Sarah Ferguson, Duquesa de York, ha vivido una vida marcada por excesos financieros y controversias que han opacado su imagen pública. Desde su matrimonio con el príncipe Andrés en 1986 hasta su divorcio en 1996, su trayectoria refleja una combinación de ambición y temeridad económica. Según el biógrafo británico Andrew Lownie, autor de Entitled, su historia es “una montaña rusa de excesos y redenciones”, donde su explotación del estatus real para obtener ingresos la convirtió en una figura disminuida, al igual que su exesposo.
Durante su matrimonio, Ferguson disfrutó de un estilo de vida opulento, pero su despilfarro la llevó a acumular deudas significativas. Gastos como £25.000 en una hora en Bloomingdales y £14.000 mensuales en un comerciante de vinos reflejan su extravagancia. Lownie escribe que “gastaba dinero en una escala épica y a menudo sin sentido, dinero que con frecuencia no tenía”. Tras su separación en 1992, sus deudas alcanzaron los £4 millones, debiendo a 200 acreedores, incluyendo facturas impagas a pequeños comerciantes como un carnicero y una tintorería.
Sus intentos por estabilizarse económicamente a menudo generaron más controversias. Proyectos como las residencias de ancianos “Duchess of York” prometían ingresos caritativos, pero Lownie señala que “recibía £1 por cama por noche”, generando hasta £200.000 anuales. Sin embargo, se retiró antes de que el fundador, Clive Garrad, fuera encarcelado por fraude. Sus esfuerzos caritativos, como una visita a Kenia en 1994, combinaban actos benéficos con lujos, como estadías en suites presidenciales de £300 por noche, lo que desdibujaba la línea entre filantropía y beneficio personal.
Ferguson también buscó ingresos a través de proyectos comerciales, como sus libros infantiles Budgie, que generaron £2.8 millones en merchandising, aunque las promesas de donaciones caritativas no siempre se cumplieron. En 1997, se convirtió en la primera royal en anunciar un producto en televisión, promocionando Ocean Spray por $500.000. Sin embargo, su estilo de vida no cambió: empleaba un séquito de personal, incluyendo un mayordomo que enfriaba su berro a las 4:30 de la mañana, y continuaba gastando en lujos como un retrato de £7.000 para el cumpleaños de Andrés.
Sus deudas persistieron, con acreedores que incluían desde un guía espiritual en Malibú hasta un entrenador personal al que debía £65,000. La reina intervino varias veces, pagando sumas de seis cifras, pero en 1996 declaró que los asuntos financieros de Ferguson ya no eran su responsabilidad. Lownie destaca que “encontraba formas de eludir sus restricciones financieras”, como no saldar cuentas en Harrods gracias a Mohamed Al-Fayed. Incluso amigos que le prestaron dinero, como £100.000 para unas vacaciones, amenazaron con demandarla.
A pesar de las controversias, Ferguson mostró resiliencia al intentar reconstruir su vida. Su relación con sus hijas, Beatriz y Eugenia, y sus esfuerzos por pagar deudas mediante contratos como el de WeightWatchers (£500.000 por tres años) reflejan su lucha por la redención. Sin embargo, Lownie concluye que “sigue siendo una figura polarizante, amada por algunos y criticada por otros, pero nunca ignorada”, cuya vida combina excesos, escándalos y un esfuerzo constante por mantener su relevancia bajo un escrutinio implacable.
Artículo original de Monarquias.com