Etiqueta: Alemania

  • Alemania dedica exhibición a la coronación del emperador Carlos V, hace 500 años

    El archiduque de Austria, duque de Borgoña y rey ​​de España tenía 20 años el 23 de octubre de 1520, cuando ascendió al trono de Carlomagno como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

    La ciudad alemana de Aquisgrán abrió una exposición sobre la ceremonia de coronación de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, celebrada el 23 de octubre de 1520 en ese sitio del oeste del país. La exposición “El emperador comprado: la coronación de Carlos V y las transformaciones del mundo” reúne pinturas, textos de imprenta y magníficas insignias, y describe los acontecimientos que acuñaron aquella época, la personalidad del monarca de apenas 20 años y las circunstancias de su elección, marcadas por el soborno.

    En Aquisgrán fueron coronados más de 30 reyes germano-romanos entre 931 y 1531. La ciudad alemana fue la residencia del emperador Carlomagno y de ella deriva la afirmación de ser “regni sedes principalis”, o “el asiento del trono más alto del imperio”. Desde Otón el Grande a principios del siglo X, la mayoría de las coronaciones reales de la Edad Media habían tenido lugar en las paredes de la antigua Capilla Palatina carolingia.

    Cuando los electores lo escoltan al piso superior de la catedral de Aquisgrán, donde el trono de Carlomagno se ha mantenido durante más de 700 años, Carlos V se sentó en el trono de mármol antiguo forrado con brocado dorado para la ocasión festiva y el arzobispo de Colonia presentó un anillo de oro con las palabras: “Lleva aquí el símbolo de la monarquía y del Imperio Romano, que siempre protegerás de las invasiones de los bárbaros y los turcos con tu fuerza invencible”.

    El arzobispo de Trier colocó su mano derecha sobre la cabeza del joven monarca y dijo a su vez: “El espíritu de la sabiduría eterna, el entendimiento del conocimiento debe descender sobre ti”. Después, el arzobispo de Mainz le dio su bendición: “Que Dios, el Señor, un Rey omnipotente, esté siempre contigo y te proteja de todos tus enemigos con el escudo real de la fe ahora y en todo momento”, según las descripción de un testigo flamenco presente en la ceremonia.

    El 28 de junio del año 1519, los electores de la catedral Bartholomäus de Frankfurt habían elegido al monarca Habsburgo como sucesor de su abuelo, el emperador Maximiliano I, con el nombre de Carlos V. El entonces joven de 19 años, hijo de Felipe el Hermoso y Juana I de Castilla, ya era rey de España y las nuevas posesiones españolas en América, gobernante de los Países Bajos y del condado libre de Borgoña, archiduque de Austria, conde de Tirol, rey de ambas Sicilias.

    En la coronación de Carlos V, los religiosos caminaron hasta la puerta de la ciudad el día antes de su coronación con la reliquia del cráneo de aquel emperador: “A la mañana siguiente, alrededor de las siete, fue llevado a la Iglesia de Nuestra Señora por los electores y nobles, y la celebración de la misa comenzó con cánticos solemnes”, afirmó un testigo presencial flamenco: “El rey estaba completamente vestido de oro. Y allí fue desnudado hasta el ombligo y ungido con muchas ceremonias por el obispo de Colonia”.

    Al monarca se le hizo subir los seis peldaños que conducían hasta el Karlsthron, en el piso superior de la Catedral, donde los tres electores espirituales, los arzobispos de Colonia, Mainz y Trier, colocaron la corona imperial en su cabeza. A las doce del mediodía, el emperador y su séquito acudieron al banquete en el ayuntamiento vecino. Las personas también fueron atendidas: “Había una fuente frente a la corte de la majestad real, de la que salía vino blanco, por lo que casi hubo un gran aplastamiento y riña de la gente pobre. (…) Asimismo (…) se asó un buey entero. (…) Y cuando lo asaron, la gente lo arrancó y se lo llevaron, y nuevamente hubo una gran riña y riña”, relató el testigo.

    “Carlos V fue un gobernante en el umbral de los tiempos modernos”, destacó el historiador alemán Winfried Dolderer. “Con él terminó la destacada importancia de Aquisgrán para la monarquía medieval. La última vez que su hermano menor, Fernando I, recibió la corona aquí fue en 1531, cuando él mismo era emperador. El sucesor de Fernando, Maximiliano II, fue coronado en Frankfurt en 1562. Fue el último”.

    La exposición, que unos 300 objetos provenientes de Alemania y del extranjero, fue inaugurada el 23 de octubre y permanecerá abierta hasta el 24 de enero de 2021, aunque se esperan restricciones por la segunda ola de la pandemia de coronavirus.

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  • ¿Qué hace el rey de Tailandia en Alemania? Los súbditos de Rama X piden respuestas a Merkel

    El ministro alemán de Asuntos Exteriores alemán advirtió que habrá “consecuencias” para Vajiralongkorn si adopta decisiones o gobierna desde su país, donde vive buena parte de su tiempo.

    Manifestantes prodemocráticos de Tailandia extendieron sus protestas al ámbito internacional al marchar el lunes rumbo a la embajada de Alemania en Bangkok para solicitarle al gobierno de la canciller Ángela Merkel que investigue si el rey tailandés Maha Vajiralongkorn ejerce su poder político durante sus prolongadas estancias en la nación europea.

    Los inconformes creen que el rey tiene una enorme cantidad de poder en lo que nominalmente es una democracia de una monarquía constitucional, en una crítica masiva sin precedentes en un país donde la institución real es considerada casi divina. También llevó a los fieles de la monarquía a organizar contraprotestas y arremeter contra los manifestantes por sacar a relucir el tema, incrementando el riesgo de una confrontación.

    Según informó la Associated Press, miles de manifestantes desafiaron las advertencias de la policía tailandesa y marcharon hacia la embajada en un intento por atraer atención sobre el extenso período de tiempo que el rey Maha Vajiralongkorn pasa cada año en Alemania, estadías que se intensificaron desde que fue coronado en 2016. En semanas recientes, el monarca estuvo sin embargo en Tailandia para cumplir una agenda de eventos ceremoniales.

    El grupo de manifestantes señaló que entregaron una carta a funcionarios de la embajada en la cual solicitaron a Alemania que investigue si el rey “ha realizado tareas políticas de Tailandia utilizando su privilegio real desde suelo alemán”. El documento indicó que tal acción podría ser considerada una violación a la soberanía territorial de Alemania e insinuó que su gobierno debe tomar en cuenta la solicitud de los manifestantes con el objetivo de traer al rey de regreso a Tailandia a fin de restaurar “el camino del país hacia una verdadera monarquía constitucional”.

    Además de preguntar si el rey realiza sus labores oficiales desde Alemania, el documento hizo hincapié en algunos puntos por los cuales los manifestantes criticaron a Maha Vajiralongkorn en ocasiones anteriores. El gobierno alemán, por su parte, recibió las quejas de los tailandeses y el Ministro de Asuntos Exteriores Heiko Maas, respondiendo a una pregunta en el Parlamento, expresó su preocupación por cualquier actividad política que el rey tailandés pudiera estar llevando a cabo en territorio alemán.

    “Claro que seguimos el comportamiento del rey tailandés”, afirmó Maas, en una comparecencia ante los medios, donde fue preguntado por una presunta actuación política del monarca, lo que violaría su estatus en el país europeo. Las consecuencias, de existir ese proceder irregular, serían “inmediatas”, prosiguió el ministro, citado por la Deutsche Welle.

    Desde el Ministerio de Asuntos Exteriores se explicó reiteradamente que el rey no asume gestiones de gobierno durante sus largas estancias en Baviera, donde tiene una residencia. La cuestión salió ya a relucir unos meses atrás, cuando parte de la vida pública alemana estaba desactivada por la pandemia y había prohibición de hospedarse en el país a los viajeros procedentes de regiones de riesgo. Vajiralongkorn pasó por entonces un largo periodo en un lujoso hotel-balneario de Baviera, aparentemente para una terapia medicinal.

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  • Un año con el káiser: así eran la vida y la corte de Guillermo II de Alemania

    A lo largo de su vida, Guillermo II recibió el apodo de Reisen-Kaiser (el emperador viajero) debido a su afición por los viajes. De hecho, fue uno de los primeros soberanos en visitar Oriente Próximo. Pero también por su peripatético estilo de vida que le hacia trasladarse de un palacio a otro.

    (*) El autor es historiador. Estudió historia del Arte en la Universidad Autónoma de Barcelona y ahora ha terminado un máster en gestión de museos y patrimonio en la Universidad Complutense de Madrid. Realizó sus prácticas en el Palacio Real de Madrid. Actualmente es autor del Blog Noches Blancas y de Patrimonio de la Corona, dedicados a la historia y el arte en época moderna y contemporánea. Puede seguirlo en Instagram.

    Cómo era el día a día del último káiser

    Inicialmente, Guillermo II intentó emular la estricta rutina que seguía su amado abuelo Guillermo I. Se levantaba a las 8 de la mañana y tomaba el café mientras trabajaba. Los lunes, miércoles y sábados a las 11, el jefe del Gabinete Civil venía a entregar sus informes (Vorträge), la reunión duraba entre hora y hora y media. Los martes, jueves y sábados, era el turno del jefe de Gabinete Militar, la reunión se alargaba dos horas.

    A la una en punto almuerzo, al que Guillermo I dedicaba poca atención. La tarde se dedicaba a más trabajo, audiencias y un pequeño paseo en calesa. Antes de las 8 cena, luego teatro hasta las 9 y a continuación conversación con miembros del séquito y académicos sobre temas no controvertidos. A las 11 todo el mundo se retiraba a la cama. Pocos eventos alteraron este horario durante los 27 años de reinado de Guillermo I.

    El Salón del Káiser en el Hofzug (Tren Imperial). FOTO: NOCHES BLANCAS

    Guillermo II mantuvo el esquema de los Vorträge inalterado en un principio. Los ministros escribieron más tarde que el Káiser les recibía amablemente pero con su habitual ansiedad y que no dejaba de mover y tocar objetos de su escritorio durante las reuniones. Sus preguntas eran inteligentes, pero usualmente dispares y sobre cuestiones secundarias que alargaban la reunión más de lo habitual. El káiser salía psíquicamente agotado de estas reuniones, y como resultado se fueron reduciendo en cantidad y duración.

    Asimismo el estilo de vida frenético de Guillermo II dificultaba la planificación de las reuniones que usualmente se veían reprogramadas de un día para otro y que frecuentemente tenían que realizarse mientras Guillermo viajaba en coche, tren o barco.

    Hacia 1910, la jornada del Káiser era muy distinta a la del metódico Guillermo I. Se levantaba entre las 9 y las 10 de la mañana y tomaba un copioso desayuno de tres platos, luego venía un largo paseo a caballo con sus aide-de-camp o una caminata con el Canciller o el Secretario de Estado de Asuntos Exteriores. El Vorträge era a las 12, no demasiado largo, porque a la una se almorzaba.

    El Stadtschloss de Berlin. La primeras construcciones aparecieron a inicios del siglo XIII, pero el aspecto definitivo se lo dio Friedrich I a inicios del siglo XVIII. Sede de los Hohenzollern durante siglos, el edificio sufrió intensos bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial y fue dinamitado en 1950 por el gobierno comunista. FOTO: NOCHES BLANCAS

    Guillermo II tampoco demostraba mucho interés por la comida, pero a diferencia de su abuelo hablaba profusamente. Luego otro paseo, generalmente con su esposa y una siesta de una o dos horas. Por la tarde el Káiser concedía audiencias, iba a los museos o a los ateliers de artistas famosos, hacia visitas de cortesía, etc. Si había tiempo continuaba el trabajo de la mañana. Hacia las 8 se cenaba y luego había teatro o tertulia con invitados que casi siempre se alargaba hasta la 1 de la madrugada.

    Este intenso horario se seguía, no obstante, apenas tres o cuatro meses al año, cuando el káiser residía en Berlín o en Potsdam. El resto del tiempo lo pasaba viajando. Hacia 1888, Guillermo II pasaba el 65% del año entre Berlín o Potsdam. En 1894, estableció la organización del año que duraría hasta la guerra y en la que la estancia en Berlín o Potsdam se redujo al 40%.

    La vida cortesana en el invierno

    Vortragszimmer (sala de reuniones) de los aposentos del Káiser. FOTO: NOCHES BLANCAS

    El Día de Año Nuevo, la Familia Imperial se trasladaba a Berlín para el inicio de la temporada. Bailes, ópera, exposiciones y algún que otro desfile ocupaban la mayor parte de la vida social de enero, en el que Guillermo II raramente dejaba la capital. En febrero, no obstante, había una breve excursión: una semana de retiro en el pabellón de caza de Hubertusstock. Marzo empezaba con una visita de dos o tres días a Wilhelmshaven donde el káiser tomaba juramento a los cadetes de la Kaiserliche Marine.

    Primavera griega

    La última mitad de marzo y casi todo el abril se dedicaban a viajes por el Mediterráneo o Italia y, a partir de 1907, a una prolongada estancia en la isla griega de Corfú.

    En 1907, el káiser había adquirido en Corfú el Achilleion, el encantador palacio que la emperatriz Sisi había mandado construir de 1888 a 1891 y que no se había utilizado desde su asesinato en 1898. La adquisición del palacio costó la considerable suma de 600.000 marcos y el mantenimiento anual ascendía a 50.000 marcos. Asimismo debían sumarse lo gastos de viaje de casi cien criados, miembros del séquito e invitados además de cinco automóviles.

    En 1907, el Káiser había adquirido en Corfú el Achilleion, el encantador palacio que la emperatriz Sisi había mandado construir de 1888 a 1891 y que no se había utilizado desde su asesinato en 1898. FOTO: NOCHES BLANCAS

    La compra del palacio fue considerada un despilfarro por Wilhelm von Wedel, ministro de la Casa Real, que dimitió poco después. Pero Guillermo II reposaba en Corfú, disfrutaba de la belleza natural de la isla, de un ambiente distendido y de las excavaciones arqueológicas, que le apasionaban. Los historiadores han calificado Corfú como “el Sanssouci de Guillermo II”.

    A finales de abril, Guillermo II solía visitar las provincias de Alsacia y Lorena, anexadas al Imperio tras la Guerra Franco-prusiana. El emperador seguía con mucho interés la reconstrucción del castillo de Hohkönigsburg, versión idealizada del pasado alemán de la región, que no se incorporó a Francia hasta el reinado de Louis XIV.

    En Estrasburgo, el káiser no se alojaba en la tradicional residencia de los soberanos franceses, el Palais Rohan, sino en un nuevo palacio imperial construido a partir de 1883.

    Mayo empezaba con una estancia del káiser en la ciudad balneario de Wiesbaden, donde disfrutaba del teatro y del casino. Durante la primera mitad del mes se sucedían visitas a Hallenburg, la residencia de su amigo el conde Emil von Schlitz, reputado escultor; y finalmente al extremo este del Imperio, en la Prusia Oriental, al pabellón de caza de Prökelwitz, propiedad del príncipe de Dohna.

    El desfile de primavera en los jardines del Stadtschloss de Potsdam. FOTO: NOCHES BLANCAS

    Guillermo II volvía Berlín a mediados de mayo, justo a tiempo para asistir al desfile militar de primavera (Frühjahrsparade) en el Stadtschloss de Potsdam y establecer su residencia oficial en el cercano Neues Palais de Sanssouci.

    El opulento Neues Palais en el límite del parque de Sanssouci había sido construido a finales del reinado de Friedrich II el Grande como muestra del poderío prusiano, pero apenas había tenido un uso regular hasta que, en 1864, los padres del Guillermo II, Fiedrich y Vicky, en instalaron en él para pasar la primavera. Uso retomado por su hijo.

    Relax de verano en el mar

    A principios de junio el káiser volvía a partir, pero esta vez hacia el norte, para asistir a la Kiel Woche, la célebre semana de regatas celebrada en Kiel. Allí se reunían a principios de junio, desde que en 1882 se inaugurara el certamen, aristócratas y ricos industriales, muchos de ellos británicos y americanos, para ver y ser vistos. Durante su estancia en la ciudad, el soberano residía en el recogido castillo en el corazón del casco histórico, lugar de nacimiento del zar Pedro III de Rusia.

    La Kiel Woche, que había sido promovida por el amigo de Guillermo II, el empresario naviero de origen judío Albert Ballin, se inspiraba en la Cowes Week y encajaba perfectamente con la personalidad del emperador, pues satisfacía a la vez su pasión por el mar y su admiración-envidia hacia el mundo anglo-sajón.

    El Hohenzollern, botado en 1892. Era el mayor yate del mundo después del del zar ruso. FOTO: NOCHES BLANCAS

    El propio Káiser competía a bordo de su yate de vela, el Meteor, aunque rara vez ganaba y las malas lenguas decían se mareaba. En 1914, Guillermo II había gastado más de 6 millones de marcos de su fortuna personal en las regatas, pero no había conseguido que la aristocracia prusiana (más terrateniente que navegante) dejara de considerar la Kiel Woche como un evento eminentemente burgués.

    Una vez pasada la semana de regatas, toda la familia imperial se instalaba en el coqueto castillo de Bad Homburg, una pequeña ciudad balnearia. Allí era frecuente que el káiser recibiera visitas de la realeza extranjera, en especial de su tío el príncipe de Gales, luego Eduardo VII. Ambos tenían una relación bastante difícil. El mes de julio estaba dedicado casi exclusivamente a la Nordlandreise, el crucero por los fiordos noruegos a bordo del yate imperial Hohenzollern, tradición empezada en 1889 y que también seguía al zar Nicolás II a bordo de su yate Standart.

    El crucero estaba destinado a relajar los nervios del káiser y alejarlo de la política y de la etiqueta de la corte, su familia casi nunca lo acompañaba, solía pasar el mes de julio en el pequeño palacete de Cadinen, cerca de la costa báltica. Sin embargo, Guillermo II acostumbraba a terminar el crucero más nervioso que al principio y el séquito acababa necesitando unas vacaciones para recuperarse de las vacaciones.

    Después del crucero, el káiser no volvía a Potsdam. Hasta 1895 dedicaba buena parte del mes de agosto a visitar a sus parientes ingleses y sobre todo a asistir a la Cowes Week (equivalente y antecesora de la Kiel Woche) donde la rivalidad entre el káiser y el príncipe de Gales estaba a la orden del día.

    Después de 1895, Guillermo II pasaba junto con su creciente familia casi todo el mes de agosto en el castillo de Wilhelmshöhe, encantadora residencia rodeada de un amplio parque a las afueras de Kassel. Del amplio parque de la residencia, solo una pequeña parte era cerrada al público durante las estancias de la Familia Imperial.

    Pompa militar en otoño

    El káiser con su primo, Jorge V de Inglaterra.

    La Familia Imperial dejaba Wilhelmshöhe justo a tiempo para asistir al gran desfile militar de Tempelhof en Berlín a inicios de setiembre. Después seguían otras muchas maniobras militares y desfiles que duraban hasta mediados de mes. Cuando terminaban, el Káiser se dirigía a sus pabellones de caza de Rominten o Cadinen en la Prusia Oriental, lugares en los que descansaba especialmente. Los ministros tenían que hacer, pues, un largo viaje para preparar los presupuestos y el programa de construcción de la Kaiserliche Marine, que por lo general siempre se decidían en Rominten. A mediados de octubre Wilhelm II volvía a estar en Potsdam.

    En noviembre volvía a partir, primero al castillo de Liebenberg, propiedad de su mejor amigo el príncipe de Eulenburg y, después de su caída en desgracia en 1906 a Donaueschingen, mansión de príncipe de Fürstenberg. Luego llegaba la época de las cacerías de la corte, inmensos eventos con más de treinta invitados celebradas en los cotos de caza de la corona (Letzlingen, Göhrde, Springe y Königswusterhausen). Y finalmente las visitas (también con temática cinegética) a los riquísimos nobles de Silesia en sus inmensas propiedades, como al conde von Donnersmarck en Neudeck, al príncipe de Hohenlohe y duque de Ujest en Slawentzitz o al príncipe de Pless en Pless.

    La segunda semana de diciembre el Káiser volvía a estar en el Neues Palais de Potsdam donde cada año se celebraba la Navidad con la familia. Seis días después se partía hacia Berlín y el ciclo volvía a empezar.

    La de Guillermo II fue una corte itinerante

    Los emperadores con su única hija, Victoria Luisa.

    A lo largo de su vida, el emperador Guillermo II habitó algunos otros palacios que también merece la pena destacar, aunque estos no formaran parte del devenir regular de la corte.

    En el extremo este de Alemania, se encontraba probablemente el más simbólico de todos, el castillo de Königsberg (actualmente Rusia), tradicional lugar de coronación de los soberanos prusianos. El castillo era una mezcolanza de estilos dispares situada encima de una colina y aunque Guillermo II lo visitó en alguna ocasión, nunca fue coronado allí, siendo el segundo rey de Prusia (después de su padre) en no hacerlo.

    No lejos de Königsberg, cerca de Danzig se erigía el castillo de Marienburg (actual Polonia), sede de la antigua Orden de los Teutones y que Guillermo II mandó restaurar como emblema de la pétrea frontera este del Imperio, del mismo modo que Hohkönigsburg lo era de la frontera oeste. La pareja imperial lo visitó en 1902 y para ellos se re-amueblaron suntuosamente los antiguos aposentos del Gran Maestre.

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    También al Este, cabría destacar el Palacio Imperial o Residenzschloss de Posen (actual Polonia). Un inmenso palacio en medio de Posen construido entre 1901 y 1908 en un estilo también claramente teutón. A pesar de su aspecto, el edificio tenía lo último en confort moderno y podía alojar cómodamente a la Familia Imperial durante sus visitas a las ciudad.

    Al sureste, cerca de Bohemia se encontraba las ciudad de Breslau (actual Polonia), una de las cuatro “capitales” de Prusia junto con Berlín, Postdam y la ya citada Königsberg. Allí también se erigía una residencia real (por depender del rey de Prusia y no del emperador de Alemania) empezada a edificar por Federico II el Grande. Al oeste del Imperio se encontraban otros dos castillos emblemáticos: el castillo de Stolzenfels (1826-1842, cerca de Coblenza) y el Burg Hohenzollern (1850-1867, cerca del Lago de Constanza). Ambos se edificaron como monumentos románticos a la dinastía y, por lo tanto, raramente fueron usados como residencia.

    En Coblenza se situaba otro Residenzschloss, un enorme edificio neoclásico edificado para el príncipe-elector de Tréveris a finales del siglo XVIII. Recibió las visitas del soberano y su familia en más de una ocasión. Cerca de Bonn, en Brühl, se erigía el coqueto y delicioso palacio rococó de Augustusburg, en origen construido por el príncipe-elector de Colonia. En él se alojaron el emperador y la emperatriz en 1897 y en 1908 fue electrificado y dotado de nuevas instalaciones sanitarias.

    Igualmente coqueto y rococó era Benrath, cerca de Düsseldorf, cedido en 1911 al ayuntamiento. En el centro de Hannover, había el Leineschloss, antiguo palacio de los reyes de Hannover hasta su incorporación a Prusia en 1866. El suntuoso palacio de la derrocada dinastía precedente recibió publicitadas y espectaculares visitas imperiales en 1889, 1898, 1907 y 1913.

    Para terminar, no deberíamos olvidar que como emperador, Guillermo II disponía de aposentos reservados en las residencias de otros reyes y príncipes del Imperio, ya fuera en el palacio real de Dresde, la Residenz de Múnich o el castillo granducal de Schwerin.

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  • Alemania honra a Eliza, la princesa inglesa que dotó de esplendor a su pequeña corte del siglo XIX

    El castillo de Bad Homburg la homenajea en el 250 aniversario de su nacimiento. Fue una de las pocas hijas del rey Jorge III que pudo “escapar” del control paternal y casarse con el Landgrave de Hesse-Homburg. Aunque para ello tuviera que esperar 48 años.

    La princesa Isabel (1870-1840) fue una de las pocas hijas del rey Jorge III de Gran Bretaña que pudo “escapar” del control paternal y casarse, aunque para ello tuviera que esperar 48 años. Pero durante su vida posterior, primero como princesa hereditaria y después como landgravina del pequeño estado alemán de Hesse-Homburg colaboró con el desarrollo de sus śúbditos con muchas e innovadoras ideas.

    “Isabel fue y sigue siendo la más popular de las landgravinas Hesse-Homburg. Se la recuerda por su generosidad al gastar su dote y mesada en su nueva tierra, utilizándola, entre otros proyectos, para mejorar el castillo y los jardines. Hesse-Homburg lamentó mucho su muerte en 1840”, escribió la historiadora de la realeza Susan Flantzer.

    En Hesse-Homburg, a 13 kms. de Frankfurt, “la pareja sin hijos vivió felices para siempre, aunque Eliza perdió sus privilegios reales. Ella, que había redactado escenas mitológicas ya en 1797, que luego adornarían un servicio de la Real Manufactura de Porcelana de Prusia, pintaba vasijas con el nombre ‘Fritz’ y los cojines de las sillas recién adquiridas con ramos de flores. Sin embargo, sobre todo impulsó la expansión y el rediseño del Reino Jardín de Homburg existente. Para hacer esto, la princesa envió cargamentos enteros de árboles jóvenes y semillas enviadas a Homburg desde las existencias reales en Kew Gardens. Y, en general, gracias a sus conocimientos y recursos financieros, fue la fuerza impulsora detrás de darle la vuelta al hasta entonces atrasado condado de Homburg”, explicó el periodista alemán Andreas Platthaus, del Frankfurter Allgemeine.

    El castillo de Hesse-Homburg abrió una exquisita muestra dedicada a homenajear a la princesa en el 250 aniversario de su nacimiento. “En el castillo de Homburg, dos salas previamente convertidas para Eliza, la biblioteca y la sala ancestral, ahora están llenas hasta los topes con recuerdos de sus más de veinte años de actividad aquí”, explicó Platthaus. “Lo que parece una mezcolanza o un gabinete de curiosidades, dependiendo del sentido del orden del observador superficial, resulta ser una disposición sumamente sutil no solo de un individuo sino también de toda una vida social al caminar por nobles alfombras de color azul profundo (el leitmotiv de color de la muestra)”.

    La exposición Princess Eliza – Englische Impulse für Hessen-Homburg (Princesa Eliza – Impulsos ingleses para Hessen-Homburg) también incluye todo el paisaje del parque alrededor del palacio. Los organizadores lamentan que la pandemia del coronavirus haya aplazado cuatro meses la apertura de la muestra, que estaba planificada para mayo, cuando se cumplieron 250 años del nacimiento de Eliza. La apertura en verano hubiera permitido a los visitantes disfrutar del mayor esplendor de los jardines organizados por la landgravina. Abierto finalmente en octubre, también se puede visitar el apartamento privado de Eliza en el castillo, donde vivió otros once años después de la muerte de su esposo, que gobernó de 1820 a 1829, y donde continuó la expansión de la residencia en beneficio de los habitantes del lugar.

    “Hessen-Homburg floreció bajo esta musa y princesa de las flores, que murió en 1840 a la edad de casi setenta años. En 1866, cuando la línea de landgrave ya había expirado y, por lo tanto, la herencia de Eliza se había dispersado ampliamente, la tierra pasó a manos de Prusia y el castillo de Homburg se convirtió en la sede favorita de la familia Hohenzollern”, explica Andreas Platthaus.

    Isabel (apodada “Eliza”) fue la séptima de los 15 hijos de Jorge III de Inglaterra y Carlota de Mecklenburg-Strelitz. Ambos estaban unidos por un profundo afecto, que se expresaba sobre todo en el numeroso grupo de hijos que, con la excepción de dos, alcanzaron la edad adulta. La princesa se crió con sus hermanas Carlota, Augusta, María, Sofía y Amelia, en un ambiente que llegó a ser agobiante para cuando las niñas crecieron. Carlota hizo que sus hijas se capacitaran no solo en las habilidades tradicionales que las princesas deberían tener en ese momento, como manualidades, pintura, canto, hacer música y bailar. Por el contrario, también estaba convencida de la idea progresista de su época de que las mujeres con una buena educación podían lograr tanto como los hombres; por lo que sus hijas también se ocuparon de lenguas extranjeras, literatura, historia, geografía y otras materias.

    Una artista e intelectual en una corte opresiva

    Como hija de reyes, Isabel, como sus hermanas, sin duda tuvo formación con los pintores prominentes de su tiempo, entre los que se cuentan Joshua Reynolds, Thomas Gainsborough, Benjamin West, Francesco Bartolozzi y Paul Sandby, que estuvieron entre los maestros que influyeron en su percepción estética y obras artísticas. Además, las visitas regulares a las exposiciones de la academia y las extensas colecciones de arte de la casa real británica la familiarizaron con los principales artistas. Durante toda su vida, Isabel se dedicó a diversos géneros y medios artísticos. Realizó copias de famosas obras de pintura y grabado, aprendió diferentes técnicas de impresión, produjo ilustraciones de libros, pintó telas, cortó siluetas, diseñó la decoración interior de las residencias reales y proyectó jardines. Además, coleccionó con entusiasmo artículos de laca asiática y realizó varias piezas de laca, que han sobrevivido en el castillo de Homburg.

    Inspirada por sus padres, Isabel comenzó a construir sus propias colecciones de la última década del siglo XVIII. Estaba particularmente interesada en el mezzotint, una técnica de impresión en huecograbado popular en Inglaterra en ese momento. Las hojas de mezzotint eran un sustituto popular de las pinturas al óleo originales. Su preciosa colección de grabados constaba de unas 20.000 hojas, además de una extensa biblioteca, fueron llevados por ella desde Londres hasta Homburg, su patria de adopción. Para la catalogación sistemática de sus grabados y libros, creó un índice científico. La princesa también era una apasionada coleccionista de objetos de artesanía, incluida la loza y la porcelana china. Los regalos ampliaron la colección. También sobreviven sus propios diseños de porcelana.

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  • Siete datos curiosos sobre Guillermo II, el último emperador de Alemania

    Nieto de la reina Victoria, nació con una discapacidad en un brazo que toda su vida procuró disimular y le generó un grave trastorno psicológico que marcaría todas sus acciones venideras.

    1. Odiaba todo lo relacionado con Inglaterra

    El 27 de enero de 1859 nació quien sería el último emperador de Alemania, Guillermo II. Hijo del káiser Federico III y la princesa británica “Vicky”, nació con una discapacidad en un brazo que toda su vida procuró disimular y le generó un grave trastorno psicológico. Su abuela, la reina Victoria envió a uno de sus médicos a Alemania para ayudar en el parto de su nieto en 1859, pero algo salió muy mal y el niño quedó con un brazo paralizado permanentemente como resultado del daño a los nervios durante su nacimiento. Su infancia transcurrió soportando tratamientos inútiles que iban desde tener una liebre recién sacrificada alrededor de su brazo, hasta un tratamiento de electroterapia y restricciones metálicas para mantener su postura erguida. Su estricta madre no colaboró y, en lugar de ayudarlo, le marcaba constantemente sus errores. Guillermo alimentó de esta forma un sentimiento amargo hacia ella y hacia su país, y ese odio empeoró en 1888 cuando un médico británico intentó sin éxito tratar a su padre, víctima del cáncer de garganta, lo que provocó el estallido: “¡Un médico inglés me paralizó el brazo y un médico inglés está matando a mi padre!” La Primera Guerra Mundial, que le costó el trono en noviembre de 1918, fue sin dudas una batalla personal contra todo lo que más odiaba en el mundo: Inglaterra y su familia real.

    2. Se enamoró de una prima

    Cuando tenía 19 años, el último emperador de Alemania se enamoró desesperadamente de su prima la princesa Isabel “Ella” de Hesse, por lo que empezó a visitar con frecuencia las residencias del gran duque de Hesse con el objetivo de cortejarla. Sin embargo, hizo de todo excepto agradarle, según contó el historiador Robert Massie: “En carácter de huésped, se mostró siempre egoísta y descortés. Con frecuencia arrojaba su raqueta de tenis en medio de una partida si la misma no le era favorable, o se bajaba del caballo en medio del bosque y exigía que todos le acompañasen a hacer cualquier otra cosa”. Cómo es natural, y pese a las dulces atenciones que Guillermo le destinaba, la princesa Isabel sintió desagrado por él y finalmente se casó con un gran duque ruso. El día que se enteró de la boda de Isabel, Guillermo no quiso volver a verla jamás.

    3. Creía ser un buen músico

    La infanta Eulalia de España contó que el káiser Guillermo II de Alemania “se dedicaba a vigilar la limpieza de la ciudad, anotando en una libreta en una libreta los lugares que hallaba descuidados para llamar la atención tan pronto regresaba a palacio”. “A veces”, continúa la infanta, él mismo detenía el coche para ordenar al cochero que recogiera un diario abandonado, un papel arrastrado por el viento o un pedazo de tela descolorida que colgara de una ventana”. Una vez, detuvo su coche al escuchar a un músico callejero interpretar pésimamente una pieza de música clásica con un violín: “Es una infamia deshacer una obra maestra”, dijo. “Descendió del carruaje y le pidió al ciego el violín, que apoyó en su hombro fuertemente, pese a su mano izquierda defectuosa, y con arco sabio comenzó a tratar de ejecutar en el modesto instrumento del ciego. Fue imposible escuchar aquella sinfonía, pues los dedos de la mano izquierda carecían del movimiento adecuado y las notas seguían desentonando aún más que antes”. “Yo no pude evitar una sonrisa ante aquel emperador que hacía templar a Europa y no podía someter medianamente a Bach”, dijo doña Eulalia. El humilde ciego fue más duro: “Démelo señor, él y yo nos llevamos mejor”.

    4. Se burlaba sin piedad de los otros monarcas

    Una de las pocas cosas para las que el emperador tenía talento era para causar indignación. Su especialidad era insultar a otros monarcas. Llamó al diminuto rey Víctor Manuel III de Italia “el enano”, frente al propio séquito del rey. Al zar Nicolás II de Rusia lo definió como un “tonto” y un “llorón” solo apto para “cultivar nabos” y al príncipe (más tarde Zar) Fernando de Bulgaria lo apodó “Fernando naso”, a causa de su nariz aguileña, y difundió rumores de que era hermafrodita. Como Guillermo II era notablemente indiscreto, la gente siempre sabía lo que decía a sus espaldas. Fernando tuvo su venganza. Después de una visita a Alemania, en 1909, durante la cual el Káiser lo abofeteó en público y luego se negó a disculparse, Fernando le otorgó un valioso contrato de armas que había prometido a los alemanes a una compañía francesa.

    5. Adoraba los uniformes militares

    El fetiche de Guillermo II era el ejército, a pesar de que, en palabras de un alto mando alemán, no podía “dirigir a tres soldados por una cuneta”: el emperador se rodeaba de generales, llegó a ser dueño de entre 120 y 150 uniformes militares y los vestía a todos. Cultivó una especial expresión facial severa para ocasiones públicas y fotografías (hay muchas, ya que Wilhelm enviaría fotos firmadas y bustos de retratos a cualquiera que quisiera una) y también un bigote encerado y muy curioso que era tan famoso que hasta tenía su propio nombre, “Er ist Erreicht!” (¡Se logra!). En 1918, al caer la monarquía, se llevó todos sus uniformes a Holanda.

    6. Abandonó la corona, pero no sus tesoros

    El 28 de noviembre de 1918 el exiliado emperador emitió desde Holanda una declaración de abdicación, poniendo punto final al reinado de 400 años de la dinastía Hohenzollern en Prusia. La decisión fue tomada el mismo día en que la emperatriz Augusta Victoria, muy desmejorada de salud, llegó a Holanda desde Berlín. Aceptando por fin que había perdido el poder para siempre, Guillermo II renunció a sus “derechos al trono de Prusia y al trono imperial alemán” y liberó a oficiales y soldados alemanes de su juramento de lealtad hacia su persona. Instalado definitivamente en el castillo de Doorn, la República de Weimar le prohibió regresar a su país, pero permitió retirar sus pertenencias. De esta forma, entre septiembre de 1919 y febrero de 1922, cinco trenes con 59 vagones con las posesiones del emperador -incluidos muebles, obras de arte, documentos personales, fotografías, uniformes, un automóvil y un bote- fueron llevadas a Holanda desde Alemania, con lo que el antiguo soberano fue capaz de mantener un cierto nivel de grandeza. La corona que recibió en 1888, al morir su padre, y ahora se conserva en el Castillo de Hohenzollern, fue uno de los tesoros que la República le permitió conservar. 

    7. Hitler quiso utilizar su funeral como propaganda política

    Guillermo II de Alemania murió lejos de lo que fue su imperio el 4 de junio de 1941. So contra la monarquía y prohibió todos los símbolos de la dinastía Hohenzollern, pero ahora reclamó el cadáver del káiser y planificó un gran funeral de Estado en Berlín: “Quiere aprovechar esta oportunidad para desfilar detrás del ataúd del káiser ante el pueblo alemán y el mundo entero para demostrar que él es el legítimo sucesor”, se quejó el príncipe Luis Fernando de Prusia. Guillermo, previendo el uso político que el nazismo haría de su muerte, manifestó en su testamento que ninguna bandera nazi o cruz esvástica se viera en su funeral y “no fue nada fácil para el kronprinz negociar con la cancillería para que respetara los deseos de su padre”, según la princesa Victoria Luisa. “Uno habría pensado que nadie quiere molestar a los muertos, pero Hitler sí quiso”. Finalmente, como no pudo salirse con la suya, el líder nazi ordenó minimizar al máximo las noticias sobre el funeral del último emperador Joseph Goebbels recordó en un editorial a Guillermo II como “una partícula flotante, distinguida, claro, pero nada más, en la historia alemana”.

  • La leyenda de la “Dama Blanca”, esa fantasmagórica mujer que auguraba la muerte en la realeza

    Ese fantasma ha cumplido con puntualidad su presencia en las grandes tragedias de las dinastías Hohenzollern y Habsburgo.

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  • ¿Un monumento gigantesco del “rey loco” Luis II en Baviera? “Un plan bastante absurdo”

    Una sociedad secreta alemana que venera al “Rey Loco” Luis II de Baviera está haciendo campaña para cincelar un busto gigantesco del monarca en la ladera de una montaña para honrar su construcción de los castillos de cuento de hadas de la región, cuando casi se cumplen 175 años de su nacimiento. Se trata de los Guglmänner, cuya sociedad se remonta a la época de los Cruzados y estuvo presente en las ceremonias fúnebres de los reyes de la dinastía Wittlesbach, y están convencidos de que Luis II no se suicidó, sino que fue asesinado.

    Los “Guglmänner”, los seguidores encapuchados y vestidos de negro del excéntrico rey del siglo XIX, han solicitado a Markus Söder, el primer ministro regional, llevar a cabo el proyecto que se basaría en las esculturas de cuatro presidentes de Estados Unidos en el monte Rushmore y se ubicaría en el monte Kampenwand, cerca de Aschau, con vistas al palacio Herrenchiemsee, que Luis II construyó inspirado en Versalles. “El rey Luis es inmortal porque vive en nuestros corazones”, dijo el Guglmänner. “Cada vez son más las voces que piden que se erija un monumento adecuado”. “Desde la pared rocosa de 1669 metros de altura, el rey podrá mirar directamente al Palacio de Herrenchiemsee, que él mismo creó”, dice el portavoz de los Guglmänner.

    La efigie que pretenden tallar en la roca podría tener unos 25 metros de altura y podría tardar un año en construirse. Sin embargo, la comunidad de Aschau no está particularmente impresionada con la propuesta. “Es una idea divertida, pero preferiríamos mantener Kampenwand en su carácter natural, no es nuestra filosofía queres a las multitudes aquí”, dijo Herbert Reiter, director de la oficina de turismo local citado por el diario ‘Südeutsche Zeitung‘. Por otra parte, el distrito Sachrang de Aschau lleva el título “Bergsteigerdorf”, un sello de marca para el turismo suave que preserva la naturaleza y las atracciones antiguas. La Asociación Alemana Alpina (DAV) habla de un “plan bastante absurdo sin posibilidad de realización”.

    SECRETOS CORTESANOS

  • Hohenzollerngruft: la cripta de la dinastía Hohenzollern, un tesoro bajo los pies de Berlín

    Ubicada en la Catedral de la capital alemana, cerró sus puertas para someterse a una restauración millonaria que durará más de tres años.

    Con sus sarcófagos de plomo, madera o mármol en una cámara abovedada con columnas, desde 1999, los visitantes de Berlín pudieron conocer el lugar de descanso final de reyes y príncipes de la dinastía Hohenzollern. Bajo el suelo de la Catedral de Berlín, 96 muertos de la casa Hohenzollern descansan en la cripta, incluidas “celebridades” históricas como el rey prusiano Federico el Grande y el Gran Elector. La cripta es el lugar de entierro dinástico más importante de Alemania y, junto con la Cripta Capuchina en Viena, las tumbas reales en la Catedral de St. Denis en París y la tumba de los reyes españoles en El Escorial, cerca de Madrid, es una de las tumbas señoriales más importantes de Europa.

    La historia de la cripta, como la de la catedral, se caracteriza por los frecuentes movimientos y demoliciones. El príncipe elector Joaquín II (1505-1571) determinó la bóveda bajo la antigua iglesia dominicana en la Schlossplatz de Berlín para enterrar a su familia en el siglo XVI y transfirió los huesos de su padre y su abuelo a la nueva bóveda desde sus sitios originales cerca del año 1542. Alrededor de dos siglos después, Federico el Grande (1712-1786) hizo que la Iglesia y su cripta fueran demolidas y reconstruidas al otro lado del jardín de recreo. A finales de 1749, 51 ataúdes fueron reubicados en la nueva cripta. La catedral fue demolida nuevamente en 1893 y reemplazada por un nuevo edificio.

    La Cripta Hohenzollern (en alemán, Hohenzollerngruft) fue terminada en 1905, durante el reinado del último emperador, Guillermo II, que perdió su trono en 1918. El sagrado sitio de reposo final sufrió graves daños en la Segunda Guerra Mundial cuando una bomba golpeó la cúpula de la Catedral de Berlín en 1944. El templo ardió durante dos días, luego se desplomó y penetró en el techo abovedado de la tumba. Entre otras cosas, fue destruido el ataúd de madera de la reina Elisabeth Christine de Brunswcik-Beverns, consorte de Federico II el Grande, rey de Prusia. En 1975, la iglesia del monumento en el lado norte de la catedral fue demolida, obstruyendo así el acceso original a la cripta real.

    La cripta junto con los ataúdes se consideró de propiedad privada de la dinastía Hohenzollern hasta al menos principios de la década de 1940, en pleno nazismo. Entre los entierros más famosos se pueden encontrar allí al brillante príncipe y músico Luis Fernando de Hohenzoller, que murió en el campo de batalla, o al amante del entretenimiento, el rey Federico Guillermo II de Prusia, que convirtió a Berlín en un centro de romanticismo y clasicismo en solo unos años. Pero los más de 100 ataúdes y sarcófagos en la cripta y en la catedral no están allí solo por la piedad profesada, sino también como una muestra de poder.

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    También allí, bajo el suelo de la catedral berlinesa, se encuentra el simple ataúd de Elisabeth Magdalene von Braunschweig, quien murió en 1595, los enormes féretros de piedra en las que reposan el Gran Elector Federico Guillermo I de Brandeburgo, su segunda esposa Dorothea de Schleswich-Holstein, su sucesor Federico III, quien fue coronado Rey de Prusia, y su segunda esposa, Sophie Charlotte.

    Espléndidos ataúdes barrocos como el del príncipe Luis de 1687, pero también carpintería de madera de finales del siglo XIX que parece muy contemporánea, completan esta colección única de reliquias dinásticas. En el ataúd número 97, un sarcófago de mármol para niños, se encuentra el pequeño cuerpo de una nieta sin nombre del káiser Guillermo II. Sin embargo, el último emperador alemán no descansa en la cripta, sino que está enterrado en el exilio en un mausoleo en el parque del castillo holandés de Doorn Huis, donde murió en 1941.

    La Hohenzollerngruft obtuvo su aspecto actual de la reconstrucción de la catedral en la década de 1990. Esta reconstrucción fue financiada con la ayuda del gobierno federal, el estado de Berlín y la asociación de construcción de la catedral. En ese momento, el diseño de la Cripta Hohenzollern fue modelado significativamente por Rüdiger Hoth, un antiguo arquitecto de la catedral. Hasta ahora, los descendientes de la Casa de Hohenzollern nunca contribuyeron financieramente con el mantenimiento de la cripta y en los próximos años el Estado federal alemán destinará 18 millones de euros a su restauración. Los pasillos serán renovados y los ataúdes (que fueron enviados a un sitio secreto) serán reorganizados cronológicamente.

  • Enfoque: el drama legal de los Hohenzollern, descendientes del último káiser de Alemania

    Desde 2013, el jefe dinástico reclama a los estados de Berlín y Brandeburgo desde 2013 la devolución de las antiguas tierras y posesiones a su familia.

    Con 176 habitaciones recientemente renovadas, grandes jardines y fuentes majestuosas, ¿quién no querría mudarse al Palacio Cecilienhof en Potsdam, a las afueras de Berlín? Aparentemente, una persona está ansiosa: Jorge Federico, príncipe de Prusia, el jefe de la antigua Casa Real de Hohenzollern y el tataranieto del último emperador alemán. Pero si se le permite o no sigue siendo una cuestión legal cargada de importancia histórica.

    Desde 2014, Jorge Federico batalla contra los gobiernos estatales de Alemania mientras intenta asegurar el derecho de residencia en la propiedad, el último palacio construido por su familia real prusiana. También está tratando de asegurar la restitución del arte y otras posesiones familiares anteriores pero sus perspectivas siguen sin estar claras, informó Deutsche Welle.

    ¿Quiénes son los Hohenzollern?

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    El jefe de la dinastía, Jorge Federico, con su esposa la princesa Alejandra.

    Las raíces dinásticas de los Hohenzollerns se remontan al siglo XI, y la primera referencia oficial tuvo lugar en 1061. La residencia imperial de la familia estaba en la cima de una montaña en el estado de Baden-Württemberg, en el suroeste de Alemania, hoy hogar del neogótico castillo de Hohenzollern.

    Después de la unificación de Alemania en un imperio en 1871, Guillermo I de Hohenzollern, entonces Rey de Prusia, fue proclamado káiser alemán. A su muerte en 1888, su hijo Federico III tomó el trono, pero solo durante 99 días antes de que él mismo muriera de cáncer de garganta. El hijo de Federico, Guillermo II, de solo 29 años, se convirtió en el próximo emperador de Alemania y, finalmente, en el último.

    El fin de la monarquía

    El último emperador abdicó en 1918 y murió en el exilio.

    La monarquía alemana terminó con la abdicación de Guillermo II en noviembre de 1918, pocos días antes de que concluyera la Primera Guerra Mundial. El káiser y su esposa, la kaiserina Augusta Victoria, se exiliaron en los Países Bajos después de un penoso proceso de transición. La Constitución de Weimar de 1919 eliminó el estatus especial y los privilegios de la nobleza. Sin embargo, a los miembros de la realeza y la nobleza se les permitió conservar sus títulos, aunque solo como parte de su apellido.

    El sentimiento antimonárquico fue alto durante la República de Weimar. Las posesiones imperiales fueron confiscadas. Los Hohenzollern recurrieron a los tribunales, y en 1926 llegaron a un acuerdo de compensación con el Estado Libre de Prusia, el estado democrático que surgió de su antiguo reino. Sin embargo, sus consecuencias continuaron siendo impugnadas legalmente hoy.

    Una ley de 1926 preveía la devolución de una gran parte de las posesiones confiscadas de Hohenzollern , incluido el Palacio Cecilienhof, a la familia. Sin embargo, la situación cambió nuevamente después de la Segunda Guerra Mundial.

    Un antepasado nazi, reproche histórico

    El kronprinz Guillermo de Prusia, hijo del último emperador.

    En 1945, la mayoría de las propiedades y posesiones de la familia Hohenzollern estaban ubicadas en la zona ocupada por los soviéticos en el este de Alemania, lo que más tarde se convertiría en Alemania Oriental. El estado comunista tomó posesión y la familia real prusiana fue expulsada del país nuevamente.

    El Tratado de Unificación de 1990 que reunió a Alemania Oriental y Occidental reconoció la expropiación ilegal de terrenos y edificios, pero no el inventario físico. En 1994 se estableció una indemnización por dicha expropiación reconocida. Pero después de que un tribunal determinó que los Hohenzollern habían “incitado considerablemente” al régimen nazi, la familia fue excluida de la compensación en estos casos.

    La evidencia histórica indica que el ex príncipe heredero Guillermo, hijo mayor del emperador abdicado, simpatizaba con los nazis y felicitaba a Adolfo Hitler en su cumpleaños y en el Año Nuevo. En diciembre de 1936, el antiguo príncipe heredero envió a Hitler sus “más sinceros deseos” por las “acciones beneficiosas del dictador para el bienestar de nuestro querido pueblo y nuestra patria”.

    Los historiadores no están de acuerdo con la interpretación de esta evidencia y el peso que se le debe dar en las cortes. Sin embargo, ambos factores influirán decisivamente en el resultado de la batalla legal. Los cuatro testimonios de expertos escritos hasta la fecha llegaron a conclusiones diferentes sobre las opiniones y el comportamiento político del antiguo príncipe heredero.

    Más recientemente, en una audiencia del comité cultural del Parlamento alemán, siete historiadores, expertos en derecho y expertos en arte no pudieron acordar si la familia Hohenzollern “incitó considerablemente” a los nazis. La pregunta sobre la posible compensación para los miembros vivos de la familia Hohenzollern, o incluso el regreso de su propiedad anterior, sigue abierta, al igual que el tema de la interpretación histórica en los años de entreguerras.

    Jorge Federico, de 43 años, exige el derecho a residir sin pagar alquiler en la antigua residencia real de Cecilienhof y exige que cientos de pinturas, muchas de las cuales actualmente se encuentran en museos estatales alemanes, regresen a la propiedad de su familia. Las personas tienen derecho a una indemnización por los bienes tomados por las fuerzas soviéticas, pero los funcionarios argumentan que este derecho se pierde si ellos mismos apoyaron al régimen nazi.

  • La antigua casa real de Alemania acordó con el estado por la propiedad del Castillo de Rheinfels

    Contra la opinión del gobierno, el príncipe Jorge Federico, descendiente de la dinastía Hohenzollern, reclama desde 2013 que pertenecía a su familia.

    La larga disputa legal sobre la propiedad del Castillo de Rheinfels, en el municipio alemán de St. Goar finalmente se resolvió. Este jueves 28 de febrero, el ayuntamiento local aprobó un acuerdo extrajudicial con el príncipe Jorge Federico, el joven descendiente y jefe de la dinastía Hohenzollern, que desde hace años afirma que la propiedad de esta antigua residencia real pertenece a su familia. El castillo está ubicado en un área del Patrimonio Mundial de la UNESCO. y atrae a turistas de todo el mundo, por lo que es una propiedad valiosa.

    Según el acuerdo, las ruinas del castillo seguirán siendo propiedad de la ciudad pero una parte de los ingresos de las entradas que pagan los turistas se entregarán a la “Fundación Kira-von-Preußen” para beneficiar los proyectos de niños y jóvenes en St. Goar. Los ingresos anuales dependerán de la cantidad de visitantes al castillo de Rheinfels, pero para apoyar a la fundación, se aumentará la tarifa de entrada a un euro adicional por adulto y 50 centavos por niño, informó la Deutsche Welle.

    El alcalde estima que se pueden recaudar aproximadamente € 50,000 (US$ 55.000) anualmente para la fundación. “Debido a que este dinero es independiente del presupuesto de la ciudad, el trabajo de niños y jóvenes en St. Goar está garantizado por décadas”, dijo Hönisch. La cooperación con la fundación comenzará el 1 de enero de 2021, con el aumento de los precios de las entradas el 1 de marzo, según informó la agencia alemana Deutsche Presse-Agentur.

    El Tribunal Superior Regional de Coblenza había decidido en junio de 2019 que el príncipe Jorge Federico, descendiente de Guillermo II, último rey de Prusia y emperador de Alemania, no podía reclamar la propiedad del castillo de Rheinfels. Las ruinas habían pertenecido a la familia del príncipe hasta el final de la Primera Guerra Mundial, luego fueron transferidas a un administrador. En 1924, el castillo cambió de propietario nuevamente y fue entregado a la ciudad de St. Goar.

    ¿Por qué el príncipe reclama a Rheinfels?

    La familia Hohenzollern, de la que Jorge Federico es el jefe dinástico desde 1994, había sido propietaria del castillo desde el siglo XIX. La ciudad de St. Goar se convirtió en propietaria en 1942 con la condición de que las enormes murallas medievales no se vendieran. En 1998, la ciudad y el hotel celebraron un contrato de arrendamiento de 99 años con el castillo, con la posibilidad de una extensión igualmente larga. Pero el Príncipe de Prusia argumenta que un contrato de arrendamiento de 99 años es equivalente a vender el castillo.

    Gert Ripp, el operador del Rheinfels Castle Hotel, cree que el príncipe solo está interesado en reclamar sus derechos, pero el alcalde de St. Goar está convencido de que el “dinero” es la motivación detrás de lo que llamó una “redada”. “De lo contrario, habría venido… antes con su reclamo”, dijo el funcionario, en lugar de esperar hasta que el estado, la ciudad y el arrendatario hubieran invertido millones de euros en el castillo.