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  • Obituario | Leandro de Borbón, el “bastardo real” de España

    Leandro de Borbón Ruiz Moragas, reconocido jurídicamente como hijo del rey español Alfonso XIII (1886-1941), falleció el pasado sábado 18 en Madrid a los 87 años de edad. “El Bastardo real” fue el libro de memorias que Leandro de Borbón editó en 2002 y que le dio a conocer a los españoles, quienes hasta entonces ignoraban la historia de este empresario y relaciones públicas que llevaba una vida discreta. “En los últimos años, desde la residencia donde vivía junto a su esposa“, dice EL ESPAÑOL, “sólo pedía tranquilidad y el afecto de los suyos. Ya había aparcado definitivamente esa lucha por sus derechos que le llevó toda una vida y que ahora sus hijos pretendían continuar” .

    Con la ausencia de la familia real, don Leando fue sepultado en el madrileño cementerio de La Almudena. Dos enormes coronas fueron ofrendadas al fallecido “infante” con las leyendas “Juan Carlos y Sofía” y “SS MM LOS REYES”. Sus restos mortales podrían haber recibido sepultura en el Pabellón de los Infantes del Monasterio de El Escorial, el mausoleo dinástico, pero este destino le fue vetado. Don Leandro era el último hijo vivo del rey Alfonso XIII pero le negaron ser infante de España y le negaron el honor que más deseaba, el tratamiento de Alteza Real.

    Nacido el 22 de abril de 1929 en un chalet de la madrileña avenida del Valle, Leandro era el fruto de una relación extramatrimonial entre el bisabuelo del actual rey Felipe VI y una actriz. Su padre biológico, Alfonso XIII, reinó en España desde 1902, cuando alcanzó la mayoría de edad, hasta 1931, cuando dejó el país después de que las candidaturas republicanas ganaran las elecciones municipales de abril en las principales ciudades españolas. Su madre, Carmen Ruiz Moragas fue una actriz española de cierta notoriedad en los años 20 del siglo pasado que vivió entre 1896 y 1936.

    Fue el segundo hijo de dicha relación, que en 1925 había dado su primer fruto en una niña, a la que pusieron por nombre Teresa (como la hermana de Alfonso XIII), y que falleció tempranamente. Los recuerdos que Leandro conservaba de su padre eran difusos, ya que apenas tenia dos años cuando el monarca tuvo que partir al exilio: “Recuerdo a mi madre sentada en su gabinete, acompañada de un señor muy alto y trajeado. Me llamaba Alfonsete y me daba siempre medio marrón glacé o una violeta escarchada. Yo besaba al señor con el que mi madre estaba merendando y a continuación salía a jugar al jardín“.

    Leandro estudió el bachiller en el Real Colegio Alfonso XII de El Escorial. Tras estudiar la carrera de Derecho en la Universidad María Cristina de El Escorial, se licenció en la Universidad Complutense. “Como hijo ilegímito”, indica el diario EL PAÍS, “su existencia no era conocida públicamente, por lo que tuvo que esperar hasta 1984 para que, por primera vez, un historiador, el británico Gerard Noël, hablara de “la otra familia” de Alfonso XIII: la que durante casi 15 años, y al margen de la vida en Palacio, formó con la actriz y sus dos hijos“.

    Relata el diario EL MUNDO: “Tras el advenimiento de la República, que condujo a Alfonso XIII al exilio, y el fallecimiento de Carmen Moragas a consecuencia de un cáncer en junio de 1936, un mes antes del estallido de la guerra civil, ambos niños sobrevivieron un tanto precariamente gracias al amparo de sus abuelos maternos. Sin embargo, al terminar la contienda, su suerte cambio: su padre, el Rey, desde Roma, les nombró un tutor, el conde de los Andes, para que supervisara su educación, otorgándoles además una pensión en secreto que llegaba puntualmente desde una cuenta suiza“.

    Realizó el servicio militar en la Milicia Aérea Universitaria con el grado de alférez y obtuvo los títulos de piloto de guerra y piloto civil. Tras llevar una vida discreta como relaciones públicas y empresario en diversos sectores, saltó a la opinión pública en el 2002, al publicar un libro de memorias titulado “El Bastardo real”. Después de publicar sus memorias, en diciembre de 2002 presentó ante el Registro Civil de Madrid un escrito en el que solicitaba el reconocimiento de su filiación paterna.

    “El tío Leandro”, como lo llamaban en el palacio de la Zarzuela, sólo tuvo derecho a apellidarse Borbón cuando un juez lo reconoció “Hijo no matrimonial” de Alfonso de Borbón y Austria el 21 de mayo de 2003. Pero esa decisión no supuso el reconocimiento de ningún título, tratamiento u honores de la Familia Real. No obstante, Leandro de Borbón reclamó ante la Justicia la condición de infante, que nunca le fue reconocida. La Casa Real, entonces dirigida por su sobrino Juan Carlos I, no se opuso al reconocimiento, sin embargo nunca le concedió título alguno ni lo consideró miembro de la familia real.

    Según la legislación española, el reconocimientos de títulos, tratamientos y honores de la Familia Real se regula por un Real Decreto de 1987. Éste, en sus disposiciones transitorias hace reconocimiento expreso del título, tratamiento y honores que corresponden a los padres de su Majestad el Rey y a sus hermanas y para los miembros de la Familia Real, que en la fecha del Real Decreto tuviesen reconocido normativamente.

    En 2004 don Leandro publicó otro libro, “De Bastardo a Infante de España”, donde reflejó la verdadera aspiración de su vida: ser reconocido infante de España. En los últimos años Leandro de Borbón acudió a diversos programas de televisión dedicados a la prensa del corazón, lo que le hizo más conocido del gran público. Desde entonces, al “tío Leandro” a veces le saludaban con cierto afecto sus sobrinas, las infantas doña Margarita y doña Pilar (hermanas del rey Juan Carlos), pero otros familiares lo ignoraban. Sólo Luis Alfonso de Borbón, otro de sus sobrinos nietos, fue atento y cercano con su pariente y cada vez que coincidían en público le demostraba cariño y respeto.

  • Secretos Cortesanos | ¡El rey esta hechizado!

    Carlos II de España (1661-1700), creció raquítico, enfer­mizo y con una corta inteligencia, además de estéril, lo que llevó a alguien a decir que “Carlos I fue guerrero y rey, Felipe II sólo rey, Felipe III y Felipe IV hombres nada más, y Carlos II ni hombre siquiera”. Su infancia fue tan larga como su lactancia, que duró exactamente tres años, diez me­ses y once días, pasando por las manos de catorce nodrizas que no con­siguieron fortalecer al in­fante. Cuando su padre, Felipe IV, murió en 1665, el nuevo rey aún tomaba el pecho. Para evi­tar la mala imagen de coronar como rey a un niño poco des­arrollado, los médicos reales aconsejaron suspender la lac­tancia. Le prescribieron papillas y, como no se podía mante­ner en pie, encargaron al sastre unos gruesos cordo­nes para sostenerlo mientras recibía a los embajadores extranje­ros.

    Cuando tenía cinco años todavía no sabía hablar. A los seis, en­fermó sarampión y varicela; a los diez años, ru­beola, y a los once, una viruela que estuvo muy cerca de matarlo; a los 32 años perdió todo el cabello y lo que que­daba fue disi­mu­lado debajo de la pe­luca. Y por sobre sus problemas físi­cos, estaban los mentales: aprendió a hablar a los 10 años y a los 15 apenas podía estampar su firma en un papel. Era de espe­rarse que no pudiera tener hijos. Desespe­rada, la Corte acu­dió a un astrólogo, que aconsejó al rey ex­humar cadáve­res de sus antepasados, abrazarlos y dormir con ellos.

    El rey siguió el consejo al pie de la letra, pensando que así rompería su mala suerte y tendría el deseado here­dero al trono: durmió con los cuerpos momificados de San Isidro y San Diego de Alcalá porque tiempo atrás habían curado a algunos miem­bros de la familia real, para que Car­los se liberase de los de­monios que lo poseían. Así, en la misma época en que Isaac Newton formu­laba su teoría de la gravedad y Christiaan Huygens escudriñaba el firmamento con su telescopio bus­cando las lunas de Saturno, el rey de España buscaba romper su hechizo acudiendo a sus ante­pasados muertos. Para los españoles, el rey simplemente estaba hechizado.

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  • “¡Tenemos la menor cantidad posible de Rey, pero tenemos Rey!”

    El 17 de mayo de 1886, hace 130 años, la reina María Cristina de España daba a luz a su hijo varón. Su esposo, el rey Alfonso XII, había muerto meses atrás y el matrimonio tenía dos hijas mujeres, María de las Mercedes y María Teresa. La reina viuda, sin embargo, pidió al gobierno no proclamar reina a la mayor de sus hijas. ¿La razón? María Cristina estaba embarazada y, si el bebé que esperaba era un varón, le correspondería ser el nuevo rey de España.

    Nacido, contrariamente a lo natural, rey y no príncipe, Alfonso XIII vino al mundo a los 173 días de la muerte de su padre, y mientras su enlutada madre ejercía la regencia de España. Su llegada al mundo fue una explosión de alegría popular que hizo exclamar al presidente Sagasta cuando comunicó la dichosa noticia: “¡Tenemos la menor cantidad posible de Rey, pero tenemos Rey!”.

    Según relata la infanta Eulalia de Borbón, “las horas que precedieron al alumbramiento de María Cristina fueron de una extraordinaria tensión nerviosa para los cortesanos y el pueblo madrileño, que llenaba de bullicio la Plaza de Oriente. Las horas de aquel día histórico pasaban con lentitud, y cada minuto transcurrido se alargaba en nuestra ansiedad. En la capilla ardían centenares de cirios y numerosas damas de la corte se reunieron a orar mientras la familia real y los altos dignatarios y miembros del Gobierno aguardábamos en un salón contiguo a la regia cámara. Durante horas reinó un silencio nervioso quebrado por el temblor de los rosarios y los suspiros de angustia. Fuera de Palacio no era menor la inquietud y centenares de mujeres del pueblo acudían a las iglesias a rogar mientras los hombres en los cafés y en las calles estaban atentos a todos los rumores”.

    El nacimiento se produjo en el Palacio Real de Madrid a las doce y media, y tras el anuncio oficial la camarera mayor de la reina, la Duquesa de Medina Torres, entregó al presidente del Consejo al niño recién nacido, que fue colocado cuidadosamente en un cojín de terciopelo y éste sobre una bandeja de plata. Así fue presentado el rey niño -de “nariz borbónica y la barba prognática de los Habsburgo”- ante las máximas autoridades civiles, religiosas y militares del reino reunidas desde temprano en Palacio. “Suspiros de alivio”, escribe Eulalia de Borbón, “contenidos gritos de alegría, lágrimas demostradoras de una emoción intensa, acogieron en la vasta sala la noticias, mientras en el parque el cañón iniciaba las salvas. El pueblo abrió un silencio expectante y tembloroso mientras contaba los cañonazos, y cuando sonó el decimosexto, un clamor enorme se elevó hasta el cuelo azul y penetró en los salones, extendiéndose por todo Madrid (…) En las calles, músicas, coplas, alegría desbordante, tumulto de multitud en fiesta. Por primera vez en la historia, había nacido un rey”.

    El hecho de que la reina diera a luz un varón representó un enorme consuelo para la nación española porque su entronización evitaría que España sufriera el flagelo de la violencia, que la había azotado a comienzos del siglo XIX. En los salones de palacio, la grandeza de España, los embajadores, senadores, los altos mandos militares, los príncipes y las infantas fueron los primeros en contemplar al recién nacido rey. Más tarde se reunieron las Cortes y, el mismo día de su nacimiento, Alfonso de Borbón y Austria fue proclamado Rey constitucional de España, mientras su hermana mayor, princesa de Asturias. “Ardió toda España en fiesta”, prosigue su relato la infanta, “en luces de bengala, en campanas echadas a vuelo. Se indultaron presos y se conmutaron todas las penas de muerte que cursaban en los tribunales. Todos experimentamos la grata sensación de que España volvía a encontrarse a sí misma y de que, frente a ella, se extendían despejados los caminos de la historia”.

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    El nombre para ese niño-rey era fue una cuestión a resolver de inmediato. En su lecho de muerte, Alfonso XII, que se había distinguido por ser bastante supersticioso, había dicho a María Cristina que, si llegaba a nacerles un varón a consecuencia del tercer embarazo de ella, no debía llamarse Alfonso. Hacer del niño el Alfonso número XIII (trece), teniendo encima por padrino, según se preveía, al Papa León XIII (trece), era llamar a gritos a la mala suerte, aseguró el enfermo. María Cristina de Habsburgo estuvo de acuerdo. Según parece, Alfonso había sugerido el nombre de Fernando, nombre que la reina María de las Mercedes, la primera mujer de Alfonso XII, había deseado llamar al hijo que tuviese en honor a Fernando III el Santo.

    La cuestión radicaba en que los españoles de entonces no asociarían a un nuevo rey Fernando con Fernando III el Santo; inmediatamente se acordarían del inmediato antecesor homónimo, Fernando VII, que no llevaba buenos recuerdos a la memoria colectiva española. Carlos también resultaba un nombre problemático, debido a la predilección por ese nombre de los pretendientes del carlismo. Los políticos, los cortesanos e incluso el pueblo llano insistían en que el nombre más apropiado era Alfonso en recuerdo de Alfonso XII.

    María Cristina cedió: su hijo se llamaría Alfonso. O, mejor dicho, Alfonso León Fernando María Jaime Isidro Pascual Antonio. La infanta Eulalia fue muy elocuente en una carta remitida en esas fechas a su madre: “Finalmente, el niño de Crista se llamará Alfonso; todo el mundo, desde los Grandes hasta las lavanderas, han insistido tanto que ella ha tenido que aceptarlo”. “¿Qué otro nombre se hubiera podido escoger para continuar la historia de España…?”, se preguntaba un periodista de la época, quien añadía: “El nombre de Fernando no dejó buenos recuerdos a los partidos liberales; el de Carlos tenía connotaciones numéricas desagradables, y recordaba todas las guerras civiles del presente y pasado siglo; el de Luis tenía un precedente desgraciado (…) Había, pues, que resucitar nombres muy lejanos, adoptar uno nuevo, o elegir el que, con verdadero acierto, se ha puesto al niño rey, es decir, el del glorioso nieto de Doña María de Molina…