El matrimonio del rey Jorge I de Inglaterra y su esposa, Sofía Dorotea, era un fracaso total cuando este monarca llegó a Inglaterra desde Hannover en 1707. El rey se instaló en Londres con dos amantes -una era desmedidamente obesa y se la apodó “el Elefante”, mientras la otra era exageradamente delgada- y el ensayista Horacio Walpole recordaba de este modo su encuentro con la gorda, sintiéndose aterrado por el enorme porte de su cuerpo:
“Dos fieros ojos negros, enormes e inquietos bajo un par de cejas altas y arqueadas; dos acres de mejillas cubiertos de purpurina; un océano de pescuezo que rebosaba y que no se distinguía de un tronco donde nada se mantenía firme… ¡No es de extrañar que un niño se asustara de tal ogro, y que la chusma de Londres se divirtiera tanto por la importación de este particular serrallo!”.
Lord Chesterfield se mostró especialmente sarcástico en sus comentarios sobre las aventuras del rey Jorge: “El estándar del gusto del rey, tal y como demuestran sus amantes, exige que todas sus pretendientes… se obliguen a engordar, como las ranas de la fábula, para rivalizar con la envergadura y la dignidad del buey. Algunas tiene éxito, y otras… revientan”. El hijo de Jorge I, el rey Jorge II, heredó los gustos de su padre además de la Corona: “Ninguna mujer le llama la atención, a no ser que fuera muy diligente y muy gorda”, se burlaba un contemporáneo.
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