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  • La horrible muerte de Sofía de Baviera en el Bazar de la Caridad de París: la hermana de Sissi y la novia despreciada del “Rey Loco”

    El rey Maximiliano I de Baviera autorizó el matrimonio de su hija, la princesa Ludovica, con el duque Maximiliano, miembro de la misma dinastía. De esta unión nacieron ocho hijos, de los cuales cuatro fueron mujeres: Helena (“Nené”), Isabel (la futura emperatriz “Sissi” de Austria), María Sofía, Matilde (“Spatz”) y Sofía Carlota. Lejos de imaginarse las desgracias que deberían atravesar en su adultez, las niñas crecieron en el campo, con costumbres sencillas, en los bosques que rodeaban el castillo de Possenhoffen, y usualmente lejos de la fulgurosa corte real de Múnich. Pese a la diferencia de edad que la separaba, las cinco hijas de Max y Ludovica crecieron muy unidas, pero su felicidad fue corta.

    Sophie pasó sus primeros años en el castillo de Possenhofen, un refugio campestre junto al lago Starnberg, donde los Wittelsbach vivían con una libertad inusual para la realeza. “Éramos una familia alegre, casi bohemia, corriendo por los prados y trepando árboles”, escribió una de sus hermanas, María, en una carta personal. Junto a sus hermanos, incluida Sissi, Sophie se deleitaba en paseos a caballo, juegos al aire libre y noches de poesía bajo la guía de su excéntrico padre, Maximiliano, un noble que prefería la música folclórica y las bromas a las ceremonias de la corte. Su madre, Ludovika, recordada por un contemporáneo como “una mujer práctica que enseñó a sus hijos a amar la naturaleza antes que los títulos”, fomentó en Sophie un amor por la música y la literatura que la acompañaría toda su vida.

    El 27 de enero de 1867, se celebró en Múnich el compromiso de la hija menor de Ludovica y Maximiliano, la duquesa Sofía Carlota (1847-1897), nada más y nada menos que con su primo, el rey Luis II de Baviera. El anuncio de compromiso, largamente esperado, fue celebrado por toda la población ya que el monarca era muy popular. La boda se planeó para el 12 de octubre del mismo año, pero para cuando ya estaba casi todo preparado para la gran ceremonia (entre ellos, la construcción de un carruaje real y la acuñación de monedas conmemorativas) de repente, sorprendentemente, Luis II canceló los planes apenas dos días antes. Ante el estupor general, el desencanto de Sofía y la indignación de la familia de Max y Ludovica, Luis II jamás volvió a pensar en casarse y nadie supo bien por qué.

    A los 20 años, el idilio de Possenhofen dio paso a las exigencias de la realeza. En 1867, Sofía fue comprometida con Fernando Felipe María, duque de Alençon, de la casa de Orleans, una familia que había perdido el trono francés pero conservaba su prestigio. “Era una unión de conveniencia, pero Sofía llevó consigo una chispa de calidez que conquistó a la corte francesa”, escribió el historiador Andrew Wheatcroft en The Habsburgs: Embodying Empire (1995). La boda, celebrada el 28 de septiembre de 1868, marcó el inicio de una nueva vida para Sophie en Francia, donde se convirtió en duquesa de Alençon. La pareja tuvo dos hijos, Luisa (1869) y Felipe Emmanuel (1872), y aunque el matrimonio no fue apasionado, un amigo cercano de la familia Orleans comentó: “Sofía era el alma de la casa; su risa llenaba los salones, aunque a veces parecía añorar los bosques de su infancia”.

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    Sofía Carlota de Baviera (1847-1897) fue la hermana menor de la emperatriz Sissi de Austria

    La vida en Francia no fue sencilla. La caída de Napoleón III en 1870 y la agitación política colocaron a los Orleans en una posición vulnerable. Sophie, sin embargo, se dedicó a causas benéficas, organizando eventos para los necesitados y apoyando las artes. “Tenía una sensibilidad que la hacía distinta; no buscaba gloria, sino aliviar el sufrimiento”, escribió la condesa Marie Larisch, una amiga cercana, en sus memorias. Su empatía, similar a la de Sissi, la convirtió en una figura querida, aunque siempre en segundo plano frente al carisma de su hermana.

    El de Sofía y el duque de Alençon no era un matrimonio por amor. Por el contrario, el compromiso fue acelerado por los padres de la duquesa, según se cuenta, porque ella había iniciado un romance con un fotógrafo llamado Edgar Hansftaengl. Los recién casados se instalaron en Londres, donde la familia real francesa vivía bajo la protección de la reina Victoria de Inglaterra. La flamante duquesa de Alençon comenzó a ser víctima de frecuentes períodos depresivos que se fueron agravando con el pasar de los años. Tuvo dos hijos, la princesa Luisa Victoria y el príncipe Emanuel, duque de Vendôme.

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    Las llamas consumieron todo a su paso.

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    La zona donde estuvo emplazado el Bazar tras su incendio.

    En busca de calmar el espíritu de su esposa, el duque de Alençon decidió mudarse a Palermo, a orillas del Mediterráneo, y luego en Merano. En esta última ciudad, Sofía Carlota se enamoró de su médico, Hans Glaser, con tanta pasión que quiso abandonar a su familia y fugarse con este hombre que le aliviaba sus dolores físicos y espirituales. Cuando el plan fue descubierto, a Alençon no le quedó más remedio que internar a su esposa en un hospital psiquiátrico. Sofía Carlota no salió de allí sino hasta dos años después. Sintiéndose recuperada, se dedicó a las obras de caridad y vivió casi todo el tiempo en un convento de París.

    Sissi: “Perder a Sophie fue como perder una parte de mi alma; ella era mi refugio”

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    Búsqueda de restos y objetos de valor en las ruinas del bazar.

    El 4 de mayo de 1897, la vida de Sofía se apagó en una tragedia que conmocionó al mundo. En París, participaba en el Bazar de la Charité, una feria benéfica organizada por la aristocracia para recaudar fondos para los pobres. El evento, instalado en una estructura temporal en la rue Jean-Goujon, estaba decorado con telas y madera, un escenario propicio para la catástrofe. Alrededor de las cuatro de la tarde, un proyector de cine, alimentado por éter inflamable, desató un incendio que devoró el lugar en minutos.

    Vi a la duquesa de Alençon, serena en medio del caos, empujando a las mujeres hacia las salidas mientras el humo la envolvía”, relató un superviviente, el barón de Mackau, en una crónica publicada en el periódico Le Figaro el 5 de mayo de 1897. Sofía, fiel a su carácter, se negó a huir de inmediato, ayudando a otros a escapar. “No me iré hasta que todos estén a salvo”, se le oyó decir, según el testimonio de una monja presente en el bazar (recogido en Simply Munich, 2024). Las llamas, sin embargo, no dieron tregua. Sofía, de 50 años, murió asfixiada y quemada, junto a más de 120 personas, en su mayoría mujeres. Su cuerpo, irreconocible, fue identificado por un anillo y restos de su vestido, un detalle que partió el corazón de quienes la conocían.

    La muerte de Sophie devastó a su familia, especialmente a Sissi, que ya cargaba con el peso de otras tragedias, como la muerte de su hija en 1857 y el suicidio de su hijo Rodolfo en 1889. “Perder a Sophie fue como perder una parte de mi alma; ella era mi refugio”, escribió Sissi en una carta privada a su hija Valeria (citada en History Extra, 2022). La emperatriz, sumida en un luto perpetuo, se alejó aún más de la corte vienesa, consumida por el dolor.

    El incendio del Bazar de la Charité no solo segó la vida de Sophie, sino que también marcó un punto de inflexión en la historia de la seguridad pública. “La tragedia expuso la fragilidad de las normas de seguridad de la época y obligó a Francia a reformar sus regulaciones”, señaló la historiadora Nancy Mitford en The Pursuit of Love (1945, citado en History.com, 2018). Sophie, con su sacrificio, se convirtió en un símbolo de abnegación. “Su muerte no fue en vano; su valentía inspiró cambios que salvaron vidas en el futuro”, escribió el historiador Jean des Cars en Sissi, Empress of Austria (2000).

    Sofía de Baviera no tuvo el brillo de Sissi, pero su vida fue un testimonio de bondad y coraje. Mientras su hermana se convirtió en un mito, Sophie permaneció como una figura más humana, definida por su amor a la familia, su dedicación a los demás y su trágico final. “Sofía no buscaba ser recordada, pero su sacrificio la hizo inolvidable”, afirmó el historiador Greg King en The Assassination of the Archduke (2013). En los anales de la realeza, su nombre brilla como un recordatorio de que incluso en las sombras de los grandes, hay historias de heroísmo que merecen ser contadas.

  • La casa real de Baviera podría recibir un heredero: el príncipe Luis y su esposa esperan su primer hijo

    El príncipe Luis de Baviera y su esposa canadiense Sophie-Alexandra Evekink, que se casaron en Múnich en mayo de 2023, anunciaron que están esperando a su primer hijo. 

    La princesa Sophie, de 34 años, confirmó la noticia durante una conferencia en Landsberg am Lech, una noticia que despertó el interés porque, de ser niño, el bebé se convertirá en el heredero de la Casa de Wittlesbach. 

    El príncipe Luis y la princes Sophie, los herederos de la Casa de Wittlesbach

    El príncipe Luis, de 41 años, y Sophie, se casaron en la iglesia de St Kajetan en Munich, donde cientos de personas se alinearon en las calles para ver a la novia. 

    La princesa Sophie, nacida en Singapur en una familia holando-canadiense, tiene una licenciatura en Política y Estudios de Europa del Este de la University College London (UCL) y una Maestría en Ciencias de la Universidad de Oxford. 

    Sophie, que trabajó durante siete años en Nueva York, en las Naciones Unidas, desempeñando diversos cargos, realiza actualmente un doctorado en la Universidad de Oxford, que se centra en la justicia para las víctimas de violencia sexual relacionada con conflictos.

    El príncipe Luis, de 41 años, es el hijo mayor del príncipe Luitpold y de Beatrix Wiegand, y tataranieto del último rey Luis III de Baviera, que perdió el trono tras la derrota alemana en 1918.

    El actual jefe de la Casa Real de Baviera, el duque Franz, se declaró públicamente como homosexual y vive en pareja con un abogado desde hace décadas.

    Como no tuvo hijos, el testigo pasará después a su primo, el príncipe Luitpold, de 72 años, y posteriormente a su sobrino Luis, que tiene otros cinco hermanos.

    El príncipe Luis pasó gran parte de su infancia en el Castillo de Kaltenberg y asistió al colegio Rhabanus-Maurus-Gymnasium St.Ottilien en Eresing.

    Cuando tenía 18 años, fundó su propia empresa de TI antes de estudiar Derecho en Göttingen, donde se centró en los derechos humanos, y desde 2011, también mostró un gran interés por África Oriental y concretamente por Kenia

    En 2015, fundó Startup Lions, que se describe en línea como un “programa de empoderamiento digital que brinda oportunidades para aprender, ganar dinero e innovar a los adultos jóvenes en las zonas rurales de Kenia”.

    Monarquias.com

  • “Atrevida, curiosa, talentosa”: Alberto de Bélgica recordó a su abuela Isabel de Baviera

    En entrevista con Paris Match, el exmonarca belga rememoró la figura de la denominada “reina roja”, una mujer apasionada por la música, las ciencias, las artes, los deportes, la vida sana y el comunismo.

    La reina Isabel de Bélgica (1876-1965), personaje singular en la genealogía real belga, se ganó el respeto público por haber servido valientemente en la Primera Guerra Mundial, pero levantó cejas el resto de su vida al llevar una vida bohemia, rodeada de artistas, llamada por la música y un reprobable interés por el comunismo.

    Habiendo perdido a su madre cuando tenía unos pocos meses de vida, el exrey Alberto II de Bélgica fue tomado bajo la protección de su abuela, a la que ahora recuerda como “atrevida”, “intrépida”, “curiosa” y “talentosa”. Isabel “era una gran amante de la música, que practicaba con talento”, recordó el ex monarca de Bélgica en una entrevista con la revista francesa Paris Match en la que rememoró la figura de su abuela.

    Ella quería absolutamente que yo supiera tocar el violín, como ella. La elección no pudo haber sido muy feliz, porque, cuando saqué el instrumento de su estuche frente a mis padres o mis hermanos y hermanas, ¡todos huyeron!”

    Alberto II, ahora de 86 años, dijo que su abuela estaba “decididamente orientada hacia el futuro, era bastante poco convencional y no le gustaba volver al pasado”.

    “Nunca habló de sus hazañas, ni siquiera de sus actos de valentía o heroísmo durante la Gran Guerra. Y tuvimos muchos problemas para hacerle contar las cosas extraordinarias que había vivido. Como aquellos viajes a Egipto, India, Estados Unidos, África, Oriente, donde había presenciado el fin de un mundo fascinante”.

    “Creo que heredé de ella el gusto por la fotografía. Era una excelente fotógrafa y usaba un Rolleiflex. Tan pronto como tuve los medios, me compré uno, para hacer como ella”

    Curiosa por todo, por todos, constantemente tenía mil ideas, mil proyectos. Siempre encontró interés en escuchar a los demás, especialmente a artistas y científicos”, dijo el rey. Recordó a su abuela como una dama “cariñosa” a la que “le encantaba bromear”. “Algunos inviernos, cuando el parque estaba cubierto de nieve, esquiamos cuesta abajo desde el castillo hasta los estanques”, recordó.

    Definiéndola como una mujer “atrevida y atlética”, Alberto II recordó que su abuela fue una “gran jinete que ostentaba el récord de saltar más de 2 metros en una amazona”. “Fue bastante notable. En ese momento, cuando no se practicaba deporte, también hacía gimnasia, yoga, senderismo, montañismo e incluso golf. Fue ella quien animó a la familia a jugarlo. ¡Ella fue una pionera!”, agregó.

    Nacida en la dinastía real de los Wittlesbach del Reino de Baviera, teniendo como tía a la emperatriz ‘Sissi’ de Austria, Isabel hablaba poco alemán y casi nunca hablaba de sus recuerdos en su país natal.

    Nunca hablaba alemán, excepto cuando buscaba una palabra, a menudo el título de una pieza musical”, dijo Alberto II. “En el desayuno, que me invitaba regularmente a compartir con ella, tomaba pumpernickel, este pan negro alemán”.

    “Mi abuela hacía gimnasia, yoga, senderismo, montañismo e incluso golf. Fue ella quien animó a la familia a jugarlo. ¡Ella fue una pionera!”

    “Hija de un médico, conocía muy bien las normas de higiene. Ella dijo que no deberíamos contraer gérmenes, se aseguró de que siempre estuviéramos bien cuidados. Nos habló de personalidades notables que conocía bien, como Albert Schweitzer o Albert Einstein, dos hombres que la admiraban enormemente”, recordó el exmonarca, cuya nieta mayor se llama Isabel en homenaje a la reina.

    Alberto II contó al periodista Stéphane Bern que su abuela fue “ciada en la naturaleza” y “una apasionada de las aves”: “Todo le interesaba, especialmente los descubrimientos médicos. Siempre estuvo rodeada de médicos, investigadores. Había por ejemplo un médico belga, Pierre Nolf, a quien le había ofrecido un lugar para realizar experimentos químicos, para encontrar nuevos medicamentos. Él fue quien convenció a mis abuelos de que renunciaran a la carne. Ser vegetariano aún no era común”.

    Para Alberto II, la vida intelectual de su abuela era una forma de olvidar las amarguras del pasado. “Sin duda gracias a esto superó el terrible duelo que la golpeó por la muerte de mi abuelo, en 1934. Durante mucho tiempo se aisló en una habitación oscura, negándose a ver a nadie”, recordó. “Luego tuve la suerte de nacer, en junio de 1934. Me pusieron el nombre de pila Alberto, y eso le dio la alegría de vivir, el deseo de empezar de nuevo”, agregó.

    “Hija de un médico, conocía muy bien las normas de higiene. Ella dijo que no deberíamos contraer gérmenes, se aseguró de que siempre estuviéramos bien cuidados”.

    Al final de la entrevista, el exrey belga recordó el interés que la reina Isabel sintió por el comunismo, lo que le valió el apodo de “reina roja”. “Al querer hacer el vínculo entre Oriente y Occidente en medio de la Guerra Fría, incluso mostró originalidad en la política. Ella cruzaba rutinariamente el Telón de Acero hacia Polonia o Moscú, donde conocía a todos los líderes, lo cual era asombroso”, dijo el rey.

    El monarca relató: “Un día, cuando China estaba siendo condenada al ostracismo, decidió ir allí para conocer a Mao Tse Tung y su equipo. El gobierno belga estaba consternado. El ministro de Asuntos Exteriores, Paul-Henri Spaak, incluso había ido a buscarla para explicarle que este viaje era absolutamente imposible. Ella lo escuchó con atención durante más de una hora, luego, al dejarlo, le dijo:Ministro, tuve un gran placer en hablar con usted, pero iré a China de todos modos’.