Etiqueta: Guillermo IV de Inglaterra

  • Antes de Camilla vivió Adelaida, la última Reina de Inglaterra que no fue madre de un rey

    En los anales de la realeza británica, la reina Adelaida de Sajonia-Meiningen destaca como una figura de resiliencia silenciosa, cuya vida estuvo marcada por el deber, la tragedia y una calidez inesperada que la hizo querida por quienes la conocieron mejor. Nacida el 13 de agosto de 1792 en el pequeño y liberal ducado de Sajonia-Meiningen, Adelaida Amelia Luisa Teresa Carolina fue la hija mayor de Jorge I, duque de Sajonia-Meiningen, y Luisa Eleonora de Hohenlohe-Langenburg. Sus primeros años estuvieron marcados por un entorno progresista, ya que Sajonia-Meiningen permitía una prensa libre y críticas a sus gobernantes, algo raro entre los estados alemanes. Poco se documenta sobre su infancia, pero su educación fue completa para una princesa de su tiempo, incluyendo instrucción religiosa y exposición a los clásicos, preparándola para una vida que la llevaría inesperadamente al trono británico.

    Adelaida de Sajonia-Meiningen y el duque de Clarence: un matrimonio nacido de la necesidad

    La vida de Adelaida cambió drásticamente en 1818 tras la muerte de la princesa Carlota, la única nieta legítima del rey Jorge III, en el parto en 1817. Esta tragedia dejó a la monarquía británica sin un heredero claro, lo que llevó a los hijos solteros de Jorge III a buscar esposas adecuadas. A los 25 años, Adelaida recibió una propuesta del príncipe Guillermo, duque de Clarence, un hombre 27 años mayor que ella, con diez hijos ilegítimos de su relación con la actriz Dorothea Jordan. Aunque no fue la primera opción de Guillermo, la naturaleza amable de Adelaida y su disposición a aceptar a sus hijos la convirtieron en una candidata ideal. “Está condenada, pobre e inocente criatura, a ser mi esposa,” escribió Guillermo a su hijo mayor, reflejando su inicial reticencia, mitigada por promesas parlamentarias de saldar sus deudas.

    El 11 de julio de 1818, Adelaida se casó con Guillermo en una boda doble en el Palacio de Kew, junto al príncipe Eduardo, duque de Kent, y Victoria, princesa viuda de Leiningen. La ceremonia fue modesta, eclipsada por la urgencia de asegurar la sucesión. A pesar de la diferencia de edad y el comportamiento rudo de Guillermo, el temperamento tranquilo de Adelaida obró maravillas. “La famosa calma de la nueva duquesa de Clarence tuvo un efecto increíblemente positivo en el rudo Guillermo,” señala la historiadora Catherine Curzon. Ella moderó sus excesos, mejoró sus modales y acogió a sus hijos FitzClarence, creando un hogar estable en Clarence House y Bushy House.

    La duquesa de Clarence, una vida de pérdidas

    La reina Adelaida (1792-1849), esposa del rey Guillermo IV de Inglaterra
    La reina Adelaida (1792-1849), esposa del rey Guillermo IV de Inglaterra

    Como duquesa de Clarence, Adelaida enfrentó la inmensa presión de producir un heredero. Su primer embarazo en 1819 terminó en tragedia cuando su hija, Carlota Augusta Luisa, nació prematuramente y murió horas después. Le siguió un aborto espontáneo, y en 1820 dio a luz a Isabel Georgiana Adelaida, quien parecía robusta pero falleció de inflamación intestinal a los tres meses. En 1822, nacieron gemelos varones muertos, y otro posible embarazo ese año no prosperó. “Los siguientes años de la vida de Adelaida estuvieron llenos de tragedia,” escribe Factinate, destacando el impacto emocional de estas pérdidas. A pesar de su dolor, Adelaida permaneció dedicada a sus hijastros y mostró interés por su sobrina, la princesa Victoria, hija de la duquesa de Kent.

    La relación de Adelaida con la duquesa de Kent fue tensa. La duquesa, ambiciosa por el futuro de su hija, se negó a reconocer la precedencia de Adelaida, ignoró sus cartas y monopolizó los espacios reales. Esta disputa se intensificó cuando Guillermo, que se convirtió en heredero presunto tras la muerte de su hermano Federico en 1827, llegó a detestar a su cuñada. Sin embargo, Adelaida mantuvo una actitud amable hacia Victoria, fomentando un vínculo que perduraría.

    Adelaida, reina consorte: dignidad, serenidad y gracia

    Cuando Jorge IV murió en 1830, Guillermo ascendió como rey Guillermo IV, y Adelaida se convirtió en reina consorte. Coronada el 8 de septiembre de 1831, fue elogiada por su dignidad, serenidad y gracia. Su piedad y modestia ganaron el afecto del público, aunque sus opiniones conservadoras tories y los rumores de interferencia política durante los debates de la Ley de Reforma generaron críticas. “La supuesta interferencia de la reina Adelaida en política la hizo impopular con el público británico,” observa el National Portrait Gallery, pero su labor caritativa —donando gran parte de los ingresos de su casa a causas que apoyaban a mujeres y huérfanos— redimió su reputación.

    La corte de Adelaida reflejaba sus valores. Se negaba a permitir la asistencia de mujeres de dudosa virtud, lo que le valió el apodo de “puritana” de Charles Greville, secretario del Consejo Privado, quien señaló: “La reina es una puritana y se niega a que las damas asistan a sus fiestas con escotes”. Su devoción por Guillermo fue inquebrantable, especialmente cuando su salud decayó. En abril de 1837, Adelaida cayó gravemente enferma mientras asistía al lecho de muerte de su madre en Meiningen, pero se recuperó para cuidar a Guillermo en sus últimos días. Cuando él murió de insuficiencia cardíaca el 20 de junio de 1837, ella permaneció a su lado durante diez días y noches sin dormir, un testimonio de su lealtad.

    Un retiro silencioso y un fuerte vínculo con su sobrina, la reina Victoria

    Como reina viuda, la primera en más de un siglo, Adelaida sobrevivió a Guillermo por doce años. Se retiró de la vida pública, trasladándose a Marlborough House y más tarde a Bentley Priory, donde falleció el 2 de diciembre de 1849. Su salud, siempre frágil, la llevó a viajar a climas más cálidos como Malta e Italia. “La reina viuda, que seguía sufriendo de mala salud, pasó la mayor parte de su tiempo viajando de un clima cálido a otro”. observa Factinate. Mantuvo su labor caritativa, ganándose admiración por su generosidad. Su funeral, según sus deseos, fue sencillo: “Muero en toda humildad… libre de las vanidades y pompas de este mundo,” escribió en 1841.

    La relación de Adelaida con su sobrina, la reina Victoria, fue un pilar de su vida. A pesar de la brecha con la duquesa de Kent, Adelaida trató a Victoria con amabilidad, escribiendo con afecto tras la muerte de su hija Isabel: “Mis hijos han muerto, pero tu hija vive, y ella también es mía.” Victoria correspondió a este cariño, nombrando a su primera hija, Victoria Adelaida María Luisa, en su honor y eligiendo a Adelaida como madrina. “Hemos perdido a la más amable y querida de las amigas,” escribió Victoria al rey de Bélgica el 11 de diciembre de 1849, llorando la muerte de Adelaida. Su vínculo perduró, con Adelaida asistiendo a la boda de Victoria y haciendo apariciones públicas, como la colocación de la primera piedra de una iglesia en 1849.

    El legado de Adelaida perdura en la ciudad de Adelaida, Australia del Sur, nombrada en su honor en 1836, y en la fuerza silenciosa que aportó a una era real tumultuosa. Su vida, marcada por pérdidas personales y un deber público, sigue siendo un testimonio de resiliencia y compasión, como señala la historiadora Joanna Richardson: “El sentimiento universal de tristeza, de pesar y de verdadera apreciación por su carácter es muy conmovedor y gratificante

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes: Factinate, National Portrait Gallery, History Today, WikiTree, Royal Central, Britain Express, City of Adelaide, History of Royal Women, Madame Gilflurt, European Royal History, Stanmore Tourist Board