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  • El refugio de una madre en las sombras: Letizia Ramolino en Roma tras la caída de Napoleón

    Era una noche tranquila en Roma, el reloj marcaba las 11:09 pm de un cálido julio de 1820, cuando Letizia Ramolino, matriarca de la dinastía Bonaparte, se sentaba junto a la ventana de su modesto Palazzo Bonaparte. Las calles abajo, bañadas por el suave resplandor de las lámparas de aceite, susurraban de una ciudad que alguna vez tembló bajo el imperio de su hijo, pero que ahora le ofrecía santuario. Tras la derrota de Napoleón en 1814 y su exilio a Elba, y luego a la remota Santa Helena en 1815, Letizia se encontró viuda de fortuna, su esplendor imperial reducido a recuerdos y fragmentos de joyas escondidas. Sin embargo, en este inesperado refugio bajo la protección del Papa Pío VII, su resiliencia trazó un nuevo capítulo: uno de dignidad silenciosa entre las ruinas de un sueño, teñido por la compleja danza de poder, fe y redención.

    Letizia Ramolino, nacida el 24 de agosto de 1750 en Ajaccio, Córcega, había sido el pilar de la familia Bonaparte, criando a ocho de sus trece hijos hasta la edad adulta, incluido el futuro emperador Napoleón. Proveniente de una familia noble pero modesta, se casó con Carlo Buonaparte en 1764, un matrimonio pragmático que la dejó a cargo de la familia tras la muerte de su esposo en 1785 por un cáncer de estómago. Con una mezcla de severidad y astucia, moldeó a sus hijos, especialmente a Napoleón, inculcándole disciplina y ambición. Cuando éste ascendió al poder, Letizia disfrutó de un estatus privilegiado en París, recibiendo el título honorífico de “Madame Mère” tras la coronación de Napoleón como emperador en 1804. Sin embargo, su relación con él era ambivalente; desaprobaba sus matrimonios políticos, como el con María Luisa de Austria, y su estilo de vida extravagante, prefiriendo una vida más austera. Tras la abdicación de Napoleón en Fontainebleau en abril de 1814, Letizia huyó de París con un pequeño tesoro —diamantes y objetos valiosos cosidos en sus ropas— buscando seguridad en Italia.

    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte
    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte

    La decisión de buscar asilo en Roma, bajo la protección del Papa Pío VII, fue un giro audaz. E pontífice, nacido Barnaba Chiaramonti, había sido capturado por las fuerzas napoleónicas en 1809 y obligado a firmar el Concordato de Fontainebleau, un acto que humilló a la Iglesia. Sin embargo, tras su liberación en 1814 y la restauración de los Estados Pontificios, optó por la reconciliación. En octubre de 1815, Bonaparte llegó a la estéril isla de Santa Elena, un remoto puesto de avanzada británico en el Atlántico sur, donde pasó sus últimos cinco años de vida. Los británicos le dijeron a Napoleón que sería confinado allí para evitar que “perturbara el reposo de Europa”. “Los monarcas contra los que había luchado durante más de una década se preocupaban poco por su cautivo–escribe Ambrogio Caiani–. Inesperadamente, Pío VII fue la excepción y mostró cierto interés por el destino de su antiguo torturador”. 

    El cronista contemporáneo John Chetwode Eustace, en A Tour Through Italy (1813), anotó: “La clemencia del Papa hacia la familia Bonaparte, a pesar de las pasadas afrentas, fue un espectáculo de perdón cristiano, con Letizia encontrando un hogar donde una vez su hijo sembró discordia.” Esta hospitalidad incluyó no solo a Letizia, sino también a sus hijos Lucien y Luis, y al cardenal Fesch, quien había servido como arzobispo bajo Napoleón. La llegada de Letizia a Roma en 1815 fue discreta, pero su estatus como madre del ex emperador atrajo atención. Una crónica de The Gentleman’s Magazine de mayo de 1815 la describió como “una mujer de semblante severo, vestida de negro, acompañada por un pequeño séquito, sus ojos reflejando el peso de un imperio perdido”.

    Madame Mère en Roma: cuando Pío VII acogió a la madre de su antiguo carcelero

    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte
    Letizia Ramolino, madre del emperador Napoleón Bonaparte

    Desde esa “maldita roca” llamada Santa Elena, Napoleón le escribió a Pío VII para quejarse del trato que recibía de los británicos. El papa, libre de resentimientos, le escribió una carta al príncipe regente de Inglaterra para pedirle que se aliviaran las condiciones de Napoleón en Santa Elena. En un acto de gran misericordia, Pío, que nunca había dejado de referirse a Napoleón como su “amado hijo”, abrió las puertas de su palacio en Roma para refugiar a su madre. Ningún país había querido recibir a la mujer, madre de un emperador, tres reyes y una reina. “Soy verdaderamente la madre de todos los dolores, y mi único consuelo es saber que el Santo Padre dejó el pasado en el olvido y ser consciente de toda la bondad que siempre ha mostrado a todos los miembros de mi familia–le escribió al cardenal Consalvi–. Nuestra gratitud no tendrá límites”. Finalmente, cuando Napoleón agonizaba de cáncer de estómago en la isla, Pío envió a Santa Elena a un sacerdote para acompañarlo a reconciliarse con la Iglesia. Agradecido, Napoleón dijo que Pío VII fue “un hombre lleno de bondad y luz”.

    Inicialmente, Letizia se instaló en la Villa Rufinella, en las colinas Albanas, un retiro tranquilo ofrecido por amigos italianos. Sin embargo, en 1818, con el apoyo financiero de sus hijos—especialmente José, rey exiliado de España, y Lucien, establecido en Italia —compró el Palazzo Bonaparte en el centro de Roma, cerca de la Piazza Venezia. Este palacio, hoy un museo, se convirtió en su refugio, decorado con muebles modestos y retratos de la familia Bonaparte. Vivió con frugalidad, administrando cuidadosamente las remesas y los ingresos de propiedades confiscadas que logró recuperar. El historiador Philip Dwyer, en Napoleon: The Path to Power (2008), la retrata como “una sobreviviente pragmática, adaptándose a la adversidad con la misma tenacidad que inculcó a sus hijos.” Su rutina incluía misas diarias en iglesias como Santa María sopra Minerva, un gesto que fortaleció su relación con el Vaticano.

    La alianza con Pío VII fue compleja. El Papa, consciente de la propaganda anti-Bonaparte en Europa, vio en Letizia una oportunidad para proyectar clemencia. En una carta de 1815, citada por el historiador Owen Chadwick en The Popes and European Revolution (1981), Pío VII escribió: “Extendemos nuestra protección a Madame Letizia, no como un favor a la herencia de su hijo, sino como un testimonio de nuestra fe en la redención”. Sin embargo, las tensiones surgieron cuando Letizia intentó mantener un pequeño círculo de leales, incluyendo sirvientes corsos, lo que incomodó a las autoridades papales. A pesar de esto, asistía a audiencias privadas con el Papa, donde se dice que intercambiaban palabras sobre la fe y el perdón, un contraste con los años en que Napoleón había exiliado al pontífice.

    En Roma, Letizia se convirtió en un símbolo de resistencia para los bonapartistas. Organizó reuniones discretas en su palazzo, donde exiliados, artistas y nobles nostálgicos evocaban la era napoleónica. Mantuvo una correspondencia regular con Napoleón, recibiendo sus cartas hasta su muerte en 1821, donde él le pedía noticias de la familia y expresaba su arrepentimiento. Un relato de un visitante en The Edinburgh Review (1822) señaló: “Madame Mère vive como una sombra de su antiguo yo, pero su espíritu permanece intacto, su hogar un refugio para los desposeídos.” El historiador Alan Schom, en Napoleon Bonaparte (1997), añade: “El exilio romano de Letizia fue menos una retirada que una retirada estratégica, preservando la dignidad familiar en medio del colapso.”

    A medida que envejecía, su salud se deterioró, afectada por la artritis y la tristeza por la pérdida de su hijo. Sin embargo, siguió supervisando los asuntos familiares, asegurándose de que sus nietos, como el futuro Napoleón III, recibieran apoyo. Murió el 2 de febrero de 1836 a los 85 años, rodeada de su hija Paulina y el cardenal Fesch. Su funeral en la iglesia de Santa Maria in Monticelli fue modesto pero emotivo y el londinense The Times (febrero de 1836) reportó: “La madre de Napoleón parte, su vida un testimonio de supervivencia frente a la ruina.” El Palazzo Bonaparte, con sus paredes testigo de sus años de exilio, permanece como un monumento a su legado. Bajo la protección de Pío VII, Letizia transformó su refugio en un bastión de memoria, donde el perdón papal y su propia fuerza tejieron un puente entre el esplendor perdido y un futuro incierto.

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes: A Tour Through Italy de John Chetwode Eustace (1813), The Gentleman’s Magazine (mayo de 1815), Napoleon: The Path to Power de Philip Dwyer (2008), The Popes and European Revolution de Owen Chadwick (1981), The Edinburgh Review (1822), Napoleon Bonaparte de Alan Schom (1997), The Times (febrero de 1836).

    Fotos: Wikipedia / Britannica / Neumeister

  • El sultán de Brunei cumple 58 años de reinado: quién es el monarca más antiguo del mundo

    En el exuberante sultanato de Brunei, una pequeña nación en la isla de Borneo, el sultán Hassanal Bolkiah reina como uno de los últimos monarcas absolutos del planeta. Es el monarca vivo con el reinado más largo, habiendo ascendido al trono el 1 de agosto de 1967 tras la abdicación de su padre. Su vida es un tapiz de riqueza inimaginable y poder inquebrantable, aunque no está exenta de contradicciones y controversias.

    Quién es el sultán de Brunei

    Nacido el 15 de julio de 1946 en el Palacio Istana Darussalam, Bolkiah fue preparado para el liderazgo desde joven. Hijo mayor del sultán Omar Ali Saifuddien III, recibió educación privada en Brunei. Después, asistió al prestigioso Victoria Institution en Kuala Lumpur.

    Posteriormente, a la Real Academia Militar de Sandhurst en el Reino Unido. Allí también se formaron los príncipes británicos Guillermo y Harry. Su educación combinó tradición bruneana con perspectivas globales, preparándolo para un rol que exigiría tanto reverencia cultural como diplomacia internacional.

    La riqueza de Bolkiah, estimada en 30.000 millones de dólares, proviene principalmente de las vastas reservas de petróleo y gas de Brunei. Estas fueron descubiertas en la década de 1920 y explotadas plenamente tras la independencia del dominio británico en 1984.

    Como jefe de Estado, primer ministro, ministro de Defensa y Finanzas, Bolkiah controla la economía nacional. Su Brunei Shell Petroleum canaliza miles de millones a las arcas reales.

    La Agencia de Inversiones de Brune gestiona activos por más de 70.000 millones. Ha ampliado su fortuna con inversiones globales, incluyendo hoteles como el Beverly Hills Hotel y el Dorchester en Londres.

    Su estilo de vida refleja una extravagancia casi mítica. La colección de autos de Bolkiah, valorada en más de 5.000 millones, es la más grande del mundo, con 7.000 vehículos, incluyendo 600 Rolls-Royces, 450 Ferraris y un Rolls-Royce Silver Spur II bañado en oro de 24 quilates.

    Su residencia, el Istana Nurul Iman, ostenta el récord Guinness como el palacio residencial más grande. Cuenta con 2 millones de pies cuadrados, 1.788 habitaciones, 257 baños y un zoológico privado con 30 tigres de Bengala.

    Un simple corte de pelo le cuesta 20.000 dólares, con su barbero favorito trasladado en primera clase desde Londres. Su Boeing 747 privado es apodado un “palacio volador”. Y una pintura de Renoir de 70 millones de dólares destaca aún más sus gustos fastuosos.

    La familia es central en la vida de Bolkiah, aunque no sin complejidades. Casado con la reina Saleha desde 1965, tiene cinco hijos y siete hijas. El príncipe heredero es Al-Muhtadee Billah, educado en Oxford. Otro hijo, Abdul Mateen, es una estrella de las redes sociales. Su boda captó atención de 10 días y con 5.000 invitados, incluyendo líderes mundiales. 

    Su hermano, el príncipe Jefri, generó escándalo al ser acusado de malversar miles de millones. Esto derivó en una demanda de alto perfil en 2000. A pesar de estas tensiones, la familia real sigue siendo un símbolo de la dinastía de 600 años de Brunei.

    El poder de Bolkiah es absoluto, una rareza en el mundo moderno. Como gobernante supremo, supervisa un “estado de bienestar petrolero”, donde la riqueza financia educación, salud y subsidios gratuitos para sus 430.000 ciudadanos.

    Sin embargo, su impulso por leyes islámicas estrictas, incluyendo penas de la Sharia como la lapidación por adulterio y homosexualidad introducidas en 2014, ha generado condena internacional. 

    En 2019, celebridades y gobiernos, incluidos EE.UU. y el Reino Unido, pidieron boicots a los hoteles propiedad de Brunei tras la criminalización de la homosexualidad. Bolkiah aclaró luego que no se aplicaría la pena de muerte. Pero la controversia evidenció la tensión entre sus políticas conservadoras y la imagen extravagante de su familia.

    Su presencia internacional sigue siendo significativa. Su riqueza, que lo convirtió en el hombre más rico del mundo en los años 80 antes de ser superado por Bill Gates, fluctúa con los precios del petróleo. Pero su control del poder permanece firme. Como señaló The New York Times, la presión pública es poco probable que lo haga ceder, ya que se ve como defensor de los valores islámicos de Brunei.

    La vida del sultán Hassanal Bolkiah es una paradoja. Un monarca de riqueza y poder incomparables, viviendo en un mundo dorado de palacios y aviones privados, pero gobernando una nación donde la tradición y la religión dictan normas estrictas.

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes: The New York Times, Forbes, The Mirror, Celebrity Net Worth, Times of India

  • Una princesa en Hollywood: el encuentro de Margarita de Dinamarca con el mundo del cine

    En el otoño de 1965, la princesa Margarita de Dinamarca, entonces de 25 años y heredera al trono danés, emprendió un viaje que la llevó desde los solemnes salones del Palacio de Amalienborg hasta el deslumbrante y caótico universo de Hollywood. No se trataba de una gira real cargada de compromisos diplomáticos, sino de una aventura personal impulsada por la curiosidad y un profundo amor por las artes. Como futura reina Margarita II, reflexionaría años después sobre esta experiencia como un momento de liberación, declarando en una entrevista de 2012: “Hollywood fue un sueño, un lugar donde reinaba la imaginación, pero también una lección sobre cómo navegar en un mundo tan distinto al mío”.

    Su llegada a Los Ángeles fue recibida con un torbellino de entusiasmo. La ciudad, en plena edad dorada del cine, vibraba con el bullicio de estrellas, directores y la omnipresente prensa sensacionalista. Margarita, acompañada por su amiga cercana, la socialité estadounidense Sharman Douglas, se adentró en este frenesí con su característica elegancia. “Quería ver la magia detrás de las películas que amaba”, recordó en una entrevista de 1995 con Vanity Fair, “y conocer a las personas que la hacían posible”. Su itinerario combinaba visitas a estudios cinematográficos con eventos sociales de alto perfil, ofreciendo una rara visión de una royal abrazando el encanto de Tinseltown.

    El punto culminante de su visita fue una cena repleta de estrellas en Beverly Hills, organizada por Douglas en la residencia de su padre. La lista de invitados parecía un paseo por el Paseo de la Fama de Hollywood: Frank Sinatra, Judy Garland, Gregory Peck y el tempestuoso dúo de Elizabeth Taylor y Richard Burton. Según un informe de 1965 de Los Angeles Times, el evento fue un espectáculo de glamour, con Margarita como centro de atención. Sin embargo, no todo fue armonía. Taylor y Burton, que llegaron tarde, se sintieron molestos al descubrir que no estaban en la mesa principal. Margarita, siempre diplomática, comentó más tarde en una entrevista de 2005: “Su energía me pareció fascinante, pero yo estaba allí para escuchar, no para competir por el protagonismo”.

    Judy Garland a la princesa Margarita: “No pareces una estrella de cine”

    No todas las interacciones fueron tan fluidas. En un momento de franqueza, Judy Garland, tal vez herida por la volubilidad de la industria, le dijo a Margarita, según relató Vanity Fair: “No pareces una estrella de cine”. La princesa, imperturbable, respondió con una sonrisa, señalando después: “Lo tomé como un cumplido, no intentaba serlo”. Otro encuentro incómodo ocurrió en el baño de damas, donde Neile Adams, esposa de Steve McQueen, rompió el protocolo real al quedarse, sin saber que se esperaba privacidad para la princesa. Margarita lo pasó por alto, pero el incidente alimentó los chismes en el Hollywood Reporter, que lo calificó como un “traspié real”.

    Durante el día, Margarita exploró el corazón del cine. En los estudios Universal, visitó el set de Torn Curtain de Alfred Hitchcock, donde conoció a Paul Newman y Julie Andrews. “Me impresionó su genuina curiosidad”, dijo Andrews en Variety en 1966. “Preguntaba por todo: la iluminación, las cámaras, incluso el guión”. Margarita, una apasionada fotógrafa, capturó imágenes de los platós, una afición que anticipaba su posterior trabajo diseñando vestuarios y escenografías para teatro y cine daneses. “Me sentí como estudiante otra vez”, confesó en The Guardian, “absorbiendo un oficio que era tanto arte como industria”.

    Las noches, en cambio, eran un torbellino diferente. La escena festiva de Hollywood la envolvió, desde lujosas veladas organizadas por productores hasta reuniones improvisadas con músicos y actores. Un artículo de 1965 del New York Times describió cómo bailaba en una mansión de Bel-Air, rodeada de “margaritómanos”, como la prensa apodó a sus admiradores. Sin embargo, sus momentos de desenfado levantaron cejas entre los diplomáticos daneses, preocupados por su imagen. “Era joven, quizás algo imprudente”, admitió Margarita en Vanity Fair. “Pero aprendí más sobre el mundo en esos pocos días que en años de protocolo”.

    Su tiempo en Hollywood dejó una huella imborrable. Paseando por Sunset Boulevard o contemplando la ciudad desde el Observatorio Griffith, equilibró el deber real con la libertad personal. “Era un lugar de extremos, glamour y crudeza”, reflexionó Margarita II. “Lo amé, pero sabía que no era mi mundo”. Al regresar a Dinamarca, sus maletas no solo llevaban recuerdos, sino una perspectiva más amplia que moldearía su reinado. Décadas después, como reina Margarita II, recordaría Hollywood con cariño y humor, diciendo: “Fue como entrar en una película: deslumbrante, dramática y un poco loca”.

    Artículo original de Monarquias.com

  • A los 75 años la princesa Ana aún no piensa en jubilarse: “No voy a ninguna parte”

    A sus 75 años, la princesa Ana, conocida como la royal más trabajadora de la monarquía británica, no muestra signos de ralentizar su ritmo. Según un artículo publicado en The Sunday Times el 19 de julio de 2025, titulado “Princess Anne at 75: ‘I’m not going anywhere’”, la princesa real mantiene su compromiso con el deber, a pesar de un reciente susto de salud. Este artículo explora cómo Ana planea enfrentar el futuro, basándonos exclusivamente en esta fuente, destacando su resiliencia, su papel en una monarquía en transición y su legado como una figura indispensable de la familia real.

    El 24 de junio de 2025, la princesa Ana sufrió un accidente que marcó un raro momento de pausa en su incansable agenda. Mientras paseaba por su finca de Gatcombe Park, fue golpeada por un caballo, lo que resultó en una conmoción cerebral y lesiones menores en la cabeza. Según el Times, “fue trasladada en ambulancia al Hospital Southmead en Bristol”, donde permaneció cinco noches antes de regresar a casa para recuperarse. A pesar de este incidente, que la obligó a cancelar nueve compromisos oficiales, Ana demostró su característica determinación. 

    La princesa Ana de Gran Bretaña
    La princesa Ana de Gran Bretaña

    Menos de tres semanas después, el 12 de julio, estaba de vuelta en público, asistiendo a un evento de equitación en Hartpury, Gloucestershire. “No voy a ninguna parte”, habría dicho, según fuentes cercanas citadas en el artículo, dejando claro que ni la edad ni el accidente frenarán su compromiso. Aunque el accidente de junio fue un recordatorio de su mortalidad, su recuperación rápida y su regreso al trabajo refuerzan su reputación como una figura incansable. Como señala el Times, “la princesa Ana ha capeado muchas tormentas, pero su popularidad y respeto solo han crecido”. 

    La princesa Ana, la más trabajadora de la familia real británica

    La princesa Ana, hija de la reina Isabel II, ha sido durante mucho tiempo un pilar de la monarquía británica. En 2023, llevó a cabo 457 compromisos oficiales, superando a cualquier otro miembro de la familia real, y en 2024, realizó 197 compromisos antes de su accidente, según el artículo. Su dedicación es aún más notable en el contexto de una monarquía reducida, con el rey Carlos III y la princesa de Gales enfrentando tratamientos contra el cáncer, y el príncipe Harry y Meghan Markle retirados de sus roles. Como señala The Times, Ana es vista como “el epítome del deber y la lealtad”, una figura que llena los vacíos dejados por otros royals mientras mantiene un perfil discreto.

    La princesa Ana de Gran Bretaña
    La princesa Ana de Gran Bretaña y su esposo Sir Timothy Laurence (Foto: The Royal Family / X)

    A pesar de su carga de trabajo, Ana no busca los reflectores. Su enfoque pragmático se refleja en su rutina: “Se levanta a las 6:30 a.m. para revisar documentos, asiste a eventos, regresa a casa, cena con su esposo, ve las noticias y se acuesta a las 10:30 p.m.”, describe el artículo. Esta disciplina, combinada con su franqueza —“puede ser brusca, pero es muy respetada por su ética de trabajo”— la ha convertido en una de las royals más admiradas, con una aprobación pública del 71% según una encuesta de YouGov de abril de 2025.

    La princesa Ana, una “asesora confiable” para Carlos III y el príncipe Guillermo

    La princesa Ana de Gran Bretaña
    La princesa Ana de Gran Bretaña y su hermano el rey Carlos III (Foto: The Royal Family / X)

    Cerca de 75 años el 15 de agosto próximo, la princesa Ana no tiene planes de retirarse. “No tengo ninguna intención de reducir el ritmo, a menos que mi cuerpo me lo exija”, habría dicho, según una fuente citada en el Times. Su agenda sigue siendo intensa, con compromisos que incluyen desde la reapertura de la Torre de Londres hasta la presidencia de organizaciones como Save the Children y el Royal Yachting Association. Su pasión por los caballos, que la llevó a competir en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, sigue siendo una parte central de su vida. Como presidenta de la Federación Ecuestre Internacional y miembro del Comité Olímpico Internacional, Ana mantiene un vínculo activo con el deporte ecuestre, asistiendo a eventos como los Juegos Olímpicos de París 2024.

    El artículo también destaca su papel como una figura estabilizadora en una monarquía en transición. Con el rey Carlos III, de 76 años, y el príncipe Guillermo preparando su futuro reinado, Ana es vista como una “asesora confiable” para ambos. Su experiencia y su enfoque sin complicaciones la convierten en un recurso invaluable, especialmente en un momento en que la institución enfrenta preguntas sobre su relevancia y tamaño. “La princesa real es una de las pocas que puede hablarle al rey de igual a igual”, señala una fuente, subrayando su influencia detrás de escena.

    La princesa Ana de Gran Bretaña
    La princesa Ana de Gran Bretaña y su hermano Carlos (Foto: The Royal Family / X)

    Fuera de sus deberes reales, Ana lleva una vida relativamente sencilla en Gatcombe Park, donde vive con su esposo, el vicealmirante Sir Timothy Laurence, y donde sus hijos, Peter Phillips y Zara Tindall, han establecido sus propias familias. El artículo describe su relación con sus nietos —cinco en total, incluyendo a Mia, Lena y Lucas Tindall— como cercana pero práctica. “Ella es una abuela que está allí para sus nietos, pero no los mima con regalos caros”, dice una fuente. Esta simplicidad se extiende a su estilo de vida: Ana es conocida por su frugalidad, reutilizando su vestimenta de hace décadas y manteniendo un guardarropa que refleja su desdén por las modas pasajeras.

    Artículo original de Monarquias.com. Fuente: “Princess Anne at 75: ‘I’m not going anywhere’”, The Sunday Times, 19 de julio de 2025.

  • La sentencia contra Marius Borg: el desenlace del caso que sacude a la corona noruega

    El caso judicial contra Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera Mette-Marit de Noruega, está cerca de llegar a su cierre después de haber captado la atención del país desde su inicio en agosto de 2024, convirtiéndose en uno de los mayores escándalos que han afectado a la Casa Real noruega en décadas. 

    A lo largo de un año, las acusaciones contra Borg, de 28 años, crecieron exponencialmente, pasando de una denuncia inicial por agresión a un complejo caso penal que incluye 23 cargos, entre ellos tres presuntas violaciones. 

    Con la fiscalía a punto de decidir, el caso de Marius Borg se acerca a un punto crítico. Si los cargos son formalizados, el juicio podría prolongarse, pero la sentencia, esperada para mediados de agosto de 2025, será un momento decisivo para Borg y para la monarquía noruega, que enfrenta una de sus peores crisis modernas.

    Las primeras denuncias contra Marius Borg: “La punta del iceberg”

    Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera Mette-Marit de Noruega
    Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera Mette-Marit de Noruega

    El caso comenzó el 4 de agosto de 2024, cuando Marius Borg fue detenido en Oslo tras un altercado en el apartamento de su entonces novia, Juliane Snekkestad. Según el medio noruego Se og Hør, la policía fue alertada por la propia Snekkestad, quien denunció haber sido agredida física y verbalmente por Borg, resultando en una conmoción cerebral que requirió atención médica. Las autoridades encontraron daños materiales en el apartamento, incluyendo un cuchillo clavado en la pared, lo que intensificó la gravedad de la situación. 

    Borg admitió los hechos en un comunicado público, reconociendo que estaba bajo los efectos de alcohol y cocaína, y confesó problemas de salud mental y adicciones de larga data. En su declaración, pidió disculpas a su novia y a su familia, admitiendo que sus acciones habían “afectado profundamente” a la corona noruega.

    Poco después, el 7 de agosto, Se og Hør informó que Borg enfrentaba una investigación adicional por la posesión ilegal de una motocicleta. La abogada de Snekkestad, Mette Yvonne Larsen, confirmó a Aftenposten que se había otorgado una orden de alejamiento de seis meses contra Borg. Sin embargo, el 13 de agosto, la cadena NRK reportó que Borg fue detenido nuevamente por violar esta orden, lo que marcó el inicio de una escalada en los cargos en su contra. En este punto, la prensa comenzó a especular sobre la magnitud del caso, con el periódico Dagbladet señalando que el incidente inicial parecía ser solo “la punta del iceberg”.

    Ampliación de las acusaciones: nuevas víctimas y delitos

    Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera Mette-Marit de Noruega
    Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera Mette-Marit de Noruega (Foto: Aftenposten)

    A medida que la investigación avanzaba, nuevas denuncias emergieron. Dagbladet publicó el 13 de agosto de 2024 que dos exnovias de Borg, Nora Haukland y otra mujer no identificada, acusaron al joven de comportamientos violentos en el pasado. Estas acusaciones ampliaron los cargos a abuso físico y psicológico en relaciones cercanas. 

    Según NRK, la policía comenzó a investigar audios obtenidos por Se og Hør, en los que Borg admitía ante las autoridades que sus padres estaban al tanto de sus “amistades problemáticas”, algunas vinculadas a investigaciones por narcotráfico. Estos audios, grabados antes del incidente de agosto, sugerían que Borg gozaba de cierta impunidad debido a su cercanía con la familia real, utilizando privilegios como un pasaporte diplomático y una residencia en la finca real de Skaugum.

    El caso tomó un giro aún más grave cuando Dagbladet reveló, el 12 de diciembre de 2024, que Borg estaba siendo investigado por una cuarta agresión sexual, presuntamente cometida en Skaugum a principios de ese año. Según el medio, la policía sospechaba que Borg agredió a una joven en compañía de un amigo, y se encontraron evidencias digitales, incluyendo videos y fotos, en los dispositivos incautados. Borg había sido acusado de violar órdenes de alejamiento en al menos cuatro ocasiones, lo que agravó su situación legal.

    En mayo de 2025, VG informó sobre un podcast que intentaba suavizar la imagen pública de Borg, citando a un amigo anónimo bajo el seudónimo de “Erik”, quien defendía que Borg merecía una oportunidad para redimirse. Sin embargo, esta estrategia no logró contrarrestar el impacto de las nuevas acusaciones. Para junio de 2025, la investigación había identificado a un total de diez víctimas, incluyendo a la actriz Linni Meister, quien afirmó haber sido agredida en el sótano de Skaugum en 2018, cuando Borg tenía 21 años.

    Conclusión de la investigación: 23 cargos y un juicio pendiente contra Marius Borg

    El 27 de junio de 2025, la policía noruega anunció la conclusión de su investigación. Borg enfrentaba 23 cargos, detallados por Aftenposten como: un cargo por violación con coito, dos cargos por violación sin coito, cuatro cargos por comportamiento sexual ofensivo, un cargo por abuso en relaciones cercanas, dos cargos por lesiones corporales, un cargo por daños, un cargo por amenazas, cinco violaciones de órdenes de alejamiento, un cargo por abuso sexual a un agente de policía y cinco infracciones de tráfico. La policía confirmó que el caso involucraba a un “número de víctimas de dos dígitos”, con Se og Hør precisando que al menos diez mujeres estaban reconocidas como víctimas.

    Borg, a través de su abogado Petar Sekulic, negó los cargos más graves, particularmente las acusaciones de violación, aunque cooperó con la policía, siendo interrogado 14 veces desde mayo de 2024. El material digital recopilado, incluyendo imágenes y videos, fue clave en la investigación, según el abogado policial Andreas Kruszewski, citado por Dagbladet. El caso fue remitido a la fiscalía de Oslo, que, según un mensaje enviado a NTB y citado en X el 29 de julio de 2025, tiene hasta mediados de agosto para decidir si presenta cargos formales.

    La reacción de la casa real noruega sobre el caso Marius Borg

    La Casa Real noruega mantuvo una postura de silencio calculado. El 27 de junio de 2025 el palacio emitió un escueto comunicado: “El caso está siguiendo el sistema legal y los procedimientos normales. No tenemos nada que añadir”. Esta estrategia ha generado críticas, con Se og Hør destacando que Mette-Marit admitió estar “de acuerdo” con las críticas sobre su reserva.

    El príncipe Haakon se limitó a calificar los cargos como “graves” y confió en el sistema judicial. Un intento de Mette-Marit de contactar a una de las víctimas, reportado por Aftenposten el 13 de agosto de 2024, fue cuestionado por Dagbladet como un posible intento de influir en el caso, aunque no se presentaron cargos contra la princesa.

    El caso ha sacudido la imagen de la monarquía noruega, que vió una caída en su popularidad. Las acusaciones, combinadas con las revelaciones sobre fiestas en Skaugum donde se habrían cometido robos de objetos de valor, alimentaron la percepción de que Borg abusó de su estatus. A pesar de no tener título real ni funciones oficiales, su cercanía a la familia real ha complicado la narrativa institucional. 

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes: Se og Hør, Dagbladet, Aftenposten, VG, NRK, NTB

  • Ingrid Alejandra sigue su educación como futura reina de Noruega en Australia

    La princesa Ingrid Alejandra de Noruega, de 21 años, ha iniciado un nuevo capítulo en su formación como futura reina. Segunda en la línea de sucesión al trono tras su padre, el príncipe heredero Haakon, Ingrid Alejandra llegó a Australia en julio de 2025 para comenzar un programa de Bachelor of Arts en la Universidad de Sydney, con un enfoque en relaciones internacionales y economía política. 

    “Estoy deseando comenzar mis estudios en la Universidad de Sydney. Será emocionante ser estudiante y espero obtener nuevas perspectivas sobre política europea e internacional”, declaró en un comunicado compartido en Instagram, acompañado de imágenes que la muestran en el icónico campus de arenisca de la universidad. Su decisión de estudiar en el extranjero marca un hito en su formación, reflejando una tradición real de educación global y un compromiso con prepararse para su futuro papel como la primera reina de Noruega en más de 600 años.

    Una educación cosmopolita para Ingrid Alejandra de Noruega

    La princesa Ingrid Alejandra de Noruega en la Universidad de Sydney, Australia. (Foto: Raquel Pires Photography / Corte Real de Noruega)
    La princesa Ingrid Alejandra de Noruega en la Universidad de Sydney, Australia. (Foto: Raquel Pires Photography / Corte Real de Noruega)

    Nacida el 21 de enero de 2004 en Oslo, Ingrid Alejandra es la hija mayor del príncipe heredero Haakon y la princesa heredera Mette-Marit, y nieta del rey Harald V y la reina Sonja. Su educación comenzó en escuelas locales, asistiendo primero a la Escuela Internacional de Oslo, de habla inglesa, para mejorar su dominio del idioma. Posteriormente, se trasladó a la Escuela Uranienborg para completar su educación secundaria inferior, donde fue miembro del consejo estudiantil, demostrando liderazgo temprano. 

    En 2020, la princesa ingresó a la Escuela Secundaria Superior Elvebakken en Oslo, graduándose en abril de 2023. Tras su graduación, trabajó como asistente escolar y trabajadora ambiental en Uranienborg, mostrando su compromiso con la comunidad.

    Antes de embarcarse en su aventura académica en Australia, Ingrid Alejandra completó 15 meses de servicio militar obligatorio en el Batallón de Ingenieros de la Brigada Norte, comenzando en enero de 2024. Entrenada como soldado de ingeniería y fusilera, manejó vehículos de combate CV90 y recibió la medalla de competencia de las Fuerzas Armadas Noruegas al finalizar en abril de 2025. Esta experiencia, que incluyó entrenamiento en armas, operaciones de campo y supervivencia en condiciones extremas, fortaleció su disciplina y preparación para los desafíos futuros, según el palacio real.

    De Oslo a Sydney, un nuevo horizonte para la futura reina de Noruega

    La princesa Ingrid Alejandra de Noruega en la Universidad de Sydney, Australia. (Foto: Raquel Pires Photography / Corte Real de Noruega)
    La princesa Ingrid Alejandra de Noruega en la Universidad de Sydney, Australia. (Foto: Raquel Pires Photography / Corte Real de Noruega)

    El 25 de mayo de 2025, el Palacio Real de Noruega anunció que Ingrid Alexandra comenzaría sus estudios en la Universidad de Sydney en agosto, matriculándose en un programa de tres años de Bachelor of Arts con especialización en relaciones internacionales y economía política. La elección de esta universidad, una de las más prestigiosas de Australia, refleja su interés en temas globales, particularmente en la protección ambiental y el cambio climático, según su biografía oficial. La princesa vivirá en St Andrew’s College, una residencia estudiantil conocida por su red de exalumnos y tradiciones, donde, según el director Daniel Tyler, “está deseando integrarse en la vida universitaria”.

    Fotos publicadas el 25 de julio de 2025 muestran a Ingrid Alejandra en el campus de la Universidad de Sydney y frente a la Ópera de Sydney, vestida de manera casual con jeans, zapatillas y un suéter azul, proyectando la imagen de una estudiante común. Su declaración en Instagram destacó su entusiasmo: “Estoy segura de que aprenderé mucho”. Este traslado a Australia sigue la tradición familiar de estudiar en el extranjero: su abuelo, el rey Harald, estudió historia, economía y política en Balliol College, Oxford, mientras que su padre, Haakon, estudió en la Universidad de California, Berkeley, y en la London School of Economics.

    La decisión de Ingrid Alejandra de estudiar en Australia llega en un momento complicado para la familia real noruega, tras las acusaciones de violación y agresión sexual contra su medio hermano, Marius Borg Høiby, quien ha negado los cargos. A pesar de este escándalo, la princesa mantuvo un perfil bajo y positivo, enfocándose en su educación. Su madre, la princesa heredera Mette-Marit, también tiene un vínculo con Australia, habiendo estudiado un año en la Escuela Secundaria Wangaratta en Victoria en 1992. Este precedente puede haber influido en la elección de Ingrid Alejandra, quien también es una surfista apasionada, habiendo ganado un título nacional en su categoría.

    La princesa Ingrid Alejandra de Noruega en la Universidad de Sydney, Australia. (Foto: Raquel Pires Photography / Corte Real de Noruega)
    La princesa Ingrid Alejandra de Noruega en la Universidad de Sydney, Australia. (Foto: Raquel Pires Photography / Corte Real de Noruega)

    El rey Harald, de 88 años, apoyó públicamente la decisión de su nieta, declarando al periódico noruego VG que “obtienes esto de vuelta con intereses compuestos cuando regrese, así que creo que es solo una ventaja. Debe permitírsele estudiar y obtener una educación antes de comenzar a representar”. Sin embargo, la decisión no estuvo exenta de controversia en Noruega, donde algunos críticos expresaron preocupación por su ausencia de los deberes reales durante tres años, con comentarios despectivos que hacían referencia a la historia de Australia como colonia penal.

    Como segunda en la línea de sucesión, Ingrid Alejandra está destinada a convertirse en la primera reina reinante de Noruega desde Margarita I, quien gobernó Noruega, Dinamarca y Suecia desde 1387 hasta 1412. Su educación en relaciones internacionales y economía política está diseñada para prepararla para este papel, alineándose con sus intereses en asuntos globales y ambientales. Ya ha participado en eventos oficiales, como la boda de la princesa heredera Victoria de Suecia en 2010, una entrevista para una organización ambiental infantil en 2012, y su primera participación en una visita de estado en abril de 2025, durante la visita de la presidenta islandesa Halla Tómasdóttir.

    Durante su tiempo en Sydney, Ingrid Alejandra planea reducir sus actividades oficiales para centrarse en sus estudios, viviendo como una estudiante más en el campus de Camperdown. Su elección de Australia sigue una tendencia entre los jóvenes reales europeos, como el conde Nikolai de Monpezat, sobrino del rey de Dinamarca, quien estudió en la Universidad de Tecnología de Sydney en 2023 y ahora divide su tiempo entre Sydney y Copenhague.

    Artículo original de Monarquias.com. Fuentes: The Daily Mail, People, ABC News, BBC, 7News, Tatler, Sydney Morning Herald, Life in Norway, New Idea, The Royal House of Norway

  • Félix de Luxemburgo, el príncipe consorte más discreto del siglo XX

    En el tranquilo castillo de Fischbach, rodeado de los verdes bosques de Luxemburgo, Félix de Borbón-Parma cerró los ojos por última vez el 8 de abril de 1970. Había vivido una vida marcada por el deber y un amor profundo por su esposa, la gran duquesa Carlota, y por el pequeño gran ducado que lo acogió como su primer príncipe consorte. Aunque su nombre no resonó con la misma fuerza que el de consortes reales europeos de su tiempo, como el duque de Edimburgo o Enrique de Dinamarca, la vida de este príncipe nacido en el exilio encontró su lugar en la historia de un país que lo abrazó como propio.

    Félix de Borbón-Parma, una infancia en el exilio

    Félix Marie Vincent nació el 28 de septiembre de 1893 en Schwarzau am Steinfeld, un rincón austrohúngaro donde su familia, los Borbón-Parma, vivía en el exilio. Su padre, Roberto I, el último duque reinante de Parma, había perdido su ducado en 1860, y su madre, María Antonia de Braganza, infanta de Portugal, trajo consigo una herencia real portuguesa. Félix fue el sexto de los doce hijos de esta unión, y uno de los 24 que Roberto tuvo en total, incluyendo los doce de su primer matrimonio con María Pía de las Dos Sicilias. Según el sitio oficial de la Corte Gran Ducal de Luxemburgo, la familia vivía entre propiedades en Austria, Francia e Italia, criando a sus hijos en un ambiente cosmopolita donde se hablaba italiano, francés, portugués, inglés, alemán y español.

    La infancia de Félix estuvo marcada por una educación rigurosa y multilingüe. A los diez años, fue enviado al colegio jesuita Stella Matutina en Feldkirch, Austria, y continuó sus estudios en Brixen y Viena, culminando con su certificado de Matura en Mödling, Baja Austria, en 1913. Tras la muerte de su padre en 1907, Félix creció bajo la influencia de su madre y sus numerosos hermanos, entre ellos Zita, quien más tarde se convertiría en la última emperatriz de Austria. Esta conexión con la realeza europea lo situó en el centro de un complejo entramado dinástico, aunque su familia carecía de un trono propio.

    Juventud en tiempos de guerra y un matrimonio muy conveniente

    Félix de Luxemburgo
    Félix de Luxemburgo (Foto: Corte Gran Ducal)

    La juventud de Félix coincidió con la agitación de la Primera Guerra Mundial. Mientras sus hermanos se dividían entre los ejércitos austrohúngaro y belga, Félix sirvió como teniente en el ejército austrohúngaro. Sin embargo, su lealtad a Luxemburgo, el país de su futura esposa, ya estaba en su horizonte. Su relación con Carlota, su prima hermana e hija de la gran duquesa María Ana, comenzó a fraguarse en 1911, durante la boda de su hermana Zita con el archiduque Carlos de Austria. Aunque las tensiones políticas de la guerra complicaron su compromiso —Luxemburgo estaba resentido por las simpatías proalemanas de la hermana de Carlota, María Adelaida—, Félix y Carlota se mantuvieron firmes. Su negativa a combatir contra las tropas francesas ayudó a mitigar las críticas hacia su matrimonio, que algunos veían con recelo por sus lazos con las potencias del Eje.

    El 6 de noviembre de 1919, Félix y Carlota se casaron en Luxemburgo, un día después de que él fuera naturalizado luxemburgués y recibiera el título de príncipe de Luxemburgo por decreto gran ducal. La boda tuvo lugar en la catedral de Notre-Dame, oficiada por el nuncio papal Sebastiano Nicotra, con los hermanos de Félix, Sixto y Xavier, como testigos. Aunque la recepción en el Palacio Gran Ducal fue cálida, con la pareja saludando desde el balcón a una multitud de simpatizantes, el ambiente estaba cargado por los recuerdos de la ocupación alemana. Sin embargo, el matrimonio no solo fue un asunto de Estado, sino también de amor, que destacan la cercanía entre Félix y Carlota, consolidada tras años de conocerse como primos y aliados.

    Un príncipe consorte leal y activo, pero discreto

    Félix de Luxemburgo
    Félix de Luxemburgo (Foto: Corte Gran Ducal)

    Como príncipe consorte, Félix se convirtió en un pilar de apoyo para Carlota durante su reinado, que abarcó desde 1919 hasta su abdicación en 1964. Su papel no se limitó a ser la sombra de la gran duquesa; Félix asumió responsabilidades significativas. Fue presidente de la Cruz Roja de Luxemburgo entre 1923 y 1932, y nuevamente de 1947 a 1969, demostrando un compromiso constante con el bienestar de su país adoptivo. También sirvió como coronel de la Compañía de Voluntarios de Luxemburgo desde 1920 y como inspector general del ejército luxemburgués entre 1945 y 1967.

    Durante la Segunda Guerra Mundial, Félix demostró su valentía y dedicación. Cuando la familia gran ducal huyó de Luxemburgo ante la invasión nazi en mayo de 1940, Félix acompañó a Carlota y sus seis hijos —Juan, Isabel, María Adelaida, María Gabriela, Carlos y Alix— a través de Francia, España y Portugal, hasta refugiarse en Canadá y luego en Londres. En 1942, se unió al ejército británico como voluntario, sirviendo en el Comando Norte, y en 1944 lideró la misión militar luxemburguesa en el Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas. Su participación en la liberación de Luxemburgo el 10 de septiembre de 1944 y su apoyo durante la Batalla de las Ardenas lo convirtieron en un símbolo de resistencia, según el sitio oficial de la monarquía luxemburguesa.

    Félix de Luxemburgo
    Félix de Luxemburgo (Foto: Corte Gran Ducal)

    Félix y Carlota tuvieron seis hijos, incluyendo a Juan (1921-2019), quien sucedería a su madre como gran duque en 1964. La familia, descrita por la Corte Gran Ducal como unida y comprometida, se instaló en el castillo de Fischbach tras la abdicación de Carlota. En 1969, la pareja celebró sus bodas de oro, un evento que, según la monarquía, movilizó a todo Luxemburgo en un homenaje a dos figuras emblemáticas. Félix, siempre discreto, fue recordado como un servidor fiel del país y de la dinastía.

    Tras su muerte en 1970, Félix fue sepultado en la cripta real de la catedral de Notre-Dame. Su vida, marcada por el exilio, la guerra y el deber, refleja la de un hombre que, sin buscar el protagonismo, dejó una huella imborrable en Luxemburgo. Félix no solo fue el primer consorte masculino del Gran Ducado, sino también el más longevo, sirviendo durante 45 años junto a Carlota.

    Artículo original de Monarquias.com

  • La princesa Margarita sufría de “síndrome de alcoholismo fetal”, revela una nueva biografía

    Una nueva biografía no oficial escrita por Meryle Secrest sugiere que la fallecida princesa Margarita de Inglaterra, tía del rey Carlos III, podría haber padecido síndrome alcohólico fetal, una afección derivada de la exposición al alcohol durante el embarazo. Según el libro titulado Princess Margaret and the Curse: An Inquiry into a Royal Life, Secrest, nominada al Premio Pulitzer, reexaminó la vida de la princesa y encontró similitudes entre sus comportamientos y las características asociadas con la afección.

    El síndrome alcohólico fetal (SAF) se produce cuando un feto está expuesto al alcohol en el útero materno, lo que puede provocar dificultades de aprendizaje, problemas de regulación emocional y el desarrollo de rasgos faciales distintivos. Si bien la princesa carecía de algunas de las características físicas típicas del SAF, como labios lisos y ojos pequeños, Secrest argumenta que presentaba otros signos, como retraso en el crecimiento, cambios de humor y dificultades de aprendizaje.

    La princesa Margarita de Inglaterra (1930-2002)La princesa Margarita de Inglaterra (1930-2002)
    Hija menor del rey Jorge VI y hermana de Isabel II, la princesa Margarita de Inglaterra (1930-2002) es recordada por su belleza y su espíritu rebelde.

    La princesa Margarita, hermana de la reina Isabel II, falleció en 2002 a los 71 años tras sufrir una serie de derrames cerebrales. Era conocida por su carácter rebelde y juguetón. Su tendencia a decir la verdad impulsivamente es un comportamiento frecuente en personas con síndrome de alcoholismo fetal. La autora analizó relatos que la describían como “traviesa” y “provocadora”, complementando sus observaciones con anécdotas sobre incidentes curiosos de su infancia.

    Uno de los episodios más notables citados trata de un accidente en el que la princesa se prendió fuego al cabello durante una cena de Navidad en Sandringham. El excaballero mayor Colin Burgess relató que la princesa era tan inconsciente del peligro que no se dio cuenta de que las llamas consumían su cabello hasta que alguien intervino para extinguirlo.

    Margarita de Inglaterra
    Margarita de Inglaterra y su madre, la reina Isabel

    Secrest también menciona el consumo regular de alcohol de la reina madre durante el embarazo de Margarita. La información de Burgess reveló que disfrutaba de ginebra con Dubonnet y vino durante todo el día. Sin embargo, según relatos históricos, los riesgos asociados al consumo de alcohol durante el embarazo no se comprendían del todo en aquel momento.

    Aunque el libro establece comparaciones entre Margarita y personas diagnosticadas con síndrome alcohólico fetal, no existen pruebas definitivas que respalden que padeciera esta afección. El Dr. Kenneth Jones, reconocido experto en SAF, identificó formalmente el síndrome en 1973, mucho después del nacimiento de la princesa.

    El síndrome alcohólico fetal es un trastorno crónico sin cura conocida. Sus efectos pueden variar considerablemente entre las personas afectadas y abarcan desde dificultades de aprendizaje hasta problemas físicos y emocionales. El tratamiento puede incluir terapia conductual, medicamentos para controlar síntomas específicos y apoyo educativo, informó el periódico The Daily Mail.

    Artículo original de Monarquias.com

  • La historia del Conde Bobrinsky: ¿Hijo bastardo de Catalina la Grande?

    Incluso antes de convertirse en la emperatriz rusa como resultado de un golpe de estado, Catalina II de Rusia asombró a sus amigos y seguidores más cercanos con su voluntad de hierro y una devota hipocresía encaminada a lograr sus grandes objetivos. Imagínense lo que le sucedió a esta mujer entre 1761 y 1762. En algún momento del otoño de 1761, quedó embarazada de su amante, Grigori Orlov (1734-1783). Pero tuvo que ocultárselo a su esposo Pedro, quien se convertiría en el próximo emperador ruso después de la muerte de Isabel de Rusia en 1762.

    Catalina, que se vio obligada a participar en innumerables ceremonias de la corte, vestía un corsé ajustado, bailaba, hacía reverencias, con un niño en el útero, todo lo cual aparentemente le causaba dolor, angustia y vómitos. Pero lo ocultaba. En diciembre de 1761, Isabel murió y Pedro se convirtió en el nuevo zar de Rusia, lo que le permitió iniciar una relación con Isabel Vorontsova, una adolescente vulgar con la cara picada de viruela, que se mudó a las habitaciones del emperador, mientras que su esposa Catalina fue enviada a la lado opuesto del Palacio de Invierno. Allí es donde se reunió con sus amigos e hizo los preparativos para derrocar a Pedro.

    Nacido durante un incendio en una casa

    Entre muchas de sus excentricidades, Pedro III fue un pirómano. Cada vez que había un incendio en San Petersburgo, se apresuraba por llegar al lugar junto con sus cortesanos y observaba las llamas consumir los edificios. Entonces, cuando llegó el momento de que Catalina diera a luz, su devoto ayuda de cámara Vasiliy Shkurin prendió fuego a su propia casa, y el emperador inmediatamente saltó a su carruaje y se fue. Mientras tanto, Catalina dio a luz al pequeño Alexei. Fue su segundo hijo después de Pablo, el hijo de Pedro, quien más tarde se convertiría en zar de Rusia (1754-1801).

    Alexei nació como un niño débil, aparentemente debido a las tensiones que su madre tuvo que sufrir durante su embarazo. Vasily Shkurin, que ayudó tanto durante el nacimiento, se encargó de la crianza del niño; Alexei fue criado y enseñado en su casa (no en la casa de Grigori Orlov, por supuesto, porque Orlov era conocido “oficialmente” como el favorito de Catalina). Queda claro que ella quería mucho a su hijo bastardo porque, a pesar de los riesgos de ser descubierta, a veces visitaba la casa de Shkurin (reconstruida después del incendio), donde veía al niño y tenía conversaciones con él. El propio Alexei desarrolló una estrecha relación con Shkurin. Más tarde, en 1782, cuando Shkurin murió, Alexei escribió: “Estaba profundamente afectado con esto. Fue muy amable conmigo y me siento agradecido con toda su familia“. Muy formal, a primera vista. Pero al día siguiente Bobrinsky hizo una entrada más íntima en su diario: “Por la noche no podía dormir; Seguí pensando en el fallecido VG [Shkurin]. Lloré durante una hora entera“. Resulta que el niño débil era muy sensible.

    ¿Sabía el niño que era el hijo de la emperatriz? Los historiadores todavía no están seguros de esto, dice Evgeny Pchelov, un experto en los Romanov. En 1765, Catalina le dio al niño una aldea, llamada Bobrikovo, para brindarle apoyo financiero. En el orden sobre esto, ella escribió que Alexei era hijo de un capitán del ejército, “que sufrió por Nosotros [la Emperatriz]”. Obviamente, ella creó una leyenda para ocultar el origen real de Alexei. Aún así, incluso en este orden, ella lo nombró “knyaz ‘(Príncipe) Sitsky”, ubicándolo entre los príncipes Sitsky, una antigua rama de la dinastía de los los Rurikidas que se extinguió en el siglo XVII. Lo último que quería Catalina era que su hijo se involucrara en las intrigas de la corte y se convirtiera en uno de los pretendientes al trono ruso. Afortunadamente, este destino nunca le sucedió a Alexei, pero tuvo otros problemas.

    Un tutor lascivo

    Después de pasar cuatro años en una institución educativa en Leipzig con los hijos de Shkurin, en 1774, Alexei regresó a Rusia, donde se convirtió en discípulo de Ivan Betskoy (1704-1795), un destacado educador, secretario personal de Catalina y él mismo el hijo bastardo del Mariscal Ivan Trubetskoy. Alexei, según palabras de Betskoy, tenía “una constitución débil, tímida, tímida, insensible a todo, pero mansa y obediente”. A los 13 años, el niño solo tenía conocimientos básicos de francés y alemán, un poco de matemáticas y un poco de geografía.

    Betskoy, sin embargo, despertó el interés por las ciencias en el joven Bobrinsky: desde 1775, llevaba este apellido, que provenía de su aldea Bobrikovo. Alexei se inscribió en el Primer Cuerpo de Cadetes, donde fue instruido por José de Ribas (1751-1800), un noble español al servicio de Rusia y tutor en el Cuerpo. De Ribas fue una figura controvertida: exigió a los cadetes un comportamiento impecable, mientras se entregaba a la bebida y al sexo promiscuo. Bobrinsky estaba enojado con su lascivo tutor y prefería la sociedad de Betskoy, quien naturalmente lo ayudó a educarse. Bobrinsky se graduó del Cuerpo de Cadetes con una medalla de oro y se convirtió en oficial militar.

    En 1781, Bobrinsky recibió una carta de Catalina en la que decía: “Me informan que su madre, inhibida por diferentes enemigos fuertes, debido a las terribles circunstancias de aquellos tiempos, y salvándose a sí misma y a su hijo mayor, tuvo que ocultar el hecho de su nacimiento…” Podemos suponer que a juzgar por estas palabras y por el trato excepcional que recibió de los más altos cortesanos del Imperio, Bobrinsky al menos podría comenzar a suponer de quién era hijo en realidad. El mayor indicio fueron las palabras “hijo mayor“, que se referían al gran duque heredero, Pablo. Una y otra vez, Bobrinsky, ya joven, vio a su madre y a su padre en distintas ocasiones, habló con ellos y tal vez notó las similitudes entre lo que veía en el espejo y los rasgos de la emperatriz. Quién sabe…

    Poco después de su graduación, Alexei se fue a un gran viaje por Rusia y luego por Europa. Durante este viaje, hizo que sus tutores y supervisores se preocuparan mucho por su comportamiento. Bobrinsky no podía tener suficiente con la bebida, la buena vida y las mujeres. Hijo de dos personas muy apasionadas, Catalina II y Grigori Orlov, Alexei contrajo enormes deudas que su madre tuvo que pagar; mientras tanto, a menudo dejaba a sus jóvenes compañeros sin un centavo y se lo gastaba todo para sí mismo. Jugó mucho a las cartas, incluso dejando un breve folleto titulado “Notas sobre los juegos de cartas“.

    Este joven es muy descuidado, pero no creo que sea malvado o deshonroso, es joven y propenso a involucrarse en compañías muy lascivas. Enloqueció a los tutores que estaban con él. Quería vivir libremente, y se le concedió esta libertad”, escribió Catalina II, con pesar, sobre su hijo bastardo.

    Bobrinsky pasó tiempo con chicas entre París y Londres, mientras que su madre ordenó que lo llevaran de regreso a Rusia. Cuando finalmente regresó en 1788, Alexei fue enviado a vivir a la remota ciudad de Revel (ahora Tallin, Estonia). Allí, en 1796, se casó con Anna von Ungern-Sternberg (1769-1846), una baronesa de una antigua familia báltico-alemana, una mujer bondadosa y amable. Después del matrimonio, a Bobrinsky y su esposa se les permitió ir a San Petersburgo. Catalina II los recibió y le dijo a Anna: “¡Y tuviste el valor de casarte con este caballero indecente!” Todavía estaba enojada con Alexei por su comportamiento y sus deudas.

    Los últimos años del hermano amado

    Poco antes de su matrimonio, a Bobrinsky se le permitió dejar Revel y vivir en el Castillo de Oberpahlen del siglo XIII (actual Castillo de Põltsamaa, en Estonia). Su exilio terminó inmediatamente después de la muerte de Catalina: su medio hermano Pablo, el nuevo emperador, lo invitó a regresar a San Petersburgo. Este fue el apogeo de la vida de Alexei Bobrinsky.

    Pablo I recibió a Alexei de todo corazón: el bastardo no solo era el único hermano de Pablo, sino que, como él, también había sido enviado por su madre a Gatchina, un palacio cerca de San Petersburgo. El emperador finalmente dejó claro oficialmente el origen de Bobrinsky al propio Alexei. “Me presentaron a la emperatriz [María Fyodorovna, consorte de Pablo] y a los grandes duques: Alejandro, Constantino y Nicolás… Fui al cuerpo de la emperatriz fallecida y le besé la mano… Todos me miraron con sorpresa, confundidos sobre qué hacía aquí”, escribió Bobrinsky más tarde. “Durante la cena, el Emperador y la Emperatriz me hablaron varias veces, y de repente, los ojos de todos los presentes estaban sobre mí“. Las amistades que se hicieron durante el reinado de Pavel duraron mucho tiempo. Mucho más tarde, después de la muerte de Bobrinsky,

    RBTH para Monarquias.com

  • El debate sobre la sucesión en Japón se estanca: los políticos resisten cambios y la familia imperial languidece

    Durante varias décadas, la cuestión de la sucesión al trono en Japón ha sido uno de los desafíos más persistentes del sistema político japonés. La legislación actual restringe la sucesión a los varones nacidos de un padre perteneciente a la línea imperial, lo que ha provocado una drástica disminución del número de herederos varones. Desde el nacimiento del príncipe Hisahito en 2006, solo él ha sido incluido en la familia imperial, mientras que la única hija del emperador y la emperatriz, la princesa Aiko, que ahora tiene 23 años, no puede acceder al trono debido a restricciones legales.

    Tras extensas conversaciones entre los partidos gobernantes y de oposición, se esperaba que se presentara un proyecto de ley para reformar la Ley de la Casa Imperial durante el periodo ordinario de sesiones, cuya conclusión estaba prevista para junio de 2025. Sin embargo, las negociaciones no han avanzado, lo que reduce las perspectivas de una rápida resolución de este asunto.

    Aiko de Japón
    La princesa Aiko es la única hija de los emperadores de Japón, Naruhito y Masako. Pero el trono japonés solo puede ser heredado por hombres de la familia. Los hijos de mujeres que se han casado con plebeyos quedan excluidos de la línea de sucesión.

    Las propuestas debatidas se centraron en dos puntos principales: permitir que las mujeres de la familia conservaran su estatus real tras el matrimonio y adoptar a descendientes varones de antiguas ramas de la línea imperial para aumentar el número de herederos. Sin embargo, a finales de mayo, los líderes de las conversaciones, Asō Tarō, asesor principal del Partido Liberal Democrático (PLD), y Noda Yoshihiko, líder del Partido Constitucional Democrático, decidieron descartar la segunda propuesta debido a preocupaciones constitucionales y a la falta de consenso público, priorizando la idea de permitir que las mujeres conservaran su estatus tras el matrimonio.

    A pesar de esta propuesta, surgieron desacuerdos sobre si mantener el estatus real debía ser opcional o automático, y si los esposos e hijos de estas mujeres también debían tenerlo. A pesar de las diferencias, ambos acordaron continuar las conversaciones con la esperanza de avanzar en un tema que había permanecido estancado durante años.

    La princesa Kiko de Japón
    Retrato de Año Nuevo publicado por la casa imperial: la princesa Kiko junto a su marido, el príncipe heredero Akishino, y sus hijos menores Kako e Hisahito.

    Sin embargo, a principios de junio, Asō revirtió su postura sobre la propuesta anterior y reafirmó su deseo de reincorporar a la familia imperial a los descendientes de antiguos miembros de la realeza. Noda criticó este cambio como un revés en las negociaciones. Nukaga Fukushirō, presidente de la Cámara de Representantes, expresó su esperanza de un acuerdo durante la sesión extraordinaria de otoño; sin embargo, muchos lo consideran improbable.

    El análisis del debate político sobre la sucesión imperial durante los últimos 20 años sugiere que la postura del PDL es resistirse a cambios sustanciales. Influenciado por la firme convicción de los conservadores dentro del partido que abogan por la sucesión masculina, el PDL cree que la actual Ley de la Casa Imperial representa la mejor solución posible. Sin embargo, si esta insistencia en la sucesión masculina continúa, es probable que la casa imperial se enfrente a la extinción natural debido a la disminución de sus miembros.

    El príncipe Hisahito de Japón
    El príncipe Hisahito es el segundo en la línea sucesoria de Japón. Su padre, el príncipe heredero Akishino, será emperador después de Naruhito.

    La opinión pública muestra una creciente aceptación de la idea de una emperatriz. El PDL es consciente de que no puede permanecer inactivo; por lo tanto, organiza paneles asesores y debates con la oposición, que a menudo resultan en impases. A pesar de las frecuentes menciones a la restitución de los descendientes varones de las ramas más antiguas de la familia imperial, no se ha realizado ninguna investigación significativa sobre cómo podría implementarse.

    Además, un problema crítico que enfrenta la familia imperial es la dificultad para encontrar parejas matrimoniales adecuadas. Con la tasa de natalidad total de Japón alcanzando un mínimo histórico —tan solo 1,15 para 2024—, muchas personas no se casan debido a factores económicos y a la cambiante percepción del matrimonio y la familia. Históricamente, la aristocracia japonesa proporcionó una base sólida para las parejas potenciales; hoy, esa base desapareció tras la Segunda Guerra Mundial.

    La profética advertencia del príncipe Mikasa sobre el futuro de la familia imperial de Japón

    El difunto príncipe Mikasa (1916-2019) advirtió sobre esta posible crisis durante su vida. En un programa de radio de 2004, abordó las dificultades que enfrentó su madre, la emperatriz Teimei, al ingresar a la familia imperial y predijo que el frenesí mediático actual alejaría a las posibles candidatas comunes al matrimonio con miembros de la realeza.

    En los últimos años, la creciente popularidad de la princesa Aiko ha impulsado el creciente debate público sobre la posibilidad de una emperatriz. Sin embargo, muchos miembros de la Dieta se muestran reticentes a apoyar una línea de sucesión femenina directa por temor a la discriminación de género. Este enfoque conservador crea un escenario donde se podrían evitar cambios significativos.

    La lucha por modernizar las normas que rigen la sucesión imperial es crucial para asegurar el futuro de esta institución como símbolo nacional. Es necesario transformar el entorno familiar imperial en un espacio más acogedor y humano para evitar presiones indeseadas sobre sus miembros y sus decisiones personales. Ignorar estas necesidades solo acelerará el declive de la línea imperial japonesa.

    “Si queremos que continúe el papel simbólico del emperador, debemos tomar medidas urgentes para transformar la casa imperial en un lugar que se sienta más humano, uno al que la gente común pueda ingresar sin temer por su felicidad y salud mental”, escribió el periodista japonés Inoue Makoto. “Si continuamos imponiendo sistemas, entornos y cargas de obediencia que serían intolerables para la mayoría de las personas, solo aceleraremos la desaparición de nuestra larga línea imperial”.

    Artículo original de Monarquías.com