y belleza a la estricta y archicatólica corte vienesa, pero pronto sobrevinieron las calamidades, una interminable serie de desgracias que llevaron a muchos a preguntarse si la familia Habsburgo era víctima de una maldición.

    Las personas más supersticiosas del Imperio aseguraban que la familia de Francisco José y Sissi era víctima de un maleficio lanzado por el príncipe soberano de Argovia y sus dos hijos a Rodolfo de Habsburgo en el siglo XIII.

    Los emperadores Alberto I y Leopoldo III fueron asesinados y María de Borgoña murió a causa de una estruendosa caída. Felipe “el Hermoso”, Rey de España, pereció muy joven de un posible envenenamiento mientras su esposa, Juana -”la Loca”- pasó el resto de su vida encerrada luego de haber perdido la razón. Sus sucesores no la pasaron bien en el trono de España y Carlos II fue el ejemplo máximo de aquello que sus súbditos creían que era un “hechizo”.

    Raquítico, enfer­mizo y de escasa inteligencia, además de estéril, la infancia de Carlos II fue tan larga como su lactancia, que duró exactamente tres años, diez me­ses y once días, pasando por las manos de catorce nodrizas que no con­siguieron fortalecer al in­fante. Cuando su padre, Felipe IV, murió en 1665, el nuevo rey aún tomaba el pecho. Para evi­tar la mala imagen de coronar como rey a un niño poco des­arrollado, los médicos reales aconsejaron suspender la lac­tancia. Le prescribieron papillas y, como no se podía mante­ner en pie, encargaron al sastre unos gruesos cordo­nes para sostenerlo mientras recibía a los embajadores extranje­ros.

    Cuando tenía cinco años todavía no sabía hablar. A los seis, en­fermó sarampión y varicela; a los diez años, ru­beola, y a los once, una viruela que estuvo muy cerca de matarlo; a los 32 años perdió todo el cabello y lo que que­daba fue disi­mu­lado debajo de la pe­luca. Y por sobre sus problemas físi­cos, estaban los mentales: aprendió a hablar a los 10 años y a los 15 apenas podía estampar su firma en un papel. Era de espe­rarse que no pudiera tener hijos.

    Desespe­rada, la Corte acu­dió a un astrólogo, que aconsejó al rey ex­humar cadáve­res de sus antepasados, abrazarlos y dormir con ellos. El rey siguió el consejo al pie de la letra, pensando que así rompería su mala suerte y tendría el deseado here­dero al trono: durmió con los cuerpos momificados de San Isidro y San Diego de Alcalá porque tiempo atrás habían curado a algunos miem­bros de la familia real, para que Car­los se liberase de los de­monios que lo poseían.

    Por aquellos tiempos, el emperador Rodolfo II de Habdburgo desarrolló un carácter psicopático que lo hizo verdaderamente infeliz y, un siglo más tarde, María Antonieta, la archiduquesa austríaca que fue reina consorte de Francia, fue guillotinada en La Bastilla durante la revolución.

    El hermano menor de Francisco José, Maximiliano, fue el efímero soberano imperial de México hasta su fusilamiento en Querétaro, en 1867, mientras el otro hermano del emperador, el piadoso archiduque Carlos Luis, murió en 1896 de tifus por beber agua contaminada del río Jordán durante una peregrinación por Tierra Santa. Mientras tanto, el archiduque Juan Nepomuceno, desapareció en 1890 en las profundidades del océano Atlántico en compañía de su esposa; el archiduque Guillermo, gran aficionado a la equitación, murió a consecuencia de un accidente ecuestre y el archiduque Ladislao murió en un ridículo accidente de caza a la edad de 20 años.

    El golpe más cruel para Francisco José y Sissi fue en 1855, cuando su hija mayor Sofía Federica murió a causa de disentería durante un viaje a Budapest. “Nuestra pequeña ya tiene su morada en el cielo. Hemos quedado llenos de aflicción. Sissi, resignada ante los designios del Señor”, telegrafió Francisco José a su madre.

    Diez años más tarde moría la joven archiduquesa Matilde, de 19 años, en 1867. Se encontraba fumando en el balcón del palacio, lista para asistir con su familia a una función teatral, cuando su vestido de gala se manchó con glicerina de una vela. El vestido ardió al caer una ceniza de su cigarrillo y la archiduquesa murió calcinada en presencia de toda su familia.

    Hacia 1886 la emperatriz Isabel empezó a sentir que una serie de terribles desgracias la iban a golpear e incluso que su muerte estaba próxima. Alguien le contó que una maldición pesaba sobre los Habsburgo y que, desde hacía muchos siglos, una figura desvaída y misteriosa, la Dama Blanca, solía aparecerse a los miembros de la familia para anunciar una tragedia.

    Sissi afirmaba haberla visto muchas ocasiones y a sus cincuenta años pensaba que ya no podría escapar de ella: “Sé que voy hacia un fin espantoso que me ha sido asignado por el destino y que sólo atraigo hacia mí la desgracia”, dijo un día. Y no estaba equivocada. En 1886, su primo y gran amigo el rey Luis II de Baviera fue hallado muerto, flotando sobre las aguas del lado Starnberg, días después de haber sido apartado del gobierno y declarado loco.

    Unos años más tarde la hermana de “Sissi”, Sofía Carlota, duquesa de Alençon, casada con un príncipe francés, murió envuelta en llamas durante un incendio que causó la muerte a 117 personas en París. La duquesa se hallaba supervisando un bazar de caridad cuando comenzaron las llamas. En lugar de huir, Sofía ayudó a escapar a algunas de las jóvenes que trabajaban allí y regresó varias veces al edificio hasta que no regresó. Cuando recuperaron su cadáver, estaba tan quemado que sólo pudieron identificarlo por la dentadura.

    En 1889, el golpe más cercano al corazón de Francisco José: Rodolfo, su único hijo varón y heredero del trono, fue encontrado muerto en Mayerling junto a su amada, la baronesa María Vetsera, en circunstancias realmente misteriosas, aunque según la versión oficial fue el suicidio. El “kronprinz”, melancólico y depresivo como su madre, quería divorciarse de Estefanía de Bélgica, a la que detestaba, y convertir en consorte a María, considerada una mujer absolutamente inadecuada para un heredero imperial.

    Tras una serie de enfrentamientos con su padre, según la versión oficial, Rodolfo creyó que la única salida era matar a su amada y luego suicidarse. Nueve años más tarde, el 10 de septiembre de 1898, a punto de cumplir los 61 años, Sissi murió en la ciudad suiza de Ginebra, víctima de un atentado perpetrado por un anarquista italiano que desilusionado por no hallarse en la ciudad el príncipe Enrique de Orleáns, que era su objetivo, decidió apuñalar a aquella aristócrata ignorando que se trataba de la emperatriz. En el momento del atentado, Sissi, que no se percató en un primer instante de que había sido herida de muerte por un estilete, pensando que el sujeto sólo pretendía robarle el reloj, siguió caminando hasta que, a los pocos metros, cayó desplomada y murió.

    “Usted no imagina cómo amaba yo a mi esposa”, confesó Francisco José al conde de Paar. El emperador no dejaba de repetir en voz alta que no podía entender que alguien quisiese asesinar a una persona que nunca había hecho mal a nadie. Más de setenta jefes de Estado y de gobierno de todo el mundo asistieron a sus funerales, pomposos, solemnes, oscuros, en Viena.

    Hasta el último día de su vida, Francisco José contempló los retratos y fotografías de su bello “ángel” y suspiraba: “Nadie sabrá jamás cuánto la he amado”. Y faltaba lo peor: el viejo y agotado Francisco José vivió lo suficiente para contemplar el asesinato de su sobrino y nuevo heredero, Francisco Fernando, en Sarajevo, en 1914. Fue el colmo. En venganza, el emperador declaró la guerra a Serbia y detonó la Gran Guerra, luego conocida como la Primera Guerra Mundial: “Si la monarquía debe perecer, que perezca al menos decentemente”, dijo al llevar al mundo al desastre. El corazón del viejo Habsburgo no resistió y murió en 1916, dos años antes de la caída del Imperio.

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  • Experto en dinastías realza “la leyenda de la bella emperatriz” Sissi en el aniversario de su asesinato

    El profesor de Historia e historiador especializado en casas reales Dativo Salvia y Ocaña participó de #ConversacionesconSC para rememorar la figura de la emperatriz Isabel de Baviera, conocida popularmente como “Sissi”, al cumplirse el 10 de septiembre un nuevo aniversario de su asesinato. El experto aseguró que “su muerte fue tan impactante en primer lugar por lo violenta” y además “porque la leyenda de la bella Emperatriz oculta tras sus abanicos o velos negros, siempre viajando en pos de algo indefinido que le sirviera para mitigar su tristeza, ya comenzaba a expandirse por toda Europa”, cuando la consorte del emperador Francisco José tenía 60 años. La emperatriz, asegura el experto, “fue victima de desordenes alimenticios provocados por trastornos más graves a nivel psicológico” y mencionó “neurosis diversas y bulimia” así como “rechazo a las relaciones sexuales frecuentes”. “Puede ser que las gentes sintieran lástima por el destino de esta princesa, rodeada de desgracia desde prácticamente el inicio de su vida pública”, analizó.

    —Hace unos 120 años la emperatriz “Sissi” murió en un atentado horrible y el shock fue mundial: ¿quién era Isabel y por qué su muerte fue tan impactante para Europa?

    —Isabel fue Emperatriz de Austria, Reina de Hungría y Bohemia, como consorte del Emperador Francisco José I (1830-1916), uno de los soberanos más importantes de la Historia, con un reinado muy largo ya que subió al Trono con 18 años. Presidió la edad de plata de la cultura austríaca, que influiría en todo el mundo. Isabel, nacida en Munich en 1836, era su prima, ya que sus madres Sofía y Ludovica de Baviera, eran hermanas, hijas del Rey de Baviera, Maximiliano I. El padre de Sissi, era otro Maximiliano, jefe de la rama menor de la Casa de Wittelsbach, los Zweibrücken-Birkenfeld-Gelnhausen, por lo que su título desde su nacimiento era de Duquesa EN Baviera. Pasó una feliz y libre infancia y adolescencia en el castillo de Possenhofen, a orillas del lago Sternberg. Tuvo numerosos hermanos: los Duques Luis Guillermo, Carlos Teodoro y Maximiliano en Baviera, la Princesa Elena de Thurn y Taxis, la Reina María Sofía de las Dos Sicilias, la Princesa Matilde de las Dos Sicilias y la Princesa Sofía de Orleans, Duquesa de Alençon. Era prima hermana del famoso y perturbado Rey Luis II de Baviera, constructor de castillos. Y casó en 1854 a los 16 años.

    Creo que su muerte fue tan impactante en primer lugar por lo violenta, llevada a cabo por un anarquista. No es que fuese extraño este tipo de atentados, pero en general no afectaban directamente a reinas consortes o princesas, sino que soberanos en ejercicio y miembros del gobierno, eran sus víctimas principales. En segundo lugar, porque la leyenda de la bella Emperatriz oculta tras sus abanicos o velos negros, siempre viajando en pos de algo indefinido que le sirviera para mitigar su tristeza, ya comenzaba a expandirse por toda Europa. No tanto en el seno del Imperio, donde sus continuas ausencias eran ciertamente impopulares. Por último, puede ser que las gentes sintieran lástima por el destino de esta princesa, rodeada de desgracia desde prácticamente el inicio de su vida pública.

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    —¿Qué puedes decirme del impacto que su muerte tuvo en su esposo, Francisco José, ¿y en lo que sucedería más tarde con la casa de Habsburgo?

    El impacto fue enorme, como pueden imaginar. Las palabras que pronunció Francisco José al conocer la noticia, “nada me ha sido evitado”, son el reflejo de su desgarro al conocer la muerte de su bella esposa y una más en el cúmulo de desgracias de los últimos años (derrotas militares, pérdida de territorios, suicidio de su hijo, fusilamiento de su hermano en México).

    Francisco José seguía queriendo mucho a su esposa, a pesar de las ausencias de esta y lo muestran las hermosas cartas que le enviaba continuamente y los ruegos permanentes a que regresara. La presencia de la amiga del Emperador, Catharina Schratt, no contradice esta aseveración, y más todavía no conociendo hasta el día de hoy la exacta naturaleza de esa amistad.

    Respecto a lo que sucedería más adelante con la Casa de Austria, creo que la muerte de la Emperatriz no tuvo un efecto político significativo, descontando el aumento de la vigilancia que el gobierno ejercía sobre grupos anarquistas dentro del Imperio. Está claro que el impacto emocional y la tristeza, permaneció en Francisco José y sus hijas, hasta el final de sus días.

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    —La figura de Sissi ocupa un lugar notable en la memoria colectiva, no solo por su muerte, sino por su figura física. Se habló mucho sobre ello, ¿de verdad fue víctima de desórdenes alimenticios o ves algo más?

    Sin duda fue victima de desordenes alimenticios provocados por trastornos más graves a nivel psicológico. Neurosis diversas y bulimia son claros diagnósticos, así como rechazo a las relaciones sexuales frecuentes. Sus etapas de obsesiones diversas nos dan una lista enorme y variada: viajes y largas horas para montar velozmente a caballo, interminables caminatas, ejercicios gimnásticos, viajes en la cubierta de los barcos en momentos de tormenta, pasión enfermiza por Hungría, por Grecia, por Heine, odio al ceremonial de la Corte y a la vida pública, etc. No ayudó en nada su temprano matrimonio y maternidad, a pesar del amor de Francisco José, y las presiones de la vida en la Corte.

    —Muchas veces se ha comparado a Isabel con Diana, princesa de Gales, como epítome de la elegancia de su época ¿se puede establecer un paralelismo entre ellas, más allá de su trágico final?

    Sin duda se pueden establecer paralelismos en muchos aspectos: belleza, elegancia inimitable, estilo, problemas de salud a nivel mental y alimenticio, diferencias de opinión con la Corte y alejamiento de esta; enfrentamientos con algunos miembros de su familia política, gran amor hacia sus hijos e intervención directa en su educación; interés por los desfavorecidos, amor por la música, apertura de su círculo social a personas de toda clase, etnia, país o creencias. Finalmente, el trágico final de ambas y su entrada en la leyenda colectiva del mundo, rematan esos paralelismos.

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