En el Palacio Real de Madrid, el 23 de junio de 1862, nació María de la Paz de Borbón y Borbón, una infanta de España cuya vida estaría marcada por el exilio, el amor y un compromiso inquebrantable con la paz y la cultura. Hija de la reina Isabel II y, según rumores, del político Miguel Tenorio de Castilla, Paz creció en un mundo de intrigas palaciegas y convulsiones políticas. Su historia, tejida con hilos de resiliencia y creatividad, se narra a través de sus propias memorias y crónicas de la época, como las publicadas en ABC y Hola.
Apenas un día después de su nacimiento, Paz fue bautizada con urgencia por el arzobispo de Toledo, un reflejo de la fragilidad de la vida en la realeza del siglo XIX, donde varios de sus hermanos no sobrevivieron la infancia. A los seis años, la Revolución Gloriosa de 1868 destronó a su madre, forzando a la familia a huir a Francia. En su diario, Paz recordaría aquellos días en San Sebastián: “Nos llevaron al exilio con prisas, cruzando la frontera como si fuéramos sombras“. En París, se educó en el colegio del Sagrado Corazón, donde desarrolló su amor por la pintura, la música y la literatura, intereses que la acompañarían toda su vida.
Paz de Borbón: “He visto caer imperios y nacer esperanzas, pero siempre creí en la bondad humana”
La infanta Paz de Borbón, nacida en 1862, hija de Isabel II, vivió dedicada a la familia, el arte y la caridad, destacándose por su sensibilidad y compromiso social.
De regreso a España tras la restauración de su hermano Alfonso XII en 1876, Paz enfrentó la pérdida de su hermana Pilar en 1879, un golpe que marcó su juventud. “Pilar era mi confidente, mi refugio”, escribió en De mi vida. Impresiones (1909). Decidida a no aceptar un matrimonio de conveniencia, como el de su hermana Isabel, Paz encontró en su primo Luis Fernando de Baviera un alma gemela. En 1883, se casaron en Madrid, un matrimonio por amor, algo raro en su círculo. “Prometí hacer feliz a mi esposo, y él a mí, sin importar los títulos“, anotó Paz en sus memorias.
La pareja se instaló en el palacio de Nymphenburg, en Múnich, donde Paz se convirtió en princesa de Baviera. Allí, su vida se llenó de proyectos culturales y caritativos. Fundó el Pedagogium, una escuela para niños españoles desfavorecidos, y promovió a artistas como Richard Strauss, quien le dedicó su poema sinfónico Don Quijote de la Mancha. Su pasión por la escritura la llevó a publicar en el diario madrileño ABC desde 1914, con artículos como De mi vida. Impresiones, y libros como Roma Eterna (1922) y Cuatro revoluciones e intermedios (1935). En este último, reflexionó: “He visto caer imperios y nacer esperanzas, pero siempre creí en la bondad humana”.
Casada con Luis Fernando de Baviera, Paz de Borbón residió en Múnich, donde fomentó la cultura, apoyó obras benéficas y mantuvo fuertes lazos con España hasta su muerte en 1946.
Paz de Borbón: “La verdadera nobleza está en el corazón, no en la corona”
Paz no solo fue una escritora prolífica, sino también una ferviente pacifista. Junto a su hija Pilar, participó en congresos internacionales por la paz, como los de París (1921) y Londres (1924). Konstanze Hallgarten, en sus memorias de 1954, la describió como “una princesa de pura sangre española, pero con un corazón universal, una auténtica pacifista“. Su activismo la puso en la mira de la Gestapo durante el auge del nazismo, que restringió su correspondencia con España, salvo con su sobrino Alfonso XIII. En 1945, tras la ocupación de Múnich por los estadounidenses, Paz enfrentó un robo a mano armada en su hogar. Con calma, relató su nieto Constantino: “Entregó sus joyas y dijo en inglés: ‘Qué curioso, siempre creí que las de mi madre eran auténticas’“.
A pesar de las turbulencias, Paz mantuvo su serenidad. Coleccionista de monedas antiguas y aficionada a la arqueología, dejó un álbum de dibujos en la Biblioteca Nacional de España. Su vida terminó trágicamente en 1946, tras una caída en las escaleras de Nymphenburg. Murió a los 84 años, rodeada del cariño de los republicanos exiliados en Múnich, quienes llevaron su féretro a hombros, desafiando a las autoridades. La infanta hoy es recordada como puente entre España y Baviera, una defensora de la paz y una narradora de su tiempo. Su legado, como escribió en Cuatro revoluciones, es un testimonio de que “la verdadera nobleza está en el corazón, no en la corona”.
Como autora de memorias y poesías, Paz de Borbón reflejó su vida cortesana y exilio, dejando un legado de fortaleza, devoción familiar y amor por la literatura española.
El 3 de agosto de 2020, Juan Carlos I, rey emérito de España, abandonó su país en medio de un torbellino de controversias financieras y escándalos personales, iniciando un exilio que lo llevó a Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos (EAU).
Su marcha, descrita como una decisión “meditada” en una carta dirigida a su hijo, el rey Felipe VI, buscaba “facilitar el ejercicio” de las funciones del monarca reinante frente a las investigaciones judiciales que amenazaban la imagen de la Corona.
Cinco años después, el exilio de Juan Carlos de Borbón, de 87 años, se ha transformado en un capítulo definitorio de su vida, marcado por un lujo discreto, añoranza por España y visitas esporádicas al país que lo vio reinar durante casi cuatro décadas.
Juan Carlos I en Abu Dhabi: una salida bajo presión
La partida de Juan Carlos I a Abu Dhabi no fue un capricho, sino una respuesta a una crisis que amenazaba con desestabilizar la monarquía española. En los años previos a 2020, su imagen se deterioró por escándalos como el caso Nóos, que implicó a su hija, la infanta Cristina, y su yerno, Iñaki Urdangarín, y el viaje de caza a Botsuana en 2012, donde se disculpó públicamente con un “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Sin embargo, las investigaciones fiscales fueron el detonante final.
La Fiscalía del Tribunal Supremo investigaba el supuesto cobro de una comisión de 65 millones de euros por la construcción del AVE a La Meca, así como el uso de tarjetas de crédito opacas y una cuenta en Jersey con 10 millones de euros. Estas acusaciones, sumadas a la presión del Gobierno de Pedro Sánchez y la necesidad de proteger la Corona, llevaron a su salida, que el diario El País (2020) describió como una operación marcada por el secretismo, con especulaciones iniciales sobre destinos como República Dominicana o Portugal antes de confirmarse su llegada a los EAU.
En Abu Dhabi, Juan Carlos fue recibido como huésped de honor por Mohammed bin Zayed al Nahyan, gobernante del emirato. Inicialmente se instaló en el lujoso Emirates Palace, pero en 2021 se trasladó a una mansión en la isla de Zaya Nurai como un enclave de 43 hectáreas con playa privada, sauna, sala de cine y piscina climatizada. Esta “exilio dorado” le proporcionó privacidad, pero también aislamiento, con una rutina que, según La Razón, incluía leer prensa española, conversar con abogados y añorar la comida y la vida social de España.
Los viajes a España: regatas, familia y controversias
Juan Carlos de Borbón en 2022, en uno de sus doce viajes de regreso a España desde que se mudó a Abu Dhabi.
Desde su partida, Juan Carlos de Borbón ha regresado a España en 12 ocasiones, principalmente para participar en regatas en Sanxenxo (Galicia) y cumplir con citas médicas en Vitoria. Su primera visita, en mayo de 2022, fue un evento mediático de gran magnitud. El ex rey aterrizó en Vigo en un avión privado desde Abu Dhabi, pasó cuatro días en Sanxenxo navegando en el Bribón y luego visitó el Palacio de la Zarzuela durante 11 horas para reunirse con Felipe VI y la reina Sofía, a quienes no veía desde 2020.
La expectación fue enorme, pero su negativa a ofrecer explicaciones públicas, limitándose a un “¿Explicaciones de qué?” ante los periodistas, generó críticas.
Sus visitas posteriores se normalizaron, aunque no exentas de controversia. En abril de 2023, regresó a Sanxenxo para otra regata, y en junio de ese año viajó a Ginebra para la graduación de su nieta Irene, acompañado por Sofía y sus hijas. También asistió a eventos familiares en Madrid, como la mayoría de edad de la princesa Leonor, y a un funeral en septiembre de 2024.
Sus desplazamientos a Sanxenxo, donde se hospeda en la casa de su amigo Pedro Campos, presidente del Club Náutico, se han convertido en una rutina, con el Bribón como protagonista. Sin embargo, el Gobierno de Sánchez mantuvo presión para que estas visitas sean discretas, y Felipe VI ha preferido que su padre no resida permanentemente en España para evitar tensiones institucionales.
En 2023, Juan Carlos también viajó a Londres para un partido del Real Madrid y a la isla de Wight para el campeonato mundial de vela,, mostrando su interés por mantener su pasión por la náutica. Sus viajes a España, aunque frecuentes, no han incluido un retorno definitivo. Según la prensa española, la casa real le cerró las puertas de La Zarzuela como residencia permanente, lo que lo ha llevado a buscar alternativas más cercanas, como Ginebra, donde alquiló temporalmente un apartamento en 2024 para facilitar visitas de amigos y familiares.
El traslado del rey Juan Carlos a Portugal y un futuro incierto
El 9 de junio de 2025, se anunció que Juan Carlos I decidió abandonar Abu Dhabi para establecerse en Portugal, específicamente en Cascais o Estoril, zonas que evocan el exilio de su padre, Juan de Borbón, entre 1946 y 1982. Esta decisión, según El Confidencial Digital, responde a su deseo de estar más cerca de España, facilitar viajes a Sanxenxo y citas médicas en Vitoria, y mitigar la soledad y las limitaciones físicas que enfrenta a sus 88 años. Fuentes cercanas al monarca, citadas por el mismo medio, indican que su salud se ha deteriorado, con una pierna izquierda prácticamente inmóvil, y que teme terminar en silla de ruedas, una imagen que asocia con su madre. Ha explorado tratamientos como fisioterapia robótica, pero su edad limita las opciones.
El traslado a Portugal no está exento de controversias. Se informó que Felipe VI impuso condiciones, como la retirada de una demanda contra Miguel Ángel Revilla, para no oponerse al cambio. Además, al establecerse en un país de la Unión Europea, Juan Carlos podría enfrentar un mayor escrutinio fiscal sobre su fortuna, un tema que sigue generando debate. El exmonarca está trabajando en sus memorias, tituladas Réconciliation, que abordarán su papel en la Transición democrática y los errores de su reinado.
Un exilio que redefine un legado
Los cinco años de exilio de Juan Carlos I fueron un ejercicio de equilibrio entre la preservación de su legado y la gestión de su controvertida salida.
Su decisión de partir en 2020 fue un intento de proteger la Corona, pero también una respuesta a las presiones del Gobierno y la opinión pública.
Sus visitas a España, aunque marcadas por su pasión por la vela y el reencuentro familiar, han reavivado el debate sobre su papel en la historia.
A sus 88 años, Juan Carlos es visto por algunos como el arquitecto de la democracia española, clave en el 23-F, pero para otros, su figura está manchada por escándalos financieros y personales.
En el tranquilo castillo de Fischbach, rodeado de los verdes bosques de Luxemburgo, Félix de Borbón-Parma cerró los ojos por última vez el 8 de abril de 1970. Había vivido una vida marcada por el deber y un amor profundo por su esposa, la gran duquesa Carlota, y por el pequeño gran ducado que lo acogió como su primer príncipe consorte. Aunque su nombre no resonó con la misma fuerza que el de consortes reales europeos de su tiempo, como el duque de Edimburgo o Enrique de Dinamarca, la vida de este príncipe nacido en el exilio encontró su lugar en la historia de un país que lo abrazó como propio.
Félix de Borbón-Parma, una infancia en el exilio
Félix Marie Vincent nació el 28 de septiembre de 1893 en Schwarzau am Steinfeld, un rincón austrohúngaro donde su familia, los Borbón-Parma, vivía en el exilio. Su padre, Roberto I, el último duque reinante de Parma, había perdido su ducado en 1860, y su madre, María Antonia de Braganza, infanta de Portugal, trajo consigo una herencia real portuguesa. Félix fue el sexto de los doce hijos de esta unión, y uno de los 24 que Roberto tuvo en total, incluyendo los doce de su primer matrimonio con María Pía de las Dos Sicilias. Según el sitio oficial de la Corte Gran Ducal de Luxemburgo, la familia vivía entre propiedades en Austria, Francia e Italia, criando a sus hijos en un ambiente cosmopolita donde se hablaba italiano, francés, portugués, inglés, alemán y español.
La infancia de Félix estuvo marcada por una educación rigurosa y multilingüe. A los diez años, fue enviado al colegio jesuita Stella Matutina en Feldkirch, Austria, y continuó sus estudios en Brixen y Viena, culminando con su certificado de Matura en Mödling, Baja Austria, en 1913. Tras la muerte de su padre en 1907, Félix creció bajo la influencia de su madre y sus numerosos hermanos, entre ellos Zita, quien más tarde se convertiría en la última emperatriz de Austria. Esta conexión con la realeza europea lo situó en el centro de un complejo entramado dinástico, aunque su familia carecía de un trono propio.
Juventud en tiempos de guerra y un matrimonio muy conveniente
Félix de Luxemburgo (Foto: Corte Gran Ducal)
La juventud de Félix coincidió con la agitación de la Primera Guerra Mundial. Mientras sus hermanos se dividían entre los ejércitos austrohúngaro y belga, Félix sirvió como teniente en el ejército austrohúngaro. Sin embargo, su lealtad a Luxemburgo, el país de su futura esposa, ya estaba en su horizonte. Su relación con Carlota, su prima hermana e hija de la gran duquesa María Ana, comenzó a fraguarse en 1911, durante la boda de su hermana Zita con el archiduque Carlos de Austria. Aunque las tensiones políticas de la guerra complicaron su compromiso —Luxemburgo estaba resentido por las simpatías proalemanas de la hermana de Carlota, María Adelaida—, Félix y Carlota se mantuvieron firmes. Su negativa a combatir contra las tropas francesas ayudó a mitigar las críticas hacia su matrimonio, que algunos veían con recelo por sus lazos con las potencias del Eje.
El 6 de noviembre de 1919, Félix y Carlota se casaron en Luxemburgo, un día después de que él fuera naturalizado luxemburgués y recibiera el título de príncipe de Luxemburgo por decreto gran ducal. La boda tuvo lugar en la catedral de Notre-Dame, oficiada por el nuncio papal Sebastiano Nicotra, con los hermanos de Félix, Sixto y Xavier, como testigos. Aunque la recepción en el Palacio Gran Ducal fue cálida, con la pareja saludando desde el balcón a una multitud de simpatizantes, el ambiente estaba cargado por los recuerdos de la ocupación alemana. Sin embargo, el matrimonio no solo fue un asunto de Estado, sino también de amor, que destacan la cercanía entre Félix y Carlota, consolidada tras años de conocerse como primos y aliados.
Un príncipe consorte leal y activo, pero discreto
Félix de Luxemburgo (Foto: Corte Gran Ducal)
Como príncipe consorte, Félix se convirtió en un pilar de apoyo para Carlota durante su reinado, que abarcó desde 1919 hasta su abdicación en 1964. Su papel no se limitó a ser la sombra de la gran duquesa; Félix asumió responsabilidades significativas. Fue presidente de la Cruz Roja de Luxemburgo entre 1923 y 1932, y nuevamente de 1947 a 1969, demostrando un compromiso constante con el bienestar de su país adoptivo. También sirvió como coronel de la Compañía de Voluntarios de Luxemburgo desde 1920 y como inspector general del ejército luxemburgués entre 1945 y 1967.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Félix demostró su valentía y dedicación. Cuando la familia gran ducal huyó de Luxemburgo ante la invasión nazi en mayo de 1940, Félix acompañó a Carlota y sus seis hijos —Juan, Isabel, María Adelaida, María Gabriela, Carlos y Alix— a través de Francia, España y Portugal, hasta refugiarse en Canadá y luego en Londres. En 1942, se unió al ejército británico como voluntario, sirviendo en el Comando Norte, y en 1944 lideró la misión militar luxemburguesa en el Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas. Su participación en la liberación de Luxemburgo el 10 de septiembre de 1944 y su apoyo durante la Batalla de las Ardenas lo convirtieron en un símbolo de resistencia, según el sitio oficial de la monarquía luxemburguesa.
Félix de Luxemburgo (Foto: Corte Gran Ducal)
Félix y Carlota tuvieron seis hijos, incluyendo a Juan (1921-2019), quien sucedería a su madre como gran duque en 1964. La familia, descrita por la Corte Gran Ducal como unida y comprometida, se instaló en el castillo de Fischbach tras la abdicación de Carlota. En 1969, la pareja celebró sus bodas de oro, un evento que, según la monarquía, movilizó a todo Luxemburgo en un homenaje a dos figuras emblemáticas. Félix, siempre discreto, fue recordado como un servidor fiel del país y de la dinastía.
Tras su muerte en 1970, Félix fue sepultado en la cripta real de la catedral de Notre-Dame. Su vida, marcada por el exilio, la guerra y el deber, refleja la de un hombre que, sin buscar el protagonismo, dejó una huella imborrable en Luxemburgo. Félix no solo fue el primer consorte masculino del Gran Ducado, sino también el más longevo, sirviendo durante 45 años junto a Carlota.
Los reyes de España, Felipe VI y Letizia, planifican para el próximo abril una visita de Estado a Países Bajos por invitación por el rey Guillermo-Alejandro y la reina Máxima, en lo que constituirá su primer viaje de este tipo al país desde el inicio de su reinado, hace casi 10 años.
El viaje del rey Felipe VI y la reina Letizia, planeado para los días 17 y 18 de abril, será la segunda ocasión que los reyes visitan Holanda, país al que realizaron su primera visita oficial a una monarquía europea en octubre de 2014, cuatro meses después de la proclamación del rey.
El gobierno español informó que los monarcas viajarán a los Países Bajos acompañados por el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. Se trata del 14° viaje de Estado que protagoniza Felipe de Borbón desde el inicio de su reinado.
Cómo será la visita de Estado de Felipe VI y Letizia a Países Bajos
Según el protocolo real, los monarcas españoles serán recibidos en la Plaza del Dam, ubicada frente al Palacio Real de Ámsterdam, por los reyes Guillermo Alejandro y Máxima, con quienes comparten generación y mantienen una relación de amistad.
El viaje de Estado de los reyes españoles implicará además la visita a los poderes del Estado neerlandés y un banquete estatal tradicionalmente ofrecido por el rey Guillermo Alejandro en el Palacio Real, en el que se espera que las mujeres luzcan las tiaras familiares.
En su primer viaje a Países Bajos en 2014, de una sola jornada de duración, el rey Felipe VI visitó el Palacio Noordeinde, donde celebró una reunión con los reyes de Holanda; después, visitó la sede del Senado, donde mantuvo una reunión con los presidentes de las dos cámaras, y por la tarde, se reunió con el primer ministro.
La última visita de Estado española a Países Bajos fue protagonizada por el rey Juan Carlos I y la reina Sofía en 2001, cuando fueron recibidos en La Haya por la reina Beatriz (quien abdicó al trono en 2013) y el entonces príncipe heredero, el príncipe Guillermo Alejandro de Orange, con su prometida, Máxima Zorreguieta.
El 6 de febrero de 1929 crespones negros vistieron el Palacio real de Madrid tras la muerte de la reina madre María Cristina de España. Dos días después, un masivo y pomposo cortejo fúnebre llevó sus restos al Escorial para ser sepultados en el Panteón de Reyes.
Madre del rey Alfonso XIII y viuda de Alfonso XII, la ex regente María Cristina de Habsburgo había pasado los últimos años de su vida casi aislada y su vida oficial estaba reducida a los actos puramente simbólicos. El protocolo cortesano ignoraba la figura de una reina viuda, y el papel de primera dama era entonces ejercido por su nuera, la reina Victoria Eugenia.
Viuda del rey Alfonso XII, María Cristina gobernó como Regente entre 1885 y 1902.
El funeral de la reina María Cristina: de la capilla ardiente en el Palacio de Madrid al entierro en El Escorial
Instalada en el palacio madrileño, en sus habitaciones daba algunas veces ofrecía pequeñas veladas con personas dela nobleza y recibía visitas de sus nietos. Sus mayores preocupaciones eran cuidar de las obras de beneficencia que había ayudado a fundar, reuniéndose con mujeres beneficiadas y distribuyendo personalmente la comida a los pobres. La última vez que se vio con vida a la reina, a la que los españoles apodaron “Doña Virtudes”, había sido el 23 de enero, con motivo de una recepción por el santo de Alfonso XIII.
Las pompas fúnebres del 8 de febrero tuvieron lugar en un Madrid frío, sombrío y silencioso, dominado por una multitud que se arremolinó en torno al Palacio. El día anterior, más de 30.000 españoles visitaron la capilla ardiente. A las seis de la mañana del 8 comenzaron las misas en la capilla, donde el féretro había sido colocado dentro de un arcón durante la noche con la sola presencia del rey Alfonso.
María Cristina fue la madre de la princesa Mercedes, la infanta María Teresa y el rey Alfonso XIII.
Durante toda la madrugada, el rey y los más altos funcionarios velaron el cadáver, ubicado en un ataúd forrado exteriormente con raso amarillo. Al amanecer, una enorme masa de funcionarios de la corte, generales del ejército, altos miembros del gobierno, diplomáticos, obispos, arzobispos, grandes de España, duques y duquesas, condes y condesas, marqueses y marqueses llenaron la capilla y otras salas del palacio para participar de una serie de misas.
Terminada se separaron los candelabros de Carlos III que rodeaban el catafalco y una comisión de grandes de España formada por los duques de Arión, de Lesera, de Unión de Cuba, de Aliaga, de Villahermosa y de Victoria y el conde de Heredia Spinola, se acercó al arcón y retiraron de la tarima para sacarlo del templo.
En 1902, María Cristina de Habsburgo dejó la regencia tras la mayoría de edad de su hijo, Alfonso XIII.
El último funeral de una reina en España: un cortejo fúnebre que paralizó Madrid
Un enorme cortejo, encabezado por el duque de Baena y el inspector de los Reales Palacios acompañó a pie el traslado. Detrás, los servidores de Palacio, llevaban la monumental corona de violetas con cintas de los colores nacionales y sin dedicatoria, tributo del rey a su madre. Más atrás, caminaban con paso marcial los servidores de la Corona, los monteros de Espinosa y los altos mandos de la presidencia. En sitio de honor marchaba el duque de Sotomayor, mayordomo mayor de la reina madre, seguido por todas las damas de María Cristina, de riguroso luto.
El instante más imponente del cortejo fue el momento en que el cadáver de la reina madre descendió por la escalera principal del palacio, que sólo es utilizada para las grandes ceremonias de la corte. Allí, los nobles entregaron el féretro a un cuerpo de alabarderos.
Parte de la familia real española junto a la reina María Cristina y los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia.
El enorme cortejo continuó su camino hacia el exterior del palacio para salir a la Plaza de la Armería, donde los regimientos del ejército español esperaban para rendir homenaje a la mujer que fue gobernante de España, en calidad de regente, durante diecisiete años. Las marchas militares se oían al tiempo que tronaban los cañones de honor. En la puerta, el féretro fue colocado en el carruaje fúnebre, que emprendió su viaje arrastrado por ocho caballos y escoltado por los Monteros de Espinosa.
El impresionante cortejo atravesó la Plaza de la Armería para salir al exterior. Alabarderos, palafreneros, nobles, cortesanos, funcionarios, altos mandos de los Ejércitos españoles y religiosos caminaron lentamente dejando atrás a las damas de la reina, que se despidieron a lo lejos.
Maria Christina Désirée Henriette Felicitas Rainiera de Habsburgo-Lorena era bisnieta del emperador Leopoldo II.
A los lados de la plaza, permanecían de pie ministros, alcaldes, gobernadores, representantes de las organizaciones benéficas de doña María Cristina, administraciones locales, de ayuntamientos, de universidades, del Poder Judicial, de las instituciones culturales y de la diplomacia. Los diarios españoles de la época reflejan en sus crónicas representantes de unas doscientas organizaciones y administraciones, además de las decenas de personas de todo rango que caminaban en torno al ataúd real.
El regimiento del Rey se había situado desde las rejas de la Plaza de la Armería hasta dar la vuelta a la esquina de Palacio. Detrás de estas tropas se agolpaban desde muy temprano en la explanada de la Almudena, miles de personas. Los dolientes apostados en la Plaza de Oriente pudieron observar que, tras los cristales de uno de los balcones del Palacio Real el rey Alfonso XIII observaba el paso del cortejo fúnebre, y desde otros sitios la reina Victoria Eugenia y sus hijos, el príncipe Alfonso y los infantes Juan, Jaime, María Cristina, Beatriz y Gonzalo, presenciaban también el desfile. El ruido de las marchas fúnebres militares se unió ya en plena Plaza de la Armería al de dos escuadrillas de aviación que volaban a poca altura sobre el cortejo para honrar a la reina fallecida.
Retirada del poder en 1902, María Cristina dedicó el resto de su vida a la caridad.
El último adiós a la reina María Cristina: sepultura entre los reyes de Habsburgo y Borbón
Un tren especial transportó al féretro de la reina María Cristina, al cuerpo diplomático y al gobierno desde la Estación del Norte, de Madrid, hasta la estación de El Escorial, en cuyo Monasterio de San Lorenzo reposan los restos de todos los reyes y reinas de España desde el siglo XVII. En el centro de la iglesia del Monasterio se había colocado un amplio catafalco con un gran paño de terciopelo bordado en oro y rodeado de grandes candelabros con cirios rojos.
El enorme candelabro de bronce, de varios brazos, llamado “el clavel”, estaba colocado delante del catafalco mientras, sobre un gran almohadón negro había una corona real. En las escalinatas del presbiterio y a los lados se pusieron las cientos de coronas florales que en los días previos habían sido trasladadas desde el palacio de Madrid.
Traslado de los restos de María Cristina de Habsburgo al Monasterio de El Escorial.
Situado a diez metros bajo el altar mayor de la basílica, el Panteón de Reyes es el tercero de los que, sucesivamente, se fueron construyendo en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, un monumento que forma parte de la historia de España. Fue el rey Carlos V el que eligió a la orden de los Jerónimos para que habitara el monasterio, puesto que era la única orden contemplativa de origen español y, dada su excelsa vida de oración, dedicaría su tiempo a orar por los regios difuntos allí enterrados. El rey Felipe II, en cumplimiento de un voto hecho por la victoria obtenida sobre los franceses en San Quintín, el 10 de agosto de 1557 -San Lorenzo- mandó construirlo, aunque nunca vio finalizada la obra.
El tramo entre la estación (tapizada de crespones y lazos negros) y el Monasterio de El Escorial estuvo cubierto por batallones y escuadrones de caballería, además de una batería del regimiento de artillería a caballo encargado de las salvas de honor.
Monasterio de El Escorial, lugar de sepultura de los reyes españoles de las Casas de Austria y Borbón.
En el monasterio, el féretro real fue reicbido por campanadas y cañones, además de una enorme comitiva de más nobles, cortesanos, funcionarios y representantes. El duque de Sotomayor, como mayordomo mayor de la reina fallecida, proclamó a los monteros de Espinosa: “¿Juráis por vuestro honor que el cuerpo que contiene esta caja es el de la Reina doña María Cristina de Habsburgo-Lorena… el mismo que os fue entregado en Palacio para su custodia?”.
Contestaron los monteros juraron que sí al unísono, el duque se dirigió a los padres de la comunidad de Monjes Agustinos del monasterio: “¿Reconocen vuestras paternidades que este cadáver, que conforme al estilo y orden de S. M. que os ha sido comunicada, os vamos a entregar para que lo tengáis en guarda y custodia, es el de doña María Cristiana de Habsburgo-Lorena, etc.?” Los monjes levantaron la tapa del féretro y observaron el cadáver para responder que sí.
Los alabarderos lo trasladaron al altar del templo, donde se pronunció una solemne misa de cuerpo presente. Previo a su enterramiento bajo el altar, el cadáver de la reina fue inhumado en una cámara próxima al panteón conocida como el “pudridero”, donde el prior ordena colocar el féretro sobre una plancha de cal viva, tras haber sido perforado para facilitar la descomposición del cadáver.
La infanta doña Cristina de Borbón, hermana del rey Felipe VI de España, se divorció de su esposo, Iñaki Urdangarin, un exmedallista olímpico de balonmano, después de 26 años de matrimonio
La infanta Cristina, de 58 años, sexta en la línea sucesoria al trono de España y quien reside en Ginebra, estaba separada de Urdangarin desde principios de 2022 y el divorcio fue confirmado este 24 de enero por la revista ¡Hola!
La Casa Real no suele informar sobre las dos hermanas mayores del rey Felipe, las infantas Cristina y Elena, que ya no son consideradas miembros oficiales de la monarquía.
Según la publicación, Urdangarín no recibirá indemnización ni pensión, y que ambos cubrirán en la medida de sus posibilidades los gastos comunes de sus cuatro hijos, todos menores de 25 años.
Además, la propiedad del matrimonio en Bidart (Francia) seguirá siendo propiedad de la infanta doña Cristina -única propietaria- aunque cuando sus hijos viajen a la localidad francesa para estar con su padre también podrá usarla.
De la boda real y los tribunales al divorcio: el tortuoso matrimonio de la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin
La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin
Al ascender al trono en 2014 tras la abdicación de su padre Juan Carlos cercado por los escándalos, Felipe VI prometió restaurar el prestigio de la Corona y entre sus primeras medidas retiró el título de duquesa de Palma a la infanta Cristina, implicada junto a Urdangarín en un vasto caso de malversación de fondos públicos.
Urdangarín, de 54 años, cumple desde 2018 una condena de 5 años y 10 meses de prisión por malversar en beneficio propio millones de euros donados por organismos públicos a una fundación sin ánimo de lucro que él presidía.
La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin
Durante el proceso, la infanta Cristina se convirtió en el primer miembro de la familia real en sentarse en el banquillo de los acusados por presuntos delitos contra la Hacienda pública, aunque fue finalmente absuelta.
Durante todo el proceso, Cristina negó conocer las actividades de su marido. No obstante, el Tribunal Supremo confirmó su responsabilidad civil como beneficiaria de las ganancias obtenidas por su marido, y le impuso una multa de 136.950 euros, una suma que ya había restituido.
La infanta Cristina e Iñaki Urdangarin
En 2021, la justicia española concedió a Urdangarin el permiso para pasar al régimen penitenciario español de grado 3, lo que significa que sólo necesita presentarse en prisión una vez por semana.
Cristina y Urdangarín se casaron en octubre de 1997 en la Catedral de Barcelona, un año después de conocerse en los Juegos Olímpicos de Atlanta, y recibieron del rey Juan Carlos I el título de duques de Palma de Mallorca.
La noticia de la separación, en enero de 2022, llegó después de que el ex empresario fuera fotografiado tomado de la mano de otra mujer, la abogada Ainhoa Armentia, supuestamente una compañera de trabajo en el bufete de abogados Imaz & Asociados.
La pareja ahora divorciada tuvo cuatro hijos: Juan, de 24 años, Pablo (23), Miguel (21) e Irene (18). La infanta Cristina siendo la sexta en la línea de sucesión al trono español detrás de su hermana mayor, la infanta Elena, y sus dos hijos.
El 25 de noviembre de 1885, hace 138 años, la noticia de la muerte del rey de España, Alfonso XII, cayó como un rayo sobre su reino. El joven hombre tenía 27 años y esperaba un tercer hijo con la esperanza de que fuera el heredero del trono. Desde entonces, ningún otro monarca murió en suelo español, ya que su hijo falleció en el exilio en Roma.
Alfonso XIImurió de tuberculosis en el Palacio Real de El Pardo, luego de varios días de una dolorosa agonía, y en compañía de su segunda esposa, la reina María Cristina de Habsburgo, quien estaba embarazada. Sus dos hijas mayores, la infanta María de las Mercedes y la infanta María Teresa, tenían 5 y 3 años de edad respectivamente.
Dos días después, el cuerpo del monarca fue retirado del Pardo para ser conducido con una solemnidad como no se había visto en la corte española en más de un siglo. El destino final era el Palacio Real de Madrid, o Palacio de Oriente, y en el trayecto se oyó un silencio espantoso, tan solo interrumpido por las campanas de la iglesia y los llantos de los españoles que no podían reprimir la emoción.
El cortejo que acompañó los restos de don Alfonso, colocado sobre un carruaje fúnebre, estaba formado por varios batallones militares, el de Cazadores de Manila, el de Guarnición y el de la Escolta Real, secundados por una enorme comitiva civil. A las 11 de la mañana del 27 de noviembre, al son de marchas fúnebres, trompetas, cañones y campanas, el cortejo partió desde la capilla ardiente escoltado por cuatro damas de la alta nobleza envueltas en amplios velos negros que representaban a las reinas María Cristina, Isabel II (ex reina, madre de Alfonso) y las infantas hijas y hermanas del rey.
Ocho caballos negros lujosamente enjaezados, dirigidos por el escuadrón de la Escolta Real, tiraban del carro fúnebre, que tardó dos horas en legar a la iglesia de San Antonio de la Florida. Dieciocho guardias reales y un imponente número de miembros de la servidumbre acompañaban el cortejo, conformado por gentileshombres y mayordomos de la corte. A ellos se unieron los altos mandos de la presidencia española, los jerarcas de la Iglesia católica y las representaciones de todos los ámbitos oficiales del reino.
El imponente cortejo, también compuesto por palafreneros, altos mandos de los ejércitos, caballerizos reales, personal del departamento de Caballerizas con uniformes y trajes de gala; ujieres y criados de Palacio, capellanes, músicos y cantores y capellanes de honor, duques, marqueses, condes y los mandos superiores de la corte real. Escoltado por el cuerpo de guardias alabarderos iba el “coche de respeto” llamado de Doña Juana la Loca, con ocho caballos, lacayos, palafreneros, escoltas reales y un regimiento de caballería. Más atrás, en varios carruajes, viajaba la familia real encabezada por la reina viuda y las dos infantas, seguidas por la reina doña Isabel II, las infantas doña Isabel, doña Pilar, doña Eulalia, doña Luisa Fernanda y el duque deMontpensier.
“El pueblo aclamó a la augusta viuda, que rompió a llorar amargamente al entrar en el regio Alcázar por la puerta del Príncipe”, dice una crónica de la época. “El cortejo fúnebre, tan brillante en esta ocasión dolorosa como en todas las solemnidades públicas de la corte de España, siguió en dicha forma por el largo trayecto hasta la portada principal del regio alcázar, y la muchedumbre se descubría respetuosamente ante el féretro y murmuraba frases de compasión y de amargura, y también piadosas oraciones”. En Madrid ya esperaban el rey Luis de Portugal, el infante don Augusto, el príncipe de Hohenlohe, los archiduques Federico y Eugenio, hermanos de la reina viuda, y representantes de los reyes de toda Europa.
La escena de la llegada al Palacio de Oriente fue grandiosa, irrumpida por cañonazos provenientes del cercano Campo del Moro y de los altos de la Montaña del Principe Pío. A las tres de la tarde, el carro fúnebre llegó al pie de la escalera principal del palacio, donde esperaban allí los ministros de la Corona (menos el de Gracia y Justicia, notario mayor del Reino, que presidía el cortejo), grandes de España y títulos de Castilla, altos dignatarios de la corte y varias damas de honor. Escoltado por alabarderos que formaban dos filas, presentando las armas, y representantes de la Iglesia liderados por el cardenal Benavides, el cadáver del rey Alfonso fue subido, en hombros de servidores de la casa real hasta el Salón de Columnas, capilla ardiente, y colocado en la cama imperial.
El 28 de noviembre (día en que el rey hubiera cumplido 28 años) las puertas del palacio real fueron abiertas para que la enorme masa de público que se lamentaba en las calles pudiera rezar ante el cadáver descubierto del monarca. La ceremonia de apertura de la capilla ardiente ocurrió en presencia del jefe superior de Palacio, el Duque de Sesto, y del intendente general de la Real Casa y Patrimonio. Se cantó la vigilia de difuntos y misa de cuerpo presente oficiada por el cardenal Benavides en presencia de la reina viuda, la grandeza de España y altos dignatarios de la corte. Se informó que “millares de personas de todas las clases sociales desfilaron por la fúnebre estancia hasta las cinco de la tarde, manifestando en su expresión la profunda pena que les dominaba al contemplar inerte el rey animoso en quien la patria había cifrado sus más legitimas esperanzas de progreso y de ventura”.
El 29 de noviembre fue el día elegido por la reina María Cristina para la sepultura de su esposo. El féretro real fue colocado en el carruaje fúnebre tapizado con terciopelo negro y sobre él fueron instalados el cetro real, la espada real y el bastón de mando del monarca. El cortejo, de igual magnitud que el primero, partió del Palacio Real a las diez y cuarto de la mañana rumbo al panteón de reyes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. La comitiva fúnebre siguió por las plazas de la Armería y de Oriente, calle de Bailen y Paseo de San Vicente hasta la estación del Norte, rodeado de una inmensa multitud que llenaba toda la carrera en balcones y ventanas adornadas con crespones negros y banderas. Miles de dolientes silenciosos se descubrían al paso del ataúd real.
La crónica de la prensa detallaba: “La comitiva se puso en marcha por el siguiente orden: una batería de artillería rodada; una sección de ingenieros; un batallón de infantería; cuatro palafreneros carreristas; un timbalero, cuyo caballo conducirán, dos palafreneros a la Federica; dos clarineros a caballo; cuatro maceres, con uniforme de gala, a caballo; cuatro palafreneros carreristas á caballo; dos caballos de respeto, ensillados, de S.M. el rey; ocho caballos con reposteros cubiertos con gasa negra; picador mayor, ayudantes, domadores y alumnos, todos de gala, á caballo y en dos tilas; seis palafreneros carreristas (los de servicio) con los caballerizos y correos; personal de las reales caballerizas, con uniforme y traje de gala, en dos filas; estandarte de la Hermandad Real; cruz de la real capilla; furrier de la misma; capellanes de altar; músicos y cantores; capellanes de honor; gentiles-hombres de casa y boca; mayordomos de semana; gentiles-hombres de cámara. Altos servidores de palacio, maestrantes de las distintas órdenes militares y grandes de España”.
En el palacio quedaron la reina viuda y sus hijitas, que siguieron con tristeza la marcha del cortejo mirada anhelante y anegados en lágrimas los ojos, la marcha del cortejo hasta perderlo de vista. Trasladado en una plataforma especial a bordo de un tren, el cadáver llegó a El Escorial, donde fue recibido por los monjes que siguieron la antigua fórmula protocolar: “¡Monteros de Espinosa! ¿Es este cadáver el mismo que recibisteis al morir don Alfonso XII?”, preguntaron. “El mismo”, contestó el decano de los monteros. “Juradlo”, exigieron los monjes, a lo que la guardia real respondió al unísono: “¡Sí, juramos”. A continuación, el féretro fue conducido al templo, seguido de toda la comitiva y de setenta religiosos del monasterio, dando comienzo las exequias, que fueron presididas por los cardenales Benavides y González, el duque de Sesto y los generales Blanco, Martínez Campos, marqués de la Habana y Echagüe. Terminada la solemne ceremonia religiosa, á la que concurrieron más de dos mil personas, la caja mortuoria fue trasladada al panteón y colocada sobre un catafalco desde donde sería conducido después al Pudridero.
SEGUNDA PARTE | La “dulcísima” primera esposa de Alfonso XII conquistó a sus súbditos, que pasaron del sueño de una boda por amor a la pesadilla de una vida perdida a los 18 años.
Desde el primer momento la prensa vistió el compromiso del rey Alfonso XII de España con María de las Mecedes de Borbón con las gasas del amor triunfante sobre las razones políticas, cuando los más recientes historiadores parecen coincidir en que más bien hubo una conjunción de ambas cuestiones. Pero para la monarquía española la boda fue algo más serio. El reinado y el exilio de la reina Isabel II habían creado en la opinión pública un rechazo de la institución que con la llegada de Alfonso XII se había conseguido aliviar. El hecho de que el joven rey decidiera contraer matrimonio con su prima carnal pasó a ser una cuestión menor en el aprecio popular, si se comparaba con el hecho de que su prima era una sevillana.
Atrás quedaban años de enfrentamientos entre el duque de Montpensier, padre de la novia, y su cuñada la ex reina Isabel II, con la sucesión del trono por medio, y también la negativa materna -de Doña Isabel- a que su sucesor se casara con una hija de su enemigo más acérrimo. Para el pueblo, aquellos enfrentamientos no eran nada comparados con la alegría que suscitaba ahora el hecho de tener una española como reina, la primera en varios siglos. Una vez fijada la boda para el 23 de enero, la Corte y los duques de Montpensier se dispusieron a hacer todos los preparativos para el acontecimiento.
Doña Mercedes cuidó con todo detalle los preparativos de su enlace, teniendo especial cuidado en todas las decisiones que tomaba. Así, su equipo de bodas fue confeccionado íntegramente en España, al igual que su traje de novia. La ceremonia nupcial se celebró en la madrileña Basílica de Atocha, siendo los padrinos el rey Francisco de Asís y la reina María Cristina, abuela del novio, que enfermó esa mañana y estuvo representada por la princesa de Asturias, Isabel. A la boda le siguió un banquete y varios días de celebraciones diversas en la Villa y Corte. La nueva reina no tenía aún 18 años; Alfonso XII acababa de cumplir los veinte. Para ambos era su primera relación sentimental y las razones de Estado se compaginaron muy bien con las del corazón.
La boda fue celebrada por el pueblo español como si de una fiesta familiar se tratara: bailes, corridas de todos, ferias. Por primera vez unos sorprendentes globos iluminaron con aquella novedad llamada luz eléctrica la Puerta del Sol, las Fuentes de Neptuno, Cibeles y el Paseo del Prado. La mayoría de las Diputaciones Provinciales decretaron alguna construcción para la provincia con motivo del enlace real: carreteras, hospitales, iglesias, escuelas, etc. Madrid, por su parte, se vistió de gala y durante semanas se realizaron diversas obras para que la capital luciera en todo su esplendor. Del mismo modo se concedieron algunos indultos con motivo del enlace real. El mismo día, y para que el pan no faltara en ninguna familia, por pobre que fuera, éste se incluyó como limosna en el programa de actos públicos.
El día de la boda, con Madrid totalmente engalanado, la felicidad de la joven pareja era tan obvia y espontánea que transmitía a todos una embriagadora sensación de pura felicidad. La popularidad de la “Reina Niña” con sus parientes políticos ayudó a curar los restos de muchas disputas dinásticas y el placer total y natural de la familia real tuvo efectos beneficiosos para el país y en la corte. Todo pareció perfecto y España respiraba por fin, aliviada, después de amenazas militares, guerras, exilios y crisis dinásticas. Pero el sueño duraría apenas cinco meses.
¿Dónde vas Alfonso XII?
La nueva reina, única hasta el momento que nació y murió en Madrid, atendió sus deberes de soberana y recibió entusiasmada la idea de un gran templo para cobijar a su querida Patrona, que también contó con las simpatías de su suegra la Reina Isabel, quien donó para ella parte de sus joyas. La Reina Mercedes cedió para tal fin los terrenos adyacentes a la Plaza de la Armería, del Palacio Real de Madrid, para así poder ver desde su ventana la silueta del templo. Al tiempo, su comenzó a resentirse. A la joven reina le fuediagnosticada una tuberculosis que la debilitó día a día. A finales de febrero Mercedes comunicó a Alfonso XII y al Gobierno que estaba embarazada, pero el 28 de marzo sufrió un aborto del que no volvió a recuperarse.
La pérdida de su hijo la fue consumiendo. Un hijo era lo que Mercedes más ansiaba en esta vida, y para el que incluso ya había elegido nombre, Fernando. En una carta fechada en abril de 1878, Mercedes anunciaba a su abuelita, la Reina María Cristina, que se estaba recuperando de un aborto: “Podrá usted figurarse lo mucho que he sentido el percance que tuve, ya estoy completamente bien y quiera Dios que a la próxima no suceda lo mismo”. No hubo, sin embargo, próxima vez, y a partir de este momento, fue haciéndose evidente su trágico final. Mercedes pasó los últimos meses de su vida consumiéndose lentamente y sabiendo que no le quedaba otra salida que la muerte.
A partir de mediados de mayo su estado empeoró, y aunque ella intentó disimular acudiendo a actos públicos, Madrid entero supo que su reina ya se iba. Su última aparición pública fue en el estreno de la obra “Consuelo”, de López de Ayala, en el Teatro Real. El público, que empezaba a sospechar de la precaria salud de la soberana, le tributó una clamorosa ovación. A partir de los primeros días de junio se recluyó en palacio, para encamarse definitivamente el día 18, cuando se le presentaron una altísima fiebre tifoidea acompañada de hemorragias intestinales. Los médicos no vieron entonces ninguna posibilidad de salvar su vida. El día 24 de junio las salvas de ordenanza saludaron el cumpleaños dieciocho de la reina, mientras el cardenal primado la ungió con los Santos Óleos. El prelado llegó a preguntar a la reina: “¿Sentiría Vuestra Majestad dejar este mundo?” Y Mercedes, intentando sonreír, respondió con sencillez y con pena: “Sí, eminencia, lo sentiría, sobre todo por Alfonso…”
Cuando el día 25 se facilitó el informe médico en términos desesperantes, el pueblo de Madrid cerró espontáneamente cafés y espectáculos y se fue concentrando silencioso en torno al palacio. En la madrugada del día 26, Mercedes se encontraba ya al límite de su capacidad de resistencia. Mostrando una palidez cadavérica, los rasgos de su cara se fueron afilando a la vez que adquirían ese tinte mortecino. Apenas se percibía su respiración, no se movía y no reconocía a nadie. Alfonso XII tomó su mano, sin lograr reanimarla. Los Montpensier se arrodillaron, para rezar entre lágrimas, junto a las infantas Isabel, Pilar, Paz y Eulalia, que pasaron horas postradas de rodillas en la alcoba. Diez minutos después de las doce, Mercedes murió.
Cinco cañonazos transmitieron la luctuosa noticia a la ciudad de Madrid, sumida en una conmoción general. Había muerto la soberana española que menos tiempo ocupó el Trono de San Fernando: ciento cincuenta y cuatro días. Su agonía había sido larga y muy dolorosa, y así lo relataría Cortés Cabanillas: “Alfonso tenía entre sus manos las de la moribunda, sin separar la vista de su cara pálida y consumida. A las doce murió. El rey se desplomó sobre el cuerpo bienamado, mientras los bronces de las campanas y los cañones y los cañones anunciaban la muerte de la soberana, y el gentío estacionado frente al Alcázar prorrumpía en sollozos”.
Dice un cronista de la época que el Rey Alfonso se encerró en sus habitaciones: “lloraba como un niño; no quería, sin embargo, que nadie viese el dolor profundo de un monarca que era, ante todo, un hombre”. La muerte fue anunciada con cien cañonazos, mientras las campanas de la capital tocaban a muerte. Todo Madrid lloró con la noticia, cerrándose comercios, teatros y plazas de toros, mientras el desconsolado rey, lloroso, repetía: “¿Para qué habré conocido la felicidad?”. Hartzenbusch, célebre poeta, lo plasmaría así en unos versos: “La triste nueva de su fin recibo. ¡Era flor de virtud, joven y bella! Yo, viejo inútil vivo. ¡Quién fuera digno de morir por ella!”.
Por otra parte, así lo narra la infanta Eulalia, testigo de excepción de los acontecimientos: “Aquella historia de amor era quizá demasiado bella para ser duradera. Fue una continua luna de miel que duró seis meses escasos, y terminó con la muerte de la joven reina después de una agonía larga y terrible, abriendo ancho paréntesis de luto en la Corte de España, que lloró sinceramente a la reina de los lindos ojos con el mismo dolor que el pueblo español, que la adoraba por linda, por buena y por española”. La Familia Real decidió no embalsamarla, amortajándola con el hábito blanco de las monjas de La Merced, tal y como había manifestado durante su agonía.
La reina efímera, que no dejó un hijo para la nación, originó en su época romances que cada niño español aprendería casi en la cuna: “¿Dónde vas, Alfonso XII? ¿Dónde vas, triste de ti…? Voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi. Tu Mercedes ya se ha muerto, muerta está que yo la vi, cuatro duques la llevaban por las calles de Madrid”.
López de Ayala, presidente del Consejo, lleno de emoción, anunció la muerte de la reina ante las Cortes con suma emoción: “Nuestra cálida y bondadosa Reina Mercedes ya no existe. Ayer celebramos sus bodas; hoy lloramos su muerte…”. El pueblo desfiló incrédulo por el Salón de Columnas del Palacio Real, donde se instaló la capilla ardiente de la reina. Casi setenta mil personas desfilaron por allí para rendir un último homenaje a la reina “carita de ángel”, ahora atrozmente desfigurada dentro de su ataúd.
El 28 de junio, casi nadie en Madrid dejó de salir a la calle para ver salir el cortejo fúnebre desde el Palacio en dirección a El Escorial. Por decisión del rey, los restos de su amada -“aquel ángel que está en el cielo”- fueron llevados en ferrocarril al Monasterio de El Escorial, para ser sepultados en el Panteón de Infantes, y no en el Panteón de Reyes, reservado únicamente a las reinas que hubieran tenido descendencia. Una blanca lápida de mármol cerraba el sepulcro con esta entrañable inscripción: «María de las Mercedes, de Alfonso XII la dulcísima esposa».
El dolor de Alfonso XII fue sincero, como lo atestigua la infanta Eulalia: “Costó esfuerzos sin cuento hacerle abandonar El Escorial (…). Desde entonces cambió el carácter de mi hermano, y adquirió la falsa alegría de quienes ocultan una profunda tristeza (…). Tanto cambió su carácter, que todo, en él, producía la impresión de quien adquiere un forzado sentido de la vida, una falsa alegría que oculta verdaderamente una melancolía que jamás haya de superar”.
PRIMERA PARTE | La “dulcísima” primera esposa de Alfonso XII conquistó a sus súbditos, que pasaron del sueño de una boda por amor a la pesadilla de una vida perdida a los 18 años.
Fue en la Navidad de 1872 en Randan, la residencia francesa de los duques de Montpensier, donde Alfonso, todavía un príncipe de Asturias, y su prima hermana María de las Mercedes se enamoraron a primera vista, según la leyenda. Alfonso tenía quince años y Mercedes tenía doce. De regreso en París, los jóvenes príncipes se vieron con cierta frecuencia, y antes de partir para Madrid para ser proclamado rey, Alfonso le dijo a Mercedes: “Nada ha cambiado para mí; si soy Rey tú serás mi Reina, y prefiero dejar de serlo, antes que dejes de ser mi mujer”.
María de las Mercedes de Orleáns era una jovencita bajita, de cara redonda, cabellos y ojos negros y un aire gracioso; no era hermosa, pero toda su persona respiraba ternura y su simpatía la hacía pasar por linda. El pueblo madrileño, cuando la conoció, la llamaría “carita de cielo”, acertando plenamente con este cariñoso mote.
La elección matrimonial de Alfonso XII sorprendió a la familia, fue un balde de agua helada para su madre y la mayor de las alegrías para el duque de Montpensier, padre de Mercedes y tío de Alfonso, quien soñaba con el trono. Alojada durante una temporada en el Alcázar de Sevilla, la desterrada y destronada Isabel II estaba bastante enfrentada con Montpensier y mostró su oposición a la boda con estas palabras: “El casamiento con la hija de Montpensier, no puedo aprobarlo, no porque la muchacha no sea buena, sino porque no quiero nada de común con Montpensier, además por ser esto repugnante al país”.
La negativa de Isabel II a este casamiento, más que una calentura del momento, debe inscribirse en las fundadas sospechas que existían de la intervención del intrigante duque de Montpensier en el asesinato del general Juan Prim, presidente del Consejo de Ministros, un crimen que estremeció al establishment político de España. Los argumentos de Alfonso para convencer a su madre fueron inútiles. Isabel II se negó a estar presente en la boda, pero el que sí asistió fue Don Francisco de Asís, con el único objeto de mortificar a su esposa.
La reina madre escribió luego una carta a su hija, Pilar: “Mucho siento no asistir a la boda de tu hermano; pero, como quiera que sea, con el corazón estaré con ellos y con toda mi alma les bendigo, deseando que tengan durante muchísimos años toda clase de venturas. ¡Qué monas estaréis con los vestidos que os he elegido y que os regalo! Hasta las flores [que adornaban los vestidos] las he elegido yo… Me figuro el placer que tendréis en volver a ver a vuestro padre; yo me alegro mucho de que vaya”.
La infancia sevillana de una futura reina
Sexta hija, quinta mujer, de una infanta española y de un príncipe francés, nieta de Borbones y de Orleáns, descendientes de los Borbones de España, de los de Parma, y de los de Nápoles, nadie sabía, un 24 de junio de 1860, que la niña nacida en la primavera de Madrid despertaría pasiones, enamoraría a un rey, sería amada y llorada por toda una nación y su memoria se extendería en el paso del tiempo, haciéndola protagonista de un cuento de hadas, acaso el único que ha tenido la monarquía española.
Mercedes pasó su infancia en Sevilla, ciudad por la que sintió siempre una especial predilección. A lo largo de su corta vida le quedaría siempre el acento sevillano y la gracia y la simpatía de las mujeres del sur español, porque toda su infancia transcurrió entre las residencias que sus padres poseían en la mencionada Sevilla, en Sanlúcar de Barrameda y Villamanrique, en la hermosa finca andaluza donde los infantes pasaban sus temporadas de descanso.
Muchas son las descripciones que existen de la futura reina de España en sus años de adolescencia, aunque para obtener una imagen más completa de ella se puede recurrir a la descripción hecha por su futura cuñada, la infanta Eulalia, en sus Memorias: “Los ojos oscuros y grandes, sombreados por lindísimas pestañas, el pelo negro como de pura andaluza y la piel mate, suave y delicadísima, la hacían el prototipo de la garbosa española, a la vez llena de finura y aristocracia (…) Era una mujer altiva, llena de misteriosa sugerencia, dulce en el hablar meloso, que se había hecho al acento andaluz”.
Carita de Cielo
Tras algunos años en Francia, Mercedes regresó a España con su familia después de que se hubiera devuelto la corona a la dinastía Borbón, en la persona de Alfonso XII, instalándose con su familia en Sevilla, en el Palacio de San Telmo que ya había sido la residencia familiar. Dos años antes, en 1872, Mercedes y Alfonso XII habían iniciado una relación amorosa, en ese encuentro que el padre de Mercedes mantuvo con su gran enemiga, Isabel II, en Randan.
Llevaban los cuñados reconciliados apenas unos meses, y aquella fue la primera visita en años. Al ver a Mercedes, Doña Isabel exclamó: “¡Cómo ha crecido esta niña, si parece ya una mujer!” Fernando González-Doria, en su libro Las Reinas de España, escribe: “Mercedes de Orleáns ha crecido a sus doce años todo cuanto tenía que crecer, y ya no ganará nada más en estatura… Es una mujer bajita, de cara muy redonda, cabello y ojos negros, como los de su madre, y tiene un aire muy gracioso, por lo que, si es faltar a la verdad que fue bella, sí podía decirse perfectamente que resultaba linda y gentil. El pueblo madrileño le iba a adjudicar más tarde un sobrenombre muy certero: carita de cielo”.
Tres días pasaron la Reina Isabel y su hijo en Randan. Mercedes, que antes de conocer a su primo había comentado con zumbonería andaluza: “espero que no sea demasiado mandón y no nos tiranice con sus aires de heredero”, cambió pronto esta frase por una despedida más esperanzadamente: “Un día te llamarán los españoles y te despertaras siendo rey, y todos regresaremos a España”. Nunca olvidaron los jóvenes aquellas Navidades en Randan. Alfonso confesó más tarde: “Ella apareció ante mis ojos como la imagen de la felicidad y de la virtud”. Y Mercedes le habló siempre de su posible entrada triunfal en Madrid: “… te arrojarán flores desde los balcones y tú irás montado en un caballo blanco, completamente blanco…”
Así lo cuenta la biógrafa Ana de Sagregra: “Un día paseaba la infantita por el jardín de palacio cuando se acercó a las tapias una gitana solicitando una limosna; generosa, la princesa miró en su faltriquera [bolsillo] y depositó en la mano de la vieja todo su contenido. La mendiga, bendiciéndola por aquel rasgo de caridad, tomó su mano y, contemplando la palma, exclamó: «Veo en tu mano una corona de reina. Veo que serás coronada por gracia de tus virtudes y por virtud de tus gracias; un rey y un pueblo estarán de rodillas a tus pies… Pero, ¡oh!». Y la vieja, lanzando un grito de pavor, desapareció corriendo”.
Los sentimientos de Alfonso, ya rey, hacia su prima fueron pronto de dominio público, aunque el monarca sólo se lo confiase a su hermana la infanta Isabel, a Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros, a quien, dicho sea de paso, no gustó para nada la idea de tener una Montpensier como reina. Ni que decir tiene cómo le sentó el noviazgo a Doña Isabel II. Con aquella personalidad arrolladora, toda genio y corazón, la “Reina castiza” no ocultó el disgusto que le produjo este enamoramiento de su hijo y heredero. Aunque en público manifestó aquello de “contra la muchacha no tengo nada, pero con los Montpensier no transigiré jamás”, entre sus íntimos no dejó de decir que Mercedes le parecía “una mosquita muerta”.
Para entonces, los Borbones estaban establecidos en España. Hasta Isabel II, siempre tan temida y vigilada por Cánovas. Los Montpensier pasaban el verano en La Granja, mientras que desde El Escorial, Alfonso XII hacía frecuentes escapadas a Segovia para ver a Mercedes. El 13 de septiembre de 1877, la infanta Paz escribió en su diario: “Acabo de volver de un largo paseo con Alfonso. Hace dos días que está aquí, y nos ha prometido quedarse más tiempo. El pobre está muy enamorado de nuestra prima Mercedes; pero ni al Gobierno ni a mamá les gusta este casamiento. Espero que se resuelva felizmente esta cuestión…”
Dos días más tarde, Pilar escribió: “Ayer mañana nos dijo Alfonso que quería hablar seriamente de su boda con mamá y que no marcharía de El Escorial antes de que se hubiera tomado una resolución. Por la tarde vi en los ojos de mamá que había llorado, y Alfonso nos dijo que todo estaba en orden y que al día siguiente vendrían de La Granja los tíos Montpensier con las primas”.La reina madre, desaprobando el noviazgo, regresó a París, mientras que Alfonso XII, terco y enamorado, siguió obstinado en su matrimonio. Y con él, el pueblo español recibió la noticia de sus amores con extraordinario alborozo. Les encantaba a los españoles que el rey se hallara perdidamente enamorado de una princesa española, y estuviera enfrentado, por su amor, a las opiniones de su madre, del Gobierno y de numerosos miembros del Congreso, enemigos de que Montpensier sea suegro del rey. España por fin tenía su cuento de hadas.
Los ángeles no se discuten
A pesar de la oposición de Isabel II y de la preferencia del gobierno por un matrimonio con alguna princesa europea (una de las candidatas deseadas fue la princesa inglesa Beatriz), se impusieron los deseos del rey. El 28 de noviembre de 1877, el monarca cumplió veinte años, y comunicó al gobierno que había llegado la hora de casarse y que su esposa sería la infanta María de las Mercedes, Y siguiendo las regias instrucciones, el político inició los trámites exigidos por la Constitución, solicitando la debida dispensa a Roma, ya que los futuros esposo eran primos carnales.
El 12 de diciembre, el duque de Sesto y el Marqués de la Frontera -representando al Rey- pidieron a los Montpensier la mano de su hija, a lo que Don Antonio accedió encantado. Fuera de todo protocolo, la noche anterior se había recibido un telegrama en el Palacio de San Telmo, la residencia sevillana de los Montpensier. En este telegrama, Alfonso XII le dijo a su tío:
“Nuestro muy caro y amado tío: Después de meditar por Mí propio el asunto con todo el detenimiento que su importancia merece, y oído Mi Consejo de Ministros, he resuelto, de conformidad con su dictamen, contraer inmediatamente matrimonio; y siéndome tan conocidas las altas prendas que adornan a la Infanta de España Doña María de las Mercedes de Orléans y Borbón, hija vuestra y Mi prima, no he titubeado en elegirla por esposa, seguro de que, mediante el divino auxilio, será ésta unión dichosa para los dos y útil a la nación nobilísima cuyos destinos tengo a Mi cargo. Vivamente deseo, por tanto, que Mi muy querida prima consienta este enlace, y que vos y Mi muy cara y amada tía, vuestra esposa, me otorguéis su mano, con cuyo fin lleva y os entregará esta carta el Marqués de Alcañices y de los Balbases, Duque de Alburquerque, Mi Mayordomo Mayor, esperando que vuelva con la respuesta tan pronto como ya anhela mi corazón. Madrid, diciembre de 1877. Vuestro sobrino, Alfonso”.
El duque de Montpensier remitió a Madrid dos telegramas, de los cuales el primero, más formal, es el siguiente: “Alcañices desempeñó admirablemente su comisión y sale mañana domingo para Madrid, llevándose las contestaciones más favorables; todos rebosando en alegría, y más que nadie, tu respetuoso tío, que tanto te quiere. Antonio de Orléans”. El segundo telegrama tiene un tono más familiar: “Sabes que la contestación a tu carta será un Sí, como lo deseas y lo desea también tu respetuoso tío y afectísimo tío”.
Mercedes escribió a la directora del colegio Asunción, donde estudió, para darle la novedad del compromiso: “Segura del profundo cariño que hacía mi siente usted, mi querida Madre, me es grato comunicarle, llena de regocijo, que se abre ante mí un porvenir radiante de venturas inacabables y de dicha sin ocaso, en una alianza que no está inspirada por meras razones de Estado, sino que obedece a la elección hecha libre y espontáneamente por el corazón hidalgo del joven monarca”.
Recibida la contestación favorable, el rey decidió pasar las Navidades en Sevilla con su amada. Alfonso XII dirigió a la Comisión del Congreso de los Diputados un discurso con motivo de su enlace, a lo que un diputado respondió con un tierno discurso: “Señores, podemos seguir discutiendo de todas esas cosas, pero jamás voy a discutir sobre la infanta Mercedes, porque los ángeles, señores diputados, no se discuten”. Los diarios recogían, a su vez, el clamor popular: “El joven soberano se casa enamorado y esto se percibe hasta en la atmósfera madrileña, que está envuelta en aroma nupcial”.
En 1905, el rey Alfonso XIII tenía veinte años y era el “soltero de oro” de Europa. La búsqueda de una esposa para el joven monarca alimentó las febriles especulaciones de la prensa europea y los ciudadanos de a pie comentaban por todas partes sobre la posible futura reina.
En Madrid, el diario monárquico “ABC” hizo una encuesta popular en la que se preguntaba “¿Quién será la futura reina de España?” y adjuntaba retratos y datos biográficos de varias princesas solteras y en edad de casarse. Entre ellas figuraba la que, en efecto, fue la esposa del rey, Victoria Eugenia de Battenberg.
ALFONSO SE CASÓ CON LA FAVORITA DE LOS LECTORES DE ABC, VICTORIA EUGENIA DE BATTENBERG.
La encuesta se hizo inesperadamente popular y los madrileños compraban las boletas de votaciones en las tiendas, oficinas del gobierno, clubes, cafés y hasta en los más humildes almacenes. A Alfonso XIII el asunto le parecía tan divertido que, cuando iba a desayunar, tomaba el periódico del día y se preguntaba: “¿Hoy con qué princesa me casan los periódicos?”
La lista de ABC incluía a cuatro princesas inglesas -Ena de Battenberg, Beatriz de Sajonia-Coburgo, Patricia de Connaught y su hermana, Margarita, todas ellas nietas de la reina Victoria-, una princesa francesa y varias princesas alemanas, entre ellas la hija del káiser alemán y una descendiente de los reyes de Gran Bretaña y Hannover. ¿Qué sucedió con ellas después de sonar como posibles prometidas del rey?
Olga de Cumberland (1884-1964), nacida en Gmunden, Austria, era la hija del Príncipe Heredero Ernesto Augusto de Hannover y de la princesa Thyra de Dinamarca. Tataranieta del rey Jorge III de Inglaterra, era, además, nieta del rey Christian IX de Dinamarca y sobrina de la entonces reina consorte de Inglaterra, Alejandra. Aunque tenía riqueza y belleza, la postulación de Olga como reina de España fracasó y ella permaneció soltera por el resto de su vida hasta su muerte en Austria.
Victoria Luisa de Prusia (1892-1980) parecía la candidata de más importancia en cuanto a linaje. Era nada menos que la única hija mujer del entonces emperador Guillermo II de Alemania y tenía sangre británica (condición muy importante para ser consorte en cualquier país de Europa). Su problema es que era bastante joven, ya que tenía solo 13 años cuando ABC la colocó en la lista de favoritas, y el káiser se hubiera negado a apoyar a su hija si se convertía al catolicismo.
VICTORIA LUISA Y SU MARIDO, ERNESTO DE HANNOVER
En 1913, Victoria Luisa contrajo matrimonio en Potsdam con el príncipe Ernesto Augusto de Hannover (hermano de la mencionada Olga de Cumberland), logrando que el emperador alemán restituyera a su dinastía el tesoro de la corona de Hannover y el ducado hereditario de Brunswick, que ocupó hasta la caída del imperio en 1918. Si bien Victoria Luisa no fue reina de España, sí llegó a serlo su nieta, Sofía de Grecia.
Wiltrude (1884-1975), de la casa real de Baviera, era otra princesa alemana que sonó como posible esposa de Alfonso XIII y, si bien no fue reina de España, puso haber sido reina de Lituania. Décima de los 13 hijos de Luis III, último rey bávaro, y sobrina del “rey loco” Luis II, Wiltrud de Baviera se casaría a los 30 años con el aristócrata alemán Wilhelm, duque de Urach, quien sería brevemente rey de Lituania durante tres meses en 1918, bajo el nombre de “Mindaugas II”.
La princesa británica y nieta de la reina Victoria Patricia de Connaught (1886-1974) era la favorita del gobierno de España y, de hecho, se organizó el viaje de Alfonso XIII a Londres con el objetivo de que la conociera. Ese noviazgo, sin embargo, no se concretó ya que en medio de las recepciones y fiestas que la corte británica ofreció en su honor, el joven rey español quedó encandilado con una prima de Patricia, Ena de Battenberg.
PATRICIA DE CONNAUGHT
Hermosa, solidaria, feminista y ferozmente inteligente, cortejada por reyes y príncipes de toda Europa, la bella Patricia viajó a todas partes con su amado loro (a menudo parado sobre uno de sus hombros) y se casó con un plebeyo por amor en 1919. Ese año, abandonó la “realeza” y adoptó un título secundario para vivir discretamente el resto de su vida. Patricia manifestó su apoyó al derecho de sufragio de las mujeres e hizo una declaración contundente al nombrar a una sufragista prominente como su dama de honor.
María Antonieta de Mecklemburg (1882-1944) tenía todo el apoyo del Papa Pío X y del káiser Guillermo II para casarse con Alfonso XIII, ya que era católica. También en España se consideraba una buena candidata que contentaría a carlistas y a los católicos más fervientes. En 1906 Alfonso viajó a Berlín, donde conoció a la duquesa en un banquete en su honor, pero no mostró demasiado interés en ella ya que, para entonces, estaba decidido a casarse con Victoria Eugenia.
María Antonieta nunca llegó a contraer matrimonio. Guardiana de los tesoros de su dinastía, mantuvo toda su vida buenas relaciones con distintas familias reales europeas, con las que habían emparentado sus hermanos, pero nunca encontró al príncipe ideal. María Antonieta murió en 1944 en Bled, después de nombrar como su heredera a su fiel dama de compañía, Antonia Pilars de Pilar, que la había acompañado durante gran parte de su vida.
Benefactora, elegante, rebelde y hasta escandalosa, Beatriz de Sajonia-Coburgo-Gotha (1884-1966) era nieta de la reina Victoria a través de su padre, el príncipe Alfredo, y del zar Alejandro II de Rusia. Y aunque no llegó a ser reina de España, sí se casó con un infante de la familia Borbón y vivió en España casi toda su vida. En 1906, en Madrid, después de asistir a la boda del su prima Ena con Alfonso XIII, conoció a su futuro marido, el infante don Alfonso de Orleáns-Borbón, primo del rey e hijo de la infanta Eulalia.
BEATRIZ DE SAJONIA-COBURGO-GOTHA
Alfonso y Beatriz se casaron pese a la oposición de la corte y del gobierno español, ya que la princesa se negó a convertirse al catolicismo. El acto le valió a Alfonso que se le despojara de su título real y durante veintidós meses debieron vivir en el extranjero. Se rumoreó que Beatriz mantuvo un affaire con Alfonso XIII, lo que la enfrentó a la reina Victoria Eugenia y le costó un nuevo exilio en 1916. De regreso, Beatriz y Alfonso conservaron el cariño y el respeto de los españoles después de la caída de la monarquía y continuaron viviendo en España el resto de sus vidas.
Luisa de Orleáns (1882-1958), tres años mayor que Alfonso XIII, fue otra de las protagonistas de la encuesta de ABC. Hija del conde de París, pretendiente del trono de Francia, ofrecía una buena dosis de sangre azul, ya que era nieta de la infanta española Luisa Fernanda, tía abuela del rey. La familia Orleáns vivía entonces en el exilio, esparcida en varias propiedades distribuidas por Europa, y las princesas de la familia eran muy codiciadas por los príncipes solteros.
LUISA DE ORLEÁNS Y SU ESPOSO, EL INFANTE DON CARLOS
Dos años después de que Alfonso XIII se casara con Victoria Eugenia, Luisa se casó con el infante don Carlos de Borbón-Dos Sicilias, quien era viudo de María de las Mercedes, princesa de Asturias y hermana mayor del rey Alfonso. Una de sus hijas, María de las Mercedes de Borbón y Orleans (1910-2000) fue casi reina al casarse con don Juan de Borbón, conde de Barcelona. El nieto de Luisa sería el rey Juan Carlos I de España, y su bisnieto, Felipe VI, ocupa actualmente el trono.