Carlos II de España (1661-1700), creció raquítico, enfermizo y con una corta inteligencia, además de estéril, lo que llevó a alguien a decir que “Carlos I fue guerrero y rey, Felipe II sólo rey, Felipe III y Felipe IV hombres nada más, y Carlos II ni hombre siquiera”. Su infancia fue tan larga como su lactancia, que duró exactamente tres años, diez meses y once días, pasando por las manos de catorce nodrizas que no consiguieron fortalecer al infante. Cuando su padre, Felipe IV, murió en 1665, el nuevo rey aún tomaba el pecho. Para evitar la mala imagen de coronar como rey a un niño poco desarrollado, los médicos reales aconsejaron suspender la lactancia. Le prescribieron papillas y, como no se podía mantener en pie, encargaron al sastre unos gruesos cordones para sostenerlo mientras recibía a los embajadores extranjeros.
Cuando tenía cinco años todavía no sabía hablar. A los seis, enfermó sarampión y varicela; a los diez años, rubeola, y a los once, una viruela que estuvo muy cerca de matarlo; a los 32 años perdió todo el cabello y lo que quedaba fue disimulado debajo de la peluca. Y por sobre sus problemas físicos, estaban los mentales: aprendió a hablar a los 10 años y a los 15 apenas podía estampar su firma en un papel. Era de esperarse que no pudiera tener hijos. Desesperada, la Corte acudió a un astrólogo, que aconsejó al rey exhumar cadáveres de sus antepasados, abrazarlos y dormir con ellos.
El rey siguió el consejo al pie de la letra, pensando que así rompería su mala suerte y tendría el deseado heredero al trono: durmió con los cuerpos momificados de San Isidro y San Diego de Alcalá porque tiempo atrás habían curado a algunos miembros de la familia real, para que Carlos se liberase de los demonios que lo poseían. Así, en la misma época en que Isaac Newton formulaba su teoría de la gravedad y Christiaan Huygens escudriñaba el firmamento con su telescopio buscando las lunas de Saturno, el rey de España buscaba romper su hechizo acudiendo a sus antepasados muertos. Para los españoles, el rey simplemente estaba hechizado.
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