Tancrède Florestan Roger Louis Grimaldi, conocido como Florestan I, príncipe de Mónaco, nació el 10 de octubre de 1785 en París, Francia, y reinó desde el 2 de octubre de 1841 hasta su muerte el 20 de junio de 1856. Segundo hijo del príncipe Honoré IV y Louise d’Aumont Mazarin, Florestan no estaba preparado para gobernar, y su vida estuvo marcada por su pasión por las artes escénicas y la influencia predominante de su esposa, Maria Caroline Gibert de Lametz, quien asumió el control de los asuntos de Estado. Su reinado, según el historiador británico H. Pemberton, citado por Neil Balfour en Royal Exiles (2018), estuvo definido por su falta de aptitud para el liderazgo y las reformas lideradas por su esposa en un contexto de dificultades económicas y políticas.
Infancia en la corte francesa y tempranas aspiraciones artísticas
Florestan creció en París bajo la tutela de su madre, Louise, en un ambiente de aristocracia francesa. Desde joven mostró una inclinación por la literatura y el teatro, según detalla Robert Prentice en Monaco: A History (2020). A los once años ingresó en la Escuela de Fontainebleau, pero abandonó pronto los estudios formales. En su juventud, se unió al ejército francés, donde enfrentó dificultades y apenas alcanzó el rango de cabo. Durante la invasión napoleónica de Rusia en 1812, fue capturado y no regresó a Francia hasta 1814. Su verdadera pasión, sin embargo, era el teatro. Antes de ascender al trono, actuó en el Théâtre de l’Ambigu-Comique, una experiencia que, según Balfour, lo marcó profundamente, alimentando su deseo de dedicarse a las artes escénicas en lugar de a la política.
En 1816, a los 29 años, Florestan contrajo matrimonio con Maria Caroline Gibert de Lametz, una actriz francesa nacida el 18 de julio de 1793, hija de un abogado y una noble de origen modesto. Según Gustave Saige, citado en Histoire de Monaco (1897), la unión fue desaprobada por la familia Grimaldi debido al origen no aristocrático de Carolina, lo que obligó a la pareja a casarse discretamente en Commercy. Tuvieron dos hijos: el futuro príncipe Carlos III (nacido en 1818) y Florestine (nacida en 1833). Carolina, descrita por Saige como una mujer de gran inteligencia y habilidades sociales, manejó con destreza las finanzas familiares, especialmente tras heredar Florestan una fortuna de su madre en 1826.
Florestán I, príncipe de Mónaco contra su voluntad
La muerte de su hermano mayor, Honoré V, en 1841, llevó a Florestan al trono de Mónaco, un principado que no había visitado nunca. Según Prentice, Florestan, de 56 años, era un “hombre completamente inadecuado para la tarea” que enfrentaba. Mónaco, tras el Congreso de Viena de 1815, había pasado de ser un protectorado francés a uno del Reino de Cerdeña, lo que generó tensiones económicas y políticas. La población de Mónaco, especialmente en Menton y Roquebrune, anhelaba mayor autonomía, y Florestan, carente de experiencia política, delegó el poder en su esposa.
Carolina asumió un rol de facto como regente, según señala Balfour. Su inteligencia y habilidades sociales le permitieron implementar reformas fiscales para aliviar la crisis económica derivada del cambio de protectorado. Saige destaca que Carolina reorganizó las finanzas del principado, que habían sido manejadas de forma autocrática por Honorato V. Entre sus medidas, introdujo reformas tributarias que, por un tiempo, estabilizaron la economía monegasca, rodeada por el condado de Niza controlado por Cerdeña. Sin embargo, su intervención activa en la política generó críticas. Su hijo Carlos, molesto por la influencia de su madre, escribió una carta en 1842 reprochándole su control, según relata Prentice. Carolina respondió con firmeza, defendiendo su papel como necesario para el bienestar del principado y la familia.
Florestan y Carolina intentaron responder a las demandas de mayor democracia en Mónaco. Según Saige, ofrecieron dos propuestas de constitución a la población, pero ambas fueron rechazadas, especialmente por los habitantes de Menton, quienes preferían la constitución liberal ofrecida por el rey Carlos Alberto de Cerdeña. Estas iniciativas, aunque bien intencionadas, no lograron apaciguar el descontento. La Revolución Francesa de 1848 exacerbó la situación: Menton y Roquebrune se rebelaron, declarando su independencia. El Reino de Cerdeña ocupó Menton, y Florestan fue destronado, arrestado y encarcelado brevemente.
En 1849, Florestan fue restaurado en el trono, pero los territorios Menton y Roquebrune quedaron bajo control sardo, lo que redujo increíblemente el tamaño del principado. En 1861, durante el reinado de Carlos III, Mónaco cedió oficialmente estas ciudades a Francia a cambio de 4 millones de francos, perdiendo cerca del 80% de su territorio, según Balfour. Florestan, consciente de su incapacidad para revertir la situación, transfirió el poder a su hijo antes de su muerte, una decisión que, según Saige, fue tardía y no evitó la fragmentación del principado.
Retirado del poder, Florestan vivió sus últimos años entre París y Mónaco, manteniendo un perfil bajo. Falleció el 20 de junio de 1856 en París, a los 70 años. La princesa Carolina continuó desempeñando un papel activo durante el reinado de su hijo, especialmente tras la ceguera progresiva de Carlos III. Cuando murió en 1879, dejó tras de sí una reputación como la verdadera fuerza detrás del trono de Florestan que todavía perdura.
(Artículo original de Monarquias.com)
























