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  • Por qué el rey Jorge V de Inglaterra no salvó a su “querido primo” Nicolás II de su trágica muerte

    Por Darío Silva D’Andrea, editor de Monarquias.com

    En marzo de 1917, Jorge V recibió con estupor las noticias de que su “querido primo Nicky”, el zar Nicolás II de Rusia, había sido forzado a abdicar después de la revolución en gran medida por estar casado con una alemana. El rey, que culpaba a la zarina Alejandra del “caos que impera actualmente en Rusia”, emparentaba por doble vía con los herederos de los Romanov: Nicolás II era hijo de la zarina viuda María, hermana de la reina Alejandra; su esposa, Alix de Hesse, era hija de la princesa Alicia, hermana del rey Eduardo VII. A principios de siglo, los dos primos reales, ambos nietos del rey Christian IX de Dinamarca, estaban muy unidos y se llevaban extraordinariamente bien. A todos les resultaba muy divertido que los jóvenes, de bellos ojos azules y barbudos, fueran tan parecidos físicamente. Se fueron de vacaciones juntos, se aconsejaron mutuamente y se supo (y existen las cartas para demostrarlo) que se amaron mucho el uno al otro.

    Entre él y su primo hermano Nicky existía un fuerte lazo afectuoso”, escribió el hijo mayor de Jorge V; “se escribían con regularidad; ambos usaban barbas muy parecidas y personales, y cuando eran jóvenes se asemejaban considerablemente. Cuando, siendo zarevich, estuvo el primo Nicky en Londres en 1893 para asistir a la boda de mi padre, un bien intencionado diplomático confundió a mi padre con el ruso y le preguntó si había venido especialmente para la boda del duque de York. A mi padre le gustaba recordar la confusión del avergonzado diplomático cuando él le respondió: ‘El duque de York soy yo, y supongo que asistiré a mi propia boda’”.

    Pero el escándalo formaba parte del existir de la dinastía Romanov y la reina Victoria se refirió a sus parientes rusos como “oscuros e inestables con falta de principios”. Para los rusos, la princesa Alix de Hesse, aunque nieta de la reina británica, era una detestable alemana a la que llegaron a acusar de los más horribles pecados. La Gran Guerra con Alemania y Turquía sumió a la dinastía rusa en una catástrofe y las humillaciones superaron las victorias en el campo de batalla y las bajas rusas se dispararon rápidamente a dos millones de un ejército de seis millones. Las fuerzas del káiser alemán invadieron vastas extensiones de territorio ruso y se hizo evidente que la nación se enfrentaba a una derrota abyecta. La escasez de alimentos provocó huelgas y manifestaciones callejeras violentas, motines generalizados tanto en el ejército como en la marina, y el sentimiento popular se volvió contra la familia imperial, especialmente contra la zarina. Nicolás II, que nunca se sintió preparado para reinar, tenía poco conocimiento o comprensión de cómo vivía la gran mayoría de sus súbditos, por lo que (mal aconsejado) respondió con extrema fuerza, dejando a miles de manifestantes muertos y provocando más ira y oposición.

    Cuando el zar tuvo que abandonar el palacio para encabezar el ejército, Alejandra asumió el control del Gobierno con el único consejo de su fiel amigo y consejero espiritual Gregory Rasputin, en quien confiaba ciegamente. El dúo fue destituyendo a personalidades importantes del Gobierno hasta llegar, incluso, a disolver la Duma, provocando un estallido de indignación. Los rusos se encontraban absolutamente molestos con la torpe influencia que el monje ejercía sobre Alejandra y ella, a su vez, sobre el zar. Los enemigos de la zarina decían que, entre 1915 y 1917 “Rusia tuvo cuatro primeros ministros, cinco ministros del Interior, cuatro ministros de Religión, cuatro ministros de Justicia, tres ministros de Agricultura, tres ministros de Relaciones Exteriores y cuatro ministros de guerra. Veintisiete hombres ocuparon esos cargos en un período de veinte meses” y, de todos ellos, “cuatro cargos ministeriales deben de haber cambiado de manos debido a Rasputin”.

    Al quedarse sin apoyo, Nicolás abdicó el 16 de marzo de 1917, para ser reemplazado por un gobierno provisional de socialistas bajo Alexander Kerensky. Al conocer la noticia, Jorge V confió en su diario que “Nicky ha sido débil pero Alicky es la causa de todo”. Compartía la opinión de su secretario privado, Lord Stamfordham, quien le habló francamente sobre la zarina Alejandra diciéndole: “Además de ser alemana de nacimiento, la emperatriz lo es de sentimiento. Ha hecho cuanto ha podido para propiciar pactos con Alemania. Hoy se la considera una criminal, o una loca criminal”. En esto coincidían con el káiser, que odiaba a Alix y su familia y ya en 1905 le había advertido a Nicolás II que su vida corría “un grave peligro” si seguía escuchando a su esposa. Guillermo II llegó a lamentar: “¡¿La pequeña princesa de Hesse, que nunca supo nada de política, está dando asesoramiento político?!” Cuando la familia imperial fue sacada del palacio y exiliada primero a Siberia y luego a los Urales por los revolucionarios, Jorge V ya temía por la suerte de su primo y le escribió una carta de inmediato: “Mis pensamientos están constantemente contigo. Y siempre seré tu verdadero y devoto amigo”.

    Cuando Nicky y Alix clamaron al Reino Unido que les ayudaran a escapar y les dieran asilo, el gobierno británico se mostró dispuesto a recibirlos, aunque la histeria antialemana no había disminuido en absoluto. Se trataba de una operación delicada y se planificó la fuga real de forma rápida y discreta: la familia imperial debía llegar a Murmansk en la costa norte de Rusia, donde un acorazado británico los llevaría rápidamente a Escocia. Allí, podrían vivir pacíficamente en el castillo de Balmoral. Pero Jorge V ya había caído bajo la influencia de su secretario privado, Lord Stamfordham, y se opuso a la idea, atento a los temores que le infundieron sobre una potencial revolución contra la familia real.

    El secretario del rey escribió a Downing Street advirtiendo que los monarcas rusos serían “rechazados enérgicamente por el público y sin duda comprometerían la posición del rey y la reina”. “Como bien sabe usted, desde el principio el rey piensa que la presencia de la familia imperial (especialmente de la emperatriz) resultaría… incómoda para nuestra familia real”, le escribió al primer ministro, David Lloyd George. El gobierno decidió entonces que su gobierno no podía ofrecer hospitalidad a personas cuyas “simpatías pro-alemanas eran bien conocidas”. Con tacto, en el lenguaje más cortés posible, la oferta del gobierno fue retirada y se ordenó al embajador británico, Sir George Buchanan, que informara a los Romanov que no serían recatados. El diplomático dijo que “apenas pudo contener sus emociones” al saber que el gobierno británico dejaría a las cuatro hijas adolescentes y al niño heredero de los zares en manos de los revolucionarios.

    La historiadora Anne Edward relata que el gobierno provisional ruso se mostró interesado en que el Reino Unido evacuara a la familia imperial a mediados de 1917 y publicó una carta del líder del gobierno, Kerenski: “Le preguntamos a Sir George Buchanan [embajador inglés en Rusia] cuándo se podría enviar un crucero para llevar a bordo al gobernante depuesto y su familia. Simultáneamente, se obtuvo una promesa del gobierno alemán a través del ministro danés, Skavenius, de que los submarinos alemanes no atacarían el buque de guerra en particular que transportaba a los exiliados reales. Sir George Buchanan y nosotros esperábamos con impaciencia una respuesta de Londres. Y no recuerdo exactamente si fue a fines de junio o principios de julio cuando el embajador británico llamó, muy angustiado… Con lágrimas en los ojos, sin poder controlar sus emociones, Sir George nos informó… la negativa final del gobierno a dar refugio al ex emperador de Rusia… Puedo decir definitivamente que esta negativa se debió exclusivamente a consideraciones de política interna británica”.

    En la noche del 16 al 17 de julio de 1818, los siete miembros de la familia imperial (los zares, sus cuatro hijas y el heredero al trono, el hemofílico Alexei) fueron llevados a un sótano de la casa donde estaban prisioneros en Ekaterimburgo y asesinados a tiros por un pelotón de fusilamiento por orden del fundador de la Unión Soviética, Vladimir Lenin. El comandante Yakov Yurovsky, jefe de los carceleros, le dijo al zar: “Tus parientes han tratado de salvarlos, pero fracasaron, y ahora tenemos que darles muerte”.

    Los cuerpos de los Romanov, junto a los de sus sirvientes Yevgeny Botkin, Anna Demidova, Aloizy Trupp, e Ivan Kharitonov, fueron posteriormente enterrados en pozos de minas de los Montes Urales y rociados con ácidos para destruirlos por completo y no serían encontrados hasta 1991. El periódico moscovita Izvestia, controlado por los bolcheviques, celebró lo que llamó la “ejecución de Nicolás, el sangriento asesino coronado, fusilado sin formalidades burguesas pero de acuerdo con nuestros nuevos principios democráticos”. Las órdenes que aprobaban la “liquidación” de la familia imperial fueron enviadas desde el Kremlin al Soviet Regional de los Urales, cuyos pistoleros llevaron a cabo la instrucción, después de que el se decidiera que “existe un grave peligro de que el ciudadano Romanov caiga en manos de los contrarrevolucionarios”. Al enterarse de los asesinatos, Jorge V escribió en su diario: “Nicky, que era el hombre más amable, un caballero íntegro, amaba a su país y su gente… ¡Y esos pobres niños inocentes!”

    “El rey tenía mala conciencia por no haber socorrido a los Romanov, que habían sido ejecutados sin duda por orden de Lenin. Todo el mundo, tanto la familia real —es decir los primos del zar depuesto— como el gobierno se habían estado pasando la pelota, pero sin aportar soluciones. ¿Dónde podrían vivir? ¿En qué condiciones? ¿Con qué medios? De hecho se abandonó a la familia imperial en manos de los soviets a causa del cansancio de la opinión pública británica, ya abrumada por sus propios problemas en 1917. La influencia de la Revolución bolchevique en Petrogrado había sido vista como peligrosa, por supuesto, pero muchos británicos, apegados al principio de la monarquía parlamentaria, no eran favorables a acoger a un soberano considerado autoritario y pequeñoburgués, sobrepasado por su misión y por la propia situación”. (Jean Des Cars)

    ¿Fue Jorge V el responsable de la terrible ejecución de los Romanov? Es cierto es que los revolucionarios jamás hubieran permitido que la familia imperial se fuera de Rusia. Además, es posible que el zar Nicolás, por más desesperada que fuera su situación, se hubiera negado a abandonar su país y que su devota esposa y sus cinco hijos jamás hubieran querido dejarlo solo en Rusia. El príncipe de Gales sostuvo toda su vida que su padre hizo todo lo posible por salvar a la familia imperial y escribió: “La revolución rusa de 1917, con el asesinato del zar Nicolás II y su familia, había debilitado la confianza de mi padre en la innata decencia de la Humanidad (…) Siempre he tenido la impresión de que justo antes de que los bolcheviques se apoderaran de la persona del zar había proyectado mi padre salvarle con un crucero británico, pero este plan fue obstruido de alguna forma. En todo caso, a mi padre le dolió que la Gran Bretaña no hubiera movido un dedo para salvar a su primo Nicky. ‘¡Estos políticos…!, solía decir. Si se hubiese tratado de uno de ellos hubieran actuado de prisa, ¡pero como el pobre hombre no era más que un emperador….!’ Incluso después de haber reconocido el gobierno británico a la URSS, tardó bastante en resolverse a recibir al embajador soviético”.

    Sin embargo, muchos culparon al monarca británico por su atroz final. El gran duque Dimitri Pavlovich, primo hermano del zar, culpó directamente al rey de las ejecuciones de la familia imperial porque no les concedió un refugio seguro cuando había tiempo para hacerlo. En su diario personal, Dimitri, que sobrevivió a la purga de los Romanov cuando fue exiliado al frente persa a fines de 1916 por su participación en el asesinato del místico ruso Rasputín, acusó al rey de no haber “movido un dedo para salvar a Nicky y su familia”: “¡Es un sinvergüenza! ¡Dios quiera que este desgraciado de Jorge no sea perdonado por los rusos!”

    Nadie puede asegurar si Jorge V tuvo remordimientos por no haber salvado a sus primos, pero quiso enmendar la situación al ayudar a salir de Rusia a la emperatriz viuda María (la tía Minnie), hermana de la reina Alejandra. Hasta entonces, la madre de Nicolás se había refugiado en Crimea, bajo la protección del káiser, pero cuando la monarquía alemana cayó y la guerra civil se intensificó, hubo que salir corriendo. Finalmente, en abril de 1919, el gobierno británico se ofreció a salvar a la emperatriz, a su hija Xenia y otros familiares a bordo de un buque de la marina. Cauteloso, Jorge V ordenó que la llegada de la emperatriz viuda a Portsmouth fuera lo más discreta posible: “El rey desea que no haya ceremonias de ningún tipo, saludos, guardias de honor, reporteros de prensa ni fotógrafos presentes”, decía un telegrama del palacio. La tía Minnie pasó algunos años en Inglaterra, bajo la protección de su sobrino, y finalmente volvió a su Dinamarca natal, donde murió a los 80 años en 1928. Hasta el último día de su vida se negó a aceptar el asesinato de su hijo Nicolás y de sus nietos, cuyos restos jamás pudo recuperar.

  • ¿Quién sería el actual Rey de Gran Bretaña si la reina Victoria no hubiera nacido?

    En 1837, cuando el rey Guillermo IV de Gran Bretaña y Hannover falleció sin descendencia legítima, su joven sobrina la princesa Alejandrina Victoria de Kent fue conducida a la Abadía de Westminster para su coronación. Tenía 18 años y era la única hija del fallecido duque de Kent, hijo a su vez del rey Jorge III.

    Jorge III y su esposa, la reina Carlota, tuvieron nada menos que 16 hijos, una enorme descendencia que sin embargo no pudo evitar que la corona estuviera en crisis debido a la falta de potenciales herederos. Varios de sus hijos (incluido Guillermo IV) tuvieron hijos con mujeres que no fueron aceptadas como legítimas debido a sus orígenes plebeyos

    Por eso, el nacimiento de la princesa Victoria fue considerado un milagro (su padre tenía ya cincuenta años), la salvación de la monarquía. Con la muerte de la princesa Carlota de Gales, hija de Jorge IV, y del duque de Kent, Victoria se ubicó como la primera en la línea sucesoria.

    Este mecanismo dejó de lado, sin embargo, a uno de sus tíos menores, Ernesto Augusto, duque de Cumberland y Teviotdale, odiado por toda Gran Bretaña a causa de su detestable personalidad. Se rumoreaba fuertemente que había violado a su propia hermana y que había intentado asesinar a Victoria para quedarse con la corona.

    Desde entonces, los Hannover estuvieron cada vez más enemistados con la descendencia de la reina Victoria.

    Al morir Guillermo IV y ser coronada Victoria, el feudo originario de la dinastía en Alemania, Hannover, debió quedar en manos del duque de Cumberland ya que ese reino no permitía que las mujeres fueran coronadas. De esta forma, Hannover se trasformó en un reino independiente y Ernesto Augusto vio colmadas sus ambiciones de tener una corona para sí mismo.

    A Ernesto Augusto I le sucedió como rey de Hannover su hijo, Jorge V, quien era completamente ciego y perdió toda autoridad cuando el reino pasó a integrar el Imperio Alemán, bajo la autoridad del Rey de Prusia. Por consiguiente, la familia fue despojada de varios de sus poderes y territorios.

    El hijo del rey, el príncipe heredero Ernesto Augusto de Hannover (1845-1923), estaba casado con la princesa Thira, hija del rey de Dinamarca. Su hijo, también bautizado Ernesto Augusto, duque de Cumberland, fue nombrado Duque de Brunswick cuando se casó en 1913 con la princesa Luisa Victoria de Prusia, hija del emperador alemán Guillermo II.

    Cinco años después, con la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, Ernesto Augusto III (1887-1953) fue despojado del ducado de Brunswich y desterrado. Su única hija mujer, la princesa Federica, nacida en 1917, sería reina de Grecia y, además, madre de la reina Sofía de España y abuela del rey Felipe VI.

    Ese mismo año, el rey inglés Jorge V (nieto de la reina Victoria), renunció a todos sus títulos y apellidos de origen alemán para adoptar el apellido Windsor y borrar de un plumazo cualquier relación familiar con el enemigo. Y fue más lejos: los príncipes alemanes emparentados con la rebautizada familia real británica perdieron sus títulos y honores británicos.

    El ducado de Cumberland fue suspendido por las actividades de Ernesto Augusto III al servicio de Alemania en la guerra, pero desde entonces, los príncipes de Hannover reclaman para sí mismos ese ducado, que les correspondería por ser descendientes directos por línea masculina del rey Jorge III. La participación de varios príncipes de esta familia en el nazismo abriría una grieta aún más grande con sus parientes ingleses.

    El príncipe Ernesto Augusto IV de Hannnover, duque de Brunswick y Luneburg (1914-1987), abierto partidario del nazismo, le sucedió en la jefatura de la dinastía y se casó con la princesa alemana Ortrud de Schleswig-Holstein (la foto que ilustra esta nota es de su boda). Entre sus hijos se encuentra, el actual patriarca de la rama dinástica, Ernesto Augusto V (nacido en 1954).

    Casado en primeras nupcias con Chantal Hochuli y padre de dos varones (el heredero, Ernesto Augusto VI y Christian), Ernesto Augusto V se hizo aún más famoso por haberse casado en 1999 con la princesa Carolina de Mónaco, con quien tuvo a la princesa Alejandra. Este matrimonio con una princesa católica le valió a Ernesto Augusto V la pérdida de sus derechos al trono británico.

    Ernesto Augusto, de hecho, sería el actual Rey de Gran Bretaña si la reina Victoria nunca hubiera nacido, por ser el descendiente en línea masculina de Jorge III. Inmensamente impopular por sus malos hábitos y su conducta, en los últimos años apareció en los medios de comunicación por altercados violentos y pasó temporadas en sanatorios psiquiátricos.

    Su hijo, el joven Ernesto Augusto, se hizo cargo del patrimonio familiar en claro desafío a la autoridad paterna, cuyo nombre comenzó a manchar al linaje de los Hannover, y sigue usando formalmente el título de príncipe, aunque ahora tiene un significado meramente simbólico en Alemania.

    Artículo original de Monarquias.com

  • La terrible muerte de Enrique II de Francia, que había sido profetizada por Nostradamus

    El rey Enrique II de Francia (1519-1559) se convirtió en el heredero del trono luego de que su hermano mayor, el delfín Francisco, falleciera en circunstancias misteriosas, aparentemente envenenado por su cuñada. Años más tarde, el mismísimo Enrique II murió durante los magníficos festejos nupciales de su hija Isabel con Felipe II de España y de su hermana, Margarita, con el duque de Saboya.

    La corte francesa había organizado unas fiestas caballerescas a las que fueron invitados nobles y caballeros de todos los rincones de Europa. Como parte de los festejos, el galante Enrique II quiso intervenir en una justa en honor a Diana de Poitiers, su amante, enfrentándose al caballero Gabriel de Montgomery, conde de Lorges. El ambiente era de total algarabía en la que todos participaban, excepto la reina.

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    La esposa del rey, la florentina Catalina de Médicis, había soñado frecuentemente con la muerte de Enrique en una justa. Unos años antes, en 1552, el célebre astrólogo italiano Simeoni le había predicho que su marido perdería la vida en un duelo, a sus cuarenta años, como consecuencia de una herida que lo volvería ciego. Otro joven astrólogo al que la reina consultó, llamado Michel de Nostradamus, había escrito en sus célebres “Centurias” : “El León joven [¿Montgomery?] dominará al viejo [¿Enrique II?] en un torneo, le reventará los ojos en jaula de oro y el viejo morirá de muerte cruel”.

    El combate se celebró el 30 de junio de 1559. El rey se presentó adornado con plumas negras y blancas, los colores de su favorita, que tenía 60 años pero seguía siendo hermosa. Enrique enfrentó primero a su futuro cuñado, el duque de Saboya, y posteriormente al duque de Guisa, enemigo encarnizado de la Corona. Cuando la reina Catalina le suplicó que abandonara la competencia, le respondió galantemente: “Combato por vos”. El conde de Lorges fue el último retado a duelo por el monarca: en un choque violento, la lanza del noble se quebró y la larga punta aguda de madera resbaló bajo la visera del rey, le perforó un ojo y penetró el cerebro.

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    Ante la angustia general, Catalina se hizo cargo de la situación. Tras las primeras curaciones, el rey no mejoraba, y se comprendió que una astilla había quedado dentro de su cerebro. Como no se sabía cómo proceder, el médico real, Ambroise Paré, pidió a la reina que hiciese salir de la prisión a tres o cuatro condenados a muerte, que los ejecutaran y le llevaran los cadáveres en el acto. Como practicaba la medicina experimental, Paré deseaba recrear la herida del rey en otras personas para saber cómo salvarlo. Armado de una lanza quebrada igual a la de Montgomery, Paré hundió violentamente la larga astilla de madera en el ojo del primer cadáver, pero juzgó que no era igual a la del rey. Repitió la operación con el segundo cadáver, pero no pudo emular las heridas.

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    En su desesperación, Catalina había hecho ejecutar a otros siete prisioneros. Ante el tercer cadáver, Paré produjo una herida idéntica a la que hacía agonizar al rey, revolvió en la herida y sentenció que no había forma de salvar a Su Majestad.

    El 9 de julio el agonizante Enrique II pidió que se celebrara la boda de Margarita con el duque de Saboya, ceremonia que se pareció más a un funeral que, según un cronista, se parecía “más un cortejo mortuorio y un funeral que cualquier otra cosa, pues, en lugar de oboes y violines, todo eran llantos, sollozos, tristeza y lamentos. Y, para que todavía se asemejara más a un entierro, se casaron poco después de medianoche…” Enrique II murió unas horas después del casamiento de su hermana, a los 42 años. Su viuda, la reina Catalina quedó absolutamente paralizada: la profecía de su astrólogo favorito, el Nostradamus, se había cumplido.

  • Dónde fue sepultado Jorge VI de Inglaterra, el padre de Isabel II, fallecido hace 69 años

    Hace 69 años, durante la noche del 6 de febrero de 1952, el rey Jorge VI, último hombre que ocupó el trono de Gran bretaña, falleció mientras dormía en una muerte que conmocionó a los británicos.

    El rey Jorge VI tenía 56 años y padecía problemas cardíacos y pulmonares que lo llevaron a suspender una gira por el continente africano en la que fue remplazado por su hija, la princesa Isabel. De la noche a la mañana, la princesa se convirtió en la reina Isabel II a los 25 años y emprendió un rápido regreso a Londres.

    Once días después, tras un impresionante cortejo fúnebre que paralizó Londres, el cuerpo del rey Jorge VI fue sepultado en las entrañas del Castillo de Windsor, más puntualmente en la cripta subterránea de la Capilla de San Jorge (St. George’s Chapel).

    Una lápida negra con la inscripción “GEORGE VI, 1894-1952” se encuentra actualmente en una capilla conmemorativa. Bajo el suelo de la capilla, los restos de Jorge VI descansan junto a los de su esposa, Isabel Bowes Lyon, y de su hija menor, la princesa Margarita, ambas fallecidas en 2002.

    La cripta de San Jorge, en Windsor, alberga hoy los restos de todos los monarcas del siglo XX, excepto uno: Eduardo VII y la reina Alejandra, Jorge V y la reina María, Jorge VI y la reina Isabel. También se encuentran allí las sepulturas de Jorge III y la reina Carlota, Jorge IV y los reyes Guillermo IV y Adelaida. Eduardo VIII, el rey que abdicó para casarse con una plebeya, descansa bajo la sombra de los árboles del parque que rodea el mausoleo real de Frogmore.

    En Windsor también se encuentran los huesos de Enrique VIII y el mutilado cadáver de Carlos I, a quien algunos días después de su ejecución en Londres llevaron en medio de una noche de tormenta de nieve a Windsor, fue depositado en la misma bóveda que Enrique VIII. Su féretro de plomo fue abierto en 1813 para satisfacer la curiosidad del entonces príncipe de Gales ante las dudas sobre el paradero de la cabeza del rey ejecutado.

    Lista de personas sepultadas en la capilla de San Jorge

    Tumba del rey Jorge V

    Rey Enrique VI (1471)

    Rey Eduardo IV (1483)

    Isabel Woodville, esposa de Eduardo IV (m. 1492)

    Enrique VIII (1547)

    Jane Seymour, tercera esposa de Enrique VIII (m. 1537)

    Carlos I (1649)

    Hijo sin nombre de la reina Ana (1696)

    Princesa Carlota de Gales, hija de Jorge IV (m. 1817)

    Hijo nacido muerto de la princesa Carlota de Gales (m. 1817)

    Princesa Amelia, hija de Jorge III (1810)

    Princesa Augusta, duquesa de Brunswick, hermana de Jorge III (1813)

    Carlota de Mecklemburg-Strelitz, esposa de Jorge III (1818)

    Príncipe Eduardo, duque de Kent, padre de la reina Victoria (1820)

    Rey Jorge III (1820)

    El príncipe Alfredo, hijo de Jorge III (1782, colocado en la bóveda de 1820)

    Príncipe Octavio, hijo de Jorge III (1783, colocado en la bóveda de 1820)

    Princesa Isabel de Clarence, hija de Guillermo IV (1821)

    Príncipe Federico, duque de York, hijo de Jorge III (1827)

    Príncipe Guillermo, duque de Gloucester (1805)

    Princesa María, duquesa de Gloucester, hija de Jorge III (m. 1807)

    Príncipe Guillermo, duque de Gloucester (1834)

    Princesa Sofía de Gloucester (1844)

    Princesa María, duquesa de Gloucester (1857)

    Rey Jorge IV (1830)

    Hija muerta del príncipe Ernesto Augusto, hijo de Jorge III (1818)

    Princesa Luisa, duquesa de Sajonia-Weimar, sobrina de la reina Adelaida (1832)

    Rey Guillermo IV (1837)

    Princesa Sofía, hija de Jorge III (1840)

    Adelaida de Sajonia-Meiningen, esposa de Guillermo IV (1849)

    Príncipe Federico de Schleswig-Holstein, hijo de la princesa Christian (1876)

    Rey Jorge V de Hannover, nieto de Jorge III de Inglaterra (1878)

    Victoria von Pawel Rammingen, hija de la princesa Frederica de Hannover (1881)

    Princesa María Adelaida, duquesa de Teck, madre de la reina María (1897)

    Príncipe Francisco, duque de Teck, padre de la reina María (1900)

    Princesa Federica de Hannover (1926)

    Príncipe Adolfo, duque de Cambridge, hijo de Jorge III (1850, colocado en la bóveda de 1930)

    Princesa Augusta, duquesa de Cambridge (1889, colocada en la bóveda de 1930)

    Rey Eduardo VII (1910)

    Alejandra de Dinamarca, esposa de Eduardo VII (1925)

    Rey Jorge V (1936, colocado allí en 1939)

    Reina María (1953)

    Rey Jorge VI (1952, enterrado en la capilla de 1969)

    Reina Isabel, esposa de Jorge VI (2002)

    Princesa Margarita, hija de Jorge VI (2002, cremada)

  • A 50 años de la muerte del duque de Windsor: el amargo ocaso de su viuda en manos de su ‘carcelera’ francesa

    El 28 de mayo de 1972, hace 50 años, el duque de Windsor, antiguo rey Eduardo VIII de Inglaterra, murió de cáncer de garganta en su casa de las afueras de París. El exmonarca, tío de la reina Isabel II, había renunciado al trono en 1936, provocando un cataclismo constitucional, y se había exiliado, en parte voluntariamente y en parte forzado, para que no hiciera sombra a su hermano y sucesor, Jorge VI.

    El antiguo rey, recibió un funeral simple en el castillo de Windsor, si pompas ni multitudes, y su viuda Wallis Simpson, duquesa de Windsor, fue recibida por la familia real por primera vez y alojada en el Palacio de Buckingham como huésped de Isabel II. Pero el futuro de la duquesa, a la que la corona nunca quiso otorgar el trato de “alteza real”, era tan sombrío como su aspecto el día del funeral.

    En una entrevista concedida a la escritora Anna Pasternak, la exsecretaria de los duques de Windsor, Johanna Schutz, recordó la visita que la reina Isabel II hizo a su tío en la casa Bois de Boulogne (afueras de París) diez días antes de que el duque muriera. “Esa visita fue histórica y sanadora Era muy importante porque el duque siempre decía que amaba a la reina”. De hecho, Schutz, dice que el duque había legado todo, una vez que la duquesa murió, de vuelta a la familia real. “Tenía una copia del testamento. Los Windsor querían que todo su dinero, joyas, pinturas y artefactos fueran devueltos a Gran Bretaña”.

    “Si este fiel gesto hubiera tenido lugar, ¿podría haber ayudado a cambiar la prensa negativa que los Windsor han soportado durante los últimos 40 años?”, se pregunta Pasternak. “Ciertamente habría sido inmensamente restaurador para las heladas relaciones de la realeza con Wallis, una vez que enviudó”. Trágicamente, sin embargo, los deseos del duque fueron borrados por la abogada parisina de los Windsor, Suzanne Blum, cuyo esposo había sido su abogado francés desde 1946 hasta su muerte en 1965, quien persuadió a Wallis para que la dejara hacerse cargo de todos sus asuntos legales una vez que envidudó. Esta mujer maquiavélica avivó los peores temores de la penuria de Wallis y tuvo un control despótico sobre la duquesa, “completamente afligida” después de la muerte del duque.

    Según Schutz, Blum detestaba a los británicos y quería que todo en el testamento de Wallis fuera para los franceses. “Blum realmente amenazó a la duquesa”, recuerda. “Ella le dijo que el gobierno francés la obligaría a abandonar la casa (donde vivían los Windsor libres de impuestos y rentas) a menos que ella legara todo al Instituto Louis Pasteur. Ella era totalmente amenazante”. Schutz hizo todo lo posible para cumplir los deseos del duque: “Tenía una enorme caja de insignias de diamantes del emperador de la India, que devolvimos a la casa real”, y fue gracias a ella que toda la correspondencia entre Eduardo y Wallis se salvó.

    Esta inquietante colección de cartas de amor que documentaron los tiempos turbulentos que soportaron fue presentada a Schutz por el mayordomo de los Windsor, George. “Vino a mí en 1976 con esta gran caja llena de todas sus cartas. Dijo que la duquesa quería que los quemara. Le dije: ‘No podemos quemar esto. Esto es historia’. Pero Blum se apoderó de las cartas y tan pronto como la duquesa murió, las hizo publicar. La duquesa nunca quiso eso”.

    A pesar de su exclusión de la familia real, Wallis todavía “quería que todas sus joyas volvieran a Gran Bretaña”, insiste Schutz. Conmovedoramente, Eduardo declaró en su testamento que nunca quiso que las joyas de la duquesa fueran vendida o usadas por otra mujer. “Eran para ella y para ella sola”, dijo Schutz. Muchas piezas tenían inscripciones personales como “Hold Tight” o “Somos nuestros”, como en su anillo de compromiso. Sin embargo, Blum desafió los deseos del duque y un año después de que Wallis muriera en 1986, toda la colección se vendió en Sotheby’s por £ 31 millones; los ingresos fueron destinados al Instituto Pasteur en lugar de ser entregadas a la familia real británica.

    Schutz, que durante mucho tiempo había sido testigo del tormento que Blum infligió a Wallis, intentó intervenir. En 1975, había planeado llevar a Wallis a vivir a Nueva York, en las Torres Waldorf. “Estábamos listas para partir, luego la duquesa sufrió una úlcera perforada porque Blum la había preocupado mucho. Fue entonces cuando comenzaron todos sus problemas. Después de eso, estaba demasiado enferma para viajar o imponer sus deseos”. Blum “encarceló” a Wallis, le prohibió ver a sus amigos y así su salud se deterioró rápidamente. “Informé a Sir Martin Charteris y le pedí que enviara un médico y un abogado para hacer un nuevo testamento”, dice Schutz.

    “El abogado de la Reina vino a París con un médico y Blum no los dejó pasar”, cuenta Schutz, y agrega que las enfermeras contratadas por Blum comenzaron a “drogar a la duquesa”. Mientras tanto, Blum vació la mansión parisina, vendiendo sus hermosos tesoros. “La duquesa diría: ‘¿Por qué no bajamos y cenamos en la biblioteca?’ Tenía que decir: ‘Eres demasiado frágil. No tiene calefacción. Cualquier excusa para que ella no supiera la verdad”. Se informó que Schutz fue despedida por Blum en 1978 con el argumento de que era “inestable” pero ella cuenta que cuando le ofrecieron un nuevo contrato se negó a aceptarlo a menos que trabajara solo trabajaría para la duquesa, no para Blum.

    Finalmente Schutz abandonó el servicio de la duquesa cuando, senil y demacrada, ya no pudo reconocerla. La duquesa murió, lamentable y sola, ocho años después en 1986 y fue sepultada en el cementerio real de Frogmore, en el castillo de Windsor. “Ella sufrió mucho. Fue desgarrador para mí”, dice Schutz. “Es una pena. Si tan solo la familia real la hubiera conocido. La duquesa era una mujer maravillosa”, reflexionó al final de la entrevista.

  • Lady Iris, la “royal” británica que vivió en Canadá y fue modelo publicitaria

    “Iris amaba la piscina. Esto fue un hecho. Venía todos los días que podía, con su traje de baño de una pieza y una bata de felpa. Ella tocaba nuestro timbre y decía: ‘¿Puede Kristine venir a nadar?’ No sé lo que era extraño: si quería ir a una piscina al aire libre en compañía de una chica negra de Toronto o que Iris era, de hecho, Lady Iris Mountbatten (1920-1982), bisnieta de la reina Victoria y prima segunda de la reina Isabel II”. Así describió la periodista Kristine Maitland su cercanía con otro miembro de la familia real británica que abandonó el Reino Unido para tener una vida más privada en Canadá, al igual que la princesa Patricia de Connaught y los duques de Sussex.

    “El nombre Mountbatten está impregnado de tragedia”, escribe Maitland en The Huffington Post. “Como se señaló en su obituario del New York Times, Lady Iris Victoria Beatrice Grace Mountbatten era prima hermana de Lord Louis Mountbatten, quien fue asesinado por terroristas del ejército republicano irlandés en 1979”. “Pero no se podría decir que la tragedia marcó la vida de Lady Iris, ya que fue una dama de honor en la coronación de Jorge VI, y era conocida por ser una hermosa debutante y modelo de piernas largas, con fotografías de ella vistas regularmente en los periódicos”.

    Lady Iris Mountbatten era, efectivamente, una de los 87 bisnieta que tuvo Victoria I y prima del príncipe Felipe, duque de Edimburgo. Nacida en 1920 en Londres, era hija del expríncipe Alejandro de Battenberg, convertido en Alexander Mountbatten, marqués de Carisbrooke (hermano de la reina Victoria Eugenia de España) y de la princesa Irene de Hesse (hermana de la última emperatriz de Rusia, Alejandra Feodorovna). A través de su madre, emparentaba además con la princesa Alicia de Grecia, madre del duque de Edimburgo.

    Iris era la única nieta británica de la princesa Beatriz de Inglaterra, la hija menor de la reina Victoria (1857-1944), que disfrutaba mucho más de su papel de abuela que de madre. En diciembre de 1926, Beatriz escribió: “Pasé una Navidad tranquila y muy tranquila y tuve el placer de ver la alegría de mi querida nieta por su árbol y sus juguetes”. Unos años después, Iris se ganó la reputación de ser un poco rebelde y, a los 16 años, se afirmó que era la primera mujer en tener una licencia de motocicleta en Inglaterra.

    Lady Iris Mountbatten se convirtió en una debutante muy fotografiada y trabajaba como auxiliar de enfermería en la Segunda Guerra Mundial cuando se casó con un capitán de la Guardia irlandesa, Hamilton Joseph O’Malley-Keyes. Su matrimonio no tuvo la bendición total de su familia y causó una grieta. Lamentablemente, el matrimonio no fue feliz y pronto se separarían. Ella se casó brevemente con un guitarrista de jazz, Michael Kelly Bryan, y su tercer y último matrimonio, con William Kemp, un actor y locutor canadiense alcohólico, tampoco duró mucho.

    Después de su tercer divorcio, Iris decidió quedarse definitivamente en Toronto, donde enseñó danza y se convirtió en actriz y moderlo. “A menudo fue descrita como una rebelde o una “oveja negra” en los periódicos”, prosigue el relato de Kristine Maitland. Incluso apareció como anfitriona de un programa infantil de televisión en vivo llamado ‘Versatile Varieties’, disfrutó de su “estatus de celebridad” y apareció en anuncios promocionando una crema de la marca Pond’s y Warrens Mint Cocktail.

    “Cuando yo nací en 1970, cinco años después de la llegada de Lady Iris a Toronto, se había escapado de la escena social en gran medida. Mi vecindario del oeste de Toronto no sabía nada de eso, hasta principios de la década de 1980, cuando se produjo un incendio en la casa de Lady Iris en High Park Avenue, al norte de Bloor Street”. Lady Iris permaneció en Toronto por el resto de su vida, pero asistió al funeral de su primo, Lord Mountbatten en 1979, por invitación de Isabel II. Murió, a los 62 años, después de una larga enfermedad en el Hospital Wellesley, de Toronto. Sus cenizas fueron enterradas en la Capilla Battenberg en la Iglesia de San Mildred, Whippingham en la Isla de Wight, donde había muerto su bisabuela hacía 80 años.

  • Fort Belvedere: A Royal Retreat Steeped in History and Scandal

    Nestled in the verdant expanse of Windsor Great Park, Fort Belvedere stands as a silent witness to centuries of royal history, its Gothic turrets and sprawling grounds whispering tales of opulence, romance, and a seismic abdication that shook the British monarchy. This Grade II* listed country house, perched on Shrubs Hill in Surrey, has evolved from a whimsical folly to a pivotal stage for one of the 20th century’s most dramatic royal episodes.

    The story begins in the mid-18th century, when Henry Flitcroft crafted the original structure, then called Shrubs Hill Tower, between 1750 and 1755 for Prince William Augustus, Duke of Cumberland, the younger son of King George II. Designed as a summer house, its triangular, turreted form was more artistic than functional—a folly offering panoramic views of seven counties from its flagstaff tower. Set amid dense plantations and overlooking the man-made Virginia Water, it was a retreat for leisure, not defense, despite its martial name. Engravings from 1753 and 1754 capture its early charm, describing it as the “New building on Shrubb’s Hill.”

    By the 1820s, the fort’s modest beginnings gave way to grandeur. Architect Jeffry Wyatville, tasked with reshaping Windsor Castle under King George IV, expanded Fort Belvedere into a proper residence at a cost of £4,000. He added an octagonal dining room where the king dined regularly, enhancing its Gothic Revival aesthetic with brick coated in a stone-like wash. The fort’s military pretensions were purely decorative, with 31 cannons—cast between 1729 and 1749—used for ceremonial salutes until 1907, managed by a bombardier housed in a connected cottage.

    Queen Victoria repurposed Fort Belvedere as a tea house, opening it to the public in the 1860s. By 1910, it served as a grace-and-favour residence for Sir Malcolm Murray, comptroller to Prince Arthur, Duke of Connaught, who lived nearby at Bagshot Park. Extensions in 1911–12, including a service wing and entrance lodges, were later demolished, but the fort’s dining and drawing rooms were enlarged. When Murray departed, the house fell into neglect, with reports of “dust inches deep, splintered doors and sagging floors” by 1929.

    Fort Belvedere
    Vista aérea de Fort Belvedere, una casa de campo del siglo XVIII en Windsor Great Park, antigua residencia del rey Eduardo VIII, el 5 de julio de 1976. (Foto: Central Press/Hulton Archive/Getty Images)

    The fort’s most infamous chapter began in 1929, when King George V granted it to his eldest son, Edward, Prince of Wales. Edward, later King Edward VIII, transformed the dilapidated estate into a modern haven, spending £21,000 (equivalent to £1.84 million today) on renovations. He installed a swimming pool, tennis court, stables, central heating, en-suite bathrooms, and a steam room—amenities rare in British homes at the time. The drawing room, styled to resemble a Scottish shooting lodge, was a rare survivor of his changes. Edward’s passion for the fort extended to its gardens, where he worked alongside designer Norah Lindsay to create vibrant borders, briefly favoring horticulture over golf.

    Fort Belvedere became Edward’s sanctuary, a place for entertaining and romance. It was here that his relationship with Wallis Simpson, a twice-divorced American, deepened, sparking a constitutional crisis. In December 1936, after a reign of just 325 days, Edward signed the Instrument of Abdication at the fort, witnessed by his brothers, including the future George VI. The act, driven by his determination to marry Simpson, marked a turning point in royal history. Crowds gathered at the gates, unaware of the drama unfolding within. Edward’s radio address to the nation followed from Windsor Castle, and he soon left for Austria, later marrying Simpson in France in 1937.

    Post-abdication, Fort Belvedere stood largely empty. During World War II, it housed the Office of the Commissioners of Crown Lands, evacuated from London. In 1955, Gerald Lascelles, cousin of Queen Elizabeth II, took a 99-year lease, restoring the neglected property. He removed much of Edward’s modernizations, preserving only the pool and battlements. By 1976, the lease passed to a son of the Emir of Dubai, and from the early 1980s until 2021, Canadian billionaire Galen Weston and his wife Hilary occupied it. The Weston family remains, maintaining close ties with the royals.

    Today, Fort Belvedere is closed to the public, its 59-acre estate and Grade I-listed gardens a private enclave within the Crown Estate. Rumors in 2022 and 2025 suggested it as a potential home for Prince William and Kate, drawn to its proximity to Windsor Castle and rural charm, though they opted for Adelaide Cottage. The fort’s cannons, once symbols of its faux-military past, are gone, but its legacy endures—tied to Edward’s abdication and its role as a royal retreat.

    Original Article of Monarquias.com

  • Obituario: la princesa Yuriko de Mikasa, centenaria tía abuela del emperador de Japón (1923-2024)

    La princesa Yuriko de Mikasa, el miembro más longevo de la familia imperial de Japón y tía abuela del emperador Naruhito, murió este viernes 15 de noviembre a los 101 años en el Hospital Internacional St. Luke en el distrito Chuo de Tokio. 

    Lo que hay que saber:

    • La princesa Yuriko de Japón, esposa del hermano del emperador Hirohito, falleció en un hospital de Tokio a los 101 años.
    • Nacida en 1923 como en la élite aristocrática, Yuriko Takagi se casó a los 18 años con el príncipe Mikasa y tuvo cinco hijos.
    • Durante la guerra, vivió en un refugio con su esposo y su hija después de que su residencia fuera incendiada durante los bombardeos estadounidenses.

    “Desde su matrimonio, (la princesa Yuriko) ha apoyado al príncipe Mikasa y, como miembro de la familia imperial, ha contribuido a una amplia gama de campos como la atención médica, el bienestar, la cultura, los deportes y las amistades internacionales”, dijo el primer ministro Shigeru Ishiba. 

    “En particular, había estado involucrada en el programa de atención materna e infantil durante muchos años y se había dedicado a ello”, agregó Ishiba en su declaración.

    La princesa había estado hospitalizada desde marzo tras sufrir un derrame cerebral y neumonía y se estaba recuperando allí tras un tratamiento en cuidados intensivos, pero su estado de salud comenzó a declinar progresivamente esta semana.

    Murió la princesa Yuriko de Japón: una larga vida través de la guerra y la paz

    Murió la princesa Yuriko de Japón
    La princesa Yuriko de Japón (1912-2024) era la viuda del príncipe Mikasa.

    Nacida con el nombre de Yuriko Takagi en el seno de una familia de la desaparecida aristocracia japonesa, el 4 de junio de 1923, tenía 18 años cuando se casó con el hermano menor del emperador Hirohito, el príncipe Mikasa, que murió en 2016 a los 100 años.

    Debido al inminente estallido de la guerra entre Japón y los Estados Unidos, su boda tuvo que ser un evento modesto y prescindir de la mayor parte de la pompa imperial tradicional. Por entonces, Mikasa, que servía en el ejército, estudiaba chino con ayuda de registros educativos, y Yuriko lo ayudó en la tarea de reproducir y modificar los registros

    La primera hija de los principes Mikasa nació en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, tras la cual el emperador Hirohito debió renunciar a todos sus poderes políticos y a la creencia de que los soberanos nipones descendían de los dioses.

    Hirohito, quien sirvió como comandante en jefe de Japón durante su brutal marcha a través de Asia en las décadas de 1930 y 1940, se rindió en un discurso en agosto de 1945, después de que Estados Unidos lanzara bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

    En los primeros tiempos de la guerra, la residencia de la pareja imperial se quemó en un ataque aéreo y la princesa Yuriko se vio obligada a criar a su bebé la mayor parte del tiempo escondidas en un refugio antiaéreo, según el diario japonés Asahi Shimbun

    El marido de la princesa estaba a favor de la decisión de poner fin a la guerra pero no los los oficiales jóvenes del Ejército, que acudían periódicamente al refugio para intentar hacerle cambiar de opinión. “Los jóvenes decían que la guerra debía continuar mientras que el príncipe Mikasa seguía diciendo que era mejor terminarla ahora”, recordó la princesa en sus memorias.

    La princesa recordó que la atmósfera era “muy aterradora” con “discusiones acaloradas y tensión, como si las balas estuvieran a punto de volar”. Tras haber perdido su hogar, las décadas siguientes estuvieron lejos de ser lujosas para la princesa, que asumió las tareas domésticas mientras la familia luchaba económicamente.

    Cuando estaba criando a mis hijos, la sociedad japonesa todavía atravesaba un período difícil”, dijo la princesa en una declaración oficial dada con motivo de su cumpleaños número 100 el año pasado. “Recuerdo con profunda gratitud cuántas personas, incluido mi marido, siempre me apoyaron”, añadió la princesa.

    Después de la guerra, a pesar de las dificultades y la inestabilidad financiera de la familia, la princesa Yuriko trabajó duro para formar un hogar y criar a sus cinco hijos, además de apoyar a su marido, que estudiaba historia en la Facultad de Letras de la Universidad de Tokio y trabajaba como investigador de estudios del Antiguo Cercano Oriente.

    Durante este tiempo, el príncipe Mikasa pedía prestados apuntes a sus amigos para las clases que perdía debido a sus deberes oficiales y la princesa Yuriko se quedaba despierta hasta altas horas de la noche transcribiéndolos.

    Cuando el caos de la posguerra empezó a calmarse, la princesa Yuriko se unió al príncipe Mikasa para asistir a reuniones de haiku . Adoptaron el seudónimo compartido de Yukari después de comenzar a escribir haiku. En 1957, publicaron una colección de haiku titulada Hatsuyuki (La primera nevada).

    “Mi esposa me ayudó en las sombras y bajo el sol durante los últimos 70 años”, dijo el príncipe Mikasa antes de morir

    Después de la guerra, mientras el príncipe Mikasa seguía su camino como historiador, la princesa Yuriko se convirtió en una compañera de apoyo. Ayudó a su marido en su investigación sobre lugares históricos de Oriente Medio filmando películas y diapositivas que sirvieron como valiosos materiales para sus conferencias.

    Durante su vida, Yuriko también fue presidenta de Boshi-Aiiku-Kai, una asociación que aboga por el cuidado de las madres y los niños, durante 62 años, y presidenta de la Fundación Cultural para la Promoción del Traje Nacional de Japón durante 32 años. También fue vicepresidenta honoraria de la Sociedad de la Cruz Roja Japonesa.

    Acompañó a su esposo en muchas de sus visitas internacionales, contribuyendo al establecimiento de lazos amistosos con varios países. Además, también estuvo presente en la entronización de la reina Beatriz de los Países Bajos en 1980. 

    En su autobiografía, el príncipe señaló que fue su esposa “quien me ayudó en las sombras y bajo el sol durante los últimos 70 años”. Continuó: “Aunque mi esposa provenía de una familia noble, la vida en la familia imperial es aún más exigente y ajetreada. Las dificultades que soportó para administrar nuestro hogar mientras yo estaba fuera deben haber sido extraordinarias”.

    Los tres hijos de la princesa Yuriko fallecieron antes que ella, incluido uno que murió a los 47 años mientras jugaba squash en la embajada de Canadá. Debido a las reglas de sucesión exclusivamente masculinas, las hijas y nietas de la difunta princesa fueron excluidas del trono y debieron renunciar a su estatus imperial cuando se casaron.

    En 1966, cuando la hija mayor, la princesa Yasuko, se preparaba casarse con un plebeyo y abandonar a la familia imperial, el príncipe Mikasa dijo: “Esto será muy duro para mi esposa. Nunca estoy seguro de qué hacer, así que me quedo de brazos cruzados y observo. Una vez que Yasuko se case y se vaya, se sentirá sola”.

    La princesa Yuriko tiene tres nietas que siguen siendo princesas, incluida Akiko, cuyo libro de 2015 fue un éxito en Japón, describiendo sus estudios en Oxford y un incidente en el que su pasaporte diplomático causó sospechas en un aeropuerto.

    La princesa Yuriko era el miembro más longevo de la familia imperial y su vida atestiguó cinco eras imperiales: Meiji (1868-1912), Taisho (1912-1925), Showa (1925-1989), Heisei (1989-2019) y la actual, Reiwa, correspondiente al reinado de su sobrino nieto Naruhito. 

    En mayo de 1999, la princesa Yuriko fue operada en el hospital St. Luke’s International, donde le implantaron un marcapasos para tratar una cardiopatía isquémica (angina de pecho). Años después, en 2007, fue operada de cáncer de colon. En 2020 le diagnosticaron insuficiencia cardíaca y en 2021 fibrilación auricular paroxística, por lo que recibió tratamiento.

    La princesa pasó sus últimos años tranquilamente en la Residencia Mikasa en la Finca Imperial de Akasaka, en el distrito tokiota de Minato. Allí, según informó la casa imperial, disfrutó observando el crecimiento de sus nietos y bisnietos. Sin embargo, en marzo de 2024, fue hospitalizada debido a un derrame cerebral y neumonía por aspiración. Después de esto, su corazón, riñones y otras funciones se deterioraron.

    La muerte de la princesa es la primera sufrida en la familia imperial en ocho años desde la del príncipe Mikasa en 2016. Con su fallecimiento, la familia imperial ahora está compuesta por 16 personas, no habiendo celebrado un nacimiento en los últimos 18 años.

    La princesa Yuriko de Mikasa, hija del vizconde Takagi, nació el 4 de julio de 1923 y murió el 15 de noviembre de 2924. Será sepultada en el cementerio imperial de Toshimagaoka, en el barrio de Bunkyo, Tokio.

    Monrquias.com

  • Un popular comediante alemán dice ser descendiente del rey británico Eduardo VIII, tatarabuelo de Carlos III

    Lo que hay que saber:

    • Hape Kerkeling hizo investigaciones genealógicas que lo llevaron a hallazgos sorprendentes durante la pandemia.
    • El comediante afirma que encontró que su abuela Bertha era hija “ilegítima” del rey británico.
    • Eduardo VII, que reinó entre 1901 y 1910, fue conocido por sus muchos amores y aventuras extramaritales.

    El popular comediante alemán Hape Kerkeling dice haber descubierto que es es bisnieto del rey Eduardo VII de Gran Bretaña (1841-1910) mediante pruebas de ADN e investigaciones genealógicas. 

    “Es gracioso, pero es muy en serio”, dijo Kerkeling al periódico alemán Zeit. Relató que aprovechó la pandemia de Covid-19 para hacerse inicialmente una prueba de ADN llevado por la curiosidad, ya que tiene parientes holandeses, británicos, polacos e italianos. 

    ¿Es el comediante alemán Hape Kerkeling descendiente de un rey británico?

    Hape Kerkeling
    Hape Kerkeling. Foto: Fränkischer Tag

    El comediante relató en la entrevista que recibió una carta del pueblo de la región de Bohemia de donde es originaria su abuela, y en la que una señora le decía que su abuela era hija del rey Eduardo VII, hijo de la reina Victoria y del príncipe alemán Alberto de Sajonia-Coburgo. 

    En la carta, se le rebeló al comediante que el certificado de nacimiento de su abuela decía que era “ilegítima”. Cuando encontró más evidencia de su ascendencia real, le irritó que su querida abuela Bertha le hubiera ocultado este “secreto increíble”, dijo Kerkeling . 

    Kerkeling, que creció con su abuela en Recklinghausen después de la temprana muerte de su madre, escribió un libro (“Dale un poco de tiempo”) sobre sus descubrimientos y en el que habla, entre otras cosas, de su infancia en los años 70, informó la Deutsche Presse-Agentur.

    Obituario: Miguel de Grecia, el príncipe que renegó de su herencia y se convirtió en historiador (1939-2024)

    Siendo Príncipe de Gales, Eduardo VII se casó con la princesa Alejandra de Dinamarca en 1863, pero fue conocido por sus muchos amores y aventuras extramaritales. 

    Entre sus amantes más famosas estaban Lillie Langtry, una actriz irlandesa, y Alice Keppel, una aristócrata británica que fue la bisabuela de la actual reina consorte, Camilla.

    Aunque su vida privada fue objeto de controversias, Eduardo VII es recordado como un monarca innovador y progresista que trabajó para modernizar Gran Bretaña y promover la cultura, el arte y las nuevas tecnologías durante su reinado, la “Era Eduardiana”.

    Monarquias.com

  • Obituario: Tuheitia Pootatau, el ex obrero de la construcción que fue Rey de los Maoríes en Nueva Zelanda (1955-2024)

    Nueva Zelanda está de luto por la muerte del rey maorí Tuheitia Pootatau Te Wherowhero VII a los 69 años.

    “La muerte de Kiingi Tuheitia es un momento de gran tristeza para los seguidores de Te Kiingitanga, los maoríes y toda la nación. Un jefe que ha partido al Más Allá”, dijo el portavoz Rahui Papa. Agregó que el rey había estado en el hospital recuperándose de una cirugía cardíaca pocos días después de celebrar el 18º aniversario de su coronación.

    Las banderas en toda Nueva Zelanda ondearon a media asta y en la pequeña ciudad de Ngāruawāhia, sede del movimiento del rey maorí, los dolientes comenzaron a presentar sus respetos mientras el cuerpo de Tuheitia llegaba en preparación para su “tangi hanga” (funeral) de cinco días de duración, al que se espera que asistan decenas de miles de personas.

    En 2006, alrededor de medio millón de neozelandeses sintonizaron la televisión para ver el funeral de la anterior reina, la madre de Tuheitia. Su funeral atrajo a más de 130.000 personas.

    Los medios de comunicación de Nueva Zelanda informaron que durante todo el “tangi” el cuerpo del rey permanecerá en un “marae” (terreno ceremonial) del cementerio Turangawaewae cerca de la ciudad de Ngaruawahia, en la isla norte, durante cinco días.

    Se celebrarán diariamente dos “powhiri”, una ceremonia tradicional para dar la bienvenida a los dolientes y habrá un día especial para dignatarios extranjeros.

    Las “iwi” (tribus asociadas a los maoríes) se reunirán con los maoríes para presentar sus respetos en el marae de Turangawaewae.

    Después de estas ceremonias, el próximo jueves 5 de septiembre, el cuerpo del rey será trasladado en una flotilla de embarcaciones maoríes (“waka”) por el río Waikato para su entierro en la sagrada “montaña abrasadora” de Taupiri, morada final de su madre y de sus ancestros. 

    El próximo rey maorí será entronizado el día del funeral de Tuheitia

    El rey Tuheitia Pootatau Te Wherowhero VII
    Foto: RNZ

    El próximo rey será designado por un consejo de jefes de las tribus asociadas el mismo día del funeral de Tuheitia, pero antes de que sea enterrado. El nuevo rey será entronizado en una ceremonia junto al ataúd de su antecesor.

    “Es una monarquía electiva, así que no sabemos quién será. Tekaumārua, que era el consejo privado del rey, será convocado y dirigirá ese proceso en los próximos días”, dijo la jefa de gabinete del Kiingitanga, Ngira Simmonds

    Explicó que la transición será pacífica y que el próximo rey deberá buscar preservar la unidad de su pueblo: “El kiingitanga no era una monarquía conquistadora, la tribu del rey Waikato no conquistó otras tribus del maorí en busca de la realeza, fue una petición de las otras tribus y esa tradición continúa hasta el día de hoy”.

    El presidente de la tribu Ngāti Kahungunu, Bayden Barber, dijo que la próxima persona que asuma el trono maorí tendrá que mantener una conducta tranquila y diplomática.

    “Supongo que hacia el final de la semana habrá algunas discusiones sobre el sucesor y serán discusiones muy importantes no sólo para Tainui-Waikato sino para el resto del motu. Con la pérdida del rey Tuheitia, su sucesor tendrá que ponerse manos a la obra”, dijo Barber.

    Durante los pasados ​​períodos de mala salud del rey Tuheitia, su hijo mayor, Whatumoana Te Aa Paki, asumió las funciones oficiales con el título real de “Te Whirinaki a te Kiingi”. El cargo ahora vacante tiene un peso político y simbólico importante para los maoríes, pero no tiene ningún carácter jurídico.

    Homenajes al rey Tuheitia: “Ha caído un poderoso árbol de Totora”

    El rey Tuheitia Pootatau Te Wherowhero VII
    Foto: RNZ

    El primer ministro Christopher Luxon dijo a Radio New Zealand que el rey Tuheitia había dejado un “legado fantástico”. “Tenía un gran sentido del humor y una cierta ligereza que creo que se apreciaba… atravesó momentos difíciles y, obviamente, problemas complicados, pero era alguien que intentaba unir a todos, maoríes y no maoríes”.

    La ex primera ministra Jacinda Ardern dijo que Kiingi Tuheitia fue un defensor de los maoríes, de la justicia y la prosperidad.

    El rey Carlos III de Gran Bretaña, jefe de Estado de Nueva Zelanda, dijo en un comunicado que estaba “profundamente entristecido” y afirmó que el rey Tuheitia “estaba profundamente comprometido con la creación de un futuro sólido para los maoríes y Aotearoa Nueva Zelanda basado en la cultura, las tradiciones y la curación, algo que llevó a cabo con sabiduría y compasión”.

    Kua hinga te tōtara i Te Waonui a Tāne. (Ha caído un poderoso árbol de Totora)”, añadió Carlos III en maorí, refiriéndose a un árbol nativo de Nueva Zelanda considerado sagrado y símbolo de fuerza.

    En Nueva Zelanda, el presidente del Partido Maorí, John Tamihere, dijo en una declaración: “En los momentos más oscuros de nuestro pueblo, le dio esperanza”. “Ha sido un faro de esperanza para los maoríes de todo el país mientras buscábamos unirnos frente a un gobierno adversario”, dijo por su parte el presidente ejecutivo de la tribu de Waikato-Tainui, Tukoroirangi Morgan.

    “Era un hombre tranquilo, de pocas palabras, pero cuando hablaba tenía un significado especial, tocaba a la gente, a pesar de lo desencantados que estábamos. Es un día de gran desesperación, ha dejado un vacío enorme”.

    La jefa de gabinete, Ngira Simmonds, dijo a los medios locales que extrañaría el amor del rey por la música y la comunidad. “Creo que lo que dejará para esta nación en general será su fuerte creencia en la unidad, que la unidad es el mejor camino a seguir para nosotros como nación”, dijo Simmonds.

    El poder simbólico del rey maorí, con unos 900.000 súbditos en Nueva Zelanda

    El rey Tuheitia Pootatau Te Wherowhero VII
    Foto: RNZ

    El Kiingitanga (Movimiento del Rey Maorí) fue creado en 1858 en torno al “Kiingi” (rey) como una fuerza para resistir la colonización e intentar preservar la cultura y la tierra maoríes. No tiene mandato legal y, si bien el papel de monarca es en gran medida ceremonial, también se lo considera el jefe supremo de varias “iwi” (tribus) y se lo reconoce por este poder. 

    El rey nació con el nombre de Tūheitia Paki en 1955. Descrito en un obituario publicado en RNZ como “sin pretensiones”, Tuheitia, un ex trabajador de la construcción, ascendió al trono en 2006 como séptimo monarca “Kiingitanga” tras la muerte de su madre, la reina Te Arikinui Dame Te Atairangikaahu (1931-2006), quien ocupó el trono durante cuatro décadas.

    Tuheitia pasó su niñez en Waahi, cerca de la ciudad de Huntly, y a los ocho años, al igual que su madre, fue enviado a una escuela en Hamilton antes de ir al internado St. Stephens College, donde conoció a jóvenes de todo el país.

    Pasó su último año en Huntly College y luego se embarcó en una serie de trabajos, entre ellos, como carnicero y peón de granja. Se unió al ejército y sirvió tres años en la artillería, y luego se unió al equipo de obreros que construyó la central eléctrica de Huntly.

    Aunque era el hijo mayor de de la reina y de Whatumoana Paki, esperaba que su hermana mayor, Heeni, fuera la heredera de la corona maorí y no descubrió que iba a encabezar el movimiento Kiingitanga hasta poco antes de la muerte de la reina.

    Tuheitia era definido como un hombre sin pretensiones y su hogar como rey seguía siendo la casa que él y su esposa construyeron en Huntly en Waahi Marae.

    En sus últimos años, padeció problemas de salud, con cáncer y enfermedades relacionadas con la diabetes, y a esto sumó la preocupación por su hijo menor, Korotangi, que le causó problemas durante en 2014, a la edad de 19 años, tuvo que presentarse ante un tribunal acusado de tener cinco veces más alcohol del límite de alcohol permitido para conducir y de robar tablas de surf en Gisborne.

    El joven fue puesto en libertad sin condena después de que se argumentara que una condena podría acabar con cualquier posibilidad que pudiera tener de ser el próximo rey maorí.

    Fue conocido como un feroz defensor del bienestar y los derechos de los maoríes durante su reinado de 18 años, incluido el trabajo para reducir las tasas de encarcelamiento de los maoríes y por la conservación de las ballenas en el Pacífico.

    Al igual que su madre, el rey Tuheitia era considerado una gran figura unificadora y recientemente llamó a los maoríes a unirse frente a las políticas que los atacaban.

    Durante su reinado, el rey Tuheitia celebró innumerables ceremonias, visitó las Naciones Unidas, se reunió con el Papa Francisco en el Vaticano y representó a una delegación de Nueva Zelanda en los Juegos Olímpicos de París este año.

    En 2014, Kiingi Tuheitia se negó a reunirse con el príncipe Guillermo de Inglaterra y su esposa  (entonces duque y duquesa de Cambridge), en su gira por Nueva Zelanda porque dijo que los 60 a 90 minutos asignados para la visita no eran tiempo suficiente para llevar a cabo las costumbres culturales propias de su estatus.

    Al año siguiente, el rey maorí mantuvo una reunión con el entonces príncipe Carlos y su esposa Camilla y en mayo de 2023 viajó a Londres para asistir a la coronación

    En marzo de este año, el rey Tuheitia fue noticia internacional con un apasionado llamado a que se concedan a las ballenas los mismos derechos legales que a las personas, en un intento de proteger a las especies vulnerables. Quería que los mamíferos marinos tuvieran derechos inherentes, como tener un medio ambiente saludable, para permitir la restauración de sus poblaciones, según informó Agence France Presse.

    La muerte de Kiingi Tuheitia se produjo meses después de emitir una rara proclamación real para que los maoríes -que son cerca de 900.000 en Nueva Zelanda, aproximadamente el 17 por ciento de la población- se unieran urgentemente contra las políticas del gobierno, que afectó gravemente a los maoríes y a muchos neozelandeses, quienes le atribuyen el mérito de reavivar la esperanza en una época tumultuosa para los derechos indígenas. 

    En enero pasado el rey proclamó: “Sigamos adelante mientras enfrentamos una tormenta, no hay necesidad de preocuparse. En esta tormenta somos fuertes. Juntos. El viento en nuestras velas es kotahitanga [unidad], y con eso alcanzaremos nuestro destino. La mejor protesta que podemos hacer ahora es: ser maoríes. Ser quienes somos, vivir nuestros valores, hablar nuestro reo, cuidar de nuestros mokopuna [nietos], nuestros awa [ríos], nuestras maunga [montañas], simplemente ser maoríes. Necesitamos estar unidos primero, y luego decidiremos nuestro futuro”.

    El rey Tuheitia Pootatau Te Wherowhero VII nació el 21 de abril de 1955 y murió el 29 de agosto de 2024. Al rey le sobreviven su esposa la reina Te Atawhai y sus dos hijos Whatumoana y Korotangi y su hija, Ngā Wai hono i te po Paki.

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