El 2 de noviembre de 1938, a la recién nacida princesa griega iban a llamarla Olga, pero una multitud coreó el nombre de su desafortunada abuela, Sofía de Prusia, hermana del último káiser.
Hace 82 años, el 2 de noviembre de 1938, miles de griegos se acercaron al palacio de la familia real griega para celebrar el nacimiento de una princesa. Se trataba de la primera hija del príncipe heredero Pablo, hermano del entonces rey Jorge II, y de su esposa, la princesa alemana Federica de Hannover. Y hoy la conocemos como Doña Sofía, reina emérita de España.
La pareja de herederos había planeado bautizar a su primogénita con el nombre de Olga, en honor a la primera reina de la dinastía, la gran duquesa Olga Constantinovna de Rusia, pero terminaron cediendo a la voluntad popular, que celebró el nacimiento con gritos de “¡Sofía, Sofía, Sofía!” Efectivamente, los griegos todavía recordaban con tristeza a la reina Sofía, madre del príncipe Pablo y abuela de la princesa recién nacida, que había sufrido en carne propia los avatares de la inestabilidad política del país.
Sofía Dorothea Ulrike Alice, nacida princesa de Prusia en 1870, fue una de las cinco nietas de la reina Victoria de Gran Bretaña que fue soberana consorte en un país europeo. Hija del káiser Federico III y hermana de Guillermo II, último monarca de Alemania, su matrimonio con el príncipe Constantino, de fe ortodoxa, la enfrentó a su familia. La boda de 1889, sin embargo, fue muy celebrada por el pueblo griego, debido a que una antigua leyenda local decía que el país recuperaría gloriosamente sus posesiones de Constantinopla, y el esplendor del Imperio Bizantino sería restaurado el día que un príncipe griego se casara con una princesa del Norte.
Sofía tuvo seis hijos, tres varones y tres mujeres: el mayor sería el rey Jorge II, después de cuyo nacimiento la madre se convirtió a la fe Griega Ortodoxo, para disgusto del káiser Guillermo II; el segundo hijo, el rey Alejandro I, murió trágicamente cuando era muy joven después de ser mordido por un mono rabioso; el tercero sería el rey Pablo I. Sofía y Constantino también tuvieron tres hijas: Helena fue la esposa de Carol II de Rumania; Irene fue duquesa consorte de Aosta al casarse con un descendiente de los reyes de Italia; y Catalina se convirtió en una lady británica por matrimonio.
El reinado de Constantino I y Sofía fue muy caótico. Ascendieron al tono en 1913, después de que el rey Jorge I fuera asesinado. Un año después estalló la Primera Guerra Mundial y puso a la reina Sofía en la mira de la indignación popular debido a su origen alemán. La situación de la familia real se volvió todavía más peligrosa a medida que avanzó la guerra y, por a su negativa a unirse a los Aliados, los reyes y sus hijos fueron expulsados del país. Solo el príncipe Alejandro se quedó Atenas, donde fue entronizado como un rey títere del primer ministro. A Alejandro no se le permitió contactar a su familia a menudo durante su breve y turbulento reinado, lo cual amargó aún más el penoso exilio de Constantino I y Sofía.
Después de la dolorosa muerte de Alejandro I lejos de su familia (solo se permitió la presencia de su abuela, la reina Olga), sus padres fueron invitados a regresar a Grecia para volver a ocupar el trono. Sin embargo, el segundo reinado no fue exitoso debido a la mayor inestabilidad política y el fervor nacionalista de la región. En 1922, Constantino abdicó por segunda vez a favor del príncipe heredero Jorge, quien se convirtió en Jorge II. Constantino y Sofía partieron con escasas poseciones personales rumbo a Italia, donde el ex rey murió el 11 de enero de 1923, con el corazón destrozado por tantas emociones.
“Unidos en la desgracia, el rey y la reina Sofía daban desde hacía varios años un conmovedor ejemplo de fidelidad conyugal; pero no siempre había sido así”, escribió el historiador Ghislain de Diesbach. “Se contaba que, de joven, la reina Sofía, que tuvo que quejarse a menudo de los cambios de conducta de su marido, fue a preguntar a su suegro qué actitud convenía adoptar en semejante circunstancia. El viejo rey, cuya vida conyugal no había sido, según parece, del todo irreprochable, le respondió con una sutil sonrisa: ‘Pregúntaselo a tu suegra, ella podrá darte sobre esto los mejores consejos’”.
A la reina Sofía nunca se le permitió regresar a Grecia, desafortunadamente, no logró reconciliarse con su hermano, el ex emperador, que vivía en Holanda. La ex reina de Grecia murió el 13 de enero de 1932a la edad de sesenta y un años en Frankfurt a causa de un cáncer y su cuerpo fue enviado a Florencia para ser enterrado junto al féretro de su esposo. Mucho después, los restos de Constantino I y Sofía fueron enviados a Grecia para descansar en el Cementerio Real del palacio Tatoi, cerca de Atenas.Ocho años después nació su nieta, Sofía, princesa de Grecia llamada a ser reina de España.
“Lamento haber traicionado vuestra confianza en nosotros”, declaró el rey, sentado junto a la reina Máxima, en un video difundido en las redes sociales.
El rey Guillermo Alejandro de Holanda se disculpó públicamente este miércoles 21 de octubre tras haber sido obligado a interrumpir sus vacaciones familiares en Grecia ante el descontento de los holandeses, actualmente en “confinamiento parcial” para luchar contra la segunda ola del Covid-19.
“Lamento haber traicionado vuestra confianza en nosotros”, declaró el monarca, sentado junto a la reina Máxima, en un video difundido en las redes sociales por el Palacio real.
Guillermo Alejandro, de 53 años, admitió que fue “muy imprudente” “no tener en cuenta el impacto de las nuevas restricciones en nuestra sociedad”, y precisó que le correspondió la decisión de interrumpir el viaje.
“Me dirijo a ustedes con pesar. Nuestro viaje a Grecia ha provocado fuertes reacciones de muchos holandeses”, dijo el monarca. “A pesar de que el viaje estuvo en línea con las regulaciones, fue muy imprudente no tomar en cuenta el impacto de las nuevas restricciones en nuestra sociedad”.
Según Guillermo Alejandro, él y la reina tomaron la decisión de regresar. “No deberíamos haber ido”, afirmó.
El mensaje se grabó este miércoles por la mañana en el Palacio Huis ten Bosch. El rey dijo que desde el inicio de la crisis del coronavirus, la familia hizo todo lo posible por “encontrar un espacio dentro de los límites de las restricciones y estar allí tanto como sea posible para todos los que buscan apoyo en tiempos inciertos”.
“Es un momento difícil para todos. Un tiempo de carencias, limitaciones y preocupaciones. Del miedo, la ira y la inseguridad también. Hemos escuchado las conmovedoras historias en muchos encuentros, en persona y digitalmente. Sentimos un vínculo contigo y con todas aquellas personas que han sido afectadas directa o indirectamente”, afirmó.
La pareja real dijo que continuarán trabajando en la lucha contra el coronavirus en su país, donde desde la aparición de la enfermedad se registraron oficialmente 244.391 casos positivos, con 6.814 fallecimientos, según las últimas cifras oficiales.
El trabajo de la familia real estará orientado, dijo el monarca, “a que todos en nuestro país puedan retomar la vida normal lo antes posible”. “Eso es ahora lo más importante y continuaremos haciéndolo lo mejor que podamos. Estamos involucrados, pero no somos infalibles”.
En estado de shock
La familia real acortó el sábado sus vacaciones, un día después de haber llegado a Grecia. Afirma que tomó en cuenta la “intensa” reacción de sus compatriotas, que han sido instados a limitar al máximo sus desplazamientos.
El asunto pareció cerrado pero el martes volvió a hablarse del tema después de que el gobierno admitiera que no toda la familia real regresó apresuradamente a Holanda, sino que la princesa heredera Amalia y su hermana menor, Alexia, se quedaron unos días más en Grecia porque la familia no consiguió pasajes de avión para todos.
“Esto causó más conmoción, porque el Servicio de Información del Gobierno y el Primer Ministro Rutte no le habían dicho que las princesas se habían quedado”, dijo el periodista Jeroen Schmale.
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El carácter dominante, casi autoritario, de la reina llevó a Charles De Gaulle a decir que ella “aspiraba a ser más que una reina decorativa en unos tiempos en que ya es mucho ser simplemente una reina”.
Alto, macizo, tranquilo pero fuerte, el rey Pablo de Grecia parecía un gigante de rostro amable, frecuentemente iluminado por una sonrisa. Incluso a los sesenta años de edad, su presencia era la de un sereno atleta, poderoso y grande. A su lado, su esposa, Federica, parecía pequeña, aunque sin dudas era elegante y graciosa, majestuosa como ninguna otra reina de su tiempo, inteligente, tenaz, se diría guerrera. Pero si Pablo, quinto rey de la dinastía danesa que reinó en Grecia fue el más popular de su linaje, Federica se convirtió en la reina más impopular, al punto de ser acusada por los políticos, el Ejército y la propia familia real como la culpable de todos los males que vivió el país en los últimos años de la monarquía.
Federica de Hannover fue una princesa alemana, madre de la reina Sofía de España y del último rey heleno. Cuando nació, en 1917, el Imperio Alemán agonizaba bajo el ya tambaleante trono de su abuelo, el káiser Guillermo II. Su padre, el príncipe de Hannover, había recuperado para su linaje el disputado Ducado de Brunswick, pero pronto también perdería su corona. Su madre, la princesa Victoria Luisa de Prusia, era la única hija mujer y, por supuesto, la predilecta del káiser, una mujer valiente, intrigante y decidida guardiana de las maneras monárquicas de antes de la Gran Guerra. Un año después del nacimiento de Federica, sus padres no tenían corona ni patria alguna.
La familia de Federica se mudó a Austria cuando aún era una niña, y ella creció allí, en Gmunden. Fue educada por su madre y una institutriz inglesa hasta que, a la edad de 17 años, fue enviada a estudiar en Inglaterra, donde se destacó en su clase, y estudios adicionales la llevaron de regreso a Austria y luego a Florencia. Por entonces, en palabras de la biógrafa Pilar Eyre, Federica era una princesa “vivaz como un ratoncillo, lista y traviesa, espontánea y algo impertinente” que con el paso de los años “se convirtió en una déspota arrogante de comportamiento tiránico a quien nadie a su alrededor se atrevía a llevar la contraria”.
En Italia conoció a Pablo, hermano del rey Jorge II de Grecia, durante unas reuniones con familiares, y con él se casó en Atenas en enero de 1938. Federica tenía entonces 21 años, mientras Pablo tenía 37, y, aunque parecía un matrimonio de conveniencia, lo cierto es que fue de puro amor. El mismo año de la boda nació la princesa Sofía, futura reina de España. En 1940 nació el príncipe heredero Constantino y dos años después, en Sudáfrica, nació la princesa Irene. Los siguientes años fueron de durísimas pruebas políticas para la pareja —la guerra, los boombardeos, el escape de la persecución nazi, el exilio en África, la revolución y la guerra civil— que pusieron de relieve el extraordinario temple de la princesa Federica.
La dinastía de sangre danesa que reinaba en Grecia fue llamada a reinar allí en 1863, cuando las potencias europeas le ofrecieron la incipiente corona a un joven príncipe de 17 años, Guillermo, hijo de Christian IX de Dinamarca. Fue la dinastía de las pruebas: Guillermo (con el nombre de Jorge I) reinó 50 años y llevó paz y estabilidad a la nación, pero con su asesinato en 1913 comenzaron las desgracias. Su hijo Constantino II, reinaría tres veces y tres veces sería expulsado del país. Su nieto, Alejandro I, fue un rey manipulado que murió después de ser mordido por un mono rabioso. Jorge II sería expulsado por los nazis y moriría al regresar a Atenas, poco después de la liberación. Tan solo el reinado de Pablo -desde la muerte de Jorge II en 1946 a 1964- pudo dar a los griegos solidez y estabilidad política.
Durante los años 50 y principios de los 60, Federica se movió con absoluta seguridad por el laberinto de la política interior griega. “La popularidad de la reina le ha dado firmeza a la monarquía y ha ‘convertido’ a la mayor parte de los republicanos en monárquicos”, escribió una biógrafa de Federica antes de la muerte de Pablo. “En el gobierno griego actual no se sienta ni un solo hombre cuya designación no cuente con el asentimiento del rey y la reina (…) La reina es muy testaruda pero su astucia encierra a su testarudez en el cuarto sellado. Aprendió a calibrar sus defectos y pasa hoy, con razón, por lser la consejera más inteligente de Pablo en los asuntos de la política interior. Antes se lanzaba de cabeza a las decisiones políticas; hoy, como buena psicóloga, se acerca dando rodeos”.
Según la autora, Federica “conoce a los atenienses, para los cuales la política es la sal de la vida. En lugar de forzar una situación maneja cuidadosamente carta contra carta, astucia contra astucia y, si es preciso, también intriga contra intriga. Sabe distinguir muy bien la diferencia que hay entre lo que son las palabras o las acciones y la importancia verdadera que entrañan. (…) Federica es la única reina griega que se ha conquistado una mesa de escritorio en el despacho de su esposo. Eso significa muchísimo en un país en cuyos distritos rurales la mujer no puede sentarse a la mesa con el marido. (…) Mucho más rápidamente que la manera acertada de tratar a los políticos griegos Federica aprendió la regla mágica para entenderse con los estadistas extranjeros”.
Fuera del ámbito político, Federica promovió causas en pos de los pobres, los enfermos y los que fueron víctimas de tragedias naturales. “Se dedicó plenamente fundando guarderías infantiles y hospitales, trabajando como enfermera, haciendo colectas para los soldados y visitando los rincones más apartados del país”, escribió a biógrafa. “Los campesinos sientes por ella entrañable afecto, porque Federica es un hada que acude desde la lejana y misteriosa Atenas y el pueblo la aclama cuando, sin escolta, se mezcla con el pueblo”. Sin embargo, en el centro del poder político griego, y según el historiador Steven Runciman, casi nadie de la familia real respetaba o quería a la reina Federica. Lo que en principio era visto como elogiable en una reina consorte comenzó a ser visto con malos ojos por aquellos que aspiraban al poder democrático o los que ya lo habían conseguido.
El idilio griego entre los helenos y la monarquía murió junto con el rey Pablo, el 6 de marzo de 1964. Su hijo, Constantino II, tenía 23 años y desde el mismo día del fallecimiento del rey la prensa griega comenzó a poner en duda la forma en que el joven monarca ejercería su poder: la mayoría apuntaba a la reina viuda como la posible mentora y manipuladora de su hijo, lo cual a muchos parecía intolerable. Ya desde hacía un par de año la reina había sido acusada de intervenir en asuntos políticos de la nación, sobrepasando incluso los límites concedidos por la Constitución. Muerto el rey Pablo, muchos pensaron factible que aumentara su influencia.
Las críticas respecto a Federica, ya viuda, comenzaron casi inmediatamente después dé iniciarse la luna de miel de su hijo con Ana María de Dinamarca, en septiembre de 1964. Antes, en 1962 se acusó a Federica de malgastar el dinero público, cuando la mayor parte de Grecia vivía penurias económicas, al organizar la fastuosa boda de su hija mayor con el príncipe Juan Carlos de Borbón. Y un año más tarde, ocurrió lo mismo cuando, con ocasión del centenario de la monarquía griega, Federica reunió a toda la familia real en una de las últimas pompas de su dinastía. Los diarios comenzaron a hablar de las joyas y los vestidos de Federica y un diplomático lo confirmó: “De la noche a la mañana Federica pasó a ser la más odiada por sus súbditos (…). Almacenó mucho, pero nunca pensó que estaba obrando mal. Pensaba que enriqueciéndose ella se enriquecía el país. Porque Grecia era ella“.
Aquellas informaciones, ampliamente difundidas en las revistas europeas, decían que el gobierno griego, harto de tener a Federica en los asuntos de Estado, le habría ofrecido 100.000 dólares anuales a cambio de abandonar Grecia. Los rumores eran tan grandes que un diplomático griego establecido en Copenhague fue destituido después de comentar a la prensa que, a diferencia de los ocurrido en Grecia, en Dinamarca las reinas viudas no tienen poder. “Es de verdad un duro destino el tener que enfrentarse, privada de toda protección, para refutar las acusaciones que me achacan de tener ambiciones políticas y financieras”, se lamentó Federica en una carta dirigida al pueblo.
Como respuesta, aparecieron aquellos que la prensa antimonárquica apodó “los caballeros de Federica”. El primer ministro Georgios Papandreu expresó pública su “profundo sentimiento por la gran amargura expresada en la misiva de la reina madre”, motivada por “falsas e insultantes informaciones de ciertos órganos de la prensa”. Otro dirigente, líder de la oposición, recordó que “cuando la reina Federica arriesgó su vida durante la época en que el suelo patrio estaba envuelto en la guerra de las guerrillas comunistas no podía imaginar que tendría que padecer la amargura a que está siendo sometida en los momentos actuales”. “Mi conciencia está tranquila”, dijo la reina. “Durante mi matrimonio con el rey Pablo, nuestra vida estuvo únicamente inspirada por un amor desprovisto de egoísmo hacia nuestro pueblo y nuestra familia”.
Federica había tenido su época de heroína años antes, durante la guerra civil de Grecia de 1946 a 1949. Sus visitas al frente en las montañas del norte, en las que departía con sencillez con los soldados, quizá bajo los ataques de los guerrilleros comunistas, en las que danzaba con ellos los bailes griegos, o en los que hablaba con las mujeres de las aldeas de sus maridos muertos o desaparecidos, la convirtieron en una madre de la nación. Sus obras de caridad a las que animaba a participar a las damas de Atenas le ganaron la simpatía de ciertos ambientes de la sociedad griega.
“La extranjera”
La defensa del gobierno griego hacia la reina madre no hizo mella y la población pareció creer las noticias divulgadas en la prensa comunista y opositora, que en octubre de 1964 llegó a tales extremos y excesos que se sugerían los motes de “La alemana”, “La extranjera” y “La austríaca”, evocando a María Antonieta de Francia. Las embajadas y cancillerías tímidamente se hicieron eco de los rumores que decían que Papandreu, pese a su caballeresca defensa, deseba que la reina viuda “se retire a sus propiedades de Austria” y abandone Grecia. Pero las razones de Papandreu no eran personales: se comentaba que siempre ridió culto a la majestuosa belleza de la reina, pero el gobierno le advertía que no podría tener el Ejército griego en sus manos mientras Federica estuviera en Atenas. Algunos panfletos críticos comenzaron a circular entre los obreros y los soldados y el primer ministro tendría que elegir entre su poder o el de la reina viuda.
El punto álgido del escándalo llegó cuando el príncipe Pedro, primo del rey Pablo y segundo en la línea de sucesión al Trono, acusara a Federica de causar “disensiones” en el seno de la familia real y el rey Constantino se viera obligado a suspender su luna de miel y volver a Grecia para poner fin al escándalo. En una prestigiosa revista francesa, Pedro vaticinó una revolución en Grecia a causa del comportamiento excéntrico de la reina Federica, a quien tildó como la causa de todos los males del reino. La prensa dijo que ese enfrentamiento se debía al supuesto compromiso que nunca se celebró entre Pedro y Federica en los años 30. “Su su actitud es perjudicial para el país. Trata de perjudicar la vida política normal y sus declaraciones son incorrectas e impropias”, le reprochó el primer ministro.
A partir de entonces, la caída en desgracia de la reina Federica fue de la mano con estrepitosa la caída de la monarquía. Entre 1965 y 1967, numerosas y con frecuencia violentas manifestaciones antimonárquicas estallaron en Atenas y otras ciudades. En ellas miles de personas solían cantar al unísino “Fuera la Alemana”. El 21 de abril de 1967, un grupo de coroneles, encabezado por George Papadopoulos, se alzó con el poder, acción que se justificó por el peligro de una conspiración comunista y Constantino II aceptó el golpe, firmando unos 200 decretos para expandir sus poderes. Fue la sentencia de muerte de la dinastía griega y la población clamaba en las calles que había sido Federica la causa de esa tragedia.
El fracaso de un contragolpe auspiciado por el mismo rey para terminar con el poder militar ocho meses después, el 13 de diciembre de 1967, llevó a Constantino y a su familia al exilio ante el silencio de la población griega. La junta golpista dijo luego que tenía deseos de reconciliarse con el rey y permitir su regreso a Grecia, pero una de las condiciones que puso para su vuelta fue la de considerar a Federica “persona non grata”, como consecuencia de su posición polémica con relación al régimen. En tanto Papadopulos, el dictador Stylianos Pattakos y los demás militares insistieron en la función de “mala consejera” de la madre con respecto al rey.
“Si el rey quiere hacerse cargo nuevamente del trono, no hay quien lo impida. Naturalmente, habría que tomar algunas medidas respecto a responsabilidades y culpabilidad de otros, pues ya se sabe que el rey, constitucionalmente, no está sujeto a responsabilidad”, advirtió el general. El asunto llegó a un punto crítico en 1973. El gobierno celebró un plebiscito sobre la monarquía, que perdió ante la causa republicana. Según informes, la reina viuda tomó la iniciativa en conversaciones con simpatizantes monárquicos, y Constantino II emitió una fuerte declaración en Roma que reflejaba la influencia de su madre. Pero las autoridades de Atenas prevalecieron, y la monarquía quedó abolida. Federica no volvió al país que trató como reina: tras su muerte, por un ataque cardíaco en una clínica de Madrid, el gobierno griego permitió que su familia solo estuviera algunas horas en Atenas para sepultarla junto a la abandonada tumba de su marido en Tatoi, donde había pasado los mejores años de su vida.
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Rey “títere” del gobierno, incomunicado y alejado de su familia por decisión política, Alejandro I fue mordido por un mono rabioso en Tatoi el 2 de octubre de 1920. El incidente le causaría la muerte después de varios días de horrible agonía.
A través de los tiempos, muchos monarcas han muerto asesinados, combatiendo e incluso en las circunstancias más bizarras. Sin embargo, solo un monarca europeo ha sido “asesinado” por un mono: el rey Alejandro I de Grecia, quién falleció a los 27 años de edad en 1920. Alejandro era el segundo hijo del rey Constantino I de Grecia y, por lo tanto, tío de la reina doña Sofía de España. A través de su madre, era sobrino del último emperador de Alemania y bisnieto de la reina Victoria de Inglaterra.
Nacido en 1893, desde niño fue el más lindo de todos los hijos de Constantino, según contó su abuela, la emperatriz Victoria de Alemania: “Desearía que pudieras ver a los hijos de Sofía. El mayor es un niño muy interesante. El segundo [Alejandro] es un niño realmente espléndido, con enormes ojos azules, pestañas negras, frente ancha con pelo negro y ondulado, una boca bonita, una naricita hacia arriba y hoyuelos en sus rodadas mejillas”.
Cuando tenía poco más de veinte años, el príncipe Alejandro se enamoró de una hermosa joven griega llamada Aspasia (1896–1970). Por entonces, un golpe militar derrocó al rey Constantino y lo envío al exilio junto al príncipe heredero Jorge. Alejandro se vio obligado a ascender al inestable trono de Grecia gobernando, sin embargo, como un títere del dictador Venizelos. El rey Alejandro y Aspasia se casaron casi en secreto y sin el apoyo del gobierno de Venizelos ni de la familia real, que permanecía en el exilio. “¡Estábamos tan enamorados!”, dijo ella. “No podíamos separarnos ni siquiera por espacio de cinco minutos”.
Pero la desgracia (a la que la familia real griega parecía estar muy acostumbrada) estaba por llegar. A los pocos meses de la boda, Aspasia quedó embarazada y en octubre de 1920 el rey Alejandro murió. El 2 de octubre de ese año, su perro, llamado “Fritz”, fue atacado por un mono doméstico que pertenecía a la finca real de Tatoi, en Atenas. Al intentar separarlos, el rey fue mordido por el mono en una pierna. El joven Alejandro no le dió importancia a las heridas, pero pronto generaron una infección generalizada. El mono padecía rabia y su mordida mataría al rey de Grecia. Una septicemia fulminante agravó el estado de salud del rey griego.
Los médicos consideraron amputar la pierna del rey, pero ninguno de ellos quiso hacerse cargo de la responsabilidad, al desconocerse si tal operación salvaría la vida del rey, de 27 años. El gobierno civil apenas dio explicaciones y solo permitió que la reina Olga, abuela de Alejandro, regresara del exilio para acompañarlo. Desgraciadamente, la reina no llegó a despedirse de su nieto, quien murió el 25 de octubre. A la reina Sofía le fue negado el desesperado pedido para asistir a los funerales de su hijo y la desgracia la marcó para siempre. “El dolor ha hecho desaparecer toda la amargura causada por el matrimonio secreto de Alejandro”, dijo su tío, el príncipe Nicolás. Unos meses después, la viuda Aspasia dió a luz a una niña, que bautizaría Alejandra, y serviría como nexo de reconciliación entre su madre y la familia real griega.
Riquisima heredera de la dinastía Bonaparte y lanzada a un matrimonio sin amor con un hombre que amaba a otro, esta princesa fue una “rara avis” en la realeza del siglo XX. De alma generosa y apasionada por la lectura, su gran pasión fue el psicoanálisis.
Pocos personajes de la realeza del siglo XX fueron tan peculiares como esta mujer, del linaje de Napoleón, discípula, amiga y salvadora de Sigmund Freud, autora de numerosos libros sobre psicoanálisis y especializada en el sexo femenino y tía de la reina Sofía. Se trata de Marie Bonaparte, una ‘rara avis’ entre las testas coronadas de Europa. Apasionada, inteligente, viajera, lectora y muy rica, sus grandes pasiones fueron un marido gay que nunca la amó y la conducta sexual femenina.
Nacida en París en 1882, era una de las herederas más ricas de Francia cuando conoció al príncipe Jorge de Grecia, hijo de los monarcas helenos y soltero empedernido, que a los 37 años no mostraba deseo por tener una mujer o una familia. Sin embargo, la razón de Estado exigía que el segundo hijo de los monarcas pasara por el altar y engendrara descendientes. Fue así que, durante una visita a París en que acompañaba a sus padres, Jorge de Grecia conoció a esta bonita princesa, que ya había rechazado las propuestas matrimoniales de varios príncipes (incluido el arruinado soberano de Mónaco) porque los Bonaparte deseaban algo de mayor nivel. Una cena, milimétricamente organizada, en el lujoso apartamento parisino del príncipe Roland Bonaparte dio como resultado un inmediato compromiso matrimonial entre Jorge y Marie. “¡Nunca vas a encontrar un partido semejante!”, dijo Roland a su hija, feliz de emparentar con la realeza cuando ninguna casa real quería casarse con príncipes de su linaje.
“¡Es el esposo que muchos padres querrían para su hija!”, decía Roland, feliz de la vida. Marie, por su parte, no se sintió ofendida ante las intenciones de Jorge, a quien no conocía en absoluto pero a simple vista era todo un galán, como ella lo describió: “Elegante, rubio, con un largo bigote rubio como el de su padre, nariz recta y ojos de un azul cielo que sonríen. Poco pelo, es casi calvo, pero ¿qué importa? Es hermoso, rubio y sobre todo, parece tan bueno, tan bueno… Además, parece que este gigante sufre un poco, lo cual lo hace aún más tierno”.
Casada con un príncipe homosexual
Parece que Marie se enamoró poco a poco de Jorge, aunque desde el principio sintió que no tenían nada en común. Aunque estaba feliz de tener un marido a quien escuchar, él no tenía ningún interés en ella ni en su vida. Tampoco quería dejar su vida en París y mudarse a Atenas, donde temía aburrirse, pero aceptó para complacer a su padre. Era el año 1907 cuando Marie, que había pasado toda su infancia en un ambiente frío, marcado por la tragedia de una madre muerta a la que no conoció, se convirtió en princesa de Grecia. Sin embargo, en un micromundo donde lo importante eran las sedas, las joyas y las apariencias, Marie siempre se sintió un sapo de otro pozo: prefería miles de veces una biblioteca a un salón de baile, y un libro a una tiara.
Las cosas cambiaron de la noche a la mañana cuando, una vez casados, comenzaron la vida marital. “Odio hacer esto tanto como tú, pero tenemos que hacerlo si queremos tener hijos”, fue la poco romántica y muy desafortunada frase que le dijo Jorge en la noche de bodas. Al poco tiempo, Marie descubrió que en realidad su marido era homosexual y mantenía desde hacía mucho tiempo un fuerte romance con un tío, el príncipe Valdemar de Dinamarca.
Desde aquel momento, Marie supo que jamás sería amada por su marido, y sin embargo, conocedora de la mente humanada, respetó aquella relación nacida entre tío y sobrino. De hecho, en 1957, cuando Jorge murió, la princesa se acercó a su cadáver y besó su frente porque sabía que los labios de su marido solo habían pertenecido a Valdemar. Pero, ¿por qué siguió casada con Jorge hasta que la muerte los separó? “Mi marido me ahoga, me restringe, pero es el único que me amará hasta la muerte”, explicó ella. “Nos haremos viejos y nos quedaremos solos, pero nos apoyaremos el uno al otro mientras la vida nos dure”.
Buscando el amor y el afecto que le había negado su esposo, Marie se entregó a una serie de romances muy discretos con el político y pensador francés Aristide Briand, y con uno de los discípulos de Freud, Rudolph Loewenstein, aunque ella siempre aseguró que sus romances no pasaron más allá de los platónico. Prefería el intelecto, al cuerpo humano. Ahogada en una corte austera y sin brillo, condenada a sufrir el desamor, desde entonces Marie volcó toda su vida al estudio.
Amiga y salvadora de Freud
Fue justamente gracias a Loewenstein que Marie se interesó en el psicoanálisis. Esperaba que al ser psicoanalizada por Freud pudiera ayudarla con lo que se denominaba “frigidez” y disfrutara de este modo de la vida sexual. De hecho, se había sometido a una operación para que su clítoris estuviera más cerca de su vagina, después de realizar un estudio de 243 mujeres que mostró que las mujeres que tenían el clítoris más cerca de sus vaginas alcanzaban fácilmente el orgasmo durante el coito.
Absolutamente compenetrada con el tema, publicó sus descubrimientos en la revista médica “Bruxelles-Medical” bajo el seudónimo de A.E.Narjani, lo que significó el comienzo de un profundo estudio, que mantuvo toda su vida, sobre la sexualidad femenina que culminó en su libro “Feminine Sexuality” que se publicó en 1953 y se volvió a publicar en 1979. Paralelamente, sus encuentros con Freud derivaron en una amistad que duró toda la vida y la llevaron a una nueva carrera como psicoanalista.
El famoso comentario de Freud “La gran pregunta que nunca se ha respondido y que aún no he podido responder, a pesar de mis 30 años de investigación sobre el género femenino, es ‘¿qué quiere una mujer?” se lo hizo a Marie. El genio del psicoanálisis ayudó a la princesa a recordar hechos de su niñez que pudieran haberla traumado, descubriendo que cuando era niña había sido drogada por su niñera y el hermanastro de su padre, Pascal, para mantener relaciones sexuales sin que ella dijera nada. Alejada de la aburrida Atenas, Marie pasó cada vez más tiempo en Viena, no solo siendo psicoanalizada sino también estudiando a la par de Freud, para consternación de sus hijos, a quienes la lejanía de su madre marcó profundamente.
Marie de Grecia se convirtió en una de las amigas más cercanas de Freud. Cuando se sentía perseguido en Viena por los nazis, Marie le envió el dinero necesario para escapar de Austria, dinero que también sirvió para que él y su familia se instalaran en Hampstead. Además, compró las cartas de Freud a Wilhelm Fleiss para preservarlas a pesar del deseo del psicoanalista de que fueran destruidas, y cuando Freud murió, sus cenizas fueron colocadas en una urna que la princesa le había comprado. Más tarde se hizo muy buena amiga de Anna, la hija de Freud.
Sin embargo, el espíritu humanitario de Marie no se limitó a sus amistades. Dedicó una parte considerable de su fortuna para ayudar a rescatar a al menos 200 familias judías que se fueron de Alemania, salvándolas de morir a manos de los nazis, y usó su dinero para ayudar a establecer una escuela en París para entrenar psicoanalistas. Su riqueza contribuyó a la popularidad del psicoanálisis en Francia, convirtiéndose en una figura fundamental en la Sociedad Psicoanalítica Francesa.
Durante toda su carrera, Marie Bonaparte solo tomó 5 o 6 pacientes a la vez, haciendo crochet mientras conversaban. La mayoría de sus sesiones se llevaban a cabo en su jardín, y más tarde, cuando se hizo mayor, se encontraba con sus pacientes en su tocador mientras ella, ya anciana, usaba una adorable bata. En 1953, cuando asistió junto al príncipe Jorge a la coronación de la reina Isabel II de Inglaterra, pasó gran parte de la extensa ceremonia psicoanalizando al caballero que se encontraba sentado a su lado. Resultó ser Francois Mitterand, el futuro presidente de Francia.
La princesa también fue muy generosa con el más joven de sus sobrinos, el príncipe Felipe de Grecia, al que ahora conocemos como el duque de Edimburgo. Cuando Felipe, sus padres y sus hermanas se vieron obligados a abandonar Grecia, Marie les dieron una casa en St. Cloud (Francia) y ayudaron monetariamente a pagar la educación del joven príncipe, para quien manifestó siempre un interés permanente y cariñoso. Ese cariño llevó a Marie a organizar la internación de la madre de Felipe en Suiza, cuando fue diagnosticada con esquizofrenia.
El paso de los años y los azares políticos de la monarquía griega lograron unir a Marie con su esposo, junto al que vivió 50 años. Generosa hasta la muerte, Marie construyó una casa para que el príncipe Jorge pudiera vivir y pasar tiempo con Valdemar. El príncipe murió en 1957 y fue enterrado en la finca real de Tatoi, Atenas, bajo tierra llevada desde la casa de Valdemar en Dinamarca. “Pusimos en su féretro dos pequeñas banderas de esmalte, una griega y una danesa, su alianza y unos cabellos de Valdemar y la foto de Valdemar entre sus manos”. La princesa psicoanalista vivió cinco años más enfrascada en sus cientos de libros y estudios sobre la sexualidad femenina hasta su muerte, en 1962.
Casado con Ana María de Dinamarca y padre de cinco hijos, se vio obligado a exiliarse tras el golpe militar de 1967.
Descendiente de la reina Victoria, los zares de Rusia y los emperadores de Alemania, pasó su vejez en Londres, despojado de su nacionalidad griega.
“La monarquía sólo es relevante si el pueblo lo quiere”, dijo una vez. “El pueblo griego ya ha decidido que quiere una república y me parece bien”.
El último hombre titulado Rey de los Helenos, Constantino II, cumple este 2 de junio 80 años, más de medio siglo después de ser derrocado y protagonizar la caída de la monarquía. Hijo del rey Pablo I, bisnieto del último emperador de Alemania, hermano de la reina doña Sofía de España, primo de Isabel II de Inglaterra y de Margarita II de Dinamarca, Constantino vivía desde finales de los años ‘60 en Londres, donde llevó una vida tranquila y con ciertas necesidades económicas. El exiliado monarca es el exponente más longevo de su dinastía, superarando a su bisabuelo, Jorge I, quien fue asesinado a los 79 años.
Nacido el 2 de junio de 1940, su madre fue la princesa alemana Federica de Hannover, descendiente directa de la familia real británica. Su padre, el rey Pablo I, era hijo del rey Constantino I y nieto del príncipe danés Guillermo, quien en 1863 fue invitado a reinar en Grecia y, con el nombre de Jorge I, inaugurar una dinastía. La familia sería derrocada y golpeada por tragedias en numerosas oportunidades durante la primera mitad del siglo XX hasta que Constantino II -bisnieto del rey fundador- recibió el golpe final a sus veintisiete años.
Constantino II se convirtió en rey en marzo de 1964, al morir su padre a causa de un cáncer de estómago. Unos meses después, el joven rey se casó con la princesa Ana María, hija de los reyes Federico IX e Ingrid de Dinamarca. “Yo vi una fotografía de Ana María en una revista y dije: «Quiero que sea mi esposa»”, relató Constantino. “Le dije a mi padre: «Voy a viajar a Dinamarca para conocerla». Me respondió que estaba loco. Es difícil explicar la ventaja de que un rey se case con una princesa. Pero mire el ejemplo de mi hermana, ella no tuvo que aprender a ser una Reina, nació siendo Reina. Tuvo que aprender español, pero ella ya sabía cuál es su misión: servir al pueblo”.
La boda real, a la que asistieron decenas de monarcas y príncipes extranjeros, fue muy celebrada por los griegos, que recordaban la leyenda de la “princesa llegada del Norte” que traería paz y prosperidad al país. Sin embargo, con el inicio de su matrimonio comenzaron los problemas para Constantino II. La prensa comenzó a mostrarse especialmente crítica con la reina viuda, Federica, a quien acusaban de derrochar demasiado dinero público. Un periódico llegó titularla “culpable de todos los males” del país.
El rey Constantino se granjeó la oposición de la mayoría de su pueblo en 1967, cuando se negó a condenar el denominado Golpe de los Coroneles, perpetrado en abril de ese año. Durante las siguientes semanas fue acusado de colaborar con los golpistas, a los que avaló con su firmaen centenares de decretos. El fracaso de un contragole, auspiciado por el ex monarca el 13 de diciembre, le llevó a abandonar Atenas a los gritos de “apóstata” y “traidor”, animadversión que se extendía a sus hermanas, la reina Sofía y la princesa Irene.
Con algunas pocas pertenencias, el rey Constantino II y las reinas Ana María y Federica abandonaron Grecia. En Roma los acogieron el príncipe Enrique de Hesse, nieto del rey Víctor Manuel III de Italia, y Juan Carlos de Borbón -se cuenta que tuvo prestar ropa a su cuñado- y recibieron ayuda económica de los reyes de Grecia y de Bélgica. Para entonces, Constantino II ya tenía dos hijos: la princesa Alexia y el príncipe heredero Pablo. En 1969, en Roma, nació el príncipe Nicolás, y los príncipes Teodora y Filipos nacieron en Londres.
Según extractos de los archivos del ex jefe de Estado Constantin Caramanlis, el depuesto rey preparó en 1975 un golpe de Estado militar en Grecia para restablecer la monarquía, dos años después de que un cuestionado referéndum nacional diera como resultado la proclamación de la República y la abolición definitiva de la monarquía. Esos documentos, sobre la existencia de la conjura, que implicaban a oficiales del Ejército de Tierra y revelan que el golpe estaba previsto para febrero de 1976. El plan golpista fracasó gracias al poco apoyo que prestó al monarca el Ejército y a la respuesta del Gobierno de Constantino Caramanlis.
Despojado de su nacionalidad, Constantino II volvió a Atenas en 1981 para enterrar a su madre junto a su padre. La segunda visita fue en 1993, pero al oírle manifestar que seguía pretendiendo reinar, el Gobierno reaccionó expropiándole todos su bienes y retirándole el pasaporte. Entonces, Constantino II comenzó una larga batalla legal para recuperar su patrimonio familiar, que finalizó en 2002 cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dictó sentencia a su favor. En 2004, anunció el final de su exilio, pero sus esperanzas de reinar comenzaron a menguar junto con su estado físico: “La monarquía solo es relevante si el pueblo así lo quiere”, dijo en una entrevista. “Pero es muy poco democrático solicitar cada cinco o diez años un referéndum para decidir si quieres o no una Monarquía. No es justo querer cambiar las reglas del juego todo el tiempo. El pueblo griego ya ha decidido que quiere una república y me parece bien”.
Conocida como la actriz de Hollywood Andrée Lafayette y más tarde como la condesa Andrée de la Bigne, ella fue la amante del príncipe Andrés de Grecia.
Primo de la reina Sofía de Grecia y del Duque de Edimburgo, el príncipe quedó huérfano a los 14 años y vivió de la generosidad de sus parientes “reales” europeos. En una entrevista en Point de Vue, recordó los momentos más memorables de su vida.
Una investigadora de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, reunió pruebas de que el rey macedonio no murió hace 2.300 años envenenado o por alcoholismo.